Joan-Carles Mèlich (La sabiduría de lo incierto) Lectura y condición humana

Pórtico

La gente no sabe cuánto tiempo y esfuerzo cuesta aprender a leer. He necesitado ochenta años para conseguido y todavía no sabría decir si lo he logrado.

J.P. ECKERMANN,
Conversaciones con Goethe

No sé Leer. ¿Acaso alguien podría decir que sabe? Nos pasamos la vida leyendo, pero nunca aprendemos. Nadie sabe leer porque la lectura no es una competencia que pueda adquirirse de una vez por todas, sino una «forma de vida», y nadie sabe vivir, Siempre existimos a la primera, rodeados de ignorancia, de perplejidad y de dudas. Leer es detenerse un instante en el flujo del tiempo y enfrentarse a algo que nos interroga y desafía, es iniciar un viaje que nunca se sabe adónde conduce, es caminar y perderse en un texto, como quien se pierde en un bosque, y corre el riesgo de salir siendo otro distinto del que era al principio. Leer es releer, regresar una y otra vez sobre los libros que nos interpelan, esos que, aunque a veces estén lejos, nos siguen sacudiendo como la primera vez. Es dejarse afectar por la palabra de alguien que no está fisicamente presente pero tampoco está del todo ausente. Es escuchar voces que vienen de lejos y enfrentarse a una escritura que dice pero que no responde, que en ocasiones ofrece consuelo, aunque la mayor parte de las veces lo que provoca es desasosiego.

Leer es inquietante.

Siempre recordaré cómo descubrí Si esto es un hombre, de Primo Levi. Llevaba años interesándome por el fenómeno totalitario, y especialmente por el nazismo. Había leído algunos libros de historia. En ellos había datos y cifras, pero algo echaba de menos, algo faltaba a esos libros. Un día, poco antes de Navidad, entré en una librería. Suelo hacerlo a menudo. No tenía nada de especial, era un día como otro cualquiera, un día corriente en el que tampoco buscaba nada en concreto. Llevaba un rato allí y de pronto lo vi. No sé que me llamó la atención, pero lo saqué del estante y, como hago siempre, con cuidado, con delicadez, acaricié su lomo y su cubierta. Lo abrí, lentamente, lo sentí entre mis manos, y leí el poema con el que comienza:

Vosotros que vivís seguros
  en vuestras casas caldeadas
                      lo que os encontráis al volver por la tarde
                     la comida caliente y los rostros amigos...

Desde aquel momento supe que nada volvería a ser como antes. Si, después de tantos años, recuerdo ahora mi encuentro con Si esto es un hombre es solo porque creo que leer es necesario para habitar el mundo y establecer relaciones con los demás. Ésa sería una lectura instrumental a la que seguramente nadie puede —ni debe—renunciar, sino porque hay otro modo de lectura que nada tiene que ver con un instrumento. Escribe George Steiner que si después de leer La transformación de Kafka uno  se mira al impávido espejo y se contempla de la misma manera que antes, será capaz de leer la letra impresa, pero es un analfabeto en el único sentido que cuenta. Al finalizar el libro de Primo Levi supe que leer era arriesgarse, era atreverse a vivir una vida vulnerable, una vida que deja el cuerpo herido, lleno de cicatrices que nunca van a desaparecer del todo.

De todo esto tratan las páginas que vienen a continuación, de intentar responder a la pregunta acerca de la relación entre la lectura y la condición humana; ya avanzo desde ahora que mi respuesta gira en torno a la palabra «incertidumbre». Me iré ocupando de este término con más detalle, de momento diré que «incertidumbre» —o «incierto»—remite a términos como «formación, «transformación» y «deformación» y mi tesis es que toda formación es ineludible incierta porque no solo es algo que no se puede terminar de una vez por todas, sino que tampoco se puede programar ni quedar sujeto a una planificación. La verdadera formación —que habría que distinguir de la educación o del aprendizaje— no tiene ni finalidad ni objetivo, porque no es sino un «modo de ser» que nace y muere en el tiempo del mundo. Ser lector es ser en imprevisible formación. La lectura forma la existencia transformándola, pero hay que tener en cuenta que las transformaciones, a diferencia de los simples cambios, no pueden ser calculadas, como mostró Kafka en su conocido relato, y que, también por eso, es imposible evitar el riesgo de la deformación. Siempre que nos abrimos al libro estamos en «peligro de muerte». Leer es peligroso.

Cada nueva lectura, sea literaria, filosófica o incluso artística o musical, pone al lector frente a «algo» que excede su capacidad de comprensión, frente a experiencias extrañas y desconocidas. Cada nueva lectura, aunque sea del mismo texto, es un desafío radical. La vida del lector se proyecta en la de las palabras, las relaciones y los personajes de los libros que provocan preguntas que no podrá clausurar. Éste es el misterio y la magia de la situación lectora, misterio y magia que, por un lado, inquietan e intrigan y, por otro, seducen y acompañan, e incluso a veces abren la piel al vértigo, al desasosiego y al vacío. Leer, escribir, pensar y vivir son «experiencias insoslayables de la condición humana. 

* Joan-Carles Mèlich (Lógica de la crueldad)

Alan Sokal-Jean Bricmont (Imposturas intelectuales)

Alan Sokal
¿QUÉ IMPORTANCIA TIENE?

[...] Pero las consecuencias culturales más graves del relativismo proceden de su aplicación en las ciencias sociales. El historiador inglés Eric Hobsbawm ha denunciado en términos elocuentes:

el crecimiento de las modas intelectuales «posmodernas» en las universidades occidentales, sobre todo en los departamentos de literatura y antropología, que hacen que todos los «hechos» que aspiran a una existencia objetiva sean, simplemente, construcciones intelectuales. Resumiendo, que no existe ninguna diferencia clara entre los hechos y la ficción. Pero en realidad la hay y, para los historiadores, incluidos los antipositivistas más acérrimos entre todos nosotros, es absolutamente esencial poder distinguirlos. 

En la continuación del texto, Hobsbawm muestra cómo un trabajo histórico riguroso permite refutar los mitos proclamados por los nacionalistas reaccionarios en la India, Israel, los Balcanes y otros países, y cómo la actitud posmodernas nos desarma ante esas amenazas.

En una época en que la superstición, el oscurantismo y el fanatismo nacionalista y religioso se extienden por muchos lugares del mundo —incluido el Occidente «desarrollado»—, es, como mínimo, una irresponsabilidad tomarse con tanta ligereza aquello que, históricamente ha sido el principal valladar contra esas locuras, es decir, una visión racional del mundo. Sin duda alguna, no es intención de los autores posmodernos favorecer el oscurantismo, pero es una consecuencia inevitable de su enfoque. 

Jean Bricmont
Por último, para todos los que nos identificamos con la izquierda política, el posmodernismo tiene especiales consecuencias negativas. En primer lugar, el enfoque extremo en el lenguaje y el elitismo vinculado al uso de una jerga pretensiosa contribuyen a encerrar a los intelectuales en debates estériles y aislados de los movimientos sociales que tienen lugar fuera de su torre de marfil. Cuando los estudiantes progresistas que llegan a los campus norteamericanos se les enseña que lo más radical —incluso políticamente—es adoptar una actitud de escepticismo integral y sumergirse por completo en el análisis textual, se les hace malgastar una energía que podrían dedicar fructíferamente a la actividad investigadora y organizativa. En segundo lugar, la persistencia de la ideas confusas y de discursos oscuros en determinados sectores de la izquierda tiende a desacreditarla en bloque; y la derecha no pasa por alto la oportunidad para utilizar demagógicamente esta conexión.

Pero el problema más importante estriba en que cualquier posibilidad de realizar una crítica social que pudiera llegar a quienes no están convencidos de antemano—cosa absolutamente necesaria, dado el actual tamaño infinitesimal de la izquierda norteamericana— resulta lógicamente imposible a causa de los prejuicios subjetivistas. Si todo discurso no es más que un «relato» o una «narración» y si ninguno es más objetivo o más verdadero que otro, entonces no queda otro remedio que admitir las teorías socioeconómicas más reaccionarias y los peores prejuicios racistas y sexistas como «igualmente validos», al menos como descripciones o análisis del mundo real (suponiendo que se admita la existencia de éste).  Obviamente, el relativismo es un fundamento extremadamente débil para erigir una crítica del orden social establecido. 

Si los intelectuales, y especialmente lo que se sitúan a la izquierda, quieren hacer una contribución positiva a la evolución de la sociedad, lo mejor que pueden hacer es clarificar las ideas predominantes y desmitificar los discursos dominantes, no añadir a éstos sus propias mistificaciones. Un pensamiento no se convierte en «crítico» por el mero hecho de ponerse esa etiqueta, sino en virtud de su contenido.

Es evidente que los intelectuales tienden a exagerar la importancia de su influencia en la cultura de la mayoría, y nosotros no queremos incurrir en ese error. Pensamos, no obstante, que las ideas —incluso las más abstrusas— que se enseñan y debaten en las universidades tienen a la larga efectos culturales más allá del entorno académico. Es innegable que Bertrand Russell exagerada al denunciar los efectos sociales perversos de la confusión y el subjetivismo, pero sus temores no eran totalmente infundados. 

Jonathan Haidt - Greg Lukianoff (La transformación de la mente moderna) Cómo las buenas intenciones y las malas ideas están condenando a una generación al fracaso

CAZAS DE BRUJAS

Los movimientos de masas pueden surgir y extenderse sin creer en un dios, pero nunca sin creer en un demonio.

ERIC HOFFER
El verdadero creyente

«Maoísta», «macartista», «jacobino» y, por encima de todos, «caza de brujas». Estos términos se aplican a veces al tipo de sucesos que hemos narrado en el último capítulo. Quienes los aplican dicen que lo que estamos presenciando en los campus son el ejemplo de una situación, estudiada por los sociólogos desde hace mucho tiempo, en la que una comunidad se obsesiona con la puridad religiosa o ideológica y cree necesario encontrar y castigar a los enemigos internos en sus propias filas para mantenerse cohesionada.

Desde el siglo XV hasta el siglo XVII, Europa experimentó múltiples oleadas de cazas de brujas, impulsadas principalmente por las guerras religiosas y los conflictos a raíz de la Reforma, y también por los temores provocados por los constantes brotes de peste. Decenas de miles de personas inocentes —y posiblemente cientos de miles— fueron ejecutadas, a menudo tras ser «interrogadas» (es decir, torturadas) con la ayuda de aceite hirviendo, barras de hierro al rojo vivo o aplastapulgares.

La caza de brujas más famosa de la historia estadounidense tuvo lugar en Salem (Massachusetts). En enero de 1692, dos muchachas empezaron a sufrir convulsiones y temblores, que los mayores atribuyeron a la brujería. En los meses siguientes, decenas de personas afirmaron que estaban siendo atormentadas por las brujas o que ellas u otros animales habían sido embrujados. Se emprendieron medidas legales contra al menos 144 personas (38 de ellas hombres) que fueron acusadas de practicar la brujería. Diecinueve personas fueron ejecutadas en la horca, y a otra la aplastaron con unas enormes rocas.

Los análisis históricos y sociológicos de los juicios a las brujas han explicado por lo general estos arrebatos como la reacción de un grupo que experimenta un sentimiento de amenaza exterior, o de división y pérdida de cohesión interna. En Salem había estallado unos años antes una terrible guerra fronteriza contra los franceses y sus aliados, indios estadounidenses, en lo que ahora es Maine (pero que en aquel entonces era parte de Massachusetts. La gente del pueblo seguía nerviosa por los ataques. ¿Se ajustan los sucesos en los campus que aparecen en los titulares desde el otoño de 2015 a este marco sociológico?

Uno de los pensadores favoritos de Jon de todos los tiempos es Émile Durkheim, el sociólogo francés de finales del siglo XIX y principios del XX. Durkheim consideraba que en algunos aspectos los grupos y las comunidades eran como los organismos: entidades sociales que tienen una necesidad crónica de reforzar su cohesión interna y su sentido compartido de orden moral. Durkheim describió a los seres humanos como homo duplex u «hombre de dos niveles». Somos muy hábiles, como seres individuales, para perseguir nuestros objetivos diarios (lo que Durkheim llamó nivel de lo «profano » u ordinario). Pero también tenemos la capacidad de transitar, temporalmente, hacía un plano colectivo superior, al que Durkheim llamaba el nivel de lo «sagrado». Dijo que tenemos acceso a un conjunto de emociones que sólo experimentamos cuando somos parte de un colectivo; sentimientos como la «efervescencia colectiva», que Durkheim definió como una «electricidad» social que se genera cuando un grupo se reúne y alcanza un estado de unión. (Probablemente lo habrás sentido al hacer cosas como jugar en un equipo deportivo o cantar en un coro, o durante un rito religioso). Las personas pueden oscilar entre estos dos niveles a lo largo del día, y la función de los ritos religioso es llevarlas al nivel colectivo superior, unirlas al grupo y después devolverlas a la vida diaria con su identidad y lealtad grupales reforzadas. Los rituales donde las personas bailan o cantan al unísono son particularmente poderosas.

El enfoque durkheimiano es particularmente útil cuando se aplica a los estadillos repentinos de violencia moralista que resultan desconcertantes a los de fuera. En 1978, el sociólogo Albert Bergesen escribió un ensayo titulado: «Una teoría durkheimiana de la "caza de brujas", con el ejemplo de la Revolución Cultural china de 1966-1969». Bergesen se valió de Durkheim para ilustrar la locura que se desató en Beijing en mayo de 1966, cuando Mao Tse Tung empezó a advertir sobre la creciente amenaza de infiltración de los enemigos procapitalistas. Los fervientes estudiantes universitarios reaccionaron formado los Guardias rojos para encontrar y castigar a los enemigos de la revolución. Se clausuraron universidades en todo el país durante varios años. A lo largo de aquellos años, los Guardias rojos erradicaron cualquier rastro que pudiese encontrar —o imaginar— de capitalismo, influencia extranjera o valores burgueses. En la práctica, esto supuso que cualquiera que tuviese éxito o hubiese logrado algo era sospechoso, y muchos profesores, intelectuales y administradores de los campus fueron encarcelados o asesinados.

Entre los muchos rasgos crueles de la Revolución Cultural estaban las «sesiones de lucha», donde los acusados de impureza ideológica eran rodeados por sus acusadores, que se burlaban de ellos y los humillaban, y a veces los golpeaban mientras confesaban sus delitos, ofrecían una abyecta disculpa y juraban que se portarían mejor. Los estudiantes se volvieron a veces contra sus propios profesores. A lo largo de los años siguientes, decenas de millones de personas fueron perseguidas y cientos de miles asesinadas.

¿Cómo pudo ocurrir tal orgía autodestructora? Bergesen señala que hay tres rasgos comunes para la mayoría de las cazas de brujas políticas: surgen de manera muy rápida, implican acusaciones de delitos contra el colectivo y las ofensas que dan lugar a las acusaciones son a menudo triviales o fabricadas.

Michael Crichton (Estado de miedo)

-Quiero ir a parar a la idea de control social, Peter. A la necesidad de todo Estado soberano de ejercer control sobre el comportamiento de sus ciudadanos, de mantenerlos dentro de un orden y fomentar en ellos una actitud razonablemente sumisa: de obligarnos a conducir por el lado derecho de la carretera, o por el izquierdo, según sea el caso; de exigirles el pago de impuestos. Y naturalmente sabemos que el control social se administra mejor mediante el miedo. 

-El miedo- repitió Evans.

-Exactamente. Durante cincuenta años las naciones occidentales mantuvieron a sus ciudadanos en un estado de miedo perpetuo. Miedo al otro bando. Miedo a la guerra nuclear. La amenaza comunista. El telón de acero. El imperio del mal. Y en el ámbito de los países comunistas, lo mismo pero a la inversa: miedo a nosotros. Y de pronto, en otoño de 1989, todo eso se acabó. Desapareció, se esfumó. Fin. La caída del Muro de Berlín creó un vacío de miedo. La naturaleza detesta el vacío. Algo tenía que llenarlo. 

-Evans frunció el entrecejo.

-¿Estás diciendo que la crisis ecológicas sustituyen a la guerra fría?

-Eso demuestran los datos. Es cierto, desde luego, que ahora tenemos el fundamentalismo radical y el terrorismo posterior al 11-S para asustarnos, y esas son sin duda razones muy reales para el miedo, pero no va por ahí mi argumentación. Mi idea es que hay siempre una causa para el miedo. La causa puede cambiar a lo largo del tiempo, pero el miedo siempre nos acompaña. Antes de temer al terrorismo, temíamos el medio ambiente tóxico. Antes estaba la amenaza comunista. La cuestión es que, si bien la causa concreta de nuestro miedo puede variar, nunca vivimos sin miedo. El miedo impregna la sociedad en todos sus aspectos. Permanentemente. -Cambió de posición en el banco de cemento, apartando la mirada de la muchedumbre-. ¿Se ha parado alguna vez a pensar en lo asombrosa que es la cultura de la sociedad occidental? Las naciones industrializadas proporcionan a sus ciudadanos una seguridad, una salud y un bienestar sin precedentes. La esperanza de vida ha aumentado en un cincuenta por ciento en el último siglo. Sin embargo la gente vive hoy día inmersa en un miedo cerval. Les asustan los extranjeros, la enfermedad, la delincuencia, el medio ambiente. Les asustan las casas donde viven, los alimentos que ingieren, la tecnología que les rodea. Especial pánico les producen cosas que ni siquiera pueden ver: los gérmenes, las sustancias químicas, los adictivos, los contaminantes. Sin tímidos, nerviosos, asustadizos y depresivos. Y, lo que es aún más asombroso, viven convencidos de que se está destruyendo el medio ambiente de todo el planeta. ¡Increíble! Eso es, al igual que la fe en la brujería, una falsa ilusión extraordinaria, una fantasía global digna de la Edad Media. Todo se va al infierno y debemos vivir con miedo. Asombroso. 

>>¿Cómo se ha inculcado en todos nosotros esta visión del mundo? Porque si bien imaginamos que vivimos en naciones distintas...Francia, Alemania, Japón, Estados Unidos... de hecho, habitamos en el mismo estado, el Estado de miedo. ¿Cómo se ha llegado a este punto?

Evans no dijo nada. Sabía que no era necesario.

- Pues se lo diré. Antiguamente, antes de que usted naciera, los ciudadanos de Occidente creían que sus naciones-estado se hallaban dominadas por algo que se dio en llamar <<complejo industrial-militar>>. Eisenhower previno a los norteamericanos contra él en la década de los sesenta, y después de dos guerras mundiales los europeos sabían muy bien qué significaba eso en sus propios países. Pero el complejo industrial-militar no es ya el principal impulsor de la sociedad. En realidad, durante los últimos quince años nos hallamos bajo el control de un complejo totalmente nuevo, mucho más poderoso y omnipresente. Yo lo llamo <<complejo político-jurídico-mediático>>. PJM. Y está destinado a fomentar el miedo en la población, aunque en apariencia se plantee como fomento de la seguridad. 

-La seguridad es importante.

-Por favor. Las naciones occidentales son de una seguridad fabulosa. Sin embargo la gente no tiene esa sensación debido al PJM. Y el PJM es poderoso y estable precisamente porque aúna diversas instituciones de la sociedad. Los políticos necesitan los temores para controlar a la población. Los abogados necesitan los peligros para litigar y ganar dinero. Los medios necesitan historias de miedo para capturar al público. Juntos, estos tres estados son tan persuasivos que pueden desarrollar su labor incluso si el miedo es totalmente infundado, si no tiene la menor base real. Por ejemplo, pensemos en los implantes mamarios de silicona.

Moviendo la cabeza, Evans dejó escapar un suspiro.

-¿Los implantes mamarios?

-Sí. Recordará que durante un tiempo se dijo que los implantes mamarios provocan cáncer y enfermedades autoinmunes. Pese a que los datos estadísticos lo desmentían, vimos sonados reportajes, sonadas demandas, sonadas sesiones parlamentarias. El fabricante Dow Corning, se vio obligado a abandonar el negocio después de desembolsar tres mil doscientos millones de dólares, y los jurados concedieron cuantiosos pagos a los demandantes y a sus abogados. 

>>Cuatro años después, unos estudios epidemiológicos concluyentes demostraron más allá de toda duda que los implantes mamarios no causaban ninguna enfermedad. Pero para entonces la crisis ya había cumplido su objetivo, y el PJM había seguido su curso, una voraz maquinaria en busca de nuevos miedos. Se lo aseguro, así funciona la sociedad moderna, mediante la creación continua de miedo. Y no existe ninguna fuerza compensatoria. No existe ningún mecanismo de control y equilibrio de poderes, ninguna limitación al fomento perpetuo de un miedo tras otro... 

Friedgard Thoma y Emil Cioran (Por nada del mundo) Un amor de Cioran

Cuando conocí la obra de Cioran en 1979 (es decir, exactamente treinta años después de aparecer su Brevario de podredumbre), se me vino a la mente de inmediato, en vista de su arte de captar con brillantez aforística el cántico de la muerte, el siguiente pasaje de un Libro de fantasmas chino: un colegial se ríe de su maestro, que sólo habla de la muerte: «Hablas continuamente de la muerte y, sin embargo, no te mueres». Este pasaje lo comentó Kafka así en una carta a Milena: «Es injusto reírse del héroe que yace en el escenario herido de muerte y canta un aria. Nosotros yacemos y cantamos todo el año». 

Cuando Kafka escribió esto en septiembre de 1920, Cioran tenía 9 años. Creció, despreocupado, en las proximidades de Hermannstadt/ Siebenbürgen, como hijo de un pope ortodoxo, y no sospechaba cuán cerca iba a estar la poesía de la muerte kafkiana de su propia obra, que él ya comenzaría a principios de los años treinta en lengua rumana. Cioran cantó continuamente sobre la muerte, sobre el suicidio, sobre el insomnio, la melancolía, el cafard (intraducible) y de la degeneración (déchéance physique). 

En 1937 se fue definitivamente al exilio parisino, donde vivió más de medio siglo —hasta dos años antes de su final (21 de junio de 1995), en la residencia Broca— con su compañera, la profesora de segunda enseñanza Simone Boué (que se ahogó el 11 de septiembre de 1997, inmediatamente después de que apareciera la obra póstuma de Cioran, editada por ella, los Cahiers, por más que él siempre se viera como el gran solitario.

[...] Ciertamente, Cioran, durante largo tiempo, sólo fue una recomendación restringida a amantes de lo irremediable, esto es, no apropiado para existencialistas o, aún menos, para marxistas. «Si la humanidad tuviera que comenzar de nuevo en el futuro, lo haría con su escoria, con los cretinos de todo el mundo, el sedimento de los continentes; se perfilará la caricatura de una civilización [...]». Como uno de los pocos que no subliman ideológicamente su miedo a la muerte, sino que afrontan la catástrofe del nacimiento, «cultivó en el aforismo el desasosiego en medio de las palabras [...], ese desasosiego de derrumbarse junto con todas la palabras». 

Aunque Cioran ha sido designado a menudo como filósofo sucesor de Nietzsche, él mismo se veía en una posición intermedia, por así decirlo en la hoguera de los sistemas, en una «mezcolanza de filosofía y poesía, con predilección por la última. No olvide —me escribió— que siempre he arrastrado conmigo restos de teología y que estuve infectado por el lenguaje de la mística». 

Esto puede sorprender tanto más cuanto que él llevó el arte de la destrucción a sus extremos: «Vivir significa perder el suelo» y: «Yo sólo vivo porque está en mi poder morir cuando yo quiera: sin la idea de suicidio ya me habría matado hace mucho tiempo». Contrincantes y también admiradores del gran escéptico («El escepticismo es la elegancia del miedo») le reprocharon que, aunque él toda su vida había escrito tanto sobre el suicidio como a su favor, tal vez hubiese impulsado a algunos a cometerlo, él mismo nunca había hecho empleo de él. Quien le haya visitado en los últimos años de su vida en la residencia de ancianos, donde tenía que vegetar con el ánimo ausente, sabe de la ironía macabra de su destino, que le condenó a estar vario años entregado, sin perdón, a merced de la vida. 

Cuando Cioran me envió, en 1989, la traducción alemana de su primera obra rumana, En las cumbres de la desesperación, me escribió en ella, en su alemán un poco defectuoso: «Si en mi juventud no hubiese producido este clamor, habría abandonado hace tiempo la escena». Al no abandonarla, siguió yaciendo continuamente en la escena herido de muerte, y se lamentaba, pero de ello hizo un canto...

[«Sólo la música puede crear una complicidad indestructible entre dos seres. Una pasión es perecedera, ella es como todo aquello que participa de la vida, mientras que la música es de una esencia muy superior a la vida y, ante todo, a la muerte».]

Lluís Soler Alsina (El arte de emocionarse) La servidumbre de los sentimientos en la época de lo cool

VERDAD, BONDAD Y BELLEZA: LOS PUENTES SE ROMPEN

Si leemos alguno de los famosos diálogos socráticos, es muy posible que nos llame la atención hasta qué punto Platón establecía una profunda equivalencia, una similitud incluso, entre la verdad entendida como el conocimiento de los principios más profundos y subyacentes de la realidad, y la belleza y la bondad. 

Por supuesto, la naturaleza y el significado de estos tres términos (verdad, bondad, belleza) han sido siempre objeto de toda suerte de controversias. Sin embargo, filósofos, teólogos, artistas y científicos de diversas tendencias, épocas y culturas solían pensar que, si no nos dejamos embaucar por lo primero que vemos o por el primer pensamiento que cruza por nuestra mente e indagamos con tesón, descubriremos que aquello que consideramos correcto desde el punto de vista ético es también profundamente atractivo desde un punto de vista estético y, sobre todo, radicalmente veraz. 

Y viceversa: el mal, pese a los triunfos que en apariencia otorga, no solo lleva al infortunio, no solo resulta desagradable —tal vez no a primera vista, pero sí en el fondo—, sino que parte de unos supuestos radicalmente erróneos y contrarios a los principios que rigen la naturaleza y el cosmos. Resultaría sumamente difícil entender un lienzo de Rafael, la Divina Comedia de Dante o un texto de Tomás de Aquino, Ramon Lull o Erasmo de Rotterdam, sin tener presente que, a través de diferentes vías y formas de expresión, todos ellos pretendían expresar esta simbiosis. 

Una simbiosis que empieza a resquebrajarse en el siglo XVII y que desde entonces se debilita sin cesar. Los puentes que unían lo verdadero, lo bello y lo bueno se agrietan hasta derrumbarse porque uno de los principios rectores de la modernidad es la separación radical entre la realidad, entendida como algo que se puede cuantificar y comprobar experimentalmente, y todo lo demás (valores, sensibilidad artística, sentimientos, creencias, aspiraciones. etc). Por lo tanto, ninguna afirmación de tipo ético o estético puede albergar la menor aspiración de ser universalmente válida; únicamente lo que puede ser corroborado en un laboratorio y medido con precisión absoluta puede serlo.

¿La belleza?

Cuestión de tendencias, modas y preferencias personales o colectivas.

¿Y la bondad o los deseos de lograr una sociedad más justa?

Otro tanto. 

Ciertamente, sería reduccionista, incluso falaz, afirmar sin más que el advenimiento de las sociedades modernas y de la Revolución Industrial han supuesto arrinconar o dejar totalmente de lado el arte, la moral o los ideales. Estos, sin duda, han seguido teniendo un papel importante... pero a nivel funcional, a nivel instrumental.

Es decir, se admite su importancias porque —y solo porque— garantizan la cohesión social, el patriotismo y la prevalencia del orden establecido, todos ellos motivos suficientes para ser potenciados y, al mismo tiempo, hábilmente encauzados por el estado-nación.

Es así como museos, academias, universidades y bibliotecas proliferan a manos de la pujante burguesía industrial y, sobre todo, del Estado, aunque ya casi nadie crea posible —ni tan siquiera deseable— que las obras e ideas que de ellas emanen puedan aspirar a hallar o a plasmar algo remotamente parecido a una verdad incuestionable, a un principio válido para todo el mundo. 

POR QUÉ LA ECONOMÍA SE TIÑE DE CULTURA
Y LA CULTURA SE MERCANTILIZA

En este contexto digitalizado y organizado en redes, las antiguas dicotomías entre economía y cultura, entre estructura y superestructura, entre producción material y producción simbólica, entre tecnología y pensamiento, dejan de tener sentido. Por supuesto, en todas las épocas ha habido un cierto grado de interrelación entre unas y otras, pues a fin de cuentas toda mercancía, producto o herramienta está teñida de connotaciones y significados sin los que no tendría apenas valor de uso y, sobre todo, de cambio. Y al revés: las creaciones de la mente humana, por etéreas o sublimes que puedan ser, no se entienden sin tener en cuenta la base material y socioeconómica que hace posible su existencia. 

Sin embargo, cada una de estas dos grandes parcelas de la realidad humana ha venido obedeciendo a una lógica autónoma, a veces incluso contrapuesta, y tal vez el ejemplo de esta relación sea la tradicional imagen del típico artista como un creador rebelde, impulsivo y bohemio cuyo estilo de vida se contraponía al del respetable hombre burgués temeroso de la ley, calculador y reprimido.

Esto ya no es así hoy en día: ahora más que nunca la cultura, desde la más «banal» y popular hasta la que (cada vez menos) denominamos «alta cultura», obedece a la lógica del mercado y sus creaciones se conciben, elaboran, distribuyen y venden siguiendo los parámetros de la más sofisticadas estrategias de marketing, en tanto que, en paralelo a esta tendencia, el mercado incorpora códigos culturales —gustos, preferencias, valores, identidades— a la hora de elaborar y vender bienes y servicios. 

No hay más que fijarse en la publicidad, el escaparate por excelencia de los intereses de las empresas, pero sobre todo de nuestros deseos y temores, para percatarse de que incluso para promocionar un producto físico, tangible, material, se recurre cada vez más a lo cultural y a lo psicológico, y hasta punto esto es así que ahora en un anuncio de un coche de gama alta apenas se mencionan ya sus cualidades y prestaciones, sino que, en un escenario natural de gran belleza y sinuosidad, se lanza una pregunta que apela a las emociones, a los recuerdos y sensaciones: 

«¿Te gusta conducir?»

En esta misma línea, otro ejemplo sería el de una conocida marca de moda infantil que, para vender sus prendas, alude a algo tan inmaterial como la amistad: «Mayoral hace amigos».

Y es que la cultura, el espíritu y lo etéreo se están empapando, más que nunca, de interés y dinero. Y estos, a su vez, se visten con el ropaje de los primeros. 

La economía-mundo en la que vivimos es, al mismo tiempo, una «cultura-mundo», certera expresión con la que el sociólogo francés Lipovetski busca remarcar el carácter de experiencia global que lo cultural adquiere en nuestros días... en indisociable simbiosis con lo económico.

Cristina Sánchez Muñoz (Hannah Arendt) Estar (políticamente) en el mundo

Pensar y juzgar

Sin tener en cuenta la renuncia casi universal, no a la responsabilidad personal, sino al juicio personal, en las primeras fases del régimen nazi, es imposible entender lo que realmente ocurrió.

Arendt, "responsabilidad personal bajo la dictadura"

Lo que en realidad nos muestran todos estos argumentos evasivos de la responsabilidad está relacionado con la incapacidad de juzgar nuestras acciones y las de los demás. No hay nada más extendido que esa frase tan usual de «yo no soy quién para juzgar». Por el contrario, para Arendt, todos somos quién para juzgar, y precisamente la carencia de la facultad, su ejercicio, es lo que posibilita la diseminación del mal y la tolerancia frente a este.

La atención de Arendt por la cuestión del juicio planea en toda su obra, pero es en sus últimos años de vida cuando se dedicó más intensamente a su análisis. Sin duda, el caso de Eichmann la puso sobre aviso acerca de las consecuencias de no practicar el pensar y el juicio, el discernimiento sobre el bien y el mal. Pero ¿por qué el juicio es una facultad política y por qué es relevante para poder determinar nuestras acciones? Encontró la respuesta en Kant, pero no en el Kant de la Crítica de la razón práctica, donde se expone el sujeto autónomo legislador de su propia moral, sino en su tercera crítica, la Crítica del juicio. Es ahí donde Arendt descubre un Kant político, que «piensa en el mundo como punto de partida» y que entiende la pluralidad y la necesaria comunicación intersubjetiva entre los individuos como algo ineludible. 

El juicio no nos remite a leyes dadas de antemano que podamos aplicar para poder discernir sobre algo, sino que, por el contrario, mediante el juicio nos movemos en el terreno de lo contingente y lo singular. No hay un punto arquimédico desde el que podamos juzgar, apoyándonos en él. Esto es lo que Arendt observa en el juicio reflexionante kantiano. Si el juicio es la capacidad que subsume lo particular en lo universal, en este caso, lo particular está dado, pero no así la ley universal, por lo que el juicio actúa sin una mediación ya establecida. 

[...] La capacidad de juzgar, de discernir, está indisolublemente ligada a la capacidad de pensar. Pensar equivale a «examinar y preguntar». Pero, además, el juicio contiene unas máximas para su aplicación: 1) pensar por uno mismo, esto es, ejercitar el pensamiento independiente, emancipado de la tutela ajena y de los pre-juicios. 2) pensar siempre de acuerdo consigo mismo (un modo de pensar consecuente) y 3) pensar en el lugar de cada otro, que equivale a ponernos en el lugar de los demás, representarnos cuáles pueden ser sus opiniones. Es este último tipo de pensar el que Arendt denomina «el modo de pensar representativo» o «mentalidad ampliada», que implica un actitud moral de respeto mutuo y de reconocimiento de los otros, esto es, de reciprocidad igualitaria. Representa el modo de pensamiento político por excelencia, aquel del que precisamente Eichmann carecía, incapaz de «pensar en el lugar de los otros». 

Ahora ya tenemos las herramientas para poder enfrentarnos a nuestras acciones y las de los demás, para poder juzgarlas. Atreverse a pensar y juzgar, sin parámetros fijos, sin normas en las que subsumir nuestro juicio, tan solo guiados por los ejemplos, la imaginación —que nos permite representarnos a los otros que están ausentes— y la compañía —real o imaginada— de los otros con lo que compartimos y habitamos el mismo espacio público. Una actividad de juzgar que se realiza en el mismo reconocimiento de la pluralidad de perspectivas. Pero ¿qué ocurre cuando ya no existe tal espacio público, cuando este ha sido destruido, la violencia se ha extendido y la pluralidad se ha aniquilado? ¿Acaso entonces, bajo esas circunstancias, todos estamos abocados a comportamos como Eichmann. 

Aun en esas situaciones difíciles, podemos encontrar disidentes que se niegan a colaborar con el mal extendido, como bien señala Arendt. Los que no participaron, en ese sentido, fueron los únicos que se atrevieron a pensar y a juzgar pos sí mismos. Fueron los dubitativos respecto a las reglas morales tradicionales, los escépticos. No disponían de otro sistema de valores, nos dice nuestra autora. No prejuzgaron de una manera automática. Tampoco se encontraban entre los más cultivados o educados (pensemos en el caso Heidegger), ni pertenecían a una clase social determinada. Lo que le movió a no participar fue una argumentación moral que queda expresada en la máxima socrática «es preferible sufrir una injusticia que cometerla». Y la razón de esa preferencia, que se refleja en la negativa a cometer un daño, es que de otra manera la persona no podría seguir viviendo consigo misma, pues tendría que convivir con el malhechor o asesino en que se había convertido. En otras palabras, «no puedo hacer determinadas cosas porque, una vez que las haga, ya no podrá vivir en paz». La cuestión moral del «qué debo hacer?«, depende en última instancia de lo que yo decido en relación conmigo mismo: se trata, entonces, de límites autoimpuestos. Arendt es muy consciente de que esta moral de corte socrática propuesta es una moral para los tiempos de crisis, para las situaciones límite. Diríamos pues, que el juicio kantiano y la mentalidad ampliada —pensar en el lugar del otro— son posibles en momentos de normalidad democrática, es una exigencia misma de la ciudadanía. Pero cuando no se dan ya las condiciones para poder ejercerlos, entonces estamos ante «el silencioso diálogo con uno mismo», ante nuestra propia conciencia. 

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