Isaiah Berlin (Sobre el nacionalismo) Textos escogidos

LA RAMA DOBLADA
SOBRE EL AUGE DEL NACIONALISMO
(1972)

[...] Físicos y biólogos, geógrafos y planificadores urbanos y rurales, psicólogos y antropólogos, matemáticos e ingenieros (incluidos los «ingenieros del alma humana» de Stalin), especialistas de todo tipo pueden ser, y en gran medida han sido, puestos al servicio de quienes, a veces por motivos puros y una devoción fanática, por una causa que consideran la de la razón y la felicidad humana, tienen la determinación de hacer el mejor uso posible de los recursos disponibles, naturales y artificiales, humanos y no humanos. Puede que los marxistas o los habitantes de los países subdesarrollados protesten cuando el enemigo de clase, interno o externo, los capitalistas, los «neocolonialistas», los imperialistas emplean esos métodos en su propio beneficio. Pero no protestan contra el enfoque tecnológico en sí; de hecho, intentan adaptarlo y perfeccionarlo con el objetivo de promover sus propios intereses. Contra eso ha comenzado ya una protesta mundial.

La eficacia de esta rebelión (pues tal cosa parece) es difícil de predecir, dado que está aún en sus inicios. Brota de la sensación de que los derechos humanos —que tienen su origen en la concepción de las personas como específicamente humanas, es decir, como individualizadas, como poseedoras de voluntad, sentimientos, creencias, ideales, modos de vida propios— han sido obviados o perdidos de vista en los cálculos «globales» y en las enormes extrapolaciones que seguían a los planificadores de políticas y a los ejecutivos en las gigantescas operaciones en las que se ha embarcado gobiernos, corporaciones y diversos tipos de élites interconectadas. La computación cuantitativa no puede sino ignorar los deseos, esperanzas, temores y objetivos específicos de los seres humanos tomados individualmente. Y así debe ser cuando se diseñan políticas para un gran número de individuos, pero el asunto ha ido hoy demasiado lejos.

Entre los jóvenes es cada vez mayor el número de quienes ven su futuro como un proceso en el que se les encajará en un programa científicamente diseñado, una vez que sus datos de su esperanza de vida, sus capacidades y su empleabilidad hayan sido clasificados, computados y analizados con el objetivo, en el mejor de los casos, de producir la mayor felicidad del mayor número. Esto determinará la organización de la vida a escala nacional, regional o mundial, y ello se hará sin prestar atención a los rasgos individuales, modos de vida, deseos, caprichos e ideales de esos jóvenes —puesto que se trata de asuntos irrelevantes para el objetivo buscado—. De ahí que dichos jóvenes experimenten tristeza, rabia y desesperación. Quieren ser o hacer algo, y no simplemente que actúen sobre ellos, o para ellos, o en su nombre. Exigen que se les reconozca su dignidad como personas. No desean que se les reduzca a material humano, a fichas en un juego que practican otros, aunque lo hagan, al menos en parte, en beneficio de las propias fichas. Estalla pues una revuelta en todos los niveles.

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EL NACIONALISMO:
SU INFRAVALORACIÓN EN EL PASADO
Y SU PODER PRESENTE
(1979)

[...] Permítaseme insistir en que, aun cuando el nacionalismo me parezca en primer lugar una respuesta a una herida infligida a una sociedad, esto, si bien es una condición necesaria, no es causa suficiente de la autoafirmación nacional. Las heridas que unas sociedades infligen a otras desde tiempos inmemoriales no han conducido en todos los casos a una respuesta nacional. Para que tenga lugar dicha respuesta, es necesario algo más, a saber, una nueva visión de la vida con la que puedan identificarse bien la sociedad herida o bien las clases o grupos que se han visto desplazados a causa del cambio político y social, una visión alrededor de la cual puedan unirse para intentar restaurar su vida colectiva. Así, tanto los movimientos eslavófilos como los movimientos populistas que tuvieron lugar en Rusia, al igual que el nacionalismo alemán, pueden ser entendidos únicamente si se tiene en cuenta el traumático efecto ejercido por la violencia y rápida modernización impuesta a su pueblo por Pedro el Grande, o a escala menor por Federico en Prusia; esto es, la reacción contra el efecto de las revoluciones tecnológicas o del desarrollo de nuevos mercados y de la decadencia de los antiguos, la consiguiente disrupción de las vidas de clases enteras, la ausencia de oportunidades para hombres instruidos pero psicológicamente incapaces de encajar en la nueva burocracia y, finalmente, en el caso de Alemania, la ocupación o gobierno colonial por parte de un poderoso enemigo extranjero que destruyó las formas tradicionales de vida e hizo que los hombres, especialmente los más sensibles y conscientes —artistas, pensadores y quienes ejercían cualquier otra profesión—, perdiesen su posición establecida y se sintiesen inseguros y desconcertados. Tiene lugar entonces un esfuerzo por crear una nueva síntesis, una nueva ideología, que sirva para explicar y justificar la resistencia a las fuerzas que operan contra las propias convicciones y formas de vida, y para apuntar en una nueva dirección y ofrecer un nuevo centro para la autoidentificación.

Es este fenómeno bastante familiar a nuestros tiempos, uno que está presente en las turbulencias sociales y económicas. Allí donde los lazos étnicos y la experiencia histórica común no son lo suficientemente fuertes como para haber creado un sentimiento de nacionalidad, el nuevo epicentro puede ser una clase social, partido político, Iglesia o, más a menudo, centro de poder y autoridad —el Estado mismo, sea o no multinacional— que enarbola la bandera bajo la cual pueden reagruparse todos aquellos que han visto trastornados sus modos tradicional de vida —campesinos sin tierra, terratenientes o comerciantes arruinados, intelectuales sin empleo, diversos profesionales fracasados—. Ahora bien, ninguno de tales epicentros ha demostrado ser tan poderoso (como símbolo o cono una realidad), tan capaz de actuar como una fuerza unificadora y dinámica, como lo es la nación; y cuando la nación es una junto con otros centros de devoción —la raza, la religión, la clase—, su llamamiento tiene una fuerza incomparable.

Los primeros nacionalistas genuinos (los alemanes) ofrecen un ejemplo de la combinación de orgullo cultural herido y de una visión filosófico histórica para restañar la herida y crear un foco interior de resistencia. 

Primero surge un grupo de instruidos y descontentos fracófobos, y luego, bajo el impacto de los desastres sufridos en manos de los ejércitos franceses y de la Gleichschaltung de Napoleón, se produce un vasto movimiento popular, el primer gran estadillo de pasión nacionalista, con su salvaje chovinismo estudiantil, su quema de libros y sus juicios secretos a los traidores; un aprendiz de brujo que se vuelve incontrolable y que despierta la indignación de pensadores calmados como Goethe y Hegel. Otras naciones siguen el ejemplo, en parte por influencia de la retórica alemana y en parte porque las circunstancias son lo suficientemente parecidas como para generar un malestar similar y el mismo remedio peligroso. Después de Alemania, viene Italia, Polonia y Rusia; luego, a su debido tiempo, las nacionalidades balcánicas y bálticas e Irlanda y, desde la debacle la Tercera República francesa hasta nuestros días, las repúblicas y dictaduras de Asia y África, y las revueltas nacionalistas de grupos étnicos y regionales en Bélgica y Córcega, en Canadá, España y Chipre, incluso en Francia y Gran Bretaña, y quién sabe dónde más.

Ninguno de los profetas del siglo XIX, hasta donde alcanza mi conocimiento, anticipó nada de este tipo. Si alguien lo hubiera sugerido, seguramente el fenómeno habría sido considerado como demasiado improbable como para ser tenido en cuenta. ¿Por qué razón se subestimó la probabilidad de que se produjese este desarrollo que ha resultado ser cardinal en nuestro tiempo?

Berlin, Isaiah (Joseph de Maistre y los orígenes del fascismo)

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