El dinero no existe, pero algunos dineros existen más que otros
El dinero nunca hizo feliz al hombre, ni lo hará; no hay nada en su naturaleza que produzca felicidad. Cuanto más tienes, más deseas.
BERJAMIN FRANKLIN
[...] Imaginemos por un momento el futuro próximo: tienes en tu móvil una billetera oficial donde almacenas euros digitales emitidos por el confiable Banco Central Europeo. Tu nómina llega ahí puntualmente cada mes. Parece magia. Puedes pagar el café, el alquiler, el billete de autobús, todo con tu app, instantaneamente y sin comisiones. Ya no necesitas llevar efectivo; de hecho, cada vez se ven menos billetes y monedas en circulación. Todo es rápido, eficiente, trazable. ¿Suena cómodo? Seguramente. ¿Suena inquietante?. También.
Para la mastodóntica, paranoide y voraz Europa, la retórica es deslumbrante. Cualquiera puede disfrutar de una billetera, incluso quien no tenga una cuenta bancaria. Todo será eficiencia. Costes muy bajos. El fin del dinero negro. Qué maravilla.
Sin embargo, hablamos de Europa. Controladora, metomentodo, ineficiente, hiperrreguladora. Los incómodos y primitivos billetes tienen la virtud de que una vez que el Estado los emite, puedes usarlos de forma anónima. Nadie, salvo tú y quien recibió el pago, sabe en qué has decidido emplearlos. Son cheques al portador. Esa privacidad les proporciona un elemento de libertad: nos permiten gastar sin sentirnos observados. Con una CBDC, por defecto, cada transacción será apuntada meticulosamente, porque si cada euro digital es un registro en una base de datos del banco Central, cada vez que se mueve quedará constancia. Papá Pitufo podrá saber cuál es el café que más te gusta, qué libro lees, qué tamaño tienen tus consoladores y cuánto has donado a cierto partido que no puede ser nombrado.
En la actualidad vivimos en sociedades donde gran parte de nuestros pagos pasan por bancos y tarjetas, y, por tanto, todo queda registrado puntualmente. Pero una CBDC centraliza ese poder de vigilancia. Mientras usemos bancos privados y efectivo, la información está fragmentada, para acceder a ella el Estado tiene que poner en marcha un engorroso procedimiento administrativo, y aún existe la opción de la privacidad que nos brindan los billetes. Con un euro digital ubicuo, el Gobierno estaría a un clic de distancia de saber o decidir mucho sobre tu dinero.
Otra característica inquietante es la idea del dinero programable. A diferencia de los billetes, que son inertes, los euros digitales podrían, teóricamente, programarse con condiciones. Imagina que Europa entra en recesión. Muy fácil: de repente, para incentivar el consumo, tus euros digitales tienen fecha de caducidad y te ves en la obligación de elegir entre gastarlos o que se pierdan en una nubecilla de humo digital. China ya experimentó con esa idea en su momento, poniéndole expiración a ciertos pagos de estímulo que, si no usas en unos cuantos meses, desaparecen. El dinero deja de ser tuyo y regresa a las arcas de Papá Pitufo.
La pesadilla no termina aquí. Imaginemos por un momento que, poseído por el ritmo rakatanga, el Estado decide que has consumido demasiada gasolina un mes. Bastaría con impedir que tus euros digitales pudieran usarse para llenar el depósito. O que te han pillado rompiendo un semáforo con una melopea del quince: nada les impide bloquear tus euros digitales para que no puedas gastártelos en alcohol nunca más. ¿Y si viajas demasiado y has superado la huella de carbono que Papá Pitufo encuentra moralmente tolerable? Bloqueado para billetes de avión. Imagina también que los euros digitales que lleguen a tu cartera en forma de subsidio sólo se pueden emplear para comprar comida. Hostia, y qué fácil será cobrar las multas sin preguntar, ¿verdad? Basta con ejecutar una instrucción en la base de datos central. Las posibilidades son infinitas, no es de extrañar que Europa tenga la picha como el cuello de un pollo. Si yo fuera un burócrata europeo, estaría forzando la implantación y adelantando fechas a lo loco.
Como de hecho está ocurriendo.
En un escenario extremo distópico en el que se pueda implantar un crédito social, como el sistema de puntaje que China implementa en ciertas ciudades, uno podría imaginar una alerta en el móvil en plan: «Lo sentimos, pero tus tuits fangosos y plagados de bulos tienen como consecuencia la prohibición de emplear tus euros digitales en un radio de más de cinco kilómetros de tu casa durante un mes. Consulta la normativa 27B/6 para más información. Gobierno de España, el gobierno de la gente». Por eso, los conspiranoicos ultraliberales estamos aullando hasta desgañitarnos que una CBDC nunca debe existir, pero de ser inevitable, tiene que diseñarse con garantías robustas de privacidad y libertad, o podría convertirse en una herramienta peligrosa de vigilancia masiva y control social. Dudo mucho que una CBDC se diseñe así jamás.
La historia nos ha enseñado que la dictadura no es un pulsador que se apaga y se enciende de golpe, sino más bien un proceso, un reóstato, algo que se instala poco a poco, a veces sin que la gente se dé cuenta hasta que demasiado tarde. Hay una frase de José Saramago que lo expresa bien: «Creo que vivimos en una dictadura con apariencia de democracia. Una dictadura que no necesita de ejércitos en la calle, porque los ejércitos del capital ya ocupan todo».
[...] Después de este recorrido, podríamos sentir que estamos entre la espada y la pared. Por un lado, las criptomonedas han demostrado ser una especie de jungla financiera: llena de oportunidades salvajes, pero también de trampas mortales. La promesa libertaria y democratizadora se ha visto más que empañada con fraudes monumentales, volatilidad que haría sudar frío a una estatua de mármol y una desconexión notable de la economía real. No cabe duda de que la tecnología blockchain ha traído innovación, y hay aplicaciones interesantes más allá de la especulación (contratos inteligentes, NFT —aunque estos últimos también han generado su propia burbuja—, etc). Pero para el ciudadano común, hasta ahora las criptos han sido más un casino o una curiosidad tecnológica, que una mejora tangible de su vida cotidiana. Pero aún, muchos ciudadanos comunes han sido presa de estafas por falta de regulación y exceso de credulidad.
Por otro lado, las CBDC —y en especial el euro digital que asoma su sospechosa y casposa cabecita en el horizonte— se presentan como la versión ordenada y segura de ese dinero digital, pero conllevan el peligro de un hipercontrol estatal sobre nuestras finanzas. La idea de un dinero totalmente programable y supervisable por el Gobierno enciende todas las alarmas de los defensores de la privacidad y las libertades civiles. Implementadas sin cuidado, o con exceso de entusiasmo regulador, podrían abrir la puerta a una sociedad de vigilancia financiera sin precedentes, donde cada transmisión queda registrada en los anales gubernamentales y donde nuestro acceso a nuestros propios fondos podría volverse condicional.
En cierto sentido, asistimos a una dialéctica curiosa: las criptomonedas nacieron para escapar del control de Estados y bancos y han derivado en un caos donde, ironía de ironías, muchas veces la gente clama por más regulación para protegerse de los abusos. Las CBDC, mientras tanto, se diseñan para reafirmar el control del Estado en el nuevo y fangoso terreno digital, prometiendo orden y confianza, pero generando a su vez desconfianza en la población que no quiere un Gran Hermano hocicando en su bolsillo. Debemos buscar un punto medio que sea capaz de ofrecer lo mejor de ambos mundos sin caer en sus extremos negativos, pero aún no lo hemos encontrado.
Pero, vamos, no te quepa la menor duda de que aquí se hará lo que diga papá Pitufo.

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