Manuel Arias Maldonado (Nostalgia del Soberano)


HISTORIA, PROGRESO, UTOPÍA

[...] En cualquier caso, el fracaso de las utopías del siglo XX —que es también el fracaso de la filosofía de la historia y en consecuencia el colapso de las religiones políticas de la modernidad— produce efectos psicopolíticos de primer orden. ¿Quién podrá seguir creyendo hoy en la potencia benéfica de la mentalidad utópica? La utopía no puede pensarse ya a la manera tradicional: ignorar que su instauración requirió el empleo masivo de violencia política o, en el mejor de los casos, de una coerción sostenida en el tiempo. Que la utopías queden ya por detrás guarda así estrecha relación con el agotamiento contemporáneo de las ilusiones políticas. Populismo, nacionalismo y autoritarismo podrían interpretarse como la consecuencia de la frustración que produce la ausencia de alternativas plausibles al modelo liberal capitalista. Hemos experimentado tal decepción que terminamos por descreer de cualquier noción de progreso y nos entregamos a un melancólico declinismo que desprecia las estadísticas. O el futuro luce impecable, o no es futuro.

En buena medida, se trata de un efecto inducido por los críticos de la modernidad, ya que habría motivos para preguntarse si la sociedad del siglo XXI no podría considerarse, pese a sus evidentes imperfecciones, una utopía realizada. Si atendemos al estado del mundo comparando largas series estadísticas y lo hacemos desde el punto de vista de una sociedad premoderna, ¿a caso no habitamos algún tipo de utopía? A Saber: la utopía de un  mundo en constante mejora material y moral. ¿O acaso la sociedad global de comienzos del siglo XXI no supone un extraordinario avance, para la especie en su conjunto, vista con los ojos del siglo XIII o del XVII? Así nos lo recuerdan los datos compilados por los llamados "nuevos optimistas", con Steven Pinker y Hans Rosling a la cabeza, objeto habitual de las burlas de quienes solo tienen ojos para aquello que ha salido mal o queda por hacer.

Es obvio, sin embargo, que nos movemos en el terreno de las creencias. Y si la creencia en el progreso no sobrevive a los matices, las sociedades humanas seguirán progresando mientras sus habitantes creen estar ya de regreso. Si George Steiner tiene razón, y las mitologías occidentales del siglo XX no fueron sino variantes de una "teología sustitutiva" que intentaba llenar el vacío dejado por el dogma cristiano, ahora nos encontramos con un momento inédito en el cual también ese Ersatz, o intento de reemplazo, se ha vuelto indigerible. 

Pero conviene ir más despacio. ¿De verdad no creemos en la posibilidad del progreso? ¿O es solo que hemos dejado de creer en algunos de sus portavoces? Populismo y nacionalismo, ¿no son también depósitos de esperanza? ¿No alimenta el populismo la idea de que podemos retornar a un pasado idílico y, por tanto, construirnos un nuevo Edén? 

Más aún: ¿es que un acontecimiento como el brexit no es un triunfo de esa imaginación política cuyo empleo solemos reclamar en las tribunas de prensa, olvidando que se trata de una facultad que puede servir a distintos fines? También la nostalgia del soberano, pues, contiene la expectativa de un progreso: un mejoramiento a la carta cuya realización se encomienda a una figura capaz de actuar decididamente.

Tal vez no pueda ser de otra manera. Hay que tener en cuenta que la estructura teleológica que comparten la escatología cristiana y las filosofías de la historia obedecen a un modo de percepción humano que organiza espacialmente el desarrollo de la temporalidad. En su concienzuda meditación sobre el asunto, Raymond Tallis ha enfatizado que la visión es el sentido que nos revela la existencia del tiempo al vincularlo con el movimiento de los cuerpos en el espacio: la consecuencia es que "espacializamos" el tiempo de manera irremediable. De ahí deducimos la noción de su progreso, de una mejora asociada al tránsito humano por el peculiar "espacio temporal". Marcel Gauchet ha escrito en términos parecidos sobre la transición de la sociedad religiosa a la sociedad moderna. "La mayor dificultad de la tarea consiste en que implica ir contra lo más arraigado de nuestra representación y, más aún, de nuestra precomprensión de la historia.  Recogiendo lo más vivo de una fórmula: la identificación del devenir con un crecimiento y, detrás de él, con la marcha desde un orden integramente sufrido hacia un orden cada vez más querido". 

Sobre esta base cultural —o espiritual— se hace hoy política democrática. Las complicaciones son evidentes, puesto que la promesa sigue siendo la forma primaria de relación de los partidos con sus votantes: la política es la palanca que debe convertir lo sufrido en lo querido. No obstante, el estímulo electoral de la promesa se ve acompañado por una denigración tremendista del presente que hace aún más difícil la difusión de una idea serena de la historia y del progreso. Así que nadie sabe qué aspecto podría tener una política del presente, ni parece que ese ejercicio de sobriedad pueda llevarse jamás a término. Máxime cuando seguimos creyendo, como demuestra el propio repliegue soberano, que la política —si quiere— todo lo puede. Y, como veremos a continuación, no es el caso. 


AMBIVALENCIAS SOBERANAS

[...] En las comunidades democráticas realmente existentes, algún tipo de equilibrio se mantiene entre quienes desean crear y quienes desean conservar. La identidad de estos dos grupos no siempre es previsible: los progresistas quieren hoy conservar el bienestarismo público y los conservadores suelen apoya dinámicas de mercado que impulsan el cambio social. Volvemos así a la más visible de las ambivalencias soberanas, que es la tensión entre unidad y pluralidad: entre la necesidad de articular una voluntad popular que toma decisiones y la exigencia de hacerlo sin desdoro de la heterogeneidad que caracteriza a las sociedades modernas. Aludiendo a la cualidad "multicultural" de los imperios que contrasta con la construcción de naciones más o menos homogéneas que acompaña a la consolidación del Estado moderno. Cocks resume así el dilema: "¿Cómo podrían reconstruirse hoy las comunidades políticas, de tal modo que combinen la heterogeneidad etnocultural que representa el "momento positivo" del imperio, con la igual protección legal del individuo y de su voz política que conforman la "promesa positiva" del Estado nación. 

La pregunta, sin embargo, tiene algo de anacrónico: como si hubiera sido formulada en ese momento inicial de la soberanía democrática en el que la violencia fundacional permanecía oculta a nuestra mirada. Hace tiempo que la teoría política hizo su defensa del pluralismo e identificó las instituciones y los principios llamados a preservarlo. Otra cosa es que sean instrumentos precarios cuya fortaleza no puede darse por descontada, como atestigua el momento presente. Parafraseando a Marquard, no se trata de transformar la democracia liberal, sino de cuidarla: evitar que sus contrafuertes cedan ante el empuje del decisionismo popular. Porque es la democracia liberal, que también es constitucional y acumula ya una cierta experiencia histórica, la que ha patentado la mejor fórmula —sin duda imperfecta— para aunar esos dos elementos positivos: la protección de la diversidad social y la salvaguarda de la libertad individual. Y ello bajo un poder sometido a limitaciones y, sin embargo, capaz de tomar decisiones con arreglo a procedimientos reglados.


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