Mark Lilla (El regreso liberal) Más allá de la política de identidad

DEL «NOSOTROS» AL «MÍ»

Entre lo más memorables eslóganes románticos de la década de 1960 está «Lo personal es político». Expresa un sentimiento que surge de que los románticos siempre han visto como la necesidad urgente de reconciliar el ser y el mundo y de lo que los antirrománticos entienden como una incapacidad adolescente para vivir con la diferencia. Estados Unidos siempre ha sido un terreno fértil para los románticos, aunque, durante los primeros doscientos años de su existencia, tendió a gravitar hacia la poesía o hacia lo evangélico, fuera del tipo cristiano o emersoniano. El romanticismo político que había enturbiado la política europea desde la Revolución francesa, era difícil de encontrar. (Sin duda, esa es la razón por la que en Europa tenemos la reputación, totalmente falsa de base, de ser un pueblo pragmático.) Su repentino brote a principios de los años sesenta era totalmente inédito. 

[...]   El romanticismo político es fácil de ver, pero difícil de definir. Es más un estado de ánimo que un conjunto de ideas, una sensibilidad que colorea la forma en que la gente piensa sobre sí misma y sobre su relación con la sociedad. Los románticos contemplan la sociedad como algo dudoso, como un sacrificio impuesto que aliena al ser individual de sí mismo, trazando líneas arbitrarias, creando cercados y obligándonos a meternos en disfraces que nosotros no hemos hecho. («En todas partes la sociedad está conspirando contra la virilidad de cada uno de sus miembros», escribió el tedioso Emerson). Hace que olvidemos quiénes somos y nos inhibe a la hora de explorar aquello en lo que nos podríamos convertir. Lo que buscan los románticos es más difícil de definir o de articular. Sus nombres son legión: «autenticidad», «transparencia», «espontaneidad», «plenitud», «liberación». Que el mundo sea uno. Y, cuando el mundo rechaza educadamente esta oferta, el romántico queda desgarrado entre impulsos opuestos. Está el impulso de huir para seguir siendo un ser auténtico y autónomo; y el impulso de transformar la sociedad de manera que parezca una extensión del ser. El romántico quiere crear un mundo en el que poseerá una identidad totalmente integrada y sin conflicto, en donde las respuestas a las preguntas: «¿Quién soy yo?« y «¿Qué somos?» sean la misma. 

Cuando esta sensibilidad romántica tomó forma política a principios de los años sesenta, los liberales y los socialistas más viejos no podían entender de ninguna manera de qué hablaban los jóvenes. Los derechos civiles, la guerra de Vietnam, el desarme, la pobreza, el colonialismo: esos eran asuntos políticos, por lo que, sin duda, merecía la pena protestar. Pero ¿por qué todo tenía que ver con faltar al respeto a los padres, tomar drogas, escuchar música alta, el amor libre, el vegetarianismo y el misticismo oriental? Sí, el capitalismo era el enemigo del pueblo. Pero ¿era el peine el enemigo del alma? Para una época anterior, la retórica de la época era un guiso espantoso que combinaba lo personal, lo cultural y lo político. 

[...] Para los jóvenes seducidos por la nueva izquierda tenía sentido porque, como saben los románticos, todo está relacionado. Tenía sentido que no hubiera objetivos estrictamente políticos divorciados de las luchas por la libertad, por la justicia y por la autenticidad en todos los aspectos de nuestras vidas: las relaciones sexuales, la familia, las reuniones, las escuelas, la tienda. Y en todo el mundo. La opresión era polimorfa y la resistencia también debía serlo. Por eso ir a una manifestación contra la guerra del Vietnam por la mañana, trabajar en una cooperativa alimentaria al mediodía, asistir a un taller feminista por la tarde y después acampar al aire libre para liberar mi alma era completamente coherente. Se trataba de política del tipo más elevado y urgente. ¿Qué eran, en comparación, las elecciones al Congreso a mitad del mandato?

La nueva izquierda interpretó originalmente el eslogan «Lo personal es político» de una manera algo marxista: todo lo que parece personal es, en realidad, político, no existen esferas de la vida exentas de la lucha por el poder. Eso es lo que forjaba simpatizantes tan radicales y electrizantes y lo que aterrorizaba a todos los demás. Pero también se podía interpretar la frase en sentido opuesto: que lo que consideramos acción política no es sino una actividad personal, una expresión de mí y de cómo me defino. Como diríamos hoy, es un reflejo de mi identidad. Al principio, la tensión entre las dos interpretaciones del eslogan no era evidente para aquellos impulsados por las pasiones del momento. «El aborto legal, la igualdad salarial y la educación infantil me afectan personalmente como mujer, pero también afectan a todas las demás mujeres. Esto no es narcisismo; es necesidad». Aun así, con el tiempo la tensión resultó demasiado evidente y arruinó las perspectivas a corto plazo de la nueva izquierda y, al final, también las del liberalismo estadounidense. 

La nueva izquierda quedó desgarrada por todas las dinámicas intelectuales y personales que asaltan a las izquierdas más una: la identidad. Las divisiones raciales no tardaron en aparecer. Los negros se quejaban de que la mayoría de los líderes eran blancos, lo que resultaba cierto. Las feministas se quejaban del hecho de que la mayoría eran hombres, lo que también era cierto. Pronto las mujeres negras se quejaban tanto del sexismo de los hombres negros radicales como del racismo implícito de las feministas blancas, que, a su vez, eran criticadas por lesbianas que las acusaban de asumir que «lo natural« era la familia heterosexual. Lo que todos esos grupos buscaban en la política era algo más que la justicia social y el final de la guerra, aunque también querían eso. Además, deseaban que no hubiera espacio entre lo que sentían en su interior y lo que hacían en el mundo. Querían sentirse unidos a los movimientos políticos que reflejaban cómo se entendían y definían a sí mismos como individuos. Y deseaban que se reconociera su autodefinición. El movimiento socialista no había prometido ni entregado ningún reconocimiento: dividía el mundo entre capitalistas y explotadores y trabajadores explotados de cualquier origen. Tampoco lo había hecho el liberalismo de la Guerra Fría, que defendía la igualdad de derechos y la igualdad de amparo social para todos. Y, sin duda, no llegaba ningún reconocimiento de identidad personal o de grupo desde el Partido Demócrata, que en esa época dominaban racistas segregacionistas y sindicalistas blancos de cuestionable rectitud.

Claudio Naranjo (La raíz ignorada de los males del alma y del mundo) De cómo la invención política del mal nos ha vuelto inmaduros y destructivos

PRÓLOGO

ACERCA DE LA NATURALEZA Y ACTUALIDAD DE «LA GRAN BESTIA» Y DE LO QUE NO SE DICE SOBRE EL PECADO ORIGINAL

Los cristianos apocalípticos veían en Roma una personificación de la mítica Gran Bestia, pero Roma no fue tan diferente de lo que Babilonia había sido para los judíos después de la destrucción del templo en Jerusalén y su forzado exilio: ni tampoco Babilonia había sido tan diferente de Egipto, donde los judíos fueron esclavizados. Representan estas ciudades, para la estirpe de Abraham y luego para los cristianos perseguidos, lo que podríamos llamar el «espíritu de la civilización», a la que alude el relato bíblico de la torre de Babel y que se vino a manifestar plenamente en los grandes imperios, pero ya había nacido en esa época lo que la arqueología y la historia llaman la «revolución urbana» —cuando la tierra vio el nacimiento de grandes ciudades y sus templos monumentales.

Planteo en este libro que la civilización, lejos de haber constituido el mayor triunfo de la evolución de la humanidad, ha sido más bien la causa de ese conjunto de problemas colectivos a los que apuntaron sucesivamente Rousseau, Nietzsche, la escuela de Frankfurt, el Club de Roma y los muchos comentaristas de la crisis cada vez más profunda y evidente de la humanidad contemporánea, que hoy en día destruye nuestro medio ambiente, nuestras culturas, personas y valores, y que esta crisis no es el resultado de algo agregado a la civilización, como una complicación de esta, sino más bien el resultado de la obsolescencia de su estructura fundamental. 

Pero ¿cuál es esta estructura central que comparten todas las civilizaciones? Podríamos decir simplemente que «el patriarcado», si no fuese porque ni los antropólogos ni la comunidad han denunciado al espíritu patriarcal como el mal fundamental de la civilización. Debemos, entonces, ser más específicos o explícitos en la explicación de lo que queremos decir por «patriarcado». 

Así, por ejemplo, Freud, en su libro El malestar de la civilización, formula la idea de que sufrimos de una neurosis universal que constituye la consecuencia trágica de una necesidad de haber instituido una sociedad represiva o policial. Dudaba Freud que los humanos fuésemos intrínsecamente buenos, por lo que pensaba que, siendo mitad buenos y mitad malos, precisamos de un sistema social que nos proteja de nuestro potencial maligno; a la vez, planteaba que hemos perdido nuestra salud mental a causa de un trágico sacrificio de nuestra espontaneidad animal.

Pero ¿es verdad que debemos controlar nuestra naturaleza animal, potencialmente maligna? Hoy en día hay estudios de neurociencias que sostienen que el cerebro humano es altruista, y el progreso de la psicoterapia nos dice que muchas veces lo que parecía un mal intrínseco es solo una reacción al dolor de la infancia y, además, va entrando en la cultura occidental la visión oriental (tanto la budista como taoísta) de una bondad fundamental de la naturaleza humana. 

A la luz de estas consideraciones, entonces, podemos decir que tal vez Freud fue demasiado pesimista al no llegar a poner en cuestión la vieja concepción cristiana del pecado original que nos declara culpables del pecado de nuestros ancestros, que transgredieron la prohibición divina de comer el fruto prohibido. 

«Seréis como dioses» conocedores del bien y del mal, les dice la serpiente a Adán y Eva como si se tratase solo de la adquisición de un nuevo conocimiento; y cuando Dios, paseando por su jardín, ve que la pareja avergonzada se ha cubierto los genitales con hojas de higuera, comprende que ahora han desobedecido su prohibición, y se nos da a entender a los lectores de ese texto que el bien y el mal siempre han existido, pero que solo después de comer el fruto prohibido los primeros humanos perdieron la inocencia de la ignorancia.

Así como Freud no cuestiona el que hayamos instituido una civilización policial, el redactor del mito del Génesis parece esconder el hecho de que no se trata de que los humanos hayan aprendido en algún momento a avergonzarse de sus cuerpos desnudos, sino que ha aparecido en el mundo una autoridad que dicta lo que está bien y lo que está mal y que con ello nace en nuestra evolución social la ética normativa —usualmente llamada «moral», que además ha criminalizado el placer, que biológicamente sirve en el mundo animal a los dictados de una sabiduría instintiva. 

Digamos entonces que en algún momento de la historia nacen la autoridad y los dictados de la autoridad; y que antes de ello no le parecía inmoral a la gente andar desnuda —como tantos vemos aún en África o en los trópicos, o en los pueblos indígenas sudamericanos. Y ha sido además una característica de lo que llamamos la civilización el que la autoridad que criminalizó el principio del placer le atribuyó su juicio criminalizante a un dios autoritario. 

[...] He afirmado que la civilización no es algo diferente de la sociedad patriarcal, y sugerido que al hablar de patriarcado debemos considerar un conjunto de fenómenos íntimamente relacionados, de los cuales uno es la subordinación del «principio del placer» a lo que Freud llamó el «principio de realidad» —que no es tanto una exigencia de la realidad sino una exigencia de la autoridad patriarcal, condición necesaria para tal vuelta contra los impulsos naturales y que se apoya necesariamente en el poder del castigo y de las amenazas, así como en el caso de uno que domestica leones para el espectáculo del circo debe usar no solo el látigo sino el castigo del hambre antes de conseguir que salten a través de aros en llamas.

Pero no solo implica el patriarcado una autoridad violenta y una vuelta contra lo instintivo, sino que, como bien sabemos, una desvaloración, subordinación y explotación de la mujer; que a su vez ha entrañado el que los niños se eduquen en la dureza, como cabe a un propósito de formar guerreros; y, además, ha creado el dominio masculino una situación casi universal de maternaje insuficiente, pues cuando la mujer le pertenece a su marido ello implica una entrega a su autoridad exigente y punitiva, y una traición a su espíritu materno protector. De ahí, a su vez, la dificultad de que hayamos podido desarrollar una civilización verdaderamente cristiana, caracterizada por la capacidad de las personas de amarse así mismas y al prójimo, y que sin el fundamento de estos amores no seamos siquiera capaces de un profundo amor a lo divino.

Epicteto (Manual de vida) Pasajes escogidos

Para comer uvas o higos, hay que dar tiempo a los árboles, dejar que el árbol florezca, que dé frutos y que maduren.

El hombre en la vida

Recuerda que has de comportarte como en un banquete. Llega a ti algo que va pasando: extiende la mano y sírvete moderadamente. Pasa de largo: no lo retengas. Aún no viene: no exhibas tu deseo y espera hasta que llegue a ti.
Así con tus hijos, con tu mujer, con los cargos, con la riqueza. Y algún día serás digno de participar en el banquete de los dioses.
Y si no te sirves de lo que te ofrecen, sino que lo desprecias, entonces no sólo participarás del banquete de los dioses, sino también de su poder. Así obraban Diógenes y Heráclito y los que se les parecían, y merecidamente eran y se les llamaba «divinos».

La misión del ciudadano

¿Cuál es la misión del ciudadano? No tener ningún interés personal, no deliberar nada como un ser independiente, sino del mismo modo que si la mano o el pie tuvieran y comprendieran la disposición natural, que nunca se moverían o tendrían apetencias de otro modo más que con referencia a todo. 

En él se funda nuestra serenidad

Estas dos cosas hay que tener a mano: que fuera del albedrío no hay nada ni bueno ni malo y que no hay que adelantarse a los acontecimientos, sino seguirlos.

Ocúpate de desempeñar tu papel....

Recuerda que eres actor de un drama, con el papel que quiera el director: si quieres uno corto, corto; si uno largo, largo; si quiere que representen a un pobre, represéntalo con nobleza; como a un cojo, a un gobernante, un particular. Eso es lo tuyo: representar bien el papel que te han dado, pero elegirlo es cosa de Otro. 

Más sobre la muerte

Si un joven muere, reclama uno a los dioses porque ha sido arrebatado antes de tiempo; si se retrasa en morir un anciano, también reclama a los dioses porque aún pasa trabajos cuando ya le convenía descansar; mas cuando la muerte se acerca, no quiere menos vivir y manda a buscar al médico y le pide que no omita ningún afán ni cuidado. Y decía: «Admirables los hombres, que no quieren ni vivir ni morir». 

Si quieres filosofar....

Si ansías la filosofía, prepárate desde ahora mismo para ser objeto de risas, para ser objeto de burlas de muchos que te dirán: «De pronto se nos ha vuelto filósofo» y «¿Cómo es que nos viene con este gesto altivo». Así que tú no pongas gesto altivo y aférrate a lo que parece que es lo mejor como quien ha sido destinado por la divinidad a ese puesto. Recuerda que si te mantienes en ello, los que al principio se reían de ti te admirarán al final, mientras que si te dejas vencer por ellos, les ofrecerás un doble motivo para la risa.

Mostramos nuestra valía en la adversidad

Las circunstancias difíciles son las que muestran a los hombres. Por tanto, cuando des con una dificultad, recuerda que la divinidad, como un maestro de gimnasia, te ha enfrentado a un duro contrincante.
—¿Para qué? —pregunta.
—Para que llegues a ser un vencedor olímpico.
Pero no se llega a ello sin sudores.

El secreto de la serenidad

No pretendas que los sucesos sucedan como quieres, sino quiere los sucesos como suceden y vivirás sereno.

El camino a la serenidad

Hay un camino para la serenidad —tenlo a mano al alba y durante el día y por la noche—; el apartamiento de lo que no depende del albedrío, el no considerar nada como propio, el entregar todo al Genio, a la Fortuna, poner a éstos por cuidadores de tales cosas, como ya los puso Zeus, y estarte tú a una sola cosa, a lo particular, a lo libre de impedimentos, a leer refiriendo a esto la lectura, y lo mismo escribir y escuchar. 

Roger Scruton (Sobre la naturaleza humana)

GENES Y MEMES

Sabemos que la especie humana se ha adaptado a su entorno, pero también que ha adaptado su entorno a ella. Ha conseguido transmitir adaptaciones a su descendencia, pero no solo genéticamente, sino también culturalmente. Ha conformado su mundo mediante la información, el lenguaje y el diálogo racional. Y aunque la biología puede tener en cuenta todo esto e incluirlo en la teoría de la evolución, esta, en primer lugar, no tendrá que ocuparse de la replicación de los genes, sino de la reproducción de las sociedades. Ahora bien, las sociedades humanas no son solo grupos de primates que cooperan, son comunidades de personas que viven juntas por mutua decisión y que organizan su mundo mediante conceptos morales que la mente de un chimpancé no puede concebir. Posiblemente, en el futuro la ciencia cognitiva pueda integrar esta clase de nociones en una teoría del cerebro y de sus funciones, e incluso puede que sea al fin y al cabo una teoría biológica. Pero tendrá que demostrar su verdad frente a aquellas que afirman que hay capacidades exclusivas del hombre y que, según Wallace, son superfluas desde el punto de vista de las «demandas evolutivas», y no frente a la que tiene en cuenta solamente los rasgos que compartimos con los animales.

Hoy en día los filósofos que defienden este último punto de vista tienen que hacer frente a una influyente corriente de opinión que predomina en la vida intelectual desde la publicación de El Gen egoísta de Richard Dawkins. A juicio de este, la selección natural podría dar cuenta de todos los fenómenos de la cultura humana, siempre que aceptemos que la cultura se desarrolla de acuerdo a los mismos principios de los organismos individuales. Así como el organismo humano es una máquina que "sobrevive" y se desarrolla gracias a genes que se autorreplican, la cultura también lo hace gracias a unos "memes" autorreplicantes, es decir, gracias a unas entidades mentales que emplean energía cerebral para multiplicarse, como los genes usan la energía de las cédulas. Igual que los genes, los memes requieren de un espacio vital o Lebensraum y el éxito de su tarea depende de que encuentren el nicho ecológico adecuado para reproducirse. Ese nicho es el cerebro humano.

Un meme es una entidad cultural autorreplicante que, alojada en el cerebro de los seres humanos, usa el propio cerebro para reproducirse, del mismo modo que una melodía pegadiza se va reproduciendo mediante el silbido y el tarareo y logra difundirse por toda la comunidad humana, como sucedió con La donna è mobile la mañana después del estreno de Rigoleto. Dawkins cree que las ideas, las creencias y las actitudes son las formas en que esas entidades autorreplicantes se propagan como enfermedades, aprovechándose de la energía de sus portadores. "Así como los genes se propagan de un cuerpo a otro a través del esperma y los óvulos, los memes se propagan de un cerebro a otro por un proceso que se puede denominar, en un sentido amplio, imitación". Dennet aclara que este proceso no es necesariamente perjudicial: entre los parásitos, hay organismos simbióticos, que coexisten sin causar daño, y mutualistas, que mejoran eficazmente la habilidad del portador para sobrevivir y prosperar en su entorno.

Pero para considerar esta teoría remotamente plausible, deberíamos diferenciar entre los memes de la ciencia y otros de tipo "cultural". Los memes científicos están sometidos a un estricto control por parte del cerebro en que se hospedan y este acepta las ideas y teorías debido a su interés por la verdad. Los memes "culturales" se encuentran fuera del ámbito de inferencia científica, por lo que pueden desmadrarse y ocasionar todo tipo de desórdenes cognitivos y emocionales. No están sujetos a ningún tipo de control, sino que siguen su propio desarrollo reproductivo, indiferentes a las metas u objetivos del organismo en el que se alojan.

Como metáfora, la teoría es atractiva, pero ¿qué explica? En términos meméticos, las teorías absurdas surgen del mismo modo que las verdaderas y el acuerdo que conciten las últimas es solo una distinción retrospectiva a su éxito reproductivo. La única diferencia que conseguiría explicar este éxito sería distinguir entre memes que mejoran la vida de sus portadores y los que destruyen o coexisten simbióticamente. Pero es precisamente propia del ser humano la capacidad de distinguir entre las ideas y la realidad que representan, considerar proposiciones sin aceptarlas o cambiar de opinión, sometiendo sus ideas a una instancia de la razón, así como admitirlas o rechazarlas sin tener en cuenta su coste reproductivo.

Esta actitud crítica, además, no se desarrolla únicamente en el ámbito de la ciencia. Matthew Arnold describió acertadamente la cultura como "una persecución de nuestra total perfección por medio del conocimiento en los asuntos que más nos preocupan, lo mejor que haya sido pensado y dicho en el mundo y, a través de este conocimiento, proyectar una corriente de pensamiento libre y fresca sobre nuestros hábitos y nociones rutinarios.

Como ocurre también con otros muchos, Dawkins, atado una concepción de la ciencia propia del siglo XIX, pasa por alto la reacción a la misma que surgió en ese mismo siglo y que decía algo así como "esperad un momento: la ciencia no es el único modo de obtener conocimiento. Existe también un saber moral, que es propio de la razón práctica; hay también un conocimiento emocional, como el proporcionado por el arte, la literatura y la música. Y posiblemente exista también un saber trascendente, propio de la religión. ¿Por qué privilegiarla ciencia? ¿Solo porque pretende explicar el mundo? ¿Por qué no dar importancia también a aquellas disciplinas que lo interpretan y nos ayudan a habitarlo".

* Roger Scruton (Usos del pesimismo) El peligro de la falsa esperanza

Gabriel Albiac (Mayo del 68) Fin de fiesta

Sorbona ocupada. Gran anfiteatro.
20 de mayo de 1968.

Al viejo le tiemblan las manos y está casi ciego. No importa. Siguen siendo él. El único de su generación capaz de comprender algo. Y de seguir apostando a vida o muerte. Fuerza en estado puro. Pasión de comprender. Y deseo de inteligencia al cualquier precio. Al precio de errar también. Si fuera preciso. Por supuesto. La huelga general campea en Francia desde hace una semana.

—Tiene la palabra el camarada Jena-Paul Sartre.

Medio siglo después, contemplo, en las fotos, a ese hombre prematuramente viejo, que tantas veces ha cargado sobre sus espaldas con la responsabilidad irrenunciable de la dignidad humana. Pequeño y encogido en su asiento de la tribuna del Grand Amphi de la Sorbona, ese teatro de la solemnidad, del cual él se ha burlado con más pertinancia y mayor acidez que nadie. Y en ese 20 de mayo, él está aquí. Y los chicos lo escuchan, con un silencio, con una atención que ninguna otra presencia hubiera podido imponer en este indescriptible maremágnum que es la Sorbona desde hace exactamente seis días. Parece tímido y como fascinado: él, cuya altives llegó hasta a despreciar un Nobel. Luego comienza a hablar. La timidez se esfuma. Desaparece el hombrecillo del galán desgastado, el arrugado rostro, la apariencia mínima. Y un instante de grandeza humana, intemporal, infinitamente inteligente, se apodera de la sala. La voz, ronca como papel de lija, tiene un poder hipnótico al cual es imposible sustraerse. Sartre es el último ejemplar, en este siglo, de una especie en extinción: el intelectual militante. El último maestro universal, también. «cualquier otro era sólo un imtelectualoide, Sartre era Sartre», anotará, fascinado, Alain Geismar.

Atiborrándose de anfetaminas que acabarían por minar su salud y dejarlo ciego, Sartre, disparado en el frenesí de una máquina de pensar sin freno, redacta, a final de los cincuenta, Crítica de la razón dialéctica. Beauvoir nos ha dejado la imagen desmedida del escritor que se abandona, más allá de todo cálculo razonable, al frenesí del texto: «No trabaja como de costumbre con pausas, tachaduras, rompiendo páginas y volviendo a comenzarlas. Durante horas seguidas, arremetía de folio en folio sin releer lo escrito, como enganchado por ideas que su pluma, aun a todo golpe, no conseguía atrapar. Para mantener el impulso, le oía masticar comprimidos de corydrane al ritmo de un tubo diario. Al terminar el día, estaba extenuado; una vez que su atención se relajaba, tenía gestos vacilantes y trabucaba con frecuencia palabras». 

[...] Sartre —aquel que proclamó haber concebido muy pronto hacia la burguesía «un odio que sólo se extinguirá conmigo—es nosotros. Porque ninguna cosa es más importante que el odio racional, compartido e irreductible. Nada hay de extraño, pues, si al hablar de él acaba uno, al fin, por hablar de nosotros mismos. Porque del Sartre, en cuya lúcida defensa de la libertad humana supimos nuestra vida real intolerable, hemos tomado, tal vez, la única cosa impecable de nuestras biografías: la apología de la subversión moral, el empeño innegociable de hacer visible el mundo, el rechazo de cualquier complicidad con lo que mandan. Es una de esas deudas que uno no acaba de pagar nunca. «La única forma de aprender es cuestionar. Es también la única forma de llegar a ser un hombre. Un hombre no es nada si no cuestiona. Pero también ha de ser fiel a algo. Un intelectual es, para mí, eso: alguien que es fiel a un conjunto político y social, pero que no deja jamás de cuestionarlo. Puede suceder, por supuesto, con frecuencia que haya una contradicción entre su fidelidad y su cuestionamiento, pero eso es una buena cosa, es una contradicción fructífera. Donde hay fidelidad sin cuestionamiento nada funciona: se ha dejado de ser un hombre libre». 

El pensar, como acto moral intransigente, fue su apuesta teórica esencial: resistencia metafísica, proyecto en la historia. «Nunca fuimos tan libres que bajo la ocupación alemana —escribía, así, en 1946, en unos de sus textos políticos más bellos—. Habíamos perdido todos nuestros derechos y ante todo el de hablar, éramos diariamente insultados a la cara y teníamos que callar; éramos deportados en masa, como trabajadores, como judíos, como prisioneros políticos; por todas partes, sobre las paredes, en los periódicos, sobre las pantallas, encontrábamos ese inmundo rostro que de nosotros mismos querían ofrecernos nuestros opresores. A causa de ello éramos libres. Pensar es resistir, o bien no es nada. Nadie que haya degustado ese placer podrá olvidarlo nunca: la libertad es decir no. Puesto que el veneno fascista se deslizaba hasta nuestro pensamiento, cada pensamiento justo era una conquista, puesto que una policía todopoderosa trataba de forzarnos al silencio, cada palabra resultaba tan preciosa como una declaración de principios, puesto que estábamos maniatados, cada gesto nuestro tenía el peso de un compromiso». 

Era más que un manifiesto político. Era la descripción precisa del único modo éticamente tolerable de estar vivo. Y no era nada difícil reconocerse en el bello rigor de esa propuesta filosófica: libertad, resistencia, capacidad de negación en suma, aun en las más duras constricciones —sobre todo en ellas—, es rechazo de lo impuesto. Interrogación suspensora, también, de toda certidumbre.

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