Pedro Insua (Salamanca, capital del conocimiento) El faro de las ideas del Imperio español (1492-1550)

 PRÓLOGO

TOMÁS DE AQUINO EN SALAMANCA
Y LA EMANCIPACIÓN OCCIDENTAL DE LA RAZÓN




Dios salva a la razón y Alá la condena

«Aristóteles sin Tomás es mudo» dijo Pico de la Mirandola. Y en efecto, Aristóteles habló, en cristiano, a través, curiosamente, del «buen mudo», según el apodo que se ganó Tomás de Aquino en Colonia, cuando era alumno allí de Alberto Magno. Con el (re) descubrimiento occidental de Aristóteles, en los siglos XII y XIII, la concepción cristiana del mundo, de la ciencia y de la política da un giro radical, fundamentalmente a través del tomismo, que traduce, esto es, interpreta pro domo sua, de un modo sistemático y convincente (doctor communis será llamado santo Tomás) al Estargita. Sin embargo, el Aristóteles islámico enmudeció para siempre tras la muerte de Averroes, sin apenas trascendencia en al ámbito musulmán: «El pensamiento islámico eliminó de su reflexión teológica, política y jurídica el logos griego», afirma Gougenheim.

A partir de ese momento, la filosofía de raigambre helénica comenzó a rodar como un espectro en el mundo islámico («una sombra de doctrina», dice Ibn Jaldún), inmicible, sin efectos sobre el plano político, moral o metafísico del mundo islámico. Las suras eternas y divinas del Corán, dictadas por Alá el profeta, prevalecieron como «palabra descendida» frente al logos griego, siempre mirado con recelo, cuando no con hostilidad, y bloquearon cualquier posibilidad de filtrado de la razón si no era al servicio del dogma islámico.

Así, ya en el siglo XIV, Ibn Jaldún considera contrarias a la ley religiosas las ciencias que califica de «racionales» o «filosóficas», entendiendo incluso que su influencia sobre el islam fue nefasta y reivindicando, además, explícitamente las posiciones de Alghazel al respecto. El título del capítulo XXIV, del libro VI, en donde tematiza este asunto, es suficientemente elocuente de la hostilidad que muestra Ibn Jaldún hacia la filosofía: «La filosofía es una ciencia vana en sí misma y nociva en su aplicación». Lo único aprovechable es la lógica, dice, que ayuda a agudizar el ingenio, porque las cuestiones naturales (la física) no tienen ningún interés para el creyente musulmán, así que, incluso a decir de Ibn Jaldún, «es un deber para nosotros desatenderlas».

El legado filosófico árabe quedará así completamente fuera de juego, en el ámbito del dar-al-Islan (de la casa del islam), congelado en el tiempo medieval, estrangulado por la ortodoxia islámica, que pone a la razón al servicio de la fe para preservarla de «las perturbaciones de los innovadores», dice Alghazel. Y es que, frente a la palabra eterna de Alá, cualquier innovación es sinónimo de herejía. La razón solo sirve de guardiana del dogma, de la palabra coránica increada, que, también es la ley. Porque el islam, además de una ortodoxia es, sobre todo, una ortopraxia, convertida en la Ley (la sharía), de consecuencias políticas transcendentales en la actualidad, con cientos de millones de fieles sometidos a ella.

América como prolongación de la victoria tomista y crisis del kemalismo.

Y es que, sin duda, uno de los principales terrenos en el que fructificó en Occidente la influencia de Aristóteles es en el de la política. De nuevo, la integración del aristotelismo político en el cristianismo, a través del tomismo, va a ser decisiva en el desarrollo de Occidente, en contraste con el islam. 

Santa Tomás defendió, también para la razón política, la independencia de la razón respecto a la fe, y esto, en cuanto el tomismo se embarque en la empresa imperial española, desde el puerto universitario de Salamanca (la Suma teológica desplazará aquí, en la Universidad de Salamanca a las Sentencias de Pedro Lombardo como manual de introducción a la teología), y surque los océanos, va a ser definitivo en la manera de orientar la acción de España en las Indias. La victoria tomista va a tener un alcance ya intercontinental, a partir del siglo XVI, desbordando el ámbito mediterráneo, en que se desenvolvía la disputa —la guerra— entre cristianismo e islam. Aquello que decía Renán, de nuevo en su Averroes y el averroísmo, de que «el siglo XVI no ha tenido un mal pensamiento que el siglo XIII no lo haya tenido antes que él», cobra aquí un sentido casi literal.

La idea del zoon politikón aristotélico trasladada a América por los españoles, en la consideración  tomista (frente al agustinismo político) de que es la razón, y no la fe, la que legitima los títulos de dominio de una sociedad sobre el territorio, es la que definió la norma imperial española en las Indias (su «lucha por la justicia», dicho por Lewis Hanke). No es la fe cristiana la que legitima un buen orden político, de tal modo que el indígena americano no pierde, por su condición pagana (infiel), sus títulos de propiedad sobre el territorio. La conservación de los reinos de las Indias, su no aniquilación, es consecuencia directa de esta visión laica («natural») del poder político que se desarrolló en Salamaca como una prolongación del tomismo político. América no fue un territorio de guerra —de guerra santa, cruzada— contra el pagano porque el tomismo, al balancearse en favor de la racionalidad como facultad independiente, sirvió de protección a la población indígena. «La diversidad de religión no justifica la guerra», diría Vitoria, casi como divisa que se podría enmarcar en piedra, a propósito del enfoque de la labor de España en las Indias. 

En contraste con ello, el islam, sin un Tomás de Aquino que haya elaborado una concepción laica del poder político, concibe al resto del mundo no islámico como «casa de la guerra», dar-al-Harb, y el único trato con el infiel, prescrito por el Corán, es el de su destrucción («combatidlos hasta que no exista disidencia y sea toda la religión la de Dios», dice el Corán). El propio Averroes defiende, en El libro del «Yihâd», que todos los politeístas han de ser combatidos». En este sentido, no es difícil imaginar qué hubiera sucedido en América si el derrotado hubiera sido santo Tomás. 

El derecho (fiqh), y por lo tanto la justicia, en el área de difusión musulmana siguió siendo una especialidad enteramente islámica, ceñido a la órbita del hierocratismo trazado por el Corán, la sharía y los hadices. El kemalismo (la idea de un Estado laico), creado en Turquía tras la caída del Sultanato, al termino de la Primera Guerra Mundial, ha sido un fenómeno de corta duración, hoy en día totalmente en crisis, puesto que en el islam todo se termina atrincherado teocráticamente en torno a la literalidad de la letra coránica.

Así que, de algún modo, el descubrimiento y conquista de América es una prolongación del triunfo de santo Tomás sobre Averroes, representado en Santa María Novella. El expansionismo oceánico católico, inaugurado por el viaje colombino, corre, impulsado por el racionalismo tomista, en relación de proporción a la contracción del mundo islámico impermeable a la filosofía y las ciencias modernas, que va languideciendo hasta convertirse en ese «hombre enfermo de Europa» (en expresión atribuida al zar Nicolás I, en referencia al Imperio otomano), que gira fanáticamente al alrededor del Corán. El dinamismo occidental hunde sus raíces, pues, en esa ventana abierta a la razón, y su compatibilidad con la fe cristiana, que proporciona la obra de santo Tomás de Aquino en contraste con el estancamiento de la cultura islámica, y su cierre de filas dogmático alrededor del Corán. 

Juan Jesús Mora Molina (La Ilustración Oscura) Y si la democracia fuese un error?

Prólogo

Las grandes alternativas a la democracia liberal quedan sepultadas en el siglo XX. El fascismo es derrotado en 1945 y el comunismo soviético se desmorona en 1991. Desde entonces se decreta el «fin de la historia» con el triunfo del liberalismo. El mundo asiste a la combinación de libre mercado, democracia y derechos humanos como horizonte insuperable. Sin embargo, aun cuando este sea el discurso dominante, emergen enérgicas fuerzas opositoras a la democracia liberal, sobre todo tras la crisis económica de 2008 y la pandemia del COVID-19. 

A comienzos del siglo XXI, surge en la blogosfera un grupo transgresor que se posiciona contra las narrativas progresistas dominantes. Algunas de estas ideas circulan previamente en determinados entornos universitarios de primer nivel. Estudiantes y jóvenes intelectuales editan publicaciones y revistas críticas con la democracia, el igualitarismo y la razón ilustrada. Se expande la idea de que no merece la pena reformar la democracia liberal, al ser el mayor ejemplo de ineficacia, caos y decadencia. Modernidad y liberalismo solo ocasionan degeneración y corrupción, por lo que deben ser erradicados en el futuro.

Al nuevo escenario político se diseñará utilizando la revolución tecnológica: inteligencia artificial, criptomonedas, secesión digital o gobernanza tecnocrática. En definitiva, la libertad se ha convertido en un problema, hay que suprimirla.

Esta nueva corriente de pensamiento recibe diversos nombres, entre los que destaca el de «Ilustración Oscura», también conocida como «neorreacción» o «NRx». En la actualidad, la Ilustración Oscura no es una ideología de alcance reducido. Se alimenta del desencanto frente a las promesas de prosperidad incumplidas por la globalización. Ya no es una curiosidad digital de las muchas que existen en Internet. Sus propuestas consiguen captar la atención de Gobiernos, empresas, medios y corporaciones tecnológicas. 

Este libro se propone cartografiar  la Ilustración Oscura. No se trata de una defensa ni de una refutación, sino de un ejercicio de comprensión sistemática. Cartografiar, en este contexto, significa trazar el mapa de un territorio intelectual complejo e incendiario. Se busca identificar sus orígenes, distinguir sus figuras principales, ordenar sus conceptos fundamentales, exponer sus argumentos, señalar sus tensiones internas y evaluar su presencia en el debate público. 

El enfoque adoptado es el de un especialista en filosofía política y del derecho, pero el resultado aspira a ser accesible a un auditorio amplio, no necesariamente especializado. Se trata de un ensayo divulgativo, pero riguroso en el tratamiento de las fuentes, lo que facilita —dentro de la complejidad de la materia— una aproximación clara a los contenidos. La renuncia a las notas a pie de página es consciente. Se recurre a tablas comparativas para una mejor compresión de las diferencias y afinidades entre autores y corrientes. 

En la elaboración de este trabajo se ha utilizado herramientas de inteligencia artificial como apoyo técnico en diversas tareas: sistematización de información, organización comparativa de materiales o generación inicial de esquemas. Dichas herramientas han operado en todo momento bajo el estricto control intelectual del autor, que asume íntegramente la selección conceptual, la interpretación de las fuentes, la construcción y la responsabilidad formal sobre el contenido. 

El libro se organiza en cuatro bloques temáticos, concebidos para guiar al lector desde los fundamentos más abstractos hasta las proyecciones más concretas del fenómeno neorreaccionario [...]


CAPÍTULO 1.
¿QUÉ ES LA ILUTRACIÓN OSCURA?

«Lo que la democracia no ha arruinado 
todavía, lo está arruinando. Es esencialmente 
destructiva tanto para el gobierno como para la cultura. 
No puede durar indefinidamente»

Nick Land

DEFINICIÓN Y MARCO CONCEPTUAL

La Ilustración Oscura (del inglés Dark Enlightenment) es un movimiento intelectual contemporáneo de corte tecnoautoritario. Rechaza radicalmente los pilares ideológicos de la Ilustración: la democracia, la igualdad, el progreso lineal y la razón universal. Tambien conocida como neorreacción (en adelante NRx), surge en Internet a finales de la década del 2000. Su propósito declarado es superar lo que diagnostica como la «gran descomposición» de la humanidad, manifestada en una «crisis antropológica», una «degeneración biocultural» y en una «decadencia civilizatoria» terminal. 

Como alternativa, la Ilustración Oscura propone modelos de sociedad basados en jerarquías naturales, en la selección tecnológica de las élites y en formas de autoritarismo estable. Se ambición última es la sustitución del paradigma liberal por organizaciones de gobierno más eficaces, donde la libertad individual sea extirpada como «problema». 

La Ilustración Oscura, a diferencia de otras reacciones antiliberales como el fascismo, el tradicionalismo católico o el comunismo, no persigue la restauración de un pasado idealizado. Busca diseñar un futuro postliberal desde cero, combinando elementos del Antiguo Régimen (monarquía, aristocracia y desigualdad estamental) con herramientas propias de la era digital (cibernética, vigilancia masiva y algoritmos). Su horizonte no es «regresar» a 1788, sino construir una «modernidad alternativa», en la que el liberalismo sea desplazado por la tecnocracia, el corporativismo y la selección biológica. 

Por su particularidad, la Ilustración Oscura no constituye un pensamiento homogéneo ni una «escuela» filosófica al uso. Se trata, más bien, de una constelación de ideas, blogs, manifiestos y figuras dispersas en la red, con denominadores comunes, pero sin relación formal «maestro-discípulo». El ecosistema que caracteriza a la Ilustración Oscura se articula en torno a seudónimos, foros, pódcast y subculturas digitales.

DE LA NEORRREACIÓN A LA ILUSTRACIÓN OSCURA

El término reaccionario tiene su origen histórico en la oposición a la Revolución francesa y en defensa de los valores del Antiguo Régimen. En la actualidad, se asocia con posiciones nostálgicas que anhelan el retorno a etapas ya pasadas: franquistas en España, comunistas en Rusia, neofascistas en Italia o el «gran reemplazo» en Francia. La neorreacción se presenta como algo distinto, ya que su propósito no es restaurar un régimen pasado, sino actualizar la lógica del absolutismo y del feudalismo por medio de los avances tecnológicos.

En 2010, Arnold Kling acuña el concepto «neorreaccionario» para referirse al bloguero norteamericano Curtis Yarvin. Este último inicia en 2007, en su blog Unqualified Reservations,  una cruzada sistemática contra la modernidad, con un discurso antidemocrático, tradicionalista y antiigualitario, bajo el seudónimo de Mencius Moddbug. 

El término neorreaccionario tiene éxito y es adoptado por el influyente bloguero británico James Alexander (Anomaly uk), quien lo hace viral. De este modo, la neorreacción empieza a a desarrollarse antes de tener un nombre consolidado. De hecho, Yarvin denomina a su pensamiento «formalismo» en A Formalist Manifesto, que podría considerarse el primer texto neorreaccionario. Con este término, afirma que el poder político debe entenderse y organizarse como si el Estado fuese una empresa privada. 

Años después, cuando otras figuras importantes del movimiento se autoidentifican como neorreaccionarios, se afianza esta expresión. En 2012, Nick Land rebautiza a la corriente de pensamiento NRx como «Ilustración Oscura». Desde entonces, formalismo, neorreacción e Ilustración Oscura son conceptos ideológicos intercambiables.

Carlos Martínez Gorriarán (Utopia y desastre) Los intelectuales y la estupidez política

LOS INTELECTUALES, CONCIENCIA PÚBLICA Y VOZ DE LOS EXCLUIDOS

[...] Spengler, Freud, Kafka, Zweig: La impotencia de la cultura

Con todo, Thomas Mann y Hermann Broch fueron más lúcidos que la multitud de intelectuales y creadores alemanes que creyeron posible entenderse con los nazis y ser aceptados en el nuevo orden alemán, incluso no pocos marxistas y algunos judíos. Muchos se adhirieron a la respectiva sección de la Cámara de Cultura del Reich, creada para limpiar la cultura de toda oposición y huella judía. Que después tuvieran que emigrar o huir para salvar la vida se debió al gusto personal de Hitler, que detestaba la modernidad estética, no solo la política. Dio igual que los ilusos vanguardistas alemanes esperaran algún reconocimiento porque, como dice Spotts, creyeran «que el suyo era el estilo alemán por autonomasia, indiscutible garante del dominio germánico en su campo de trabajo», el futuro alemán hitleriano debía ser reaccionario y monolítico. 

En 1918, los ideales de cultura y educación heredados de Kant, Goethe, Schiller y los Humboldt, Kultur y Bildung, parecían tan derrotados cono el káiser Guillermo y su ejército. Antimodernos y reaccionarios coincidían con los vanguardistas ácratas del Dadá Berlín. En 1919 Raoul Hausmann escribe «Panfleto contra la concepción weimariana de la vida», que arremete contra la tradición de Goethe y Schiller y la democracia: «Yo me río de la ciencia y de la cultura, esas miserables salvaguardas de una sociedad condenada a muerte», «¡Vivamos por nosotros mismos! ¿Qué es la democracia? La vida asimilada por el temor por el pan nuestro de cada día» Y Karl Kraus escribe en uno de sus aforismos, cual Aristófanes vienés: «La democracia significa poder ser esclavo de cualquiera».

La tremenda desesperanza y la seducción del nihilismo propició el auge de los movimientos totalitarios, comunismo y nazismo. El desmoronamiento de los viejos valores sucedía, sin embargo, en plena efervescencia de las artes, la filosofía y las ideas. Como exponen Allan Janik y Stephen Toulmin en La Viena de Wittgenstein, mientras albergaba el extraordinario mundo intelectual de Freud, Klaus, la Sezession, Schönberg, Loos, Wittgenstein y el Círculo de Viena, la sociedad estaba corroída por la corrupción en todos los ámbitos, de la ética al lenguaje y la política. Pues bien, la preocupación común de estos críticos variopintos era recuperar el sentido de la verdad y la integración moral. También les interesaba, atraía o temían la idea de decadencia, el tema por excelencia de Oswald Spengler, el intelectual más influyente de la época. 

[...] Las razones del fracaso de la cultura eran vidriosas. Freud, en El malestar en la cultura (1930) trata la crisis de los ideales de la Ilustración, en especial de la fe en que el desarrollo educativo y la extensión de la cultura harían progresar a la humanidad. La teoría freudiana es que, por el contrario, la cultura no puede dominar y menos aún eliminar la barbarie nuclear de la naturaleza humana, el instinto de satisfacer los deseos profundos más reprimidos por sociópatas que sean. La frustración inconsciente provoca «el malestar en la cultura», culpada de ser fuente de infelicidad. Sin embargo, alega Freud, todos los paliativos conocidos y usados contra la infelicidad, incurable en sí misma por su origen y arraigo en la profundidad psíquica, son culturales: «El ser humano cae en la neurosis porque no logra soportar el grado de frustración que le impone la sociedad en aras de sus ideales de cultura, deduciéndose de ello que sería posible reconquistar las perspectiva de ser feliz, eliminando o atenuando en grado sumo estas exigencias culturales». 

Esta pretensión utópica de regreso a las fuentes de la felicidad, la satisfacción del puro instinto mediante el derribo de las prohibiciones culturales que la cohíben, es común a las vanguardias estéticas de la época, especialmente el dadaísmo, y los movimientos antidemocráticos, pues ¿qué es la democracia, sino un sistema de represión cultural basado en la presión del individuo excepcional por la mediocre mayoría? ¿Qué es el Estado sino un agente del mal, el monstruo más frío? Nietzsche, convertido en pensador favorito de tantos, lo había apuntado con brutalidad: «El Estado miente en todas las lenguas del bien y del mal; y no importa lo que diga, miente —y no importa lo que tenga, lo ha robado». 

Así que el auge de los totalitarismo, del antisemitismo y el nacionalismo irracional serían efecto de esta tensión antropológica insuperable entre deseo personal ilimitado y represión cultural del deseo.  El antagonismo individuo-sociedad no tiene cura, solo paliativos. Siguiendo a Freud, habrá que olvidar la ilusión de que la cultura pueda depurar y desterrar los instintos destructivos de la psique humana. La cultura a la americana, convertida en un estado de «miseria psicológica de las masas» según neurólogo vienés, empeora las cosas. No cabe confiar en ningún triunfo cultural definitivo que asegure la civilización: la lucha será permanente, y el nazismo solo representa aquí otro episodio del eterno duelo entre Eros y Tánatos. Y concluye:

              Nuestros contemporáneos han llegado a tal extremo en el dominio de las fuerzas elementales que con su ayuda les sería fácil exterminarse mutuamente hasta el último hombre. Bien lo saben, y de ahí buena parte de su presente agitación, de su infelicidad y su angustia. Solo nos queda esperar que la otra de ambas "potencias celestiales", el eterno Eros, despliegue sus fuerzas para vencer en la lucha con su no menos inmortal adversario. Más ¿quién podrá augurar el desenlace final?

En Londres, Freud, exiliado y casi consumido por el cáncer, recibió la visita de otro ilustre vienés también exiliado y judío, Stefan Zweig. El psicoanalista le confesó esto: «Siempre lo habían tachado de pesimista, decía, porque negaba la supremacía de la cultura sobre los instintos; ahora se podía ver horriblemente confirmada —y en verdad no estaba nada orgulloso de ello— su opinión de que la barbarie, el elemental instinto de destrucción, era inextirpable en el alma humana». 

Zweig fue de los optimistas confiados en el poder de la cultura como motor del progreso. Europeísta, cosmopolita y tercamente apolítico, confiaba en que la amistad de las élites de los países avanzados se impondría a la barbarie de las masas por su autoridad superior. Sus esperanzas fueron barridas por el nazismo en Alemania y su Austria natal. Era un buen escritor y sobre todo privilegiado testigo y magnífico cronista de una época moribunda, pero carecía de la lucidez de Karl Kraus y de la profunda captación del absurdo total de Kafka y Musil, que clavaron sus dardos en la diana de la estupidez y sus daños, a menudo incurables.

[...] Si Stefan Zweig evoca con dolor inconsolable la fraternidad perdida de los refinados y cosmopolitas profesionales de la pluma, el húngaro Sándor Márai presente en sus memorias el escalón inferior: el desprecio que sufren los exiliados en París, como era su propio caso, por parte de una burguesía  parapetada en el egoísmo nacional:

              Un extranjero como yo tenía quizás menos dificultades para entrar en el despacho del primer ministro que en la casa de una familia burguesa [...] Los representantes de la burguesía francesa nos evitaban como si hubiéramos llegado de un lazareto y les pudiéramos contagias la lepra por el simple hecho de bebernos una copita de coñac con ellos [...] Todavía recuerdo a ese desconfiado médico que siempre me pedía sus honorarios por adelantado y aprovechaba el tratamiento para desplegar ante mí su furibunda xenofobia. Nada explicaba ese desenfrenado chovinismo [...] Los franceses odiaban a los extranjeros en la época en que estos desembarcaba en masa en su país, y los odiaban más tarde porque dejaron de llegar.

[...] La xenofobia, el nacionalismo y en antisemitismo prepararon la derrota de la política. Muchos descubrieron demasiado tarde que esta era imprescindible para enfrentar al monstruo totalitario, porque el apoliticismo no preservó su amado, protegido y pequeño mundo particular, tan ajeno al que rugía ahí fuera. Para advertirlo, incluyendo con rara sinceridad su propio autoengaño, Zweig escribió su obra maestra, El mundo de ayer. Memorias de un europeo. La dio por concluida muy poco antes de suicidarse, con su segunda esposa, en un hotel de Petrópolis, Brasil, en 1942: convencidos de que el nazismo ganaría, no quería sufrirlo.

Raúl M. Mir (La crisis de Europa) La decadencia cultural y espiritual europea desde una perspectiva cristiana.

LA MODERNIDAD LÍQUIDA Y LA DISOLUCIÓN DEL NOSOTROS

La noción de modernidad líquida, popularizada por Zygmunt Bauman, ha dejado de ser una categoría sociológica para convertirse en una experiencia vital compartida por amplios sectores de Europa y de otras regiones de Occidente. No se trata simplemente de un cambio en las formas de organización social, sino de una mutación profunda en la comprensión del vínculo humano, del compromiso y, en última instancia, del sentido mismo de la comunidad.

En este contexto cultural, lo estable es percibido con sospecha, lo duradero con temor y lo compartido con una cautela casi defensiva. La conciencia individual se erige como el único criterio legítimo de acción, y toda pertenencia —familiar, social, religiosa o política— queda sometida a una revisión constante, provisional y reversible. La pregunta que surge, especialmente desde la perspectiva católica, es si esta fluidez radical puede sostener una auténtica vida en común o si, por el contrario, termina erosionando las bases mismas de la convivencia humana. Fue Nietzsche quien anticipó esta situación al caracterizar el nihilismo europeo «como aquella situación en que los valores supremos pierden su solidez, falta de finalidad, falta la respuesta a la pregunta por el porqué». 

Una interpretación inicial entiende la oposición entre lo sólido y lo líquido como la erosión progresiva de la estabilidad y durabilidad de los valores morales heredados. Desde esta perspectiva, los valores dejan de ser firmes y se convierten en objetos negociables, sometidos a criterios de utilidad, gusto personal o conveniencia circunstancial; por ello, sostener la existencia de principios absolutos parecería hoy casi inadmisible. Esta idea se difundió de tal manera que el entonces cardenal Joseph Ratzinger, durante la homilía previa a la elección papal, advirtió sobre la existencia de una «dictadura del relativismo». Días más tarde el más grande de los teólogos católicos postconciliares se convertía en el pontífice Benedicto XVI. Sin embargo, la crítica al relativismo no se limita al ámbito religioso: también en la esfera civil se venía promoviendo la relativización de los valores como una condición deseable -o al menos inevitable- de la libertad intelectual moderna. Lo novedoso en el planteo de Ratzinger fue señalar que ese relativismo no solo disolvía certezas, sino que podía volverse autoritario al negarse a sí mismo cualquier cuestionamiento. A la noción, ya ampliamente difundida a comienzos del siglo XX, de que la cultura occidental atravesaba un proceso de decadencia profunda, se fue sumando de manera progresiva una sensación generalizada de pérdida de rumbo. Esta percepción de desorientación no se manifestó de inmediato con toda su fuerza, sino que apareció de forma velada durante lo años de la Guerra Fría, cuando el enfrentamiento entre bloques ideológicos todavía ofrecía marcos de referencia relativamente estables. Sin embargo, tras la caída del Muro de Berlín y el colapso de esas grandes narrativas, la impresión de vivir en un mundo sin certezas ni direcciones claras se expresó abiertamente y sin reservas. En ese nuevo escenario, el relativismo dejó de ser una postura filosófica discutible para transformarse en un consenso implícito, presentado como requisito de tolerancia, pluralismo y convivencia democrática. Una manera de comprender la condición «líquida» del mundo contemporáneo surge del análisis económico que condiciona el valor humano de la sociedad. Antes y durante gran parte del siglo XIX la economía clásica entendía la riqueza de las naciones como el resultado de posesión, acumulación y administración eficiente de recursos tangibles y relativamente estables: la tierra cultivable, las materias primas, los medios de producción industrial, la fuerza laboral concebida como capacidad de trabajo y las infraestructuras destinadas a cubrir necesidades humanas fundamentales, tanto individuales como colectivas. Este enfoque, centrado en bienes materiales y duraderos, comenzó a transformarse gradualmente cuando el protagonismo pasó de lo sólido a lo circulante, del objeto al flujo, del stock a la dinámica del mercado. 

De manera progresiva, la atención se desplazó hacia factores menos palpables pero decisivos, la evolución de la demanda, las previsiones de inversión, así como las expectativas de producción y consumo. En este proceso, la economía encontró un punto de convergencia con la sociología, y ambas disciplinas empezaron a advertir la influencia central que ejercen las expectativas colectivas sobre el comportamiento social. Se hizo evidente que las creencias compartidas acerca del futuro no solo describen escenarios posibles, sino que tienen la capacidad de producir efectos concretos incluso antes de que las acciones que las motivan lleguen a realizarse. 

Para que las expectativas sociales puedan circular, negociarse y adquirir eficacia práctica, resulta necesario traducir el futuro en términos de valor presente. Esa operación solo es posible mediante el dinero, entendido no solo como medio de intercambio, sino como instrumento capaz de transformar bienes materiales en activos líquidos. La liquidez permite que lo sólido -la tierra, las máquinas, los productos- sea valorado, transferido y movilizado en función de proyecciones futuras, más que de utilidad inmediata.

En este contexto, la estabilidad del valor monetario deja de descansar en fundamentos materiales firmes, especialmente desde la desaparición del patrón oro, y pasa a depender en gran medida de la confianza, la credibilidad y las expectativas de los actores económicos. Incluso el dinero, que alguna vez aspiró a ser un equivalente estable del valor, se ve forzado a abandonar su pretensión de solidez para adaptarse a una lógica flexible y mutable. En consecuencia, puede afirmarse que la creciente centralidad de lo financiero y monetario en la organización de la vida social es una expresión clara de la llamada modernidad líquida, caracterizad por la primacía del movimiento, la anticipación y la volatibilidad sobre la permanencia y la estabilidad. 

Pascal Bruckner (Sufro, luego existo) La víctima como héroe

GUERRA DE BANDAS CON SALSA LACRIMAL

Todas las categorías se pueden beneficiar de la unción victimista: hasta los saqueadores durante los disturbios de junio-julio de 2023* fueron repintados por los progresistas como víctimas del racismo sistémico. El argumento no se sostiene y no cuajó en la mayoría de la población. ¿Qué pasó durante esas noches de rebelión? Una dramaturgia perfectamente coordinada en la que los alborotadores respondieron a un guion ya escrito, al menos desde 2005. Los narcotraficantes, aprovechando la muerte trágica del joven Nahel por la policía, declararon la guerra al Estado francés lanzando a sus esbirros al asalto de las prefecturas, alcaldías, escuelas, guarderías, mediatecas, etc. Los saqueos estuvieron perfectamente organizados y nada pudo resistir al ataque de los salteadores. Había que destrozar todo lo que podía mejorar la vida de la gente para mantenerla bajo el dominio de las bandas. La policía y sus controles perturban el tráfico procedente de Marruecos y de América Latina. Es una guerra de negocios más que de religión. Todos los imanes declararon su impotencia para capturar a los jóvenes dispuestos a enfrentarse con las fuerzas del orden, aunque se quemara los coches al grito de «Allahu akbar».  No hay más que un paso del caidato al califato, pero no todos lo dan. Los jefazos se pudieron beneficiar del ejército de reserva de chavales, muchos procedentes de familias monoparentales pobres, contentos de participar en lo que se parecía a una gran razia. ¿Qué es un alborotador? Un consumidor apresurado que no tiene tiempo de pasar por caja. A cambio de su participación, los saqueadores han sido recompensados con numerosos bienes de consumo, algunos lujosos, móviles o joyas. Los barrios no han sido abandonados. Al contrario: si las mafias se han despertado es porque el Estado ha inaugurado una renovación muy costosa de los edificios. 

En 2005 los insurgentes, hijos de la televisión y del supermercado, reclaman, como dijo uno de ellos, «guita y chavalas». No querían la revolución proletaria, sino aprovecharse del sueño consumista. Nacidos franceses, deseaban serlo, pero se sentían bloqueados por el color de su piel y sobre todo por su origen social, su domicilio. Como hoy, no eran portadores de proyecto alguno salvo quemar todos los edificios oficiales en un proceso suicida que los apartaba aún más del resto de la nación. Se trataba de un ritual iniciático, una forma de integración negativa en la que el combate contra la policía hace las veces de una revuelta adolescente imposible contra un padre ausente o inexistente. Francia los ignora y los desprecia y su rabia podría interpretarse como un grito de amor frustrado, como una manera de decir: estamos aquí, existimos

De la película de Mathieu Kassovitz, La Haine [El odio], estrenada en 1995, se puede ver hasta qué punto el salvajismo del hampón fascina a la industria del espectáculo y a tantos intelectuales de izquierda. Este lumpenproletariado, «esa escoria de individuos corrompidos de toda clase» como decía Engels en 1870, seduce a sociólogos, actores, cineastas, periodistas. La violencia para ellos, como para Marx, es la gran partera de la historia. Todos los pretextos son buenos para justificar la brutalidad y, sobre todo, la coartada del «racismo sistémico», aunque el Estado francés sea antirracista por constitución y numerosos estudios hayan rechazado la existencia de una xenofobia estructural de la policía. Paradoja de estas erupciones populares: penalizan en primer lugar al pueblo del que agravan las condiciones de vida y aceleran el aislamiento de cierto número de municipios aislados de la nación. Error simétrico de la izquierda y la derecha: reducir los manifestantes a su color de piel. Racializados para unos, bárbaros étnicos de origen magrebí o africano perfectamente integrados y que pasan desapercibidos por lo presentes que están en todos los escalones de la sociedad. 

¿Qué es una banda? Un mundo a lo Hobbes donde la desobediencia se castiga con la muerte y la tortura, donde las rivalidades se arreglan a golpe de kalasnikov y no conocen más que un dialecto, el de la violencia. Por falta de ver esta realidad, los políticos se pierden entre la constricción y la acusación y llenan el vacío mediante viejas tablas sinópticas. La gran novedad de estos amotinamiento en 2023 fue la transposición al Hexágono de una situación ya presente en Marsella, en Holanda y en Suecia: la omnipotencia de los narcos son sus niños soldados y sus asesinos en serie. No son los barios desheredados contra el Estado racista y policial, sino las mafias de la droga contra la República. Y si los levantamientos han cesado al cabo de cinco días, es porque los capos lo habían decidido: el negocio debía volver a ponerse en marcha. Fue una advertencia.

Para sacar a los territorios perdidos de la República de esta situación, el dinero no resolverá nada. Es inútil reconstruir edificios que arderán en la siguiente insurrección. Será necesaria una alianza de intransigencia y de generosidad. Reprimir a los criminales más endurecidos, tender la mano a los otros para arrancarlos de los ciclos del fracaso y de la muerte segura. No hay mucho en común entre los Chalecos Amarillos, los alborotadores de extrema izquierda, los bloques negros, zadistas, ecoterroristas y los vándalos de los suburbios salvo el uso indiscriminado de la violencia, el desplazamiento instantáneo a los extremos. Es la ronda de los bárbaros que dan vueltas como los indios en los wésterns alrededor del carro de la República para acabar con ella. Eso es lo inquietante. Cuanto más débil es el Estado, más se lo acusa de ser brutal porque ya no es el depositario legítimo de la fuerza. Está desnudo, no controla ya nada y el presidente de la República parece desamparado, pusilánime, incapaz de tranquilizar o de congregar. Se espera un faro o al menos una roca, y tenemos como mucho una veleta. Autoritario por falta de autoridad, charlatán por falta de elocuencia. Francia siempre ha tenido una tradición de violencia, pero de violencia contenida a través de las instituciones y personalidades carismáticas. Es difícil decir si el actual presidente está aquejado de una maldición particular o si es un catalizador de catástrofes. Lo cierto es que este caos permanecerá asociado a su nombre.
 

*Los disturbios en Francia de junio de 2023 se desataron a partir del 27 de junio a raíz de la muerte de Nahel Merzouk, un joven de 17 años que falleció tras recibir un disparo de un oficial de policía durante un control de tráfico en la ciudad de Nanterre. Este acontecimiento provocó una oleada de indignación social que derivó en fuertes protestas, incendios provocados y saqueos en múltiples ciudades francesas durante varios días.

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George Orwell (Dentro de la ballena) Escritos sobre política y literatura (1936-1946)

 Derramando las habas españolas (1937)

La guerra española ha producido probablemente una cosecha más rica de mentiras que cualquier acontecimiento desde la Gran Guerra de 1914-1918, pero honestamente dudo, a pesar de todas esas hecatombes de monjas que han sido violadas y crucificadas ante los ojos de los reporteros del Daily Mail, que sean los periódicos profascistas los que han hecho el mayor daño. Son los periódicos de izquierda, el News Chronicle y el Daily Worker, con sus métodos de distorsión mucho más sutiles, los que han impedido que el público británico capte la verdadera naturaleza de la lucha.

El hecho que estos periódicos han ocultado tan cuidadosamente es que el Gobierno español (incluido el Gobierno semiautónomico catalán) teme mucho más a la revolución que a los fascistas. Ahora es casi seguro que la guerra terminará con algún tipo de compromiso, e incluso hay razones para dudar de si el Gobierno, que dejó que Bilbao fracasara sin levantar un dedo, desea ser demasiado victorioso; pero no hay ninguna duda sobre la minuciosidad con la que está aplastando a sus propios revolucionarios. Desde hace algún tiempo está en marcha un reino de terror: supresión por la fuerza de los partidos políticos, censura asfixiante de la prensa, espionaje incesante y encarcelamiento masivo sin juicio. Cuando salí de Barcelona a finales de junio, las cárceles estaban abarrotadas; de hecho, las cárceles normales se habían desbordado hacia tiempo y los prisioneros estaban siendo hacinados en tiendas vacías y en cualquier otro vertedero temporal que pudiera encontrarse para ellos. Pero el punto a destacar es que las personas que están en prisión ahora no son fascistas, sino revolucionarios; están allí no porque sus opiniones estén demasiado a la derecha, sino porque están demasiado a la izquierda. Y los responsables de ponerlos allí son esos terribles revolucionarios ante cuyo mero nombre Garvin tiembla en sus botas de agua: los comunistas.

Mientras tanto, la guerra contra Franco continúa, pero, salvo los pobres diablos de las trincheras del frente, nadie en la España gubernamental piensa en ella como la verdadera guerra. La verdadera lucha es entre la revolución y la contrarrevolución; entre los trabajadores que tratan vanamente de conservar un poco de lo que ganaron en 1936, y el bloque liberal-comunista que se lo está arrebatando con tanto éxito. Es lamentable que tan poca gente en Inglaterra se haya dado cuenta todavía de que el comunismo es ahora una fuerza contrarrevolucionaria; que los comunistas en todas partes están aliados con el reformismo burgués y utilizan toda su poderosa maquinaria para aplastar o desacreditar a cualquier partido que muestre signos de tenencias revolucionarias. De ahí el grotesco espectáculo de los comunistas atacados como malvados «rojos» por intelectuales de derechas que están esencialmente de acuerdo con ellos. Wyndham Lewis, por ejemplo, debería amar a los comunistas, al menos temporalmente. En España, la alianza comunista-liberal ha sido completamente victoriosa. De todo lo que los trabajadores españoles ganaron para sí en 1936, no queda nada sólido, excepto algunas granjas colectivas y una cierta cantidad de tierra incautada por los campesinos el año pasado; y presumiblemente incluso los campesinos serán sacrificados más tarde cuando ya no haya necesidad de aplacarlos. Para ver cómo surgió la situación actual, hay que remontarse a los orígenes de la Guerra Civil. 

La apuesta de Franco por el poder se diferenciació de las de Hitler y Mussolini en que se trataba de una insurrección militar, comparable a una invasión extranjera, y, por lo tanto, no contaba con mucho apoyo de masas, aunque desde entonces Franco ha estado intentado conseguirlo. Sus principales partidarios, aparte de ciertos sectores del Gran Capital, fueron la aristocracia terrateniente y la enorme y parasitaria Iglesia. Obviamente, un levantamiento de este tipo enfrentará a varias fuerzas que no están de acuerdo en ningún otro punto. El campesino y el obrero odian el burgués «liberal», que no se opone en absoluto a una versión más moderna del fascismo, al menos mientras no se llame fascismo. El burgués «liberal» es genuinamente liberal hasta el punto en que sus propios intereses se detienen. Representa el grado de progreso implícito en la frase la carrière ouverte aux talents ( "una carrera abierta al talento"). Es evidente que no tiene ninguna posibilidad de desarrollarse en una sociedad feudal en la que el obrero y el campesino son demasiado pobres para comprar bienes, en la que la industria está gravada con enormes impuestos para pagar las vestimentas de los obispos y en la que todo trabajo lucrativo se da por supuesto al amigo de la matamita del hijo ilegítimo del duque. De ahí que, frente a una reaccionario tan descarado como Franco, se obtenga durante un tiempo una situación en la que el obrero y el burgués, en realidad enemigos mortales, luchan codo con codo. Esta incómoda alianza se conoce como Frente Popular (o, en la prensa comunista, para darle un atractivo espuriamente democrático, Frente del Pueblo). Es una combinación con tanta vitalidad y tanto derecho a existir como un cerdo con dos cabezas o cualquier otra monstruosidad de Barnum y Bailey. 

En cualquier emergencia seria, la contradicción implícita en el Frente Popular está destinada a hacerse sentir. Porque incluso cuando el obrero y el burgués luchan ambos contra el fascismo, no luchan por las mismas cosas; el burgués lucha por la democracia burguesa, es decir, por el capitalismo; y el obrero, en la medida en que entiende la cuestión, por el socialismo. Y en los primeros días de la revolución los obreros españoles entendieron muy bien la cuestión. En las zonas en las que el fascismo fue derrotado, no se contentaron con expulsar a las tropas rebeldes de la ciudades; también aprovecharon la oportunidad para apoderarse de tierras y fábricas y establecer los comienzos aproximados de un gobierno obrero mediante comités locales, milicias obreras, fuerzas policiales, etc. Sin embargo, cometieron el error (posiblemente porque la mayoría de los revolucionarios activos eran anarquistas que desconfiaban de todos los parlamentos) de dejar al Gobierno republicano en control nominal. Y, a pesar de los diversos cambios de personal, todos los Gobiernos posteriores habían tenido aproximadamente el mismo carácter burgués-reformista. Al principio esto parecía no importar, porque el Gobierno, especialmente en Catalunya, era casi impotente y la burguesía tenía que pasar desapercibida o incluso (esto seguía ocurriendo cuando llegué a España, en diciembre) disfrazarse de obreros. Más tarde, cuando el poder se deslizó de las manos de los anarquistas a las de los comunistas y los socialistas de derecha, el Gobierno pudo reafirmarse, la burguesía salió de su escondite y la vieja división de la sociedad en ricos y pobres reapareció, no muy modificada. A partir de entonces, todos los movimientos, excepto algunos dictados por la emergencia militar, se dirigieron a deshacer el trabajo de los primeros meses de revolución. De los muchos ejemplos que podría elegir, solo citaré uno: la disolución de las antiguas milicias obreras, que estaban organizadas según un sistema genuinamente democrático, con oficiales y hombres recibiendo la misma paga y mezclándose en términos de completa igualdad, y la sustitución por el Ejército  Popular (una vez más, en la jerga comunista, «Ejército del Pueblo»), modelando en la medida de lo posible sobre un ejército burgués ordinario, con una casta de oficiales privilegiada, inmensas diferencias de paga, etcétera. Huelga decir que esto se presenta como una necesidad militar, y es casi seguro que contribuye a la eficacia militar, al menos durante un corto periodo. Pero el propósito indudable del cambio era asestar un golpe al igualitarismo. En todos los departamentos se ha seguido la misma política, con el resultado de que solo un año después del estadillo de la guerra y la revolución se obtiene lo que en realidad es un Estado burgués ordinario, con, además, un reino del terror para preservar el statu quo

Orwell, George (1984)
Orwell, George (Rebelión de la granja)

Samuel Fitoussi (Por qué los intelectuales se equivocan)

¿MENOSPRECIO HACIA LOS SERES HUMANOS CORRIENTES?

Raymond Boudon afirma que los intelectuales se sienten atraídos por la idea según la cual el ser humano ordinario es víctima de lo que se ha dado en llamar la «falsa conciencia»: desea cosas malas, no es libre ni autónomo en realidad. Eso magnifica su papel y su estatus: los intelectuales, por oposición a los seres humanos corrientes, han salido de la caverna. Boudon menciona numerosas corrientes de pensamiento que han seducido a los intelectuales debido a esta idea: el psicoanálisis (el sujeto es la marioneta del inconsciente que amaga sus artimañas); el marxismo (el individuo está siendo manipulado por la ideología burguesa); el nietzcheanismo (el resentimiento y el afán de poder son quienes mueven al ser humano, aunque no sea consciente de ello); los estructuralistas (el lenguaje, los sistemas sensoriales, organizan y limitan el pensamiento); la criminología (la delincuencia, como fruto de los determinismos sociales más que de la responsabilidad individual). Roger Scruton observa que la vida cotidiana de los ciudadanos está en gran medida ausente de los textos de los intelectuales de izquierda de la segunda mitad del siglo XX, debido a que se contentaban con representar a los individuos como abstracciones atravesadas por fuerzas terminadas en «ismo». En la actualidad, el neofeminismo sostiene que las mujeres, atravesadas (sin saberlo) por fuerzas patriarcales, eligen mal los sectores profesionales en los que invierten su energía; la sociología difunde la idea de que los miembros de determinadas minorías, afectados por heridas psicológicas derivadas del «racismo sistémico», han interiorizado su inferioridad y no son por tanto directamente responsables de su destino individual. Como consecuencia del éxito de todas estas teorías, las ciencias sociales se alinean en contra del ser humano ordinario: deben reeducarlo, enseñarle a ser feliz, a hacer un buen uso de su libertad, a zafarse de las fuerzas que lo condicionan y le ofrecen la ilusión de ser un sujeto autónomo. No pueden valorar al ser humano normal y corriente tal como es, sino que fantasean con la idea de lo que debería ser. Boudon advierte que «las ciencias sociales han acabado siendo consideradas [...] como si persiguieran un objetivo primordial: sacar a la luz y denunciar los extravíos del sentido común». El sentido común se convierte así en un pensamiento erróneo que el intelectual debe corregir. De acuerdo con ese punto de vista, cabría cuestionarse si «el abandono» de las clases populares por parte de la izquierda no era inevitable: los intelectuales versados en las ciencias sociales no pueden sentirse satisfechos limitándose a promover las políticas públicas deseadas por dichas clases; sienten la necesidad de enseñarles qué es lo que realmente quieren, o lo que deberían querer si no estuvieran sometidas a un lavado de cerebro (con ideología burguesa o, por decirlo de forma más prosaica, por las cadenas de información ininterrumpidas). En otras palabras, el intelectual que suscribe una de las teorías de la falsa conciencia no puede estar de acuerdo con el ser humano ordinario, a menos que admita que a él mismo también le han lavado el cerebro.

De hecho, numerosos intelectuales y dirigentes comunistas o de izquierda ocultaron su desprecio por los obreros a los que decían representar. Che Guevara dijo por ejemplo: «El grupo de vanguardia [los intelectuales marxistas] está ideológicamente más avanzado que la masa. Las masas solo ven las cosas a medias, y se las deben incitar [a conducirse de manera correcta] y someter a presiones. La dictadura debe ejercerse sobre la clase derrotada, pero también sobre cada individuo de la clase victoriosa». En 1867, Engels, enfurecido al ver que los obreros de las fábricas no votaban mayoritariamente a la izquierda, escribí a Marx: Una vez más, el proletariado inglés es una causa de deshonra». Un siglo después, el dirigente comunista húngaro János Kádár declaraba ante el parlamento: «La tarea de los dirigentes no es ejecutar la voluntad y los deseos de las masas, sino realizar lo que va en interés de las masas. ¿Por qué diferenciar entre la voluntad y el interés de las masas? Porque en el pasado hemos visto que algunos obreros actúan contra sus propios intereses». En cuanto a Simone de Beauvoir, juzgaba «necesaria» la prohibición de la prensa de oposición en China, puesto que le parecía que el pluralismo ideológico podía causar confusión en el seno del pueblo, demasiado estúpido como para demostrar capacidad de discernimiento: «Presentar al público tesis contradictorias, cuando no cuenta con la base necesaria como para poder juzgar por sí mismos, es sumirlos en la confusión». Y añadía: «Solo el conocimiento "dirigido" es capaz de disipar las tinieblas». (Dirigido por quién? Únicamente por las personas capaces de «disipar las tinieblas», es decir, aquellas que contaban con la aprobación de Beauvoir desde el punto de vista ideológico: por ejemplo Fidel Castro, Mao Zedong o Iósif Stalin). Años antes, el socialista George Bernard Shaw describía a sus contemporáneos como gente «detestable», cuya «aniquilación esperaba con impaciencia». Confesaba: «Me desespero al no tener la reconfortante certeza de que todos van a morir». George Orwell relata con ironía su «sentimiento de horror» cuando asistió por primera vez a una reunión del Partido Laborista en los años treinta y se encontró con algunos de sus miembros, «unas pequeñas criaturas mezquinas». Cada uno de ellos, escribió, «hacía gala de los peores estigmas de la altanería de la clase media. Si un verdadero obrero, por ejemplo, un minero todavía cubierto por la suciedad de la mina, se hubiera presentado ante ellos, se habrían sentido avergonzados, enfurecidos y asqueados; creo que algunos incluso se habrían escabullido tapándose la nariz». (Asimismo, cabe recordar que Rousseau comparaba a las masas con «enfermos estúpidos sin valentía que tiemblan ante el médico —a buen seguro los médicos eran intelectuales reformadores como él—, o que el filósofo progresista William Godwin reprochara a los campesinos tener «la insensibilidad de una ostra»). 

De acuerdo con Boudon, el éxito de las diversas teorías de la falsa consciencia explica por qué los intelectualistas no les gusta el liberalismo. Eso se debería, en efecto, a que la filosofía liberal se basa en el concepto de que los individuos son adultos autónomos y responsables, cuyas elecciones y anhelos poseen una legitimidad intrínseca. Desde este punto de vista, no hay ninguna razón para destruir a un adulto de su libertad de elección, y ponerla en manos de otro adulto. Por el contrario, si se considera que los ciudadanos están ciegos, agazapados en la oscuridad de la caverna, y que una élite iluminada tiene acceso a un conocimiento ininteligible para el común de los mortales, resulta lógico desear que dicha élite imponga sus normas al conjunto de la población. Aquellos que saben qué es lo que constituye una buena vida deben llevar de la mano a quienes no lo saben, tratarles maternalmente, salvarles del mal uso de su libertad. De ese modo se puede comprender además la hostilidad de los intelectuales hacia los mecanismos del mercado, que incitan a las empresas a producir los bienes y los servicios que agradan a los ciudadanos (es decir, aquellos por los que están dispuestos a gastar su dinero). En una economía de mercado, la evolución de la sociedad es en gran parte el resultado de las preferencias de las masas, y no de la élite. Cuando un intelectual afirma que un sector económico debe protegerse del mercado y ser regido por un sistema de subvenciones (o dominado por un monopolio público), tal vez esté expresando su desconfianza hacia los gustos del ciudadano ordinario, al que pretende obligar a financiar las inclinaciones de la intelligentsia.

Si forzamos la lógica de la falsa conciencia hasta sus últimas consecuencias, puede comprenderse de otro modo la tiranofilia de los intelectuales. Así pues, más que poner en entredicho el liberalismo, la «sospecha de principio» contra el sentido común, afirma Boudon, «desemboca inevitablemente en el cuestionamiento de la democracia».

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