Hace ya unos años en España, en los setenta del siglo XX, estábamos preparando las elecciones democráticas para elegir nuestro representantes en el nuevo parlamento, promover una nueva constitución y vivir, por fin, en democracia plena.
Recuerdo haber acudido, con un buen amigo, al Palacio de Congresos y Exposiciones de Madrid para escuchar la presentación de los diversos partidos políticos que concurrían a aquellas elecciones democráticas que se celebrarían el 15 de junio de 1977 donde votaron nada menos que el 78,83% de los españoles.
En aquella agradable maña del mes de junio pudimos escuchar en vivo y en directo a los nuevos líderes políticos que conocíamos por la prensa, radio y televisión: los liberales de Camuñas, los populares de Areilza y Pío Cabanillas, los demócratas de Fontán, la Federación de Partidos Demócratas y liberales de Garrigues Walker y un largo etc. Todos ellos decían, por escrito, en su programa político que se «fundamentaban en el humanismo cristiano».
Precisamente en este final de civilización occidental que estamos viviendo, tras la civilización liberal, las guerras mundiales y el final del Estado de bienestar, ahora estamos ante un cambio de ciclo que algunos ya apuntan como el que va a construir el nuevo humanismo.
Recordemos que las características de ese nuevo humanismo, estribarán en una nueva antropología que, como afirmaba el profesor Ricardo Yepes, vertebrará el pensamiento del siglo XXI en el mundo occidental y lo transmitirá al resto de las culturas y civilizaciones de nuestro entorno.
Es decir, de la misma manera que el humanismo de Vitoria y de los grandes pensadores de Salamanca en el siglo XVI transformaron el humanismo pagano en el siglo XVI, la celebración del V Centenario de la Escuela de Salamanca nos ayudará a alumbrar un nuevo humanismo que desatascará el bloqueo existencial y humano en el que vivimos y vivificará todos los partidos y las ideología actuales, así como trabajar juntos en una nueva sociedad, justa, solidaria y respetuosa con la dignidad de la persona humana.
Así pues, en este breve trabajo, nos moveremos en el ámbito de la historia de las ideas y de la historia del humanismo para aprender a enriquecer la antropología actual y terminar de alumbrar un humanismo nuevo, emergente e ilusionaste.
En primer lugar, arrancaremos de la propuesta humanista del Cardenal Nicolás de Cusa (1401-1464), enviado del papa a Constantinopla para lograr la unión del mundo latino y oriental y evitar la caída del Imperio bizantino.
Inmediatamente, nos adentraremos en el humanismo clásico que llenó las cortes europeas incluso la de los papas del renacimiento, pues las lecturas de los autores clásicos griegos y latinos se hicieron «virales» y levantaron oleadas de entusiasmo, y finura en los modales.
También recayeron en los viejos errores y excesos del paganismo. Efectivamente, desoyeron, los sabios consejos de san Basilio (330-379) a los jóvenes cuando les aconsejaba tomar de los clásicos los textos que hermoseaban al hombre de acuerdo con la revelación cristiana y rechazar lo pagano, vulgar y falso de esos textos.
De la lectura de los clásicos llegaremos a las propuestas de gobierno de los hombres y de los reinos del renacentista Maquiavelo (1469-1527) con sus artes del poder sin referente moral alguno o del placer por el placer de Giovanni Boccacio (Florencia 1313-1375).
Precisamente Boccacio promovía el siguiente principio: «el deseo apenas se puede contener», es decir conviene llevar la debilidad de las pasiones a la normalidad moral de modo que los encantos del amor de Pedro Abelardo y Eloísa quedaban vulgarizados en los amores de la pasión sin freno, ni respeto a la dignidad de las persona humana.
Pero los aspectos positivos del humanismo renacentista también fueron desarrollados por otros autores de gran talento y dominio de sí, como los humanistas Moro, Erasmo y Vives tres grandes colosos que llevaron a la importancia de la categoría humana, también aplicada a las pasiones: la integridad y belleza del hombre interior.
Precisamente, Lutero partía de la base pesimista de la total denegación del género humano por el pecado original: al confundir el acto del pecado con la debilidad humana, estaba eliminando en la práctica la libertad y, consecuentemente, el concepto de mérito y de obras virtuosas.
En ese clima de reforma de la Iglesia y de las costumbres que llevaron a cabo en España los Reyes Católicos y Francisco de Cisneros, cardenal de Toledo y confesor de la reina Isabel, se logró en pocos años la ansiada reforma de las órdenes religiosas, de los sacerdotes seculares e incluso de las Universidades de Salamaca y Alcalá.
Hace ahora quinientos años Francisco de Vitoria comenzó su magisterio como profesor de la Facultad de Teología de la Universidad de Salamanca. Con su talante humanista, su método teológico y su modo positivo de afrontar los problemas teológicos de su tiempo alumbró un nuevo modo de presentar la teología, la filosofía, el derecho y la economía sobre la base tomista de la dignidad de la persona humana.
Los grandes avances y la pléyade de discípulos que se formaron en Salamanca se difundieron por el mundo entero llevando el humanismo cristiano que fue sustituyendo al humanismo pagano renacentistas.
Indudablemente, el Concilio de Trento logró ser el concilio del humanismo cristiano y sus pautas de unidad de la Iglesia, profundizaron en la Escritura y la Tradición, iluminaron los principios católicos y alumbraron un catecismo que revalorizó el cristianismo y que ha durado hasta el siglo XX.
El siglo XVII fue el siglo de las rupturas y tras el racionalismo cartesiano y la ruptura del Lutero se produjo la atomización de las Iglesias protestantes y la necesidad de elaborar un derecho positivo con el que gobernar el concierto de las naciones. En esa línea los positivistas jurídicos como Grocio extendieron los principios de la Escuela de Salamaca como el derecho de gentes y la dignidad de la persona como garante jurídico frente a la ley natural y la ley eterna.
La Ilustración francesa, inglesa y alemana contribuyeron al humanismo de la Escuela de Salamanca aportando diversas perspectivas que fueron produciendo un hombre dotado de dignidad, de autonomía y libre dentro del absolutismo ilustrado que se fue imponiendo.
La revolución francesa, con su nuevo humanismo concretado en los valores de la «fraternidad, libertad e igualdad», rompió la unidad europea y produjo una guerra mundial que terminaría por fracasar tras la derrota de Napoleón en Rusia y España y, finalmente, se llegará a la restauración monárquica del siglo XIX que intentará ordenar una Europa desconcertada y carente de unidad de fe y pensamiento.
El siglo XIX y XX vio nacer y morir las ideologías como intentos de ofrecer un nuevo humanismo: sistemas cerrados de pensamiento para explicar la realidad. En verdad esas ideologías terminaron en colisión y la fe en el progreso como el nuevo humanismo concluyó en dos guerras mundiales.
En la Europa de la segunda mitad del siglo XX y en Estados Unidos y Canadá volvió a renacer el humanismo cristiano que logró dar respuestas al problema del mal que planteó el holocausto judío en Auschwitz y el creciente secularismo mediante el mensaje evangélico de libertad, caridad y solidaridad.
El Concilio Vaticano II supuso la apertura del diálogo de la Iglesia y el mundo bajo el punto común de la dignidad de la persona humana y la declaración universal de derechos humanos y planteó una propuesta de una ética común.
La civilización occidental del liberalismo, dio paso, después de la segunda guerra mundial a la del Estado de bienestar social demócrata que ha entrado en profunda decadencia en nuestros días por el crecimiento desmesurado del individualismo y del propio Estado que ha terminado por paralizar la sociedad civil con impuestos abrumadores.
El nuevo humanismo está en marcha y habrá de sustentar una civilización que surgirá de nuestra democracia y que, por ahora, solo sabemos que será un humanismo globalizado, feminista, digital, solidario e individualista, preocupado por una antropología de la dignidad de la persona humana que sea respetuoso con las raíces cristianas de Europa: abierto a la transcendencia, defensor de la libertad, de la propiedad privada y del libre mercado.
Indudablemente, como afirmaba Riemen: «el arte de ser humanos radica en la nobleza de espíritu», por eso conviene examinar nuestra conducta sobre la categoría de nuestras acciones y el trato dispensado a los demás y eso nos facilitará estar a la altura de los acontecimientos.






