Josep Burgaya (La razón y sus enemigos) Sobre el "mal francés" y la condición reaccionaria de la posmodernidad

Lo que significa el final de la Modernidad

La crítica a la Modernidad no genera una alternativa, sino el desplazamiento del pensamiento y la razón hacia el nihilismo. Si para la razón ilustrada el conocimiento nos permite explicarnos la realidad de una manera relativamente objetiva, la crítica posmoderna sitúa el conocimiento como un producto fabricado para mantener determinadas posiciones sociales, privilegios o poder. Si el pensamiento liberal-democrático provinente de la Ilustración se centra en la libertad, la igualdad y la dignidad humana, la teoría crítica francesa lo focaliza todo en el victimismo de carácter cultural. El cambio de paradigma implica la negación de cualquier posibilidad de verdad, aunque sea de manera temporal y aproximada. Para los nuevos filósofos, solo hay un juego de lenguaje que no explica nada porque, de hecho, su relativismo cultural hace que las cosas sean completamente distintas según la pertenencia cultural de quien analiza los hechos. Para algunos, el progreso es una aproximación, una metáfora de la posibilidad de mejora de la condición humana en los ámbitos económicos, tecnológicos, sociales y políticos. Mientras tanto, los críticos se instalan en un cinismo extremo, negando cualquier posibilidad de establecer un proyecto colectivo. Mientras que el sistema democrático inherente al mundo de la razón se propone como un mecanismo de resolución de conflictos propios de la condición humana, los pensadores de la Teoría Crítica, alemanes y franceses creen que el conflicto entre culturas es inevitable. Se acercan, por tanto, a la idea del "choque de civilizaciones" que Huntington planteará años después.

De hecho, ya Max Weber hablaba, a finales del siglo XIX, de la disolución de la Ilustración con una intensidad que la hacía irrecuperable. Muchos pensadores de aquel siglo, empezando por Burke, pero también De Maistre, De Bonald, Lamennais, o Spengler, creían que las ideas de la razón solo conducían al desastre. En la Escuela de Frankfurt, algunos de sus autores relevantes la ven como la fuente, aunque involuntaria, del totalitarismo del siglo XX. La idea de progreso se ha debilitado mucho, calificándola como una "ilusión de finalidad", de certeza y de utopía que, según los posmodernos, hay que superar. Aún hoy en día, hay una izquierda que podemos calificar de "posmoderna", que cree que el pensamiento ilustrado es mecánico y esencialista, machista y eurocéntrico. Aunque la Ilustración no proporciona un sistema ni una cosmovisión cerrada, se le atribuye un carácter limitador que niega la diversidad de posibilidades de aproximación al conocimiento. Se ha impuesto el relativismo, con todas las consecuencias que esto conlleva. Pero, en realidad, la oposición fundamental a la Ilustración, desde sus contemporáneos, es de clase. Es el desprecio por los dogmas, prejuicios y privilegios, y la denuncia de la opresión y la desigualdad, lo que configura el movimiento ilustrado. 

En realidad, el posmodernismo parece no entender que las ideas ilustradas, el liberalismo, el estado de derecho o la democracia no son ni pretenden representar una "verdad", sino el establecimiento de unas reglas de funcionamiento y una actitud para superar el juego de intereses y contradicciones que afectan a cualquier sociedad en cualquier momento de su historia. Esa es su virtud. La racionalidad no niega las contradicciones, de hecho, acepta el conflicto, pero pretende minimizarlo estableciendo formas de control y equilibrio del poder, respeto a la libertad y dignidad de las personas, fijando la posibilidad de mejora y progreso. La razón ilustrada es una afirmación de humanismo global, no particular de culturas fragmentadas. La convivencia obliga a aceptar y proteger la pluralidad, lo cual no implica posicionarse de manera relativista. La razón también tiene ciertas dosis de escepticismo, pero el pensamiento posmoderno la pervierte hasta convertirla, casi, en cinismo.

El posmodernismo identifica la razón y el conocimiento científico con la colonización, la deshumanización, las guerras mundiales y el Holocausto. Creen que valorar la Ilustración equivale a defender los horrores producidos en el mundo desde el siglo de las luces, que en realidad el "progreso" ha significado la imposición de Occidente sobre el resto del mundo, destruyendo y transformando la diversidad de culturas y de "mundos" que existían. Sin embargo, si lo analizamos de manera más concreta, no es la Razón la que ha provocado los peores episodios de la historia de la humanidad, sino más bien la falta de ella. La historia de la humanidad está llena de violencia, gran parte de ella gratuita, y muchas "culturas ancestrales" no resultaron precisamente ejemplares en este sentido. La razón ilustrada no significa la instauración del bien contra el mal, ni puede evitar los conflictos. Lo que sí hace, se usen o no, es ofrecer mecanismos suaves para la resolución de diferencias y enfrentamientos. Precisamente, el Holocausto es el resultado de una perversión culturalista llevada al extremo,  no de la razón, sino de un régimen político no democrático que apelaba a los mitos y sueños de una cultura ancestral puramente imaginada.

El pensamiento francés establece, en la línea de Heidegger, la teoría de los puntos de vista, según el cual las ideas son igualmente válidas, aunque muchas han sido devaluadas por prejuicios contra determinadas culturas. No se puede evaluar ninguna formulación en función de su racionalidad, sino por su posicionalidad y la predisposición a utilizar los discursos que le corresponden según su adscripción. A nivel práctico, esto representa negar la misma noción de conocimiento, porque convierte cualquier afirmación en el resultado de una fe, una creencia que predetermina e impide cualquier posibilidad de análisis y razonamiento. Desaparece la noción de un lenguaje común. No hay verdadera capacidad de diálogo. Los monólogos se alternan o se superponen, pero no hay posibilidad de entendimiento, ya que los lenguajes son distintos. 

[...] Carlo Bardoni (2016) reflexiona sobre el hecho de que el posmodernismo nos ha legado la ilusión de vivir en un mundo libre de necesidades e ideologías, abierto a las promesas de un consumo ilimitado, un espectáculo deslumbrante y la exaltación de la individualidad, incluso a costa de llevarnos a la inseguridad laboral, la incertidumbre y la soledad. Probablemente sea el crítico literario Terry Eagleton (2017) quien ofrezca una de las mejores definiciones del movimiento posmoderno, del que inicialmente participó, aunque terminó distanciándose. Lo entiende como un movimiento que rechaza los valores universales, las grandes narrativas históricas y la posibilidad de un conocimiento con pretensiones de verdad o certeza. A diferencia de los ilustrados, no ve razones sólidas para justificar la existencia humana ni la posibilidad de establecer un sentido y un propósito en la historia. No hay un ideal de progreso justificable, y sus pensadores se instalan en el pesimismo, el nihilismo y el subjetivismo. Ponen en el centro la cultura en su diversidad y establecen un relativismo según el cual no se pueden determinar valores universales.

Para Slavoj Žižek (2023), la crisis de la razón ilustrada y la negación del ideal de progreso en el capitalismo actual han llevado al predominio del hedonismo. Ya no hay ninguna tradición en la que podamos fundamentar nuestra identidad, ni posibilidad de un proyecto más allá de la reproducción hedonista. La transgresión permanente se convierte en así en norma, con el deseo definitivamente liberado. En su opinión, «hoy todo el mundo puede imaginar en fin del mundo, pero nadie puede imaginar un orden social diferente». 

Rubén Arranz (Extraños compañeros de trama) Corrupción, nepotismo, dinero y puñales en la Corte sanchista

 ZAPATERO Y SU RELACIÓN CON 
MOHAMED VI

Otro de los lugares donde Zapatero se ha prodigado con asiduidad durante estos años es Marruecos, quizá el país con el que más tensiones sufre España, como vecino con aspiraciones sobre una parte de su territorio. Zapatero hace frecuentes llamamientos a la amistad y a la cooperación entre territorios, pero ha adoptado sin reparo alguno la narrativa marroquí con respecto al Sáhara Occidental, que fue la contraría a la que defendió España desde la Marcha Verde, en 1975, hasta el sospechoso cambio de postura, unilateral, adoptado por el Gobierno de Pedro Sánchez, en 2022. Este hecho tan sorprendente fue calificado por Argelia y por el Frente Polisario como «una traición histórica», y generó dificultades a las empresas españolas en Argel, especialmente, a las energéticas.

Se pueden citar varios ejemplos de la «singular» colaboración de Zapatero con la monarquía de Mohamed VI. En el verano de 2024, mientras los saharaui denunciaban un incremento de la represión en los territorios donde habitan, el expresidente español participó en un Foro de Derechos Humanos, organizado en el marco del Festival Gnaoua y Músicas del Mundo, celebrado en la localidad de Essaouira, donde se intentó lavar la cara al gobierno alauí.

En 2025, se publicó el libro Sáhara marroquí: tierra de luz y futuro, de Jean-Marie Heydt, un profesor de la Universidad de Oujda (Marruecos) que escribió esa obra para promocionar la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, un territorio declarado como no autónomo por la ONU, sobre el que Hassan II y Mohamet VI han negado el derecho a la autodeterminación. Pues bien, Rodriguez Zapatero prologó ese libro y la definió como «una obra magnífica que presenta toda la belleza y complejidad del Sáhara». 

El contenido del texto escrito por el exmandatario es particularmente significativo. Durante décadas, España defendió el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui, como establecieron las Naciones Unidas. Pero Zapatero, en ese texto, avala implícitamente la tesis marroquí de soberanía sobre el territorio. Esto no es baladí: cuando un expresidente español legitima la narrativa de Rabat, está debilitando la posición diplomática de su propio país. ¿Lo hace por convicción o por gratitud hacia quienes le «invitan»?

No quisiera distorsionar el criterio del lector con un párrafo final sesgado, pero, a tenor de estos hechos, podría plantearse una pregunta similar a la que cerraba el capítulo de Acento: ¿son las actividades de Rodriguez Zapatero contrarias a los intereses de España? La pregunta es retórica, pero merece una respuesta que vaya más allá del catálogo de hechos y comportamientos controvertidos y hasta malolientes que anteceden al expresidente. 

Porque lo verdaderamente revelador de Zapatero no es lo que ha hecho después de abandonar la Moncloa, sino que ya lo anunciaba cuando estaba dentro. Es ahí cuando se demostró que, entre el pragmatismo y el integrísimo, optó por lo segundo en momentos en los que no era aconsejable, dada su relevancia histórica. Él fue quien retiró las tropas de Irak en 2004 sin coordinar la decisión con sus aliados de la OTAN, lo cual dejó a España en la posición de socio rebelde y poco fiable. También fue quien tendió la mano a Hugo Chávez mientras desmantelaba la democracia venezolana, y quien, con Nicolás Maduro y Delcy y Jorge Rodríguez hizo de la equidistancia entre libertad y autoritarismo una seña de identidad de su política exterior.

Zapatero hoy prologa libros marroquíes, preside organizaciones de influencia china y mantiene una posición muy influyente dentro del Grupo de Puebla, que es el mayor lobby de la izquierda populista americana. A veces puede parecer que su papel como expresidente es distinto al que adoptó entre 2004 y 2011, cuando lideró la nación, pero no es cierto. Su alma es la misma y su modus operandi, similar. Lo único que cambió entre ambas etapas es que, fuera del poder, ya no tiene que responder ante nadie, salvo ante la ley. 

Su figura incomoda a ese reducto del socialismo español que no sucumbió ante los encantos de Pedro Sánchez, donde, por cierto, también han protagonizado algunas «maniobras internacionales» un tanto cuestionables. 

[...] Zapatero sufre el mal de quien se encuentra dentro de un sueño lúcido y confunde lo que vive en el mundo onírico con lo real. Está intoxicado con el veneno de los idealistas, quienes, cuando la realidad cae a plomo sobre ellos y destroza sus fantasías, no suelen reconocer su error, lo que les encamina poco a poco hacia el delirio. El expresidente confunde constantemente sus deseos —ser reconocido como un gran mediador internacional como un arquitecto de la paz— con los hechos, que son bastante más sórdidos. ¿Cómo si no definir a alguien que presta su nombre y su influencia a regímenes que vulneran sistemáticamente los derechos que él dice defender? Las motivaciones últimas de este hombre permanecen en la penumbra, lo que no es un detalle menor cuando se trata de un expresidente.

Delcy Rodríguez, la mujer a quien llama «amiga«, es actualmente la líder de un régimen sobre el que pesan sanciones europeas por tortura, detenciones arbitrarias y ejecuciones extrajudiciales. La misma Delcy que en 2020 aterrizó en el aeropuerto de Barajas —con prohibición expresa de entrada en el Unión Europea— y fue recibida por el entonces ministro de Transportes, José Luis Ábalos, en una reunión que el Gobierno español nunca ha explicado con satisfacción. Zapatero y sus discípulos comparten no sólo un red de influencia, sino una misma catadura moral: la que permite llamar diálogo a la rendición y cooperación a la complicidad. 

Su papel no es el de un estadista ni el de un candidato al Nobel de la Paz. Es el de un fanático que nunca ha entendido —o no ha querido entender— que la libertad no es negociable, que las dictaduras no se domestican con abrazos y que la historia no absolverá a quienes las acompañaron en su camino. 

Zapatero todavía cree que será recordado como un hombre de paz. Es posible que lo sea, pero no de la paz que él imagina. Será recordado como la paz de quien mira hacia otro lado mientras las celdas de El Helicoide se llenan de presos políticos; la paz de quien llama «amiga« a la carcelera de un pueblo; la paz de quien confunde la rendición con el diálogo y la complicidad con la diplomacia. Hay una palabra más exacta para definir eso: No es paz. Es cobardía con buena prensa. 

Franco Cardini (Las rutas del conocimiento) Un recorrido intelectual por la Europa medieval

INTRODUCCIÓN

LAS RUTAS DEL CONOCIMIENTO
EN LA EUROPA MEDIEVAL

¿Dónde comenzó su andadura esta Europa que aún no ha logrado convertirse en patria común de los pueblos que la habitan, pero que ya lo es desde hace siglos para muchos, que la aman y sueñan con su unidad plural? Para los antiguos griegos era —desde las Columnas de Hércules hasta el Tanias, desde las gélidas tierras de los hiperbóreos hasta las soleadas islas de olivos y viñedos diseminadas por el Mediterráneo— un «continente», una de las tres partes del mundo. Pero hacia principios del siglo XVI se transformó en un concepto, una idea fuerza, un mito; y de su seno surgió la dimensión de «Occidente», unida pero dinámicamente diferenciada de él.

La idea general de este libro es proponer un itinerario que, serpenteando entre lugares significativos, deteniéndose brevemente en ellos, nos permita tomar conciencia de hasta qué punto aquel era un mundo abierto y altamente conectado. Una especie de viaje, quizá más bien imaginario, entre destinos que, aunque ahora nos parezcan lejanos, en realidad estuvieron muy cerca. Un viaje necesariamente rápido, más para trazar líneas de continuidad que para satisfacer deseos profundos de conocimiento. 

A fin y al cabo, la metáfora del viaje es fuerte, intensa, omnipresente: en nuestra cultura occidental, desde el Éxodo de los hebreos de Moises hasta el relato de la Odisea, pasando por la tradición del Ver sacrum, la vida es un viaje; toda aventura intelectual se presenta como un viaje. En la Edad Media y el Barroco, se describían sentimientos o ideales como si fueran viajes (por ejemplo, el amor, desde el jardín del encuentro y el enamoramiento hasta el prado de la vida emprendida juntos, pasando por el bosque de los celos y las traiciones, desde el desierto de la decepción-arrepentimiento-remordimiento, el océano tempestuoso de la pasión y el puerto seguro de la madurez, la sabiduría y los recuerdos). Análogamente, trataremos aquí el viaje común de la civilización occidental, desde la Antigüedad hasta la modernidad, a través de la Edad Media.

Más concretamente, lo que se traza en este libro es un itinerario por la cultura medieval, por sus formas de hacer circular el conocimiento, de difundir las ideas, de crear ese sustrato común que hacía posible el diálogo entre un árabe y Córdoba y un monje de Bamberg. Pero también es la historia de cómo ciertos lugares —por su ubicación, por los acontecimientos históricos que los envolvieron— han estado a su vez en la encrucijada de descubrimientos, inventos y hallazgos arquitectónicos y han actuado como irradiadores del pensamientos, sobre todo allí donde se traducían y transcribían textos. Naturalmente, el conocimiento viaja con las personas, y en este viaje conoceremos a muchas, que cubrieron realmente las distancias que se describen y llevaron vidas muy ajetreadas. 

Para aproximarnos al conocimiento medieval, debemos en primer lugar dirigir la mirada al nacimiento de la religión cristiana, que nos lleva fuera de los confines de Europa pero que al mismo tiempo nos recuerda esa misión de encrucijada entre Oriente y Occidente que nuestras tierras han asumido desde la Antigüedad. 

A la composición de esa nueva síntesis cultural contribuirán más tarde los monasterios, las cortes, las universidades y las comunas; más adelante, el arranque «revolucionario» del Humanismo y el Renacimiento nos ayudará a comprender el desarrollo posterior de otra época constitutiva de Occidente, rica en intercambios y contaminaciones.

El reto al que nos enfrentamos en las páginas de este volumen es el de sintetizar la aventura milenaria del conocimiento en el Occidente medieval (pero en sentido propio, ya que la Edad Media es una dimensión exclusivamente occidental).

Para nuestra sensibilidad en cuanto occidentales modernos, el conocimiento se organiza según una estrategia binaria que propone dos caminos principales: por un lado, el del conocimiento teórico según las reglas de la lógica y la dialéctica racional, por otro, el de la experiencia basada en la observación de la realidad concreta; en otras palabras, por un lado la scientia (del verbo scire), y, por otro, el know-how, la percepción práctica y el uso activo de los conocimientos derivados del saber práctico y concreto. 

Por esta razón, quien acepte aventurarse a describir las múltiples vías del conocimiento medieval no puede desde luego limitarse a los horizontes de la cultura entendida como ámbito literario, filosófico, filológico o artístico, sino que debe reflexionar al menos sobre ciertas cuestiones relacionadas con el conocimiento como saber científico y tecnológico. Nosotros, occidentales modernos, profundamente arraigados en el arquetipo del Homo faber y en la cultura del hacer, del construir, del edificar, no podemos declinar estas actividades y tendencias según parámetros excesivamente inspirados en la abstracción. Lucien Febvre advertía de los peligros que entraña que un estudioso de las estructuras agrarias se vea obligado a trabajar «solo con arados de papel». Del. mismo modo, no podemos permitirnos que un estudioso que acepte recorrer las «rutas del conocimiento» ignore después que en los caminos terrestres y en las rutas marítimas tendrá que tratar con guijarros de piedra y no de papel, y tendrá que navegar en barcos de madera y no de papiro. En las páginas siguientes se ha tenido constantemente presente este hecho, mucho más de lo que podría parecer a primera vista y en una primera lectura.

El autor ha aceptado lealmente el desafío, teniendo muy presente que en todo viaje —y el de las rutas del conocimiento lo es— lo central y fundamental es el regreso, y que el deseo, el sueño de volver a la verdadera casa, el recuerdo, que es su raíz más profunda, son la auténtica razón del viajar, quizá más aún que el deseo de conocer lo nuevo. ¿Se parte, se abandona la patria, para volver a ella y, una vez de vuelta, comprender plenamente su esencia y su valor? Aunque pueda parecer un oxímoron, es cierto. Igual que es cierto que quien vive bien vive para conocerse a sí mismo. Nos lo enseñaron Homero, Joyce, Dante, Gardel y Tarkovsky; y Alessandro Vanoli nos lo recordó en un libro hermoso y revelador, I raconti del ritorno.

Pero un viaje tan largo y en ciertos aspectos tan tortuoso como este, desde Aurelio Ambrosio hasta Erasmo de Rotterdam, y recorrido además a galope, no podría siquiera haberse concebido sin la guía de muchos otros viajeros expertos en las dificultades y escollos de ese camino. Recordarlos y darles las gracias a todos nombrándolos uno a uno sería quizá tedioso para el lector y podría parecer un alarde de vanidad del autor; baste un «gracias», por tanto, colectivo y anónimo, pero sincero y lleno de reconocimiento. Sin embargo, no puedo dejar de mencionar, al menos, a Marina Montesano, a Franco Franceschi, a Antonio Musarra y a Andrea Zorzi; y, en representación de todos los amigos de Il Mulino, a Daniela Bonato. 

Florencia-Bagno a Ripoli,
en el Día de Todos los Santos de 2022.

Alán Barroso (Civilización o barbarie) La batalla por el futuro de la humanidad

    LOS AMOS DEL MUNDO
     (Y DE SUS RUINAS)

Si un mono acumulase más bananas de las que pudiese comer mientras la mayoría de los otros monos mueren de hambre, los científicos estudiarían al acumulador para descubrir qué demonios estaba sucediendo con él. Pero cuando los humanos hacen lo mismo, nosotros los colocamos en la portada de la revista Forbes.
Cita atribuída a EMIR SADER


Hubo un tiempo en que los ricos necesitaban a los pobres. No por caridad cristiana. ni por escrúpulos morales, sino por pura supervivencia económica: alguien tenía que trabajar en sus fábricas, comprar sus productos, defender sus fronteras. Esta interdependencia forzosa creó, mal que bien, cierto contrato social. Los Rockefeller y los Carnegie construían bibliotecas; a través del estado de bienestar, los países europeos redistribuían la riqueza mediante impuestos progresivos, y hasta el más despiadado de los magnates entendían que su fortuna dependía, en última instancia, de la salud del tejido social que la sustentaba.

Ese tiempo a muerto.

Los ultrarricos del siglo XXI han logrado algo que sus predecesores solo podían soñar: emanciparse por completo de las sociedades que los vieron nacer. Sus fortunas flotan en paraísos fiscales, sus empresas operan en la nube, sus hijos estudian en burbujas internacionales y sus jets privados los transportan entre refugios dorados idénticos en Dubái, Singapur o Miami. Han construido una civilización paralela, sin banderas ni himnos, donde la única ciudadanía que importa es la del capital acumulado.

Pensemos en la paradoja: nunca en la historia humana se había concentrado tanta riqueza en tan pocas manos. Las ocho personas más ricas del planeta poseen lo mismo que la mitad más pobre de la humanidad. Jeff Bezos podría acabar con el hambre mundial y seguiría siendo obscenamente rico. Elon Musk gana en diez minutos lo que un trabajador medio tardaría varias vidas en acumular. Pero lo verdaderamente revelador no es la magnitud de estas fortunas, sino su naturaleza apátrida. El dinero de los ultrarricos no tiene patria porque no la necesita. Se mueve a la velocidad de la luz entre jurisdicciones, buscando el lugar donde menos preguntas hagan y menos impuestos cobren. 

Esta nueva aristocracia global ha perfeccionado el arte de privatizar las ganancias y socializar las pérdidas. Cuando sus bancos quiebran, exigen rescates públicos. Cuando sus empresas necesitan infraestructuras, reclamar inversión estatal. Cuando quieren trabajadores cualificados, demandan educación pública de calidad. Pero cuando llega la hora de contribuir, cuando el Estado presenta la factura por todos esos servicios que hicieron posible su éxito, entonces descubren súbitamente las ventajas de la residencia fiscal en Mónaco, las holding companies en Luxemburgo o los trusts en Islas Caimán.

Mientras tanto, los Estados nación que alguna vez los cobijaron se desangran lentamente. Cada millonario que traslada su residencia fiscal, cada corporación que desvía beneficios a Irlanda, cada fondo de inversión que especula con la deuda pública es un ladrillo menos en el edificio común. Los hospitales se deterioran, las escuelas se masifican, las pensiones se recortan. Y nos dicen que no hay dinero, que vivim os por encima de nuestras posibilidades, que hay que apretarse el cinturón. Pero el dinero existe: simplemente ha emigrado a jurisdicciones donde no puede ser tocado.

La desigualdad ya no es solo una brecha: es un divorcio. Los ricos no quieren redistribuir porque, sencillamente, ya no se sienten parte del mismo proyecto colectivo que el resto. Han construido sus propios sistemas sanitarios, sus propias redes educativas, su propia seguridad privada. Viven en urbanizaciones cerradas, trabajan en distritos financieros fortificados, se desplazan en helicóptero para evitar el tráfico de los mortales. Han creado una geografía paralela donde nunca tienen que cruzarse con las consecuencias de avaricia.

Y aquí surge la gran ironía: estos paladines del libre mercado, estos supuestos creadores de riqueza, estos Prometeos del emprendimiento, son en realidad los mayores parásitos del sistema. Su riqueza no brota de la nada: se construye sobre décadas de inversión pública en investigaciones, sobre infraestructuras pagadas con dinero de todos, sobre la estabilidad social que garantizan instituciones que ellos mismos sabotean con su evasión. Steve Jobs no inventó el iPhone en un garaje: ensambló (con gran inteligencia) tecnologías desarrolladas durante décadas con fondos estatales. Los magnates farmacéuticos no descubren medicamentos: compran patentes de investigaciones universitarias financiadas por el Estado. Los gigantes tecnológicos no crearon internet: colonizaron un espacio construido con dinero público.

Esta secesión silenciosa —más devastadora que cualquier guerra civil— nos deja con una pregunta brutal: ¿puede sobrevivir la civilización cuando sus élites han decidido abandonar el barco? ¿O estamos al nacimiento de un nuevo feudalismo digital, donde hay islas de hiperlujo flotando sobre océanos de precariedad? 

El fenómeno va más allá de la mera evasión fiscal. Es una ruptura del pacto fundamental que sostiene cualquier sociedad: la idea de que formamos parte de algo común, de que nuestros destinos están entrelazados, de que el éxito individual tiene una deuda con el esfuerzo colectivo. Cuando los más privilegiados se desentienden de esta responsabilidad, cuando convierten su éxito en un salvoconducto para escapar de cualquier obligación social, lo que se rompe no es solo la progresividad fiscal: es la posibilidad misma de la vida en común.

Pedro Insua (Salamanca, capital del conocimiento) El faro de las ideas del Imperio español (1492-1550)

 PRÓLOGO

TOMÁS DE AQUINO EN SALAMANCA
Y LA EMANCIPACIÓN OCCIDENTAL DE LA RAZÓN

El que tengo a mi diestra de vecino
Fue mi hermano y maestro: él es Alberto
De Colonia, y yo soy Tomás de Aquino.

DANTE ALIGHIERI

Dios salva a la razón y Alá la condena

«Aristóteles sin Tomás es mudo» dijo Pico de la Mirandola. Y en efecto, Aristóteles habló, en cristiano, a través, curiosamente, del «buen mudo», según el apodo que se ganó Tomás de Aquino en Colonia, cuando era alumno allí de Alberto Magno. Con el (re) descubrimiento occidental de Aristóteles, en los siglos XII y XIII, la concepción cristiana del mundo, de la ciencia y de la política da un giro radical, fundamentalmente a través del tomismo, que traduce, esto es, interpreta pro domo sua, de un modo sistemático y convincente (doctor communis será llamado santo Tomás) al Estargita. Sin embargo, el Aristóteles islámico enmudeció para siempre tras la muerte de Averroes, sin apenas trascendencia en al ámbito musulmán: «El pensamiento islámico eliminó de su reflexión teológica, política y jurídica el logos griego», afirma Gougenheim.

A partir de ese momento, la filosofía de raigambre helénica comenzó a rodar como un espectro en el mundo islámico («una sombra de doctrina», dice Ibn Jaldún), inmicible, sin efectos sobre el plano político, moral o metafísico del mundo islámico. Las suras eternas y divinas del Corán, dictadas por Alá el profeta, prevalecieron como «palabra descendida» frente al logos griego, siempre mirado con recelo, cuando no con hostilidad, y bloquearon cualquier posibilidad de filtrado de la razón si no era al servicio del dogma islámico.

Así, ya en el siglo XIV, Ibn Jaldún considera contrarias a la ley religiosas las ciencias que califica de «racionales» o «filosóficas», entendiendo incluso que su influencia sobre el islam fue nefasta y reivindicando, además, explícitamente las posiciones de Alghazel al respecto. El título del capítulo XXIV, del libro VI, en donde tematiza este asunto, es suficientemente elocuente de la hostilidad que muestra Ibn Jaldún hacia la filosofía: «La filosofía es una ciencia vana en sí misma y nociva en su aplicación». Lo único aprovechable es la lógica, dice, que ayuda a agudizar el ingenio, porque las cuestiones naturales (la física) no tienen ningún interés para el creyente musulmán, así que, incluso a decir de Ibn Jaldún, «es un deber para nosotros desatenderlas».

El legado filosófico árabe quedará así completamente fuera de juego, en el ámbito del dar-al-Islan (de la casa del islam), congelado en el tiempo medieval, estrangulado por la ortodoxia islámica, que pone a la razón al servicio de la fe para preservarla de «las perturbaciones de los innovadores», dice Alghazel. Y es que, frente a la palabra eterna de Alá, cualquier innovación es sinónimo de herejía. La razón solo sirve de guardiana del dogma, de la palabra coránica increada, que, también es la ley. Porque el islam, además de una ortodoxia es, sobre todo, una ortopraxia, convertida en la Ley (la sharía), de consecuencias políticas transcendentales en la actualidad, con cientos de millones de fieles sometidos a ella.

América como prolongación de la victoria tomista y crisis del kemalismo.

Y es que, sin duda, uno de los principales terrenos en el que fructificó en Occidente la influencia de Aristóteles es en el de la política. De nuevo, la integración del aristotelismo político en el cristianismo, a través del tomismo, va a ser decisiva en el desarrollo de Occidente, en contraste con el islam. 

Santa Tomás defendió, también para la razón política, la independencia de la razón respecto a la fe, y esto, en cuanto el tomismo se embarque en la empresa imperial española, desde el puerto universitario de Salamanca (la Suma teológica desplazará aquí, en la Universidad de Salamanca a las Sentencias de Pedro Lombardo como manual de introducción a la teología), y surque los océanos, va a ser definitivo en la manera de orientar la acción de España en las Indias. La victoria tomista va a tener un alcance ya intercontinental, a partir del siglo XVI, desbordando el ámbito mediterráneo, en que se desenvolvía la disputa —la guerra— entre cristianismo e islam. Aquello que decía Renán, de nuevo en su Averroes y el averroísmo, de que «el siglo XVI no ha tenido un mal pensamiento que el siglo XIII no lo haya tenido antes que él», cobra aquí un sentido casi literal.

La idea del zoon politikón aristotélico trasladada a América por los españoles, en la consideración  tomista (frente al agustinismo político) de que es la razón, y no la fe, la que legitima los títulos de dominio de una sociedad sobre el territorio, es la que definió la norma imperial española en las Indias (su «lucha por la justicia», dicho por Lewis Hanke). No es la fe cristiana la que legitima un buen orden político, de tal modo que el indígena americano no pierde, por su condición pagana (infiel), sus títulos de propiedad sobre el territorio. La conservación de los reinos de las Indias, su no aniquilación, es consecuencia directa de esta visión laica («natural») del poder político que se desarrolló en Salamaca como una prolongación del tomismo político. América no fue un territorio de guerra —de guerra santa, cruzada— contra el pagano porque el tomismo, al balancearse en favor de la racionalidad como facultad independiente, sirvió de protección a la población indígena. «La diversidad de religión no justifica la guerra», diría Vitoria, casi como divisa que se podría enmarcar en piedra, a propósito del enfoque de la labor de España en las Indias. 

En contraste con ello, el islam, sin un Tomás de Aquino que haya elaborado una concepción laica del poder político, concibe al resto del mundo no islámico como «casa de la guerra», dar-al-Harb, y el único trato con el infiel, prescrito por el Corán, es el de su destrucción («combatidlos hasta que no exista disidencia y sea toda la religión la de Dios», dice el Corán). El propio Averroes defiende, en El libro del «Yihâd», que todos los politeístas han de ser combatidos». En este sentido, no es difícil imaginar qué hubiera sucedido en América si el derrotado hubiera sido santo Tomás. 

El derecho (fiqh), y por lo tanto la justicia, en el área de difusión musulmana siguió siendo una especialidad enteramente islámica, ceñido a la órbita del hierocratismo trazado por el Corán, la sharía y los hadices. El kemalismo (la idea de un Estado laico), creado en Turquía tras la caída del Sultanato, al termino de la Primera Guerra Mundial, ha sido un fenómeno de corta duración, hoy en día totalmente en crisis, puesto que en el islam todo se termina atrincherado teocráticamente en torno a la literalidad de la letra coránica.

Así que, de algún modo, el descubrimiento y conquista de América es una prolongación del triunfo de santo Tomás sobre Averroes, representado en Santa María Novella. El expansionismo oceánico católico, inaugurado por el viaje colombino, corre, impulsado por el racionalismo tomista, en relación de proporción a la contracción del mundo islámico impermeable a la filosofía y las ciencias modernas, que va languideciendo hasta convertirse en ese «hombre enfermo de Europa» (en expresión atribuida al zar Nicolás I, en referencia al Imperio otomano), que gira fanáticamente al alrededor del Corán. El dinamismo occidental hunde sus raíces, pues, en esa ventana abierta a la razón, y su compatibilidad con la fe cristiana, que proporciona la obra de santo Tomás de Aquino en contraste con el estancamiento de la cultura islámica, y su cierre de filas dogmático alrededor del Corán. 

Insua, Pedro (1492 España contra sus fantasmas)

Juan Jesús Mora Molina (La Ilustración Oscura) Y si la democracia fuese un error?

Prólogo

Las grandes alternativas a la democracia liberal quedan sepultadas en el siglo XX. El fascismo es derrotado en 1945 y el comunismo soviético se desmorona en 1991. Desde entonces se decreta el «fin de la historia» con el triunfo del liberalismo. El mundo asiste a la combinación de libre mercado, democracia y derechos humanos como horizonte insuperable. Sin embargo, aun cuando este sea el discurso dominante, emergen enérgicas fuerzas opositoras a la democracia liberal, sobre todo tras la crisis económica de 2008 y la pandemia del COVID-19. 

A comienzos del siglo XXI, surge en la blogosfera un grupo transgresor que se posiciona contra las narrativas progresistas dominantes. Algunas de estas ideas circulan previamente en determinados entornos universitarios de primer nivel. Estudiantes y jóvenes intelectuales editan publicaciones y revistas críticas con la democracia, el igualitarismo y la razón ilustrada. Se expande la idea de que no merece la pena reformar la democracia liberal, al ser el mayor ejemplo de ineficacia, caos y decadencia. Modernidad y liberalismo solo ocasionan degeneración y corrupción, por lo que deben ser erradicados en el futuro.

Al nuevo escenario político se diseñará utilizando la revolución tecnológica: inteligencia artificial, criptomonedas, secesión digital o gobernanza tecnocrática. En definitiva, la libertad se ha convertido en un problema, hay que suprimirla.

Esta nueva corriente de pensamiento recibe diversos nombres, entre los que destaca el de «Ilustración Oscura», también conocida como «neorreacción» o «NRx». En la actualidad, la Ilustración Oscura no es una ideología de alcance reducido. Se alimenta del desencanto frente a las promesas de prosperidad incumplidas por la globalización. Ya no es una curiosidad digital de las muchas que existen en Internet. Sus propuestas consiguen captar la atención de Gobiernos, empresas, medios y corporaciones tecnológicas. 

Este libro se propone cartografiar  la Ilustración Oscura. No se trata de una defensa ni de una refutación, sino de un ejercicio de comprensión sistemática. Cartografiar, en este contexto, significa trazar el mapa de un territorio intelectual complejo e incendiario. Se busca identificar sus orígenes, distinguir sus figuras principales, ordenar sus conceptos fundamentales, exponer sus argumentos, señalar sus tensiones internas y evaluar su presencia en el debate público. 

El enfoque adoptado es el de un especialista en filosofía política y del derecho, pero el resultado aspira a ser accesible a un auditorio amplio, no necesariamente especializado. Se trata de un ensayo divulgativo, pero riguroso en el tratamiento de las fuentes, lo que facilita —dentro de la complejidad de la materia— una aproximación clara a los contenidos. La renuncia a las notas a pie de página es consciente. Se recurre a tablas comparativas para una mejor compresión de las diferencias y afinidades entre autores y corrientes. 

En la elaboración de este trabajo se ha utilizado herramientas de inteligencia artificial como apoyo técnico en diversas tareas: sistematización de información, organización comparativa de materiales o generación inicial de esquemas. Dichas herramientas han operado en todo momento bajo el estricto control intelectual del autor, que asume íntegramente la selección conceptual, la interpretación de las fuentes, la construcción y la responsabilidad formal sobre el contenido. 

El libro se organiza en cuatro bloques temáticos, concebidos para guiar al lector desde los fundamentos más abstractos hasta las proyecciones más concretas del fenómeno neorreaccionario [...]


CAPÍTULO 1.
¿QUÉ ES LA ILUTRACIÓN OSCURA?

«Lo que la democracia no ha arruinado 
todavía, lo está arruinando. Es esencialmente 
destructiva tanto para el gobierno como para la cultura. 
No puede durar indefinidamente»

Nick Land

DEFINICIÓN Y MARCO CONCEPTUAL

La Ilustración Oscura (del inglés Dark Enlightenment) es un movimiento intelectual contemporáneo de corte tecnoautoritario. Rechaza radicalmente los pilares ideológicos de la Ilustración: la democracia, la igualdad, el progreso lineal y la razón universal. Tambien conocida como neorreacción (en adelante NRx), surge en Internet a finales de la década del 2000. Su propósito declarado es superar lo que diagnostica como la «gran descomposición» de la humanidad, manifestada en una «crisis antropológica», una «degeneración biocultural» y en una «decadencia civilizatoria» terminal. 

Como alternativa, la Ilustración Oscura propone modelos de sociedad basados en jerarquías naturales, en la selección tecnológica de las élites y en formas de autoritarismo estable. Se ambición última es la sustitución del paradigma liberal por organizaciones de gobierno más eficaces, donde la libertad individual sea extirpada como «problema». 

La Ilustración Oscura, a diferencia de otras reacciones antiliberales como el fascismo, el tradicionalismo católico o el comunismo, no persigue la restauración de un pasado idealizado. Busca diseñar un futuro postliberal desde cero, combinando elementos del Antiguo Régimen (monarquía, aristocracia y desigualdad estamental) con herramientas propias de la era digital (cibernética, vigilancia masiva y algoritmos). Su horizonte no es «regresar» a 1788, sino construir una «modernidad alternativa», en la que el liberalismo sea desplazado por la tecnocracia, el corporativismo y la selección biológica. 

Por su particularidad, la Ilustración Oscura no constituye un pensamiento homogéneo ni una «escuela» filosófica al uso. Se trata, más bien, de una constelación de ideas, blogs, manifiestos y figuras dispersas en la red, con denominadores comunes, pero sin relación formal «maestro-discípulo». El ecosistema que caracteriza a la Ilustración Oscura se articula en torno a seudónimos, foros, pódcast y subculturas digitales.

DE LA NEORRREACIÓN A LA ILUSTRACIÓN OSCURA

El término reaccionario tiene su origen histórico en la oposición a la Revolución francesa y en defensa de los valores del Antiguo Régimen. En la actualidad, se asocia con posiciones nostálgicas que anhelan el retorno a etapas ya pasadas: franquistas en España, comunistas en Rusia, neofascistas en Italia o el «gran reemplazo» en Francia. La neorreacción se presenta como algo distinto, ya que su propósito no es restaurar un régimen pasado, sino actualizar la lógica del absolutismo y del feudalismo por medio de los avances tecnológicos.

En 2010, Arnold Kling acuña el concepto «neorreaccionario» para referirse al bloguero norteamericano Curtis Yarvin. Este último inicia en 2007, en su blog Unqualified Reservations,  una cruzada sistemática contra la modernidad, con un discurso antidemocrático, tradicionalista y antiigualitario, bajo el seudónimo de Mencius Moddbug. 

El término neorreaccionario tiene éxito y es adoptado por el influyente bloguero británico James Alexander (Anomaly uk), quien lo hace viral. De este modo, la neorreacción empieza a a desarrollarse antes de tener un nombre consolidado. De hecho, Yarvin denomina a su pensamiento «formalismo» en A Formalist Manifesto, que podría considerarse el primer texto neorreaccionario. Con este término, afirma que el poder político debe entenderse y organizarse como si el Estado fuese una empresa privada. 

Años después, cuando otras figuras importantes del movimiento se autoidentifican como neorreaccionarios, se afianza esta expresión. En 2012, Nick Land rebautiza a la corriente de pensamiento NRx como «Ilustración Oscura». Desde entonces, formalismo, neorreacción e Ilustración Oscura son conceptos ideológicos intercambiables.

Carlos Martínez Gorriarán (Utopia y desastre) Los intelectuales y la estupidez política

LOS INTELECTUALES, CONCIENCIA PÚBLICA Y VOZ DE LOS EXCLUIDOS

[...] Spengler, Freud, Kafka, Zweig: La impotencia de la cultura

Con todo, Thomas Mann y Hermann Broch fueron más lúcidos que la multitud de intelectuales y creadores alemanes que creyeron posible entenderse con los nazis y ser aceptados en el nuevo orden alemán, incluso no pocos marxistas y algunos judíos. Muchos se adhirieron a la respectiva sección de la Cámara de Cultura del Reich, creada para limpiar la cultura de toda oposición y huella judía. Que después tuvieran que emigrar o huir para salvar la vida se debió al gusto personal de Hitler, que detestaba la modernidad estética, no solo la política. Dio igual que los ilusos vanguardistas alemanes esperaran algún reconocimiento porque, como dice Spotts, creyeran «que el suyo era el estilo alemán por autonomasia, indiscutible garante del dominio germánico en su campo de trabajo», el futuro alemán hitleriano debía ser reaccionario y monolítico. 

En 1918, los ideales de cultura y educación heredados de Kant, Goethe, Schiller y los Humboldt, Kultur y Bildung, parecían tan derrotados cono el káiser Guillermo y su ejército. Antimodernos y reaccionarios coincidían con los vanguardistas ácratas del Dadá Berlín. En 1919 Raoul Hausmann escribe «Panfleto contra la concepción weimariana de la vida», que arremete contra la tradición de Goethe y Schiller y la democracia: «Yo me río de la ciencia y de la cultura, esas miserables salvaguardas de una sociedad condenada a muerte», «¡Vivamos por nosotros mismos! ¿Qué es la democracia? La vida asimilada por el temor por el pan nuestro de cada día» Y Karl Kraus escribe en uno de sus aforismos, cual Aristófanes vienés: «La democracia significa poder ser esclavo de cualquiera».

La tremenda desesperanza y la seducción del nihilismo propició el auge de los movimientos totalitarios, comunismo y nazismo. El desmoronamiento de los viejos valores sucedía, sin embargo, en plena efervescencia de las artes, la filosofía y las ideas. Como exponen Allan Janik y Stephen Toulmin en La Viena de Wittgenstein, mientras albergaba el extraordinario mundo intelectual de Freud, Klaus, la Sezession, Schönberg, Loos, Wittgenstein y el Círculo de Viena, la sociedad estaba corroída por la corrupción en todos los ámbitos, de la ética al lenguaje y la política. Pues bien, la preocupación común de estos críticos variopintos era recuperar el sentido de la verdad y la integración moral. También les interesaba, atraía o temían la idea de decadencia, el tema por excelencia de Oswald Spengler, el intelectual más influyente de la época. 

[...] Las razones del fracaso de la cultura eran vidriosas. Freud, en El malestar en la cultura (1930) trata la crisis de los ideales de la Ilustración, en especial de la fe en que el desarrollo educativo y la extensión de la cultura harían progresar a la humanidad. La teoría freudiana es que, por el contrario, la cultura no puede dominar y menos aún eliminar la barbarie nuclear de la naturaleza humana, el instinto de satisfacer los deseos profundos más reprimidos por sociópatas que sean. La frustración inconsciente provoca «el malestar en la cultura», culpada de ser fuente de infelicidad. Sin embargo, alega Freud, todos los paliativos conocidos y usados contra la infelicidad, incurable en sí misma por su origen y arraigo en la profundidad psíquica, son culturales: «El ser humano cae en la neurosis porque no logra soportar el grado de frustración que le impone la sociedad en aras de sus ideales de cultura, deduciéndose de ello que sería posible reconquistar las perspectiva de ser feliz, eliminando o atenuando en grado sumo estas exigencias culturales». 

Esta pretensión utópica de regreso a las fuentes de la felicidad, la satisfacción del puro instinto mediante el derribo de las prohibiciones culturales que la cohíben, es común a las vanguardias estéticas de la época, especialmente el dadaísmo, y los movimientos antidemocráticos, pues ¿qué es la democracia, sino un sistema de represión cultural basado en la presión del individuo excepcional por la mediocre mayoría? ¿Qué es el Estado sino un agente del mal, el monstruo más frío? Nietzsche, convertido en pensador favorito de tantos, lo había apuntado con brutalidad: «El Estado miente en todas las lenguas del bien y del mal; y no importa lo que diga, miente —y no importa lo que tenga, lo ha robado». 

Así que el auge de los totalitarismo, del antisemitismo y el nacionalismo irracional serían efecto de esta tensión antropológica insuperable entre deseo personal ilimitado y represión cultural del deseo.  El antagonismo individuo-sociedad no tiene cura, solo paliativos. Siguiendo a Freud, habrá que olvidar la ilusión de que la cultura pueda depurar y desterrar los instintos destructivos de la psique humana. La cultura a la americana, convertida en un estado de «miseria psicológica de las masas» según neurólogo vienés, empeora las cosas. No cabe confiar en ningún triunfo cultural definitivo que asegure la civilización: la lucha será permanente, y el nazismo solo representa aquí otro episodio del eterno duelo entre Eros y Tánatos. Y concluye:

              Nuestros contemporáneos han llegado a tal extremo en el dominio de las fuerzas elementales que con su ayuda les sería fácil exterminarse mutuamente hasta el último hombre. Bien lo saben, y de ahí buena parte de su presente agitación, de su infelicidad y su angustia. Solo nos queda esperar que la otra de ambas "potencias celestiales", el eterno Eros, despliegue sus fuerzas para vencer en la lucha con su no menos inmortal adversario. Más ¿quién podrá augurar el desenlace final?

En Londres, Freud, exiliado y casi consumido por el cáncer, recibió la visita de otro ilustre vienés también exiliado y judío, Stefan Zweig. El psicoanalista le confesó esto: «Siempre lo habían tachado de pesimista, decía, porque negaba la supremacía de la cultura sobre los instintos; ahora se podía ver horriblemente confirmada —y en verdad no estaba nada orgulloso de ello— su opinión de que la barbarie, el elemental instinto de destrucción, era inextirpable en el alma humana». 

Zweig fue de los optimistas confiados en el poder de la cultura como motor del progreso. Europeísta, cosmopolita y tercamente apolítico, confiaba en que la amistad de las élites de los países avanzados se impondría a la barbarie de las masas por su autoridad superior. Sus esperanzas fueron barridas por el nazismo en Alemania y su Austria natal. Era un buen escritor y sobre todo privilegiado testigo y magnífico cronista de una época moribunda, pero carecía de la lucidez de Karl Kraus y de la profunda captación del absurdo total de Kafka y Musil, que clavaron sus dardos en la diana de la estupidez y sus daños, a menudo incurables.

[...] Si Stefan Zweig evoca con dolor inconsolable la fraternidad perdida de los refinados y cosmopolitas profesionales de la pluma, el húngaro Sándor Márai presente en sus memorias el escalón inferior: el desprecio que sufren los exiliados en París, como era su propio caso, por parte de una burguesía  parapetada en el egoísmo nacional:

              Un extranjero como yo tenía quizás menos dificultades para entrar en el despacho del primer ministro que en la casa de una familia burguesa [...] Los representantes de la burguesía francesa nos evitaban como si hubiéramos llegado de un lazareto y les pudiéramos contagias la lepra por el simple hecho de bebernos una copita de coñac con ellos [...] Todavía recuerdo a ese desconfiado médico que siempre me pedía sus honorarios por adelantado y aprovechaba el tratamiento para desplegar ante mí su furibunda xenofobia. Nada explicaba ese desenfrenado chovinismo [...] Los franceses odiaban a los extranjeros en la época en que estos desembarcaba en masa en su país, y los odiaban más tarde porque dejaron de llegar.

[...] La xenofobia, el nacionalismo y en antisemitismo prepararon la derrota de la política. Muchos descubrieron demasiado tarde que esta era imprescindible para enfrentar al monstruo totalitario, porque el apoliticismo no preservó su amado, protegido y pequeño mundo particular, tan ajeno al que rugía ahí fuera. Para advertirlo, incluyendo con rara sinceridad su propio autoengaño, Zweig escribió su obra maestra, El mundo de ayer. Memorias de un europeo. La dio por concluida muy poco antes de suicidarse, con su segunda esposa, en un hotel de Petrópolis, Brasil, en 1942: convencidos de que el nazismo ganaría, no quería sufrirlo.

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