Carlos Granés (El rugido de nuestro tiempo) Batallas culturales, trifulcas políticas
Beatriz Talegón (Con la libertad no se juega) Radiografía del poder y sus nuevas máscaras
Adrían Ruiz (El mito del humanismo) Historia y crisis de la idea moderna de hombre
Mark Lilla (Ignorancia y felicidad) Sobre el deseo de no saber
* Lilla, Mark (Pensadores temerarios) Los intelectuales en la política
* Lilla, Mark (El regreso liberal) Más allá de la política de identidad
José Javier Esparza (Reiniciar España) De la farsa del globalismo a la revuelta de las naciones
Peter Neumann (El largo siglo de las utopías) De Nietzsche a Susan Sontag
Desde hacía mese Weber observaba con preocupación cómo Alemania se iba adentrando, más y más, en un conflicto en el que militarmente solo podía perder. Los imperios entre los que se encontraba aplastada eran demasiado poderosos. Y aunque había esperado hasta el último momento que la guerra pudiese evitarse, ahora no quedaba más remedio que afrontarla, aunque con ello, por el momento, parezca inalcanzable un proyecto de democratización interna en el país.
Y, pese a todo, también él, Weber, preferiría ir a la batalla. Adornado con flores, despedido por mujeres y niños. En las primeras horas de la guerra, sintió lo grande y maravilloso que era el destino al que el país se enfrentaba en ese momento histórico. Por fin, había llegado la hora de decidir. Católicos o protestantes, conservadores o socialistas, monárquicos o democráticos: no importa cuál fuera la ideología, lo único que importaba ahora era el bien común.
Pero, ahora, también se da cuenta de que no es nada fácil convertirse en soldado. Los cuarteles están abarrotados de voluntarios. Y él, a sus cincuenta años, al parecer, es demasiado viejo para que lo acepten junto a aquellos que quieren defender su patria. Le molesta profundamente, casi araña su honor, que solo se le haya confiado la supervisión del lazareto de Heidelberg. Mientras el mundo entero se ve atenazado por un sentimiento oscuro y opresivo, él debe contentarse con servir como teniente en la reserva.
Hay una tradición que Weber quiere mantener, incluso en estos días de guerra que nunca se olvidarán: las reuniones semanales con amigos, colegas y estudiantes, a los que desde hace años invita todos los domingos a las cinco de la tarde a Villa Fallenstein. Frente a la casa discurre, reluciente, el río Neckar; detrás, se extiende el exuberante jardín en el que los árboles centenarios abrazan con sus brazos imponentes la propiedad.
No hay nada que no se discuta y debata en su casa. El ambiente es liberal, ninguna palabra puede ser silenciada. Al círculo pertenecen buenos amigos como Karl Jaspers, discípulos como el crítico literario húngaro Georg Lukács, pero también compañeros, como Friedrich Gundolf, muy cercano a Stefan George y para quien que no cabe exageración cuando se habla de los grandes genios de la historia, de las personas inspiradas por el universo, de los sujetos heroicos como Goethe, Hölderlin, Napoleón, Nietzsche y, por supuesto, Stefan George. Incluso a quienes venían de lejos, como Georg Simmel, el sociólogo de la metrópolis que residía en Berlín, no los amilanaba el largo viaje al sur si se trataba de participar en la tertulia dominical de Weber.
Heideberg ya no es aquel lugar soporífero sobre el que se escuchaba alatear el espíritu de los antepasados. Max Weber ha convertido la ciudad en el baluarte de la sociología moderna, una nueva disciplina que trata de explicar las causas y los efectos del comportamiento social. En un mundo completamente racionalizado, la filosofía y las historias sobre un Welgeist preso de la angustia ya no sirven de orientación. La sociología, capaz de diseccionar con mayor precisión la sociedad de la burocracia y del capital con sus herramientas, debe ocupar su lugar.
[...] Max Weber, como el reconocido y prestigioso que es, observa con atención los acontecimientos políticos. Y es enormemente crítico con el káiser. La arrogancia de Guillermo II le repugna. No falta mucho —de eso está seguro— para que Alemania se pregunte si quiere soportar esta sometida un día más a la autoridad de ese mequetrefe o prefiere reformar el sistema electoral prusiano de tres clases e iniciar el camino hacia una democracia parlamentaria. Es insoportable.
Weber se enteró de que los alemanes habían invadido Bélgica. Y también de hechos criminales de los que la historia no había sido testigo ni en sus momentos más sangrientos. Durante todo el mes de agosto el ejército alemán había desatado su ira sobre la población, asolado ciudades, incendiado la biblioteca de la Universidad de Lovaina. Ira, impotencia, vergüenza. Todo al mismo tiempo. Ahora es necesario tomar partido. Muy pronto ser alemán significará no tener patria ni, por supuesto, dignidad, sino únicamente tener una lista en la que figurarán los crímenes de los soldados alemanes. Por ese motivo, Weber se negaba a incluir su firma en el manifiesto «Aufruf auf die Kulturwelt!» [Llamamiento al mundo de la cultura], que apareció el día 4 de octubre de 1914 en los principales periódicos de Alemania, y que destilaba únicamente sentimentalismo patriótico.
Aunque siente un profundo amor por su patria, lo que ha sucedido en Bélgica no tiene nada que ver con el país con el que lo une un vínculo tan cercano. Los promotores de esta carta abierta cuestionan los reproches que los pacifistas hacen a Alemania. Según ellos, no es cierto que el país sea responsable del conflicto. No es verdad que Alemania haya violado la posición neutral de Bélgica —Francia e Inglaterra habrían hecho lo mismo si Alemania no se hubiera anticipado—. Ningún soldado alemán ha tocado la vida o la propiedad de un solo belga, a no ser que haya sido en defensa propia. Y, por cierto, la lucha contra la nación alemana es en gran medida una lucha contra la cultura alemana.
«Creednos, creed que lucharemos hasta el final y lo haremos como una nación cultural, para que el legado de un Goethe, de un Beethoven, de un Kant es tan sagrado como su ganado y su tierra»: así termina el panfleto que han firmado noventa y tres científicos, artistas y escritores, entre ellos nombres tan notables como el nobel de literatura Gerhart Hauptmann, el director del Festival de Bayreuth Siegfried Wagner, el biólogo Ernst Haeckel y el físico Max Planck. Las mejores cabezas de Alemania. Y él, Weber, ¿debe ser condenado a supervisar los hospitales y apoyar así, esta guerra un día más?
* Neumann, Peter (La república de los espíritus libres)
Carlos Fernández Liria (Contra la Ilustración oscura) ) Marx y Nietzsche frente al transhumanismo aceleracionista
Por un instante, se ha superado el nihilismo. Si todo está permitido, la vida puede convertirse en un juego. Hemos recuperado la infancia, el juego y la jovialidad. Ha sido un relámpago, aunque aún no se ha oído el trueno. Se vislumbra ahora en el horizonte lo que podría ser el ser humano, más allá de su esencia nihilista.
Sin embargo, lo que se avecina es todo lo contrario, el momento más abyecto y miserable de toda la historia de la humanidad, el único tipo de ser humano que puede ser aún peor que un cristiano, que un cristiano protestante, que un cristiano alemán. Llega el tiempo del «último hombre».
El «último hombre» somos nosotros. Nosotros somos el enemigo, como vimos que afirmaba el Manifiesto de Marc Andreessen. Un tipo de hombre del que Nietzsche se sabe ya fatalmente contemporáneo y del que hará un vivo retrato que luego vendrá a encajar a la perfección con el protagonista del siglo XX. Aquí hay que detenerse con paciencia, porque es ahora cuando se juega toda la esencia del problema, toda su dificultad y, también, todo lo que podría hacer que Nietzsche y Marx se encontrarán y, al mismo tiempo, se alejaran hasta las antípodas. Porque no cabe duda de que Nietzsche se enfrenta aquí al impactante espectáculo de una humanidad proletarizada, de un mundo en que «todo lo sólido se ha disuelto en el aire», un mundo protagonizado por una «nada social», sin densidad antropológica de ningún tipo.
«¡Ay, llega el momento del último hombre, el hombre que ya no dará a luz ninguna estrella!» «El hombre más despreciable, que no será capaz siquiera de despreciarse a sí mismo», así se lamenta Zaratustra. ¿Qué ha ocurrido? ¿No estábamos jugando con al muerte de Dios? Pero el hombre superior, el escéptico, se ha cansado de jugar, el juego ha comenzado a resultar aburrido.
[...] Pero, como Dios ha muerto, somos ateos. Y lo somos a la fuerza, porque nuestro calendario ya no está jalonado por esas fiestas religiosas que, como decíamos, en honor de otra vida, nos alegraban bastante en esta. El proletariado global ya no tiene religión, tiene, en todo caso, sectas. Ya no tiene patria, tiene, en todo caso, el orgullo de ser piscis o sagitario. Ya no somos propiamente franceses, rusos, italianos o persas, pero nos queda el consuelo de que al menos no somos géminis y no tenemos un ascendente en cáncer. El último hombre, al contrario que el escéptico, «ya no dará a luz ninguna estrella», ya no inventará ningún dios. Ya no hay ni tiempo ni ganas para jugar.
El profundo abismo de nihilismo en el que se ha precipitado el último hombre puede resumirse así: «Si antes valía la pena vivir por y para otra vida, ahora hay que vivir por y para nada». El último hombre se arrastra por la vida, y si no muere es, nos dice Nietzsche, porque «hasta morir le cansa». Es una terrible constatación: si el último hombre no se suicida es porque eso sería un acto demasiado vital, y está demasiado cansado para eso. El filósofo Emil Cioran, en su libro Brevario de podredumbre, hizo un buen retrato de nuestro protagonista. «La vida es un estado de no suicidio», nos decía. Cuando uno mira a su alrededor y contempla la vida de sus vecinos, de sus amigo o conocidos, continua diciendo, la pregunta que invariablemente te asalta es... pero «¿cómo es que no se matan?». ¿Como soportan sobrellevar semejante vida? «¡Es tan fácil imaginar el suicidio de los otros!».
¿No ocurre a menudo? Ves al vecino y no entiendes cómo puede soportar su vida, cómo es que no se mata. En mis clases solía ilustrar este asunto con una anécdota personal que, sin embargo, puede resultar ahora ilustrativa. Volvía con un amigo hacia Madrid, cruzando La Mancha a las dos de la madrugada. Veníamos de unos agotadores días en Granada, donde llevábamos no sé cuántos días empalmando fiestas y orgías que por nuestra edad aún éramos capaces de sobrellevar. Vimos una luz en la carretera y nos detuvimos en un bar que sorprendentemente aún permanecía abierto. Entramos y nos encontramos a un muchacho de nuestra edad que barría el local y se disponía a cerrar. Le preguntamos que si aún podía atendernos para hacernos unos bocadillos y asintió con gran generosidad. Estuvimos charlando con él, mientras consumíamos unas cervezas. Cuando le pagamos, vimos que metía el dinero en la caja registradora. «¿Por qué lo haces? Aquí no hay nadie, nadie puede saber que hemos estado aquí, por qué no te quedas ese dinero?», le preguntamos con curiosidad. Nos respondió: «Es que mi jefe es muy buena persona». «¿Sí? ¿Cuántas horas trabajas al día, porque ya es muy tarde». Nos respondió que a veces trabajaba más de doce horas seguidas. Le preguntamos si libraba los fines de semana y nos respondió que por supuesto que no, que los fines de semana era cuando más trabajo había que atender. «Pero libro los martes —nos dijo—, y entonces me despendolo». Ese fue exactamente el término: «me despendolo». ¿Te despelotas un martes en este pueblo perdido de La Mancha? ¿Te haces una paja con una película porno? ¿«Cómo te «despelotas»? Nos quedamos con la intriga de cómo podía un martes lograr semejante proeza. Recuerdo que, al entrar en el coche, me vino a los labios la frase de Cioran: «pero ¿cómo es que no se mata?» ¡Eran los años ochenta! El mundo estaba lleno de yonquis, muchos de ellos habían contraído el sida, la gente compartía las jeringuillas y se contagiaban la hepatitis y mil otras enfermedades, hasta que reventaban de sobredosis o envenenados. Había mil maneras de suicidarse, unas más agradables que otras. Muchos lo hicieron; fue una verdadera matanza.
Sin embargo, en cierto sentido, llama más aún la atención que tanta gente perseverara en arrastrar una vida de mierda. Nietzsche ya había adelantando una respuesta: al último hombre, «hasta morir le cansa». Es posible arrastrar una vida por y para nada. Es la culminación del nihilismo. Justo cuando se ha proclamado la muerte de Dios, ha advenido a este mundo la especie de hombre más abyecta: el ateo, el único que podía ser aún peor que un cristiano protestante.
Ese nuevo tipo humano ya poblaba el mundo en tiempos de Nietzsche y será en adelante la norma en el siglo XX y, en versiones pintorescas, en el XXI. El proletariado y la burguesía mundiales comparten la misma esencia nihilista en un mundo desencantado, en el que la única vida que palpita es la del corazón del mercado. Una inmensa fábrica mundial y un interminable centro comercial. El metabolismo del sistema económico tiene sus propias necesidades internas que necesitan ya de todas las energías humanas. Incluso cuando jugamos en la pantalla del móvil trabajamos, aportamos los datos de nuestra atención para el imperio digital. El hombre basura habita una sociedad basura que respira a través de un mercado basura. Ya no hay nada sagrado, nada respetable; ya no hay ninguna estrella. Nada se ha resistido al imperio del mercado. Los negocios han fagocitado todos los rincones, incluso los más sagrados y recónditos. La lógica del mercado ha impregnado el tiempo y el espacio por entero. Y, por supuesto, todo lo que en otro tiempo fue colocado en el más allá de un mundo más verdadero y sagrado. Incluso los principios morales. Ahora, las éticas de empresa se encargan de calcular cómo cotizan en el mercado los principios éticos, aconsejando a las corporaciones económicas adherirse a Kant o a Aristóteles, implantar un código moral de corte utilitarista o basado en el deber o la tolerancia o, por qué no, quizá mejor en la autoestima y la capacidad de liderazgo.





