Carlos Granés (El rugido de nuestro tiempo) Batallas culturales, trifulcas políticas

 DE VISIONARIOS A VÍCTIMAS: LA MALDICIÓN HISPANA

Hoy en día, cuando se acusa a la civilización occidental de portar en su seno la maligna semilla del colonialismo, del racismo y del heteropatriarcado, buena parte de la humanidad puede considerarse víctima de alguna opresión o discriminación. Llevamos instalados en el tiempo de las víctimas tres décadas. Desde los años noventa han cobrado relevancia pública las identidades victimizadas y el arte de las identidades imaginadas. Y no es del todo extraño que así haya sido, pues, quien por una u otra razón ha padecido sufrimientos que desbordan la simple ficción con la vida, despierta una sensibilidad especial hacia a quien, por una u otra razón, ha padecido sufrimientos que desbordan la simple fricción con la vida. 

La víctima ocupa un lugar importante en nuestras sociedades porque recuerda que ciertos cataclismos políticos o sociales no deben repetirse. La víctima simboliza una línea roja que jamás debe cruzarse de nuevo, y para asegurarnos de que así sea creamos museos de la memoria o monumentos, realizamos homenajes periódicos a los caídos o sobrevivientes, y les damos voz a quienes han sufrido para que no se olviden los crímenes y las monstruosidades que padecieron. La fuerza moral de este personaje, de la víctima real, genera consenso. Hace que aflore la común humanidad, que todos acordemos que por ahí no podemos volver a pasar. Ningún ser humano, sea quien sea, puede ser sometido al trato que recibió la víctima, y por eso valoramos su testimonio.

Lo sorprendente es que la merecida importancia que tiene la víctima en nuestra sociedad, su visibilidad y el efecto que produce su voz, se han convertido en un capital codiciado. Una inesperada mutación de valores ha transformado la aborrecible condición de víctima en una opción atractiva. Personas que no han pasado por situaciones extremas quieren ahora gozar de las prerrogativas que se le dan a quienes sí lo han hecho. Son las víctimas profesionales de nuestro tiempo, personajes como Rodrigo Rojas Vade, el joven anónimo que logró hacerse elegir para la Constituyente chilena con una historia de padecimientos y de lucha contra el injusto sistema de salud de su país, que resultó ser falsa. 

[...] El victimismo lo explica todo. Exonera de responsabilidades y protege la imagen que se tiene de sí mismo. Es autoindulgente, una manera de ganar la batalla moral fracasando en la labor de gobierno, de seguir teniendo la razón repartiendo culpas y aprobios entre sus opositores. La epidemia de victimismo entre los políticos contemporáneos es bochornosa. El 15 de noviembre de 2022, delante de un auditorio que había ido a oírlo presentar su candidatura para las elecciones de 2024, Donald Trump aseguró se víctima. Dijo que la mayor amenaza para Estados Unidos no venía de fuera, sino de dentro: de la instrumentalización de la justicia, del FBI y del Departamento de Justicia, que él mismo había sufrido en carne propia. «Os lo diré, soy una víctima» repitió. Y ni hablar de Estados Unidos, que en su visión de mártir aparecía como una nación estafada por el mundo entero, con el derecho a desquitarse imponiendo aranceles a lo loco y expulsando a los extranjeros de sus calles y de sus universidades. 

Otra víctima es Pedro Sánchez. El presidente español se siente perseguido por la «fachosfera», el lawfare y los bulos informativos. La capacidad de Sánchez —en realidad la de sus asesores— para inventar peligros, amenazas, fuerzas oscuras, enemigos que lo victimizan a diario es superior a la de los redentores latinoamericanos. El supuesto acoso injustificado de estos agentes perversos lo llevó a realizar su estrafalaria performance y a desaparecer de la escena pública durante cinco días. Tomó la pluma y le abrió su corazón a la ciudadanía, redactando una carta en la que se declaraba, igual que Trump, víctima de una persecución injusta lanzada por poderes aberrantes. «Se trata de una operación de acoso y derribo por tierra, mar y aire, para intentar hacerme desfallecer en lo político y en lo personal atacando a mi esposa», protestaba Sánchez. ¿Por qué estaba sufriendo ese acoso? La respuesta es obvia: «Soy también plenamente consciente de que los ataques que sufro no son a mi persona sino a lo que represento: una opción política progresista, respaldada elección tras elección, por millones de españoles, basada en el avance económico, la justicia social y la regeneración democrática». A veces el rugido de nuestro tiempo es un lamento autocomplaciente y cínico.

Porque la historia que estaba vendiendo Sánchez era la de un hombre intachable y virtuoso que se e enfrentaba a «una galaxia digital ultraderechista» y a «una máquina del fango». Sánchez era una víctima inocente que se inmolaba por España. «¿Merece la pena todo esto? —se preguntaba al final de su comunicado—. Sinceramente, no lo sé. Este ataque no tiene precedentes, es tan grave y tan burdo que necesito parar y reflexionar con mi esposa. Muchas veces se nos olvida que tras los políticos hay personas. Y yo, no me causa rubor decirlo, soy un hombre profundamente enamorado de mi mujer que vive con  impotencia el fango que sobre ella esparcen día sí y día también». 

No contento con esta exhibición de cursilería, unos meses después reincidió sin pudor en el género epistolar con una segunda carta a la ciudadanía, otra joya. En ella mencionaba la deriva reaccionaria por la que se habrían despeñado sus rivales políticos, Alberto Nuñez Feijoó y Santiago Abascal, para quebrarlo en el plano político y personal. Usando un eufemismo, Sánchez daba a entender que lo querían tumbar con medios fraudulentos o inmorales. «Lo que no logran en las urnas, pretenden alcanzarlo de manera espuria», decía, y sus palabras lo hermanaban con los caudillos latinoamericanos que denuncian golpes blandos y el lawfare de los jueces corruptos. Ni siquiera el desvelamiento de los casos de corrupción en su partido, ni la evidencia del agitado comercio carnal en el que se le iba su mano derecha, lo bajaron de su rol de víctima. Todo eso no se lo habían hecho su partido y su gobierno a los españoles. Se lo habían hecho a él. El pobre Sánchez era la víctima engañada, el alma en pena que con voz afectada y maquillaje en el rostro comparecía para reafirmar sus ganas de seguir en el poder. 

[...] Tanto Trump como Kirchner, Sánchez o Petro son presidentes víctimas que creen padecer la ignominia de enemigo mil veces más poderoso que ellos. Deep State, lawfare, fake news media, máquina del fango, cada cual construye su fantasma y luego convence a sus votantes de que ese monstruo no va a por él sino a por ellos. A los malos no les interesa que el pueblo progrese ni que tenga derechos, no quieren que la patria recupere su grandeza nacional, odian que las clases populares conquisten lugares de poder. El presidente víctima crea una realidad donde todo encaja: él encarna la virtud y quien lo cuestiona, el vicio. No solo erosiona la idea de una realidad compartida donde hay hechos verificables, sino que la reemplaza con un mundo sensiblero poblado de ángeles y demonios. 

«El lider que se comporta como víctima propone a sus gregarios un pacto efectivo implícito —a veces también explícito—, una identificación mediante la potente palanca del resentimiento. Es la clave de todo populismo», decía Daniele Gigliogli, el filósofo que más ha reflexionado sobre el victimismo contemporáneo, dando otra de las claves que explican el poderoso encanto que tiene entre los gobernantes el papel de víctima: permite odiar con total impunidad. Incluso vender el odio como causa noble, como una cruzada moral purificadora o emancipadora. En España, no estar de acuerdo con algunas políticas o prácticas de Sánchez supone descarrilarse, sucumbir a una deriva reaccionaria, cometer un crimen moral que se paga con el sambenito de la ultraderecha. 

Beatriz Talegón (Con la libertad no se juega) Radiografía del poder y sus nuevas máscaras

INTRODUCCIÓN

CARTA AL CIUDADANO INQUIETO

Si estás leyendo este libro, seguramente hayas llegado a él por estar viviendo circunstancias que no terminan de encajarte respeto a lo que entiendes por «libertad». Puede que tu «radar democrático» te haya alertado o que sientas de fondo una suerte de inquietud, de desasosiego..., la necesidad de encontrar respuestas ante una realidad que cada vez se corresponde con lo que en teoría debería ser. Me parece la reacción lógica y natural de quien trata de vivir de manera consciente y se siente, de algún modo, interpelado desde el compromiso ético. Podemos decir, querido lector, que a pesar de tener quizá diferentes puntos de vista en muchas cuestiones, estamos de acuerdo en que las cosas, en términos generales y en el contexto que nos ha tocado vivir, no discurren en la dirección que desearíamos. Convenimos en que hay asuntos esenciales que necesitan ser analizados, preguntas que debemos hacernos y respuestas que merecen ser construidas de manera conjunta.

Tal vez compartamos la sensación difusa de que el suelo democrático que creíamos inamovible se tambalea bajo nuestros pies. Que la realidad se nos presenta dejando a las palabras sin significado: la libertad parece haberse convertido en un eslogan vacío; la democracia, en una etiqueta comercial, y la verdad, en una mercancía que se vende al mejor postor. 

Te escribo esta carta como bienvenida a una lectura sobre cuestiones que nos inquietan y lo hago con la convicción de que tu inquietud, que es la mía, no es casual ni solitaria. Tengo la certeza de que experimentamos un malestar colectivo, que la sociedad democrática occidental comparte y que podemos denominar de muchas maneras distintas: crisis de confianza institucional, retroceso democrático global, erosión de las libertades civiles... Un malestar que tiene respaldo en los datos. Por eso te comentaba que no es una percepción subjetiva, que no estamos solos y que hay mucha verdad en pensar que algo se desmorona. Si nos asomamos a estudiar los informes que analizan la evolución y las tendencias a nivel mundial, salvando las diferencias metodológicas y sus matices marcados por las «líneas editoriales», podemos afirmar que coinciden en el diagnóstico: se está produciendo un deteriodo continuo de la democracia a nivel global, al tiempo que los sistemas autoritarios se fortalecen.

No resulta sencillo sacar conclusiones, puesto que los datos que se nos presentan son, muchas veces, interesados, y, por ende, sesgados. Se maquillan, se «cocinan» para luego utilizarlos como apoyo a las múltiples teorías existentes. Por eso es importante asomarse sin ánimo de dar nada por sentado. A nuestra inquietud hay que ponerle ciertos márgenes de prudencia. Es importante no caer en la trampa de la polarización [...]


ESPAÑA: ENTRE «TIERRA DE CONQUISTADORES» Y NUEVAS FRONTERAS INVISIBLES

[...] El proyecto europeo no avanzará jamás si esto supone hacer peligrar algún tipo de beneficio para Estados Unidos. Y hasta que eso no lo tengamos claro, seguiremos sometiendo nuestras libertades, nuestra soberanía, bajo cualquier excusa que permita que los mecanismos se impongan de manera «temporalmente perpetua». 

Cada vez es más evidente que, hoy en día, la agricultura, la ganadería y la pesca españolas se ven amenazadas gracias a las políticas que emanan de Bruselas. Es una realidad, no una opinión. Nuestra fuente fundamental de soberanía, que es la productividad del sector primario, está absolutamente sometida y maltratada. Por increíble que pudiera parecernos hace cincuenta años, actualmente es casi imposible comprar unas judías verdes de origen nacional en un supermercado, o unos limones, o un sandía. El sector cárnico, el lácteo, el pesquero no consiguen levantar cabeza. ¿Nos están llevando a donde querían? ¿Quiénes? 

En este punto recomiendo leer a Joan Garcés. Su obra Soberanos e intervenidos nos da las claves para comprender los mecanismos que han hecho posible que estemos donde estamos. Una obra cada más conocida y que merecería ser estudiada en los Institutos de Educación Secundaria. Esos mismos donde la historia reciente se le dedica infinitamente menos atención  que a nuestras cuevas de Atapuerta (con todos mis respetos). Es el constante sinsentido, el que podemos ver si prestamos atención: ante nuestros ojos, en nuestro carro de la compra y en nuestras facturas mensuales.

¿Qué sentido tiene la política de transición ecológica cuando se imponen macroproyectos que destrozan nuestro entorno natural? ¿Cómo es posible que se impulsen este tipo de planes salvajes solo por el puro beneficio de fondos de internaciones, arrasando los campos, los ecosistemas y la vida en los pueblos? Nos pretenden convencer de las bondades de este tipo de energías cuando, en realidad, han supuesto daños al entorno, inversiones particulares que siguen todavía pagando elevadas facturas de luz y de gas, porque la libertad de generar nuestra propia energía no está reconocida materialmente. Otra frontera invisible más. 

Y hablando de fronteras invisibles, a nadie se le escapa que, como en los tiempos de la antigua Roma, convivimos con personas que no tienen los mismos derechos y con otras que tampoco tienen las mismas obligaciones. Resulta evidente que la libertad en estos días depende fundamentalmente de la capacidad económica por encima de leyes, cartas magnas y tratados. Pero es importante que la realidad parezca otra cosa, porque en este juego de espejos en que se ha convertido la libertad, una cosa es la apariencia y otra, la realidad material.

Responder ahora a la pregunta inicial quizá sea más complicado, ¿verdad? Por eso no nos viene mal pensar sobre ella, asomarnos a conocerla y reflexionar si somos lo suficientemente valientes como para defenderla. 

Adrían Ruiz (El mito del humanismo) Historia y crisis de la idea moderna de hombre

XIX. LA RUPTURA

Hemos visto que el humanismo no fue un periodo plenamente antropocéntrico, pues su optimismo antropológico era plenamente dependiente de una metafísica teocéntrica. Sin embargo, ciertos humanistas como Pico della Mirandola acentuaron las contradicciones que latían en esa extraña mezcla de antropocentrismo y teocentrismo típico del periodo. Estas contradicciones terminarían por desencadenar el cambio de paradigma. Desde luego, esa gran ruptura no la llevaron a cabo los humanistas. De hecho, no estaba precisamente en sus planes...

Es común contraponer el humanismo a la Edad Media, apoyándose en los ataques que los humanistas lanzaban contra los escolásticos y la emergencia de una conciencia de separación con respecto al periodo medieval. Frecuentemente, quien así lo hace ve en el humanismo renacentista la lanzadera de la época moderna; y en sus grades figuras, a los heroicos agentes que dieron un portazo en la cara a la apolillada escolástica medieval. Pero ¿es esto un tópico justificado? Vamos a verlo.

En el siglo XIII se condenaron las posturas filosófico-teológicas de ciertos filósofos, Averroes y Aristóteles. La condena nace probablemente de un intento de borrar del mapa lo que se conoce como averroísmo latino, una denominación vaga que encubre posturas variadas. Lo que comúnmente se entiende por ese fantasmagórico nombre es sobre todo la emancipación de la razón con respecto a la fe, es decir, la quiebra de la postura canónica de Agustín y Alselmo, quienes, con sus diferencias, defendieron la primacía de la fe sobre la razón, y el papel auxiliar de esta, que serviría para establecer los contenidos de la fe, pero en ningún caso someterla a crítica. Pedro Abelardo, el gran lógico medieval que vivió entre los siglos XI y XII, y fue admirado por los románticos debido a su historia amorosa con Eloísa, ya defendió algo semejan te. Abelardo sostuvo que la razón era la encargada de investigar si la revelación era tal o no, ya que debía estar sometida a criterios racionales. Como era de esperar en una cultura represiva, Abelardo fue obligado a retractarse y sus posturas fueron consideradas heréticas. 

Si hacemos el esfuerzo de repasar las posturas de los humanistas en relación con estas tenencias medievales, nuestra idea en torno al carácter moderno de los humanistas podrá verse alterada. Por ejemplo, Petrarca, por muchos considerado uno de los abuelos de la época moderna, ataca a los escolásticos, entre ellos a Averroes y Aristóteles. La pregunta relevante es si los ataca y condena por la misma razón que la Iglesia los condenó por herejes. A las puertas de la verdad se llega por sendas sutiles. Los caminos trillados nos conducen, a menudo, de vuelta al tópico. Ahora podríamos atrevernos a invertir los términos: ¿y si, al contrario de lo que suele pensarse, la escolástica es más moderna que el humanismo?

Las preguntas jugosas a menudo esconden sofismas en su interior, como una flor lleva una espina mortal en su seno. La escolástica, como el humanismo, es un fenómeno intelectual y cultural muy variado, que admite posiciones diversas y hasta contradictorias. Dicho esto, no está de más recordar que es en el seno de la escolástica tardomedieval donde se plantea, en la célebre disputa de los universales, que las ideas o esencias pueden no ser sino meros conceptos humanos, palabras convencionales sin referente objetivo alguno. ¿Existen el alma, el bien, Dios, la justicia? Esa es la pregunta que se están planteando estos «bárbaros medievales». 

[...] Los humanistas no son Descartes y mucho menos los ateos de la Ilustración, o los ateos declarados que pululan por el siglo XIX, esos profetas filosóficos de la era del hombre, mucho menos los existencialistas ateos que vio nacer el siglo XX. Los humanistas buscaban la unidad del mundo, el hombre y la divinidad. Pero ¿no son las doctrinas de Pico y Oliva vistas en las páginas anteriores ciertamente contradictorias respecto a esos objetivos? 

El humanismo no es un movimiento completamente unitario, como tampoco lo es el catolicismo de la Contrareforma, por mucho que le pese al espíritu ortodoxo. Por ello, encontramos doctrinas diversas que, si bien tiene puntos en común, como el optimismo antropológico, el ensalzamiento del cuerpo humano y de la razón y el lenguaje, en otros puntos dejan mostrar sus discrepancias. Por ejemplo, si Pico della Mirandola se centra en la libertad para fundamentar la dignidad humana, Marsilio Ficino encuentra ese pilar en el carácter fronterizo del ser humano.

Para Ficino, el alma ocupa un lugar intermedio entre el mundo corpóreo y el incorpóreo, un lugar central por debajo de los ángeles y Dios, por un lado, y por encima de los animales, por otro. Si bien el ser humano no es idéntico a Dios, pues ocupa un lugar inferior en la jerarquía metafísica ideada por Ficino, sí hay cierta afinidad entre ambos. Esta reside en la tendencia del ser humano hacia la verdad, lo que explicaría cierta tendencia innata del alma humana hacia Dios, que se identifica a priori y dogmáticamente con la verdad. De este manera, la posición central que el hombre ocupa en la jerarquía de los seres y su tendencia a la verdad se convierten en las bases de la dignidad humana. 

Más interesante es, todavía, la doctrina de Ficino sobre el alma como unificación del universo. Esta idea la recogerá Pico della Mirandola en su comentario al Génesis, el Heptaplus, publicado en 1489. En él distingue tres mundos: el de los elementos, el celeste y el invisible. El hombre forma parte de un cuarto mundo independiente, pero su papel es unificar esos mundos diversos. Ahí reside su parentesco con Dios, aunque Dios contiene todas las cosas, porque es su causa, y el hombre solo las combina, porque es centro. De nuevo, encontramos en Pico ese máximo de semejanza entre Dios y el ser humano, a la par que el intento de restaurar la unidad del saber y de la realidad quebrada al final de la Edad Media. 

Para defender la dignidad del hombre, Pico rechaza algunas ideas tradicionales. Para legitimar su idea de indeterminación humana, Pico se basa en el Protágoras de Platón y en el mito de la creación. Después de crear todas las criaturas, Dios se dio cuenta de que había repartido todos los dones disponibles entre las criaturas, de modo que ya no quedaba nada para el ser humano. El hombre quedó de algún modo sin lugar en la creación, sin naturaleza, indeterminado. Pero el creador le concedió las semillas de todo tipo de vida. Por esa razón, puede llegar a ser todas las cosas. La tarea del ser humano, para Pico, es llegar a hacerse como Dios.

La novedad de Pico respeto a Ficino es que no asigna al hombre un lugar determinado en la jerarquía de los seres, sino que lo diferencia precisamente por su indeterminación. El texto de Pico es el mayor canto a la libertad escrito en la época. Esta idea revolucionaria rompía con la gran concepción, superviviente más o menos desde la Antigüedad hasta el Renacimiento, de la gran cadena de los seres. Pico rompe la unidad metafísica de la realidad pero, por otro lado, pretende restaurarla con la doctrina del hombre como unidad de los diversos mundos. De nuevo, el periodo renacentista aparece bajo el signo de la contradicción. 

Mark Lilla (Ignorancia y felicidad) Sobre el deseo de no saber

 Angelotes

La mojigatería es la pretensión de inocencia sin inocencia.

Friedrich Schlegel

Todos somos herederos de la perspectiva cristiana, nos guste o no. Quizá no creamos que Jesús era el Cristo y que se sacrificó para que pudiéramos tener vida eterna. Quizá no creamos que el pecado crece en el tuétano de todas las criaturas caídas. Quizá creamos que somos corderos inmaculados o viles serpientes. Sin embargo, seguimos entrelazados, psicológica y culturalmente, en la dinámica malsana del ideal cristiano de inocencia. En ningún aspecto ha sido más evidente que en nuestra forma de pensar sobre la sexualidad de los niños.

A veces nos descubrimos asumiendo que los niños nacen naturalmente puros, con las hojas de sus almas sin mancha de deseo. Los padres y los maestros tienen entonces una tarea clara: debe preservar la ignorancia sexual de los niños hasta que sean adultos. La mayoría de las sociedades adoptan algún tipo de censura para retrasar el conocimiento sexual hasta que se considera que los jóvenes están preparados para afrontarlo, o al menos solían hacerlo, hasta que internet arrancó todos los velos benévolos. Las sociedades cristianas, y ahora las poscristianas, practicaban la expurgación, y permitían la circulación de los libros siempre que se les vaciara de contenidos que pudieran interpretarse, aunque fuera indirectamente, como corruptos. Esta desfiguración tomó nombre en inglés (bowdlerization) de la obra de Harriet Bowdler, una piadosa inglesa que editó The Family Shakespeare, in Which Is Addde to the Original Text, But Those Words and Expressions Are Omitted Which Cannot With Propriety Be Read Aloud in a Family [La edición familiar de Shakespeare, en la que no se ha añadido nada al texto original, pero se omiten aquellas palabras y expresiones que no pueden leerse en voz alta en familia (1818). Uno de los primeros libros expurgados para niños fue una edición francesa del siglo XVII de las obras del dramaturgo romano Terencio, con el delicioso título Comedies of Terence Made Very Decent White Changing Very Little (Comedias de Terencio vueltas muy decentes cambiando muy pocas cosas]. 

Si, por otro lado, suponemos que el alma es asaltada desde una edad temprana por impulso sexuales pecaminosos que constituyen una rebelión contra lo divino, la censura será insuficiente. Los pensamientos y prácticas sexuales rebeldes tendrían que ser combatidos de manera más explícita, ya sea con vergüenza o con castigos. Esa convicción estaba detrás de las campañas cristianas contra una práctica sexual tras otra durante muchos siglos. La masturbación es un buen ejemplo. En el siglo XV, los educadores católicos advertían contra ella, especialmente en las escuelas donde los niños habían comenzado a vivir juntos, aunque en ese momento se consideraba como mucho un pecado venial. A principios del siglo XVII, y particularmente entre los puritanos de Gran Bretaña y Estados Unidos, la masturbación se convirtió en una obsesión cristiana que duró hasta bien entrado el siglo XX. Los manuales pedagógicos y de crianza advertían de los peligros de la histeria y la pérdida de la esencia corporal por la masturbación, y se recomendaba encarecidamente a las madres a alimentar a sus hijos con biberón, darles baños cortos, evitar los abrazos largos e incluso interrumpir las conversaciones que pudieran hacer que los niños, en particular, se encariñasen demasiado con ella. También se fomentaban los juegos al aire libre, aunque a algunos escritores les preocupaba que las organizaciones juveniles pudieran ofrecer ocasiones para la actividad homosexual. En el siglo XIX algunos inventores desarrollaron artilugios grotescos para evitar que los niños se tocaran o tuvieran sueños húmedos mientras dormían. La obsesión era tan grande y estaba tan extendida que en 1894 se consideró razonable en el estado de Kansas que once niños de una institución mental fueran castrados simplemente para evitar que se masturbaran.

A principios del siglo XX, Freud trató de liberarnos de esta dialéctica perversa. Percibía que, en las sociedades occidentales, la ambigüedad sobre los niños —bien idealizados como seres puros e inocentes, bien como depravados y propensos a pecar— impedía que los jóvenes se convirtieran en adultos autónomos con vidas sexuales saludables. Quería eliminar la valencia moral de los impulsos eróticos tempranos, incluidos los que apuntaban al autoplacer, y los retrató en el contexto de un proceso de maduración sexual que se prolongaba toda la vida y requería la integración de impulsos y experiencias. Si la infancia va bien, razonaba, hay muchas posibilidades de que la vida sexual del adulto también vaya bien. El objetivo de Freud era la madurez, no la liberación de la libido.  Sin embargo, como sabemos, ese no fue el mensaje que los lectores e incluso algunos de los colaboradores de Freud (como Wilhelm Reich)) eligieron escuchar, y, en la revolución de las costumbres sexuales que comenzó hace medio siglo, la exploración sexual libre pasó de considerarse una etapa temprana en el desarrollo infantil a ser un ideal de vida para muchos adultos, con el resultado de que la búsqueda de una segunda inocencia para los padres terminó robando a muchos niños la primera. 

La intrusión de imágenes de niños sexualizados en la cultura popular de este periodo es un buen ejemplo. Con el pretexto de la apertura de miras, pero en busca de excitación, en la década de 1970 Hollywood comenzó a hacer películas donde actrices infantiles interpretaban a prostitutas, con un realismo impactante. La sexualización flagrante de las niñas en la publicidad se hizo omnipresente, mostrando a niñas preadolescentes en vallas publicitarias y anuncios de revistas con vaqueros ajustados, en toples, con las manos cubriendo sus pechos a medio desarrollar, con maquillaje y el pelo recién secado, mientras miraban a la cámara con aire de complicidad. «Nada se interpone entre mis Calvin Klein y yo». Lejos de Madison Avenue, en partes de Estados Unidos donde cabría esperar más resistencia a estas tendencias, se empezaron a organizar concursos de belleza en lo que niñas menores de diez años se transformaban en seductoras en miniatura, que cantaban canciones un tanto subidas de tono y hacían sugerentes movimientos de baile en las competiciones. El listón de la indecencia fue bajando, al igual que la responsabilidad de los padres. Una antigua Miss Vermont Junior Queen, cuando un escritor le reprochó que llevara s u hija a concursos, ofreció esta memorable respuesta: «¿La maquillo? Sí. Pero no creo que me exceda con una niña de cinco años». 

Algunos de esos tabúes se han restablecido, afortunadamente, aunque en el lenguaje del consentimiento individual en vez  de en el decreto divino. Ya no está permitido, al menos en Estados Unidos, mostrar a niños desnudos sexualmente sugestivos en películas o incluso en la fotografía artística. La pedofilia se ha convertido en una preocupación nacional, y las vidas de los condenados por ella se han convertido en prisiones incluso después de haber cumplido su sentencia. Si acaso, los padres estadounidenses tienen ahora miedos exagerados sobre los peligros sexuales a los que se enfrentan sus corderitos fuera de casa. Sin embargo —esa es nuestra doble moral sobre el conocimiento sexual— están mucho menos atentos a las amenazas dentro del hogar. Los padres que llevan a sus hijos a una escuelas cercana por si acaso y exigen que el centro permita los teléfonos móviles por si acaso también les proporcionan conexiones irrestrictas a internet que les dan acceso a páginas pornográficas donde los niños pueden ver abusos sexuales sádicos a las mujeres, y las adolescentes puedan publicar imágenes provocativas de sí mismas al alcance de cualquier pedófilo. Salvar a los niños, en efecto. 

Lilla, Mark (La mente naufragada) Reacción política y nostalgia...
Lilla, Mark (Pensadores temerarios) Los intelectuales en la política
Lilla, Mark (El regreso liberal) Más allá de la política de identidad

José Javier Esparza (Reiniciar España) De la farsa del globalismo a la revuelta de las naciones

 LA GRAN RUPTURA

Aquí precisamente es donde ha venido el gran cambio. Uno de los rasgos mayores de nuestro tiempo es que eso que se llamaba <<derecha>>, es decir, la estructura de poder que buscaba conservarse y perpetuarse, ha roto por completo con la derecha de las ideas, vale decir con los principios y valores de todos aquellos que iban tratando de poner límites al desbordamiento del río de la modernidad. Hoy la derecha de intereses se encuentra sumamente cómoda en el fragor del río, lo cual, por otra parte, ha hecho que los grandes partidos clásicos de la derecha occidental hayan dejado de ser de «derechas» desde el punto de vista de las ideas. Basta pensar en la posición de los viejos partidos conservadores o liberales europeos sobre cuestiones como la ideología de género, la inmigración, el aborto, las políticas agrarias, etcétera: esos partidos siguen ocupando la derecha del mapa, pero sus posiciones habrían horrorizado a sus abuelos.

Seguramente el proceso empezó en los años sesenta del siglo XX —pongamos en las tópicas revueltas de 1968—, cuando se fue construyendo una mentalidad que hacía compatible la protección de la estructura económica capitalista con la introducción de elementos ideológicos que veían abanderados por la izquierda. Ya hemos visto cómo la izquierda occidental, aburguesada y obesa, dejó poco a poco de ser una fuerza de clase (obrera) para convertirse en una plataforma de reivindicaciones individuales. Al mercado, por su parte, le resultaba mucho más rentable una sociedad individualista (porque favorecía el consumo) que una sociedad comunitaria tradicional. Así se firmaron las nupcias del orden capitalista con las efusiones emocionales de una izquierda que ya había dejado de representar un peligro para él. Al revés, a partir de ahora sería el poder económico el que abanderaría las «nuevas ideas». Si la izquierda ya había conquistado de facto el poder cultural, ahora ponía su bandera en la fachada de palacio. La izquierda seguía diciéndose «izquierda», aunque fuera extremadamente burguesa, pero la derecha ahora quería decirse «centro». Estaba claro quién había ganado.

[...] Hay que insistir en la evolución ideológica del capitalismo porque en el imaginario popular permaneces vivo el tópico que identifica sistema capitalista con derechas, pero hace tiempo que no es así. Recordemos el análisis de Daniel Bell: el orden capitalista descansa sobre una poderosa contradicción cultural porque, para su despliegue, necesita sociedades edificadas sobre valores de esfuerzo, ahorro, entrega y sacrificio, es decir, sociedades de corte tradicional, pero el propio capitalismo hace que las sociedades empiecen a pivotar sobre valores de consumo y hedonismo, es decir, los valores contrarios, de manera que el sistema económico —pensaba Bell— iba a entrar en violenta contradicción con el sistema cultural. Lo que no se le ocurrió a Bell es que el capitalismo pudiera generar sus propio sistema cultural, y aquí es precisamente donde estamos hoy, al menos en el espacio de Occidente. 

El factor clave, como hemos visto páginas atrás, ha sido la transformación del propio capitalismo, que ya no se define tanto por el producto como por el dinero, ya no tanto por lo industrial como por lo financiero. Esta transformación implica cambios radicales, por un parte, en el orden político, porque las naciones se convierten en obstáculos para el despliegue del nuevo poder, y por otra, en el orden social, porque los viejos valores y las viejas estructuras (familiares, comunitarias, etc) son incompatibles con una atmósfera que exige la apoteosis de lo individual. El capitalismo financiero del siglo XXI requiere una sociedad de individuos aislados en un mundo donde los lazos de carácter comunitario o nacional, se han hecho extremadamente frágiles. Y ese mundo, a su vez, encaja a la perfección con el perfil ideológico creado por la izquierda posmoderna, con su repertorio de nuevos derechos, nuevas víctimas, nuevos credos y nuevas histerias, todo ello en pos de la extrema emancipación individual. El universo ideológico del globalismo no es sino el sistema cultural creado por el capitalismo del siglo XXI. Por eso el poder, hoy, se encuentra mucho más cómodo con la nueva izquierda que con la vieja derecha.

Aquí es cuando puede decirse que la derecha traicionó a la nación, del mismo modo que, de manera prácticamente simultánea, la izquierda estaba traicionando al pueblo. Surfeando la ola de la globalización, entregados completamente a los nuevos ámbitos del poder, todos los partidos de la derecha emprendieron un rápido proceso de desnacionalización, de abandono del propio espacio nacional, en beneficio de instancias «europeas», «atlánticas», etc. Es verdad que el gran proceso de entrega masiva de la soberanía fue consensuado por la derecha y la izquierda, pero afectó especialmente al espectro electoral de la derecha, tradicionalmente vinculado al espacio nacional y al patriotismo, y que ahora tenía que resignarse a flotar en realidades conceptuales que le eran profundamente ajenas.

Todo esto ha dejado objetivamente desamparados al votante tradicional de derecha, que ya no tiene trinchera donde defenderse. ¿Volvemos a Pareto? Si el instinto dominante en la izquierda es el resentimiento (y, en su lado positivo, el deseo de justicia), el instinto dominante en la derecha es el sentido de conservación y el orden (y en su lado negativo, el egoísmo). La mentalidad de derecha cree, como Goethe, que la injusticia es preferible al desorden, porque una injusticia puede enmendarse con orden, pero del desorden sólo puede salir injusticia. El orden, por definición, implica jerarquía y autoridad, y por eso la mentalidad de derecha tiende a buscar refugio en las instituciones, es decir, en el poder instituido. En nuestras sociedades, desde hace siglos, esas instituciones son la Corona, la Iglesia, el ejército y también, en el mundo moderno, el poder económico, agentes todos ellos naturalmente interesados en conservar el statu quo. Ahora bien, el mundo globalizado ha hecho que gire en sentido del poder, ya no se identifica con el espacio nacional, sino que se ha transnacionalizado, es decir, se ha apartado de la comunidad política y ha puesto sus ojos en el mercado mundial. El poder económico busca su horizonte en el mercado mundial, la Iglesia juega a ser algo así como el brazo moral del mundo globalizado, los ejércitos atienden a las órdenes de instancias supranacionales, la corona (vale decir los Estados) buscan instintivamente mimetizarse con el nuevo escenario para sobrevivir... En este sentido, las instituciones ya no son generadores de orden, sino de desorden. Eso es algo que se percibe con claridad en los discursos de sus líderes, cada vez más inanes. ¿Alguien podría decir en qué cree exactamente esta gente? La derecha ha desarrollado su propia forma de nihilismo.

La mentalidad de derecha, en consecuencia, queda huérfana: puede seguir cerrando los ojos y refugiándose en las cómodas certidumbres del mundo que se fue, pero el hecho es que ya no vendrá ningún rey, ni un obispo, ni un general ni un banquero a «salvar la civilización», por utilizar la célebre fórmula de Spengler. Aún peor: lo que estamos viendo es que todas esas cosas, que un día garantizaron la continuidad, la conservación, hoy son agentes de disolución. Por eso es tan patético contemplar a esas masas de derecha aplaudiendo como redentores a políticos, que, en realidad, les están administrado la extrema unción.

Esparza, José Javier (Los ocho pecados capitales del arte...)

Peter Neumann (El largo siglo de las utopías) De Nietzsche a Susan Sontag

Locarno, 1917
Afán de libertad
Ernst Bloch y Max Weber
proclaman la república.

Ese verano de 1914 Max Weber intuía ya el inicio de la guerra. En su opinión, era solo una cuestión de tiempo hasta que estallasen las tensiones que se habían acumulado desde el atentado contra el heredero austriaco el 28 de junio. Y ahora la guerra ya estaba ahí.

Desde hacía mese Weber observaba con preocupación cómo Alemania se iba adentrando, más y más, en un conflicto en el que militarmente solo podía perder. Los imperios entre los que se encontraba aplastada eran demasiado poderosos. Y aunque había esperado hasta el último momento que la guerra pudiese evitarse, ahora no quedaba más remedio que afrontarla, aunque con ello, por el momento, parezca inalcanzable un proyecto de democratización interna en el país.

Y, pese a todo, también él, Weber, preferiría ir a la batalla. Adornado con flores, despedido por mujeres y niños. En las primeras horas de la guerra, sintió lo grande y maravilloso que era el destino al que el país se enfrentaba en ese momento histórico. Por fin, había llegado la hora de decidir. Católicos o protestantes, conservadores o socialistas, monárquicos o democráticos: no importa cuál fuera la ideología, lo único que importaba ahora era el bien común.

Pero, ahora, también se da cuenta de que no es nada fácil convertirse en soldado. Los cuarteles están abarrotados de voluntarios. Y él, a sus cincuenta años, al parecer, es demasiado viejo para que lo acepten junto a aquellos que quieren defender su patria. Le molesta profundamente, casi araña su honor, que solo se le haya confiado la supervisión del lazareto de Heidelberg. Mientras el mundo entero se ve atenazado por un sentimiento oscuro y opresivo, él debe contentarse con servir como teniente en la reserva.

Hay una tradición que Weber quiere mantener, incluso en estos días de guerra que nunca se olvidarán: las reuniones semanales con amigos, colegas y estudiantes, a los que desde hace años invita todos los domingos a las cinco de la tarde a Villa Fallenstein. Frente a la casa discurre, reluciente, el río Neckar; detrás, se extiende el exuberante jardín en el que los árboles centenarios abrazan con sus brazos imponentes la propiedad.

No hay nada que no se discuta y debata en su casa. El ambiente es liberal, ninguna palabra puede ser silenciada. Al círculo pertenecen buenos amigos como Karl Jaspers, discípulos como el crítico literario húngaro Georg Lukács, pero también compañeros, como Friedrich Gundolf, muy cercano a Stefan George y para quien que no cabe exageración cuando se habla de los grandes genios de la historia, de las personas inspiradas por el universo, de los sujetos heroicos como Goethe, Hölderlin, Napoleón, Nietzsche y, por supuesto, Stefan George. Incluso a quienes venían de lejos, como Georg Simmel, el sociólogo de la metrópolis que residía en Berlín, no los amilanaba el largo viaje al sur si se trataba de participar en la tertulia dominical de Weber.

Heideberg ya no es aquel lugar soporífero sobre el que se escuchaba alatear el espíritu de los antepasados. Max Weber ha convertido la ciudad en el baluarte de la sociología moderna, una nueva disciplina que trata de explicar las causas y los efectos del comportamiento social. En un mundo completamente racionalizado, la filosofía y las historias sobre un Welgeist preso de la angustia ya no sirven de orientación. La sociología, capaz de diseccionar con mayor precisión la sociedad de la burocracia y del capital con sus herramientas, debe ocupar su lugar.

[...] Max Weber, como el reconocido y prestigioso que es, observa con atención los acontecimientos políticos. Y es enormemente crítico con el káiser. La arrogancia de Guillermo II le repugna. No falta mucho —de eso está seguro— para que Alemania se pregunte si quiere soportar esta sometida un día más a la autoridad de ese mequetrefe o prefiere reformar el sistema electoral prusiano de tres clases e iniciar el camino hacia una democracia parlamentaria. Es insoportable.

Weber se enteró de que los alemanes habían invadido Bélgica. Y también de hechos criminales de los que la historia no había sido testigo ni en sus momentos más sangrientos. Durante todo el mes de agosto el ejército alemán había desatado su ira sobre la población, asolado ciudades, incendiado la biblioteca de la Universidad de Lovaina. Ira, impotencia, vergüenza. Todo al mismo tiempo. Ahora es necesario tomar partido. Muy pronto ser alemán significará no tener patria ni, por supuesto, dignidad, sino únicamente tener una lista en la que figurarán los crímenes de los soldados alemanes. Por ese motivo, Weber se negaba a incluir su firma en el manifiesto «Aufruf auf die Kulturwelt!» [Llamamiento al mundo de la cultura],  que apareció el día 4 de octubre de 1914 en los principales periódicos de Alemania, y que destilaba únicamente sentimentalismo patriótico.

Aunque siente un profundo amor por su patria, lo que ha sucedido en Bélgica no tiene nada que ver con el país con el que lo une un vínculo tan cercano. Los promotores de esta carta abierta cuestionan los reproches que los pacifistas hacen a Alemania. Según ellos, no es cierto que el país sea responsable del conflicto. No es verdad que Alemania haya violado la posición neutral de Bélgica —Francia e Inglaterra habrían hecho lo mismo si Alemania no se hubiera anticipado—. Ningún soldado alemán ha tocado la vida o la propiedad de un solo belga, a no ser que haya sido en defensa propia. Y, por cierto, la lucha contra la nación alemana es en gran medida una lucha contra la cultura alemana. 

«Creednos, creed que lucharemos hasta el final y lo haremos como una nación cultural, para que el legado de un Goethe, de un Beethoven, de un Kant es tan sagrado como su ganado y su tierra»: así termina el panfleto que han firmado noventa y tres científicos, artistas y escritores, entre ellos nombres tan notables como el nobel de literatura Gerhart Hauptmann, el director del Festival de Bayreuth Siegfried Wagner, el biólogo Ernst Haeckel y el físico Max Planck. Las mejores cabezas de Alemania. Y él, Weber, ¿debe ser condenado a supervisar los hospitales y apoyar así, esta guerra un día más? 

Neumann, Peter (La república de los espíritus libres) 

Carlos Fernández Liria (Contra la Ilustración oscura) ) Marx y Nietzsche frente al transhumanismo aceleracionista

EL ÚLTIMO HOMBRE

Por un instante, se ha superado el nihilismo. Si todo está permitido, la vida puede convertirse en un juego. Hemos recuperado la infancia, el juego y la jovialidad. Ha sido un relámpago, aunque aún no se ha oído el trueno. Se vislumbra ahora en el horizonte lo que podría ser el ser humano, más allá de su esencia nihilista.

Sin embargo, lo que se avecina es todo lo contrario, el momento más abyecto y miserable de toda la historia de la humanidad, el único tipo de ser humano que puede ser aún peor que un cristiano, que un cristiano protestante, que un cristiano alemán. Llega el tiempo del «último hombre».

El «último hombre» somos nosotros. Nosotros somos el enemigo, como vimos que afirmaba el Manifiesto de Marc Andreessen. Un tipo de hombre del que Nietzsche se sabe ya fatalmente contemporáneo y del que hará un vivo retrato que luego vendrá a encajar a la perfección con el protagonista del siglo XX. Aquí hay que detenerse con paciencia, porque es ahora cuando se juega toda la esencia del problema, toda su dificultad y, también, todo lo que podría hacer que Nietzsche y Marx se encontrarán y, al mismo tiempo, se alejaran hasta las antípodas. Porque no cabe duda de que Nietzsche se enfrenta aquí al impactante espectáculo de una humanidad proletarizada, de un mundo en que «todo lo sólido se ha disuelto en el aire», un mundo protagonizado por una «nada social», sin densidad antropológica de ningún tipo. 

«¡Ay, llega el momento del último hombre, el hombre que ya no dará a luz ninguna estrella!»  «El hombre más despreciable, que no será capaz siquiera de despreciarse a sí mismo», así se lamenta Zaratustra. ¿Qué ha ocurrido? ¿No estábamos jugando con al muerte de Dios? Pero el hombre superior, el escéptico, se ha cansado de jugar, el juego ha comenzado a resultar aburrido.

[...] Pero, como Dios ha muerto, somos ateos. Y lo somos a la fuerza, porque nuestro calendario ya no está jalonado por esas fiestas religiosas que, como decíamos, en honor de otra vida, nos alegraban bastante en esta. El proletariado global ya no tiene religión, tiene, en todo caso, sectas. Ya no tiene patria, tiene, en todo caso, el orgullo de ser piscis o sagitario. Ya no somos propiamente franceses, rusos, italianos o persas, pero nos queda el consuelo de que al menos no somos géminis y no tenemos un ascendente en cáncer. El último hombre, al contrario que el escéptico, «ya no dará a luz ninguna estrella», ya no inventará ningún dios. Ya no hay ni tiempo ni ganas para jugar.

El profundo abismo de nihilismo en el que se ha precipitado el último hombre puede resumirse así: «Si antes valía la pena vivir por y para otra vida, ahora hay que vivir por y para nada». El último hombre se arrastra por la vida, y si no muere es, nos dice Nietzsche, porque «hasta morir le cansa». Es una terrible constatación: si el último hombre no se suicida es porque eso sería un acto demasiado vital, y está demasiado cansado para eso. El filósofo Emil Cioran, en su libro Brevario de podredumbre, hizo un buen retrato de nuestro protagonista. «La vida es un estado de no suicidio», nos decía. Cuando uno mira a su alrededor y contempla la vida de sus vecinos, de sus amigo o conocidos, continua diciendo, la pregunta que invariablemente te asalta es... pero «¿cómo es que no se matan?». ¿Como soportan sobrellevar semejante vida? «¡Es tan fácil imaginar el suicidio de los otros!». 

¿No ocurre a menudo? Ves al vecino y no entiendes cómo puede soportar su vida, cómo es que no se mata. En mis clases solía ilustrar este asunto con una anécdota personal que, sin embargo, puede resultar ahora ilustrativa. Volvía con un amigo hacia Madrid, cruzando La Mancha a las dos de la madrugada. Veníamos de unos agotadores días en Granada, donde llevábamos no sé cuántos días empalmando fiestas y orgías que por nuestra edad aún éramos capaces de sobrellevar. Vimos una luz en la carretera y nos detuvimos en un bar que sorprendentemente aún permanecía abierto. Entramos y nos encontramos a un muchacho de nuestra edad que barría el local y se disponía a cerrar. Le preguntamos que si aún podía atendernos para hacernos unos bocadillos y asintió con gran generosidad. Estuvimos charlando con él, mientras consumíamos unas cervezas. Cuando le pagamos, vimos que metía el dinero en la caja registradora. «¿Por qué lo haces? Aquí no hay nadie, nadie puede saber que hemos estado aquí, por qué no te quedas ese dinero?», le preguntamos con curiosidad. Nos respondió: «Es que mi jefe es muy buena persona». «¿Sí? ¿Cuántas horas trabajas al día, porque ya es muy tarde». Nos respondió que a veces trabajaba más de doce horas seguidas. Le preguntamos si libraba los fines de semana y nos respondió que por supuesto que no, que los fines de semana era cuando más trabajo había que atender. «Pero libro los martes —nos dijo—, y entonces me despendolo». Ese fue exactamente el término: «me despendolo». ¿Te despelotas un martes en este pueblo perdido de La Mancha? ¿Te haces una paja con una película porno? ¿«Cómo te «despelotas»? Nos quedamos con la intriga de cómo podía un martes lograr semejante proeza. Recuerdo que, al entrar en el coche, me vino a los labios la frase de Cioran: «pero ¿cómo es que no se mata?» ¡Eran los años ochenta! El mundo estaba lleno de yonquis, muchos de ellos habían contraído el sida, la gente compartía las jeringuillas y se contagiaban la hepatitis y mil otras enfermedades, hasta que reventaban de sobredosis o envenenados. Había mil maneras de suicidarse, unas más agradables que otras. Muchos lo hicieron; fue una verdadera matanza.

Sin embargo, en cierto sentido, llama más aún la atención que tanta gente perseverara en arrastrar una vida de mierda. Nietzsche ya había adelantando una respuesta: al último hombre, «hasta morir le cansa». Es posible arrastrar una vida por y para nada. Es la culminación del nihilismo. Justo cuando se ha proclamado la muerte de Dios, ha advenido a este mundo la especie de hombre más abyecta: el ateo, el único que podía ser aún peor que un cristiano protestante.

Ese nuevo tipo humano ya poblaba el mundo en tiempos de Nietzsche y será en adelante la norma en el siglo XX y, en versiones pintorescas, en el XXI. El proletariado y la burguesía mundiales comparten la misma esencia nihilista en un mundo desencantado, en el que la única vida que palpita es la del corazón del mercado. Una inmensa fábrica mundial y un interminable centro comercial. El metabolismo del sistema económico tiene sus propias necesidades internas que necesitan ya de todas las energías humanas. Incluso cuando jugamos en la pantalla del móvil trabajamos, aportamos los datos de nuestra atención para el imperio digital. El hombre basura habita una sociedad basura que respira a través de un mercado basura. Ya no hay nada sagrado, nada respetable; ya no hay ninguna estrella. Nada se ha resistido al imperio del mercado. Los negocios han fagocitado todos los rincones, incluso los más sagrados y recónditos. La lógica del mercado ha impregnado el tiempo y el espacio por entero. Y, por supuesto, todo lo que en otro tiempo fue colocado en el más allá de un mundo más verdadero y sagrado. Incluso los principios morales. Ahora, las éticas de empresa se encargan de calcular cómo cotizan en el mercado los principios éticos, aconsejando a las corporaciones económicas adherirse a Kant o a Aristóteles, implantar un código moral de corte utilitarista o basado en el deber o la tolerancia o, por qué no, quizá mejor en la autoestima y la capacidad de liderazgo.

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