¿MENOSPRECIO HACIA LOS SERES HUMANOS CORRIENTES?
Raymond Boudon afirma que los intelectuales se sienten atraídos por la idea según la cual el ser humano ordinario es víctima de lo que se ha dado en llamar la «falsa conciencia»: desea cosas malas, no es libre ni autónomo en realidad. Eso magnifica su papel y su estatus: los intelectuales, por oposición a los seres humanos corrientes, han salido de la caverna. Boudon menciona numerosas corrientes de pensamiento que han seducido a los intelectuales debido a esta idea: el psicoanálisis (el sujeto es la marioneta del inconsciente que amaga sus artimañas); el marxismo (el individuo está siendo manipulado por la ideología burguesa); el nietzcheanismo (el resentimiento y el afán de poder son quienes mueven al ser humano, aunque no sea consciente de ello); los estructuralistas (el lenguaje, los sistemas sensoriales, organizan y limitan el pensamiento); la criminología (la delincuencia, como fruto de los determinismos sociales más que de la responsabilidad individual). Roger Scruton observa que la vida cotidiana de los ciudadanos está en gran medida ausente de los textos de los intelectuales de izquierda de la segunda mitad del siglo XX, debido a que se contentaban con representar a los individuos como abstracciones atravesadas por fuerzas terminadas en «ismo». En la actualidad, el neofeminismo sostiene que las mujeres, atravesadas (sin saberlo) por fuerzas patriarcales, eligen mal los sectores profesionales en los que invierten su energía; la sociología difunde la idea de que los miembros de determinadas minorías, afectados por heridas psicológicas derivadas del «racismo sistémico», han interiorizado su inferioridad y no son por tanto directamente responsables de su destino individual. Como consecuencia del éxito de todas estas teorías, las ciencias sociales se alinean en contra del ser humano ordinario: deben reeducarlo, enseñarle a ser feliz, a hacer un buen uso de su libertad, a zafarse de las fuerzas que lo condicionan y le ofrecen la ilusión de ser un sujeto autónomo. No pueden valorar al ser humano normal y corriente tal como es, sino que fantasean con la idea de lo que debería ser. Boudon advierte que «las ciencias sociales han acabado siendo consideradas [...] como si persiguieran un objetivo primordial: sacar a la luz y denunciar los extravíos del sentido común». El sentido común se convierte así en un pensamiento erróneo que el intelectual debe corregir. De acuerdo con ese punto de vista, cabría cuestionarse si «el abandono» de las clases populares por parte de la izquierda no era inevitable: los intelectuales versados en las ciencias sociales no pueden sentirse satisfechos limitándose a promover las políticas públicas deseadas por dichas clases; sienten la necesidad de enseñarles qué es lo que realmente quieren, o lo que deberían querer si no estuvieran sometidas a un lavado de cerebro (con ideología burguesa o, por decirlo de forma más prosaica, por las cadenas de información ininterrumpidas). En otras palabras, el intelectual que suscribe una de las teorías de la falsa conciencia no puede estar de acuerdo con el ser humano ordinario, a menos que admita que a él mismo también le han lavado el cerebro.
De hecho, numerosos intelectuales y dirigentes comunistas o de izquierda ocultaron su desprecio por los obreros a los que decían representar. Che Guevara dijo por ejemplo: «El grupo de vanguardia [los intelectuales marxistas] está ideológicamente más avanzado que la masa. Las masas solo ven las cosas a medias, y se las deben incitar [a conducirse de manera correcta] y someter a presiones. La dictadura debe ejercerse sobre la clase derrotada, pero también sobre cada individuo de la clase victoriosa». En 1867, Engels, enfurecido al ver que los obreros de las fábricas no votaban mayoritariamente a la izquierda, escribí a Marx: Una vez más, el proletariado inglés es una causa de deshonra». Un siglo después, el dirigente comunista húngaro János Kádár declaraba ante el parlamento: «La tarea de los dirigentes no es ejecutar la voluntad y los deseos de las masas, sino realizar lo que va en interés de las masas. ¿Por qué diferenciar entre la voluntad y el interés de las masas? Porque en el pasado hemos visto que algunos obreros actúan contra sus propios intereses». En cuanto a Simone de Beauvoir, juzgaba «necesaria» la prohibición de la prensa de oposición en China, puesto que le parecía que el pluralismo ideológico podía causar confusión en el seno del pueblo, demasiado estúpido como para demostrar capacidad de discernimiento: «Presentar al público tesis contradictorias, cuando no cuenta con la base necesaria como para poder juzgar por sí mismos, es sumirlos en la confusión». Y añadía: «Solo el conocimiento "dirigido" es capaz de disipar las tinieblas». (Dirigido por quién? Únicamente por las personas capaces de «disipar las tinieblas», es decir, aquellas que contaban con la aprobación de Beauvoir desde el punto de vista ideológico: por ejemplo Fidel Castro, Mao Zedong o Iósif Stalin). Años antes, el socialista George Bernard Shaw describía a sus contemporáneos como gente «detestable», cuya «aniquilación esperaba con impaciencia». Confesaba: «Me desespero al no tener la reconfortante certeza de que todos van a morir». George Orwell relata con ironía su «sentimiento de horror» cuando asistió por primera vez a una reunión del Partido Laborista en los años treinta y se encontró con algunos de sus miembros, «unas pequeñas criaturas mezquinas». Cada uno de ellos, escribió, «hacía gala de los peores estigmas de la altanería de la clase media. Si un verdadero obrero, por ejemplo, un minero todavía cubierto por la suciedad de la mina, se hubiera presentado ante ellos, se habrían sentido avergonzados, enfurecidos y asqueados; creo que algunos incluso se habrían escabullido tapándose la nariz». (Asimismo, cabe recordar que Rousseau comparaba a las masas con «enfermos estúpidos sin valentía que tiemblan ante el médico —a buen seguro los médicos eran intelectuales reformadores como él—, o que el filósofo progresista William Godwin reprochara a los campesinos tener «la insensibilidad de una ostra»).
De acuerdo con Boudon, el éxito de las diversas teorías de la falsa consciencia explica por qué los intelectualistas no les gusta el liberalismo. Eso se debería, en efecto, a que la filosofía liberal se basa en el concepto de que los individuos son adultos autónomos y responsables, cuyas elecciones y anhelos poseen una legitimidad intrínseca. Desde este punto de vista, no hay ninguna razón para destruir a un adulto de su libertad de elección, y ponerla en manos de otro adulto. Por el contrario, si se considera que los ciudadanos están ciegos, agazapados en la oscuridad de la caverna, y que una élite iluminada tiene acceso a un conocimiento ininteligible para el común de los mortales, resulta lógico desear que dicha élite imponga sus normas al conjunto de la población. Aquellos que saben qué es lo que constituye una buena vida deben llevar de la mano a quienes no lo saben, tratarles maternalmente, salvarles del mal uso de su libertad. De ese modo se puede comprender además la hostilidad de los intelectuales hacia los mecanismos del mercado, que incitan a las empresas a producir los bienes y los servicios que agradan a los ciudadanos (es decir, aquellos por los que están dispuestos a gastar su dinero). En una economía de mercado, la evolución de la sociedad es en gran parte el resultado de las preferencias de las masas, y no de la élite. Cuando un intelectual afirma que un sector económico debe protegerse del mercado y ser regido por un sistema de subvenciones (o dominado por un monopolio público), tal vez esté expresando su desconfianza hacia los gustos del ciudadano ordinario, al que pretende obligar a financiar las inclinaciones de la intelligentsia.
Si forzamos la lógica de la falsa conciencia hasta sus últimas consecuencias, puede comprenderse de otro modo la tiranofilia de los intelectuales. Así pues, más que poner en entredicho el liberalismo, la «sospecha de principio» contra el sentido común, afirma Boudon, «desemboca inevitablemente en el cuestionamiento de la democracia».





