LOS ALBORES DE LA MECANOLATRÍA
Este sueño de mecanizar a las personas antropizando las máquinas parece haberse originado a comienzos del siglo XIX, en respuesta a la aparición de dispositivos de cálculo cada vez más sofisticados. Dado que esas máquinas producían resultados intelectuales en lugar de meramente físicos, podían verse como pensadores independientes. Pero sigue siendo notable la rapidez y la facilidad con las que cuajó esta dramática concepción de su estatus hasta llegar a ser un mito influyente. Por ejemplo, en 1847, el editor de The Primitive Expounder, R. Thornton, respondía de este modo a la reciente invención de una calculadora de cuatro funciones:
[...] semejantes máquinas, mediante las cuales, girando una manivela, el estudiante puede calcular la solución de un problema sin la fatiga de la aplicación mental, causarían un daño incalculable con su introducción en las escuelas. Pero ¿quién sabe si, cuando esas máquinas se perfeccionen, no pensarán en un plan para remediar sus propios defectos y entonces producirán ideas que excedan la comprensión de la mente mortal?
Vemos aquí ya dos de las numerosas respuestas desconectadas con las que se acogían constantemente esas invenciones: primero, el temor a que socaven las habilidades existentes, y luego la esperanza de que traigan nuevas capacidades ilimitadas para reemplazarlas. Esta segunda propuesta marca la aparición del nuevo mito potente. El autor ya está viendo aquí esos objetos no como nuevas herramientas para el uso humano, sino como nuevos aliados o consejeros, nuevas fuentes de poder, pensadores originales capaces de superar y salvar a las personas que los inventan. De hecho, ya está tratando a esas criaturas como sobrehumanas, pues asume que pueden «remediar sus propios defectos», algo que los humanos notoriamente no podemos hacer. La atribución a nuestros sucesores desconocidos del poder crucial de autocorrección supone sin duda un extraordinario arrebato de confianza.
Y así fue como, justo a mediados del siglo XIX, en el momento mismo en que los británicos instruidos se felicitaban por librarse de la superstición porque estaban empezando a perder su confianza en Dios, empezó a aparecer un nuevo conjunto de seres sobrenaturales, máquinas conscientes, que serían capaces de reemplazar a ese Dios y a la propia Naturaleza como los nuevos sustitutos de la teología. Algo de ello se expresa en la novela Erewhon de Samuel Butler, en la que este, argumentando que las predicciones relativas a las máquinas conscientes son plausible, escribe:
No hay seguridad [...] de que no se produzca el desarrollo final de la consciencia mecánica por el hecho de que ahora las máquinas tengan poca consciencia. Un molusco no tiene mucha consciencia. Piense en el extraordinario avance que han hecho las máquinas durante los últimos siglos, y observe lo lentamente que avanzan los reinos animal y vegetal. Las máquinas más organizadas no son criaturas de ayer, sino de hace cinco minutos, por decirlo así, en comparación con el pasado.
¿Por qué Butler parecía dar por sentado no solo que las máquinas son criaturas vivientes avanzadas, sino también que forman una de las especies que supuestamente compiten en la actual carrera darwiniana —o más bien spenceriana— por la supervivencia de los más aptos? ¿Acaso no es esto un tanto supersticioso? ¿Y por qué escribía —sin mencionar siquiera a los cambios en el comportamiento humano que producen en realidad estas máquinas— como si esta nueva tribu mecánica estuviera impulsada, al igual que sus competidores, totalmente por su propia fuerza evolutiva interna? ¿Acaso pretendía Butler que su desatención a las causas sociales presentes en la vida humana —causas que habían producido toda la Revolución Industrial— fuese tragada sin más como una verdad literal?
LAS MÁQUINAS SE HACEB CON EL CONTROL
Butler bien pudo no pretender tal cosa. En general, Erewhon dista tanto de ser literal, es tan sutilmente irónica y satírica, lanza fechas desde tantas direcciones diferentes a la visión darwinista, que hemos de interpretarla por nuestra cuenta. Muchos lectores, sin embargo, se han tragado entera esta idea. Entre ellos figura nada menos que un personaje de la talla de Alan Turing, quien escribió en 1951 (en un artículo titulado «Máquinas inteligentes, una teoría herética»: »Una vez iniciado el método de pensamiento de las máquinas, no se tardará mucho en sobrepasar nuestras débiles facultades [...]. Por consiguiente, en alguna fase deberíamos esperar que las máquinas se hicieran con el control, a la manera en que se menciona en el Erewhon de Samuel Butler.
Este es el mito. pero ¿cómo se espera que estos seres empiecen a hacerse con el control? ¿Cómo se espera que den el salto desde el éxito en unos cuantos acertijos teóricos cuidadosamente seleccionados, especialmente adaptados a sus peculiares habilidades, a una gestión general de la vida humana? ¿Cómo van a pasar (de hecho) del papel de sirvientes al de patronos, de los cálculos aplicados a problemas escogidos muy abstractos a una comprensión práctica y utilizable de toda a escena humana?
Sabemos que, en la situación actual, las personas que tienen que ocuparse directamente de grandes cuestiones prácticas, como la manera de evitar una guerra, hacen frente a una sequía o poner de acuerdo a dos facciones enfrentadas, no lo hacen simplemente siendo muy listas. Sabemos que necesitan tener en la cabeza mucho más que un alto cociente intelectual.
De hecho, lo primero que suelen necesitar esos gestores no son tanto mayores talentos cuanto la experiencia de toda una vida de los hechos existentes; hechos que, hasta donde sabemos, pueden ser completamente heterogéneos. Y, para empezar, necesitan algo que ninguna máquina podría conseguir jamás, a saber: esa experiencia real. Han de tener la memoria de una vida pasada entre transacciones humanas detalladas, una memoria orientada a sacar a relucir las dificultades especiales de esta nueva tarea y a proporcionar actitudes capaces de resolverlas. Y, dado que nadie sabe de antemano cuáles serán dichas actitudes, no hay forma de poder programar las máquinas para que produzcan todo esto. De hecho, si fuera posible que alguien le dijera a una máquina que eso era lo que se esperaba de ella, y esa máquina fuera capazo de ofrecer una respuesta racional, esta tendría que ser «¡NO!».
¿Podrían las propias máquinas librarnos del algún modo de esta dificultar? Por supuesto, se ha intentado usarlas de esa manera. Quienes hoy trabajan en estos problemas utilizan las máquinas para asegurarse de conseguir la mejor información posible para identificar las cuestiones cruciales y hallar buenas soluciones.
Pero el problema surge mucho antes, en el momento de elegir la dirección general de su política, deben decidir a qué aspiran y qué preguntas formular. No pueden encomendar esa tarea otras máquinas. Han de guiarse todavía por sus propias destrezas y caracteres individuales, sus creencias privadas, sus actitudes personales, sus sentimientos, su educación, sus experiencias peculiares, su propio sentido de los valores. Los dilemas prácticos a los que se enfrentan estas personas no son los acertijos fijos habituales como los problemas de ajedrez. Son mares inmensos de problemas, cúmulos indefinidos de consideraciones prácticas contradictorias que, hasta donde sabemos, podrían conducir a cualquier parte. Por tanto, estos gestores tremendamente estresados trabajan en una suerte de desconcierto general en el que ninguna máquina podría encontrase jamás.







