Luc Ferry (La vida feliz) De la inmortalidad prometida a la longevidad real

UNA PRESENTACIÓN SISTÉMICA DE LAS CINCO GRANDES RESPUESTAS A LA CUESTIÓN DE LA VIDA BUENA PARA LOS MORTALES

La primera respuesta, que ya hemos visto en parte, pero de la que aún nos quedan algunos capítulos por leer para comprenderla plenamente, es la aquellas sabidurías clásicas que defienden que trabajar para prolongar la vida no tendría ningún sentido. Podríamos describirlas como «cosmológicas», en el sentido de que la vida feliz se define como la armonización de uno mismo con el universo, con la armonía natural del cosmos, es decir, ese orden del mundo que transciende a un ser humano llamado a formar parte de él. Y como el cosmos es eterno, al encajar en él como pieza de rompecabezas encaja en el conjunto, al «armonizarse con la armonía», por así decirlo, uno se convierte, en cierto modo, en un fragmento de eternidad. Se trata de una primera manera de definir la sabiduría y el sentido de la vida, así como la salvación, ya que armonizarse con el orden cósmico nos permite «salvarnos», de alguna manera, de la muerte. Desde esta perspectiva, «eudemonista» (centrada en la búsqueda de la felicidad), lo que importa es vivir y tener una vida buena, no intentar desesperadamente vivir más tiempo. Como pudimos observar cuando hicimos referencia al diálogo de Cicerón sobre la vejez, el sabio es el que acepta vivir «de acuerdo con su edad» para afrontar, con tanta serenidad como le sea posible, esos momentos naturales de la existencia que son la vejez y la muerte.

La segunda respuestas es la de las grandes religiones, que nos invitan a armonizarnos no ya con el cosmos, sino con los mandamientos divinos, una armonía que puede abrirnos las puertas de una inmortalidad más personal que la anónima y ciega que prometían las cosmologías clásicas. En este contesto, la cuestión de la longevidad deja de tener sentido. Pretender vivir más tiempo en este planeta va contra la naturaleza de las cosas y tal y como Dios las ha creado, además de que es completamente inútil, ya que solo lograremos ser inmortales y felices en un  más allá radical, esto es, en un lugar más allá de la existencia terrenal. La clave está en trabajar para ganárselo, y en el cristianismo se vence a la muerte mediante el amor, mediante el agapé, como nos muestra el Evangelio de Juan en el episodio de la resurrección de Lázaro, cuya lección, en el plano espiritual, es que el amor es más fuerte que la muerte. Así que, de nuevo, la longevidad no es realmente algo por lo que haya que preocuparse. Además, está bastante claro que la Iglesia católica es hostil a todo aquello que esté relacionado con el proyecto transhumanista. 
 
La tercera respuesta es la del primer humanismo. Consistente en armonizar la propia vida y el pensamiento no ya con el cosmos o lo divino, sino con el resto de la humanidad. Podemos verla emerger en la famosa expresión del derecho moderno: «Mi libertad termina [o debería terminarse] donde empieza la de los demás», precepto que en el fondo no es más que la traducción jurídico-política de la moral republicana y universalista de los derechos humanos y del respeto a los demás. Hay que añadir que, en este contexto, que es esencialmente el del humanismo heredado de la Ilustración, de esa res publica a la que los filósofos alemanes designan con la palabra Öffentilichkeit (la «publicidad» en el sentido de «espacio público), es tan importante armonizar la propia vida con la de los demás, así como también contribuir en la medida de lo posible, mediante la acción libre y dentro de las posibilidades de cada uno, a la historia del progreso humano, o como se dice: todos debemos aportar nuestro granito de arena. Esta contribución puede, así, abrirnos las puertas a un cierto tipo de eternidad, la que reside en la memoria de los hombres y que se inscribe de buen grado y de manera simbólica en el mármol o en el granito de los monumentos públicos. Lo más importante aquí no es tanto la longevidad individual como la de la especie. A pesar de todo, la idea de trabajar para prolongar la vida empieza a cobrar sentido a medida que van surgiendo las ideas de progreso y de libertad entendida como la posibilidad de sustraerse a la naturaleza y a una historia que los revolucionarios franceses «ya no consideraban su modelo». Asistimos entonces a una ruptura radical con el modelo clásico de la estabilidad intangible y repetitiva de los ciclos de la naturaleza que dio sentido a las nociones de perfectibilidad infinita y de educación a lo largo de la vida, por tanto, a la idea de que una vida más larga tal vez nos permitiría mejorar, además de realizarnos con el objetivo de legar un mundo mejor a las generaciones futuras.

La cuarta respuesta es la de los grandes deconstructores, la de los «filósofos de la sospecha»: empezando por Schopenhauer y continuando con Nietzsche, Marx, Freud y Heidegger. Se trata de deconstruir las ilusiones enajenantes de la metafísica, de la religión e incluso del racionalismo de la Ilustración, cuyo ímpetu inicial, su espíritu crítico, debe ciertamente conservarse, pero, para ir más lejos, es necesario reforzarlo y darle una nueva vida. Como insiste Nietzsche, podemos «enarbolar de nuevo la bandera de la Ilustración», una bandera en la que figura de forma destacada el nombre de Voltaire, al que Nietzsche debe rendir homenaje por su libertad de espíritu. Si existe una crítica al primer humanismo (y, sobre todo, a la metafísica y a las religiones), se produce en cierto modo gracias a Voltaire, que abrió la caja de Pandora, esa que contenía el espíritu crítico y el proyecto de la deconstrucción de las ilusiones. La filosofía de la sospecha nos invita, pues, a continuar la tarea de liberarnos de las múltiples caras de la enajenación. La preocupación por uno mismo, que es la culminación de este proyecto de alcanzar la autenticidad, de ser verdaderamente uno mismo como individuo libre, tiene que desviarse, a veces, por lo colectivo y por la idea revolucionaria, como es el caso de Marx, pero también, al fin y al cabo, de todos estos grandes deconstructores. El objetivo, en última instancia, como se ve mejor en Freud, consiste en armonizarse, no con el cosmos, lo divino o la humanidad, sino con uno mismo, puesto que los demás, por así decirlo, ocupan un papel secundario en este proyecto. De esta manera, el ideal de «desenajenación» prefigura el individualismo narcisista que caracteriza significativamente la época actual, un rechazo de las transcendencias anteriores que conduce a los individuos hacia esta búsqueda del bienestar individual y de la felicidad personal que promueven la psicología positiva, las teorías del desarrollo personal y también, en cierta medida, la ecología.

A fin de cuentas, es lógico que la lucha contra la enajenación en todas sus formas, la búsqueda de la autenticidad y esta rimbombante «inquietud de sí» de la que Foucault, como heredero de estos famosos deconstructores alemanes, inciten a las ideologías de la felicidad a proponer a nuestros nuevos Narcisos un retorno a las sabidurías clásicas. 

[...] Como Christophe André explica, la clave está en «ser tu mejor amigo», que, además, es el tema principal del pasaje del libro que nos invita seriamente a querernos de la misma manera que nuestros padres nos quieren. Prefiero aquí dejar la palabra al propio Christophe por miedo a que se me acuse de caricaturizar sus palabras: «Este amor hacia nosotros mismos debería ser de la misma naturaleza que el de los padres hacia sus hijos: incondicional e infinitamente indulgente. Determinadas terapias, cuyos primeros resultados son prometedores, están explorando actualmente este concepto de la "autopaternidad"». ¿Quererse a sí mismo como queremos a nuestros hijos? Este es el modelo, según Christophe André, de esta psicología positiva que florece sobre los escombros de la deconstrucción. El hecho de que yo mismo tenga hijos me lleva a reconocer que la apología de la preocupación por uno mismo que se deriva de todo esto está más cerca de una patología grave que de la sabiduría y de la salud mental, pero, por supuesto, es solamente mi punto de vista como padre de familia. Francamente, el día que consiga quererme a mí mismo como quiero a mis hijas, deberían internarme directamente. En cualquier caso, la cuestión de la longevidad tampoco tiene mucho sentido aquí, ya que lo esencial es el retorno a las sabidurías clásicas, por tanto, vivir bien, aceptarnos tal como somos, «dejarnos llevar» por la inevitabilidad de la vejez y de la muerte y, por supuesto, no luchar por conseguir una vida más larga sin tener en cuenta el orden natural de las cosas.

Ferry, Luc (El Hombre-Dios)
Ferry, Luc (Familia y amor)
Ferry, Luc (La revolución transhumanista) Cómo la tecnomedicina...

Diego Fusaro (Sinistrash) Contra el neoliberalismo progresista

Antes no dejaban a nadie pensar con libertad. Ahora está permitido, pero nadie es capaz de hacerlo. Hoy la gente quiere pensar solo lo que se supone que debe pensar, y a eso lo consideran libertad.

O. Spengler, La decadencia de Occidente

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5.7 Homo migrans. La izquierda inmigracionista

Irlanda está entregando constantemente excedentes al mercado laboral inglés, reduciendo así los salarios y la posición material y moral de la clase obrera inglesa. ¡Y lo más importante! Todos los centros industriales y comerciales de Inglaterra, poseen ahora una clase obrera dividida en dos campos enemigos, proletarios ingleses y proletarios irlandeses. El trabajador inglés común odia al trabajador irlandés como competidor que reduce el nivel de vida. [...] Este antagonismo se mantiene artificialmente despierto y se ve acentuado por la prensa, el púlpito, las revistas cómicas, o sea, por todos los medios a disposición de las clases dominantes. Este antagonismo es el secreto de la impotencia de la clase obrera inglesa, a pesar de su organización. Es el secreto por el cual la clase capitalista mantiene su poder. Y esta última es plenamente consciente de ello. 

K. Marx, Carta a S. Meyer y a Vogt, 9 de abril de 1870

En un discurso pronunciado el 31 de marzo de 2014, la presidenta de la Cámara, Laura Boldrini, destacando exponente de la izquierda arcoíris italiana, explicó que la inmigración masiva debe ser aclamada como un factor intrínsecamente beneficioso, porque, entre otras razones, los inmigrantes son la «vanguardia del estilo de vida que pronto será el estilo de vida de muchos de nosotros». Las palabras de Laura Boldrini, que resumen esencialmente la posición de la new left posmarxista sobre el tema de la inmigración, son perfectamente compatibles con las del ultracapitalista John Elkann, presidente de la ex-Fiat que, en febrero de 2014, afirma expresamente: «la presencia de inmigrantes extranjeros es indudablemente un recurso», sin especificar, por supuesto, quién se beneficia realmente de este «recurso» (no debe pasar inadvertido que, un recurso, por definición, no tiene valor en sí mismo, sino en relación con el uso que otros pueden hacer de él).

Una vez más, la izquierda de las costumbres y la derecha del dinero parecen coincidir, a pesar de la aparente contraposición. De hecho, en su lógica general, la inmigración es actualmente promovida estructuralmente por el capital y defendida supraestructuralmente por la «retórica del migrante» típica del pensamiento único políticamente correcto de los pedagogos del globalismo izquierdista. El «reino animal del espíritu» actual necesita del «ejercito industrial de reserva» de los migrantes, explotados como nuevos esclavos, con el fin de destruir los derechos sociales que aún existen, aniquilar la fuerza organizativa residual de los trabajadores, reducir drásticamente los costes laborales y promover luchas de clases horizontales en la misma clase. En una palabra, para llevar a cabo, de la mejor manera posible, la lucha de clases desde arriba y la contraofensiva neoliberal contra el mundo laboral. Gracias a la complicidad del pensamiento único falsamente humanitario, el capital no pretende integrar a los migrantes, a quienes, por el contrario, considera armas prodomo sua en la lucha de clases. Pretende, más bien desintegrar también a los trabajadores nativos a través de los migrantes destruyendo lo que queda de su conciencia de clase y demoliendo sus derechos residuales. 

[...] Detrás del falso humanitarismo con el que las «bellas almas» de la kafkiana izquierda arcoíris celebran la inmigración, se esconde, en realidad, la inhumanidad de la explotación más abyecta de la mano de obra migrante y el horror del tráfico de seres humanos. El capital pretende producir una población de homines migrantes, un ejército industrial con capacidades laborales intermitentes y entregados al nomadismo y a la movilidad permanente, sin derechos de ciudadanía ni raíces en la tierra a la que son «deportados» para llevar a cabo los trabajos flexibles y precarios. 

[...] La inmigración no solo permite, como ya se ha dicho, ejercer una presión radical a la baja sobre los salarios de los trabajadores, sino que también rompe la unidad —cuando aún existe— del movimiento obrero y, además, permite a la patronal eludir las crecientes obligaciones de la legislación laboral. El hecho de que la población migrante esté dispuesta por su condición a trabajar sin la tutela de los derechos y por cantidades de dinero irrisorias, esto significa que, en tiempos rápidos, también la población trabajadora tradicional no migrante y portadora de derechos deberá adaptarse a un trato similar, para no ser reemplazada y no precipitar en las filas del ejército industrial de reserva.

[...] El hipócrita elogio de la inmigración masiva por parte de la élite plutocrática y sus oratores posmodernos no puede explicarse únicamente por el ejército industrial de reserva que los migrantes van constituyendo, que abarata la mano de obra y aumenta sus debilidades.

Junto a esta razón, y relacionada con ella, hay otra. El nuevo perfil antropológico, coesencial a la época de la precariedad indefinida, corresponde al del homo globalis, es decir, al hombre sin identidad, sin raíces y sin ciudadanía; que es, al mismo tiempo, un homo migrans desterritorializado, apátrida y desarraigado, siempre dispuesto, maleta en mano, a desplazarse siguiendo los procesos de deslocalización y volatilización del capital. 

En el régimen de la precariedad, cada proyecto y cada vínculo son temporales, el sujeto debe poder desprenderse tranquilamente de todo, abandonando no solo el ideal de la estabilidad laboral y efectiva, sino también la esfera de la eticidad de hegeliana memoria. Debe librarse, al mismo tiempo, de todo arraigo territorial, permaneciendo dispuesto a las migraciones repentinas y a la persecución, más allá de los mares y las fronteras, de los llamados «desafíos de la globalización». 

[...] Más allá de la retórica opuesta y complementaria de la idiotez xenófoba y de la «papilla del corazón» del elogio apriorístico de la inmigración, cabe repetir que debemos identificar al enemigo no en quienes pasan hambre, sino en quienes la provocan; en quienes empujan a la gente a la desesperación, no en quienes están desesperados; en quienes generan pobreza, no en quienes son pobres; en quienes obligan a los seres humanos a huir, no en quienes huyen; en quienes provocan la inmigración, no en quienes la padecen; en quienes desarraigan, no en quienes son desarraigados. Los culpables no son quienes sufren la precariedad y la inmigración, sino quienes la provocan, las alientan, las justifican y las ennoblecen ideológicamente. En otras palabras, culpables no son los migrantes, es decir, las víctimas de los procesos de deslocalización forzada y deportación organizada, sino los oligarcas del globalismo y sus artífices, los que han desarraigado a poblaciones enteras después de haberlas reducido a la pobreza.

Fusaro, Diego (Pensar diferente) Filosofía del disenso

Dalmacio Negro Pavón (La tradición de la libertad) Historia moral y política de la libertad

La libertad no nace del poder, sino del juicio de los hombres. Pensar por uno mismo es la primera forma de resistencia.
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14. 2.- Desde la segunda fase de la gran guerra civil europea del siglo XX, una guerra de perspectivas —cuya etiología hay que buscar en la contrarrevolución soviética—, devenida más completamente mundial, la derecha y la izquierda han convergido finalmente en el consenso político: la conspiración de los partidos consensuados contra las libertadas en lugar del partido único de los regímenes totalitarios. «El consenso, decía Philippe Muray, ha desplazado al comunismo, porque por fin lo ha realizado». Es el comunismo por arriba. En efecto, la sovietización no terminó con la implosión de la URSS. El bolchevismo —el jacobinismo modernizado por Lenin—, declaró la guerra a la humanidad armado con el Estado, contagió al mundo entero y, como decía Borges, uno termina pareciéndose a su enemigo. El consenso político es una nomenklatura tecnocrática economicista semejante a la soviética, que consagra las distopías de Huxley y Orwell como los mejores manuales de teoría del Estado o del gobierno. 

14. 3.- Otros aforismos de Gómez Dávila ayudan a entender, porque son reaccionarios, el Premio, el Centro Diego de Covarrubias y la tradición liberal que representan: «solo el pensamiento reaccionario, aclara el escritor colombiano, no lleva el estigma ideológico, porque es desnuda y franca defensa del privilegio de la diferencia». Al reconocer y defender las diferencias que suscita la libertad, «escapa el reaccionario a la servidumbre de la historia [el historicismo], porque persigue en la selva humana la huella de pasos divinos». Gómez Dávila describe así la figura del reaccionario: «Ser reaccionario es defender causas que no ruedan sobre el tablero de la historia, causas que no importa perder. Ser reaccionario es saber, que solo descubrimos lo que creemos inventar; es admitir, que nuestra imaginación no crea, sino desnuda blandos cuerpos. Ser reaccionario no es abrazar determinadas causas, no abogar por determinados fines, sino someter nuestra voluntad a la necesidad que no constriñe, rendir nuestra libertad a la exigencia que no compele; es encontrar las evidencias que nos guían adormecidas a la orilla de estanques milenarios. El reaccionario no es el soñador nostálgico de pasados abolidos, sino el cazador de sombras sagradas sobre las colinas eternas». 

28.- La política liberal se diferencia de la cratológica en que no es coactiva sino curativa, medicinal, equilibradora de los cambios que provoca la libertad. Y de la utópica, en que se atiene a la realidad histórica, al presente.

28. 1.- La techkné politiké, el descubrimiento griego «el arte de gobernar a los hombres libres» (Aristóteles), cuida farmacológicamente de los cuerpos políticos, las poleis entre los griegos, las naciones en Europa, imitando a la medicina. Una idea probablemente de origen egipcio, reforzada por el cristianismo con la confesión sacramental que sana el alma de los cuerpos individuales. Su finalidad consiste en mantener el orden espontáneo del cuerpo político regulado por su propio Derecho encarnado en los usos y las costumbres, a través de los cuales lo descubre el juez en cada caso concreto. Pues el auténtico Derecho es, como el romano, el de los juristas, tradición conservada en el iuris commnis o common law anglosajón, extraído de la realidad social. 

28. 2.- Esta concepción del Derecho es muy distinta de la de los legisladores, que, en vez de respetar el Derecho, lo instrumentalizan para satisfacer los fines del poder y, en último análisis, para adaptar el orden social natural y espontáneo al artificioso orden estatal. El mismo common law apenas se conserva formalmente. Los gobernantes proceden de la democracia de las mayorías, que impresionan también a los jueces, que, idealizados y armados con los derechos humanos, son uno de los mayores peligros para la libertad en los mismos países anglosajones.  «En nombre de la nueva religión de los derechos del hombres, el principio sagrado de la "no discriminación" afirma la tiranía del juez y de las minorías. Y a esto se le llama con énfasis, "Estado de derecho"». 

28. 3.- Jueces, hombres públicos en principio honrados y la gente normal e ingenua, presionados por las mayorías, reales o inventadas por los media, los lobbies y los grupos que se presentan como sus representantes o sencillamente por los demagogos e impostores que pululan siempre en torno al poder, aceptan fácilmente los «valores» de los intereses y opiniones capaces de acceder a los pasillos del poder y de las ideologías. Utilizando las leyes como armas, adaptan los usos, las costumbres a las conveniencias estatales, que suelen coincidir con la herejía secularista o laicista. 

28. 4.- La explicación inmediata del estado de cosas, es la revolución contracultural de mayo del 68, colofón de la revoluciones francesa y soviética, con el que comenzó la gran desintegración de las sociedades. El 68 ha vencido y está en el poder, dice Eric Zemmour. «Un poder que pretende ser rebelde. Y que siempre tacha a sus opositores de conservadores. Cuando, la verdad sea dicha, los conservadores son ellos». Tan conservadores, que Zemmour es optimista: cree que se está gestando la revuelta. La revuelta, si se produce, ¿enterrará definitivamente las dos grandes contrarrevoluciones? Wait and see. 

29.- El liberalismo auténtico reconoce son reservas, que las sociedades son conflictivas y no las condiciona. Parte de que las libertades, nunca se insistirá tanto bastante, son previas a los derechos, cuya función consiste en protegerlas o ordenarlas en caso de conflicto. No pretender controlar, rehacer o transformar la vida espontánea, natural: los hábitos, las costumbres, los usos, en definitiva, las tradiciones, «el sufragio universal de los siglos» (Vázquez de Mella), «la democracia de los muertos (Chesterton). La política liberal confía en el hombres. Deja vivir «habitualmente» a las personas individuales, las familias, a los pueblos y a las naciones, personas colectivas, de acuerdo con sus creencias, costumbres y tradiciones de la conducta. «Es muy mala política, prevenía Montesquieu en El Espíritu de las leyes (XIX,14), cambiar por medio de las leyes lo que debería ser cambiado por las costumbres». 

El auténtico liberalismo político no «legisla». Se milita a declarar y cuestionar el Derecho, cuya función no consiste en servir de instrumento a la voluntad de poder para imponer la tiranía de los valores o un orden nuevo inventado como mejor; u óptimo si está libre de conflictos. En el primer caso se suspende provisionalmente la libertad ad kalendas; en el segundo, se mata la libertad.

Marina de la Torre (Autodestrucción woke) Auge y declive de los cultos posmodernos

Saturados de datos, vacíos de discernimiento

Ya hemos hablado del mito del votante ilustrado, pero en el contexto de una política identitaria y propagandística —que apela más a lo que somos que a lo que debe ser hecho en cada situación—, que el ciudadano tenga conocimiento sobre lo que vota no es suficiente, es más, puede ser un arma de doble filo.

El problema no la falta de información. Nunca en la historia de la humanidad hemos tenido tanto acceso al conocimiento como ahora. Nunca han existido tantas oportunidades educativas, tantos datos al alcance de cualquiera con un teléfono móvil. Y, si embargo, el resultado no ha sido un debate más informado y plural, sino una sociedad que tiende cada vez más a la polarización y al guerracivilismo.

La polarización no surge únicamente de la ignorancia, sino del exceso de información procesada de manera sesgada. El posmodernismo, ese parásito intelectual que ha contaminado la cultura contemporánea, no nació en los pueblos ni en los barrios obreros. No es obra de los incultos, sino de los ilustres ignorantes. Un campesino que gestiona sus propias cuentas, que negocia el precio de su cosecha y que se enfrenta a la cruda realidad del mercado no se traga cualquier farsa. Pero un estudiante de humanidades, que jamás ha pagado un recibo de luz y que ve la historia como una serie de injusticias estructurales que él, desde su iPhone y su manifiesto deconstruccionista, puede resolver, es carne de cañón para la ingeniería ideológica. 

El fenómeno no es nuevo, pero sí está más documentado que nunca. Taber y Lodge (2006) realizaron un estudio revelador sobre cómo procesamos la información. Lo llamaron «motivated reasoning», y demostraron que el ser humano no analiza los datos de forma neutral: los filtra y acomoda para reforzar lo que ya cree. En otras palabras, no es que la educación nos haga más objetivos, sino que nos vuelve más hábiles en la búsqueda de justificaciones para nuestras creencias previas. Esto explica por qué individuos con mayores conocimientos políticos no tienden a converger en posiciones comunes, sino que, al contrario, muestran mayores niveles de polarización (Kahan, 2013). El problema no es que sepamos más, sino que usamos ese conocimiento como una herramienta de guerra para confirmar nuestras posturas. Y, además, el acceso a la información no es uniforme ni neutro. Las redes sociales y los algoritmos han convertido la información en una mercancía a la carta, diseñada para confirmar en lugar de desafiar. El cara a cara prácticamente desaparece en la era de internet, y nuestra interacción con los otros se estrecha como en una mirilla virtual en la que nadie es del todo real; somos imágenes y texto en una pantalla.

La ciencia misma es víctima de este fenómeno. En lugar de ser una herramienta de descubrimiento, se ha convertido en un comodín que se usa de manera selectiva para validar ciertas agendas y descalificar otras. Si los datos favorecen la narrativa hegemónica, se presentan como pruebas incuestionables. Si la contradice, se minimizan, se reinterpretan o se atacan las fuentes.

El resultado es una sociedad dividida no por falta de conocimiento, sino por su manipulación o saturación. El problema no es el acceso o la falta de información, sino el modo en que la procesamos: como una herramienta para ganar debates y dar zascas, no para entender la realidad.

En resumen, el problema no es que la gente no lea, sino que lee solo lo que le da la razón. No es que no eduque, sino que se educa dentro de burbujas ideológicas donde el cuestionamiento es penalizado y la lealtad ideológica es recompensada. Si el mundo occidental está cada vez más polarizado no es porque la gente sea más ignorante, es porque se le ha enseñado que cambiar de opinión es perder y que reforzar su sesgo ganar, una enseñanza que algunos no estamos dispuestos a interiorizar, por muy conveniente que le resulte a nuestro ego. Todos tenemos sesgos, es natural, pero en la relación real con los otros emerge una humanidad común y un respeto que prevalecen sobre las ideologías; el refuerzo constante del sesgo es artificial y habla de un desgaste en las relaciones interpersonales. Hace años, casi nadie veía un problema en compartir su vida con una pareja más progresista o conservadora. Hoy, incluso el amor ha quedado relegado a un segundo plano, subordinado a la ideología. 

Eutanasia para un Occidente terminal

Los valores no son simplemente normas o costumbres de una sociedad: son guías culturales y morales que orientan la acción humana, ideales hacia los cuales aspiramos, aunque, por lo general, no se cumplan en la práctica. Funcionan como una brújula ética que nos permite juzgar lo correcto, lo justo o lo deseable en un contexto social determinado. Un valor no es una descripción de lo que es, sino una afirmación de lo que debería ser. Por ello, hablar de «valores occidentales» no implica que todos los individuos e instituciones occidentales los hayan respetado siempre, sino que forman parte de un horizonte cultural compartido que ha dado forma a las instituciones, las ideas y las luchas sociales en esta parte del mundo. 

La distinción entre Oriente y Occidente no es meramente geográfica, sino, sobre todo, cultural y espiritual. Esta separación comienza a delinearse con claridad en la Antigüedad clásica. Oriente tiende a conservar una estructura más radical, espiritualista y jerárquica, con énfasis en el orden y la comunidad, mientras que Occidente ha fomentado una visión más individualista, racionalista y cambiante, donde el conflicto de ideas ha sido una fuerza creadora. Mientras en Oriente (en rasgos generales) la armonía suele imponerse sobre la discrepancia, en Occidente se ha permitido —y en ocasiones se ha celebrado— la confrontación de visiones opuestas como motor de evolución. 

A lo largo de la historia, la civilización occidental ha sido el motor de algunas de las transformaciones más profundas y duraderas del mundo: desde la filosofía griega y el derecho romano hasta el cristianismo, la democracia liberal y la economía de mercado. Este legado articuló un sistema de valores que, con todas sus contradicciones y errores, ha posibilitado una calidad de vida y una expansión de libertades sin precedentes en la historia humana.  

Sin embargo, en el presente, Occidente parece haber renegado de sí mismo. Busca derribar los pilares que lo hicieron florecer, como si se avergonzara de su propia herencia. En ese gesto autodestructivo se revela algo más profundo: no una simple crisis cultural, sino una especie de enfermedad autoinmune. Un sistema que, al perder su sentido de propósito, comienza a atacarse desde dentro. Ese es, quizá, el gran desafío de nuestro tiempo: identificar con claridad esa dolencia y encontrar una cura que no pase por la negación de lo que somos, sino por una renovación lúcida de lo que valía la conservar [...]

Oriente y Occidente: hacía una nueva síntesis

[...] La deconstrucción contemporánea representa ese instante de vértigo en que la crítica deja de ser parto de nueva vida para volverse puro nihilismo. Se declara sospechoso todo valor heredado; no porque que se haya demostrado falso, sino por el mero hecho de haber nacido en otro siglo pasado. En nombre de liberar al individuo, se dinamita la noción misma de verdad, y con ella el armazón ético que hizo posible la libertad en primer término. El movimiento se vuelve luciferino —una rebelión sin causa última— porque invierte el eje cristiano: ya no es «la verdad me entregada a la libertad», sino «seré tan libre que llamaré verdad a mi deseo». 

El resultado es un espacio deshabitado: sin dignidad objetiva, la persona es apenas un agregado de pulsiones; sin razón orientada al bien, la inteligencia se reduce a herramientas de poder; sin autonomía anclada en la responsabilidad, la libertad degenera en atomización. Derribamos las columnas que sostenían el atrio —transcendencia, límite, deber— y nos sorprende encontrarnos a la i intemperie. 

La tarea urgente no es demoler más, sino pulir lo que se ha opacado. ¿Podemos mantener el dinamismo científico y al mismo tiempo reconocer un umbral que contenga la soberbia? Gobernar la técnica con mesura exige renunciar al mito de un progreso infinito que todo lo justifica: implica aceptar que la razón necesita disciplina y que la libertad florece dentro de un marco ético, no en su ausencia.

Reconstruir los pilares no es volver a un pasado idílico ni blindar privilegios caducos. Es asumir que la crítica auténtica no destruye sin proponer; renueva sin arrancar de raíz, talla la piedra, no la reduce a polvo. Solo así la verdad volverá a hacerse aliada de la libertad, y la razón, en vez de devorarse a sí misma, alumbrará un porvenir digno de quienes todavía creen que vivir es algo más que transitar ruinas. Este es un mandato casi celestial: gobernar nuestra técnica con mesura, no sucumbir al dios Apolo de la razón. 

China ha seguido un camino inverso al de Occidente. Durante siglos —especialmente bajo el confucionismo, el taoísmo y el budismo—, su centro de gravedad era más bien «espiritual-ético», armonía social, jerarquía familiar, autocultivo moral. La economía importaba, pero siempre subordinada al orden cósmico y a la estabilidad política. Sin embargo, en las últimas décadas China ha ido adoptando, a su manera, la lógica moderna del crecimiento material sin asumir la parte liberal que en Occidente acompañó ese desarrollo [...]

José Carlos Martín de la Hoz (Historia del humanismo) Del humanismo cristiano de Salamanca al nuevo humanismo global

INTRODUCCIÓN

Hace ya unos años en España, en los setenta del siglo XX, estábamos preparando las elecciones democráticas para elegir nuestro representantes en el nuevo parlamento, promover una nueva constitución y vivir, por fin, en democracia plena.

Recuerdo haber acudido, con un buen amigo, al Palacio de Congresos y Exposiciones de Madrid para escuchar la presentación de los diversos partidos políticos que concurrían a aquellas elecciones democráticas que se celebrarían el 15 de junio de 1977 donde votaron nada menos que el 78,83% de los españoles.

En aquella agradable maña del mes de junio pudimos escuchar en vivo y en directo a los nuevos líderes políticos que conocíamos por la prensa, radio y televisión: los liberales de Camuñas, los populares de Areilza y Pío Cabanillas, los demócratas de Fontán, la Federación de Partidos Demócratas y liberales de Garrigues Walker y un largo etc. Todos ellos decían, por escrito, en su programa político que se «fundamentaban en el humanismo cristiano».

Precisamente en este final de civilización occidental que estamos viviendo, tras la civilización liberal, las guerras mundiales y el final del Estado de bienestar, ahora estamos ante un cambio de ciclo que algunos ya apuntan como el que va a construir el nuevo humanismo.

Recordemos que las características de ese nuevo humanismo, estribarán en una nueva antropología que, como afirmaba el profesor Ricardo Yepes, vertebrará el pensamiento del siglo XXI en el mundo occidental y lo transmitirá al resto de las culturas y civilizaciones de nuestro entorno.

Es decir, de la misma manera que el humanismo de Vitoria y de los grandes pensadores de Salamanca en el siglo XVI transformaron el humanismo pagano en el siglo XVI, la celebración del V Centenario de la Escuela de Salamanca nos ayudará a alumbrar un nuevo humanismo que desatascará el bloqueo existencial y humano en el que vivimos y vivificará todos los partidos y las ideología actuales, así como trabajar juntos en una nueva sociedad, justa, solidaria y respetuosa con la dignidad de la persona humana. 

Así pues, en este breve trabajo, nos moveremos en el ámbito de la historia de las ideas y de la historia del humanismo para aprender a enriquecer la antropología actual y terminar de alumbrar un humanismo nuevo, emergente e ilusionaste.

En primer lugar, arrancaremos de la propuesta humanista del Cardenal Nicolás de Cusa (1401-1464), enviado del papa a Constantinopla para lograr la unión del mundo latino y oriental y evitar la caída del Imperio bizantino.

Inmediatamente, nos adentraremos en el humanismo clásico que llenó las cortes europeas incluso la de los papas del renacimiento, pues las lecturas de los autores clásicos griegos y latinos se hicieron «virales» y levantaron oleadas de entusiasmo, y finura en los modales.

También recayeron en los viejos errores y excesos del paganismo. Efectivamente, desoyeron, los sabios consejos de san Basilio (330-379) a los jóvenes cuando les aconsejaba tomar de los clásicos los textos que hermoseaban al hombre de acuerdo con la revelación cristiana y rechazar lo pagano, vulgar y falso de esos textos. 

De la lectura de los clásicos llegaremos a las propuestas de gobierno de los hombres y de los reinos del renacentista Maquiavelo (1469-1527) con sus artes del poder sin referente moral alguno o del placer por el placer de Giovanni Boccacio (Florencia 1313-1375). 

Precisamente Boccacio promovía el siguiente principio: «el deseo apenas se puede contener», es decir conviene llevar la debilidad de las pasiones a la normalidad moral de modo que los encantos del amor de Pedro Abelardo y Eloísa quedaban vulgarizados en los amores de la pasión sin freno, ni respeto a la dignidad de las persona humana. 

Pero los aspectos positivos del humanismo renacentista también fueron desarrollados por otros autores de gran talento y dominio de sí, como los humanistas Moro, Erasmo y Vives tres grandes colosos que llevaron a la importancia de la categoría humana, también aplicada a las pasiones: la integridad y belleza del hombre interior.

Precisamente, Lutero partía de la base pesimista de la total denegación del género humano por el pecado original: al confundir el acto del pecado con la debilidad humana, estaba eliminando en la práctica la libertad y, consecuentemente, el concepto de mérito y de obras virtuosas.

En ese clima de reforma de la Iglesia y de las costumbres que llevaron a cabo en España los Reyes Católicos y Francisco de Cisneros, cardenal de Toledo y confesor de la reina Isabel, se logró en pocos años la ansiada reforma de las órdenes religiosas, de los sacerdotes seculares e incluso de las Universidades de Salamaca y Alcalá.

Hace ahora quinientos años Francisco de Vitoria comenzó su magisterio como profesor de la Facultad de Teología de la Universidad de Salamanca. Con su talante humanista, su método teológico y su modo positivo de afrontar los problemas teológicos de su tiempo alumbró un nuevo modo de presentar la teología, la filosofía, el derecho y la economía sobre la base tomista de la dignidad de la persona humana.

Los grandes avances y la pléyade de discípulos que se formaron en Salamanca se difundieron por el mundo entero llevando el humanismo cristiano que fue sustituyendo al humanismo pagano renacentistas. 

Indudablemente, el Concilio de Trento logró ser el concilio del humanismo cristiano y sus pautas de unidad de la Iglesia, profundizaron en la Escritura y la Tradición, iluminaron los principios católicos y alumbraron un catecismo que revalorizó el cristianismo y que ha durado hasta el siglo XX.

El siglo XVII fue el siglo de las rupturas y tras el racionalismo cartesiano y la ruptura del Lutero se produjo la atomización de las Iglesias protestantes y la necesidad de elaborar un derecho positivo con el que gobernar el concierto de las naciones. En esa línea los positivistas jurídicos como Grocio extendieron los principios de la Escuela de Salamaca como el derecho de gentes y la dignidad de la persona como garante jurídico frente a la ley natural y la ley eterna.

La Ilustración francesa, inglesa y alemana contribuyeron al humanismo de la Escuela de Salamanca aportando diversas perspectivas que fueron produciendo un hombre dotado de dignidad, de autonomía y libre dentro del absolutismo ilustrado que se fue imponiendo.

La revolución francesa, con su nuevo humanismo concretado en los valores de la «fraternidad, libertad e igualdad», rompió la unidad europea y produjo una guerra mundial que terminaría por fracasar tras la derrota de Napoleón en Rusia y España y, finalmente, se llegará a la restauración monárquica del siglo XIX que intentará ordenar una Europa desconcertada y carente de unidad de fe y pensamiento.

El siglo XIX y XX vio nacer y morir las ideologías como intentos de ofrecer un nuevo humanismo: sistemas cerrados de pensamiento para explicar la realidad. En verdad esas ideologías terminaron en colisión y la fe en el progreso como el nuevo humanismo concluyó en dos guerras mundiales.

En la Europa de la segunda mitad del siglo XX y en Estados Unidos y Canadá volvió a renacer el humanismo cristiano que logró dar respuestas al problema del mal que planteó el holocausto judío en Auschwitz y el creciente secularismo mediante el mensaje evangélico de libertad, caridad y solidaridad.

El Concilio Vaticano II supuso la apertura del diálogo de la Iglesia y el mundo bajo el punto común de la dignidad de la persona humana y la declaración universal de derechos humanos y planteó una propuesta de una ética común. 

La civilización occidental del liberalismo, dio paso, después de la segunda guerra mundial a la del Estado de bienestar social demócrata que ha entrado en profunda decadencia en nuestros días por el crecimiento desmesurado del individualismo y del propio Estado que ha terminado por paralizar la sociedad civil con impuestos abrumadores.

El nuevo humanismo está en marcha y habrá de sustentar una civilización que surgirá de nuestra democracia y que, por ahora, solo sabemos que será un humanismo globalizado, feminista, digital, solidario e individualista, preocupado por una antropología de la dignidad de la persona humana que sea respetuoso con las raíces cristianas de Europa: abierto a la transcendencia, defensor de la libertad, de la propiedad privada y del libre mercado.

Indudablemente, como afirmaba Riemen: «el arte de ser humanos radica en la nobleza de espíritu», por eso conviene examinar nuestra conducta sobre la categoría de nuestras acciones y el trato dispensado a los demás y eso nos facilitará estar a la altura de los acontecimientos. 

Fabián C. Barrio (Los engranajes de occidente) Libro 2

 El engranaje de las minorías ruidosas

Una minoría organizada es más efectiva que un mayoría desorganizada 

Napoleón Bonaparte

Estamos ahora en la segunda mitad del siglo XX, cuando la Escuela de Frankfurt ya ha pasado por varias mutaciones. Axel Honneth, parte de la tercera generación de la Escuela, no se traga del todo el optimismo comunicativo total de sus precursores. En cambio, se centra en cómo las luchas sociales buscan algo más que mejores condiciones económicas: buscan reconocimiento, dignidad y autonomía. En este contexto, nace su teoría del reconocimiento. Su idea central es que la identidad personal y la dignidad no surgen en el vació, sino en un entramado de relaciones donde el reconocimiento es fundamental. 

Honneth distingue tres niveles de reconocimiento que todos los seres humanos necesitamos para ir tirando. El más importante, el amor y la amistad, que se cristaliza en nuestras relaciones íntimas. Nuestra identidad depende en gran medida de que alguien nos quiera. Por otro lado, está el reconocimiento legal, que nos garantiza ser tratados como iguales en sociedad. Es el paso del yo existo al yo valgo tanto como los demás. Cuando el Estado o las leyes excluyen a alguien, se le niega su plena humanidad. Finalmente, habla del reconocimiento social. El estatus. El respeto. La certeza de que tenemos un propósito en el complejo engranaje de la sociedad.

Traigo a colación a Honneth porque supo ver que, cuando el reconocimiento falla, lo que queda es la alienación y la injusticia. Para Honneth, las luchas sociales de su tiempo no se iniciaron necesariamente por los recursos materiales, sino por ocupar un lugar en el mundo: feminismo, movimientos antirracistas, reivindicaciones laborales... Todos han buscado ser vistos y valorados en su plena humanidad. Sin ese reconocimiento no hay autonomía, sin autonomía no hay sociedad justa. Así de crudo. 

Los pensamientos y las ideas son virus, están vivos. Las ideas respiran, son capaces de nacer, reproducirse, mezclarse con otros miembros de su misma especie, batallar por la supremacía de un territorio y morir. 

Cada idea que rige nuestro mundo tiene un origen concreto, un momento crucial en el que nació en el cerebro de un solo individuo. Puede ser la idea de que amamantar en público debería ser un derecho, que los animales sufren y, por lo tanto, no debemos comerlos o que los judíos son los responsables de la penuria de Occidente y deben ser destruidos. A alguien se le ocurrió esa idea primigenia, esa idea larvaria. La susurró a cuatro o cinco personas y, del mismo modo que se propaga un resfriado, la idea brotó en las mentes de otros y fue expandiéndose a lo largo y ancho de miles de conciencias. 

[...] Curiosamente, hay suficientes datos históricos para corroborar que son precisamente las ideas de la minoría las que más fácilmente se propagan y las que provocan los cambios sociales más radicales. Roma se volvió cristiana en menos de un siglo. El pensamiento nazi invadió Alemania en una década. El imperio Yuan e China cayó en tres años. Países profundamente religiosos en su origen como Francia, Italia o España, han acabado siendo ateos hasta el fanatismo en pocas décadas. 

¿Por qué es así?

El ensayista Nassim Taleb ha estudiado este fenómeno a fondo en su obra Jugarse la piel (2018).  Según su teoría, basta con que un 4 por ciento de la población insista en sus ideas con un  cierto nivel de intolerancia para que la sociedad entera acabe por admitirlas y adoptarlas.

[...] En la práctica, esto significa que no necesitas el apoyo de la mayoría para cambiar las reglas del juego, sólo necesitas hacer más ruido que los demás, ser un poco listo y aprovechar su apatía. La historia de la política moderna está llena de ejemplos: ideologías extremas, grupos de presión y lobbies de todo tipo han conseguido imponer cambios drásticos porque la mayoría, simplemente, se resigno a aceptarlo para evitar el conflicto.

En cierto modo, el polímata italiano Vifredo Pareto desarrolló este concepto también. Pareto será recordado por el principio que lleva su nombre y que dice así: «El 80 por ciento de los resultados provienen del 20 por ciento de los esfuerzo». Aplicado a la política y la sociedad, esto significa que una minoría activa, persistentes y decidida puede controlar la mayoría de las dinámicas son necesidad de contar con el respaldo de la mayoría. 

En su Tratado de sociología general (1916), Pareto describió cómo las élites —que siempre son minorías—imponen su visión sobre las masas mediante mecanismos sutiles de manipulación. La clave no radica en el número de seguidores, sino la intensidad con la que una idea es promovida y defendida. En Occidente, esas élites están conformadas por personas con conocimientos y estrategias para hacer sonar con más fuerza la máquina del ruido. Poco importa si el 90 por ciento de la gente no está de acuerdo con algo; si el 10 por ciento restante tiene control sobre los medios, las narrativas y las instituciones clave, pueden hacer que su visión parezca la única válida. No se trata de convencer a todos, sólo de marcar el ritmo y hacer que la inercia haga el resto. Pareto también tenía una visión cínica del papel de la mayoría: la gente corriente no busca ni la verdad ni el mejor resultado, busca que la dejen en paz. Y si someterse a una minoría agresiva y bulliciosa es el precio a pagar para que la vida siga son sobresaltos, lo pagarán sin dudarlo. 

Este mecanismo, que ha funcionado siempre, se está intensificando con el auge de las redes sociales. Es posible que el 3 o el 4 por ciento del que habla Taleb se reduzca aún más, haciendo que la mayoría flexible se rinda con mayor rapidez ante la minoría. 

Hay otro engranaje que hace que las ideas virales de las minorías sean especialmente peligrosas. Responde a un concepto desarrollado por el filósofo y antropólogo René Girard: el circo del deseo mimético. Girad tenía una teoría pavorosa: los seres humanos no deseamos por voluntad propia. Todo lo que creemos querer es porque lo hemos visto en otro. Es el deseo mimético. No deseas un coche caro porque sea bueno, sino porque otro lo tiene y tú no. No persigues la fama porque sea un objetivo racional, sino porque ves que otros la tienen y te corroe la envidia. No quieres que tu territorio sea independiente porque te ha brotado ese sentimiento de la nada, sino porque los ves en otros territorios a los que les ha ido bien. No quieres espontáneamente que tu país sea laico: envidias a los que lo son. Como no somos animales tan racionales como quisiéramos, es inevitable que surja en nosotros la envidia por ideas impulsadas por unos pocos que han terminado tiznando nuestro cerebro a peor.  

Girard también explicó que este proceso de imitación lleva inevitablemente a la violencia. Cuando un grupo de personas desean lo mismo, la competencia se vuelve feroz. Basta con mirar las guerras culturales en redes sociales, donde la gente se destroza por opiniones intercambiables. Todos creen estar peleando por principios, pero en realidad sólo están replicando un ciclo de deseos prestados, peleándose no por lo que es verdad, sino por lo que parece importante en ese momento.

Y la solución clásica a este caos: el chivo expiatorio. Se elige a alguien para cargar con la culpa de todo, y la masa se lanza a destruirlo con la misma pasión con la que antes lo ensalzaba. Hoy eres tendencia por hacer un vídeo gracioso, mañana te cancelan porque alguien descubrió un tuit tuyo de hace diez años. Girard nos dejó una verdad brutal, parida en los años setenta, pero brutalmente actual: en este mundo hiperconectado, no decidimos lo que queremos. Sólo seguimos la corriente, con la esperanza de no ser los últimos en enterarnos. 

¿Por qué es importante ser conscientes de este problema? Lo resumió con brillantez el pastor luterano alemán Martin Niemöller, con un simple poema:

Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comnunistas,
guardé silencio,
ya que no era comunista.

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guarde silencio,
ya que no era socialdemócrata.

Cuando vinieron a buscar a los sindicalista, 
no protesté,
ya que no era sindicalista.

Cuando vinieron a llevarse a los judíos,
no protesté,
ya que no era judío.

Cuando vinieron a buscarme,
no había nadie más que pudiera protestar.

La historia nos ha demostrado que la propagación explosiva de ideas siempre convierte a las sociedades en intransigentes e inflexibles. Los cambios para ayer que exige la minoría intransigente traerán consigo una mayoría inflexible. Y ahí sí que vamos a tener un problema muy gordo. Mi predicción es que Occidente, en las próximas décadas, será vegana, mestiza, feminazi, pansexual, transgénero y dividida en microrrepúblicas de taifas donde estará prohibido el gluten. 

Y si no sigues esos preceptos, te matarán, porque no quedará nadie más que pueda protestar.

Fabián C. Barrio (Los engranajes de occidente) Libro 1

El dinero no existe, pero algunos dineros existen más que otros

El dinero nunca hizo feliz al hombre, ni lo hará; no hay nada en su naturaleza que produzca felicidad. Cuanto más tienes, más deseas.

BERJAMIN FRANKLIN


[...] Imaginemos por un momento el futuro próximo: tienes en tu móvil una billetera oficial donde almacenas euros digitales emitidos por el confiable Banco Central Europeo. Tu nómina llega ahí puntualmente cada mes. Parece magia. Puedes pagar el café, el alquiler, el billete de autobús, todo con tu app, instantaneamente y sin comisiones. Ya no necesitas llevar efectivo; de hecho, cada vez se ven menos billetes y monedas en circulación. Todo es rápido, eficiente, trazable. ¿Suena cómodo? Seguramente. ¿Suena inquietante?. También.

Para la mastodóntica, paranoide y voraz Europa, la retórica es deslumbrante. Cualquiera puede disfrutar de una billetera, incluso quien no tenga una cuenta bancaria. Todo será eficiencia. Costes muy bajos. El fin del dinero negro. Qué maravilla.

Sin embargo, hablamos de Europa. Controladora, metomentodo, ineficiente, hiperrreguladora. Los incómodos y primitivos billetes tienen la virtud de que una vez que el Estado los emite, puedes usarlos de forma anónima. Nadie, salvo tú y quien recibió el pago, sabe en qué has decidido emplearlos. Son cheques al portador. Esa privacidad les proporciona un elemento de libertad: nos permiten gastar sin sentirnos observados. Con una CBDC, por defecto, cada transacción será apuntada meticulosamente, porque si cada euro digital es un registro en una base de datos del banco Central, cada vez que se mueve quedará constancia. Papá Pitufo podrá saber cuál es el café que más te gusta, qué libro lees, qué tamaño tienen tus consoladores y cuánto has donado a cierto partido que no puede ser nombrado.

En la actualidad vivimos en sociedades donde gran parte de nuestros pagos pasan por bancos y tarjetas, y, por tanto, todo queda registrado puntualmente. Pero una CBDC centraliza ese poder de vigilancia. Mientras usemos bancos privados y efectivo, la información está fragmentada, para acceder a ella el Estado tiene que poner en marcha un engorroso procedimiento administrativo, y aún existe la opción de la privacidad que nos brindan los billetes. Con un euro digital ubicuo, el Gobierno estaría a un clic de distancia de saber o decidir mucho sobre tu dinero. 

Otra característica inquietante es la idea del dinero programable. A diferencia de los billetes, que son inertes, los euros digitales podrían, teóricamente, programarse con condiciones. Imagina que Europa entra en recesión. Muy fácil: de repente, para incentivar el consumo, tus euros digitales tienen fecha de caducidad y te ves en la obligación de elegir entre gastarlos o que se pierdan en una nubecilla de humo digital. China ya experimentó con esa idea en su momento, poniéndole expiración a ciertos pagos de estímulo que, si no usas en unos cuantos meses, desaparecen. El dinero deja de ser tuyo y regresa a las arcas de Papá Pitufo. 

La pesadilla no termina aquí. Imaginemos por un momento que, poseído por el ritmo rakatanga, el Estado decide que has consumido demasiada gasolina un mes. Bastaría con impedir que tus euros digitales pudieran usarse para llenar el depósito. O que te han pillado rompiendo un semáforo con una melopea del quince: nada les impide bloquear tus euros digitales para que no puedas gastártelos en alcohol nunca más. ¿Y si viajas demasiado y has superado la huella de carbono que Papá Pitufo encuentra moralmente tolerable? Bloqueado para billetes de avión. Imagina también que los euros digitales que lleguen a tu cartera en forma de subsidio sólo se pueden emplear para comprar comida. Hostia, y qué fácil será cobrar las multas sin preguntar, ¿verdad? Basta con ejecutar una instrucción en la base de datos central. Las posibilidades son infinitas, no es de extrañar que Europa tenga la picha como el cuello de un pollo. Si yo fuera un burócrata europeo, estaría forzando la implantación y adelantando fechas a lo loco.

Como de hecho está ocurriendo.

En un escenario extremo distópico en el que se pueda implantar un crédito social, como el sistema de puntaje que China implementa en ciertas ciudades, uno podría imaginar una alerta en el móvil en plan: «Lo sentimos, pero tus tuits fangosos y plagados de bulos tienen como consecuencia la prohibición de emplear tus euros digitales en un radio de más de cinco kilómetros de tu casa durante un mes. Consulta la normativa 27B/6 para más información. Gobierno de España, el gobierno de la gente». Por eso, los conspiranoicos ultraliberales estamos aullando hasta desgañitarnos que una CBDC nunca debe existir, pero de ser inevitable, tiene que diseñarse con garantías robustas de privacidad y libertad, o podría convertirse en una herramienta peligrosa de vigilancia masiva y control social. Dudo mucho que una CBDC se diseñe así jamás.

La historia nos ha enseñado que la dictadura no es un pulsador que se apaga y se enciende de golpe, sino más bien un proceso, un reóstato, algo que se instala poco a poco, a veces sin que la gente se dé cuenta hasta que demasiado tarde. Hay una frase de José Saramago que lo expresa bien: «Creo que vivimos en una dictadura con apariencia de democracia. Una dictadura que no necesita de ejércitos en la calle, porque los ejércitos del capital ya ocupan todo». 

[...] Después de este recorrido, podríamos sentir que estamos entre la espada y la pared. Por un lado, las criptomonedas han demostrado ser una especie de jungla financiera: llena de oportunidades salvajes, pero también de trampas mortales. La promesa libertaria y democratizadora se ha visto más que empañada con fraudes monumentales, volatilidad que haría sudar frío a una estatua de mármol y una desconexión notable de la economía real. No cabe duda de que la tecnología blockchain ha traído innovación, y hay aplicaciones interesantes más allá de la especulación (contratos inteligentes, NFT —aunque estos últimos también han generado su propia burbuja—, etc). Pero para el ciudadano común, hasta ahora las criptos han sido más un casino o una curiosidad tecnológica, que una mejora tangible de su vida cotidiana. Pero aún, muchos ciudadanos comunes han sido presa de estafas por falta de regulación y exceso de credulidad.

Por otro lado, las CBDC —y en especial el euro digital que asoma su sospechosa y casposa cabecita en el horizonte— se presentan como la versión ordenada y segura de ese dinero digital, pero conllevan el peligro de un hipercontrol estatal sobre nuestras finanzas. La idea de un dinero totalmente programable y supervisable por el Gobierno enciende todas las alarmas de los defensores de la privacidad y las libertades civiles. Implementadas sin cuidado, o con exceso de entusiasmo regulador, podrían abrir la puerta a una sociedad de vigilancia financiera sin precedentes, donde cada transmisión queda registrada en los anales gubernamentales y donde nuestro acceso a nuestros propios fondos podría volverse condicional.

En cierto sentido, asistimos a una dialéctica curiosa: las criptomonedas nacieron para escapar del control de Estados y bancos y han derivado en un caos donde, ironía de ironías, muchas veces la gente clama por más regulación para protegerse de los abusos. Las CBDC, mientras tanto, se diseñan para reafirmar el control del Estado en el nuevo y fangoso terreno digital, prometiendo orden y confianza, pero generando a su vez desconfianza en la población que no quiere un Gran Hermano hocicando en su bolsillo. Debemos buscar un punto medio que sea capaz de ofrecer lo mejor de ambos mundos sin caer en sus extremos negativos, pero aún no lo hemos encontrado.

Pero, vamos, no te quepa la menor duda de que aquí se hará lo que diga papá Pitufo.

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