Xavier Nueno (La revuelta de los copistas) Cómo el conocimiento perdió el juicio
José Lesta y Miguel Pedrero (Claves ocultas del poder mundial) Club Bilderberg, Masonería, Bin Laden, Fidel Castro, CIA, ETA...
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| Miguel Pedrero |
ERNESTO CARDENAL, sacerdote, antiguo guerrillero y ex ministro del Gobierno sandinista de Nicaragua.
«Una de las características de nuestra Revolución es que suprime el robo, la malversación y la corrupción. Si la Iglesia decía: amar al prójimo como a ti mismo, eso es, precisamente, lo que nosotros predicábamos a través de los sentimientos de solidaridad humana que está en la esencia del socialismo y del comunismo, el espíritu de fraternidad entre los hombres, que es también uno de nuestros más apreciados objetivos. Si la Iglesia decía: no mentir, entre las cosas que nosotros más censuramos, que más duramente criticamos y repudiamos, está la mentira, el engaño. Si la Iglesia decía: por ejemplo: no desear a la mujer de tu prójimo, nosotros considerábamos que uno de los elementos éticos de las relaciones entre los revolucionarios es, precisamente, el principio de respeto a la familia y el respeto a la mujer del compañero, a la mujer del prójimo, como dirían ustedes. Cuando, por ejemplo, la Iglesia desarrolla el espíritu de sacrificio y el espíritu de austeridad, y cuando la Iglesia plantea la humildad, nosotros también plateamos exactamente lo mismo cuando decimos que el deber de un revolucionario es la disposición al sacrificio, la vida austera y modesta». Sí, como muchos de los lectores ya habrán sospechado, el autor de estas palabras es el mismísimo Fidel Castro. Es una interesante y larga entrevista concedida a Frei Betto, uno de los líderes del movimiento de la Teología de la Liberación, y que este finalmente publicó en forma de libro, con el título de Fidel y la religión, el lider cubano muestra hasta qué punto está interesado en obtener apoyos entre los líderes de este movimiento cristiano. Movimiento, como veremos más adelante, que conocía de sobra al menos desde principios de los años 70. Castró llegó a argumentar ante Frei Betto que si los obispos se decidiesen a organizar un Estado bajo los preceptos cristianos, seguro que sería un estado muy parecido a Cuba. Un Estado sin parados, sin pobres, sin drogas, sin niños en la calle, sin mendigos y sin desigualdades sociales, Argumentaba el comandante en jefe, quien en otro pasaje de la entrevista llega a comparar a Marx con Jesucristo: «También muchos pasajes de la prédica de Cristo como el Sermón de la Montaña, creo que no pueden interpretarse de otra forma que lo que tú llamas una opción de los pobres. Cuando Cristo dijo: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados; bienaventurados los que sufren, porque recibirán la tierra; bienaventurados los pobres, porque de ellos será el reino de los cielos, está claro que Cristo no les ofreció el reino de los cielos a los ricos, realmente se los ofreció a los pobres, y no creo que en aquella prédica de Cristo pueda haber también un error de traducción o interpretación. Pienso que ese Sermón de la Montaña lo habría podido suscribir Carlos Marx.
Fidel sabía bien de lo que hablaba. Y es que en los años 60 se produjo un hecho singular, un gran números de sacerdotes, teólogos y cristianos de América Latina creyeron ver en los movimientos revolucionarios y en las organizaciones socialistas y marxistas del continente a unos fieles aliados junto a los que ponen en práctica las prédicas de Jesucristo. «El ideal cristiano está más cerca del socialismo que del capitalismo. No se trata de crear un socialismo cristiano. De lo que se trata es de afirmar que el sistema socialista, cuando realmente se lleva a cabo, capacita mejor a los cristianos para vivir los ideales humanitarios y divinos de su fe», escribió en una de sus obras el teólogo de la liberación Leonardo Boff.
Estos cristianos de América Latina creían que la Iglesia de Roma se encontraba muy alejada de la terrible realidad social que vivía en continente y las verdaderas enseñanzas del Evangelio, que no eran otros que los de denunciar las injusticias y ayudar a los pobres y desposeídos. Nace así una nueva visión de Cristo, surge la figura de un Cristo revolucionario. En opinión de Boff: «En los motivos del asesinato de Jesús se observan dos vertientes. Las dos tienen algo que ver con el nivel estructural. En la primera Jesús es condenado por blasfemo. Presenta un Dios diferente al Dios del poder establecido. Como señala Jon Sobrino, Jesús desenmascara la hipocresía religiosa del orden establecido y la utilización que este hace de Dios para justificar la in justicia...En la segunda, toda la actitud y disposición de Jesús es eminentemente liberadora, como ya hemos visto; por eso las autoridades lo acusan de ser guerrillero, y por eso lo ejecutan... La resurrección es la realización del anuncio que hace Jesús de la liberación total, especialmente la liberación del reino de la muerte. La resurrección significa la concreción del reino de Dios en la vida de Jesús... La resurrección señala la meta y el cumplimiento de lo que busca todo proceso de liberación: el advenimiento de la liberación total que representa la resurrección solo sale a la luz cuando se vincula a la lucha de Jesús por el establecimiento del reino de Dios en este mundo».
No es de extrañar por tanto, que el Comité de Santa Fe para el Council for Interamerican Security considerada en un informe a la Teología de la Liberación como un arma de las fuerzas marxistas para infiltrarse en la comunidad religiosa y extender ideas que van en contra de la propiedad privada y el capitalismo.
Siegmund Ginzberg (Síndrome 1933)
Cristina Martín Jiménez (Los magos de la oscuridad) Los nuevos señores del poder: inteligencia artificial y tecnocésares
El movimiento que condensa todo el planteamiento «filosófico» de Nick Land es el aceleracionismo, una corriente que postula que la única vía de superar el capitalismo no es resistirse a él o frenarlo mediante leyes, sino llevar sus lógicas (tecnología, mercado y desregularización) hasta extremos insostenibles —e «incomprensibles para la lógica humana»— para provocar su colapso y su posterior transmutación. Es decir, el sistema capitalista ha dejado de ser una herramienta controlada por las personas para adquirir una dinámica propia: las absorbe como recursos para alimentar un crecimiento constante. La solución consistiría en acelerar ese proceso hasta provocar una caída definitiva. En otras palabras: acelerar el tecnocapitalismo para «salir» de la humanidad, como si esta fuera un estorbo.
Land no propone destruir la máquina capitalista, sino pisar el acelerador hasta que la máquina escape definitivamente a nuestro control. Y, repito, él no plantea su profecía en términos de inevitabilidad, sino como algo que debe ocurrir, pues solo así la especie humana (reducida a unos cuantos elegidos) seguirá existiendo y reinando sobre los seres «vivos» que queden, incluidas las máquinas superinteligentes, que reemplazarán a la inmensa mayoría de las personas y se habrán «fusionado» con la pequeña élite tecnológica que dominará el mundo.
La idea básica de esta distopía revestida de filosofía (con tintes nihilistas) es que no hay marcha atrás, pues no es posible volver a formas de vida precapitalistas o de decrecimiento. Por tanto, aceleremos el proceso hasta que se produzca el colapso (Land lo llama «singularidad capitalista» para después... Esa es la pregunta: ¿qué viene después? Para responderla, ese filósofo del abismo acuña un nuevo término, hiperstición, que serían todas esas ideas sacadas de la ciencia ficción que se vuelven reales porque las sociedades comienzan a actuar como si ya lo fueran, como una especie de profecía autocumplida o como si nos condenaran, sin darnos cuenta, a vivir en una realidad imaginada por otros. Esas fantasías impuestas como realidad en ningún caso contemplan la posibilidad de un mundo más justo o más libre. Por el contrario, lo que se propone es una caída en el abismo, una deshumanización total (el cataclismo civilizatorio) y, en última instancia, el final del ser humano como agente social y moral.
Es decir, según Land, intentar frenar el sistema mediante leyes, controles o protestas resulta inútil. Por tanto, hay que hacer justamente lo contrario: darle más velocidad, más tecnología, más automatización y más libertad de mercado, hasta que alcance un punto que la sociedad actual ya no pueda sostener. Ahora bien, Land no espera que de se proceso nazca necesariamente un mundo más junto. Al contrario, lo que imagina es una realidad dominada por la inteligencia tecnológica, liberada incluso de las necesidades y limitaciones humanas. Por eso habla de «salir» de la humanidad, porque de ese modo el ser humano dejaría de ocupar el centro y podría terminar siendo sustituido, superado o convertido en un elemento secundario.
Este planteamiento ha sido adoptado por la tecno-oligarquía de Silicon Valley porque, en realidad, es lo que viene haciendo desde que comenzaron a acumular poder. Como dijimos más arriba, lo que hace Land es construir un aparato «filosófico» que justifique el rumbo que las élites tecnológicas siguen desde hace años. Ni más i menos. Ni hay marcha atrás ni nadie puede frenar el desarrollo de la tecnociencia, convertida en la «palabra de Dios» de la era de la inteligencia artificial.
Aunque Nick Land y Perter Thiel operan en continentes distintos y no comparten espacios privados, la filosofía del aceleracionismo tecnológico se ha convertido en la matriz ideológica del Thielverse (universo Thiel). Empresas fundadas por el «caballero oscuro» de Silicon Valley, como Palantir Technologies, son vistas por críticos y seguidores como la encarnación física y corporativa del futuro hipervigilante y posdemocrático que Land ha descrito en sus obras.
Hombres como Perter Thiel o Alex Karp llevan años demostrando que la IA no está al servicio de las personas, ni siquiera de los Gobiernos que financian sus proyectos de vigilancia y control masivos. Por el contrario, son los gobiernos y las persona quienes «sirven» a la IA y a las empresas belicistas creadas a su alrededor. Es el tecnofeudalismo (o tecnofascismo) al que parece que nos vemos abocados. Pero a los tecno-oligarcas se les olvida algo fundamental, y es que nos necesitan para crecer y «acelerar», porque sin consumidores de tecnología ni ellos ni sus compañías existirían y, por tanto, no habría nada que acelerar.
A estas alturas, nadie duda de que la inteligencia artificial está transformando el mundo que conocemos a una velocidad de vértigo. Tampoco hay dudas respecto al uso bélico que las élites tecnológicas le están dando a la IA. Lo estamos viendo todos los días en Irán, Gaza, Líbano, Ucrania y también en los sistemas de control y vigilancia que empresas como Palantir Technologies —encarnación en la práctica de todo este constructo pseudofilofófico y psedomístico propuesto por Nick Land— están implantando en todo Occidente. Parecería que la profecía distópica de este gurú del abismo se está haciendo realidad y que nadie puede detenerla.
Que a las élites —de antes y de ahora— les molesta la democracia real es algo que sabemos muchos y que hemos denunciado en multitud de ocasiones. Lo que sí es novedoso es este afán por liquidarla —y cuanto antes— para construir un sistema en el que la tecnología y la tecnociencia dominen todos los ámbitos de la vida. En ese sistema, el ser humano —que les molesta aún más que la democracia— se ve relegado a ocupar un espacio residual, irrelevante, como si las sociedades dejaran de necesitar a los humanos para existir. Parece una contradicción, pero es hacía donde se dirigen los magos de la Ilustración Oscura con sus farragosos y confusos planteamientos sobre el final de los tiempos y el advenimiento de una nueva era que «escapa» a la lógica humana [...]

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