Stéphanie Roza (¿La izquierda contra la Ilustración?)

Asistimos actualmente en una parte del mundo académico y militante, que centra sus análisis, según sus propias afirmaciones, en los problemas de la opresión social, racial y/o sexual, a una verdadera andanada contra la "razón imperial racista" supuestamente activa en los principios políticos, los movimientos o partidos y los textos que reivindican, más o menos explícitamente, el proyecto humanista formulado originalmente por los pensadores de la Ilustración del siglo XVIII. Este proyecto se encuentra asociado a un objetivo en el fondo imperialista, neocolonial, masculino y opresor, en una palabra: "blanco".

Con frecuencia, la referencia concreta a la Ilustración ha desaparecido incluso de esas críticas que ocupan desde hace una veintena de años un espacio relativamente importante en los campos de la filosofía política y más en general de las ciencias sociales, situando sus declaraciones en la confluencia de los debates intelectuales y políticos contemporáneos. En particular, la idea de universalidad se ha convertido en sinónimo de dominación. "Lo universal —cuestionado por los feminismos y los estudios gays y lésbicos—, que se sabía era masculino y heterosexual debe ser repensado también como "blanco" a la luz de los estudios poscoloniales, de las relaciones étnico-raciales y de los subaltern studies", afirma, por ejemplo, una socióloga. 

Este punto de vista analítico permite acusaciones especialmente graves lanzadas contra los movimientos de emancipación tradicionales: "El título de mi intervención ["Descolonizar el feminismo"] indica que ciertos feminismos son feminismos coloniales y deben ser descolonizados. Por feminismos coloniales entiendo un conjunto de discursos y de prácticas, activados por las fuerzas tanto externas como internas del feminismo, que consolidan o perpetúan el colonialismo bajo múltiples formas: colonialismo de la población, administrativos, económicos, militares, internos, etc, señala una profesora de Berkeley. Este tipo de excesos verbales, consistentes en acusar directamente a sus compañeras feministas de colonialismo, se ha popularizado. Resumiendo las conclusiones de tales investigaciones, una periodista no duda en afirmar: "Las ideas de la Ilustración han creado los problemas de raza y de supremacía blanca". Esta fórmula, curiosa en la forma como en el fondo, queda explicitada un poco más adelante: "La raza tal como la concebimos actualmente —una taxonomía biológica que transforma la diferencia física en relaciones de dominación— es un producto de la Ilustración". 

En tal caso, no se comprende por qué todos los movimientos racistas, sexistas, antisemitas y homófobos del mundo, desde los nazis, a los supuestos supremacistas blancos norteamericanos pasando por el Daech, no dejan de pisotear la herencia de la Ilustración hasta querer acabar con 1789 y la Declaración de los Derechos Humanos. Cabe preguntarse también cómo tantas luchas feministas (lejos de ser exclusivamente "blancas"), antiesclavistas y anticoloniales, han podido, por el contrario, reivindicar claramente su herencia. De manera general, tampoco se comprende por qué las tradiciones socialista y comunista reivindican expresamente la tradición de las Luces y de la Revolución francesa desde su aparición. El mismo movimiento anarquista era hasta no hace mucho globalmente fiel a este fondo común. Hay que interrogarse sobre este giro histórico de una parte de las corrientes de izquierda, que la  toman con sus propios compañeros de lucha y con sus más ilustres predecesores, con unos argumentos que no son fáciles de identificar teórica y políticamente y, en todo caso, con una violencia sorprendente. ¿Cómo explicar esta creciente hostilidad hacia el universalismo, el racionalismo y el progresismo de la Ilustración en un campo, el de la izquierda o más bien de las izquierdas, que supuestamente aspira a la emancipación humana e general? ¿Cómo se ha llegado a esto?

Por izquierda designamos aquí, de manera deliberadamente amplia, al conjunto de posiciones portadoras explícitamente de proyectos de subversión del orden existentes (político, social, económico) en favor de los oprimidos desde la Revolución francesa. Muy a menudo, los oprimidos se distribuyen en el discurso de las izquierdas en tres grupos principales: el primer lugar, las víctimas económicas del sistema de dominación (los proletarios, los explotados, la clase obrera); a continuación, las víctimas sexuales (las mujeres, los homosexuales); finalmente, las víctimas raciales (los pueblos colonizados, las minorías étnicas, los inmigrantes). La preocupación por la opresión socioeconómica es la señal más destacada de las ideologías de izquierda, pero las otras dos están presentes tanto en los textos como en las luchas concretas desde el siglo XVIII: aquí no serán consideradas como secundarias.

[...] La tesis que se defenderá aquí es que esta posición, contrariamente a las formas de critica que habían tenido lugar hasta entonces, no es portadora de ningún progreso en la emancipación intelectual, moral o política. Al contrario, la incriminación radical del legado de la Ilustración representa una regresión en la medida en que viene a alinearse, se quiera o no, volens nolens, con los argumentos y las tesis de la vieja crítica conservadora y contrarrevolucionaria de los antiilustrados. Tomar conciencia del punto muerto de tal enfoque es indispensable en la perspectiva de reconstrucción e incluso de rearme ideológico de la izquierda frente a los desafíos contemporáneos. 

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