El engranaje de las minorías ruidosas
Napoleón Bonaparte
Estamos ahora en la segunda mitad del siglo XX, cuando la Escuela de Frankfurt ya ha pasado por varias mutaciones. Axel Honneth, parte de la tercera generación de la Escuela, no se traga del todo el optimismo comunicativo total de sus precursores. En cambio, se centra en cómo las luchas sociales buscan algo más que mejores condiciones económicas: buscan reconocimiento, dignidad y autonomía. En este contexto, nace su teoría del reconocimiento. Su idea central es que la identidad personal y la dignidad no surgen en el vació, sino en un entramado de relaciones donde el reconocimiento es fundamental.
Honneth distingue tres niveles de reconocimiento que todos los seres humanos necesitamos para ir tirando. El más importante, el amor y la amistad, que se cristaliza en nuestras relaciones íntimas. Nuestra identidad depende en gran medida de que alguien nos quiera. Por otro lado, está el reconocimiento legal, que nos garantiza ser tratados como iguales en sociedad. Es el paso del yo existo al yo valgo tanto como los demás. Cuando el Estado o las leyes excluyen a alguien, se le niega su plena humanidad. Finalmente, habla del reconocimiento social. El estatus. El respeto. La certeza de que tenemos un propósito en el complejo engranaje de la sociedad.
Traigo a colación a Honneth porque supo ver que, cuando el reconocimiento falla, lo que queda es la alienación y la injusticia. Para Honneth, las luchas sociales de su tiempo no se iniciaron necesariamente por los recursos materiales, sino por ocupar un lugar en el mundo: feminismo, movimientos antirracistas, reivindicaciones laborales... Todos han buscado ser vistos y valorados en su plena humanidad. Sin ese reconocimiento no hay autonomía, sin autonomía no hay sociedad justa. Así de crudo.
Los pensamientos y las ideas son virus, están vivos. Las ideas respiran, son capaces de nacer, reproducirse, mezclarse con otros miembros de su misma especie, batallar por la supremacía de un territorio y morir.
Cada idea que rige nuestro mundo tiene un origen concreto, un momento crucial en el que nació en el cerebro de un solo individuo. Puede ser la idea de que amamantar en público debería ser un derecho, que los animales sufren y, por lo tanto, no debemos comerlos o que los judíos son los responsables de la penuria de Occidente y deben ser destruidos. A alguien se le ocurrió esa idea primigenia, esa idea larvaria. La susurró a cuatro o cinco personas y, del mismo modo que se propaga un resfriado, la idea brotó en las mentes de otros y fue expandiéndose a lo largo y ancho de miles de conciencias.
[...] Curiosamente, hay suficientes datos históricos para corroborar que son precisamente las ideas de la minoría las que más fácilmente se propagan y las que provocan los cambios sociales más radicales. Roma se volvió cristiana en menos de un siglo. El pensamiento nazi invadió Alemania en una década. El imperio Yuan e China cayó en tres años. Países profundamente religiosos en su origen como Francia, Italia o España, han acabado siendo ateos hasta el fanatismo en pocas décadas.
¿Por qué es así?
El ensayista Nassim Taleb ha estudiado este fenómeno a fondo en su obra Jugarse la piel (2018). Según su teoría, basta con que un 4 por ciento de la población insista en sus ideas con un cierto nivel de intolerancia para que la sociedad entera acabe por admitirlas y adoptarlas.
[...] En la práctica, esto significa que no necesitas el apoyo de la mayoría para cambiar las reglas del juego, sólo necesitas hacer más ruido que los demás, ser un poco listo y aprovechar su apatía. La historia de la política moderna está llena de ejemplos: ideologías extremas, grupos de presión y lobbies de todo tipo han conseguido imponer cambios drásticos porque la mayoría, simplemente, se resigno a aceptarlo para evitar el conflicto.
En cierto modo, el polímata italiano Vifredo Pareto desarrolló este concepto también. Pareto será recordado por el principio que lleva su nombre y que dice así: «El 80 por ciento de los resultados provienen del 20 por ciento de los esfuerzo». Aplicado a la política y la sociedad, esto significa que una minoría activa, persistentes y decidida puede controlar la mayoría de las dinámicas son necesidad de contar con el respaldo de la mayoría.
En su Tratado de sociología general (1916), Pareto describió cómo las élites —que siempre son minorías—imponen su visión sobre las masas mediante mecanismos sutiles de manipulación. La clave no radica en el número de seguidores, sino la intensidad con la que una idea es promovida y defendida. En Occidente, esas élites están conformadas por personas con conocimientos y estrategias para hacer sonar con más fuerza la máquina del ruido. Poco importa si el 90 por ciento de la gente no está de acuerdo con algo; si el 10 por ciento restante tiene control sobre los medios, las narrativas y las instituciones clave, pueden hacer que su visión parezca la única válida. No se trata de convencer a todos, sólo de marcar el ritmo y hacer que la inercia haga el resto. Pareto también tenía una visión cínica del papel de la mayoría: la gente corriente no busca ni la verdad ni el mejor resultado, busca que la dejen en paz. Y si someterse a una minoría agresiva y bulliciosa es el precio a pagar para que la vida siga son sobresaltos, lo pagarán sin dudarlo.
Este mecanismo, que ha funcionado siempre, se está intensificando con el auge de las redes sociales. Es posible que el 3 o el 4 por ciento del que habla Taleb se reduzca aún más, haciendo que la mayoría flexible se rinda con mayor rapidez ante la minoría.
Hay otro engranaje que hace que las ideas virales de las minorías sean especialmente peligrosas. Responde a un concepto desarrollado por el filósofo y antropólogo René Girard: el circo del deseo mimético. Girad tenía una teoría pavorosa: los seres humanos no deseamos por voluntad propia. Todo lo que creemos querer es porque lo hemos visto en otro. Es el deseo mimético. No deseas un coche caro porque sea bueno, sino porque otro lo tiene y tú no. No persigues la fama porque sea un objetivo racional, sino porque ves que otros la tienen y te corroe la envidia. No quieres que tu territorio sea independiente porque te ha brotado ese sentimiento de la nada, sino porque los ves en otros territorios a los que les ha ido bien. No quieres espontáneamente que tu país sea laico: envidias a los que lo son. Como no somos animales tan racionales como quisiéramos, es inevitable que surja en nosotros la envidia por ideas impulsadas por unos pocos que han terminado tiznando nuestro cerebro a peor.
Girard también explicó que este proceso de imitación lleva inevitablemente a la violencia. Cuando un grupo de personas desean lo mismo, la competencia se vuelve feroz. Basta con mirar las guerras culturales en redes sociales, donde la gente se destroza por opiniones intercambiables. Todos creen estar peleando por principios, pero en realidad sólo están replicando un ciclo de deseos prestados, peleándose no por lo que es verdad, sino por lo que parece importante en ese momento.
Y la solución clásica a este caos: el chivo expiatorio. Se elige a alguien para cargar con la culpa de todo, y la masa se lanza a destruirlo con la misma pasión con la que antes lo ensalzaba. Hoy eres tendencia por hacer un vídeo gracioso, mañana te cancelan porque alguien descubrió un tuit tuyo de hace diez años. Girard nos dejó una verdad brutal, parida en los años setenta, pero brutalmente actual: en este mundo hiperconectado, no decidimos lo que queremos. Sólo seguimos la corriente, con la esperanza de no ser los últimos en enterarnos.
¿Por qué es importante ser conscientes de este problema? Lo resumió con brillantez el pastor luterano alemán Martin Niemöller, con un simple poema:
Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comnunistas,
guardé silencio,
ya que no era comunista.
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guarde silencio,
ya que no era socialdemócrata.
Cuando vinieron a buscar a los sindicalista,
no protesté,
ya que no era sindicalista.
Cuando vinieron a llevarse a los judíos,
no protesté,
ya que no era judío.
Cuando vinieron a buscarme,
no había nadie más que pudiera protestar.
La historia nos ha demostrado que la propagación explosiva de ideas siempre convierte a las sociedades en intransigentes e inflexibles. Los cambios para ayer que exige la minoría intransigente traerán consigo una mayoría inflexible. Y ahí sí que vamos a tener un problema muy gordo. Mi predicción es que Occidente, en las próximas décadas, será vegana, mestiza, feminazi, pansexual, transgénero y dividida en microrrepúblicas de taifas donde estará prohibido el gluten.
Y si no sigues esos preceptos, te matarán, porque no quedará nadie más que pueda protestar.

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