Miquel Seguró Mendlewicz (Vulnerabilidad)

El riesgo de la empatía
 
Empatía es una palabra que puede llegar a aborrecerse con suma facilidad. La pérdida de credibilidad, fruto de su uso indiscriminado, y el fetichismo con el que a veces se la nombra para amortiguarlo todo, explican en parte ese hastío. Eso no quita que si no pudiéramos empatizar tendríamos muchas más dificultades para llegar a la noche de una jornada ordinaria. Ser capaz de trasladarse al mundo del otro y atinar con esa suposición ayuda en muchas cosas cotidianas. Incluso es lo que las hace posible. Es lo que facilita salir airoso de una situación en la que las rutinas de conducta no aclaran cómo hacerlo.

La empatía suele reclamarse sobre todo en el contacto relacional estrecho. Pedirle empatía a alguien es rogarle que no se muestre inconmovible e insensible, ante lo que pasa o le dicen que pasa. Es una combinación híbrida de petición de universalidad y particularmente dirigida a una persona para que demuestre empatía en una determinada situación porque se le presupone la capacidad de tenerla en general. Sin esa presunción, directamente no sería requerida a selo y, menos aún, criticada o punida por no actuar empáticamente. A nadie se le puede exigir una facultad que no puede tener.

Lo decisivo para poder valorar si una determinada actuación es o no empática, parecer ser, entonces, mostrar o mostrarse como tal. Es decir, que para aterrizar la voluntad universal de cuidarse y de cuidarnos y llevarlo a cada caso concreto la empatía se hace indispensable. Pero con esto no queda resuelto el asunto, pues como Descartes prescribe, hay que dudar metódicamente de ciertas cosas, porque muchas de ellas parecen lo que no son y otras son lo que no parecen. 

Decimos que empatizar es fundamentalmente saber y querer compartir la risa y el llanto. Sin embargo, en sentido que hoy le damos mayoritariamente a la palabra empatía (que entronca con la Einfühlung alemana) no guarda mucha relación con el que le otorgaban los antiguos. Para Galeno, por ejemplo, empatía significaba dolencia y no tenía nada de saludable; comportaba, si acaso, un trance desestabilizarte por excesos de dolor. Poco que ver, asimismo, con la apatheia como gran virtud del sabio ante los acechos de la vida que propugnaban los estoicos, quienes probablemente considerarían que lo que hoy entendemos por empatizar no tiene nada de deseable.

Para nosotros, en cambio, se trata de una cualidad, de una virtud de conexión que facilita una interrelación «sana». Asumimos que una persona empática es aquella que es capaz de ponerse en el lugar del otro, de hacerse cargo de las razones ajenas y de priorizar el consenso al disenso. Hacerse suyo algo es llevarlo a la propia vivencia. En incorporar un pathos. Lo que requiere ser capaz de combinar objetividad y subjetividad, universalidad y particularidad, semejanza y diferencia. Analogía en acción, en definitiva. Como sucede con la vulnerabilidad, en la empatía tiende a enfatizarse el sentido sufriente del circuito de identificación, aunque sí es verdad que, a diferencia de la vulnerabilidad, no es inusual decir que uno empatiza con la alegría de otros. 

[...] El punto de partida para pensar la empatía es que nos están dados sujetos que no somos nosotros. Que hay que nos trasciende, una vez más. En este caso, algo que es ya alguien. No deja de ser paradójico que uno sea su «yo» para sí mismo, pero cuando está en una cola para pagar y se pide por quién es el siguiente y alguien responde «yo», no nos sobresaltemos reclamando la auténtica «yoiedad» para nosotros. Parece un juego de palabras pero no lo es. Es el tácito reconocimiento de que hay más «yo» fuera de uno mismo. De que nadie agota los «yo» a pesar de que para cada uno de nosotros el único «yo» accesible sea el que se encarna. 

A partir de las investigaciones doctorales de Edith Stein sobre la empatía (tesis que dirigió Edmund Husserl, por cierto) podemos decir que la dinámica empática transita por tres momentos: la aparición de la vivencia, su explicación y su objetivación. La concreción de esta experiencia tiene que ver con aquello que se está manifestando, que es la incorporación de la vivencia ajena, o la excentricidad de esa vivencia, ya no centrada en el «yo» sino remitida al «otro». Pero la pregunta es: ¿qué es lo que aparece, lo que se manifiesta, en la vivencia de la empatía? ¿Es factible decir que realmente salimos de nosotros mismos?

En todo este proceso una cosa sí parece clara, y es que el ejercicio de la mirada es fundamental. Mirarse cara a cara y, sobre todo, no bajar la mirada ante el «otro» dice mucho. De uno mismo, claro. Se estima que en nuestras sociedades nos miramos un 60 por ciento del tiempo en que mantenemos una conversación, menos cuando nos apasionamos o cuando litigamos, que entonces la mirada es más directa y sostenida. En la mirada es donde la posibilidad de la empatía se pone más en juego y donde circula más claramente en ambos sentidos: miramos al mismo tiempo que nos miran. La exposición de la propia intimidad y el resquebrajamiento de la máscara que todos llevamos puesta (prósopon, en griego; persona, en latín). Es lo que más incomoda de esos ojos que nos interpelan. Por eso cuesta tanto aguantar la mirada.

Yendo al punto crítico de la pregunta por la posibilidad de la empatía en el momento del surgimiento del elemento propio con el que empatizamos (porque no empatizamos con el «otro», sino con una vivencia en nosotros del «otro» y que reportamos como ajena), es donde se pone en juego la circularidad que ya conocemos. La analogía puede ayudar como mecanismo relacional al inferir elementos empáticos, pero también puede interferir con ellos. Cuando hay una previsión excesiva por analogía, todo se reporta en exceso al «yo». Es lo que sucede cuando uno conversa y lo relaciona todo con su propia experiencia, dando pie a una injerencia excesiva que se convierte rápidamente en una interferencia. 

La analogía también se hace desde un punto de fuga, que es uno mismo, con lo cual la pregunta permanece incólume. Si es cuestionable que sea posible salir del ego cogito, teniendo en cuenta que lo ajeno es «ajeno» a mí, ¿a qué podemos acceder con rigor en esa vivencia ajena?

Este cortocircuito, radical, pone en tela de juicio la posibilidad misma de la empatía y traza una duda que siempre la acompaña. Debemos ser claro en este punto y asumir que el círculo de la empatía no puede cerrarse. La pregunta por la posibilidad de la empatía es una pregunta límite, abierta, incluso vulnerable, si se prefiere. Ahora bien, hemos visto antes que en el concepto de lo limítrofe se da una circularidad por la cual las cosas se reconocen mutuamente. Así que preguntarse por el límite de la propia empatía es presuponer en primer lugar que algo alrededor de ella existe. Falta saber qué, si una idea, una ilusión o realmente una compresión de la alteridad.

Jano García (El rebaño) Cómo Occidente ha sucumbido a la tiranía ideológica

Un tsunami purificador recorre Occidente con sus nuevos dogmas basados en la superioridad moral, jaleado por periodistas, famosos, influencers, modelos, actores, deportistas, grandes empresas y bancos que se encargan de esparcir las dosis de moralina, delatar, estigmatizar y demonizar a los que se niegan a claudicar frente a la hegemonía cultural de nuestro tiempo, que es profundamente irrealista. Los conocidos como creadores de opinión ya no ponen en jaque al sistema ni lo desafían, al contrario, se han convertido en aliados del mismo autoproclamándose salvadores de la nueva moral. Ahora son héroes solidarios, liberadores comprometidos con los supuestamente oprimidos y guardianes de la conciencia social por mandato divino. Una élite autodesignada y, por supuesto, subvencionada que mantiene un férreo control sobre las masas para guiarlas por el camino que la hegemonía marca como correcto. Resulta grotesco observar a mujeres que conducen populares programas televisivos, y cuyo sexo, lejos de perjudicarles, les ha ayudado a hacerse millonarias, denunciar la opresión del heteropatriarcado. Hombres negros denunciando racismo cuando son las estrellas más reconocidas del cine. Cantantes combatiendo prejuicios sociales que nadie alcanza a detectar. Periodistas comprometidos por injusticias que nadie ha visto. Influencers que dicen ser rechazadas por la sociedad. Combates superficiales contra un enemigo imaginario y sin opositores son las causas escogidas por los purificadores de almas occidentales. 

Conscientes de que la masa no tiene ideas propias, el movimiento configurado por las élites es el encargado de influenciar y dar las proclamas que refuerzan la hegemonía del culto al odio, la ignorancia, la irracionalidad y el sentimentalismo primitivo. Las masas perciben en su vecino, familiar, pareja y amigo un enemigo al que deben reeducar porque así se lo marcan sus gurús. Su actuación está respaldada por la clase política, los medios de comunicación y los profesores universitarios, que expanden las políticas de la violencia legítima. La hegemonía actual no cesa en su empeño constante de educar a las masas para que sean ellas quienes hagan el trabajo sucio para no asesinar el librepensamiento, la libertad, la voluntad, el libre albedrío, el autoconocimiento, el yo, el individuo y la comunidad. Una purga constante para hacer cada día u «sacrificio» a los nuevos dioses que generan un clima de terror que da como resultado la adhesión o el silencio. El nuevo marco mental promueve un nuevo hombre. Es la hora del empresario concienciado, del banquero usurero que se hace pasar por solidario, del marxista feminista, de las multinacionales antirracistas, del ecologista de yate y del socialista que acumula propiedades. Todos estos personajes engloban la democracia sentimental en la que nos hallamos, que ha adulterado el verdadero significado de la democracia y la ha convertido en un estercolero de prebendas simplistas, victimismo y pura fachada para cumplir con los cánones establecidos.

Las élites que predican la diversidad y la inmigración sin control, lo hacen desde sus mansiones protegidas por seguridad privada.

Los grandes empresarios lloran por la precariedad, mientras trasladan sus compañías a países con mano de obra barata.

Las plañideras feministas ven resquicios de machismo en Occidente por lo ocurrido hace seis siglos, pero no ven machismo en el vecino que obliga a su mujer a cubrirse de arriba abajo.

Los políticos recurren al pueblo com o garante de la libertad y la democracia, excepto sin no votan lo que ellos quieren, como ocurrió con el Tratado de la Constitución europea.

La izquierda dice estar consternada por la situación de la clase obrera, pero no tardan en otorgar beneficios al oligopolio empresarial para aumentar su poder y, por ende, la precariedad laboral.

La derecha se presenta como la defensora de las clases medias mientras aprueba nuevos impuestos que la empobrecen.

Los medios de comunicación dicen ser independientes mientras practican felaciones públicas en las entrevistas a sus jefes políticos.

El «ecopaleto» dic estar comprometido con el entorno rural a la vez que clama por imponer tasas verdes, reducir el consumo de carne y prohibir prácticas de las que viven cientos de miles de familias.

El urbanita lucha por acoger a los refugiados, pero que estos sean enviados a los barrios pobres para no convivir con ellos.

En la nueva hegemonía más vale parecer que ser. Basta con adaptarse a la retórica oficial para obtener el certificado de buen ciudadano y, así, perpetuar la tiranía alogocrática en nombre de las causas nobles. Así nace la cultura de la cancelación, la autocensura y la presión social para que el rebaño no se vea frente al espejo. No es de extrañar que cualquiera que evidencie la doble moral de los alogócratas sufra la ira enfurecida de la masa que alega sentirse ofendida y que el emisor deber ser cancelado para no provocar traumas irresolubles. Se atribuye a Jean de la Fontaine, popular fabulista francés, la siguiente cita: «Todos lo cerebros del mundo son impotentes contra cualquier estupidez que esté de moda», y ciertamente nos hayamos en la moda de lo políticamente correcto, del silencio para no ofender, de no pensar, y de callar nuestras ideas porque podrían suponer un linchamiento público. Mejor hacer como que luchamos contra las injusticias del planeta para que nuestros semejantes no nos señalen y los alogócratas estén contentos viendo cómo el proceso diseñado de arriba abajo consigue imponer una hegemonía cultural que les asegure el poder total porque la masa exige, en pro de la ilusión de vivir en un mundo feliz, que se recorten libertades a cambio de seguridad. Es el signo de los tiempos, la sustitución del pensador por el «sentidor» para llevarlo todo al ámbito emocional. 

Se crea una figura que sirva como enemigo que impide crear el paraíso en la Tierra, el capitalismo, el machismo, el racismo, el imperialismo, el colonialismo, etc. Una especie de complot general que desde las sombras impide al ser humano alcanzar el summumm de la felicidad y por el que todos deben luchar unidos para derrotarlo. Una vez instaurada la creencia de la existencia de un grupo de opresores que oprimen al pueblo inocente, el siguiente paso es imponer medidas despóticas que serán justificadas por el rebaño para conseguir un bien mayor. El fin justifica los medios, aseguran. Incluso si eso pasa por recurrir a la discriminación contra los varones o los blancos, se acepta y se renombra como «discriminación positiva» para dotarle de un significado propio del que hace el bien. La verdad pasa a ser perseguida y cualquier cuestionamiento sobre el nuevo proyecto es rápidamente catalogado y perseguido. Solo un negacionista que habita en el Mal puede dudar del bien que la sociedad está persiguiendo. La hegemonía presente actúa al modo hegeliano en el que puedes escoger entre dos bandos: el correcto, que te asegura comodidad, respeto, aceptación social, popularidad, reconocimiento social y académico, o por el contrario, el bando incorrecto, que supone estar sometido a linchamientos, insultos, desprecio, impopularidad y desprecio del mundo académico. No hace falta decir qué bando es más apetecible.

Jordi Pigem (Pandemia y posverdad) La vida, la conciencia y la Cuarta Revolución Industrial

En el pasado, los tiranos y otros corruptos nunca habían tenido tanta capacidad de dar gato por liebre, de hacer creer que las sombras son luz. En la caverna platónica, los prisioneros tomaban las sombras por seres reales, pero al menos sabían que ellos eran prisioneros. En la caverna tecnológica, en la que el plástico y las pantallas sustituyen a las rocas y la hoguera, los prisioneros no se dan cuenta de que lo son, porque sus cadenas son invisibles: cadenas de adicción psicológica, cadenas de reclamos publicitarios, viejas cadenas de radio y televisión, nuevas cadenas de rastreo digital.

Los grandes coreógrafos de bailes de máscaras son hoy, sin embargo, los grandes medios de comunicación, que también dependen, como casi todo, del complejo tecnológico-financiero. La gran mayoría de los grandes medios de comunicación (televisiones, radios y prensa) del mundo dependen de nueve enormes «conglomerados mediáticos», a los que a fin de cuentas interesa que veamos unas cosas y otras no, y entre cuyos principales accionistas están los grandes fondos de inversión.

La información que estos medios nos transmiten les llega sobre todo de las grandes agencias de noticias, como Reuters. Muchos artículos de opinión internacionales son suministrados por Project Syndicate, y las líneas maestras de la comunicación son establecidas por entidades como European Journalism Centre. Y resulta que Project Syndicate y European Journalism Centre están en buena medida financiados por las Open Society Foundations de George Soros y por la Fundación Bill y Melinda Gates. Para que los medios de menor envergadura no se queden rezagados, en septiembre de 2020 Facebook anunció que, a través del European Journalism Centre, «invertiría» 3 millones de dólares, para ayudar a «informar de manera continuada sobre la covid-19 en comunidades locales. 

Ante la sacudida existencial, económica y social causada por las medidas contra la covid (confinamientos, personas que se quedan sin trabajo, militares fumigando absurdamente las calles, franjas horarias en que unas personas pueden salir a la calle y otras no, uso obsesivo de mascarillas y otras barreras), la inmensa mayoría de los medios de comunicación han renunciado a tener un papel crítico y plural, han fomentado el miedo y la obediencia y se han erigido en pastores que guían el rebaño de la opinión pública.  Esto no ha ocurrido por casualidad, ni porque estas medidas fuesen todas obvias e incuestionables.

El pensamiento único que se ha impuesto en los medios de comunicación de masas, y la censura de voces críticas (incluidas las de científicos eminentes) en los medios digitales, tiene que ver con la densa red de intereses creados que emanan del complejo tecnocientífico. Y encaja a la perfección con la sociedad centrada en los intereses de las empresas y de la tecnología, y no en las personas y en la vida, que propugna el Foro Económico Mundial.

En las cuestiones menores unos medios pueden ser de una ideología y otros de otra, pero en las cuestiones de fondo prácticamente hay unanimidad. Es extraordinario cómo, estando acostumbrados a ver en los medios debates de todo tipo, con personas dialogando a favor y en contra de cualquier cosa, pequeña o grande, no haya habido en ningún medio importante del mundo un debate sobre la sacudida existencial causada por las medidas impuestas por las autoridades. En vez de debate, lo que ha habido es un diluvio incesante de datos fuera de contexto sobre «casos» (la mayoría, personas perfectamente sanas que han dado «positivo» en un test poco fiable) y «muertos de covid» (personas que han fallecido dado positivo en un test previo de covid, o que se supone que habrían dado positivo, pero que en muchos casos no han muerto directamente «a causa» del virus SARS-CoV-2). Esta lluvia de datos sobre la enfermedad concreta, generalmente sin ninguna referencia a la mortalidad habitual (en España la mortalidad diaria habitual, «esperada» según los demógrafos, es de unas 1100 personas en verano y unas 1400 en invierno), junto con el hecho de que no se permitían opiniones discrepantes, fue decisiva para fomentar el pensamiento único, la obediencia y el miedo. 

Reuters, la gran agencia mencionada, no solo suministra noticias a los medios de comunicación del todo el mundo. En enero de 2021 Reuters Next organizó una «conferencia virtual» en la que participaron, según su propia web, «más de 40 000 directivos y otros líderes» de más de ciento cincuenta países. En la convocatoria para la siguiente conferencia global de estas dimensiones, en diciembre de 2021, entre los primeros ponentes confirmados se hallan Christine Lagarde (presidente del Banco Central Europeo), Antony Blinken (actual secretario de Estados Unidos), Anthony Fauci (personaje central de la gestión de la covid en Estados Unidos, vinculado a la manipulación genética de coronavirus) y otros miembros de la élite global, en un evento que se vanagloria de su «diversidad de voces». 

Con la covid también han salido a la palestra los autoproclamados fact-checkers o «verificadores, que no son guardianes de la verdad (como muchos ingenuamente creyeron) ni guardianes de la mentira: son guardianes de la posverdad. A partir de una serie de datos generalmente ciertos, pero fuera de contexto, velan para que no haya grietas en el sistema de creencias de la narrativa oficial. Los más importantes, también en nuestro país, forman parte de una International Fact-Checking Netwok (IFCN) del Poynter Institute, que recibe financiación, entre otros, de la polémica Fundación Koch y de la Fundación Bill y Melinda Gates. Lejos de ser neutrales, responden a intereses muy concretos.

La web del Foro Económico Mundial, dedicaba, ya en los primeros meses del 2020, un intrincado mapa conceptual a la «inteligencia estratégica» de la covid-19 (un entramado interactivo que relaciona cientos de conceptos, presidido por la mascarilla como imagen icónica. Su primer gran apartado, leyendo en la dirección de las agujas del reloj, es "El papel de los medios durante la covid-19"). El papel de los medios es sin duda fundamental en la gestión de las percepciones. 

A medida que ha ido creciendo el poder de los servicios secretos y de los medios de comunicación, es lógico (sería ingenuo creer otra cosa) que partes del relato oficial de algunos grandes acontecimientos sean solo eso, relato. Hay teorías de la conspiración que son armas de confusión masiva, pero también es arma de confusión masiva el uso insistente de esa etiqueta para poner en el mismo caso la barbaridad grotesca y la disidencia razonada. Todo núcleo de poder muestra un rostro más amable del que verdaderamente tiene. 

Se imponen mensaje que parecen orientados, orwellianamente, a atemorizar, infantilizar y confundir, y que a menudo general un pensamiento único. O un pensamiento único acompañado de su contrapeso único, de modo que, entre unas falsedades y sus falsedades contrarias, cada vez es más difícil razonar con claridad. Lo que llamamos «la pandemia» va de la mano con lo que podemos llamar el pandemonio. 

Pigem, Jordi (La nueva realidad) Del economicismo a la conciencia...
Pigem, Jordi (Inteligencia vital) Una visión postmaterialista de la vida y...

Paula Biglieri - Luciana Cadahia (Siete ensayos sobre el populismo)

EL POPULISMO EN LAS ANTÍPODAS DEL NEOLIBERALISMO

Ahora bien, hasta aquí no hemos hecho otra cosa que mostrar cómo cada  una de las corrientes mencionadas más arriba (izquierda liberal, autonomismo y republicanismo) pensaba el vínculo del populismo con el neoliberalismo, pero poco hemos dicho nosotras sobre lo que entendemos por este último término. Por lo que se vuelve necesario detenernos a pensar de qué estamos hablando cuando usamos la palabra neoliberalismo. Este ejercicio nos ayudará a explicar mucho mejor por qué pensamos que el populismo no es una expresión más del neoliberalismo y que, incluso, tiene reservado dentro de sí el secreto de su alternativa. 

Para ello, nos vamos a centrar en las investigaciones de Michel Foucault y Wendy Brown alrededor del neoliberalismo, ya que apunta a la dirección que nos interesa explorar. En su clásico libro Nacimiento de la biopolítica, Foucault define al neoliberalismo como una respuesta práctica a la crisis del arte de gobernar liberal que tendrá impacto en dos niveles a la vez: en las formas de gobierno y en los procesos de subjetivación. En lo que se refiere al primer caso, el neoliberalismo funciona como un arte específico de gobierno, cuyo modo de actuar se caracteriza por una transformación de la racionalidad del Estado en el que la economía comienza a ser creadora de derecho público. Foucault establece una distinción muy importante entre la racionalidad estatal y la disciplinaria propia de la modernidad y la racionalidad de gobierno neoliberal de nuestra época. El principal aspecto que nos interesa remarcar tiene que ver con el papel del derecho en el interior de cada tipo de racionalidad práctica o forma gubernamental. Mientras en el primer caso la ley y el derecho operaban como una limitación exterior, que permitía fundamentar lo que estaba prohibido y permitido hacer dentro de un gobierno, en el segundo, en cambio, emerge una autolimitación económica que nace del interior de la misma práctica de gobierno acompañada de un «antiestatismo o fobia al Estado». Esto supone, por un lado, una transformación en las formas de estatalidad, dado que el foco deja de estar puesto en la figura de una ley o derecho que fija lo prohibido y lo permitido y pasa a ubicarse en la figura del consenso y el interés práctico. Así, el consenso, en tanto forma de gubernamentalidad, desplaza la legitimidad que venía dada por el derecho y va a empezar a funcionar como el nuevo mecanismo de legitimación del Estado. La legitimidad de los Estados neoliberales, entonces, no depende del buen uso del derecho y de las instituciones en un sentido republicano, sino de la capacidad para llegar a consensos y acuerdos sobre cuestiones que atañen al interés económico. Aunque Foucault no lo exprese de esta forma, podríamos decir que el Estado neoliberal deja de concebir a los sujetos como ciudadanos con derechos en una res pública y pasa a concebirlos como individuos con intereses privados en el mercado. 


Esta nueva caracterización implica una transformación en la producción de la subjetividad, puesto que la lógica de la conducta libre y autointeresada de la maximación económica, nos dice Foucault, se hace extensiva a todas las esferas de la vida humana. Por eso, y en lo que se refiere al segundo aspecto, el efecto inmediato de los procesos de subjetivación está dado por la emergencia del homo oeconomicus como interfaz entre esta nueva forma de gubernamentalidad y el individuo. Foucault muestra que dentro de la racionalidad neoliberal el homo oeconomicus no es un socio del intercambio y consumo de mercancías, por lo que la imagen clásica del individuo consumidor no logra reflejar la mutación histórica que esta nueva racionalidad supone en los individuos. Por el contrario, este homo oeconomicus, en tanto individuo que obedece a su propio interés, es un empresario de sí, un productor de capital a partir de sus propias fuerzas. Y convertirse en un empresario de sí no proporcionará otra cosa, como sugiere Brown en la interpretación que hace de Foucault, que un círculo vicioso entre la obediencia a sus propios intereses y la exigencia de producir un valor infinito en la reproducción de su propia vida. 

[...] Dicho de otra manera, tomar como punto de partida el autointerés del homo oeconomicus es perder de vista el papel que tiene la economía y el Estado en la construcción de esta figura y en la dimensión sacrifical que encierra este supuesto ejercicio de libre elección. De manera que lo que realmente tiene lugar es una «práctica de la responsabilidad» que obliga al individuo a sumirse como un «inversor y proveedor responsable de sí mismo» al servicio de la «salud de la economía» y de la «moralidad del Estado». Así, la creencia de que en el neoliberalismo cada individuo persigue su interés privado, «se hace, no nace, y opera en un contexto lleno de riesgos, contingencias y cambios violentos potenciales, del estadillo de burbujas y el colapso del capital o de la moneda a la disolución completa de la industria. 

analytics