Xavier Nueno (El arte del saber ligero) Una breve historia del exceso de información

[...] Me inclino a decir que, del mismo modo que las plantas se asfixian por el exceso de savia y las lámparas por el de aceite, también la acción del espíritu se ahoga con el demasiado estudio y materia; ocupado y entorpecido por una gran diversidad de cosas, el espíritu pierde la capacidad de desocuparse, de modo que esta carga lo mantiene encorvado y agachado.

Una cabeza bien hecha no es lo mismo que una cabeza bien llena, afirmará Montaigne, como tampoco es lo mismo leer para forjar el alma que para amueblarla. En el seno de la educación universitaria, el saber es cuantitativo, se cuenta por el número de libros que se han leído, por la cantidad de referencias que uno puede movilizar para sostener un argumento. La autoridad se ejerce por delegación: al citar a un autor, el orador se adjudica temporalmente el prestigio que la tradición  le ha conferido y, como un ventrílocuo, lo hace pasar como si fuera el suyo propio. De ahí que los profesionales del saber, siempre ávidos de la autoridad ajena, estén condenados a la intranquilidad —la angustia— que genera el mundo del exceso de información. 

[...] Montaigne abraza el olvido como una condición natural de los textos. Como la mayoría de nosotros, lectores, asume que una gran parte de lo que ha leído desaparece tan pronto como se ponga fin a la lectura. De los libros que ha leído, apenas recuerda un detalle azoroso que, para cualquier otro, resultaría irrelevante, una anotación pasajera o anecdótica del autor en la que resuena algo que ha visto o leído con anterioridad. El resto se esfuma cuanto su atención deja de fijarse en el texto. A decir verdad, por no recordar, Montaigne ni siquiera recuerda las páginas que él mismo ha escrito: «Cítanme a mí mismo cada dos por tres sin que yo me entere [...]. No es extraordinario si mismo libros coreen el mismo destino que los otros libros,  y si mi memoria desampara cuanto escribo como cuanto leo, y cuando doy como cuanto recibo». 

Tan irreprimible es el avance del olvido que Montaigne se ve obligado a desarrollar un sistema de notas cuya función no consiste tanto en indexar su biblioteca como en recordarle si ha leído el libro que tiene entre las manos y qué opinión le mereció en su momento:

Para paliar un poco las traiciones de mi memoria y su carencia, tan extrema que me ha ocurrido más de una vez volver a acoger, como recientes y desconocidos para mí, algunos libros que había leído detenidamente y garabateando con mis apuntes unos años antes, heme acostumbrado desde hace tiempo a añadir al final de cada libro (me refiero a aquellos de los que solo quiero servirme una vez) la fecha en la que he acabado de leerlos y la opinión general que de ellos he sacado, a fin de que esto me recuerde al menos el aire y la idea general que del autor me había hecho.

Como ha señalado Pierre Bayard, para calificar este movimiento incesante de olvido de los libros, más que de lectura, habría que hablar de deslectura: «Un movimiento hecho al mismo tiempo de desaparición y de borrado de las referencias que transforma los libros, a menudo reducidos a sus títulos o a unas pocas páginas aproximadas, en sombras vagas que se deslizan por la superficie de nuestra conciencia. 

Cualquiera que haya abierto los Ensayos estaría en su justo derecho de sospechar un exceso de modestia en Montaigne, una ignorancia un tanto afectada que el autor se obstina en aparentar, mientras que sus textos demuestran todo lo contrario. Para ser alguien que carece de memoria, alguien que apenas lee y que consulta tan pocos libros, sus escritos revisten un conocimiento libresco que solo se ha podido adquirir mediante la contención y el esfuerzo que requiere una lectura atenta. ¿Acaso su obra no funciona como un vasto compendio de citas que actualizan la memoria de la literatura latina y la naturalizan en el mundo del siglo XVI? Y, sin embargo, en repetidos lugares, Montaigne advierte que si alguien le pidiese que dijera dónde ha leído este o aquel verso, de qué autor es o en qué obra se encuentra, sería incapaz de decirlo.

Si alguien quisiera saber de dónde proceden los versos y ejemplos que aquí he acumulado, pondríame en un aprieto para decírselo; y, sin embargo, helos mendigado en puertas conocidas y famosas, sin contentarme con que fuesen ricos, si no procedían también de manos ricas y honorables: en ellos concurren la autoridad y la razón.

Tan pronto como un texto es leído, comienza un movimiento irreprimible que borra las huellas que este ha podido dejar en su espíritu. La lectura no es solamente una actividad que permite la extracción de información o la adquisición de un saber. También es proceso ineluctable de su olvido —olvido de lo que se ha leído pero también olvido de sí mismo mientras se lee—. El olvido que procuran los libros nos introduce en una relación textual antitética con la que hemos estudiado hasta aquí. Los lectores que han ido apareciendo en los capítulos precedentes lo combaten con uñas y dientes, pasan interminables noches en vela tratando de fijar los contenidos que extraen de sus libros en sus memorias —las entrenan y las ejercitan—, y cuando se revelan incapaces de acumular más información, desarrollan técnicas, métodos y dispositivos que les permiten recuperar con facilidad lo que les interesa. 

Aunque parezca un tanto exagerada, la desmemoria que caracteriza la relación de Montaigne con los libros desvela uno de los caracteres de la textualidad que las culturas eruditas no reconocen:

No guardamos en nuestra memoria libros homogéneos, sino fragmentos extirpados de lecturas parciales, a menudo mezclados los unos con los otros, y encima desfigurados por nuestros fantasmas personales: fragmentos de libros falsificados, análogos a esos recuerdos-encubridores de los que habla Freud, cuya función principal consiste en disimular otros.

Para el amateur que fue Michel de Montaige, el texto —el libro, la biblioteca— no es más que el soporte transitorio de un conocimiento impersonal, de manera que, una vez terminada la lectura, el movimiento natural que ha de seguir conduce hasta su desaparición. Si hay alguna verdad, esta no se encuentra sepultada en las bibliotecas, tampoco está escondida entre las páginas del libro ni disuelta en el espacio en blanco entre las líneas de la página, sino que habita a medio camino entre el lector que lee y el libro leído,  en el espacio intermedio de la experiencia que realizamos una vez cerradas las cubiertas del volumen. La vida cultural de los libros no transcurre en las bibliotecas, sino que tiene su sede en la memoria subjetiva, ahí donde las impresiones vagas que ha dejado la lectura —su resaca— se convierten en actividad social. 

Pierre Bayard

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