José Carlos Ruiz (El arte de pensar) Cómo los grandes filósofos pueden estimular nuestro pensamiento crítico

¿QUÉ ES SER UN TONTO?

Pues básicamente es tener la cabeza hueca, no saber pensar bien, ser un bobo, un zonzo. Dejar que otros piensen por ti resulta, sin lugar a dudas, contraproducente, porque los otros no son tú; es decir, cuando uno piensa, lo hace desde sí mismo, y con sus características, su contexto, su manera de ver las cosas y de sentirlas. Si de repente disponemos que otros decidan y piensen por nosotros, personas que no saben cómo somos, que desconocen nuestras inquietudes y necesidades, entonces estamos apropiándonos de las ideas de esas personas que poco o nada tienen que ver con nosotros. 

Hemos de reconocer que no es fácil activar lo que aquí llamamos «el interruptor del pensamiento crítico»; de hecho, cada vez es más complicado, mucho más en los tiempos que corren. Estamos viviendo en un momento histórico donde lo que nos rodea está en constante cambio y los acontecimientos se aceleran por momentos. No solo se aligera el ritmo de vida, también aumentan exponencialmente los estímulos. El futuro, como categoría temporal se ha acortado, y la incertidumbre es ahora más palpable que nunca. Con un futuro tan incierto, y con miles de mensajes contradictorios y alejados de la realidad, no es de extrañar que no queramos encender ese interruptor del pensamiento crítico, porque da miedo tener que responsabilizarse del uso del mismo. Más bien nos han provocado miedo. Ya Kant, hablando de cómo nos amedrentan, lo tenía muy claro, y así lo expone cuando dice:

«Los tutores, que tan bondadosamente se han arrogado este oficio, cuidan muy bien de que la gran mayoría de los hombres (y no digamos que todo el sexo bello) considere el paso de la emancipación, además de muy difícil, en extremo peligroso. Después de atontecer a sus animales domésticos y procurar cuidadosamente que no se salgan del camino trillado donde los metieron, les muestran los peligros que les amenazarían en caso de aventurarse a salir del él. Pero estos peligros no son graves pues, con unas cuantas caídas aprenderían a caminar solitos; ahora que, lecciones de esa naturaleza espantan y le curan a cualquiera las ganas de nuevos ensayos». 

No han inducido a no pensar por nosotros mismos, nos han tenido en pañales intelectuales. Los tutores de los que habla Kant son aquellas personas, instituciones sociales, educacionales y políticas que nos han dicho que es mejor hacer lo que ellos nos advertían, y lo que es más cruel, Kant reconoce una estrategia usada por todos ellos para que ninguno de nosotros quiera activar el mecanismo del pensamiento crítico. Nos insuflan el miedo de las consecuencias que puede producir tener autonomía de pensamiento. Nos presentan lo peligroso de su uso, y cuando intentamos activarlo y fallamos (porque nos equivocamos una y mil veces), aprovechan la más mínima para justificar la peligrosidad y la inconveniencia de pensar por nosotros mismos. 

Usan mecanismos de control con lo que imponer su autoridad, donde se buscan personas dóciles y convencidas que obedezcan, pero, a ser posible, sin que se den cuenta de que obedecen, y lo hacen aplicando la sutilidad de lo conveniente, bajo el papel de protectores de la humanidad, aprovechando para inculcarnos de fondo el germen del miedo. 

[...] Por una parte, la sociedad se encargó de formar personas obedientes y dóciles de cara a ser productivos para el Sistema, pero cuando este Sistema descubre que la educación impartida no es la más adecuada, entonces se lava las manos y los acusa de no tomar sus propias decisiones. En situaciones así no podemos inculpar en exclusiva a un solo elemento. La comodidad de dejarse llevar por un lado y el modelo productivo ingobernable son los responsables de estas situaciones. Nadie se ocupó de formarlos en el pensamiento crítico, pero ellos tampoco tuvieron el arrojo de preguntarse por la conveniencia de los establecido y mantener una actitud filosófica ante los acontecimientos. 

Si queremos que nuestros hijos maduren (y esto vale también para nosotros y para cualquier edad) tenemos que acostumbrarnos a que tomen decisiones por sí solos desde pequeños. Decisiones en consonancia con los problemas de su edad. Es un ejercicio muy sano en el que, en lugar de estar siempre diciéndoles lo que tienen que hacer e imponiéndonos, les vamos dejando espacio para que ellos decidan. Pensar por uno mismo es algo que se puede enseñar y el mejor aprendizaje que existe es a través de la práctica. De lo contrario, estaremos educando a monigotes, a títeres fáciles de manejar.


BERTRAND RUSSELL
PENSAR LA ENVIDIA Y LA DESGRACIA

Si nos sentimos unos fracasados corremos el riesgo de desarrollar una serie de emociones laterales que no nos ayudarán a seguir con un proyecto de vida sensato. Una de las emociones más importantes que dinamita este proyecto es la envidia. La envidia es una manifestación de lo nocivo y dañino que puede ser no activar el interruptor del pensamiento crítico. La envidia se mueve, como veremos más adelante, entre el intento de negar los bienes, el placer y la felicidad a los demás, unido al hecho de poseer lo que ellos poseen.

Pero se inclina más por lo primero que por lo segundo. Si no activamos el interruptor, desearemos cosas que otros desean, importaremos objetos de deseo del exterior, por lo que, al logarlo, el nivel de satisfacción no será óptimo. Si deseamos que las personas que conocemos no tengan aquello que les hace felices, terminaremos dándonos cuanta de que el hecho de negárselo y privarles de su felicidad no es condición para la nuestra. 

Si hacemos la suma de los factores que hemos estado analizando, es decir, la idea y convencimiento de un amañado y falso igualitarismo, la creencia en una idea de meritocracia y la esperanza de que puedes alcanzar cualquier lugar del escalafón social sin importar el punto de partida, entonces, de manera inevitable, surge, florece y se asienta en nosotros una de las emociones más dañinas, y me atrevería decir, inevitable, de la condición humana: la envidia. 

Hemos aumentado exponencialmente el sentimiento de envidia gracias a esta falsa idea de igualitarismo. Como acabamos de apuntar, mucho ha contribuido, seguramente sin darse cuenta y de manera poco intencionada, los grandes referentes sociales del mundo empresarial como Steve Jobs o Mark Zuckerberg, cuando al mostrarse en público aparecían vestidos y ataviados con la misma ropa que cualquiera de nosotros llevaríamos en un día normal. 

Si hacemos caso a Bertrand Russell, tenemos que decir que cuando las clases sociales eran fijas la envidia entre nosotros no existía: «En las épocas en las que las jerarquías de las clases sociales eran fijas las clases bajas no envidiaban a las clases altas». 

Claro, esto no quiere decir que tengamos que volver a los compartimentos estancos y la inmovilidad del pensamiento crítico, pero tenemos que activar el interruptor del pensamiento crítico cuando vemos multimillonarios y triunfadores vestidos con unos vaqueros, una camiseta, una sudadera, unas zapatillas de deporte normales, un reloj vulgar..., es decir, se presentan al mundo como gente normal, con la que te podrías llegar a sentir identificado, falsificando la realidad. 

Bertrand Russell, escribe a principios del siglo XX (más de cien años ya) las siguientes palabras sobre la envidia:

«Entre todas las características de la condición humana normal, la envidia es la más lamentable; la persona envidiosa no solo desea hacer daño y lo hace siempre que puede con impunidad; además la envidia la hace desgraciada. En lugar de obtener placer por lo que tiene, sufre por lo que tienen los demás. Si puede, privará a los demás de sus ventajas lo que para él es tan deseable como conseguir esas mismas ventajas para sí mismo». 

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