XIX. LA RUPTURA
Hemos visto que el humanismo no fue un periodo plenamente antropocéntrico, pues su optimismo antropológico era plenamente dependiente de una metafísica teocéntrica. Sin embargo, ciertos humanistas como Pico della Mirandola acentuaron las contradicciones que latían en esa extraña mezcla de antropocentrismo y teocentrismo típico del periodo. Estas contradicciones terminarían por desencadenar el cambio de paradigma. Desde luego, esa gran ruptura no la llevaron a cabo los humanistas. De hecho, no estaba precisamente en sus planes...
Es común contraponer el humanismo a la Edad Media, apoyándose en los ataques que los humanistas lanzaban contra los escolásticos y la emergencia de una conciencia de separación con respecto al periodo medieval. Frecuentemente, quien así lo hace ve en el humanismo renacentista la lanzadera de la época moderna; y en sus grades figuras, a los heroicos agentes que dieron un portazo en la cara a la apolillada escolástica medieval. Pero ¿es esto un tópico justificado? Vamos a verlo.
En el siglo XIII se condenaron las posturas filosófico-teológicas de ciertos filósofos, Averroes y Aristóteles. La condena nace probablemente de un intento de borrar del. mapa lo que se conoce como averroísmo latino, una denominación vaga que encubre posturas variadas. Lo que comúnmente se entiende por ese fantasmagórico nombre es sobre todo la emancipación de la razón con respecto a la fe, es decir, la quiebra de la postura canónica de Agustín y Alselmo, quienes, con sus diferencias, defendieron la primacía de la fe sobre la razón, y el papel auxiliar de esta, que serviría para establecer los contenidos de la fe, pero en ningún caso someterla a crítica. Pedro Abelardo, el gran lógico medieval que vivió entre los siglos XI y XII, y fue admirado por los románticos debido a su historia amorosa con Eloísa, ya defendió algo semejan te. Abelardo sostuvo que la razón era la encargada de investigar si la revelación era tal o no, ya que debía estar sometida a criterios racionales. Como era de esperar en una cultura represiva, Abelardo fue obligado a retractarse y sus posturas fueron consideradas heréticas.
Si hacemos el esfuerzo de repasar las posturas de los humanistas en relación con estas tenencias medievales, nuestra idea en torno al carácter moderno de los humanistas podrá verse alterada. Por ejemplo, Petrarca, por muchos considerado uno de los abuelos de la época moderna, ataca a los escolásticos, entre ellos a Averroes y Aristóteles. La pregunta relevante es si los ataca y condena por la misma razón que la Iglesia los condenó por herejes. A las puertas de la verdad se llega por sendas sutiles. Los caminos trillados nos conducen, a menudo, de vuelta al tópico. Ahora podríamos atrevernos a invertir los términos: ¿y si, al contrario de lo que suele pensarse, la escolástica es más moderna que el humanismo?
Las preguntas jugosas a menudo esconden sofismas en su interior, como una flor lleva una espina mortal en su seno. La escolástica, como el humanismo, es un fenómeno intelectual y cultural muy variado, que admite posiciones diversas y hasta contradictorias. Dicho esto, no está de más recordar que es en el seno de la escolástica tardomedieval donde se plantea, en la célebre disputa de los universales, que las ideas o esencias pueden no ser sino meros conceptos humanos, palabras convencionales sin referente objetivo alguno. ¿Existen el alma, el bien, Dios, la justicia? Esa es la pregunta que se están planteando estos «bárbaros medievales».
[...] Los humanistas no son Descartes y mucho menos los ateos de la Ilustración, o los ateos declarados que pululan por el siglo XIX, esos profetas filosóficos de la era del hombre, mucho menos los existencialistas ateos que vio nacer el siglo XX. Los humanistas buscaban la unidad del mundo, el hombre y la divinidad. Pero ¿no son las doctrinas de Pico y Oliva vistas en las páginas anteriores ciertamente contradictorias respecto a esos objetivos?
El humanismo no es un movimiento completamente unitario, como tampoco lo es el catolicismo de la Contrareforma, por mucho que le pese al espíritu ortodoxo. Por ello, encontramos doctrinas diversas que, si bien tiene puntos en común, como el optimismo antropológico, el ensalzamiento del cuerpo humano y de la razón y el lenguaje, en otros puntos dejan mostrar sus discrepancias. Por ejemplo, si Pico della Mirandola se centra en la libertad para fundamentar la dignidad humana, Marsilio Ficino encuentra ese pilar en la carácter fronterizo del ser humano.
Para Ficino, el alma ocupa un lugar intermedio entre el mundo corpóreo y el incorpóreo, un lugar central por debajo de los ángeles y Dios, por un lado, y por encima de los animales, por otro. Si bien el ser humano no es idéntico a Dios, pues ocupa un lugar inferior en la jerarquía metafísica ideada por Ficino, sí hay cierta afinidad entre ambos. Esta reside en la tendencia del ser humano hacia la verdad, lo que explicaría cierta tendencia innata del alma humana hacia Dios, que se identifica a priori y dogmáticamente con la verdad. De este manera, la posición central que el hombre ocupa en la jerarquía de los seres y su tendencia a la verdad se convierten en las bases de la dignidad humana.
Más interesante es, todavía, la doctrina de Ficino sobre el alma como unificación del universo. Esta idea la recogerá Pico della Mirandola en su comentario al Génesis, el Heptaplus, publicado en 1489. En él distingue tres mundos: el de los elementos, el celeste y el invisible. El hombre forma parte de un cuarto mundo independiente, pero su papel es unificar esos mundos diversos. Ahí reside su parentesco con Dios, aunque Dios contiene todas las cosas, porque es su causa, y el hombre solo las combina, porque es centro. De nuevo, encontramos en Pico ese máximo de semejanza entre Dios y el ser humano, a la par que el intento de restaurar la unidad del saber y de la realidad quebrada al final de la Edad Media.
Para defender la dignidad del hombre, Pico rechaza algunas ideas tradicionales. Para legitimar su idea de indeterminación humana, Pico se basa en el Protágoras de Platón y en el mito de la creación. Después de crear todas las criaturas, Dios se dio cuenta de que había repartido todos los dones disponibles entre las criaturas, de modo que ya no quedaba nada para el ser humano. El hombre quedó de algún modo sin lugar en la creación, sin naturaleza, indeterminado. Pero el creador le concedió las semillas de todo tipo de vida. Por esa razón, puede llegar a ser todas las cosas. La tarea del ser humano, para Pico, es llegar a hacerse como Dios.
La novedad de Pico respeto a Ficino es que no asigna al hombre un lugar determinado en la jerarquía de los seres, sino que lo diferencia precisamente por su indeterminación. El texto de Pico es el mayor canto a la libertad escrito en la época. Esta idea revolucionaria rompía con la gran concepción, superviviente más o menos desde la Antigüedad hasta el Renacimiento, de la gran cadena de los seres. Pico rompe la unidad metafísica de la realidad pero, por otro lado, pretende restaurarla con la doctrina del hombre como unidad de los diversos mundos. De nuevo, el periodo renacentista aparece bajo el signo de la contradicción.

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