Raúl M. Mir (La crisis de Europa) La decadencia cultural y espiritual europea desde una perspectiva cristiana.

LA MODERNIDAD LÍQUIDA Y LA DISOLUCIÓN DEL NOSOTROS

La noción de modernidad líquida, popularizada por Zygmunt Bauman, ha dejado de ser una categoría sociológica para convertirse en una experiencia vital compartida por amplios sectores de Europa y de otras regiones de Occidente. No se trata simplemente de un cambio en las formas de organización social, sino de una mutación profunda en la comprensión del vínculo humano, del compromiso y, en última instancia, del sentido mismo de la comunidad.

En este contexto cultural, lo estable es percibido con sospecha, lo duradero con temor y lo compartido con una cautela casi defensiva. La conciencia individual se erige como el único criterio legítimo de acción, y toda pertenencia —familiar, social, religiosa o política— queda sometida a una revisión constante, provisional y reversible. La pregunta que surge, especialmente desde la perspectiva católica, es si esta fluidez radical puede sostener una auténtica vida en común o si, por el contrario, termina erosionando las bases mismas de la convivencia humana. Fue Nietzsche quien anticipó esta situación al caracterizar el nihilismo europeo «como aquella situación en que los valores supremos pierden su solidez, falta de finalidad, falta la respuesta a la pregunta por el porqué». 

Una interpretación inicial entiende la oposición entre lo sólido y lo líquido como la erosión progresiva de la estabilidad y durabilidad de los valores morales heredados. Desde esta perspectiva, los valores dejan de ser firmes y se convierten en objetos negociables, sometidos a criterios de utilidad, gusto personal o conveniencia circunstancial; por ello, sostener la existencia de principios absolutos parecería hoy casi inadmisible. Esta idea se difundió de tal manera que el entonces cardenal Joseph Ratzinger, durante la homilía previa a la elección papal, advirtió sobre la existencia de una «dictadura del relativismo». Días más tarde el más grande de los teólogos católicos postconciliares se convertía en el pontífice Benedicto XVI. Sin embargo, la crítica al relativismo no se limita al ámbito religioso: también en la esfera civil se venía promoviendo la relativización de los valores como una condición deseable -o al menos inevitable- de la libertad intelectual moderna. Lo novedoso en el planteo de Ratzinger fue señalar que ese relativismo no solo disolvía certezas, sino que podía volverse autoritario al negarse a sí mismo cualquier cuestionamiento. A la noción, ya ampliamente difundida a comienzos del siglo XX, de que la cultura occidental atravesaba un proceso de decadencia profunda, se fue sumando de manera progresiva una sensación generalizada de pérdida de rumbo. Esta percepción de desorientación no se manifestó de inmediato con toda su fuerza, sino que apareció de forma velada durante lo años de la Guerra Fría, cuando el enfrentamiento entre bloques ideológicos todavía ofrecía marcos de referencia relativamente estables. Sin embargo, tras la caída del Muro de Berlín y el colapso de esas grandes narrativas, la impresión de vivir en un mundo sin certezas ni direcciones claras se expresó abiertamente y sin reservas. En ese nuevo escenario, el relativismo dejó de ser una postura filosófica discutible para transformarse en un consenso implícito, presentado como requisito de tolerancia, pluralismo y convivencia democrática. Una manera de comprender la condición «líquida» del mundo contemporáneo surge del análisis económico que condiciona el valor humano de la sociedad. Antes y durante gran parte del siglo XIX la economía clásica entendía la riqueza de las naciones como el resultado de posesión, acumulación y administración eficiente de recursos tangibles y relativamente estables: la tierra cultivable, las materias primas, los medios de producción industrial, la fuerza laboral concebida como capacidad de trabajo y las infraestructuras destinadas a cubrir necesidades humanas fundamentales, tanto individuales como colectivas. Este enfoque, centrado en bienes materiales y duraderos, comenzó a transformarse gradualmente cuando el protagonismo pasó de lo sólido a lo circulante, del objeto al flujo, del stock a la dinámica del mercado. 

De manera progresiva, la atención se desplazó hacia factores menos palpables pero decisivos, la evolución de la demanda, las previsiones de inversión, así como las expectativas de producción y consumo. En este proceso, la economía encontró un punto de convergencia con la sociología, y ambas disciplinas empezaron a advertir la influencia central que ejercen las expectativas colectivas sobre el comportamiento social. Se hizo evidente que las creencias compartidas acerca del futuro no solo describen escenarios posibles, sino que tienen la capacidad de producir efectos concretos incluso antes de que las acciones que las motivan lleguen a realizarse. 

Para que las expectativas sociales puedan circular, negociarse y adquirir eficacia práctica, resulta necesario traducir el futuro en términos de valor presente. Esa operación solo es posible mediante el dinero, entendido no solo como medio de intercambio, sino como instrumento capaz de transformar bienes materiales en activos líquidos. La liquidez permite que lo sólido -la tierra, las máquinas, los productos- sea valorado, transferido y movilizado en función de proyecciones futuras, más que de utilidad inmediata.

En este contexto, la estabilidad del valor monetario deja de descansar en fundamentos materiales firmes, especialmente desde la desaparición del patrón oro, y pasa a depender en gran medida de la confianza, la credibilidad y las expectativas de los actores económicos. Incluso el dinero, que alguna vez aspiró a ser un equivalente estable del valor, se ve forzado a abandonar su pretensión de solidez para adaptarse a una lógica flexible y mutable. En consecuencia, puede afirmarse que la creciente centralidad de lo financiero y monetario en la organización de la vida social es una expresión clara de la llamada modernidad líquida, caracterizad por la primacía del movimiento, la anticipación y la volatibilidad sobre la permanencia y la estabilidad. 

Pascal Bruckner (Sufro, luego existo) La víctima como héroe

GUERRA DE BANDAS CON SALSA LACRIMAL

Todas las categorías se pueden beneficiar de la unción victimista: hasta los saqueadores durante los disturbios de junio-julio de 2023* fueron repintados por los progresistas como víctimas del racismo sistémico. El argumento no se sostiene y no cuajó en la mayoría de la población. ¿Qué pasó durante esas noches de rebelión? Una dramaturgia perfectamente coordinada en la que los alborotadores respondieron a un guion ya escrito, al menos desde 2005. Los narcotraficantes, aprovechando la muerte trágica del joven Nahel por la policía, declararon la guerra al Estado francés lanzando a sus esbirros al asalto de las prefecturas, alcaldías, escuelas, guarderías, mediatecas, etc. Los saqueos estuvieron perfectamente organizados y nada pudo resistir al ataque de los salteadores. Había que destrozar todo lo que podía mejorar la vida de la gente para mantenerla bajo el dominio de las bandas. La policía y sus controles perturban el tráfico procedente de Marruecos y de América Latina. Es una guerra de negocios más que de religión. Todos los imanes declararon su impotencia para capturar a los jóvenes dispuestos a enfrentarse con las fuerzas del orden, aunque se quemara los coches al grito de «Allahu akbar».  No hay más que un paso del caidato al califato, pero no todos lo dan. Los jefazos se pudieron beneficiar del ejército de reserva de chavales, muchos procedentes de familias monoparentales pobres, contentos de participar en lo que se parecía a una gran razia. ¿Qué es un alborotador? Un consumidor apresurado que no tiene tiempo de pasar por caja. A cambio de su participación, los saqueadores han sido recompensados con numerosos bienes de consumo, algunos lujosos, móviles o joyas. Los barrios no han sido abandonados. Al contrario: si las mafias se han despertado es porque el Estado ha inaugurado una renovación muy costosa de los edificios. 

En 2005 los insurgentes, hijos de la televisión y del supermercado, reclaman, como dijo uno de ellos, «guita y chavalas». No querían la revolución proletaria, sino aprovecharse del sueño consumista. Nacidos franceses, deseaban serlo, pero se sentían bloqueados por el color de su piel y sobre todo por su origen social, su domicilio. Como hoy, no eran portadores de proyecto alguno salvo quemar todos los edificios oficiales en un proceso suicida que los apartaba aún más del resto de la nación. Se trataba de un ritual iniciático, una forma de integración negativa en la que el combate contra la policía hace las veces de una revuelta adolescente imposible contra un padre ausente o inexistente. Francia los ignora y los desprecia y su rabia podría interpretarse como un grito de amor frustrado, como una manera de decir: estamos aquí, existimos

De la película de Mathieu Kassovitz, La Haine [El odio], estrenada en 1995, se puede ver hasta qué punto el salvajismo del hampón fascina a la industria del espectáculo y a tantos intelectuales de izquierda. Este lumpenproletariado, «esa escoria de individuos corrompidos de toda clase» como decía Engels en 1870, seduce a sociólogos, actores, cineastas, periodistas. La violencia para ellos, como para Marx, es la gran partera de la historia. Todos los pretextos son buenos para justificar la brutalidad y, sobre todo, la coartada del «racismo sistémico», aunque el Estado francés sea antirracista por constitución y numerosos estudios hayan rechazado la existencia de una xenofobia estructural de la policía. Paradoja de estas erupciones populares: penalizan en primer lugar al pueblo del que agravan las condiciones de vida y aceleran el aislamiento de cierto número de municipios aislados de la nación. Error simétrico de la izquierda y la derecha: reducir los manifestantes a su color de piel. Racializados para unos, bárbaros étnicos de origen magrebí o africano perfectamente integrados y que pasan desapercibidos por lo presentes que están en todos los escalones de la sociedad. 

¿Qué es una banda? Un mundo a lo Hobbes donde la desobediencia se castiga con la muerte y la tortura, donde las rivalidades se arreglan a golpe de kalasnikov y no conocen más que un dialecto, el de la violencia. Por falta de ver esta realidad, los políticos se pierden entre la constricción y la acusación y llenan el vacío mediante viejas tablas sinópticas. La gran novedad de estos amotinamiento en 2023 fue la transposición al Hexágono de una situación ya presente en Marsella, en Holanda y en Suecia: la omnipotencia de los narcos son sus niños soldados y sus asesinos en serie. No son los barios desheredados contra el Estado racista y policial, sino las mafias de la droga contra la República. Y si los levantamientos han cesado al cabo de cinco días, es porque los capos lo habían decidido: el negocio debía volver a ponerse en marcha. Fue una advertencia.

Para sacar a los territorios perdidos de la República de esta situación, el dinero no resolverá nada. Es inútil reconstruir edificios que arderán en la siguiente insurrección. Será necesaria una alianza de intransigencia y de generosidad. Reprimir a los criminales más endurecidos, tender la mano a los otros para arrancarlos de los ciclos del fracaso y de la muerte segura. No hay mucho en común entre los Chalecos Amarillos, los alborotadores de extrema izquierda, los bloques negros, zadistas, ecoterroristas y los vándalos de los suburbios salvo el uso indiscriminado de la violencia, el desplazamiento instantáneo a los extremos. Es la ronda de los bárbaros que dan vueltas como los indios en los wésterns alrededor del carro de la República para acabar con ella. Eso es lo inquietante. Cuanto más débil es el Estado, más se lo acusa de ser brutal porque ya no es el depositario legítimo de la fuerza. Está desnudo, no controla ya nada y el presidente de la República parece desamparado, pusilánime, incapaz de tranquilizar o de congregar. Se espera un faro o al menos una roca, y tenemos como mucho una veleta. Autoritario por falta de autoridad, charlatán por falta de elocuencia. Francia siempre ha tenido una tradición de violencia, pero de violencia contenida a través de las instituciones y personalidades carismáticas. Es difícil decir si el actual presidente está aquejado de una maldición particular o si es un catalizador de catástrofes. Lo cierto es que este caos permanecerá asociado a su nombre.
 

*Los disturbios en Francia de junio de 2023 se desataron a partir del 27 de junio a raíz de la muerte de Nahel Merzouk, un joven de 17 años que falleció tras recibir un disparo de un oficial de policía durante un control de tráfico en la ciudad de Nanterre. Este acontecimiento provocó una oleada de indignación social que derivó en fuertes protestas, incendios provocados y saqueos en múltiples ciudades francesas durante varios días.

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