Carlos Martínez Gorriarán (Utopia y desastre) Los intelectuales y la estupidez política

LOS INTELECTUALES, CONCIENCIA PÚBLICA Y VOZ DE LOS EXCLUIDOS

[...] Spengler, Freud, Kafka, Zweig: La impotencia de la cultura

Con todo, Thomas Mann y Hermann Broch fueron más lúcidos que la multitud de intelectuales y creadores alemanes que creyeron posible entenderse con los nazis y ser aceptados en el nuevo orden alemán, incluso no pocos marxistas y algunos judíos. Muchos se adhirieron a la respectiva sección de la Cámara de Cultura del Reich, creada para limpiar la cultura de toda oposición y huella judía. Que después tuvieran que emigrar o huir para salvar la vida se debió al gusto personal de Hitler, que detestaba la modernidad estética, no solo la política. Dio igual que los ilusos vanguardistas alemanes esperaran algún reconocimiento porque, como dice Spotts, creyeran «que el suyo era el estilo alemán por autonomasia, indiscutible garante del dominio germánico en su campo de trabajo», el futuro alemán hitleriano debía ser reaccionario y monolítico. 

En 1918, los ideales de cultura y educación heredados de Kant, Goethe, Schiller y los Humboldt, Kultur y Bildung, parecían tan derrotados cono el káiser Guillermo y su ejército. Antimodernos y reaccionarios coincidían con los vanguardistas ácratas del Dadá Berlín. En 1919 Raoul Hausmann escribe «Panfleto contra la concepción weimariana de la vida», que arremete contra la tradición de Goethe y Schiller y la democracia: «Yo me río de la ciencia y de la cultura, esas miserables salvaguardas de una sociedad condenada a muerte», «¡Vivamos por nosotros mismos! ¿Qué es la democracia? La vida asimilada por el temor por el pan nuestro de cada día» Y Karl Kraus escribe en uno de sus aforismos, cual Aristófanes vienés: «La democracia significa poder ser esclavo de cualquiera».

La tremenda desesperanza y la seducción del nihilismo propició el auge de los movimientos totalitarios, comunismo y nazismo. El desmoronamiento de los viejos valores sucedía, sin embargo, en plena efervescencia de las artes, la filosofía y las ideas. Como exponen Allan Janik y Stephen Toulmin en La Viena de Wittgenstein, mientras albergaba el extraordinario mundo intelectual de Freud, Klaus, la Sezession, Schönberg, Loos, Wittgenstein y el Círculo de Viena, la sociedad estaba corroída por la corrupción en todos los ámbitos, de la ética al lenguaje y la política. Pues bien, la preocupación común de estos críticos variopintos era recuperar el sentido de la verdad y la integración moral. También les interesaba, atraía o temían la idea de decadencia, el tema por excelencia de Oswald Spengler, el intelectual más influyente de la época. 

[...] Las razones del fracaso de la cultura eran vidriosas. Freud, en El malestar en la cultura (1930) trata la crisis de los ideales de la Ilustración, en especial de la fe en que el desarrollo educativo y la extensión de la cultura harían progresar a la humanidad. La teoría freudiana es que, por el contrario, la cultura no puede dominar y menos aún eliminar la barbarie nuclear de la naturaleza humana, el instinto de satisfacer los deseos profundos más reprimidos por sociópatas que sean. La frustración inconsciente provoca «el malestar en la cultura», culpada de ser fuente de infelicidad. Sin embargo, alega Freud, todos los paliativos conocidos y usados contra la infelicidad, incurable en sí misma por su origen y arraigo en la profundidad psíquica, son culturales: «El ser humano cae en la neurosis porque no logra soportar el grado de frustración que le impone la sociedad en aras de sus ideales de cultura, deduciéndose de ello que sería posible reconquistar las perspectiva de ser feliz, eliminando o atenuando en grado sumo estas exigencias culturales». 

Esta pretensión utópica de regreso a las fuentes de la felicidad, la satisfacción del puro instinto mediante el derribo de las prohibiciones culturales que la cohíben, es común a las vanguardias estéticas de la época, especialmente el dadaísmo, y los movimientos antidemocráticos, pues ¿qué es la democracia, sino un sistema de represión cultural basado en la presión del individuo excepcional por la mediocre mayoría? ¿Qué es el Estado sino un agente del mal, el monstruo más frío? Nietzsche, convertido en pensador favorito de tantos, lo había apuntado con brutalidad: «El Estado miente en todas las lenguas del bien y del mal; y no importa lo que diga, miente —y no importa lo que tenga, lo ha robado». 

Así que el auge de los totalitarismo, del antisemitismo y el nacionalismo irracional serían efecto de esta tensión antropológica insuperable entre deseo personal ilimitado y represión cultural del deseo.  El antagonismo individuo-sociedad no tiene cura, solo paliativos. Siguiendo a Freud, habrá que olvidar la ilusión de que la cultura pueda depurar y desterrar los instintos destructivos de la psique humana. La cultura a la americana, convertida en un estado de «miseria psicológica de las masas» según neurólogo vienés, empeora las cosas. No cabe confiar en ningún triunfo cultural definitivo que asegure la civilización: la lucha será permanente, y el nazismo solo representa aquí otro episodio del eterno duelo entre Eros y Tánatos. Y concluye:

              Nuestros contemporáneos han llegado a tal extremo en el dominio de las fuerzas elementales que con su ayuda les sería fácil exterminarse mutuamente hasta el último hombre. Bien lo saben, y de ahí buena parte de su presente agitación, de su infelicidad y su angustia. Solo nos queda esperar que la otra de ambas "potencias celestiales", el eterno Eros, despliegue sus fuerzas para vencer en la lucha con su no menos inmortal adversario. Más ¿quién podrá augurar el desenlace final?

En Londres, Freud, exiliado y casi consumido por el cáncer, recibió la visita de otro ilustre vienés también exiliado y judío, Stefan Zweig. El psicoanalista le confesó esto: «Siempre lo habían tachado de pesimista, decía, porque negaba la supremacía de la cultura sobre los instintos; ahora se podía ver horriblemente confirmada —y en verdad no estaba nada orgulloso de ello— su opinión de que la barbarie, el elemental instinto de destrucción, era inextirpable en el alma humana». 

Zweig fue de los optimistas confiados en el poder de la cultura como motor del progreso. Europeísta, cosmopolita y tercamente apolítico, confiaba en que la amistad de las élites de los países avanzados se impondría a la barbarie de las masas por su autoridad superior. Sus esperanzas fueron barridas por el nazismo en Alemania y su Austria natal. Era un buen escritor y sobre todo privilegiado testigo y magnífico cronista de una época moribunda, pero carecía de la lucidez de Karl Kraus y de la profunda captación del absurdo total de Kafka y Musil, que clavaron sus dardos en la diana de la estupidez y sus daños, a menudo incurables.

[...] Si Stefan Zweig evoca con dolor inconsolable la fraternidad perdida de los refinados y cosmopolitas profesionales de la pluma, el húngaro Sándor Márai presente en sus memorias el escalón inferior: el desprecio que sufren los exiliados en París, como era su propio caso, por parte de una burguesía  parapetada en el egoísmo nacional:

              Un extranjero como yo tenía quizás menos dificultades para entrar en el despacho del primer ministro que en la casa de una familia burguesa [...] Los representantes de la burguesía francesa nos evitaban como si hubiéramos llegado de un lazareto y les pudiéramos contagias la lepra por el simple hecho de bebernos una copita de coñac con ellos [...] Todavía recuerdo a ese desconfiado médico que siempre me pedía sus honorarios por adelantado y aprovechaba el tratamiento para desplegar ante mí su furibunda xenofobia. Nada explicaba ese desenfrenado chovinismo [...] Los franceses odiaban a los extranjeros en la época en que estos desembarcaba en masa en su país, y los odiaban más tarde porque dejaron de llegar.

[...] La xenofobia, el nacionalismo y en antisemitismo prepararon la derrota de la política. Muchos descubrieron demasiado tarde que esta era imprescindible para enfrentar al monstruo totalitario, porque el apoliticismo no preservó su amado, protegido y pequeño mundo particular, tan ajeno al que rugía ahí fuera. Para advertirlo, incluyendo con rara sinceridad su propio autoengaño, Zweig escribió su obra maestra, El mundo de ayer. Memorias de un europeo. La dio por concluida muy poco antes de suicidarse, con su segunda esposa, en un hotel de Petrópolis, Brasil, en 1942: convencidos de que el nazismo ganaría, no quería sufrirlo.

Raúl M. Mir (La crisis de Europa) La decadencia cultural y espiritual europea desde una perspectiva cristiana.

LA MODERNIDAD LÍQUIDA Y LA DISOLUCIÓN DEL NOSOTROS

La noción de modernidad líquida, popularizada por Zygmunt Bauman, ha dejado de ser una categoría sociológica para convertirse en una experiencia vital compartida por amplios sectores de Europa y de otras regiones de Occidente. No se trata simplemente de un cambio en las formas de organización social, sino de una mutación profunda en la comprensión del vínculo humano, del compromiso y, en última instancia, del sentido mismo de la comunidad.

En este contexto cultural, lo estable es percibido con sospecha, lo duradero con temor y lo compartido con una cautela casi defensiva. La conciencia individual se erige como el único criterio legítimo de acción, y toda pertenencia —familiar, social, religiosa o política— queda sometida a una revisión constante, provisional y reversible. La pregunta que surge, especialmente desde la perspectiva católica, es si esta fluidez radical puede sostener una auténtica vida en común o si, por el contrario, termina erosionando las bases mismas de la convivencia humana. Fue Nietzsche quien anticipó esta situación al caracterizar el nihilismo europeo «como aquella situación en que los valores supremos pierden su solidez, falta de finalidad, falta la respuesta a la pregunta por el porqué». 

Una interpretación inicial entiende la oposición entre lo sólido y lo líquido como la erosión progresiva de la estabilidad y durabilidad de los valores morales heredados. Desde esta perspectiva, los valores dejan de ser firmes y se convierten en objetos negociables, sometidos a criterios de utilidad, gusto personal o conveniencia circunstancial; por ello, sostener la existencia de principios absolutos parecería hoy casi inadmisible. Esta idea se difundió de tal manera que el entonces cardenal Joseph Ratzinger, durante la homilía previa a la elección papal, advirtió sobre la existencia de una «dictadura del relativismo». Días más tarde el más grande de los teólogos católicos postconciliares se convertía en el pontífice Benedicto XVI. Sin embargo, la crítica al relativismo no se limita al ámbito religioso: también en la esfera civil se venía promoviendo la relativización de los valores como una condición deseable -o al menos inevitable- de la libertad intelectual moderna. Lo novedoso en el planteo de Ratzinger fue señalar que ese relativismo no solo disolvía certezas, sino que podía volverse autoritario al negarse a sí mismo cualquier cuestionamiento. A la noción, ya ampliamente difundida a comienzos del siglo XX, de que la cultura occidental atravesaba un proceso de decadencia profunda, se fue sumando de manera progresiva una sensación generalizada de pérdida de rumbo. Esta percepción de desorientación no se manifestó de inmediato con toda su fuerza, sino que apareció de forma velada durante lo años de la Guerra Fría, cuando el enfrentamiento entre bloques ideológicos todavía ofrecía marcos de referencia relativamente estables. Sin embargo, tras la caída del Muro de Berlín y el colapso de esas grandes narrativas, la impresión de vivir en un mundo sin certezas ni direcciones claras se expresó abiertamente y sin reservas. En ese nuevo escenario, el relativismo dejó de ser una postura filosófica discutible para transformarse en un consenso implícito, presentado como requisito de tolerancia, pluralismo y convivencia democrática. Una manera de comprender la condición «líquida» del mundo contemporáneo surge del análisis económico que condiciona el valor humano de la sociedad. Antes y durante gran parte del siglo XIX la economía clásica entendía la riqueza de las naciones como el resultado de posesión, acumulación y administración eficiente de recursos tangibles y relativamente estables: la tierra cultivable, las materias primas, los medios de producción industrial, la fuerza laboral concebida como capacidad de trabajo y las infraestructuras destinadas a cubrir necesidades humanas fundamentales, tanto individuales como colectivas. Este enfoque, centrado en bienes materiales y duraderos, comenzó a transformarse gradualmente cuando el protagonismo pasó de lo sólido a lo circulante, del objeto al flujo, del stock a la dinámica del mercado. 

De manera progresiva, la atención se desplazó hacia factores menos palpables pero decisivos, la evolución de la demanda, las previsiones de inversión, así como las expectativas de producción y consumo. En este proceso, la economía encontró un punto de convergencia con la sociología, y ambas disciplinas empezaron a advertir la influencia central que ejercen las expectativas colectivas sobre el comportamiento social. Se hizo evidente que las creencias compartidas acerca del futuro no solo describen escenarios posibles, sino que tienen la capacidad de producir efectos concretos incluso antes de que las acciones que las motivan lleguen a realizarse. 

Para que las expectativas sociales puedan circular, negociarse y adquirir eficacia práctica, resulta necesario traducir el futuro en términos de valor presente. Esa operación solo es posible mediante el dinero, entendido no solo como medio de intercambio, sino como instrumento capaz de transformar bienes materiales en activos líquidos. La liquidez permite que lo sólido -la tierra, las máquinas, los productos- sea valorado, transferido y movilizado en función de proyecciones futuras, más que de utilidad inmediata.

En este contexto, la estabilidad del valor monetario deja de descansar en fundamentos materiales firmes, especialmente desde la desaparición del patrón oro, y pasa a depender en gran medida de la confianza, la credibilidad y las expectativas de los actores económicos. Incluso el dinero, que alguna vez aspiró a ser un equivalente estable del valor, se ve forzado a abandonar su pretensión de solidez para adaptarse a una lógica flexible y mutable. En consecuencia, puede afirmarse que la creciente centralidad de lo financiero y monetario en la organización de la vida social es una expresión clara de la llamada modernidad líquida, caracterizad por la primacía del movimiento, la anticipación y la volatibilidad sobre la permanencia y la estabilidad. 

Pascal Bruckner (Sufro, luego existo) La víctima como héroe

GUERRA DE BANDAS CON SALSA LACRIMAL

Todas las categorías se pueden beneficiar de la unción victimista: hasta los saqueadores durante los disturbios de junio-julio de 2023* fueron repintados por los progresistas como víctimas del racismo sistémico. El argumento no se sostiene y no cuajó en la mayoría de la población. ¿Qué pasó durante esas noches de rebelión? Una dramaturgia perfectamente coordinada en la que los alborotadores respondieron a un guion ya escrito, al menos desde 2005. Los narcotraficantes, aprovechando la muerte trágica del joven Nahel por la policía, declararon la guerra al Estado francés lanzando a sus esbirros al asalto de las prefecturas, alcaldías, escuelas, guarderías, mediatecas, etc. Los saqueos estuvieron perfectamente organizados y nada pudo resistir al ataque de los salteadores. Había que destrozar todo lo que podía mejorar la vida de la gente para mantenerla bajo el dominio de las bandas. La policía y sus controles perturban el tráfico procedente de Marruecos y de América Latina. Es una guerra de negocios más que de religión. Todos los imanes declararon su impotencia para capturar a los jóvenes dispuestos a enfrentarse con las fuerzas del orden, aunque se quemara los coches al grito de «Allahu akbar».  No hay más que un paso del caidato al califato, pero no todos lo dan. Los jefazos se pudieron beneficiar del ejército de reserva de chavales, muchos procedentes de familias monoparentales pobres, contentos de participar en lo que se parecía a una gran razia. ¿Qué es un alborotador? Un consumidor apresurado que no tiene tiempo de pasar por caja. A cambio de su participación, los saqueadores han sido recompensados con numerosos bienes de consumo, algunos lujosos, móviles o joyas. Los barrios no han sido abandonados. Al contrario: si las mafias se han despertado es porque el Estado ha inaugurado una renovación muy costosa de los edificios. 

En 2005 los insurgentes, hijos de la televisión y del supermercado, reclaman, como dijo uno de ellos, «guita y chavalas». No querían la revolución proletaria, sino aprovecharse del sueño consumista. Nacidos franceses, deseaban serlo, pero se sentían bloqueados por el color de su piel y sobre todo por su origen social, su domicilio. Como hoy, no eran portadores de proyecto alguno salvo quemar todos los edificios oficiales en un proceso suicida que los apartaba aún más del resto de la nación. Se trataba de un ritual iniciático, una forma de integración negativa en la que el combate contra la policía hace las veces de una revuelta adolescente imposible contra un padre ausente o inexistente. Francia los ignora y los desprecia y su rabia podría interpretarse como un grito de amor frustrado, como una manera de decir: estamos aquí, existimos

De la película de Mathieu Kassovitz, La Haine [El odio], estrenada en 1995, se puede ver hasta qué punto el salvajismo del hampón fascina a la industria del espectáculo y a tantos intelectuales de izquierda. Este lumpenproletariado, «esa escoria de individuos corrompidos de toda clase» como decía Engels en 1870, seduce a sociólogos, actores, cineastas, periodistas. La violencia para ellos, como para Marx, es la gran partera de la historia. Todos los pretextos son buenos para justificar la brutalidad y, sobre todo, la coartada del «racismo sistémico», aunque el Estado francés sea antirracista por constitución y numerosos estudios hayan rechazado la existencia de una xenofobia estructural de la policía. Paradoja de estas erupciones populares: penalizan en primer lugar al pueblo del que agravan las condiciones de vida y aceleran el aislamiento de cierto número de municipios aislados de la nación. Error simétrico de la izquierda y la derecha: reducir los manifestantes a su color de piel. Racializados para unos, bárbaros étnicos de origen magrebí o africano perfectamente integrados y que pasan desapercibidos por lo presentes que están en todos los escalones de la sociedad. 

¿Qué es una banda? Un mundo a lo Hobbes donde la desobediencia se castiga con la muerte y la tortura, donde las rivalidades se arreglan a golpe de kalasnikov y no conocen más que un dialecto, el de la violencia. Por falta de ver esta realidad, los políticos se pierden entre la constricción y la acusación y llenan el vacío mediante viejas tablas sinópticas. La gran novedad de estos amotinamiento en 2023 fue la transposición al Hexágono de una situación ya presente en Marsella, en Holanda y en Suecia: la omnipotencia de los narcos son sus niños soldados y sus asesinos en serie. No son los barios desheredados contra el Estado racista y policial, sino las mafias de la droga contra la República. Y si los levantamientos han cesado al cabo de cinco días, es porque los capos lo habían decidido: el negocio debía volver a ponerse en marcha. Fue una advertencia.

Para sacar a los territorios perdidos de la República de esta situación, el dinero no resolverá nada. Es inútil reconstruir edificios que arderán en la siguiente insurrección. Será necesaria una alianza de intransigencia y de generosidad. Reprimir a los criminales más endurecidos, tender la mano a los otros para arrancarlos de los ciclos del fracaso y de la muerte segura. No hay mucho en común entre los Chalecos Amarillos, los alborotadores de extrema izquierda, los bloques negros, zadistas, ecoterroristas y los vándalos de los suburbios salvo el uso indiscriminado de la violencia, el desplazamiento instantáneo a los extremos. Es la ronda de los bárbaros que dan vueltas como los indios en los wésterns alrededor del carro de la República para acabar con ella. Eso es lo inquietante. Cuanto más débil es el Estado, más se lo acusa de ser brutal porque ya no es el depositario legítimo de la fuerza. Está desnudo, no controla ya nada y el presidente de la República parece desamparado, pusilánime, incapaz de tranquilizar o de congregar. Se espera un faro o al menos una roca, y tenemos como mucho una veleta. Autoritario por falta de autoridad, charlatán por falta de elocuencia. Francia siempre ha tenido una tradición de violencia, pero de violencia contenida a través de las instituciones y personalidades carismáticas. Es difícil decir si el actual presidente está aquejado de una maldición particular o si es un catalizador de catástrofes. Lo cierto es que este caos permanecerá asociado a su nombre.
 

*Los disturbios en Francia de junio de 2023 se desataron a partir del 27 de junio a raíz de la muerte de Nahel Merzouk, un joven de 17 años que falleció tras recibir un disparo de un oficial de policía durante un control de tráfico en la ciudad de Nanterre. Este acontecimiento provocó una oleada de indignación social que derivó en fuertes protestas, incendios provocados y saqueos en múltiples ciudades francesas durante varios días.

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