INTRODUCCIÓN
LAS RUTAS DEL CONOCIMIENTO
EN LA EUROPA MEDIEVAL
¿Dónde comenzó su andadura esta Europa que aún no ha logrado convertirse en patria común de los pueblos que la habitan, pero que ya lo es desde hace siglos para muchos, que la aman y sueñan con su unidad plural? Para los antiguos griegos era —desde las Columnas de Hércules hasta el Tanias, desde las gélidas tierras de los hiperbóreos hasta las soleadas islas de olivos y viñedos diseminadas por el Mediterráneo— un «continente», una de las tres partes del mundo. Pero hacia principios del siglo XVI se transformó en un concepto, una idea fuerza, un mito; y de su seno surgió la dimensión de «Occidente», unida pero dinámicamente diferenciada de él.
La idea general de este libro es proponer un itinerario que, serpenteando entre lugares significativos, deteniéndose brevemente en ellos, nos permita tomar conciencia de hasta qué punto aquel era un mundo abierto y altamente conectado. Una especie de viaje, quizá más bien imaginario, entre destinos que, aunque ahora nos parezcan lejanos, en realidad estuvieron muy cerca. Un viaje necesariamente rápido, más para trazar líneas de continuidad que para satisfacer deseos profundos de conocimiento.
A fin y al cabo, la metáfora del viaje es fuerte, intensa, omnipresente: en nuestra cultura occidental, desde el Éxodo de los hebreos de Moises hasta el relato de la Odisea, pasando por la tradición del Ver sacrum, la vida es un viaje; toda aventura intelectual se presenta como un viaje. En la Edad Media y el Barroco, se describían sentimientos o ideales como si fueran viajes (por ejemplo, el amor, desde el jardín del encuentro y el enamoramiento hasta el prado de la vida emprendida juntos, pasando por el bosque de los celos y las traiciones, desde el desierto de la decepción-arrepentimiento-remordimiento, el océano tempestuoso de la pasión y el puerto seguro de la madurez, la sabiduría y los recuerdos). Análogamente, trataremos aquí el viaje común de la civilización occidental, desde la Antigüedad hasta la modernidad, a través de la Edad Media.
Más concretamente, lo que se traza en este libro es un itinerario por la cultura medieval, por sus formas de hacer circular el conocimiento, de difundir las ideas, de crear ese sustrato común que hacía posible el diálogo entre un árabe y Córdoba y un monje de Bamberg. Pero también es la historia de cómo ciertos lugares —por su ubicación, por los acontecimientos históricos que los envolvieron— han estado a su vez en la encrucijada de descubrimientos, inventos y hallazgos arquitectónicos y han actuado como irradiadores del pensamientos, sobre todo allí donde se traducían y transcribían textos. Naturalmente, el conocimiento viaja con las personas, y en este viaje conoceremos a muchas, que cubrieron realmente las distancias que se describen y llevaron vidas muy ajetreadas.
Para aproximarnos al conocimiento medieval, debemos en primer lugar dirigir la mirada al nacimiento de la religión cristiana, que nos lleva fuera de los confines de Europa pero que al mismo tiempo nos recuerda esa misión de encrucijada entre Oriente y Occidente que nuestras tierras han asumido desde la Antigüedad.
A la composición de esa nueva síntesis cultural contribuirán más tarde los monasterios, las cortes, las universidades y las comunas; más adelante, el arranque «revolucionario» del Humanismo y el Renacimiento nos ayudará a comprender el desarrollo posterior de otra época constitutiva de Occidente, rica en intercambios y contaminaciones.
El reto al que nos enfrentamos en las páginas de este volumen es el de sintetizar la aventura milenaria del conocimiento en el Occidente medieval (pero en sentido propio, ya que la Edad Media es una dimensión exclusivamente occidental).
Para nuestra sensibilidad en cuanto occidentales modernos, el conocimiento se organiza según una estrategia binaria que propone dos caminos principales: por un lado, el del conocimiento teórico según las reglas de la lógica y la dialéctica racional, por otro, el de la experiencia basada en la observación de la realidad concreta; en otras palabras, por un lado la scientia (del verbo scire), y, por otro, el know-how, la percepción práctica y el uso activo de los conocimientos derivados del saber práctico y concreto.
Por esta razón, quien acepte aventurarse a describir las múltiples vías del conocimiento medieval no puede desde luego limitarse a los horizontes de la cultura entendida como ámbito literario, filosófico, filológico o artístico, sino que debe reflexionar al menos sobre ciertas cuestiones relacionadas con el conocimiento como saber científico y tecnológico. Nosotros, occidentales modernos, profundamente arraigados en el arquetipo del Homo faber y en la cultura del hacer, del construir, del edificar, no podemos declinar estas actividades y tendencias según parámetros excesivamente inspirados en la abstracción. Lucien Febvre advertía de los peligros que entraña que un estudioso de las estructuras agrarias se vea obligado a trabajar «solo con arados de papel». Del. mismo modo, no podemos permitirnos que un estudioso que acepte recorrer las «rutas del conocimiento» ignore después que en los caminos terrestres y en las rutas marítimas tendrá que tratar con guijarros de piedra y no de papel, y tendrá que navegar en barcos de madera y no de papiro. En las páginas siguientes se ha tenido constantemente presente este hecho, mucho más de lo que podría parecer a primera vista y en una primera lectura.
El autor ha aceptado lealmente el desafío, teniendo muy presente que en todo viaje —y el de las rutas del conocimiento lo es— lo central y fundamental es el regreso, y que el deseo, el sueño de volver a la verdadera casa, el recuerdo, que es su raíz más profunda, son la auténtica razón del viajar, quizá más aún que el deseo de conocer lo nuevo. ¿Se parte, se abandona la patria, para volver a ella y, una vez de vuelta, comprender plenamente su esencia y su valor? Aunque pueda parecer un oxímoron, es cierto. Igual que es cierto que quien vive bien vive para conocerse a sí mismo. Nos lo enseñaron Homero, Joyce, Dante, Gardel y Tarkovsky; y Alessandro Vanoli nos lo recordó en un libro hermoso y revelador, I raconti del ritorno.
Pero un viaje tan largo y en ciertos aspectos tan tortuoso como este, desde Aurelio Ambrosio hasta Erasmo de Rotterdam, y recorrido además a galope, no podría siquiera haberse concebido sin la guía de muchos otros viajeros expertos en las dificultades y escollos de ese camino. Recordarlos y darles las gracias a todos nombrándolos uno a uno sería quizá tedioso para el lector y podría parecer un alarde de vanidad del autor; baste un «gracias», por tanto, colectivo y anónimo, pero sincero y lleno de reconocimiento. Sin embargo, no puedo dejar de mencionar, al menos, a Marina Montesano, a Franco Franceschi, a Antonio Musarra y a Andrea Zorzi; y, en representación de todos los amigos de Il Mulino, a Daniela Bonato.
Florencia-Bagno a Ripoli,
en el Día de Todos los Santos de 2022.

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