Rüdiger Safranski (El mal) o el Drama de la libertad

Mediante su «política biológica» Hitler llevó a la práctica un proyecto con el que se había soñado ya a finales del siglo XIX. El hecho de que Hitler traspasara el umbral hacia la bio-política hace que el régimen nacionalsocialista sea un pasado que no puede pasar. Pues todavía llegaremos a experimentar cómo las modernas bio-ciencias se convierten en una tentación para la política. Los proyectos de transformación, castigo y «mejora» del hombre recibirán un nuevo impulso. La amenaza del futuro no se cifra tanto en una nueva edición del fascismo nacional, cuanto en el moderno «bio-fascismo». Por bio-fascismo entendemos el trabajo con el material humano bajo la perspectivas de lo que puede hacerse o manipularse sin límites. En un nuevo nivel tecnológico y desde el trasfondo de una población excesiva, la eugenesia y la destrucción de «la vida que no merece vivir» pueden convertirse de nuevo en un tema actual. 

Decíamos que el siglo XIX había empezado a soñar con el trabajo biológico en el material humano. Ya entonces, bajo el estímulo de la marcha victoriosa de las ciencias naturales, se empezó a creer en la solución final de los problemas sociales mediante la «ciencia», y se extendió la disposición a invertir la relación tradicional entre ciencia y moral: ésta ya no ha de ser una traba para la ciencia, sino que ha de seguirla y militarse a pensar accesoriamente las fundamentaciones morales. 

Hitler, con su bio-política, con su «voluntad de crear un hombre nuevo», es un engendro de la época «científica». En él se mezclan biología, pasión cósmica y una gnosis negra. Dice: puesto que la naturaleza desconoce toda pausa, no hay en ella más que formación progresiva, o bien regresión hasta que el planeta se quede definitivamente desierto. Por tanto, si cesa o es impedido el incremento de lo vivo mediante la ación creadora de cultura por parte de los «arios», entonces se llegará a que el planeta circule de nuevo «en la noche del espacio cósmico» como perdido y sin sentido. Hitler conjura el maniqueo claroscuro de una lucha cósmica de titanes: la luminosa figura aria tiene un oponente con rasgos luciferinos, a saber, los judíos. En ellos toma cuerpo el principio que primordialmente descompone la vida, ellos son los «bacilos» de una siembra que expande la enfermedad en el espacio cósmico. Si no se extirpa este «germen patógeno», perecerá la vida «superior». Y si eso se permite, se comete un atentado contra la «ley divina de la existencia», y se presta ayuda a una nueva «expulsión del paraíso». 

[...] Nietzsche, arrollado al final por fantasías violentas en el infierno de su interioridad, se ejercitaba en la simple aniquilación imaginaria de un mundo que no concordaba con el suyo. Es tarea del superhombre futuro, anuncia, «conquistar la energía tremenda de la grandeza para configurar el hombre mediante el castigo y la aniquilación de millones de fracasados». También Hitler termina en una especie de infierno en el búnker, bajo la cancillería imperial. Pero sus fantasías violentas se hicieron reales, explotaron hacia fuera. Aniquiló de hecho todo un mundo que no se compaginaba con el suyo. Dejó el saldo de una Europa destruida, de millones de caídos en la guerra, de millones de asesinados. 

Es cierto que Hitler no planificó en sus pormenores el asesinato de millones de judíos. El «cómo» del asesinato lo confió al bien organizado aparato administrativo, a la inteligencia científica y planificadora, a la capacidad industrial y a la fuerza militar de combate. Pero el hecho de que tuviera lugar el asesinato masivo era el fin inalterable de sus planes. Y cuando luego todo estuvo perdido, anotó en su testamento político con gran satisfacción que había prestado un gran servicio a la humanidad mediante la extirpación de los judíos.

[...] Hannah Arendt vio una nota distintiva de los sistemas totalitarios de nuestro siglo en el hecho de que éstos han convertido la mentira en fundamento de su política criminal, y lo han hecho en una medida hasta entonces desconocida. Pero ¿captamos suficientemente con el concepto de mentira los fantasmas del sistema demencial de Hitler, insistiendo en que se trata efectivamente de un «sistema»?

Lo opuesto a la mentira no es la verdad, sino la veracidad. El que está persuadido de lo que dice y quiere persuadir de ello a otro, no miente ni siquiera cuando sus afirmaciones son erróneas. Tal y como ya advirtió Agustín, la mentira implica la intención de inducir a alguien al error. El mentiroso conoce el verdadero estado de las cosas y, por las razones que sea, hace una simulación de hechos falsos. Lo decisivo en primera línea es la intención. Mentir es un acto intencional. Se funda en la libertad, o sea, en el hecho de que la conciencia humana puede rebasar la realidad, distanciarse de ella, y conseguir así que una nada se convierta en ser, a la inversa, que un ser se convierta en nada. 

En la política de Hitler, la locura destruye la realidad. Eso es más que una simple mentira en el sentido de la negación de la realidad, y también es más inducción al error. Hay está la catástrofe de la libertad.

La libertad incluye la capacidad de cambiar la realidad según patrones que no proceden ellos mismos de la realidad, sino del mundo de lo imaginario. Y ¿qué es imaginación? ? Es solamente la materia a partir de la cual se hace el arte? El mundo imaginario es aquel que nos «figuramos». Es una imagen, la cual no constituye una copia, sino que se pone en lugar de la realidad. Es un segundo mundo, que, sin embargo, puede dirigir e incluso dominar la conducta en el primer mundo. La imaginación se sirve de materiales que forman parte de nuestra vida: experiencias, impresiones, obsesiones, deseos. Pero lo que engendra a partir de ahí es algo nuevo, que puede oponerse también a la restante realidad. El pensamiento nunca logró solucionar el problema de las imágenes, y en la actualidad, con el diluvio de imágenes en los modernos medios de comunicación, donde se arremolinan en mezcla recíproca la imaginación y la realidad, está aún más lejos de resolverlo.

[...] En Mi lucha, Hitler niega explícitamente la posibilidad de una verdad objetiva. Tiene el objetivismo por una típica «somnolencia de la humanidad». También en asuntos de conocimiento hay solamente una subjetividad vivida con mayor o menor poder, que a su vez se funda en el hecho contingente de pertenecer a una determinada raza. Max Weber había señalado como característica de la modernidad el hecho de que, en la medida en que crece la racionalidad de los medios, se pone de manifiesto que los fines mismos no radican en ninguna racionalidad vinculante. Éstos pertenecen a los dioses privados y a los demonios domésticos. Y puede suceder, de acuerdo con el peligro resaltado por Max Weber, que los demonios salgan de las cuevas privadas y tomen en sus manos la dirección del mundo de los medios racionales. La modernidad desencantada amenaza con traer un nuevo encantamiento centrado ahora en los medios racionales. Las observaciones se convierten en misiones, que echan mano de los medios con cálculo frío. 

En su intento de lograr que la Ilustración se aclarara acerca de sí misma, Kant ya topó con las bases no racionales de la razón cuando, examinando minuciosamente la razón y la obra de sus reglas, descubrió la imaginación. Y la descubrió no como una facultad junto a la razón, sino como fundamento vertiginoso de la misma. ¿Por qué utilizamos el abjetivo «vertiginoso»? Porque la imaginación no es ningún fundamento, sino un abismo. El abismo de la imaginación condena a la irrealidad todas las relaciones supuestamente bien fundadas de la realidad. En la imaginación la razón roza la locura e incluso se mezcla con ella. ¿Es quizá la razón solamente una locura «regulada»? En caso afirmativo, ¿por qué medio está regulada? En la razón científica, ¿está regulada por la disposición a prestar atención al aplauso de las cosas? Y en la razón moral, ¿se regula por la disposición a vivir y dejar vivir?

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