Javier López Alós (Crítica de la razón precaria) La vida intelectual ante la obligación de lo extraordinario

EL SÍNDROME DEL IMPOSTOR Y OTROS MALES

Al igual que ocurre con cualquier empresa, cuando alguien se ve obligado a constituirse en su propia marca, a cultivarla y protegerla, debe esforzarse en proyectar una imagen lo más favorable posible de la misma. Pero sabemos que el márquetin y la publicidad no tienen una relación de dependencia particularmente intensa respecto a la verdad, a diferencia de lo que la vida intelectual exige. Es lógico, por tanto, que en este contexto se dé una tensión conflictiva entre la autopercepción subjetiva del titular de la marca y la imagen que necesita proyectar. Esta desazón es uno de los casos de lo que se conoce como síndrome del impostor y, en distintos grados, es prevalente en los entornos culturales de alta competitividad atravesados por la retórica de la meritocracia. Sin embargo, lo específico del precario es que podríamos decir que sus circunstancias le empujan a impostar. Al sentirse en una posición de desventaja, la tentación de exagerar sus virtudes se le presentará como una opción. Incluso, en esa labor autopromocional de su marca, es muy probable que se vea animado a ello. 

El problema ya no radica en si se es o no un impostor, sino precisamente en la indefinición, en no poder responder a eso, en la inseguridad acerca de lo que se hace y lo que debería hacerse. Quien padezca el síndrome del impostor no solo mostrará una distancia crítica y angustiada respecto a lo que de sí se vea en la obligación de decir o proyectar para poder seguir compitiendo. Podrá, además, sentirse amenazado ante la posibilidad  de ser descubierto, de ser cazado en un renuncio que cuestione la correspondencia entre la realidad y los méritos ostentados, entre el objeto y su representación, a lo que no será extraño que reaccione con prevención y a la defensiva. Creo que nos es exagerado ver en esto la explicación, por ejemplo, a mucho de lo que ocurre en el mundo académico, desde sus eventos a sus modos de comunicación científica, donde ser desmentido o puesto en evidencia parecen los dramas mayores a los que alguien puede enfrentarse en la vida. Ello condiciona estilos de exposición oral y escrita, al igual que agendas (tanto de trabajo como de contactos personales). Podríamos reconocer actitudes parecidas en el campo artístico, tan reacio a menudo a la crítica y, por ende, tan proclive al repliegue autoafirmativo. 

Por otra parte, tener que conducirse bajo estos temores afecta a la propia autoestima del sujeto, quien, amén de los mismos, dudará de hasta qué punto es verdad aquello de lo que presume, merece lo conseguido o cuánta gente en el mundo se hace estas preguntas. Entonces, inevitablemente, la suspicacia se extenderá por todos los lados: mirará a su alrededor y pensará que, si no es un caso único, que seguro que no, tal vez todo el mundo haga lo mismo. Lo cierto es que esta oscilación entre la culpa y la paranoia no deja mucho hueco a la responsabilidad. No puede haber responsabilidad donde no hay proporción. Sentirse culpable por todo y todo el tiempo es absurdo porque presupone que todo dependen de uno. Pero es también emocionalmente insostenible, con lo que se acabará procediendo a una evacuación de responsabilidad en otras instancias o personas, sin importar mucho quiénes, cómo ni en qué medida. Algo así como una presa que no puede abrir las compuertas para desahogar su contenido, sino que se regula por desbordamiento. El otro extremo, el del paranoico que piensa que todos son culpables y perversos, sirve para eximir de responsabilidad, exhausto ante tanta injusticia, en la medida en que se es solo víctima de otros. Si en algún momento se convierte en víctima, tampoco está haciendo nada particularmente malo, sino algo del todo normal con arreglo a cómo funcionan las cosas. 

En escenarios donde la gente se siente culpable o todo el mundo sospecha de todo el mundo, el fingimiento se hace imprescindible para la coexistencia. Cualquiera siente que puede ser descubierto o acusado. Imaginemos un retablo de las maravillas donde todos se preguntaran si acaso no serán todos impostores. Ellos los situaría en la constante exigencia de producción de muestras que ratifiquen su identidad, lo que a su vez crearía nuevas oportunidades para ser examinados y desmentidos. Y, a la inversa, los tornaría dependientes de las muestras de aprobación y reconocimiento de sus congéneres. 

Sobre estas bases es muy difícil fundar una comunidad intelectual propiamente dicha, en la que la confianza mutua y el trabajo cooperativo en pos de proyectos compartidos tengan alguna oportunidad. El síndrome del impostor es una de tantas patologías que podemos identificar bajo la llamada cultura de la competitividad y su extensión en nuestras instituciones y en nuestras redes sociales, tanto analógicas como virtudes, es un síntoma del grado de penetración de ciertos valores en nuestros modos de actuar y pensar. La obligación sistémica y la necesidad subjetiva de aparentar como forma del aparecer, del hacerse presente y valioso al mismo tiempo, pone en crisis nuestra relación más íntima con quiénes somos y qué estamos haciendo con eso que somos, que queremos ser, que queremos que los demás vean que somos. Dónde queda ahí el compromiso con la verdad es una pregunta que no sé si puede esquivarse sin que la conciencia experimente algún temblor. 

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