LA GRAN RUPTURA
Aquí precisamente es donde ha venido el gran cambio. Uno de los rasgos mayores de nuestro tiempo es que eso que se llamaba <<derecha>>, es decir, la estructura de poder que buscaba conservarse y perpetuarse, ha roto por completo con la derecha de las ideas, vale decir con los principios y valores de todos aquellos que iban tratando de poner límites al desbordamiento del río de la modernidad. Hoy la derecha de intereses se encuentra sumamente cómoda en el fragor del río, lo cual, por otra parte, ha hecho que los grandes partidos clásicos de la derecha occidental hayan dejado de ser de «derechas» desde el punto de vista de las ideas. Basta pensar en la posición de los viejos partidos conservadores o liberales europeos sobre cuestiones como la ideología de género, la inmigración, el aborto, las políticas agrarias, etcétera: esos partidos siguen ocupando la derecha del mapa, pero sus posiciones habrían horrorizado a sus abuelos.
Seguramente el proceso empezó en los años sesenta del siglo XX —pongamos en las tópicas revueltas de 1968—, cuando se fue construyendo una mentalidad que hacía compatible la protección de la estructura económica capitalista con la introducción de elementos ideológicos que veían abanderados por la izquierda. Ya hemos visto cómo la izquierda occidental, aburguesada y obesa, dejó poco a poco de ser una fuerza de clase (obrera) para convertirse en una plataforma de reivindicaciones individuales. Al mercado, por su parte, le resultaba mucho más rentable una sociedad individualista (porque favorecía el consumo) que una sociedad comunitaria tradicional. Así se firmaron las nupcias del orden capitalista con las efusiones emocionales de una izquierda que ya había dejado de representar un peligro para él. Al revés, a partir de ahora sería el poder económico el que abanderaría las «nuevas ideas». Si la izquierda ya había conquistado de facto el poder cultural, ahora ponía su bandera en la fachada de palacio. La izquierda seguía diciéndose «izquierda», aunque fuera extremadamente burguesa, pero la derecha ahora quería decirse «centro». Estaba claro quién había ganado.
[...] Hay que insistir en la evolución ideológica del capitalismo porque en el imaginario popular permaneces vivo el tópico que identifica sistema capitalista con derechas, pero hace tiempo que no es así. Recordemos el análisis de Daniel Bell: el orden capitalista descansa sobre una poderosa contradicción cultural porque, para su despliegue, necesita sociedades edificadas sobre valores de esfuerzo, ahorro, entrega y sacrificio, es decir, sociedades de corte tradicional, pero el propio capitalismo hace que las sociedades empiecen a pivotar sobre valores de consumo y hedonismo, es decir, los valores contrarios, de manera que el sistema económico —pensaba Bell— iba a entrar en violenta contradicción con el sistema cultural. Lo que no se le ocurrió a Bell es que el capitalismo pudiera generar sus propio sistema cultural, y aquí es precisamente donde estamos hoy, al menos en el espacio de Occidente.
El factor clave, como hemos visto páginas atrás, ha sido la transformación del propio capitalismo, que ya no se define tanto por el producto como por el dinero, ya no tanto por lo industrial como por lo financiero. Esta transformación implica cambios radicales, por un parte, en el orden político, porque las naciones se convierten en obstáculos para el despliegue del nuevo poder, y por otra, en el orden social, porque los viejos valores y las viejas estructuras (familiares, comunitarias, etc) son incompatibles con una atmósfera que exige la apoteosis de lo individual. El capitalismo financiero del siglo XXI requiere una sociedad de individuos aislados en un mundo donde los lazos de carácter comunitario o nacional, se han hecho extremadamente frágiles. Y ese mundo, a su vez, encaja a la perfección con el perfil ideológico creado por la izquierda posmoderna, con su repertorio de nuevos derechos, nuevas víctimas, nuevos credos y nuevas histerias, todo ello en pos de la extrema emancipación individual. El universo ideológico del globalismo no es sino el sistema cultural creado por el capitalismo del siglo XXI. Por eso el poder, hoy, se encuentra mucho más cómodo con la nueva izquierda que con la vieja derecha.
Aquí es cuando puede decirse que la derecha traicionó a la nación, del mismo modo que, de manera prácticamente simultánea, la izquierda estaba traicionando al pueblo. Surfeando la ola de la globalización, entregados completamente a los nuevos ámbitos del poder, todos los partidos de la derecha emprendieron un rápido proceso de desnacionalización, de abandono del propio espacio nacional, en beneficio de instancias «europeas», «atlánticas», etc. Es verdad que el gran proceso de entrega masiva de la soberanía fue consensuado por la derecha y la izquierda, pero afectó especialmente al espectro electoral de la derecha, tradicionalmente vinculado al espacio nacional y al patriotismo, y que ahora tenía que resignarse a flotar en realidades conceptuales que le eran profundamente ajenas.
Todo esto ha dejado objetivamente desamparados al votante tradicional de derecha, que ya no tiene trinchera donde defenderse. ¿Volvemos a Pareto? Si el instinto dominante en la izquierda es el resentimiento (y, en su lado positivo, el deseo de justicia), el instinto dominante en la derecha es el sentido de conservación y el orden (y en su lado negativo, el egoísmo). La mentalidad de derecha cree, como Goethe, que la injusticia es preferible al desorden, porque una injusticia puede enmendarse con orden, pero del desorden sólo puede salir injusticia. El orden, por definición, implica jerarquía y autoridad, y por eso la mentalidad de derecha tiende a buscar refugio en las instituciones, es decir, en el poder instituido. En nuestras sociedades, desde hace siglos, esas instituciones son la Corona, la Iglesia, el ejército y también, en el mundo moderno, el poder económico, agentes todos ellos naturalmente interesados en conservar el statu quo. Ahora bien, el mundo globalizado ha hecho que gire en sentido del poder, ya no se identifica con el espacio nacional, sino que se ha transnacionalizado, es decir, se ha apartado de la comunidad política y ha puesto sus ojos en el mercado mundial. El poder económico busca su horizonte en el mercado mundial, la Iglesia juega a ser algo así como el brazo moral del mundo globalizado, los ejércitos atienden a las órdenes de instancias supranacionales, la corona (vale decir los Estados) buscan instintivamente mimetizarse con el nuevo escenario para sobrevivir... En este sentido, las instituciones ya no son generadores de orden, sino de desorden. Eso es algo que se percibe con claridad en los discursos de sus líderes, cada vez más inanes. ¿Alguien podría decir en qué cree exactamente esta gente? La derecha ha desarrollado su propia forma de nihilismo.
La mentalidad de derecha, en consecuencia, queda huérfana: puede seguir cerrando los ojos y refugiándose en las cómodas certidumbres del mundo que se fue, pero el hecho es que ya no vendrá ningún rey, ni un obispo, ni un general ni un banquero a «salvar la civilización», por utilizar la célebre fórmula de Spengler. Aún peor: lo que estamos viendo es que todas esas cosas, que un día garantizaron la continuidad, la conservación, hoy son agentes de disolución. Por eso es tan patético contemplar a esas masas de derecha aplaudiendo como redentores a políticos, que, en realidad, les están administrado la extrema unción.
* Esparza, José Javier (Los ocho pecados capitales del arte...)

No hay comentarios:
Publicar un comentario