Jesús González Maestro (El fracaso de la felicidad) Yo no vendo humo y usted no debería creer todo lo que lee

EL COLIVING ES EL GRAN SIMULACRO DE LA FELICIDAD: DEL «SALARIO EMOCIONAL» A LA PÉRDIDA DE LO QUE ES TUYO

El siglo XXI no ha traído consigo solamente progreso y tecnología, sino también una sofisticada expropiación de la vida privada y de sus pertenencias, camuflada bajo los ropajes relucientes del bienestar común y la solidaridad universal. Ya no se trata de perder propiedades y derechos, sino de fingir que no importa vivir con carencias cada vez mayores.

La propiedad privada, que en su momento fue un derecho incuestionable y genuino de la libertad individual, base de las democracias contemporáneas y del liberalismo que promete la felicidad, se disuelve hoy en las turbias aguas del colectivismo posmoderno. Y en manos, además, de ideologías que entre sí son muy contradictorias y hasta aparentemente incompatibles. Estados Unidos, China y la Unión Europea son tres potencias que, entre bastidores, se dan la mano, al compartir un mismo modelo político: el Estado como «Gran Hermano» que todo lo controla y todo lo gestiona en nombre de la hegemonía comercial. En este siglo XXI, lo tuyo es de quien lo usa, y aún más de quien lo necesita. Y se lo ocupa, también. La necesidad legitima el uso de lo ajeno. El Estado no protege al individuo, sino al mercado.

La vivienda puede ser un hogar, pero no necesariamente exclusivo, ni muchos menos excluyente, sino abierto y disponible para quien lo necesite. El derecho está en el uso, no en el título o escritura de propiedad. Lo que tú no usas deja de ser tuyo si otro toma por su mano el derecho de usufructo. No hay intrusos, ni okupas, sino usuarios. El derecho cede ante el deseo, y la ley ante la consigna. No hay propietarios, hay usufructuarios. La propiedad privada no se cuestiona: se diluye. Y en su lugar se impone la ética impostada de la utilidad compartida, disfrazada de progreso y promovida en internet bajo el sello de etiquetas solidarias.

Lo mismo sucede con la autoría. Los textos ya no son de nadie, porque son de todos. El autor desaparece bajo el peso del anonimato digital, y su obra se convierte en un objeto flotante, accesible al saqueo y libre de derechos. No porque no existen tales derechos, sino porque no se reconocen ni se respetan. La ley termina donde empieza internet.

La llamada «cultura libre» no es sino la coartada más actual de un piratería informática generalizada e imparable. El texto ya no pertenece a quien lo escribe, sino al que lo copia, distorsiona o reproduce como propio en cualquier parte, como un loro con pretensiones de oráculo. La vanidad académica lo celebra: gratis, exhíbete en plataformas sin lectores y apláudete a ti mismo en congresos virtuales sin público.

El narcisismo ha ganado el pulso a la calidad académica, que no se mide ahora por el valor de la investigación científica, sino por el fantasma del liderazgo hecho a la medida de las agencias de evaluación y de la mediocridad del personal evaluado. ¿Estudias o gestionas? ¿Eres burócrata o investigados académico? ¿Te dedicas a la ciencia o los carguitos de gestión? 

 [...] El capitalismo contemporáneo, con sonrisa de multinacional y alma de Soviet, ha normalizado la miseria decorada con eufemismos cada día más mordientes y aplaudidos. El coliving, esa novedad vendida como alternativa cool al hogar, no es más que la reinstauración de los barracones ideológicos del siglo XXI. Hoy se comparten lavadoras, mañana se compartirán camas. Y no por amor, sino por necesidad. El ser humano acabará durmiendo, literalmente, con su enemigo. El futuro reserva a los más jóvenes y menos avispados la posibilidad de compartir lecho con su antítesis, y llamar a todo eso «experiencia enriquecedora», «hábito sostenible» o «logro solidario»

Es el coliving. Y lo aplaudirán, como la turba aplaudía a verdugo por saber usar la guillotina con elegancia, diestra o siniestra. ¿Recuerdan los aplausos del confinamiento? La libertad de conciencia es la que le queda al que no puede salir de su casa. Es la libertad del protestantismo. El trabajo no hace libre al esclavo, sino rico a su amo.

Ya no hay salario: hay «salario emocional». Una limosna posmoderna vestida de psicología barata. ¿Qué trae ese salario, llamado «emocional»? Un mundo feliz, en el sentido más propio de Aldous Huxley. Palabras huecas y relucientes como lentejuelas: liderazgo, flexibilidad, compromiso, pasión, resilencia, conectividad, creatividad. Creerse proactivo. La nómina se convierte en una colección de stickers motivacionales, un PowerPoint de recursos humanos recitado por un coach que no ha leído un libro en su vida. Una ensalada de términos anglos que no dicen nada de nada, pero quedan «genial». La forma más barata de pagar es con emociones, es decir, con emoticonos, la nueva moneda de cambio. Y lo peor es que se aplaude de forma febril, como si regalar tiempo y esfuerzo al patrón —el mercado— fuera una nueva forma de libertad. 

El voluntariado, esa esclavitud con sonrisa milenarista, ya no se disfraza ni de caridad: ahora es una obligación moral promovida desde la superioridad ética del que nunca da nada, pero exige de todos los demás. Hasta las últimas consecuencias físicas y morales. No te puedes negar: está en juego la supervivencia del planeta. Serás reo de anatema y condena moral, si te resistes. Obedece voluntariamente. De lo contrario, serás responsable de la destrucción del planeta. Hoy te hacen creer que el superhéroe eres tú. El superhéroe de la facilidad. Quien realmente está feliz con gente así es el mercado.

La movilidad laboral ya no es libertad, sino nomadismo forzoso. El nuevo trabajador va donde lo lleve el objetivo financiero de una empresa sin rostro y sin domicilio fiscal preciso. Y si se queja, le recordarán que es un privilegiado por tener «oportunidades». ¿Dónde se ha visto semejante egoísmo en la época de la solidaridad, el compromiso con el medio ambiente, los animales y el respeto a los entes intocables? Las fronteras entre lo propio y lo ajeno se ha evaporado: nada es tuyo ni mío, porque todo debe compartirse, es decir, entregarse. Y quien conserve algo, lo hará bajo sospecha. 

La propiedad está mal vista. La propiedad intelectual se vulnera en nombre de la educación, la libertad y la solidaridad cultural. Si alguien cree que estas ideas son nuevas es porque no ha leído los Hechos de los apóstoles. Todas estas formas de comportamiento ya están exigidas en ese libro evangélico. Religión, política y filosofía... siempre haciendo buenas migas. 

[...] La globalización no es ya una ideología: es una expropiación de la vida individual y privada. Bajo tales exigencias extremas, compartir no es convivir: es vivir desposeído de lo propio. Capitalismo y comunismo se dan la mano. Lo gratuito no es generosidad: es ruina. Y el «salario emocional» no es recompensa: es un desprecio al trabajo personal con fondo musical de tono romántico y emotivo. El futuro promete felicidad, pero a cambio te da una sobredosis de nihilismo envuelto en papel de plata. Difícil no caer en la trampa, pues apenas hay capacidad para desarrollar iniciativas alternativas.

El que sonríe mientras te lo quita todo no es tu amigo, es tu dueño. El amo nunca ha sido el mejor amigo del esclavo. Hegel fue un gran impostor al relatar, en términos tan románticos, su parábola —famosa y subversiva— del amo y el esclavo. Parece que quiso escribir la página que le falta a los Hechos de los apóstoles (versión luterana, por supuesto). 


CONTRA LA REALIDAD NO SIRVEN LAS PALABRAS

Esa es una sobreestimación filológica del poder: creer en las palabras y no prestar atención a la realidad. La sobreestimación filosófica consiste en dar más importancia a las ideas y a las imaginaciones que a la realidad misma.

Heidegger, Derrida, Foucault..., y con ellos casi todos sus lectores, consideran que la realidad está hecha de palabras y que nosotros mismos somos lenguaje. Sin embargo, se sienten enfermos, o lo están de veras, visitan al médico, pero no acuden al filólogo, para comprobar qué palabras contiene su hígado o su colon. El cinismo termina cuando uno tiene que enfrentarse a problemas reales y propios. Y ocurre también que a la realidad las palabras —tanto de filólogos como de poetas— le resultan totalmente indiferentes: a la realidad le da igual lo que digamos sobre ella. El mundo es insensible a las palabras.

A la realidad la estudiamos no para que ella se encuentre bien entre nosotros, sino para que nosotros podamos sobrevivir en ella, pese a ella y contra ella, en las mejores condiciones posibles. Por eso, quien está seguro de lo que dice y hace es indiferente por completo a lo que piensen o digan los demás. Las oraciones del asno no llegan al cielo, y los rezos del burro no tienen Dios que los escuche. En definitiva, la realidad sigue siendo ajena e indolente a las palabras. La realidad no tolera a quien es in compatible con ella. Digámoslo claramente: la realidad no tolera a los idealistas, pero sí a los cínicos, con los que pacta muy a menudo. La mayor parte de los idealistas fracasa por prestar atención a los cínicos. Y por no saber gestionar, mediante el desengaño, el fracaso de la felicidad. 

Fíjense es esto: Durante el año 2024, dos de cada diez trabajadores ha sufrido algún problema o síntoma patológico relacionado con la salud mental. En España, una encuesta sobre salud mental señala que el 28% de los problemas psicológicos de la población laboral está directamente relacionado con el trabajo. Esto nos obliga a preguntarnos: si el trabajo nos da felicidad, según el catecismo oficial de la felicidad, ¿cómo es posible que a más trabajo, más enfermedades mentales se generan? En 2021, ese porcentaje era apenas del 13%. Además, en el último año, el 42% de los trabajadores declara haber sufrido algún problema de salud mental causado por el trabajo. Es decir, los problemas se multiplican y, de forma alarmante, no dejan de crecer.

Y frente a esta realidad crece en paralelo un catecismo de felicidad laboral que afirma que cuanto más trabajes, más feliz eres. ¿Mientes los hechos o mienten los informes? Eso queda a criterio de cada uno, pero los datos están delante de nuestros ojos.

No son enfermedades superficiales ni leves. El 64% de los afectados declara un nivel de gravedad, mientras que un 16% padece casos graves, cifra que crece año a año. Trabajadores de ambos sexos, así como mujeres que no desempeñan ninguna actividad laboral, entre 25 y 44 años, son las personas que más sufren estos problemas, según la mayoría de las estadísticas publicadas. Las causas externas, como la presión social y laboral, inciden especialmente en las mujeres y en los jóvenes.

El principal causante es la sobrecarga laboral, que representa el 64% de las menciones relacionadas con la salud mental en el trabajo. Dos de cada tres trabajadores que sufren problemas psicológicos lo vinculan directamente a esta sobrecarga. 

En segundo lugar, aparece la falta de reconocimiento (43%), seguida de la precariedad laboral (28%) y las dificultades para conciliar la vida laboral y personal (26%). La falta de desconexión digital alcanza el 25%, y la inseguridad laboral afecta al 23%, cifra más alta en menores de 35años (32%) frente al 20% en mayores de 35. Son datos que revela uno de estos informes.

Así pues, el mercado laboral está orientado, básicamente, a la extenuación psíquica del ser humano. Se construye sobre la destrucción psicológica del trabajador. Y nos dicen que esto es felicidad.

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