Joan-Carles Mèlich (Lógica de la crueldad)

Hemos sido formados en una cultura en la que se ha fomentado como virtud la crueldad hacia uno mismo. La autodisciplina, la autovigilancia, la autosuperación, el autocastigo, la autohumillación, son virtudes propias de la tradición socrática-platónica que tienen un hondo calado en el cristianismo. Desde esta perspectiva, ante la que Nietzsche se horroriza, somos unos seres despreciables. Nada merecemos delante del Absoluto. Los seres finitos somos minúsculos ante el poder omnipresente y eterno del Creador. Hemos sido formados en una cultura en la que sentirse pecador es lo que está bien, es lo normal. Y lo que es más grave, no hay expiación posible para la culpa, nada podemos hacer para dejar de sentirnos culpables. La culpa no admite enmienda posible.

Es aquí en lugar en el que Nietzsche situará la crueldad, en el meollo de la moralidad, en su núcleo íntimo, en la mala conciencia. Es esa moralidad que hemos internalizado al modo de un sentimiento de culpa la que provoca que no se sienta despreciable, no solo ante los demás sino, lo que es más grave, ante sí mismo.

Hay una idea que se descubre pronto al leer al filósofo alemán: es necesario dejar de pensar la crueldad como violencia hacia los demás. Esta es la visión que algunos quieren vendernos, olvidando otra, más profunda, más terrible, porque la crueldad es otra cosa. Como advierte Nietzsche en el 229 del Más allá del bien y del mal: es necesario cambiar la mirada respecto a la crueldad, es necesario, dice, abrir los ojos y ahuyentar la <<psicología cretina>>, que en otro tiempo pensaba que la crueldad solo surgía ante el espectáculo del sufrimiento ajeno. Para Nietzsche, y esta es tu tesis más innovadora, la crueldad más importante es la que se ejerce contra uno mismo. Esa es la crueldad más terrible., y es la que hemos heredado de la tradición metafísica, del cristianismo. Porque es el advenimiento del Dios cristiano, que para Nietzsche es el Dios máximo al que hasta ahora se ha llegado, también es el que ha provocado este terrible sentimiento de culpa del que no podemos desprendernos.

Este desprecio hacia uno mismo, esa crueldad, es otra forma de nombrar al sentimiento de culpa. El humano es un animal que se ha convertido en culpable. La culpabilidad, y este es un aspecto decisivo que no deberíamos olvidar, no es para Nietzsche algo sustancial al ser de lo humano, sino el resultado de una herencia, de una tradición. Y es esta tradición en la que hemos sido formados la que ha configurado un sentimiento de desprecio hacia uno mismo, porque el culpable se siente despreciable no solo (ni necesariamente) ante los demás sino sobre todo ante sí mismo, y los más terrible es que no puede esconderse ni liberarse de este sentimiento, de este desprecio. La crueldad ha llegado al límite, puesto que no hay defensa posible. La moral que hemos heredado es una moral del deber, y desde el momento en que el deber se instala en el mundo humano surge la deuda. Si debemos algo es que somos deudores, y si somos deudores también somos culpables:

¡Oh demente y triste bestia hombre!

En Nietzsche la cuestión de la culpa es central. Pero también lo es el hecho de que esta conciencia puede deconstruirse,  que, por lo tanto, existe la posibilidad de describir y establecer su genealogía. En sus orígenes, la culpa está ligada a la deuda, y, en último término a Dios. Pero, para Nietzsche, lo terrible del asunto es que resulta imposible liberarse de esta deuda suprema porque es una deuda insaldable. Esto significa que siempre debemos algo a Dios y siempre le deberemos algo. Dios nos ha dado más de lo que podemos devolverle. Ese el el chantaje con el que opera el cristianismo, y esta es la base de su moral y lo que ha generado esa crueldad contra uno mismo, ese sentimiento de culpa del que nos resulta imposible liberarnos. Veamos, por ejemplo, lo que escribe Nietzsche en La genealogía de la moral:

En esta esfera, es decir, en el derecho de las obligaciones, es donde tiene su hogar nativo el mundo de los conceptos morales <<culpa>> (Schuld), <<conciencia>>, <<deber>>, <<santidad del deber>>; su comienzo, al igual que el comienzo de todas las cosas grandes en la tierra, ha estado salpicado profunda y largamente con sangre. ¿Y no sería lícito añadir que, en el fondo, aquel mundo no ha vuelto a perder nunca del todo un cierto olor a sangre y a tortura? (ni siquiera el viejo Kant: el imperativo categórico huele a crueldad...).

Por todo los lados aparece una idea obsesiva: la moral va ligada a la deuda y a la culpa. Mientras haya moral no se podrá renunciar nunca a ese terrible <<olor a sangre y a tortura>>, esto es, a la crueldad que no se dirige únicamente hacia fuera sino también hacia mi interior, porque la ley moral, y en eso tiene razón Kant, está ¡en mí!. El imperativo categórico huele a crueldad porque en él se forjó un siniestro engranaje entre culpa y (auto)sufrimiento. La alegría con la que el filósofo de Königsberg parece recibir la interiorización de la ley se convierte en denuncia y horror en Nietzsche. Para ese, nos encontramos con la herencia de una vieja tradición, la del ideal ascético, un ideal que calumnia a la vida. Pero Nietzsche no se conforma con describir este proceso genealógico. Para él es posible filosofar con el martillo y, por lo tanto, romper con esta tradición. El hombre puede transformarse en superhombre y la crueldad sobre uno mismo puede ser erradicada. El superhombre dirá sí a la vida, afirmará la vida en toda su expresión, en todas sus dimensiones.

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Simone Weil advirtió los límites (y los peligros) de una filosofía personalista. Para ella hay un grave error de vocabulario en el personalismo, y donde hay un error de vocabulario es raro que no lo haya de pensamiento. Según Weil, en cada ser humano hay algo sagrado, pero, en contra de lo que sugieren los personalista, lo que es sagrado no es la persona sino todo lo contrario, lo impersonal. Lo que hay de sagrado en el hombre no es el hecho de que sea persona sino el hecho de que es él/ella, simplemente él/ella. Si en ese hombre que pasa por la calle, dice Weil, lo sagrado fuese su persona, podría sacarle los ojos y no pasaría absolutamente nada. Por eso, Weil nos advierte del peligro de convertir la persona en una categoría moral, en la categoría básica de la moral. Pero, entonces, ¿qué es lo que me retiene a la hora de hacerle daño a otro? Lo que la lógica personalista respondería seguramente sería que es <<su persona>>, o <<su dignidad>>, o <<su humanidad>>. Weil, en cambio, con una lucidez extrema, escribe:

La persona no es lo que proporciona este criterio. El grito de dolorosa sorpresa que infligir un mal suscita en el fondo del alma no es algo personal. No basta con atentar contra la persona y sus deseos para hacerlo brotar. Brota siempre a causa de la sensación de un contacto con la injusticia a través del dolor.

Este breve texto de Weil es capital no solo para desenmascarar los mecanismos crueles de la lógica moral sino para comprobar que la ética -y, más concretamente, una ética de la compasión-, surge como sensibilidad y respuesta al sufrimiento del otro, y no como resultado de un deber metafísico. Prestemos atención a la última frase de Weil en el texto citado: <<[Lo que me detiene de hacer daño a otro] brota siempre a causa de la sensación de un contacto con la injusticia a través del dolor>>. No es ningún principio metafísico lo que evita la crueldad, sino todo lo contrario, son los principios metafísicos los que la hacen posible. En otras palabras, si, como estamos sosteniendo aquí, la moral funciona según una lógica de la crueldad, esto no es consecuencia de que la categoría <<persona>> no ha sido suficientemente desarrollada, sino todo lo contrario, porque lo ha sido demasiado. No nos hemos percatado de la lógica cruel que se oculta en ella. Simone Weil se dio cuanta de que no es esta categoría la que puede ni debe proporcionar un criterio ético, aunque quizá no llegó a sacar las consecuencias de esta posición, puesto que, desde la perspectiva de una lógica de la crueldad, lo cruel no se halla en el contenido de la categoría sino en su funcionamiento. El cualquier caso la tesis de Weil está clara. Recordémosla una vez más: lo que es sagrado, lejos de ser la persona, es lo que en un ser humano es impersonal. Todo lo que en un hombre es impersonal es sagrado, y solo eso.

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