Rubén Arranz (Extraños compañeros de trama) Corrupción, nepotismo, dinero y puñales en la Corte sanchista

 ZAPATERO Y SU RELACIÓN CON 
MOHAMED VI

Otro de los lugares donde Zapatero se ha prodigado con asiduidad durante estos años es Marruecos, quizá el país con el que más tensiones sufre España, como vecino con aspiraciones sobre una parte de su territorio. Zapatero hace frecuentes llamamientos a la amistad y a la cooperación entre territorios, pero ha adoptado sin reparo alguno la narrativa marroquí con respecto al Sáhara Occidental, que fue la contraría a la que defendió España desde la Marcha Verde, en 1975, hasta el sospechoso cambio de postura, unilateral, adoptado por el Gobierno de Pedro Sánchez, en 2022. Este hecho tan sorprendente fue calificado por Argelia y por el Frente Polisario como «una traición histórica», y generó dificultades a las empresas españolas en Argel, especialmente, a las energéticas.

Se pueden citar varios ejemplos de la «singular» colaboración de Zapatero con la monarquía de Mohamed VI. En el verano de 2024, mientras los saharaui denunciaban un incremento de la represión en los territorios donde habitan, el expresidente español participó en un Foro de Derechos Humanos, organizado en el marco del Festival Gnaoua y Músicas del Mundo, celebrado en la localidad de Essaouira, donde se intentó lavar la cara al gobierno alauí.

En 2025, se publicó el libro Sáhara marroquí: tierra de luz y futuro, de Jean-Marie Heydt, un profesor de la Universidad de Oujda (Marruecos) que escribió esa obra para promocionar la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, un territorio declarado como no autónomo por la ONU, sobre el que Hassan II y Mohamet VI han negado el derecho a la autodeterminación. Pues bien, Rodriguez Zapatero prologó ese libro y la definió como «una obra magnífica que presenta toda la belleza y complejidad del Sáhara». 

El contenido del texto escrito por el exmandatario es particularmente significativo. Durante décadas, España defendió el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui, como establecieron las Naciones Unidas. Pero Zapatero, en ese texto, avala implícitamente la tesis marroquí de soberanía sobre el territorio. Esto no es baladí: cuando un expresidente español legitima la narrativa de Rabat, está debilitando la posición diplomática de su propio país. ¿Lo hace por convicción o por gratitud hacia quienes le «invitan»?

No quisiera distorsionar el criterio del lector con un párrafo final sesgado, pero, a tenor de estos hechos, podría plantearse una pregunta similar a la que cerraba el capítulo de Acento: ¿son las actividades de Rodriguez Zapatero contrarias a los intereses de España? La pregunta es retórica, pero merece una respuesta que vaya más allá del catálogo de hechos y comportamientos controvertidos y hasta malolientes que anteceden al expresidente. 

Porque lo verdaderamente revelador de Zapatero no es lo que ha hecho después de abandonar la Moncloa, sino que ya lo anunciaba cuando estaba dentro. Es ahí cuando se demostró que, entre el pragmatismo y el integrísimo, optó por lo segundo en momentos en los que no era aconsejable, dada su relevancia histórica. Él fue quien retiró las tropas de Irak en 2004 sin coordinar la decisión con sus aliados de la OTAN, lo cual dejó a España en la posición de socio rebelde y poco fiable. También fue quien tendió la mano a Hugo Chávez mientras desmantelaba la democracia venezolana, y quien, con Nicolás Maduro y Delcy y Jorge Rodríguez hizo de la equidistancia entre libertad y autoritarismo una seña de identidad de su política exterior.

Zapatero hoy prologa libros marroquíes, preside organizaciones de influencia china y mantiene una posición muy influyente dentro del Grupo de Puebla, que es el mayor lobby de la izquierda populista americana. A veces puede parecer que su papel como expresidente es distinto al que adoptó entre 2004 y 2011, cuando lideró la nación, pero no es cierto. Su alma es la misma y su modus operandi, similar. Lo único que cambió entre ambas etapas es que, fuera del poder, ya no tiene que responder ante nadie, salvo ante la ley. 

Su figura incomoda a ese reducto del socialismo español que no sucumbió ante los encantos de Pedro Sánchez, donde, por cierto, también han protagonizado algunas «maniobras internacionales» un tanto cuestionables. 

[...] Zapatero sufre el mal de quien se encuentra dentro de un sueño lúcido y confunde lo que vive en el mundo onírico con lo real. Está intoxicado con el veneno de los idealistas, quienes, cuando la realidad cae a plomo sobre ellos y destroza sus fantasías, no suelen reconocer su error, lo que les encamina poco a poco hacia el delirio. El expresidente confunde constantemente sus deseos —ser reconocido como un gran mediador internacional como un arquitecto de la paz— con los hechos, que son bastante más sórdidos. ¿Cómo si no definir a alguien que presta su nombre y su influencia a regímenes que vulneran sistemáticamente los derechos que él dice defender? Las motivaciones últimas de este hombre permanecen en la penumbra, lo que no es un detalle menor cuando se trata de un expresidente.

Delcy Rodríguez, la mujer a quien llama «amiga«, es actualmente la líder de un régimen sobre el que pesan sanciones europeas por tortura, detenciones arbitrarias y ejecuciones extrajudiciales. La misma Delcy que en 2020 aterrizó en el aeropuerto de Barajas —con prohibición expresa de entrada en el Unión Europea— y fue recibida por el entonces ministro de Transportes, José Luis Ábalos, en una reunión que el Gobierno español nunca ha explicado con satisfacción. Zapatero y sus discípulos comparten no sólo un red de influencia, sino una misma catadura moral: la que permite llamar diálogo a la rendición y cooperación a la complicidad. 

Su papel no es el de un estadista ni el de un candidato al Nobel de la Paz. Es el de un fanático que nunca ha entendido —o no ha querido entender— que la libertad no es negociable, que las dictaduras no se domestican con abrazos y que la historia no absolverá a quienes las acompañaron en su camino. 

Zapatero todavía cree que será recordado como un hombre de paz. Es posible que lo sea, pero no de la paz que él imagina. Será recordado como la paz de quien mira hacia otro lado mientras las celdas de El Helicoide se llenan de presos políticos; la paz de quien llama «amiga« a la carcelera de un pueblo; la paz de quien confunde la rendición con el diálogo y la complicidad con la diplomacia. Hay una palabra más exacta para definir eso: No es paz. Es cobardía con buena prensa. 

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