LOS AMOS DEL MUNDO
(Y DE SUS RUINAS)
Si un mono acumulase más bananas de las que pudiese comer mientras la mayoría de los otros monos mueren de hambre, los científicos estudiarían al acumulador para descubrir qué demonios estaba sucediendo con él. Pero cuando los humanos hacen lo mismo, nosotros los colocamos en la portada de la revista Forbes.
Cita atribuída a EMIR SADER
Hubo un tiempo en que los ricos necesitaban a los pobres. No por caridad cristiana. ni por escrúpulos morales, sino por pura supervivencia económica: alguien tenía que trabajar en sus fábricas, comprar sus productos, defender sus fronteras. Esta interdependencia forzosa creó, mal que bien, cierto contrato social. Los Rockefeller y los Carnegie construían bibliotecas; a través del estado de bienestar, los países europeos redistribuían la riqueza mediante impuestos progresivos, y hasta el más despiadado de los magnates entendían que su fortuna dependía, en última instancia, de la salud del tejido social que la sustentaba.
Ese tiempo a muerto.
Los ultrarricos del siglo XXI han logrado algo que sus predecesores solo podían soñar: emanciparse por completo de las sociedades que los vieron nacer. Sus fortunas flotan en paraísos fiscales, sus empresas operan en la nube, sus hijos estudian en burbujas internacionales y sus jets privados los transportan entre refugios dorados idénticos en Dubái, Singapur o Miami. Han construido una civilización paralela, sin banderas ni himnos, donde la única ciudadanía que importa es la del capital acumulado.
Pensemos en la paradoja: nunca en la historia humana se había concentrado tanta riqueza en tan pocas manos. Las ocho personas más ricas del planeta poseen lo mismo que la mitad más pobre de la humanidad. Jeff Bezos podría acabar con el hambre mundial y seguiría siendo obscenamente rico. Elon Musk gana en diez minutos lo que un trabajador medio tardaría varias vidas en acumular. Pero lo verdaderamente revelador no es la magnitud de estas fortunas, sino su naturaleza apátrida. El dinero de los ultrarricos no tiene patria porque no la necesita. Se mueve a la velocidad de la luz entre jurisdicciones, buscando el lugar donde menos preguntas hagan y menos impuestos cobren.
Esta nueva aristocracia global ha perfeccionado el arte de privatizar las ganancias y socializar las pérdidas. Cuando sus bancos quiebran, exigen rescates públicos. Cuando sus empresas necesitan infraestructuras, reclamar inversión estatal. Cuando quieren trabajadores cualificados, demandan educación pública de calidad. Pero cuando llega la hora de contribuir, cuando el Estado presenta la factura por todos esos servicios que hicieron posible su éxito, entonces descubren súbitamente las ventajas de la residencia fiscal en Mónaco, las holding companies en Luxemburgo o los trusts en Islas Caimán.
Mientras tanto, los Estados nación que alguna vez los cobijaron se desangran lentamente. Cada millonario que traslada su residencia fiscal, cada corporación que desvía beneficios a Irlanda, cada fondo de inversión que especula con la deuda pública es un ladrillo menos en el edificio común. Los hospitales se deterioran, las escuelas se masifican, las pensiones se recortan. Y nos dicen que no hay dinero, que vivim os por encima de nuestras posibilidades, que hay que apretarse el cinturón. Pero el dinero existe: simplemente ha emigrado a jurisdicciones donde no puede ser tocado.
La desigualdad ya no es solo una brecha: es un divorcio. Los ricos no quieren redistribuir porque, sencillamente, ya no se sienten parte del mismo proyecto colectivo que el resto. Han construido sus propios sistemas sanitarios, sus propias redes educativas, su propia seguridad privada. Viven en urbanizaciones cerradas, trabajan en distritos financieros fortificados, se desplazan en helicóptero para evitar el tráfico de los mortales. Han creado una geografía paralela donde nunca tienen que cruzarse con las consecuencias de avaricia.
Y aquí surge la gran ironía: estos paladines del libre mercado, estos supuestos creadores de riqueza, estos Prometeos del emprendimiento, son en realidad los mayores parásitos del sistema. Su riqueza no brota de la nada: se construye sobre décadas de inversión pública en investigaciones, sobre infraestructuras pagadas con dinero de todos, sobre la estabilidad social que garantizan instituciones que ellos mismos sabotean con su evasión. Steve Jobs no inventó el iPhone en un garaje: ensambló (con gran inteligencia) tecnologías desarrolladas durante décadas con fondos estatales. Los magnates farmacéuticos no descubren medicamentos: compran patentes de investigaciones universitarias financiadas por el Estado. Los gigantes tecnológicos no crearon internet: colonizaron un espacio construido con dinero público.
Esta secesión silenciosa —más devastadora que cualquier guerra civil— nos deja con una pregunta brutal: ¿puede sobrevivir la civilización cuando sus élites han decidido abandonar el barco? ¿O estamos al nacimiento de un nuevo feudalismo digital, donde hay islas de hiperlujo flotando sobre océanos de precariedad?
El fenómeno va más allá de la mera evasión fiscal. Es una ruptura del pacto fundamental que sostiene cualquier sociedad: la idea de que formamos parte de algo común, de que nuestros destinos están entrelazados, de que el éxito individual tiene una deuda con el esfuerzo colectivo. Cuando los más privilegiados se desentienden de esta responsabilidad, cuando convierten su éxito en un salvoconducto para escapar de cualquier obligación social, lo que se rompe no es solo la progresividad fiscal: es la posibilidad misma de la vida en común.
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