Luc Ferry (La vida feliz) De la inmortalidad prometida a la longevidad real

UNA PRESENTACIÓN SISTÉMICA DE LAS CINCO GRANDES RESPUESTAS A LA CUESTIÓN DE LA VIDA BUENA PARA LOS MORTALES

La primera respuesta, que ya hemos visto en parte, pero de la que aún nos quedan algunos capítulos por leer para comprenderla plenamente, es la aquellas sabidurías clásicas que defienden que trabajar para prolongar la vida no tendría ningún sentido. Podríamos describirlas como «cosmológicas», en el sentido de que la vida feliz se define como la armonización de uno mismo con el universo, con la armonía natural del cosmos, es decir, ese orden del mundo que transciende a un ser humano llamado a formar parte de él. Y como el cosmos es eterno, al encajar en él como pieza de rompecabezas encaja en el conjunto, al «armonizarse con la armonía», por así decirlo, uno se convierte, en cierto modo, en un fragmento de eternidad. Se trata de una primera manera de definir la sabiduría y el sentido de la vida, así como la salvación, ya que armonizarse con el orden cósmico nos permite «salvarnos», de alguna manera, de la muerte. Desde esta perspectiva, «eudemonista» (centrada en la búsqueda de la felicidad), lo que importa es vivir y tener una vida buena, no intentar desesperadamente vivir más tiempo. Como pudimos observar cuando hicimos referencia al diálogo de Cicerón sobre la vejez, el sabio es el que acepta vivir «de acuerdo con su edad» para afrontar, con tanta serenidad como le sea posible, esos momentos naturales de la existencia que son la vejez y la muerte.

La segunda respuestas es la de las grandes religiones, que nos invitan a armonizarnos no ya con el cosmos, sino con los mandamientos divinos, una armonía que puede abrirnos las puertas de una inmortalidad más personal que la anónima y ciega que prometían las cosmologías clásicas. En este contesto, la cuestión de la longevidad deja de tener sentido. Pretender vivir más tiempo en este planeta va contra la naturaleza de las cosas y tal y como Dios las ha creado, además de que es completamente inútil, ya que solo lograremos ser inmortales y felices en un  más allá radical, esto es, en un lugar más allá de la existencia terrenal. La clave está en trabajar para ganárselo, y en el cristianismo se vence a la muerte mediante el amor, mediante el agapé, como nos muestra el Evangelio de Juan en el episodio de la resurrección de Lázaro, cuya lección, en el plano espiritual, es que el amor es más fuerte que la muerte. Así que, de nuevo, la longevidad no es realmente algo por lo que haya que preocuparse. Además, está bastante claro que la Iglesia católica es hostil a todo aquello que esté relacionado con el proyecto transhumanista. 
 
La tercera respuesta es la del primer humanismo. Consistente en armonizar la propia vida y el pensamiento no ya con el cosmos o lo divino, sino con el resto de la humanidad. Podemos verla emerger en la famosa expresión del derecho moderno: «Mi libertad termina [o debería terminarse] donde empieza la de los demás», precepto que en el fondo no es más que la traducción jurídico-política de la moral republicana y universalista de los derechos humanos y del respeto a los demás. Hay que añadir que, en este contexto, que es esencialmente el del humanismo heredado de la Ilustración, de esa res publica a la que los filósofos alemanes designan con la palabra Öffentilichkeit (la «publicidad» en el sentido de «espacio público), es tan importante armonizar la propia vida con la de los demás, así como también contribuir en la medida de lo posible, mediante la acción libre y dentro de las posibilidades de cada uno, a la historia del progreso humano, o como se dice: todos debemos aportar nuestro granito de arena. Esta contribución puede, así, abrirnos las puertas a un cierto tipo de eternidad, la que reside en la memoria de los hombres y que se inscribe de buen grado y de manera simbólica en el mármol o en el granito de los monumentos públicos. Lo más importante aquí no es tanto la longevidad individual como la de la especie. A pesar de todo, la idea de trabajar para prolongar la vida empieza a cobrar sentido a medida que van surgiendo las ideas de progreso y de libertad entendida como la posibilidad de sustraerse a la naturaleza y a una historia que los revolucionarios franceses «ya no consideraban su modelo». Asistimos entonces a una ruptura radical con el modelo clásico de la estabilidad intangible y repetitiva de los ciclos de la naturaleza que dio sentido a las nociones de perfectibilidad infinita y de educación a lo largo de la vida, por tanto, a la idea de que una vida más larga tal vez nos permitiría mejorar, además de realizarnos con el objetivo de legar un mundo mejor a las generaciones futuras.

La cuarta respuesta es la de los grandes deconstructores, la de los «filósofos de la sospecha»: empezando por Schopenhauer y continuando con Nietzsche, Marx, Freud y Heidegger. Se trata de deconstruir las ilusiones enajenantes de la metafísica, de la religión e incluso del racionalismo de la Ilustración, cuyo ímpetu inicial, su espíritu crítico, debe ciertamente conservarse, pero, para ir más lejos, es necesario reforzarlo y darle una nueva vida. Como insiste Nietzsche, podemos «enarbolar de nuevo la bandera de la Ilustración», una bandera en la que figura de forma destacada el nombre de Voltaire, al que Nietzsche debe rendir homenaje por su libertad de espíritu. Si existe una crítica al primer humanismo (y, sobre todo, a la metafísica y a las religiones), se produce en cierto modo gracias a Voltaire, que abrió la caja de Pandora, esa que contenía el espíritu crítico y el proyecto de la deconstrucción de las ilusiones. La filosofía de la sospecha nos invita, pues, a continuar la tarea de liberarnos de las múltiples caras de la enajenación. La preocupación por uno mismo, que es la culminación de este proyecto de alcanzar la autenticidad, de ser verdaderamente uno mismo como individuo libre, tiene que desviarse, a veces, por lo colectivo y por la idea revolucionaria, como es el caso de Marx, pero también, al fin y al cabo, de todos estos grandes deconstructores. El objetivo, en última instancia, como se ve mejor en Freud, consiste en armonizarse, no con el cosmos, lo divino o la humanidad, sino con uno mismo, puesto que los demás, por así decirlo, ocupan un papel secundario en este proyecto. De esta manera, el ideal de «desenajenación» prefigura el individualismo narcisista que caracteriza significativamente la época actual, un rechazo de las transcendencias anteriores que conduce a los individuos hacia esta búsqueda del bienestar individual y de la felicidad personal que promueven la psicología positiva, las teorías del desarrollo personal y también, en cierta medida, la ecología.

A fin de cuentas, es lógico que la lucha contra la enajenación en todas sus formas, la búsqueda de la autenticidad y esta rimbombante «inquietud de sí» de la que Foucault, como heredero de estos famosos deconstructores alemanes, inciten a las ideologías de la felicidad a proponer a nuestros nuevos Narcisos un retorno a las sabidurías clásicas. 

[...] Como Christophe André explica, la clave está en «ser tu mejor amigo», que, además, es el tema principal del pasaje del libro que nos invita seriamente a querernos de la misma manera que nuestros padres nos quieren. Prefiero aquí dejar la palabra al propio Christophe por miedo a que se me acuse de caricaturizar sus palabras: «Este amor hacia nosotros mismos debería ser de la misma naturaleza que el de los padres hacia sus hijos: incondicional e infinitamente indulgente. Determinadas terapias, cuyos primeros resultados son prometedores, están explorando actualmente este concepto de la "autopaternidad"». ¿Quererse a sí mismo como queremos a nuestros hijos? Este es el modelo, según Christophe André, de esta psicología positiva que florece sobre los escombros de la deconstrucción. El hecho de que yo mismo tenga hijos me lleva a reconocer que la apología de la preocupación por uno mismo que se deriva de todo esto está más cerca de una patología grave que de la sabiduría y de la salud mental, pero, por supuesto, es solamente mi punto de vista como padre de familia. Francamente, el día que consiga quererme a mí mismo como quiero a mis hijas, deberían internarme directamente. En cualquier caso, la cuestión de la longevidad tampoco tiene mucho sentido aquí, ya que lo esencial es el retorno a las sabidurías clásicas, por tanto, vivir bien, aceptarnos tal como somos, «dejarnos llevar» por la inevitabilidad de la vejez y de la muerte y, por supuesto, no luchar por conseguir una vida más larga sin tener en cuenta el orden natural de las cosas.

Ferry, Luc (El Hombre-Dios)
Ferry, Luc (Familia y amor)
Ferry, Luc (La revolución transhumanista) Cómo la tecnomedicina...

Diego Fusaro (Sinistrash) Contra el neoliberalismo progresista

Antes no dejaban a nadie pensar con libertad. Ahora está permitido, pero nadie es capaz de hacerlo. Hoy la gente quiere pensar solo lo que se supone que debe pensar, y a eso lo consideran libertad.

O. Spengler, La decadencia de Occidente

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5.7 Homo migrans. La izquierda inmigracionista

Irlanda está entregando constantemente excedentes al mercado laboral inglés, reduciendo así los salarios y la posición material y moral de la clase obrera inglesa. ¡Y lo más importante! Todos los centros industriales y comerciales de Inglaterra, poseen ahora una clase obrera dividida en dos campos enemigos, proletarios ingleses y proletarios irlandeses. El trabajador inglés común odia al trabajador irlandés como competidor que reduce el nivel de vida. [...] Este antagonismo se mantiene artificialmente despierto y se ve acentuado por la prensa, el púlpito, las revistas cómicas, o sea, por todos los medios a disposición de las clases dominantes. Este antagonismo es el secreto de la impotencia de la clase obrera inglesa, a pesar de su organización. Es el secreto por el cual la clase capitalista mantiene su poder. Y esta última es plenamente consciente de ello. 

K. Marx, Carta a S. Meyer y a Vogt, 9 de abril de 1870

En un discurso pronunciado el 31 de marzo de 2014, la presidenta de la Cámara, Laura Boldrini, destacando exponente de la izquierda arcoíris italiana, explicó que la inmigración masiva debe ser aclamada como un factor intrínsecamente beneficioso, porque, entre otras razones, los inmigrantes son la «vanguardia del estilo de vida que pronto será el estilo de vida de muchos de nosotros». Las palabras de Laura Boldrini, que resumen esencialmente la posición de la new left posmarxista sobre el tema de la inmigración, son perfectamente compatibles con las del ultracapitalista John Elkann, presidente de la ex-Fiat que, en febrero de 2014, afirma expresamente: «la presencia de inmigrantes extranjeros es indudablemente un recurso», sin especificar, por supuesto, quién se beneficia realmente de este «recurso» (no debe pasar inadvertido que, un recurso, por definición, no tiene valor en sí mismo, sino en relación con el uso que otros pueden hacer de él).

Una vez más, la izquierda de las costumbres y la derecha del dinero parecen coincidir, a pesar de la aparente contraposición. De hecho, en su lógica general, la inmigración es actualmente promovida estructuralmente por el capital y defendida supraestructuralmente por la «retórica del migrante» típica del pensamiento único políticamente correcto de los pedagogos del globalismo izquierdista. El «reino animal del espíritu» actual necesita del «ejercito industrial de reserva» de los migrantes, explotados como nuevos esclavos, con el fin de destruir los derechos sociales que aún existen, aniquilar la fuerza organizativa residual de los trabajadores, reducir drásticamente los costes laborales y promover luchas de clases horizontales en la misma clase. En una palabra, para llevar a cabo, de la mejor manera posible, la lucha de clases desde arriba y la contraofensiva neoliberal contra el mundo laboral. Gracias a la complicidad del pensamiento único falsamente humanitario, el capital no pretende integrar a los migrantes, a quienes, por el contrario, considera armas prodomo sua en la lucha de clases. Pretende, más bien desintegrar también a los trabajadores nativos a través de los migrantes destruyendo lo que queda de su conciencia de clase y demoliendo sus derechos residuales. 

[...] Detrás del falso humanitarismo con el que las «bellas almas» de la kafkiana izquierda arcoíris celebran la inmigración, se esconde, en realidad, la inhumanidad de la explotación más abyecta de la mano de obra migrante y el horror del tráfico de seres humanos. El capital pretende producir una población de homines migrantes, un ejército industrial con capacidades laborales intermitentes y entregados al nomadismo y a la movilidad permanente, sin derechos de ciudadanía ni raíces en la tierra a la que son «deportados» para llevar a cabo los trabajos flexibles y precarios. 

[...] La inmigración no solo permite, como ya se ha dicho, ejercer una presión radical a la baja sobre los salarios de los trabajadores, sino que también rompe la unidad —cuando aún existe— del movimiento obrero y, además, permite a la patronal eludir las crecientes obligaciones de la legislación laboral. El hecho de que la población migrante esté dispuesta por su condición a trabajar sin la tutela de los derechos y por cantidades de dinero irrisorias, esto significa que, en tiempos rápidos, también la población trabajadora tradicional no migrante y portadora de derechos deberá adaptarse a un trato similar, para no ser reemplazada y no precipitar en las filas del ejército industrial de reserva.

[...] El hipócrita elogio de la inmigración masiva por parte de la élite plutocrática y sus oratores posmodernos no puede explicarse únicamente por el ejército industrial de reserva que los migrantes van constituyendo, que abarata la mano de obra y aumenta sus debilidades.

Junto a esta razón, y relacionada con ella, hay otra. El nuevo perfil antropológico, coesencial a la época de la precariedad indefinida, corresponde al del homo globalis, es decir, al hombre sin identidad, sin raíces y sin ciudadanía; que es, al mismo tiempo, un homo migrans desterritorializado, apátrida y desarraigado, siempre dispuesto, maleta en mano, a desplazarse siguiendo los procesos de deslocalización y volatilización del capital. 

En el régimen de la precariedad, cada proyecto y cada vínculo son temporales, el sujeto debe poder desprenderse tranquilamente de todo, abandonando no solo el ideal de la estabilidad laboral y efectiva, sino también la esfera de la eticidad de hegeliana memoria. Debe librarse, al mismo tiempo, de todo arraigo territorial, permaneciendo dispuesto a las migraciones repentinas y a la persecución, más allá de los mares y las fronteras, de los llamados «desafíos de la globalización». 

[...] Más allá de la retórica opuesta y complementaria de la idiotez xenófoba y de la «papilla del corazón» del elogio apriorístico de la inmigración, cabe repetir que debemos identificar al enemigo no en quienes pasan hambre, sino en quienes la provocan; en quienes empujan a la gente a la desesperación, no en quienes están desesperados; en quienes generan pobreza, no en quienes son pobres; en quienes obligan a los seres humanos a huir, no en quienes huyen; en quienes provocan la inmigración, no en quienes la padecen; en quienes desarraigan, no en quienes son desarraigados. Los culpables no son quienes sufren la precariedad y la inmigración, sino quienes la provocan, las alientan, las justifican y las ennoblecen ideológicamente. En otras palabras, culpables no son los migrantes, es decir, las víctimas de los procesos de deslocalización forzada y deportación organizada, sino los oligarcas del globalismo y sus artífices, los que han desarraigado a poblaciones enteras después de haberlas reducido a la pobreza.

Fusaro, Diego (Pensar diferente) Filosofía del disenso

Dalmacio Negro Pavón (La tradición de la libertad) Historia moral y política de la libertad

La libertad no nace del poder, sino del juicio de los hombres. Pensar por uno mismo es la primera forma de resistencia.
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14. 2.- Desde la segunda fase de la gran guerra civil europea del siglo XX, una guerra de perspectivas —cuya etiología hay que buscar en la contrarrevolución soviética—, devenida más completamente mundial, la derecha y la izquierda han convergido finalmente en el consenso político: la conspiración de los partidos consensuados contra las libertadas en lugar del partido único de los regímenes totalitarios. «El consenso, decía Philippe Muray, ha desplazado al comunismo, porque por fin lo ha realizado». Es el comunismo por arriba. En efecto, la sovietización no terminó con la implosión de la URSS. El bolchevismo —el jacobinismo modernizado por Lenin—, declaró la guerra a la humanidad armado con el Estado, contagió al mundo entero y, como decía Borges, uno termina pareciéndose a su enemigo. El consenso político es una nomenklatura tecnocrática economicista semejante a la soviética, que consagra las distopías de Huxley y Orwell como los mejores manuales de teoría del Estado o del gobierno. 

14. 3.- Otros aforismos de Gómez Dávila ayudan a entender, porque son reaccionarios, el Premio, el Centro Diego de Covarrubias y la tradición liberal que representan: «solo el pensamiento reaccionario, aclara el escritor colombiano, no lleva el estigma ideológico, porque es desnuda y franca defensa del privilegio de la diferencia». Al reconocer y defender las diferencias que suscita la libertad, «escapa el reaccionario a la servidumbre de la historia [el historicismo], porque persigue en la selva humana la huella de pasos divinos». Gómez Dávila describe así la figura del reaccionario: «Ser reaccionario es defender causas que no ruedan sobre el tablero de la historia, causas que no importa perder. Ser reaccionario es saber, que solo descubrimos lo que creemos inventar; es admitir, que nuestra imaginación no crea, sino desnuda blandos cuerpos. Ser reaccionario no es abrazar determinadas causas, no abogar por determinados fines, sino someter nuestra voluntad a la necesidad que no constriñe, rendir nuestra libertad a la exigencia que no compele; es encontrar las evidencias que nos guían adormecidas a la orilla de estanques milenarios. El reaccionario no es el soñador nostálgico de pasados abolidos, sino el cazador de sombras sagradas sobre las colinas eternas». 

28.- La política liberal se diferencia de la cratológica en que no es coactiva sino curativa, medicinal, equilibradora de los cambios que provoca la libertad. Y de la utópica, en que se atiene a la realidad histórica, al presente.

28. 1.- La techkné politiké, el descubrimiento griego «el arte de gobernar a los hombres libres» (Aristóteles), cuida farmacológicamente de los cuerpos políticos, las poleis entre los griegos, las naciones en Europa, imitando a la medicina. Una idea probablemente de origen egipcio, reforzada por el cristianismo con la confesión sacramental que sana el alma de los cuerpos individuales. Su finalidad consiste en mantener el orden espontáneo del cuerpo político regulado por su propio Derecho encarnado en los usos y las costumbres, a través de los cuales lo descubre el juez en cada caso concreto. Pues el auténtico Derecho es, como el romano, el de los juristas, tradición conservada en el iuris commnis o common law anglosajón, extraído de la realidad social. 

28. 2.- Esta concepción del Derecho es muy distinta de la de los legisladores, que, en vez de respetar el Derecho, lo instrumentalizan para satisfacer los fines del poder y, en último análisis, para adaptar el orden social natural y espontáneo al artificioso orden estatal. El mismo common law apenas se conserva formalmente. Los gobernantes proceden de la democracia de las mayorías, que impresionan también a los jueces, que, idealizados y armados con los derechos humanos, son uno de los mayores peligros para la libertad en los mismos países anglosajones.  «En nombre de la nueva religión de los derechos del hombres, el principio sagrado de la "no discriminación" afirma la tiranía del juez y de las minorías. Y a esto se le llama con énfasis, "Estado de derecho"». 

28. 3.- Jueces, hombres públicos en principio honrados y la gente normal e ingenua, presionados por las mayorías, reales o inventadas por los media, los lobbies y los grupos que se presentan como sus representantes o sencillamente por los demagogos e impostores que pululan siempre en torno al poder, aceptan fácilmente los «valores» de los intereses y opiniones capaces de acceder a los pasillos del poder y de las ideologías. Utilizando las leyes como armas, adaptan los usos, las costumbres a las conveniencias estatales, que suelen coincidir con la herejía secularista o laicista. 

28. 4.- La explicación inmediata del estado de cosas, es la revolución contracultural de mayo del 68, colofón de la revoluciones francesa y soviética, con el que comenzó la gran desintegración de las sociedades. El 68 ha vencido y está en el poder, dice Eric Zemmour. «Un poder que pretende ser rebelde. Y que siempre tacha a sus opositores de conservadores. Cuando, la verdad sea dicha, los conservadores son ellos». Tan conservadores, que Zemmour es optimista: cree que se está gestando la revuelta. La revuelta, si se produce, ¿enterrará definitivamente las dos grandes contrarrevoluciones? Wait and see. 

29.- El liberalismo auténtico reconoce son reservas, que las sociedades son conflictivas y no las condiciona. Parte de que las libertades, nunca se insistirá tanto bastante, son previas a los derechos, cuya función consiste en protegerlas o ordenarlas en caso de conflicto. No pretender controlar, rehacer o transformar la vida espontánea, natural: los hábitos, las costumbres, los usos, en definitiva, las tradiciones, «el sufragio universal de los siglos» (Vázquez de Mella), «la democracia de los muertos (Chesterton). La política liberal confía en el hombres. Deja vivir «habitualmente» a las personas individuales, las familias, a los pueblos y a las naciones, personas colectivas, de acuerdo con sus creencias, costumbres y tradiciones de la conducta. «Es muy mala política, prevenía Montesquieu en El Espíritu de las leyes (XIX,14), cambiar por medio de las leyes lo que debería ser cambiado por las costumbres». 

El auténtico liberalismo político no «legisla». Se milita a declarar y cuestionar el Derecho, cuya función no consiste en servir de instrumento a la voluntad de poder para imponer la tiranía de los valores o un orden nuevo inventado como mejor; u óptimo si está libre de conflictos. En el primer caso se suspende provisionalmente la libertad ad kalendas; en el segundo, se mata la libertad.

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