LA JUSTICIA CLIMÁTICA Y EL HUMANO PLAGA
La justicia climática implica que la equidad y los derechos humanos ocupen un lugar central en la toma de decisiones y las acciones en materia de cambio climático.
* PNUD
En Los orígenes del totalitarismo, Arendt, describe el «mal radical» o «mal absoluto» —expresiones que emplea como sinónimas— como un mal desconocido hasta el momento, sin paralelo alguno en la historia y que apareció en las fases finales del totalitarismo. Se trata de un fenómeno completamente nuevo, sin precedentes, que «nos enfrenta con su abrumadora realidad y destruye todas las normas que conocemos», ante el cual la tradición filosófica occidental carecía de las categorías y del aparato conceptual necesario para abordarlo de un modo teóricos, situación que enfrentamos hoy con la agenda progresista. La pensadora afirma que dicho mal absoluto solo puede ser entendido si analizamos los «elementos» que cristalizan en el totalitarismo, tales como la explosión demográfica, la expansión y superfluidad económica, el desarraigo social y el deteriodo de la vida política. Se trata de una manifestación del mal que, por una parte no se ajusta a las nociones tradicionales que teníamos de él —que explicaban sus formas extremas como perversiones de los sentimientos humanaos— y, por otra, responde a objetivos inéditos que se resumen en la destrucción de la naturaleza humana. Analicemos el diseño de los ingenieros sociales progresistas desde la óptica que Arendt nos aporta a partir de su concepción del mal radical.
¿Qué pensaría usted si yo le dijera que «el tipo de vida sostenible enarbolado como el ideal de la Agenda 2030 es absolutamente insostenible? Imagino que me preguntaría de inmediato qué entiendo por «insostenible. Una vida insostenible será aquella que no cumpla con los preceptos de la nueva religión ecocéntrica sobre cuya base se edifica la gran obra de ingeniería social que se ha propuesto para el 2030: educación climática y ciudadanía universal ** (ODS 4), ideología de género (ODS 5), industralización «inclusiva» (ODS9), y la igualdad de todos los países (ODS 10), por mencionar algunas de las maravillas que nos esperan. La contracara de dicha «maravilla» es la creación de una nueva categoría de personas —todos los opositores al *** NOM— que se calificarán como «individuos no aptos para la vida. Arendt aborda este asunto en detalle:
Es este movimiento el que singulariza a los enemigos de la humanidad contra los cuales se desata el terror, y no puede permitirse que ninguna acción u oposición libres puedan obstaculizar la eliminación del «enemigo objetivo» de la historia o de la naturaleza, de la clase o de la raza. La culpa y la inocencia se convierten en nociones sin sentido; «culpable» es quien se alza en el camino del proceso natural o histórico que ha formulado ya un juicio sobre las «razas inferiores», sobre los «individuos no aptos para la vida», sobre las «clases moribundas, y ante los pueblos decadentes. El terror ejecuta estos juicios, y ante su tribunal los implicados son subjetivamente inocentes; los asesinados nada hicieron contra el sistema, y los asesinos porque realmente no asesina, sino que ejecutan una sentencia de muerte pronunciada por algún tribunal. Los mismos dominadores no afirman ser justos o sabios, sino solo que ejecutan un movimiento conforme a su ley inherente. El terror es legalidad sin la ley es la ley del movimiento de alguna fuerza supranatural, la naturaleza o la historia.
¿Quiénes integran, de modo incipiente, las clases moribundas bajo los nuevos parámetros morales inspirados en La Carta de la Tierra, la ideología de género y la ciudadania universal? Para saberlo necesitamos clarificar cuáles son los fundamentos de la moral ecocéntrica de los globalistas. Sobre la base de dichos fundamentos se avanza la cultura de la muerte denunciada por san Juan Pablo II en su Evangelium Vitae: «Con las nuevas perspectivas abiertas por el progreso científico y tecnológico surgen nuevas formas de agresión contra la dignidad del ser humano, a la vez que se va delineando y consolidado una nueva situación cultural, que confiere a los atentados contra la vida un aspecto inédito y— podría decirse— aún más inicuo ocasionado ulteriores y graves preocupaciones: amplios sectores de la opinión pública justifican algunos tentados contra la vida en nombre de los derechos de la libertad individual, y sobre este presupuesto pretenden no solo la impunidad, sino incluso la autorización por parte del Estado, con el fin de practicarlos con absoluta libertad y además con la intervención gratuita de las estructuras sanitarias». Estamos ante el avance de una teología del exterminio, base fundamental del ecocentrismo globalista neomalthusiano explicado en El libro negro del ecologismo:
En particular, su trabajo [se refiere al de William Vogt] constituyó «lo que la investigadora de población del Hampshire College Betsy Hartmann ha llamado "ambientalismo apocalíptico": la creencia de que a menos que la humanidad reduzca drásticamente el consumo y limite la población, devastará los ecosistemas globales. En los libros más vendidos y los poderosos discursos, Vogt argumentó que la opulencia no es nuestro mayor logro, sino nuestra mayor problema, Si continuamos tomando más de lo que la Tierra puede dar, dijo, el resultado inevitable será la devastación a escala global. ¡Reducir! ¡Reducir! era su mantra». La conclusión lógica de la obra está asociada con una visión del ser humano como una especie depredadora que, en su afán de mejorar sus condiciones, agota los recursos que le son dados por la naturaleza. Por demás está aclarar que Vogt veía en el sistema capitalista la causa última de la mayoría de los problemas ecológicos del mundo.
En una conversación entre Jordan Peterson y Niall Ferguson, encontramos varias claves psicopolíticas para entender la obsesión de los ecologistas neomalthusianos con el fin del mundo. Destacan el afán o pasión por el carácter trágico y apocalíptico de la vida. Peterson afirma: «El apocalipsis es atractivo porque es mucho más excitante que la salida utópica del cielo». Este carácter empapa la agenda progresista, reforzando nuestra tesis sobre que se está intentando imponer una cultura de la muerte y una religión ecocéntrica que reemplace al cristianismo. Es decir, estamos en un plano teológico-político para el cual el mundo secularizado de la democracia representativa no tiene herramientas de compresión. Esa es una de la razones por la cual el NOM avanza sin encontrar mayores resistencias. Nadie entiende lo que está pasando porque hay que analizarlo desde la perspectiva psicopolítica en el marco de una teología política. El primer paso es, entender que la agenda progresista es una agenda ideológica-religiosa.
La angustia apocalíptica, presente en todos los tiempos, es la médula que comparten los cinco caballos de Troya: desde el fin del mundo por el alza de las temperaturas hasta el suicidio de un hijo si no sigue las terapias afirmativas de hormonación y mutilación genital. Peterson explica que abrazar causas de este tipo da a la personas la sensación de ser moralmente superior y provee de una infinidad de excusas para no hacerse cargo de sí mismo o de problemas que sí podrían ser solucionados por una mente aplicada a ellos.
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* PNUD: Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Es la principal agencia de la ONU dedicada a erradicar la pobreza, reducir las desigualdades y promover el desarrollo sostenible y la resiliencia en más de 170 países.
** ODS: Objetivos de Desarrollo Sostenible. Conjunto de 17 metas globales y 169 objetivos específicos adoptados por las Naciones Unidas en 2015. Conocidos como la Agenda 2030, que buscan erradicar la pobreza, proteger el planeta y asegurar la paz y la prosperidad para todas las personas.
*** NOM: Es una teoría que afirma la existencia de un plan deliberado, orquestado por élites financieras y corporativas, para instaurar un Gobierno Mundial Único.

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