Angelotes
La mojigatería es la pretensión de inocencia sin inocencia.
Friedrich Schlegel
Todos somos herederos de la perspectiva cristiana, nos guste o no. Quizá no creamos que Jesús era el Cristo y que se sacrificó para que pudiéramos tener vida eterna. Quizá no creamos que el pecado crece en el tuétano de todas las criaturas caídas. Quizá creamos que somos corderos inmaculados o viles serpientes. Sin embargo, seguimos entrelazados, psicológica y culturalmente, en la dinámica malsana del ideal cristiano de inocencia. En ningún aspecto ha sido más evidente que en nuestra forma de pensar sobre la sexualidad de los niños.
A veces nos descubrimos asumiendo que los niños nacen naturalmente puros, con las hojas de sus almas sin mancha de deseo. Los padres y los maestros tienen entonces una tarea clara: debe preservar la ignorancia sexual de los niños hasta que sean adultos. La mayoría de las sociedades adoptan algún tipo de censura para retrasar el conocimiento sexual hasta que se considera que los jóvenes están preparados para afrontarlo, o al menos solían hacerlo, hasta que internet arrancó todos los velos benévolos. Las sociedades cristianas, y ahora las poscristianas, practicaban la expurgación, y permitían la circulación de los libros siempre que se les vaciara de contenidos que pudieran interpretarse, aunque fuera indirectamente, como corruptos. Esta desfiguración tomó nombre en inglés (bowdlerization) de la obra de Harriet Bowdler, una piadosa inglesa que editó The Family Shakespeare, in Which Is Addde to the Original Text, But Those Words and Expressions Are Omitted Which Cannot With Propriety Be Read Aloud in a Family [La edición familiar de Shakespeare, en la que no se ha añadido nada al texto original, pero se omiten aquellas palabras y expresiones que no pueden leerse en voz alta en familia (1818). Uno de los primeros libros expurgados para niños fue una edición francesa del siglo XVII de las obras del dramaturgo romano Terencio, con el delicioso título Comedies of Terence Made Very Decent White Changing Very Little (Comedias de Terencio vueltas muy decentes cambiando muy pocas cosas].
Si, por otro lado, suponemos que el alma es asaltada desde una edad temprana por impulso sexuales pecaminosos que constituyen una rebelión contra lo divino, la censura será insuficiente. Los pensamientos y prácticas sexuales rebeldes tendrían que ser combatidos de manera más explícita, ya sea con vergüenza o con castigos. Esa convicción estaba detrás de las campañas cristianas contra una práctica sexual tras otra durante muchos siglos. La masturbación es un buen ejemplo. En el siglo XV, los educadores católicos advertían contra ella, especialmente en las escuelas donde los niños habían comenzado a vivir juntos, aunque en ese momento se consideraba como mucho un pecado venial. A principios del siglo XVII, y particularmente entre los puritanos de Gran Bretaña y Estados Unidos, la masturbación se convirtió en una obsesión cristiana que duró hasta bien entrado el siglo XX. Los manuales pedagógicos y de crianza advertían de los peligros de la histeria y la pérdida de la esencia corporal por la masturbación, y se recomendaba encarecidamente a las madres a alimentar a sus hijos con biberón, darles baños cortos, evitar los abrazos largos e incluso interrumpir las conversaciones que pudieran hacer que los niños, en particular, se encariñasen demasiado con ella. También se fomentaban los juegos al aire libre, aunque a algunos escritores les preocupaba que las organizaciones juveniles pudieran ofrecer ocasiones para la actividad homosexual. En el siglo XIX algunos inventores desarrollaron artilugios grotescos para evitar que los niños se tocaran o tuvieran sueños húmedos mientras dormían. La obsesión era tan grande y estaba tan extendida que en 1894 se consideró razonable en el estado de Kansas que once niños de una institución mental fueran castrados simplemente para evitar que se mastubaran.
A principios del siglo XX, Freud trató de liberarnos de esta dialéctica perversa. Percibía que, en las sociedades occidentales, la ambigüedad sobre los niños -bien idealizados como seres puros e inocentes, bien como depravados y propensos a pecar- impedía que los jóvenes se convirtieran en adultos autónomos con vidas sexuales saludables. Quería eliminar la valencia moral de los impulsos eróticos tempranos, incluidos los que apuntaban al autoplacer, y los retrató en el contexto de un proceso de maduración sexual que se prolongaba toda la vida y requería la integración de impulsos y experiencias. Si la infancia va bien, razonaba, hay muchas posibilidades de que la vida sexual del adulto también vaya bien. El objetivo de Freud era la madurez, no la liberación de la libido. Sin embargo, como sabemos, ese no fue el mensaje que los lectores e incluso algunos de los colaboradores de Freud (como Wilhelm Reich)) eligieron escuchar, y, en la revolución de las costumbres sexuales que comenzó hace medio siglo, la exploración sexual libre pasó de considerarse una etapa temprana en el desarrollo infantil a ser un ideal de vida para muchos adultos, con el resultado de que la búsqueda de una segunda inocencia para los padres terminó robando a muchos niños la primera.
La intrusión de imágenes de niños sexualizados en la cultura popular de este periodo es un buen ejemplo. Con el pretexto de la apertura de miras, pero en busca de excitación, en la década de 1970 Hollywood comenzó a hacer películas donde actrices infantiles interpretaban a prostitutas, con un realismo impactante. La sexualización flagrante de las niñas en la publicidad se hizo omnipresente, mostrando a niñas preadolescentes en vallas publicitarias y anuncios de revistas con vaqueros ajustados, en toples, con las manos cubriendo sus pechos a medio desarrollar, con maquillaje y el pelo recién secado, mientras miraban a la cámara con aire de complicidad. <<Nada se interpone entre mis Calvin Klein y yo>>. Lejos de Madison Avenue, en partes de Estados Unidos donde cabría esperar más resistencia a estas tendencias, se empezaron a organizar concursos de belleza en lo que niñas menores de diez años se transformaban en seductoras en miniatura, que cantaban canciones un tanto subidas de tono y hacían sugerentes movimientos de baile en las competiciones. El listón de la indecencia fue bajando, al igual que la responsabilidad de los padres. Una antigua Miss Vermont Junior Queen, cuando un escritor le reprochó que llevara s u hija a concursos, ofreció esta memorable respuesta: <<¿La maquillo? Sí. Pero no creo que me exceda con una niña de cinco años>>.
Algunos de esos tabúes se han restablecido, afortunadamente, aunque en el lenguaje del consentimiento individual en vez de en el decreto divino. Ya no está permitido, al menos en Estados Unidos, mostrar a niños desnudos sexualmente sugestivos en películas o incluso en la fotografía artística. La pedofilia se ha convertido en una preocupación nacional, y las vidas de los condenados por ella se han convertido en prisiones incluso después de haber cumplido su sentencia. Si acaso, los padres estadounidenses tienen ahora miedos exagerados sobre los peligros sexuales a los que se enfrentan sus corderitos fuera de casa. Sin embargo -esa es nuestra doble moral sobre el conocimiento sexual- están mucho menos atentos a las amenazas dentro del hogar. Los padres que llevan a sus hijos a una escuelas cercana por si acaso y exigen que el centro permita los teléfonos móviles por si acaso también les proporcionan conexiones irrestrictas a internet que les dan acceso a páginas pornográficas donde los niños pueden ver abusos sexuales sádicos a las mujeres, y las adolescentes puedan publicar imágenes provocativas de sí mismas al alcance de cualquier pedófilo. Salvar a los niños, en efecto.
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