Isaiah Berlin (Lo singular y lo plural) Conversaciones con Steven Lukes


PRÓLOGO

Serían los philosophes racionalistas comprometidos con el optimismo y el cosmopolitismo quienes, con su creencia en la reconciliación de los valores humanos en una unidad armoniosa, habrían conducido en último término a la peligrosa ilusión de la «posibilidad de una solución final» —la expectativa de lograr que la humanidad fuese «justa, feliz, creativa y armoniosa para siempre», algo por lo que valía la pena pagar cualquier precio—. Y serían los particularistas y los reaccionarios teocráticos, a menudo pensadores románticos irracionalistas, desdeñosos del optimismo superficial y de los ideales cosmopolitas, quienes, mediante su «profunda y radical revuelta contra la tradición central del pensamiento occidental» y su aguda sensibilidad para detectar las «virtudes de la diversidad» en la vida y en el pensamiento, habrían sentado las bases de la «cultura liberal moderna». 

Se trata de un argumento sorprendente, cuya osadía se ve reforzada por el hecho de que, de forma reiterada (y quizás inconsciente o descuidada), se usa la expresión nazi «solución final» para hacer referencia al racionalismo de la Ilustración. Pero ¿hasta qué punto es dicho argumento convincente? En mi opinión, para encontrar la respuesta debemos examinar más de cerca los distintos componentes de la tesis y la fuerza de los vínculos existentes entre ellos. ¿Qué es exactamente eso que, según Berlin, el pluralismo de los valores afirma y, en cambio, el monismo rechaza? Y ¿hasta qué punto este último genera peligros ante los que aquel ofrece protección?

Steven Lukes
[...] Finalmente, Berlin sostiene que, en su conjunto, las ideas precedentes implican el rechazo de la perfección, de la «posibilidad de que, al menos en principio, existan soluciones universales y atemporales para los problemas de valor». Para un creyente en el pluralismo, «la noción de civilización perfecta en la que el ser humano ideal realiza todas sus potencialidades» es manifiestamente absurda: no solo difícil de formular o imposible de realizar en la práctica, sino incoherente e ininteligible. 

Por el contrario, los monistas sostienen que los diversos bienes perseguidos por los seres humanos son formas o derivaciones de un bien único y omniabarcador, y que, cuando no es posible realizarlos de manera conjunta, pueden ser sometidos a una ordenación completa y consistente; o bien, son «utopistas morales», los monistas pueden creer, como hicieron Marx y Angels, que es posible superar la incompatibilidad superando las condiciones que la han generado.

Es más, si el pluralismo de los valores diese un giro relativista, se rompería cualquier vínculo con la tolerancia liberal, ya que, si lo «objetivamente válido» «razonable» y «racionalmente justificable» fuese siempre interno a un determinado «todo» cultural, entonces ninguna cultura podría jamás ser criticada por maltratar a otra, o incluso a su propios miembros. De hecho, lejos de exhibir una tolerancia liberal, tal relativismo es en realidad una forma oculta de etnocentrismo, que le niega a un «ellos» el acceso a «nuestros» criterios de objetividad, racionalidad y justificación. 

Steven Lukes

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—En cualquier caso, por retomar la pregunta que usted me hacía, es cierto que se ha producido una disolución masiva, un colapso masivo de la izquierda en Europa Occidental.

—A mi juicio, el problema reside en que la izquierda se comprometió en diversos grados, con la Unión Soviética: «Tal vez ese régimen ha cometido errores, crímenes, monstruosidades, pero, de todas formas, es lo mejor que tenemos. De alguna manera, va en la dirección correcta».

—Pero no todo el mundo en la izquierda decía eso.

—Por supuesto que no, pero me refiero a que personas bastante honradas intentaron convencerse a sí mismas de que aquello era un modelo de socialismo; aunque se cometieran errores y tenía lugar la crueldad, aquello era en última instancia mejor que el capitalismo.

—Y, por supuesto, eso es especialmente cierto en lo que respecta a París, donde antes ha comenzado usted su historia sobre la izquierda.

—Sin duda.

—Pero no creo que este sea el final de la historia.

—Nada es jamás el final de historia alguna, pero lo que le pregunto es: ¿ahora qué?, ¿qué pasará?

—Bueno, en mi opinión lo que tenemos es un montón de fragmentos. Al igual que usted, pienso que se ha hecho más difícil emplear el término izquierda. Creo que la distinción izquierda-derecha es complicada en parte porque las diversas causas que la izquierda ha defendido se han fragmentado y dispersado. Tenemos el medio ambiente, el movimiento feminista, el pacifista, el antirracista y otros movimientos sociales. En el pasado, todos ellos estaban unidos por algún tipo de programa general, por alguna forma de lucha común por un proyecto de igualdad.

—Eso todavía existe. ¿Qué hay de los movimientos feministas y ecologistas?

—No se ven necesariamente a sí mismos como parte del mismo movimiento. Esa es la cuestión. 

—Bueno, los son. probablemente todos están en contra de la desigualdad, en contra de la coacción innecesaria...

—Pero mi respuesta a su pregunta es que pienso que, hasta hace poco, la izquierda podía creer en un proyecto general, un proyecto en el que diferentes campañas, por ejemplo de mayor igualdad para las mujeres o de aliviar la opresión de clase, podían ser vistas como parte de una larga historia en la que había un proyecto general con el que todo el mundo se sentía comprometido. Creo que la gente ya no puede seguir creyendo en ello.

—No, pero tal vez si te fijas en ellos puedas ver bastante terreno común, bastantes movimientos generales de oposición y de tipo no autoritario.

—Sí, bien podrían tener cosas en común que permiten afirmar que, quizás, ellos son parte de la izquierda.

—Pero ellos mismos no lo sienten así.

—Exacto.

—Bueno, podría aparecer alguien que los una. Todavía está por llegar.

* Berlin, Isaiah (Joseph de Maistre y los orígenes del fascismo)
* Berlin, Isaiah (La contra-Ilustración y la voluntad romántica)

Esteban Hernández (Los límites del deseo) Instrucciones de uso del capitalismo del siglo XXI

LA IDENTIDAD

¿Qué esperan de mí?

La respuesta a la pregunta ¿quién soy? no es sencilla, y lo es todavía menos en la actualidad. Tenemos versiones esencialistas, estructuralistas, postestructuralistas, materialistas, economicistas, todo tipo de definiciones sobre lo que queda acotado de ese término, sobre las características que lo componen y sobre las ideas que contiene. Esto es parte también de nuestra confusión, porque tenemos tantas opciones que resulta complicado elegir una: hay literatura académica suficiente como invalidar cualquier tentativa de respuesta, para asegurarnos de que eso que entendemos como identidad dista mucho de la realidad o que solo contempla aspectos parciales de la misma; incluso algunas lecturas nos advierten de que el simple intento de formular una definición es alienante y opresor. Pero la vida diaria de los seres humanos suele ser más sencilla y todos nos formulamos esa cuestión con frecuencia. Quién soy, cómo me siento, cómo soy percibido por los otros, cuánto me valoran y tantas otras preguntas subyacentes son cuestiones a las que los acontecimientos nos obligan a enfrentarnos en un momento u otro.

Podríamos definir la identidad como una compresión reflexiva de nosotros mismos, una articulación racional de nuestras vivencias, de nuestra memoria y nuestras perspectivas de futuro. No tiene que ver solo con la posición que ocupamos en la sociedad o con la imagen que creemos que ofrecemos a los demás o con las características que entendemos que nos definen, sino con la reunión de todos esos aspectos dispersos en una representación unificada que nos ofrece cierta solidez existencial. Es cierto que la identidad es inestable porque está sujeta a diferentes pruebas y debe hacerse valer en distintos escenarios, y en ellos nos percibimos de manera diferente (una persona puede estar muy segura de sí misma en el terreno profesional, ser alguien desorientado en lo sentimental y sentirse perdida si es despedida de su empleo) pero suele recomponerse en una visión unitaria, en una representación prevalente tejida desde lo racional que nos ofrece seguridad y continuidad vitales. 

En culturas como la nuestra, que favorece sistemáticamente el corto plazo, la idea de una identidad estable se arriesga a convertirse en anacrónica y tiende a ser reemplazada por imágenes más abiertas y experimentales de nuestro yo, lo que más que abrir las puertas a una definición más precisa, es un síntoma de los males de nuestro tiempo. En un mundo demasiado móvil resulta complicado mantener una identidad sólida, ya que se nos obliga a someternos a demasiadas situaciones en las que nuestra capacidad de acción se ve limitada, en las que nos percibimos dirigidos por los acontecimientos más que capaces de alterarlos. Y esto es esencial a la hora de definirnos, porque la pregunta sobre quiénes somos contiene siempre un elemento, determinante de nuestra salud psicológica, relacionado con eso que Spinoza denominó potencia. El se humano precisa de una confianza básica, de una base segura (como la denominaron Bowlby, Bion o Kohut), a partir de la cual construirse. Cuanto más la asienta, es decir, cuando mayor capacidad suma de alterar las circunstancias que le afecten, más seguro se siente de su identidad. Nuestro tiempo, por el contrario, invierte los términos y responde la pregunta a partir de cómo se es valorado por los demás, de la posición que ocupa en la estructura o de cuál es el papel que se juega en las redes de interacción social, pero olvida que el grado de seguridad y confianza en uno mismo, la potencia, es más relevante aún. En un escenario inseguro, inestable y lleno de incertidumbres, donde la vida deja de ser previsible y los planes a medio plazo desaparecen, esa solidez interior suele dejar paso a la dependencia de los exterior. La exposición es mucho más importante que en el pasado y el grado de apreciación, de consideración y de relaciones de nuestro yo resultan decisivas, por lo que nos convertimos cada vez más en personas que se modelan con el fin de que los demás nos reconozcan y valoren. El pragmatismo nos obliga porque no se trata de un deseo narcisista, sino de algo que tiene efectos en la realidad: obtener un buen empleo, construir mejores opciones de futuro o disponer de recursos materiales suficientes dependen en gran medida de los grupos en que se interactúe, de la visibilidad con la que se cuente o del número y calidad de relaciones que se puedan hacer valer. Nos hemos acostumbrado a vivir afuera, lo que imposibilita controlar las condiciones que soportan un sentido estable de la identidad: es como si hubiéramos sustituido la pregunta «quién soy» por «qué esperan de mí». 

Las identidades logradas

Esta oferta identitaria encaja bien en el capitalismo presente, que se alimenta de la generación de expectativas. Si las finanzas viven del crédito, esto es, de la promesa de beneficios futuros, en lo subjetivo ocurre algo similar, ofertándose una versión idealizada del yo que alcanzar en tiempos próximos. A la hora de medir el valor individual nuestro sistema olvida el pasado exitoso, algo que sólo cotiza en la medida en que promete su repetición. Las personalidades se miden por su logros actuales y por señales que indican que estos tendrán continuación. 

Para expresarlo de otra manera, la gran deriva identitaria de nuestro tiempo consiste en separar el sujeto de sus viejos entornos de referencia: ya no nos definimos por ejercer una actividad (soy abogado, escritor, obrero, teleoperador) ni tampoco por una esencia (soy cristiano, español, amante del heavy metal) más que de una forma secundaria. Lo que marca es el grado de logro que se consigue, que no guarda ya relación necesaria con los atributos que una vez fueron significativos. Es el nivel de brillo, de relevancia y de status lo que genera una definición lograda del yo. Ser consultor es valorado socialmente, siempre y cuando se trabaje para una de las big four, ser escritor o cineasta constituye una muestra de fracaso vital, salvo que los libros o películas hayan obtenido la aceptación comercial o el prestigio suficiente; un abogado puede lindar los límites de la pobreza o trabajar en un despacho internacional y un periodista sobrevivir precariamente en un empleo mal pagado o ser tertuliano televisivo en espacios de máxima audiencia. Cómo nos ven los demás y cuál es el espacio que esa percepción nos otorga en la sociedad parece determinado por los lugares que ocupamos (la empresa en la que trabajamos, el cargo que ostentamos, etc.), lo que convierte los elementos que configuran la identidad en simples medios para alcanzar el fin del éxito social. 

Se constituye a sí una nueva narrativa sobre quiénes resultan merecedores de reconocimiento y de cuáles son sus rasgos distintivos que se hace especialmente presente en los discursos sobre las élites contemporáneas, la mejor representación de las identidades logradas. Sean ricos de primera o segunda generación o provengan de familias tradicionalmente adineradas, sus relatos sobre la vida exitosa se conforman desde la distinción que otorgan la flexibilidad, la capacidad de adaptación a contextos cambiantes, la reactualización de sí mismos, la intuición para descubrir y aprovechar oportunidades y el talento para convertir ideas en grandes proyectos. Son personas que estudiaron en centros educativos muy prestigiosos, que se enorgullecen de su intensa dedicación laboral y se sienten merecidos ganadores en una competición global muy dura. Este conjunto de características les hace simpatizar con aquellos que exhiben méritos similares más que con aquellos con los que comparten origen o espacios, por lo que acaban conformando una comunidad mundial cuyos miembros tienen mucho más en común entre sí que con el resto de sus compatriotas. «Puede que cuenten con una residencia en Nueva York, París o Hong Kong, pero son cada vez más una nación en sí mismo. Les unen más los intereses o las actividades que la geografía».

* Esteban Hernández (Nosotros o el caos) Así es la derecha que viene
* Esteban Hernández (El tiempo pervertido) Derecha e izquierda en el...

Manuel Calvo (Filosofía para la era digital)

EL FIN DE NUESTRO MODELO DE SOCIEDAD, EL COMIENZO DE UNA NUEVA ERA SOCIAL

«En realidad entramos en un nuevo periodo de la historia en el que las máquinas sustituyen, cada vez más, a los seres humanos en los procesos de fabricación, de venta, de creación y suministro de servicios (...) La idea de una sociedad no basada en el trabajo resulta tan extraña respecto a cualquier idea que podamos tener sobre la forma de organizar a muchas personas en un todo social  armónica, que nos vemos enfrentados a la perspectiva de tener que replantearnos las bases mismas del contrato social comúnmente aceptadas»  
Rifkin

Para comprender el mundo al que nos dirigimos tenemos que hacer un esfuerzo muy grande de imaginación. El propio Rifkin en 2004 imaginaba que las máquinas sustituirían al ser humano en el siglo XXII. Decía: «Es posible imaginar en el siglo XXII una tecnología inteligente que sustituya gran parte de la mano de obra humana en el ámbito comercial (...)». Fijémonos bien: ¡el siglo XXII! ¡Y Cordeiro vaticina que seremos inmortales en menos de cuarenta años! ¿Piensa Cordeiro en un ser humano inmortal pero trabajando cada mañana en la oficina? Eso no es el paraíso, eso es el infierno. ¿No creen? Por supuesto que sí.

En realidad, no sé si en cuarenta, o en cien años, el ser humano habrá adquirido tales cualidades biotecnológicas que con total seguridad su vida ya no será ni la sombra de las vidas que llevamos los mortales en la actualidad. Por supuesto, si va a ser posible volcar nuestra mente en un soporte inmortal o si podremos conservar el cuerpo biológico indefinidamente con implantes tecnológicos que nos conviertan en trashumamos, seguro que también esa era transhumana será una era postlaboral  (¿o quizá deberíamos denominar translaboral?) Y esto no puede tardar mucho en hacerse realidad si el ritmo de desarrollo sigue al nivel de las últimas décadas.

De modo que seamos más imaginativos que Rifki y acerquémonos al optimismo de Cordeiro. Pero nosotros los haremos en el plano económico y social. Imaginemos un mundo sin empleo. ¿Qué será del dinero? ¿Qué será del comercio? ¿Y de la propiedad privada? ¿Dónde quedará, por tanto, el capitalismo que es, al cabo, quien ha permitido este desarrollo exponencial de nuestras capacidades tecnológicas. 

[...] Por tanto, si no existe el dinero, tampoco sería razonable que existiera la propiedad privada (no, al menos, más allá de la propiedad de una casa o de la vestimenta necesaria, por ejemplo), ya que poseer empresas o tierras no repercutirá en nada mejor para la propia vida que el no tenerlas. Todos los productos, realizados por máquinas, serán (en este supuesto futuro) para todos los seres humanos de forma gratuita, o sea, sin tener que trabajar. Veríamos así que el propio egoísmo de los empresarios que, por querer aumentar sus beneficios y disminuir sus gastos, tecnificaron sus empresas hasta el límite de prescindir de la mano de obra humana, el propio egoísmo, decimos, les llevará a la situación totalmente opuesta: la anulación de la economía de mercado. 

[...] Si se rompiese el paradigma trabajo-dinero, nuestro concepto de la vida y la convivencia social darían un vuelco radical. Ahora bien, seguiría (porque no puede ser de otra forma) existiendo el instinto de supervivencia que alimenta el egoísmo, el deseo de acumulación de poder... Por ello es por lo que estos cambios no deben acontecer de forma brusca, sino muy lentamente, para poder ir asimilando nuestras nuevas formas de vida. Puede que la capacidad técnica para eliminar el trabajo llegue pronto, pero no sucederá lo aquí predicho sin graves crisis, idas y venidas de sociedades igualitarias... hasta que vayamos tomando conciencia de la nueva forma de vida que nos espera. Precisamente por ello no creemos cercana la desaparición del Estado paralela a la del trabajo. El Estado, democrático por necesidad, debe ser el timón que, manteniendo desde hoy una perspectiva liberal, vaya encauzando los acontecimientos controlando los egoísmos exacerbados y haciendo posible un desarrollo tal de la persona que la sociedad en masa vaya consiguiendo aquella meta de la Ilustración que consistía en la, tan anhelada por Kant, salida de la autoculpable minoría de edad del ser humano. 

De modo que, el ser humano, liberado de la necesidad de ganarse el sustento con el sudor de su frente, sin propiedades, pero con todas sus necesidades resueltas en un mundo hiperhistórico, con capacidades potenciadas por las tecnologías implantadas en su organismo... habría sido capaz de crear una verdadera sociedad liberal, democrática y sin alienación ni propiedad privada. El liberalismo comunitarista. Sólo cuando el trabajo sea absolutamente prescindible podrán realizarse los ideales (antes utópicos, ahora «syntópicos») del comunismo marxista. Y, paradójicamente, únicamente podremos llegar a ello a través del desarrollo del capitalismo hasta sus últimas consecuencias. 

Christian Salmon (Storytelling) La máquina de fabricar historias y formatear las mentes

EL PODER DEL RELATO

¿Como explicar esta influencia del storytelling sobre los discursos políticos en Estados Unidos? ¿Por qué la narración de relatos edificantes se considera allí un nuevo paradigma en las ciencias políticas, a expensas de las nociones de imagen y de retórica y hasta el punto de dominar no sólo las campañas electorales, sino también el ejercicio del poder ejecutivo o la gestión de situaciones de crisis? Los politólogos norteamericanos invocan en general tres tipos de razones: la primera sería la fibra de los norteamericanos; la segunda al talento de los individuos, en particular el de Ronald Reagan, proclamado por Carville y Begala el «mejor storyteller de la historia política de los últimos cincuenta años»; la tercera atribuye este cambio al «espíritu de nuestra época», calificado de posmoderno y que privilegiaría, tras el reflujo de los grandes relatos, el espejismo de pequeñas historias que ilustran la competencia feroz de los valores y vectores de legitimación. 

[...] Toda explicación del triunfo del storytelling por una inclinación nacional de los norteamericanos corre el riesgo además de ocultar el carácter histórico y transdisciplinario del giro narrativo observado a partir de mediados de los años noventa en terrenos tan diferentes como el management, el marketing, la política o la defensa nacional. De hecho, la explicación «genérica» alimenta los clichés sobre la «política espectáculo» en Estados Unidos: el storytelling político habría tomado simplemente el relevo del marketing de papá con sus desfiles de majorettes, sus lluvias de confeti y sus neones gigantes.

Ciertos historiadores de la presidencia como Jeffrey K. Tulis han recordado, en contra de lo que se suele pensar, que los padres fundadores de la democracia norteamericana temían las malas consecuencias de los discursos hábiles, porque «dan prueba de demagogia, impiden la deliberación y perturban las costumbres del gobierno republicano. Los fundadores temían los peligros de lo que hoy llamamos la democracia de opinión o democracia directa, querían evitar que las decisiones políticas estuvieran sometidas a las variaciones de la opinión pública. Así pues, introdujeron la deliberación en el gobierno, las elecciones indirectas, el principio de separación de poderes, la independencia del poder ejecutivo para conjurar los peligros de manipulación. »La práctica hoy cada vez más corriente de los llamamientos a la opinión estaba descartada durante todo el siglo XIX, porque era contraria a la idea que se tenía del orden constitucional en la época. 


[...] En sus memorias, Clinton defiende una concepción inédita de la política: según él, hoy ya no consiste en resolver problemas económicos, políticos o militares, debe dar a la gente la posibilidad de mejorar su historia. El poder presidencial deja de ser un poder de decisión o de organización: el presidente es el guionista, el realizador y el principal actor de una secuencia política que dura el tiempo de un mandato, al estilo de las series que apasionan al mundo como 24 o El ala oeste de la casa Blanca. 

La Casa Blanca, con el despacho oval en su corazón, se considera un escenario, el plató donde se rueda la película de la presidencia. La story de un candidato presidencial es la ficción que ordena y vuelve inmediatamente legible una madeja de ideas contradictorias, de impresiones y acciones diversas. No se trata de esclarecer la experiencia vivida a través de un relato, sino simplemente de vestir siluetas y dinamizarlas, de transformar al nuevo presidente y su entorno en personajes de un «relato coherente», de volver popular la saga de sus hechos y gestos. «Todo, en el personaje político, cuenta una historia —escribe Seth Godin—, su ropa, su esposa, sus asesores...».


LOS PRESIDENTES POSMODERNOS

En la lección inaugural del Collège de France, el 2 de diciembre de 1970, Michael Foucault contaba una anécdota según la cual el shogún de Japón había oído decir que la superioridad de los europeros en materia de navegación, de comercio, de política y de arte militar se debía a su conocimiento de las matemática. «Como le habían hablado de un marinero inglés que poseía el secreto de esos discursos maravillosos, lo mandó llamar a palacio y lo retuvo allí. A solas con él, tomó lecciones. Y fue en el siglo XIX cuando nacieron los matemáticos japoneses». Esta anécdota «tan hermosa que se teme que sea cierta», remite a una sola figura todas las formas y las obligaciones del discurso, escribe Michael Foucault: «Las que limitan su poder, las que controlan sus apariciones aleatorias, las que seleccionan entre los sujetos hablantes».

¿Es posible, todavía hoy, esta ilusión, cuanto las fuentes, las formas y los productores de anunciados han explotado, producido esa pululación de signos enigmáticos que Jean-François Lyotard definió como la «condición posmoderna»? ¿Cómo federar la explosión de prácticas discursivas en Internet? ¿Cómo comunicar en el caos de los saberes fragmentados sin auxilio de una figura común de legitimación? ¿Cómo dar un sentido a unas experiencias sociales y profesionales caracterizadas por el desmoronamiento del tiempo largo y la precariedad? ¡Cómo tratar los conflictos de interés, las colisiones ideológicas y religiosas, las guerras culturales? Son algunas de las preguntas a las que se enfrentan la palabra «política» y todos los que se encargan de su expresión, ya sean periodistas o políticos, consejeros del príncipe, especialistas en marketing político o redactores de discursos. Así es cómo el storytelling se ha impuesto como la fórmula mágica capaz de inspirar la confianza e incluso la creencia de los electores-sujetos.

Hoy en día, el shogún o lo que ocupa su lugar —el presidente de la República, el jefe del Estado Mayor, los spin doctors— no llamarían a un marinero matemático. Le echarían el ojo a un cuentacuentos criollo, un griot africano o, a falta de ellos, a un storyteller. En efecto, la mayoría de las veces se invoca el paradigma posmoderno para explicar esta deriva de los discursos políticos. Incluso lo podríamos calificar de ideología espontánea en esta galaxia que ha formado Internet, llamada a sustituir a la galaxia Gutemberg, un nuevo universo discursivo en extensión, con sus constelaciones desconocidas, pobladas de miles de millones de estrellas sin nombre, de satélites-autores y de agujeros negros. 

El caos de los saberes fragmentados ha favorecido el «giro narrativo» de la comunicación política y la llegada de una nueva era, la era performativa de las democracias, que ya no tendrá como mascarón la proa a los consejeros del príncipe, los Talleyrand o los Mazarino, sino profetas y gurús, los spin doctors de los partidos, embriagados por su poder de narración y de mistificación. Y como modus operandi el storytelling, único capaz de aprisionar en una única garra la dispersión de los intereses y los discursos. Nunca sin duda ha sido tan impositiva la tendencia a considerar la vida política una narración engañosa que tiene como función sustituir a la asamblea deliberativa de los ciudadanos por una audiencia cautiva, a la vez que mina una socialización que no tendrá ya nada en común más que con series de televisión, autores y actores, para construir así una comunidad virtual y ficcional. Esta deriva es tan sorprendente fluida, difusa en el espíritu de la época, mezclada con nuestra atmósfera más íntima como el clima general de la época, que pasa desapercibida. Incluso es la clave de su irresistible éxito. 

Friedrich Schiller (Cartas sobre la educación estética de la humanidad)

Por temor a la libertad, que en sus primeras manifestaciones siempre se anuncia como enemiga, muchos hombres abrazarán una cómoda servidumbre, mientras que otros, desesperados por una férrea tutela, se entregarán a la anarquía del estado natural. La tiranía, para defenderse, alegará la debilidad de la naturaleza humana, y la insurrección, por su parte, la dignidad de la misma, hasta que al fin la soberana de todas las cosas humanas, la ciega fuerza bruta, intervendrá y resolverá el pretendido conflicto de los principios como un vulgar pugilato. 

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El corazón violento y la savia vigorosa de los Titanes
es su herencia cierta....
Pero el dios forjó una cinta broncínea en torno a su frente.
Ocultó juicio, moderación, sabiduría y paciencia
a su mirada asustadiza y sombría.
Cada deseo se le convierte en furia
que se extiende sin límites en derredor.

                                               GOETHE, Ifigenia en Táuride


Desconocedor de su dignidad humana, está lejos de honrarla en los demás, y consciente de su propia avidez indómita, la teme en cada criatura semejante a él. Nunca ve a los demás en sí, sólo a sí mismo en los demás, y la sociedad, en lugar de convertirlo en parte de la especie, lo encierra de forma más opresiva en si individualidad. En este estado de sombría limitación, vaga por la vida tenebrosa, hasta que una benévola facultad de su naturaleza libera sus sentidos ofuscados de la carga de la materia, cuando la reflexión establece una separación entre él mismo y las cosas, y los objetos se manifiestan por fin a la luz que refleja su conciencia.

Desde luego, no es posible demostrar ese estado de naturaleza inculta, tal como se describe aquí, en ningún pueblo ni época determinad; se trata de una idea, pero es una idea que en muchos aspectos coincide a la perfección con la experiencia. Podría decirse que el hombre jamás estuvo en ese estado animal, pero tampoco lo ha abandonado del todo. Incluso en las personas más rústicas es posible advertir trazas inconfundibles de libertad racional, así como en las más cultas es posible advertir, en ciertos momentos, ese sombrío estado de naturaleza. Es propio del hombre reunir en su naturaleza lo más elevado y lo más bajo, y si su dignidad radica en una estricta diferenciación entre lo uno y lo otro, su felicidad se funda en una hábil supresión de ea diferencia. El cometido de la cultura, que debe armonizar su dignidad y su felicidad, deberá ser velar por la máxima pureza de cada uno de sos dos principios y por su íntima armonía.

La primera aparición de la razón en el hombre no significa todavía el principio de humanidad. Ésta dependerá por entero de su libertad, y el primer efecto de la razón es tan sólo hacer ilimitada su dependencia sensible, un fenómeno cuya importancia y universalidad creo que aún no se ha expuesto adecuadamente. Como sabemos, la razón se manifiesta en el hombre mediante la exigencia de lo absoluto (es decir, de algo necesario y fundado en sí mismo). Sin embargo,como no existe ninguna situación particular de la vida física del hombre que pueda satisfacer esta exigencia, la razón obliga al hombre a abandonar por completo el mundo físico y a trascender la realidad limitada para elevarse a las ideas. Pero, aunque el auténtico sentido de esa exigencia sea liberar al hombre de los límites del tiempo, del mundo sensible, para que logre elevarse a un mundo ideal, también puede abocarlo —por un malentendido prácticamente inevitable en nuestra época de sensualidad dominante— a la vida física y en ese caso, en vez de otorgarle libertad, lo sume en la más terrible esclavitud.

Michael Ignatieff (Las virtudes cotidianas) El orden moral en un mundo dividido

Así qué, ¿cuál podría ser la utilidad de una ética universal como los derechos humanos en un mundo donde la perspectiva moral de la mayoría de las personas todavía está determinada por las virtudes cotidianas?

La universalización de una retórica moral como los derechos humanos no se entiende mejor como algo derivado de nuestras virtudes cotidianas, o incluso de cualquier intuición emocional básica sobre nuestra identidad compartida como seres humanos.  Ya dijimos que nuestro sentido de especie es débil. En cambio, podemos considerar los derechos humanos como un ejercicio de pensamiento racional, como un discurso crítico cuyo propósito es obligar a las virtudes cotidianas a ampliar y expandir su círculo de preocupación moral. Así como los derechos civiles funcionan como una protección contra la tiranía de la mayoría en el contexto de la legislación nacional, los derechos humanos internacionales funcionan mejor como un desafío a la preferencia moral mayoritaria entre los estados democráticos y no democráticos en el ámbito internacional. Los derechos humanos son la estructura legal y moral que obliga a los líderes políticos y a los ciudadanos a no ceder a la preferencia excluyente y restrictiva del «nosotros» frente al «ellos».

[...] De hecho, se podría ir más allá y afirmar que pasamos por una verdadera crisis de lo universal en medio de un retorno a la soberanía. En todas partes, los estados soberanos están echando un pulso a las obligaciones universales, ya sea la convención sobre los refugiados, las leyes de la guerra o los convenios sobre los derechos humanos. No son solo China y Rusia quienes reafirman su soberanía. Los ciudadanos corrientes de los estados democráticos, ante la demanda de los refugiados y los inmigrantes desesperados que llegan a sus fronteras, temerosos de los ataques terroristas, imploran a sus líderes que los protejan de los extranjeros. En una era de temor, las virtudes cotidianas no pueden funcionar sin seguridad, y es dudoso que los derechos humanos puedan cambiar esta situación. En una era global de amenazas por parte de fanáticos enfurecidos, la soberanía regresa y lo universal pierde fuerza, tanto sobre los gobernantes como sobre los gobernados. 

Aquí convergen dos afirmaciones: que los derechos humanos desempeñan un papel limitado en la estructuración de las virtudes cotidianas de la mayoría de las personas, a pesar de la revolución de los derechos, y que los estados contraatacan cada vez con mayor fuerza frente a cualquier demanda universal que reduzca su soberanía. 

Si ha regresado la soberanía, entonces debemos preguntarnos de qué modo puede garantizar la seguridad y la justicia para su propio pueblo son acabar con las virtudes de la generosidad y la hospitalidad hacia personas desesperadas e indefensas que llaman a la puerta. Reconocer que esas personas poseen derechos basados en el derecho internacional es una condición necesaria para la decencia, pero no suficiente para mantener una cultura pública de acogida. Esta debe imitar las virtudes del ámbito privado, las virtudes de la compasión y la generosidad, para que los ciudadanos vean, en las acciones de su Gobierno, un versión de su mejor naturaleza.  

[...] La globalización de la economía no implica una globalización de los corazones o de las mentes. Es evidente que la geografía de las virtudes ha cambiado, que los conflictos locales tienen un público global y que cuando nos justificamos, lo hacemos ante desconocidos vinculados a nosotros por los medios de comunicación. Este es el sentido de la globalización moral, la ampliación constante del público ante el cual sentimos que debemos justificarnos. Es posible que con el paso del tiempo, y a medida que nuestras justificaciones locales se vuelvan irrelevantes, comencemos a avergonzarnos de nuestras convicciones provincianas y empecemos a agrandar nuestra conciencia, pero el cambio moral, en lo profundo de nuestros corazones, siempre avanzará con lentitud. Estamos enzarzados en una batalla constante con los vicios cotidianos. En el ámbito público, los conflictos por el poder, los recursos, el estatus y la importancia son permanentes, y muchos de ellos no se resolverán con argumentos sino a sangre y fuego. Nuestros lenguajes morales no comparten la misma historia, y son muy lentos —como debe ser— en el olvido de la humillación y la injusticia que un sistema moral, en su orgullo, ha impuesto a quienes se adhieren a otros sistemas. 

Sin embargo, también compartimos la misma biología, el mismo cuerpo y el mismo destino final. Compartimos igualmente las virtudes cotidianas, y sabemos reconocerlas a pesar de todas nuestras diferencias. Son cotidianas por que se ocupan de los elementos esenciales y recurrentes de nuestra vida en común, porque expresan nuestros instintos aprendidos acerca de lo que la vida moral requiere de nosotros si queremos sobrevivir y preservar la vida de la familia, el vecindario, los familiares y los amigos. Somos seres morales porque no tenemos otra opción; nuestra supervivencia y nuestro éxito como seres sociales dependen de la virtud. No es una opción, sino una necesidad. No estamos obligados a ser héroes, pero sin duda queremos ser unos buenos padres y madres, hijos e hijas, vecinos y amigos. Queremos, a través de estas experiencias, ser capaces de mirarnos a los ojos en el espejo. 

Peter Sloterdijk (¿Qué sucedió en el siglo XX?)

El mundo sincronizado
Aspectos filosóficos de la globalización

Señoras y señores:

Ante este círculo eminente quiero aportar algunas consideraciones a la reflexión sobre los fundamentos, un tipo de reflexión que en este caso concierne a la autodeterminación de un sector o de una rama de la economía. Intentaré hablar en el necesario e inevitable modo indirecto que ha de adoptar una contribución filosófica a un tema como este.

En lo esencial, quiero abogar en favor de situar nuestra comprensión del hecho de la globalización a mayor profundidad cultural e histórica de lo que es habitual en el ajetreo de los negocios actuales y de su difusión en los medios.  De hecho, quien afirme que la globalización no es nada nuevo tiene toda la razón: la situación actual solo se percibe con claridad cuando uno tiene presente que desde hace quinientos años los europeos están involucrados en la aventura de la globalización. No obstante, constatar esto obliga a añadir que la globalización terrestre y la huida de sus consecuencias tienen la misma edad: medio milenio entero, si consideramos el primer viaje de Colón de 1492 como el verdadero comienzo de la época de la globalización tal como la conocemos. El temor de la vieja Europa por la amplitud recién abierta del mundo se manifestó en el temor de las mentalidades agrarias y fisiocráticas frente a la industria y la economía mundial marítima emergentes. Los antiglobalización más importantes de los últimos siglos fueron personajes oceanofóbicos. En cambio, muestras fobias se dirigen hoy más bien a la Bolsa globalizada, que en cierto modo representa la prosecución del juego oceánico a otro nivel.

Mi análisis empieza a tomar el concepto de «globalización» en su núcleo etimológico con mayor seriedad de la que se produce en las discusiones públicas. Junto con los americanos, los alemanes tienen la ventaja de utilizar en esta circunstancia el concepto correcto; a saber: globalisation, a diferencia de los franceses, que hablan de mondialisation, y que es un concepto falso. En efecto se trata del globo como tal. Pero ¿qué es un globo? En principio, un globo no es otra cosa que una construcción matemática; pertenece en primer lugar, pues, a los geómetras y a los filósofos, y solo en segunda línea a los cartógrafos, a los cosmógrafos y, al final de todo, a los economistas y a los turistas. El globo no es ciertamente una patente alemana, aunque el primer ejemplar conservado de globo terráqueo, como quizá sepan, procede de manos alemanas. Está en el Museo Nacional Germano de Núremberg: un globo que en el decisivo año de 1492 fue construido según modelos portugueses por el comerciante nuremburgués Martin Behaim. Muestra el contorno precolombino de los continentes, de modo que presenta la vieja imagen ptolemaica del mundo de tres continentes, pero ya de forma correcta, es decir, en la de un planeta redondo. Por eso puede decirse que Behaim tenía razón como Colón. Descubrir América y representar el globo son, por su sentido, la misma acción en dos medios diferentes. 

En una palabra, lo que quiero indicarles es que la globalización fue en principio un asunto de matemáticos. En este sentido, asume un significado completamente diferente del que nos inclinamos a atribuirle hoy. 

[...] Entre los pioneros de la globalización terrestre temprana resalta, pues, el grupo de los proveedores de especias. Esos comerciantes a distancia son los que creyeron en la capacidad de desarrollo del paladar europeo y quienes montaron sus negocios sobre la convicción de que la modernización comienza en el paladar. El espíritu de la utopía y el empresariado son hasta ahora una y la misma cosas, pues ambos son fundaciones orales, ambos sirven a un mismo apetito que muestra a las claras su insaciabilidad. El propio Magallanes murió en Filipinas en una escaramuza innecesaria. Se perdieron varios barcos de su pequeña flota a causa de una tempestad y los amotinados, y solo una de sus fragatas que habían salido, la pequeña Victoria, regresó a España en septiembre de 1522 con dieciocho marineros casi muertos de hambre a bordo. Arribó a la ciudad portuaria de Sanlúcar de Barrameda y confirmó con su mero retorno los tremendos hechos en los que se basa toda la Modernidad: por una parte, que la Tierra puede ser rodeada en una dirección, que en consecuencia los océanos forman un contexto, están conectados, y son navegables globalmente, y, además, que el planeta entero está rodeado de una atmósfera que puede ser respirada por marineros europeos (cosa esta que no era en absoluto tan evidente antes de experimentarlo, como aparece en una consideración retrospectiva de ello). Lo que los retornados del viaje de Magallanes trajeron consigo fue un indicio, que ya no se podía ignorar, de la unidad atmosférica de la superficie terrestre y del sistema tanto de viento como de clima, que en cierta medida resulta fiable. 

[...] El capital globalizado es el dinero que para rentabilizarse necesita dar la vuelta entera a la Tierra. Esta observación ya refleja una verdad del siglo XVI temprano. Es difícil sobrestimar la importancia de este hecho. En este contexto quiero contarles una anécdota que no solo expresa el carácter caótico de la globalización temprana, sino que también resulta apropiada para rebatir una tesis que se escucha a menudo: que la economía mundial, solo en los últimos veinte años, ha entrado en el remolino de los movimientos especulativos de dinero. 

[...] Para terminar mis consideraciones, quisiera añadir algunas observaciones muy generales sobre las consecuencias sociopsicológicas de la globalización, tal como se muestran por ejemplo en las oleadas de migrantes. Se trata de hecho de una crisis, de una crisis sociopsicológica y de una crisis de forma de vida, de cierta profundidad. Pues no es fácil transformar seres humanos nacionales en seres humanos posnacionales. Bajo seres humanos «nacionales» entiendo un carácter social surgido en Europa durante los últimos doscientos años, y con el que se ha convertido en segunda naturaleza la vida en las formas del Estado nacional. Se trata de personas que experimentan su país y su nación como un contenedor de paredes fuertes, la mayoría de las veces monolingüe, autóctono, vernáculo, como gustaba decir a Ivan Illich; de gentes que se sienten en casa en su terruño y comprometidas con una forma local de vida y que no se da sino allí, y en ninguna otra parte. Cuando a caracteres de este tipo se les exige de repente, de la noche a la mañana, que atiendan a los buscadores de asilo, que han dinamitado su contenedor, como parte consecuente de la globalización, hay que respetar que en principio respondan con cierto titubeo. 

Déjenme, señoras y señores, cerrar estas consideraciones y sugerencias con la tesis de que hoy vivimos en una dramática crisis de reformateo. Pues lo que la llamada globalización hace con las personas en los Estados nacionales es, en el fondo, reorientarnos desde una sociedad de paredes fuertes —también se podría decir desde una sociedad de containers cerrados—, a una forma de vida que puede caracterizarse con la expresión «de paredes especialmente estrechas». Dicho de otra forma, entramos en una era en las que las fronteras débiles y las paredes permeables se convertirán en la característica definitoria de los sistemas sociales. 

[...] Vemos cómo partes de la población responden a ese tema delicado de un modo que como mejor puede describirse es desde una óptica alergológica o inminológica. Tales reacciones han de tomarse en serio porque en un amplio frente de lo que se trata hoy es de reprogramar el comportamiento inmunológico del ser humano, desde la orientación a una amplia protección estatal a la orientación a la autoprotección y autocuidado. Mientras los seres humanos en el tradicional estado protector omnicompetente esperaban de sus aportaciones de orden y asistencia, es realista para el futuro apostar progresivamente por aportaciones propias a la autoinmunización. Cada vez hay más personas que comprenden que ya nadie va a hacer por ellos lo que no consigan ellos mismos. Se puede pronosticar que los problemas inmunológicos en el sentido más amplio de la palabra, han de tratarse en el futuro menos a nivel colectivo que a nivel individual. Esto es lo que llena a la sociedad del presente de gran intranquilidad respecto a sus condiciones futuras. Por lo que concierne a la esfera política en su totalidad, tanto mejor cumplirá sus tareas en las nuevas condiciones del mundo de paredes finas cuanto más consiga distanciarse de las sobreexigencias que proyectará sobre ella una sociedad utópica agitada.

* Sloterdijk, Peter (Gris) El color de la contemporaneidad

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