Isaiah Berlin (El erizo y el zorro)

PRÓLOGO
Mario Vargas Llosa

[...] La palabra libertad se ha usado, al parecer, de doscientas maneras diferentes. El profesor Isaiah Berlin ha contribuido con dos conceptos propios a esclarecer esta noción que, con justicia, llama proteica: los de libertad <<negativa>> y <<positiva>>. Aunque sutil y escurridizo cuando se plantea en términos abstractos, este distingo entre dos formas o sentidos de la idea de libertad resulta en cambio muy claro cuando se trata de juzgar opciones concretas, situaciones históricas y políticas específicas. Y sirve, sobre todo, para entender cabalmente el problema enmascarado tras la artificiosa disyuntiva entre libertades <<formales>> y libertades <<reales>> que suelen esgrimir casi siempre aquellos que quieren suprimir las primeras. 

La libertad está estrechamente ligada a la coerción, es decir, aquello que la niega o la limita. Se es más libre en la medida en que uno encuentra menos obstáculos para decidir su vida según su propio criterio. Mientras menor sea la autoridad que se ejerza sobre mi conducta; mientras ésta pueda ser determinada de manera más autónoma por mis propios motivaciones -mis necesidades, ambiciones, fantasías personales-, sin interferencia de voluntades ajenas, más libre soy. Éste es el concepto <<negativo>> de la libertad.

Es un concepto más individual que social y absolutamente moderno. Nace en sociedades que han alcanzado un alto nivel de civilización y una cierta afluencia. Parte del supuesto que la soberanía del individuo debe ser respetada porque es ella, en última instancia, la raíz de la creatividad humana, del desarrollo intelectual y artístico, del progreso científico. Si el individuo es sofocado, condicionado, mecanizado, la fuente de la creatividad queda cegada y el resultado es un mundo gris y mediocre, un pueblo de hormigas o robots. Quienes defienden esta noción de libertad ven siempre en el poder y la autoridad el peligro mayor y proponen por eso que, como es inevitable que existan, su radio de acción sea mínimo, sólo el indispensable para evitar el caos y la desintegración de la sociedad, y que sus funciones estén escrupulosamente reguladas y controladas [...]

[...] En tanto que la libertad <<negativa>> quiere sobre todo limitar la autoridad, la <<positiva>> quiere adueñarse de ella, ejercerla. Esta noción en más social que individual pues se funda en la idea (muy justa) de que la posibilidad que tiene cada individuo de decidir su destino está supeditada en buena medida a causa <<sociales>> ajenas a su voluntad. ¿Cómo puede un analfabeto disfrutar de la libertad de prensa? ¿De qué le sirve la libertad de viajar a quien vive en la miseria? ¿Significa acaso lo mismo la libertad de trabajo al dueño de una empresa que para un desempleado? En tanto que la libertad <<negativa>> tiene en cuenta principalmente el hecho de que los individuos son diferentes, la <<positiva>> considera ante todo lo que tienen de semejantes. A diferencia de aquélla, para la cual la libertad está más preservada cuanto más se respetan las variantes y casos particulares, ella estima que hay más libertad en términos sociales cuantas menos diferencias se manifiestan en el cuerpo social, cuanto más homogénea es una comunidad.

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UNO

Entre los fragmentos del poeta griego Arquíloco hay un verso que reza: <<El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una importante>>. Los estudiosos han discrepado respecto a la interpretación correcta de estas oscuras palabras, que tal vez no signifiquen sino que, pese a su astucia, el zorro sucumbe a la única defensa del erizo. Sin embargo, si se toman en sentido figurado, es posible interpretar en dichas palabras una de las diferencias más profundas que separan a escritores y pensadores, y seguramente también a los seres humanos en general. Pues existe un gran abismo entre, por un lado, quienes lo fían todo a una visión central única, a un sistema más o menos coherente o articulado a partir del cual comprenden, piensan y sienten -un principio organizador singular y universal que es lo único que da sentido a todo cuanto son y expresan- y, por el otro, quienes persiguen múltiples objetivos, a menudo sin relación entre sí o incluso contradictorios, conectados acaso de facto, por alguna causa psicológica o fisiológica, sin relación con ningún principio moral o estético. Estos últimos viven unas vidas, sostienen unas ideas y realizan unas acciones que son centrífugas, más que centrípedas; su pensamiento es disperso, difuso, actúa a muchos noveles y aprovecha la esencia de una gran variedad de experiencias y objetos por lo que son en sí mismos, sin tratar, de forma consciente o inconsciente, de que encajen o queden excluidos de una determinada visión interna unitaria, inmutable y exhautiva, unas veces contradictoria e incompleta, y otras fanática. El primer tipo de personalidad intelectual o artística pertenece a los erizos, la segunda a los zorros. Sin insistir en una clasificación rígida, podemos decir, sin demasiado temor a contradecirnos, que, en este sentido, Dante pertenece a la primera categoría y Shakespeare a la segunda; Platón, Lucrecio, Pascal, Hegel, Dostoievski, Nietzsche, Ibsen o Proust son, en grado distinto, erizos; Herodoto, Aristóteles, Montaigne, Erasmo, Moliére, Goethe, Pushkin, Balzac y Joyce son zorros.

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