Peter Sloterdijk (Muerte aparente en el pensar) Sobre la filosofía y la ciencia como ejercicio

Nada hay nada tan característico del romanticismo de perdedores como la tendencia a que sus actores se atribuyan como virtud su propia incapacidad en cuestiones prácticas y proclamen su inutilidad para servicios y cargos concretos como prueba de su competencia para cualquier problema universal. Con los cosmopolitas filosofantes de la era posplatónica entre en liza el tipo de intelectual que flota en libre, que hace de la necesidad de la derrota la virtud de la falta de ataduras, ampliada con el de derecho de entrometerse en todo lo que atañe al ser humano. Romanticismo es soberanismo imaginario en situaciones postpopíticas. Ahora el espectador ha de ser siempre el que está por encima, mientras que los que actúan se ponen inevitablemente en ridículo. En interés del espectador en construcción se plantea la exigencia de que el poder ceda frente a la debilidad, como lo muestra Alejandro al permitir que Diógenes le le diga que ha quitarse de en medio para dejar que le llegue el sol. La nueva antítesis entre poder y espíritu es controlada por parte del espíritu: el poder sirve en adelante sólo como una forma del espíritu eclipsado que espera ser esclarecido. Algunos pensadores adoptan la profesión de orador concertista ambulante, que impresionan a un público cambiante con improvisaciones sobre grandes temas. Otros aceptan el papel de educadores de príncipes: así Aristóteles, que fue durante un tiempo preceptor de Alejandro, hijo del rey de Macedonia. No pocos toman el camino de los tranquilos jardines de Epicuro. Casi todos sacan de las nuevas circunstancias las consecuencias de que hay que tomar las riendas de la vida propia, ya que no es posible cooperar en la dirección de ciudades y Estados; esto crea las condiciones para el amplio éxito del estoicismo. La preocupación por la comunidad se ha convertido en preocupación por uno mismo [...]

[...] Así comienza el búho de Minerva su vuelo sobre los escenarios de una democracia caduca. Donde antes había ciudadanos, ahora disertan profesores invitados; el mundo entero es una residencia para visiting scholars. De sí mismos aseguran los doctos que son ciudadanos del mundo, convencidos de que tal expresión siempre vale una beca, o logra, al menos, un contrato de consejero de una corte principesca. La Antigüedad tardía vive, finalmente, la decadencia de la filosofía en teología. El libre romanticismo de perdedores tiene que ceder ante los imperativos fundacionales de la era monárquica. Marco Aurelio y Juliano el Apóstata encarnan intentos aislados y sin consecuencias de reunir en una persona la soberanía imperial y filosófica. Los demás monarcas se interesan por sacerdotes, no por filósofos: el papel del soberano está claramente falto de dignidad durante milenio y medio. A los monarcas no les interesan discípulos, sino cortesanos. No se necesitan emperadores adicionales del pensar. El valor práctico de las <<personas de espíritu>> se limita en ese tiempo a hacer súbditos por dentro [...]

[...] El intento de comprender la génesis de la actitud teórica no se agota aludiendo a la liberación de los individuos reflexivos de preocupaciones por la polis, por más que la transformación del ciudadano en espectador relajado del teatro del mundo siga siendo importante para todo los demás. La aparición del ser humano capaz de epojé puede explicarse también -en segundo lugar- por disposiciones psicológicas relevantes en los individuos. De manera temprana -como muy tarde con Aristóteles- los protopsicólogos griegos tomaron nota de que en algunos individuos existe la tendencia a crear una distancia crónica entre ellos y su entorno. Desde el comienzo resultó dudoso si la existencia retirada contemplativa manifiesta una debilidad de la capacidad de participación en lo común o más bien la fortaleza del poder-permanecer-aparte. La patología humana antigua explica el fenómeno mismo por el predominio de la bilis negra sobre los otros tres líquidos corporales (sangre, flema y bilis clara), por lo que ese tipo humano se manifiesta en una difusa debilidad participativa y en una suave desazón que lo impregna todo. El homo theoreticus parece que pena bajo un duelo sin objetivo: no está triste por eso o lo otro, sino marcado por sentimientos de pérdida sin motivo reconocible. Siente como si al mundo le faltara algo importante. Por eso nunca estará en él realmente en casa; un estado que Lamartine en su poema fúnebre L`Isolement evocó así:

<<Por qué permanezco aún sobre esta tierra de exilio?/ Entre ella y yo no hay nada en común>>.

Ya la tradición antigua adscribió esta disposición a un determinado tipo de pensadores, por ejemplo, a Heráclito de Éfeso, a quien desde siempre se presenta bajo el cliché del filósofo llorón. De hecho, el viejo tópico, Democritus ridens, Heraclitus flens es una prueba de qué pronto se había comenzado a relacionar las diferencias entre escuelas y sistemas de pensamiento con los contrastes entre caracteres humorales (en términos modernos: entre disposiciones fundamentales de ánimo). Las lágrimas del melancólico conducen inevitablemente a otras ideas sobre el mundo y la vida que la risa del sanguíneo. A la doctrina clásica de los humores se superpuso más tarde la mitología de los planetas, según la cual los melancólicos son gente que coloca su vida bajo el signo de Saturno, el astro del alejamiento mundo y de la contemplación callada. Aristóteles llegó incluso a establecer que todos los hombres excepcionales habían sido melancólicos. En ellos se reunirían agudeza intelectual y tristeza de ánimo en una síntesis creadora. Los que por naturaleza se apartan del mundo parecen predestinados a ser invadidos por visiones y súbitas ocurrencias. No pocas veces son los seres humanos perdidos del mundo quienes por el rodeo de su vida interior tónica tienen mucho que devolver al entorno del que se han apartado.  Quien se inclina a una postura así se mueve en un círculo autorreforzante. Cuando el melancholicus se retira a su interior está dispuesto espontáneamente a realizar el tránsito del alejamiento existencial a la toma de distancia metódica. Convierte el habitual paso a un lado en un paso prometedor de teoría. Ejercita la puesta entre paréntesis de sus relaciones vitales como epojé natural. Por ello posee una ventaja debido a su entrenamiento en actitudes que fomentan el bíos theoretikós y lo que supone la celebrada sentencia sine ira et studio. La virtud del desapasionamiento, que para las gentes sanguinarias y coléricas sólo sería alcanzable a contrapelo de su temperamento, a él le resulta de primera naturaleza.

Pocas veces se repara en cuánto debe lo que se llama alta cultura a este tipo de afligido capaz de rendimiento, en el que se manifiesta la eficaz alianza entre melancolía y fuerza emprendedora. En terminología de hoy, figuras caracterológicas de ese tipo se adscribirían rápidamente al ámbito de las estructuras esquizoides, características de personas que, hablando psicologicamente, no han <<acabado de nacer>> del todo. Para ellas no hay nada más normal que la distancia a cualquier normalidad. Su realismo se muestra en la tendencia a moverse en los semimundos de la ensoñación. En tanto siguen su tendencia a encerrarse en cápsulas de humores y suposiciones, manifiestan de vez en cuando inspiraciones que mueven el mundo.

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