Félix de Azúa (Lecturas compulsivas) Una invitación


La literatura no es como la medicina y las finanzas, cuya descomunal remuneración permite que se dediquen a ellas muchas personas en absoluto dotadas para la medicina o las finanzas. Un médico o un bolsista no ganan más dinero cuanto <<mejor>> trabaja, sino que siempre gana mucho, aunque lo haga muy mal. Pero la literatura apenas tiene mercado. Caben dos o tres figuras emblemáticas que se enriquezcan vendiendo libros, pero nada más; y desde luego nunca llegan a ser tan ricos como los profesionales de la desvergüenza. Así que quien se dedica a la literatura lo suele hacer por obsesión del oficio. Un oficio que a nadie importa una higa. La literatura crea productos innecesarios, superfluos, perfuntorios, pero construidos en libertad y con mucho esfuerzo. No es de extrañar que el oficio esté ya prácticamente extinguido.
En el proceso de la extinción, desde las colosales construcciones del siglo XIX que hoy nos dejan estupefactos hasta lo que en la actualidad sabemos hacer, se han ido produciendo derrumbes, como en todos los monumentos a los que el tiempo les vuelve el rostro para mirar en otra dirección. La historia de esos derrumbes es la historia de la literatura contemporánea. Cada nueva hornada de artesanos olvida una técnica, un instrumento, un truco. Las narraciones de los noventa, en términos masivos, también traen sus peculiares rasgos de derrumbe. Su propia ruina.

* Félix de Azúa (Contra Jeremías) Artículos políticos
* Félix de Azúa (Autobiografía de papel)

Pierre Aubenque (La prudencia en Aristóteles)

De hecho, Aristóteles distingue dos casos: aquel en el que, dado el fin, no hay más que un medio de realizado, y aquel en el que el fin puede ser realizado por diversos medios. En el primer caso, no hay más que una solución, y se trata de encontrarla. Pero, en este caso, la relación entre el fin y los medios es recíproca y necesaria; será entonces objeto de ciencia, y la <<deliberación>> que procede a la solución no será sino la medida de nuestra ignorancia o, al menos, de nuestra dificultad para actualizar nuestro saber. Allí donde la solución es única, no tenemos más que enfadarnos con nosotros mismos si no la encontramos; el buen matemático no delibera, como tampoco el buen gramático. Pero se puede preguntar si este caso privilegiado (que lleva en el texto de Aristóteles a la comparación con el análisis matemático) encuentra a menudo su aplicación en los asuntos humanos, por ejemplo <<en las cuestiones de medicina o en los asuntos de dinero>>. Aquí, puesto que el fin está dado (curarse o enriquecerse), la dificultad vendrá del hecho de que hay varios medios para realizarlo; entonces, la perplejidad surgirá no de la ausencia de vía, sino de la pluralidad de las vías que se abren, pero de las cuales ninguna es tal que estemos seguros de su éxito. Es aquí donde encuentra su uso la deliberación, puesto que se trata de saber o más bien de prever, no de ciencia, sino de opinión, la eficacia respectiva de los medios posibles y también de los riesgos de causalidad adyacente y parásita que comporta.

José Vives-Rego (Los dilemas medioambientales del siglo XXI ante la Ecoética)


Los grandes retos ecológicos de los políticos, las empresas y la ciudadanía

En consecuencia nuestra conclusión no puede ser otra que el consumismo es una economía de engaño, que ensalza la rapidez a la hora de consumir, el derroche, el exceso y el despilfarro. Estos excesos no hacen si no aumentar la incertidumbre y por lo tanto nunca acaba satisfaciendo al ciudadano. La vida del consumista es una imparable sucesión de experimentación, ensayos y errores que nunca alcanza el territorio de la satisfacción. Por estos motivos su inmediata consecuencia es el deterioro ambiental y los grandes costes sociales y por tanto es éticamente inaceptable. El futuro sostenible requiere el abandono del consumismo y el desarrollo de nuevos valores en los que basar el bienestar. No podemos basar la felicidad y en bienestar en el consumismo.

* José Vives Rego (¿Suicidio político o suicidio ecológico?)

Susan George y Martin Wolf (La globalización liberal) A favor y en contra

S.G.: Parece que algunos franceses tienen un problema con las películas norteamericanas.
M.W.: Si es así, es porque al público le gustan, como le gustan, además, las hamburguesas de McDonald's, y porque los proteccionistas, en realidad, se oponen al pueblo francés, que es en muchos sentidos el más americanizado de Europa. Si un gobierno, con el apoyo de su población, desea preservar determinadas actividades del mercado mundial, debería tener derecho a hacerlo. No me plantea ningún problema, si eso es lo que quieren los franceses, aun cuando entrañe el riesgo de no ser muy eficaz en el sector del cine.
M.G.: La gente debería tener derecho a escoger sus actividades culturales, así como todo lo demás. Una vez más, tengo que mencionar aquí el poder de las multinacionales y de los lobbys. La Motion Picture Association of America, presiona sobre el gobierno norteamericano, y éste hace lo que quiere su presidente, Jack Valenti. Más del 80% de las películas distribuidas en Francia, que sin embargo posee una vigorosa industria cinematográfica, son norteamericanas.

Ted Honderich (¿Hasta que punto somos libres?) El problema del determinismo

La conexión mente-cerebro

¿Cómo está conectada la mente con el cerebro? Mejor dicho: ¿cómo están conectados los sucesos mentales con los sucesos nerviosos? ¿ Cómo está relacionado el pensamiento o la conciencia del lector en este momento, mientras lee estas mismas frases, con lo que sucede en su cerebro? Si el lector opta por detenerse en este punto y hacer otra cosa, por ejemplo sus obligaciones, ¿cómo se relaciona la elección con lo que pasa en su cerebro? La pregunta por la conexión mente-cerebro es una de las mejores y más difíciles de la filosofía de la mente. Pequeñas agrupaciones de filósofos y psicólogos se han dedicado a analizarla, rechazando, proponiendo y quedándose perplejos por las respuestas que suscita. Es asimismo un problema situado en el centro del determinismo y la libertad.

Jorge Edwards (La muerte de Montaigne)

Michel de Montaigne, todavía lúcido, pero víctima del tumor ardiente que le había salido debajo de la lengua, y que se hinchaba por minutos, que le provocaba fiebre alta, en un estado de espíritu parecido al delirio, contemplaba las caras conocidas que desfilaban y las acogía con una inclinación de cabeza, con una mueca, con un estremecimiento convulsivo de la espalda, con una agitación vaga de los dedos. Adelante, regocijaos hipócritas amigos, parecía decir, como diría muchos años más tarde un casi contemporáneo y tocayo suyo Miguel de Cervantes, que yo me voy muriendo, y ustedes, en cambio, están condenados a seguir trotando, y sufriendo, y sudando la gota gorda. Después, cuando ya la sala del segundo piso de la torre estaba enteramente llena, y algunos habían tenido que subir para escuchar la misa desde las escaleras o desde el estudio del tercero, llegó el cura de la parroquia de Saint Michel de Montaigne vestido con sus mejores galas, portador de una alta cruz de plata, y dos monaguillos que le sujetaban los paramentos, y otro que le llevaba un cáliz tapado, y un cuarto que portaba campanillas, vinajeras, paños de encaje y otros acccesorios.

Albert Camus (Calígula)


(CALÍGULA se sienta junto a CESONIA.)

CALÍGULA
Escúchame bien. Primera fase: todos los patricios, todas las personas del Imperio que dispongan de alguna fortuna -pequeña o grande eso da igual -deberán obligatoriamente desheredar a sus hijos y hacer testamento ahora mismo a favor del Estado.

EL INTENDENTE
Pero, César...

CALÍGULA
Aún no te he concedido la palabra. En función de nuestras necesidades, iremos ejecutando a esos personajes siguiendo un orden arbitrario. Llegado el caso, podremos modificar ese orden, siempre de manera arbitraria. Y heredaremos.

CESONIA (Apartándose)
¿ A qué viene esto?

CALÍGULA (Imperturbable)
Sí, el orden de las ejecuciones carece de la menor importancia. O, mejor dicho, esas ejecuciones tienen idéntica importancia, lo que implica que no la tienen en absoluto. Además, tan culpables son los unos como los otros. Por otra parte, piensa que no es más inmoral robar directamente a los ciudadanos que gravar con impuestos indirectos los artículos de primera necesidad. Gobernar y robar son una misma cosa, eso es del dominio público. Pero cada cual lo hace a su manera. Yo, por mi parte, pienso robar sin tapujos, notaréis la diferencia con los ladronzuelos del tres al cuarto. (Al INTENDENTE, con rudeza.) Ejecutarás estas órdenes sin dilación. Todos los habitantes de Roma firmarán los testamentos esta misma tarde; los de provincias, en un mes a más tardar. Envía correos.

EL INTENDENTE
César, no te haces cargo...

CALÍGULA
Escúchame bien, estúpido. Una vez admitido que el Tesoro tiene importancia, la vida humana deja de tenerla. La cosa es clara y meridiana. Cuantos opinan como tú deben admitir este razonamiento y hacerse la idea de que, puesto que para ellos el dinero lo es todo, su vida no vale nada. Por lo que a mí respecta, he decidido ser lógico y, como tengo el poder, veréis lo que va a costaros esa lógica. Acabaré con contradicciones y contradicciones. Si es preciso, empezaré por ti.

EL INTENDENTE
César, mi buena voluntad no está en entredicho, te lo juro.

CALÍGULA
Ni la mia tampoco, no te quepa la menor duda. Buena prueba es que consiento en adoptar tu punto de vista y reconsiderar sesudamente el Tesoro Público. En definitiva, deberías agradecérmelo, puesto que entro en tu juego y juego con tus cartas. (Pausa. Con calma.) Además, mi plan, por su sencillez, es genial, lo que pone punto final a la discusión. Tres segundos tienes para desaparecer. Cuanto: uno...
(Desaparece EL INTENDENTE.)

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