Jean-Paul Sartre (Bosquejo de una teoría de las emociones)


Podemos concebir ahora en qué consiste una emoción. Es una transformación del mundo. Cuando los caminos trazados se hacen demasiado difíciles o cuando no vislumbramos caminos, ya no podemos permanecer en un mundo tan urgente y difícil. Todas las vías están cortadas y, sin embargo, hay qué actuar. Tratamos entonces de cambiar el mundo, o sea, de vivirlo como si la relación entre las cosas y sus potencialidades no estuvieran regidas por unos procesos deterministas sino mágicamente. No se trata de un juego, entendámoslo bien; nos vemos obligados a ello y nos lanzamos hacia esa nueva actitud con toda la fuerza de que disponemos. Lo que hay que comprender también, es que ese intento no es consciente como tal, pues sería entonces objeto de una reflexión. Es ante todo aprehensión de relaciones y exigencias nuevas. Pero, al ser imposible la aprehensión de un objeto o al engendrar una tensión insoportable, la conciencia lo aprehende o trata de aprehenderlo de otro modo; o sea, se transforma precisamente para transformar el objeto. En sí, ese cambio de la dirección de la conciencia no es nada extraño. Encontramos mil ejemplos de transformaciones semejantes en la actividad y en la percepción.

Ernst Jünger (La tijera)


Desde los inicios se tuvo conocimiento de que no podemos saber ni de dónde venimos ni adónde vamos y se sospechó que nuestro estar aquí en la Tierra, nuestra presencia en ella, es tan sólo una breve interrupción del camino.
En un pasaje que ahora no recuerdo dónde está dice san Agustín que todo cavilar sobre lo que hubo antes no sirve para otra cosa que para llenar los manicomios; y Umberto Eco afirma, en un ensayo que estoy leyendo en la mañana de hoy, 4 de junio de 1988, que toda tentativa de averiguar el sentido último conduce al absurdo y le arrebata su misterios al mundo.

* Ernst Jünger (Anotaciones del día y de la noche) El corazón aventurero
* Ernst Jünger (Los titanes venideros) Ideario último

Manuel Martín-Loeches (La mente del "Homo sapiens") El cerebro y la evolución humana

MÁS ALLÁ DE LA ESQUIZOFRENIA

En los últimos años existe un creciente interés por otro tipo de trastornos que también podrían ayudarnos a entender mejor al ser humano. De éstos, algunos de los más destacados son trastornos que aparecen en nuestra especie con mucha frecuencia, desgraciadamente, y que presentan unas características comunes que podríamos resumir como la consecuencia de nuestro alto grado de socialización. Somos unos seres enormemente sociales, somos lo que somos en gran parte a nuestro medio social. El lenguaje como poderosa y difícilmente superable herramienta de comunicación es un rasgo de nuestra especie que demuestra, sin lugar a dudas, lo mucho que dependemos de nuestro entorno social. En los trastornos derivados de nuestra condición social se suele dar el caso, además, de una tremenda implicación del sistema cerebral de las emociones.
La depresión, los trastornos de ansiedad, los trastornos alimentarios (entre lo que está la anorexia) o el estrés postraumático son algunos de esos desórdenes del ser humano que presentan una raíz social. Pero los grandes simios, seres que también poseen un alto grado de socialización, presentan trastornos de conducta en los que se han querido ver los antecedentes de muchos de nuestros trastornos de raíz social. La gran mayoría de ellos surgen en situaciones de privación de libertad. La separación del grupo, especialmente durante la infancia, suelen provocar en estos seres una serie de alteraciones graves de su comportamiento tales como las estereotipias (repetir movimientos o gestos sin ninguna utilidad), la automutilación, la agresividad inapropiada o desproporcionada, el miedo injustificado, la falta de apetito, o el vivir apartados o retirados en un rincón del habitáculo, sin apenas moverse interactuar con nadie.

Marco Aurelio (Meditaciones)


Libro III

1.- No sólo esto debe tomarse en cuenta, que día a día se va gastando la vida y nos queda una parte menor de ella, sino que se debe reflexionar también que, si una persona prolonga su existencia, no está claro si su inteligencia será igualmente capaz en adelante para la comprensión de las cosas y de la teoría que tiende al conocimiento de las cosas divinas y humanas. Porque, en el caso de que dicha persona empiece a desvariar, la respiración, la nutrición, la imaginación, los instintos y todas las demás funciones semejantes no le faltarán; pero la facultad de disponer de sí mismo, de calibrar con exactitud el número de los deberes, de analizar las apariencias, de detenerse a reflexionar sobre si ya ha llegado el momento de abandonar esta vida y cuantas necesidades de características semejantes precisan un ejercicio de exhaustivo de la razón, se extingue antes. Conviene, pues, apresurarse no sólo por que cada instante estamos más cerca de la muerte, sino también porque cesa con anterioridad la comprensión de las cosas y la capacidad de acomodarnos a ellas.

Libro IV

3. Se buscan retiros en el campo, en la costa y en el monte. Tú también sueles anhelar tales retiros. Pero todo eso es de lo más vulgar, porque puedes, en el momento que te apetezca, retirarte en ti mismo. En ninguna parte un hombre se retira con mayor tranquilidad y más calma que en su propia alma; sobre todo aquel que posee en su interior tales bienes, que si se inclina hacía ellos, de inmediato consigue una tranquilidad total. Y denomino tranquilidad única y exclusivamente al buen orden. Concédete, pues, sin pausa ese retiro y recupérate.

Carmen Iglesias (Razón, sentimiento y utopía)

INQUIETUD Y MELANCOLÍA EN EL SIGLO XVIII
Entre el sopor del tedio y los sobresaltos de la inquietud

<<Hay terribles desgracias sobre la tierra, Señora -escribía Voltaire a madame de Sant-Julien en 1766- mientras que los que llamamos "felices" son devorados por las pasiones o por el tedio.>> Y en el capítulo final de esa sátira feroz que es Cándido, o el optimismo, la vieja prudente, compañera de fatigas de Cunegunda, increpa airadamente a Cándido y Martín, perdidos en disquisiciones filosóficas sobre los pobres cautivos que pasan ante sus ojos, en una especie de rueda interminable, con las siguientes palabras:

Yo, señores míos, quisiera saber qué es peor, ser violada cien veces por los piratas negros, tener cortada una anca, sufrir dos carreras de baquetas, ser azotado en solfa, ser ahorcado, disecado y remar en galeras y pasar todos los males juntos que cada uno de nosotros ha padecido hasta ahora, o estarnos así, tan fastidiados como estamos, bostezando a cada instante y sin saber qué hacernos.

<<Por vida mía -responde Cándido- que no es fácil resolver esta cuestión.>> A lo que concluye Martín con la sentencia de que <<el hombre ha nacido para vivir en el letargo del tedio o en las convulsiones de la inquietud>>.
<<El letargo del tedio o las convulsiones de la inquietud>>
Nada resume mejor la reflexión filosófica sobre la felicidad en la segunda mitad del siglo ilustrado que esas líneas de Voltaire, quien, en 1769, vuelve a escribir <<dan ganas de estallar en gemidos>>...ante la idea de que el hombre es más desdichado que todos los animales juntos, que no conocen ni la inquietud ni el tedio, que a su vez no son sino la insatisfacción de sí mismo>>.

Pedro Aullón de Haro y otros (Teoría de la crítica literaria)

Tradicionalmente, la pretensión científica es conseguir la objetividad, o sea, un valor de verdad unívoco. Esta pretensión ha de ser abandonada. En la actualidad, se tiende a considerar que todo análisis científico hace un aproximación, mayor o menor, en todo caso de determinada cuantía, y que necesariamente ha de ser superada por aproximaciones ulteriores, facilitadas por las precedentes. Incluso en el ámbito de las ciencias físicas se plantea esta situación: la certidumbre matemática ha sido sustituida por la aproximación probabilística, y los procesos han dejado de ser matemático para ser estocásticos. En las ciencias denominadas humanas, celosas casi siempre de la <<objetividad>> de las ciencias de la naturaleza, las explicativas, la resignación ante la imposibilidad de una verdad inequívoca ha sido consustancial con su propio destino.

Ernesto Sabato (Antes del fin) Memorias

Veo las noticias y corroboro que es inadmisible abandonarse tranquilamente a la idea de que el mundo superará sin más la crisis que atraviesa.
El desarrollo facilitado por la técnica y el dominio económico han tenido consecuencias funestas para la humanidad. Y, como en otras épocas de la historia, el poder, que en un principio parecía el mejor aliando del hombre, se prepara nuevamente para dar la última palada de tierra sobre la tumba de su colosal imperio.
<< Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrán hacerlo. Pero su tarea es quizá mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrupta en la que mezclan revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo todo, no saben convencer; en que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la opresión.>> En el caso del siglo XX, cómo dudar de la veracidad de estas palabras de Camus. Sin embargo, hay quienes pretenden seguir hablando acerca del progreso de la historia, en un acto suicida que pretende mirar de soslayo el patético legado racionalista.
La historia no progresa. Fue el gran Giambattista Vico el que lo dijo: <<Corsi e recorsi>> La historia está regida por un movimiento de marchas y contramarchas, idea que retomó Schopenhauer y luego, Nietzsche. El progreso es únicamente válido para el pensamiento puro. Las matemáticas de Einstein son evidentemente superiores a las de Arquímedes. El resto, prácticamente lo más importante, ocurre de la corteza cerebral para abajo. Y su centro es el corazón. Esa misteriosa víscera, casi mecánica bomba de sangre, tan nada al lado de la innumerable y laberíntica complejidad del cerebro, pero que por algo nos duele cuando estamos frente a grandes crisis. Por motivos que no alcanzamos a comprender, el corazón parece ser el que más acusa los misterios, las tristezas, las pasiones, las envidias, los resentimientos, el amor y la soledad, hasta la misma existencia de Dios o del Demonio. El hombre no progresa, porque su alma es la misma. Como dice el Eclesiastés, <<no hay nada nuevo bajo el sol>> y se refiere precisamente al corazón del hombre, en todas las épocas habitado por los mismos atributos, empujado a nobles heroísmos, pero también seducido por el mal.


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