Susan Neiman (Izquierda no es woke)

   Justicia y poder

[...] El propio Hitler utilizó el genocidio de los pueblos nativos y el robo de sus tierras por parte de los estadounidenses europeos para justificar su esperanza de extender el Lebensraum alemán hasta Vladivostok. Otros nazis también recurrieron a lo mismo cuando respondieron a las protestas de Estados Unidos contra las Leyes de Núremberg publicando fotografías de estadounidenses linchando a personas negras, con las que venían a decir: ocupaos de vuestros asuntos en materia de raza antes de sermonearnos a nosotros sobre los nuestros. Ni Hitler ni los abogados nazis que se basaron en la ley racista estadounidense estaban equivocados. Reino Unido y Estados Unidos a menudo estuvieron implicados en violentas prácticas racistas y coloniales contrarias a su retórica democrática liberal. Pero la utilización de tales ejemplos por parte de los nazis no obedecía en realidad a un intento de desenmascararlos, y mucho menos de contribuir a su liberación. Como lo que hace Vladimir Putin hoy, su único interés radica en la cuestión: si las nobles tierras de la libertad participan del robo y del terror, ¿acaso no podemos nosotros hacer lo mismo? Schmitt evitaba responder a la sencilla pregunta: «¿Dos cosas incorrectas suman una correcta» argumentando que, en una historia mundial saturada de violencia, conceptos como lo incorrecto y lo correcto desaparecen. Ambos no son más que mera retórica utilizada con el fin de disfrazar la única fuerza que existe: el poder. Resulta significativo que, aunque la deconstrucción de las democracias liberales que Schmitt llevó a cabo tenía como objetivo a los enemigos del Tercer Reich, los nazis apenas dieron voz a sus teorías políticas. Incluso contando con el reclutamiento universal, es difícil convencer a diecinueve millones de hombres para que arriesguen sus vidas por lo que no es más que una lucha eterna por el poder, sin ningún contenido moral. Schmitt fue el principal teórico legal del Tercer Reich, pero no su principal propagandista. Los llamamientos a defender su patria de los salvajes bolcheviques mantuvieron a muchos más alemanas en el campo de batalla. 

Hoy en día cualquiera que quiera ser eficaz en la política debe entender las relaciones de poder concretas, así como las declaraciones normativas. Este breve libro no aportará nada a los muchos debates sobre cómo equilibrarlas. Pero no se puede mantener un compromiso con la justicia mientras se sospeche que, después de todo, Trasímaco tenía razón. Pues el concepto de «derechos humanos» puede ser controvertido, pero, sean lo que sean, estos resultan reivindicaciones dirigidas a frenar las meras demandas de poder. Señalan que el poder no es solo el privilegio de la persona más fuerte del barrio, sino que exige justificación. Recordemos el momento histórico en el que surge la reivindicación de los derechos humanos: era impensable que los campesinos y los príncipes pudieran estar en pie de igualdad en ninguna parte, ni sobre ningún tema. Si el campesino se hacía con un ciervo del príncipe, podían ahorcarlo. Si el príncipe se llevaba a la hija del campesino, había que aceptar que el mundo era así. La doctrina del derecho divino de los reyes no era tanto una doctrina como una afirmación del poder de Dios y de su capacidad para transferir ese poder a sus representadas y a los descendientes de estos. También cabe recordar aquí el contexto teológico en el que nació la teoría del derecho divino. Millones de europeos se mataban entre sí en guerras teológicas. Los conflictos más enconados se hallaban relacionados con la naturaleza de Dios;  ¿estaba su poder delimitado por su bondad, o podía hacer lo que le diera la gana? Los calvinistas sostenían que el poder de Dios era absoluto; si Dios mandaba a millones de niños al fuego eterno del infierno, ¿quién éramos nosotros para cuestionarlo? Donde reinaba esta idea de Dios, no era fácil poner restricciones al poder de los soberanos terrenales. 

Con frecuencia se ha hecho mal uso de las reivindicaciones universalistas de justicia dirigidas a restringir las simples afirmaciones de poder, desde las revoluciones estadounidense y francesa que las proclamaron por primera vez hasta el día de hoy. Carl Schmitt no estaba equivocado en eso. Él llegó a la conclusión de que las apropiaciones de poder sin más adornos como las que hicieron los nazis no solamente eran legales, sino también legítimas. Puede pensarse que no hay nada que hacer al respecto. O bien ponerse a trabajar para reducir la distancia que separa los ideales de justicia de las realidades del poder.

Si bien Foucault tal vez aportara algo a nuestra forma de entender el poder en el mundo moderno, mi argumento es que ni él ni Schmitt promovieron una nueva visión sobre las relaciones entre justicia y poder. En su formulación más simple, sus opiniones se remontan a los sofistas: las reclamaciones de justicia se despliegan para disfrazar intereses impulsados por el poder. Es un retroceso a un mundo en el que la fuerza «o, para el caso, el poder— determina lo correcto, lo cual equivale a no tener ningún concepto de lo correcto en absoluto. Debido a que las demandas de justicia se han utilizado con frecuencia para ocultar tomas de poder, la línea entre poder y justicia se ignora cada vez más. Dadas dos explicaciones igualmente creíbles de la conducta humana, nos inclinamos a converger con la peor. Cuanto más te hayan mentido, más fácil es sospechar que detrás de todo lo que te dicen hay manipulación. Las consecuencias del imperialismo británico y la hegemonía estadounidenses siguen aún lo bastante presentes para que la crítica de Schmitt suene verdadera. En la actualidad, la mayoría asume que promover los propios intereses über alles («por encima de todo») y disfrazarlos con una retórica moral simplemente está en la naturaleza humana. 

Si se pide un argumento, se obtiene la historia por respuesta. Y a la historia no le faltan ejemplos de luchas de poder envueltas en elegantes ropajes. Foucault y Schmitt muestran cuántos de estos ropajes son ilusorios. Pero incluso todo un regimiento de emperadores desnudos solamente serviría como muestra de sus desalentadoras afirmaciones sobre la naturaleza humana y sus posibilidades; en ningún caso constituirían una prueba. 

[...] Entonces apareció la psicología evolutiva, que no aparentaba limitarse a ser una filosofía más. Parecía ciencia pura, y pretendía penetrar en la esencia de nuestros prealfabetizados ancestros cazadores y recolectores, demasiado primitivos para formular racionalizaciones que describieran su conducta, o al menos para ponerlas por escrito. A partir de estas indemostrables especulaciones sobre lo que (tal vez) habría llevado a los eres humanos a actuar (en ese entorno), los psicólogos evolutivos concluyeron que toda conducta humana está impulsada por el interés en maximizar nuestras posibilidades de reproducción: cualquiera que hacemos está motivada por el deseo de perpetuarnos.

La historiadora de la ciencia Erika Milam nos enseña que esa teoría fue en su origen considerada un avance respecto a las principales teorías evolutivas de décadas anteriores. Los científicos sociales no habían conseguido explicar la violencia humana durante la Guerra Fría, lo que llevó a algunos investigadores a acudir a la biología. Estos presentaron lo que se conoció como «teoría del simio asesino», que sostenía que los humanos se distinguen de otros primates por una mayor tendencia a la agresión, y que esta es la fuerza motriz que impulsó la evolución humana. Dicha visión se popularizó a través varios  de gran éxito, así como películas de Hollywood, pero pronto empezó a recibir críticas debido a su falta de pruebas. Edward O. Wilson, el padre fundador de la sociobiología, dio la vuelta a la premisa en la que se basaba la teoría del simio asesino. Si sus defensores se preguntaban cómo las criaturas evolucionaron desde un pasado relativamente pacífico hasta la violencia universalizada de la historia reciente, los sociobiólogos comenzaron por aceptar sus conclusiones y asumir que los seres humanos siempre habían sido agresivos y competitivos. 

Wendy Brown (Tiempos nihilistas)

 Resistiendo la polarización

[...] Tal es la situación a la que Weber cree que nos enfrentamos, una consecuencia del destronamiento de la autoridad religiosa y de los misterios de la naturaleza por la ciencia. Esta no puede reemplazar los relatos religiosos y teológicos del orden y el sentido que destruye. El intento de hacerlo, más que meramente equivocado, es en sí mismo un peligro efecto nihilista: los vacíos que se abren en un mundo radicalmente desacralizado crean una demanda, dice Weber, de profetas y demagogos por doquier, y de ideas que emocionen e inciten. Las fuerzas que pertenecen al ámbito eclesiástico y político pasan a formar parte de la fuerza destructiva del nihilismo, en la que, tal y como Weber formula, los «valores últimos y más sublimes han desaparecido de la vida pública», y la teología, con su ineludible «supuesto de que el mundo ha de tener un sentido», está acabada. Esta fuerza nihilista y las exigencias que surgen de ella son una parte importante de lo que Weber aborda en esta conferencia.

Sin embargo, a Weber no solo le preocupan estas fuerzas histórico-mundiales, sino también las actitudes que se profesan hacia ellas y los malentendidos que suscitan. En la ciencia como vocación y en sus ensayos anteriores sobre el método, a partir de los cuales se construye gran parte del argumento de la conferencia. Weber está en guerra. Está en guerra contra Marx y Nietzsche por el alma de las ciencias sociales, impugnando lo que considera la falsa ciencia llena de normas de Marx y la anticiencia de Nietzsche. Está en guerra con los románticos que fetichizan lo irracional y hacen de la vida cotidiana o la «autenticidad» una nueva religión. Está en guerra con colegas que promueven el nacionalismo alemán desde sus podios académicos, con colegas positivistas del valor y colegas sindicalistas. Los nacionalistas convierten la universidad en «un seminario sacerdotal, solo que sin poder conferir la dignidad religiosa propia de este». Los positivistas cometen un error fundamental rechazando el dictado kantiano de someterlo todo al escrutinio crítico, eludiendo la dimensión interpretativa de la comprensión de la acción y de los valores y cosificano las coordenadas y normas del presente. Los sindicalistas desdeñan la objetividad y explotan el poder del podio académico en el marco manifiestamente desigual de las aulas. Weber está en guerra con los que creen que la verdad reside en equilibrar o alcanzar un compromiso entre dos puntos de vista opuestos, una técnica apropiada para la política pero no para la ciencia, ya que cuando se infiltra en esta última, relativiza la facticidad y trivaliza del visiones últimas del mundo, ambas expresiones del nihilismo. Está en guerra contra quienes someten la diversidad de puntos de vista a la competencia, una técnica propia de los mercados pero no de la ciencia, y que cuando se infiltra en ella no hace sino indicar la invasión de la universidad por los valores mercantiles. Está en guerra con quienes pretenden que «los hechos hablan por sí mismos», cuando los hechos no hablan en absoluto y, probadamente, esto solo signifique que se están ignorando estratégicamente tanto cuestiones de interpretación como «hechos incómodos», maniobras que también traen a las aulas trucos retóricos propios del debate político. Esta en guerra con quienes creen haber logrado la neutralidad estructurando sus formulaciones históricas o sociológicas en la realpolitik, con la adaptación darwiniana o con las metanarrativas del progreso, cuando cada una de ellas es un resto teológico sin fundamento y por ello inadecuado para la objetividad académica. Está en guerra con los economistas que creen que su ciencia establece la supremacía normativa del capitalismo cuando en realidad no puede hacer más que describir sus mecanismos y dinámicas. Está en guerra con los filósofos y teóricos que creen que pueden evaluar, por no hablar de certificar, la validez de las normas, en lugar de limitarse a analizar sus predicados, lógicas y implicaciones. Y está en guerra con los que creen en la razón trascendental, pues no reconocen ni la ineludibilidad de la hermenéutica ni los distintos modos de racionalidad dentro de los cuales siempre hay irracionalidades. 

Weber está en guerra, pero sabe que sus enemigos no son ni inquebrantables ni intemporales. Entiende, más bien, que la mayor parte de lo que está combatiendo son efectos de las condiciones políticas, epistemológicas y existenciales de su tiempo. Considera que en su época político-moral el valor prolifera y se abarata, a la vez que se va vaciando; una época en la que los juicios de valor se reducen con frecuencia a cuestiones de gusto, en la que aparecen falsos profetas en ausencia de verdaderos, en la que se venera la personalidad en lugar de la integridad y la honestidad y en la que se promulga la libertad como una autorización dentro de órdenes de dominación sin precedentes. En una época que él describió célebremente como la de los «gozantes desprovistos de corazón» y los «especialistas desprovistos de espiritualidad», ni el sentimiento ni el intelecto están a salvo de la racionalización que nos convierte simultáneamente en engranajes de maquinarias económicas e individualistas superficiales. La verdad se ha separado y del valor para residir únicamente en los hechos. Los hechos, a su vez, son infinitos en número y siempre interpretados, una realidad tan humillante como desalentadora que, cuando no se acepta, produce en el ámbito del conocimiento una reacción en forma de polémica, positivismo, sectarismo y milenarismo. El progreso ya no promete el continuo desarrollo de la felicidad, la paz o la verdad; se limita a avances en el conocimiento y en las técnicas que, paradójicamente, generan condiciones para una mayor dominación en lugar de una mayor libertad. A medida que las maquinarias organizativas, tecnológicas, económicas y políticas construidas a partir de estos avances escapan al control humano, se convierten en fuerzas de poder sin derecho que dejan su marca en el mundo. La ruptura de los límites es también un síntoma clave de la época. Nada permanece en su lugar porque, en ausencia de una guía moral y de los principios organizativos garantizados por la tradición, el propio espacio pierde sus coordenadas naturalizadas y su valor. En el ámbito del conocimiento, la mezcla incesante de lo que Weber denomina repetidamente las prácticas «absolutamente heterogéneas» —sobre todo el análisis de los hechos y los juicios de valor que se hacen sobre ellos— degrada cada una de esas prácticas, intensificando el desprecio cínico por los hechos y la verdad al igual que la responsabilidad y los valores. Así, cuando se corroen las fronteras entre la predicación y la enseñanza, entre el entretenimiento y la información o entre la personalidad y la política, crece y se ramifica el nihilismo. La profundidad, la sobriedad, la conciencia histórica y el cuidado de las almas y del mundo dan paso a la superficialidad, la instrumentalización, la excitabilidad, la gratificación personal y el presentismo. 

Weber responde a esta crisis, y a la espiral de confusión y mezcla de elementos que fomenta, estableciendo la célebre distinción de opuestos y una higiene epistemológica y ontológica destinada a distinguir y aislar estos opuestos entre sí. Se trata del binarismo, ya familiar, entre la política y el conocimiento, el aula y la plaza pública, el hecho y el valor, las afirmaciones empíricas y teóricas, las descripciones positivas y los juicios normativos. Al trazar y aplicar estas distinciones, es el mundo mismo, y no solo el método, lo que está para Weber en juego. Si el relativo organicismo de épocas anteriores ha dado paso a la fragmentación y la especialización en el era del capitalismo, o la burocracia y el secularismo, es entonces el orden, anteriormente asegurado por la jerarquía y la autoridad, el que ha dado paso a una vida escindida por la concatenación de valores y dominada por «maquinarias inanimadas». Con el organicismo y la autoridad en retroceso, lo único que queda en pie para asegurar el orden son organizaciones fuertemente impuestas. A pesar de la sensibilidad de Weber hacia lo que él llama el «caos de conexiones de pensamiento y sentimientos de toda índole» y en cualquier época o régimen ideológico, y a pesar de su advertencia a los eruditos para que eviten confundir conceptos y tipologías con la realidad, la superación del nihilismo en la esfera intelectual que propone Weber depende de estrictas distinciones epistemológicas y antológicas. Antes que para establecer pulcritud conceptual, estas distinciones sirven como guardianas. 

Robert D. Kaplan (La mentalidad trágica) Sobres el miedo, el destino y la pesada carga del poder

EL ORDEN: LA NECESIDAD MÁXIMA

[...] Según George Steiner, Goethe «detestaba el desorden» y «prefería la injusticia» porque «la injusticia es momentánea y reparable en tanto que el desorden destruye las mismas posibilidades de progreso humano». Después de todo, añadía Steiner, «basta un Hamlet para condenar un estado de putrefacción». Eso es lo que tratan de ser los intelectuales y los periodistas que arremeten indignados contra las imperfecciones de hasta el más democrático de los Estados democráticos. Y esa indignación es la que protege a las democracias de no caer en la represión en su interior, pese a las concesiones morales que deben realizar en sus relaciones exteriores y que tan pocas simpatías despiertan entre esos mismos intelectuales. El problema, como ese astuto observador de la condición humana que fue Anthony Trollope comprendió en Phineas Finn, es que «protestar contra todos los males habidos» mientras se está libre de responsabilidades administrativas es una situación muy cómoda. Nos pone siempre del lado de la justicia sin necesidad de tomar decisiones difíciles, de manera que nos permite abordar la moral como si de un absoluto inflexible se tratara.

Albert Camus fue una excepción. Él valoraba el orden. En uno de sus más grandes libros, El hombre rebelde, escribió que un «movimiento de rebeldía aparece [...] como una reivindicación de claridad y de unidad. La rebeldía más elemental expresa, paradójicamente, la aspiración al orden». Además «derribado el trono de Dios, el hombre en rebeldía reconocerá que aquella justicia, aquel orden, aquella unidad que buscaba en vano en su condición, ahora le incumbe crearlos con sus propias manos y, de este modo, justificar la caducidad divina». Por sí solo, el derrocamiento de reyes y tiranos no siempre justifica moralmente al rebelde. Derribar una asfixiante dictadura en Oriente Medio no es en sí mismo un acto moral, al menos que se haya desarrollado ya de antemano un plan para instaurar el orden antiguo con otro nuevo que sea más justo o, cuando menos, más benigno. El comunismo se demostró ilegítimo en última instancia porque se esperaba que, tras declarar muerto el orden capitalista, la nueva ideología promoviera y desarrollara su propio universo moral, lo que es evidente que no hizo. En este sentido, la filosofía de Camus se alinea con el arte de gobernar tradicional y se contrapone a la de aquellos intelectuales que suelen hacer una exaltación narcisista de la revuelta, desvinculada del posterior restablecimiento del orden. 

Las tiranías no gobiernan en el vacío. Suelen hacerlo, más bien, a partir de la base de cierto apoyo popular. Esta es una realidad más ajena a la experiencia estadounidense que a la de Camus. Lo que a este le preocupa de verdad es que la rebelión pueda desembocar en tiranías peores aún que las que ya hay. Y, sin embargo, como él mismo admitía también, desde que Prometeo se rebeló contra Zeus en los desiertos de Escitia, la revuelta ha sido una característica distintivamente humana. Está integrada en nuestra condición desde el mismo momento en que existieron las primeras personas esclavas. Los regímenes decadentes y viperinos que se derrocaron en Túnez y Egipto en los comienzos de la Primavera Árabe, caracterizados por obscenos cultos a la personalidad sin apenas esperanza de reforma, despojaban a las personas de su dignidad y, en consecuencia, hacían que se sintieran esclavas. Cada cartel gigante del líder era como un mensaje dirigido a sus súbditos en que les decía que no eran nada. Pero, aunque la rebelión contra la tiranía es natural, erigir un orden nuevo no lo es. El orden no es algo que debamos dar nunca por descontado. Camus dedicó un libro entero a esa constatación. 
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SOLO LOS VIEJOS Y LOS CIEGOS ESTÁN EN POSESIÓN DE LA VERDAD

[...] Cuando una persona llega a la vejez, ya sabe lo que son la decepción y la desilusión, y, por consiguiente, es más probable que encontremos sabiduría en el viejo que en el joven. Se trata de conocerse a uno mismo y su mundo. Recordemos las palabras de otro ruso próximo en espíritu a los antiguos griegos, Alexandr Solzhenitsyn: «Las tribus con un culto a los ancestros han perdurado siglos. Ninguna tribu sobrevivirá mucho tiempo con un culto a los jóvenes». Por eso, los chinos del siglo XXI, beneficiados todavía por los restos de la cultura confuciana oriental y su respeto a la jerarquía y a los mayores, tienen ventaja sobre el Occidente posmoderno, que, con su obsesión narcisista por la juventud, ha dejado de ser descendiente espiritual de los antiguos griegos, originadores de la civilización occidental.

[...] Nadie es más sabio que quienes han sufrido alguna gran catástrofe, entre las que cabe incluir la humillación pública. Los decisores políticos que han fracasado estrepitosamente pueden ser, pues, más genuinamente interesantes —es decir, más hondamente reflexivos sobre sus propias vidas— que quienes, de momento, solo han conocido el éxito. 

[...] Maduramos con los errores. Los errores nos ayudan a ser más temerosos de lo que está por venir. La sabiduría verdadera no es un don envidiable, ni muchos menos.

Tal como Sófocles escribió al final de Edipo Rey

ningún mortal puede considerar a nadie feliz con la mira puesta en el último días hasta que llegue al término de su vida sin haber sufrido nada doloroso.

Y este vuelve a ser Sófocles, ahora en Áyax:

[N]nuca digas tú mismo una palabra arrogante contra los dioses ni te vanaglories si estás por encima del alguien o por la fuerza o por la importancia de tus riquezas. Que un solo día abate y, otra vez, eleva todas las cosas de los hombres. Los dioses aman a los prudentes [...].

En definitiva, nunca oses decir de un hombre que es afortunado si no se ha muerto todavía. Ese es el famoso consejo que Solón ofrece al acaudalado rey Creso de Lidia, quien terminará conociendo de primera mano la amarga verdad de dicha profecía. El miedo constante a lo que puede aguardarnos a la vuelta de la esquina es la piedra angular de la humildad; reduce el riesgo de catástrofes. El miedo nos permite reconocer que rara vez tenemos que escoger entre el bien y el mal; eso sería demasiado fácil. Las decisiones cruciales son, por su propia naturaleza, decisiones difíciles y suelen obligarnos a escoger un bien a costa de otro (o un mal en vez de otro). En el miedo está la seguridad. El crítico literario Lionel Trilling dijo una vez sobre el poeta Robert Frost que, como Sófocles, Frost era muy estimado porque «sabía dejar en claro las cosas terribles» y, con ello, procuraba consuelo a quienes lo leían. 

Capitán Bitcoin (Disidencia activa) Manual contra la dictadura progre

 a) Contenido de la Agenda 2030

"Un impuesto a los ricos del 6% no es suficiente, ¿qué tal un 90%?"
THOMAS PIKETTY

Pasemos a desgranar ahora su contenido, a analizar la motivación de la nueva agenda global de las élites, a tratar de concretar como resolverá las previsibles resistencias a su ejecución, y pensemos en como protegernos a nivel individual y como sociedad.

Las élites, así como en otras épocas de la historia no hubieran compartido nunca sus planes de una forma tan clara, esta vez han puesto a disposición de la masa el futuro que tienen pensado para ella. Tal es su control sobre ella o tan débil es la capacidad crítica y de reacción de las poblaciones. Para entender este futuro nada mejor que acercarnos al corto video que publicó el Foro de Davos y que expone en síntesis lo que pretende la Agenda. Pasemos a desgranar sus ideas clave.

En primer lugar se nos habla en su propaganda de que no poseeremos nada y seremos felices. Así pues, los impuestos de todo tipo es previsible que aumenten todavía más. Las confiscaciones en beneficio del colectivo se facilitarán y los impuestos al trabajo, a la propiedad y a las sucesiones que puedan dejar los padres a sus hijos serán devorados por los Estados. Dado que la propiedad privada sufrirá un maltrato de este nivel, el número de personas en alquiler aumentará notablemente. Ya no tendremos, alquilaremos, y esto no será impedimento para que seamos felices. Ya te puedes imaginar la profundización en el grado de ingeniería social que hará falta para ello.

En segundo lugar, se nos adelanta que el papel protagonista y líder de EEUU pasará a segundo plano. Dejará de ser la potencia que salvaguarde los valores que exporta Occidente al resto del mundo, y en su lugar este espacio lo ocupará "un conjunto de naciones" que no llega a precisar. Entendemos que China estará entre ellas sin lugar a dudas, dado su papel activo e implicación en la ruta planificadora global.

En tercer lugar se dice que ya no necesitaremos consumir tanta carne como actualmente. Esto lo haremos ahora de forma mucho más esporádica para no acabar con el planeta Tierra. Nos impondrán un vegetarismo flexible con la proteína animal como alimento secundario o con sucedáneos variopintos. Lo justifican diciendo que esto es mucho mejor para nuestra salud (algún estudio, quizá subvencionado por ellos mismos, dirá que la carne roja es mala), y, como no, por la salud del planeta y el bien común, debemos dejar de consumirla.

En cuarto lugar se nos adelanta que se avecina un movimiento inmigratorio masivo que desplazará de los lugares menos desarrollados a Occidente a más de 1.000 millones de personas. Este movimiento de personas con una cultura tan diferente a nuestra visión de como deben ser las relaciones humanas y la sociedad, nos augura un cambio importante en nuestras naciones. Quizás hasta niveles imposibles de imaginar a día de hoy en la tranquilidad de nuestros hogares. Recordemos de nuevo al Imperio Romano y la invasión bárbara que sufrió.

En quinto lugar nos anuncian cambios económicos de enorme trascendencia (del petróleo a las renovables). Las teorías climáticas se impondrán, alcanzando con toda seguridad un estatus de religión incuestionable, y la tesis de que el hombre es el culpable de toda variación o desastre natural estará asegurada. Cuestionar el dogma será motivo de conflicto y de estigma social (ya emplean para conseguirlo el término "negacionista", equiparando a los que dudan como los insensatos que negaban el exterminio de los nazis y los judíos).

Y para finalizar se nos dice que los valores occidentales se verán sometidos a una presión desmesurada. Lógico después de todo lo visto, ya que con China como nuevo lider del mundo, con una presión fiscal brutal sobre los europeos, con excusas climáticas y con corrientes migratorias de culturas medievales que acaben en el interior de las naciones occidentales, lo único que puede pasar es que los valores occidentales cedan ante la barbarie. Tal vez eso ocurra tras un previo conflicto, revueltas sociales y mayores niveles de violencia.

El mundo que parecen adelantarnos las élites no es muy acogedor ni arroja una esperanza de mejora. Es crudo y realista, como probablemente suceda. No en vano son los artífices y planificadores mejor informados que pueda haber. Entendemos que será un lugar con los niveles de libertad en mínimos, donde la propiedad privada pasará a menos estatales o de corporaciones con mucha más facilidad, donde los principios de la cultura occidental que tanto bien han hecho al mundo se desdibujarán, y donde el control de las naciones (o del gran gobierno único pretendido), sobre los ciudadanos alcance niveles nunca visto anteriormente, ni siquiera en los estados más totalitarios que ha conocido la humanidad. Y lo peor es que la ingeniería social serán tan potente y tan bien implementada que pese a todo ello "seremos felices".

De manera sencilla. Los contribuyentes occidentales deben estar listos para ser despojados de un mayor porcentaje de su riqueza, que podrá ser redistribuida internacionalmente porque el gobierno reduce sus propios ahorros. Y los que sin duda saldrán beneficiados de todo esto son las corporaciones, las élites político financieras y los gánsteres económico (EHM), que definía muy bien el economista y escritor John Perkins. En sus propias palabras: "los EHM son profesionales generosamente pagados que estafan billones de dólares a países de todo el mundo. Canalizan el dinero del banco Mundial, de la Agencia Internacional para el desarrollo (USAID) y de otras organizaciones internacionales de «ayuda» hacia las arcas de las grandes corporaciones y los bolsillos del puñado de familias ricas que controlan los recursos naturales del planeta. Entre sus instrumentos figuran los dictámenes financieros fraudulentos, las elecciones amañadas, los sobornos, las extorsiones, las trampas sexuales y el asesinato. Ese juego es tan antiguo como los imperios, pero adquiere nuevas y terroríficas dimensiones en nuestra era de la globalización. Yo lo sé bien, porque yo he sido un gánster económico".

Así pues, no debería sonarte muy bien que te engañen con el asunto climático para embolsarse lo que no les corresponde, manipular a la masa, planificar su futuro, y conquistar nuevos niveles de poder y control. Pero hay millones de estafados climáticos que están encantados con la Agenda globalista tras la masiva propaganda desplegada durante los últimos años.

Ramón González Férriz (Los años peligrosos) Por qué la política se ha vuelto radical

«La política más profunda y radical surge de nuestra identidad»

El término «políticas de la identidad», se popularizó en 1977, cuando el Combahee River Collective, un grupo de mujeres negras, lesbianas y socialistas de Boston, publicó un manifiesto en el que definía su ideología y sus objetivos: En él denunciaba que, a menudo, el movimiento feminista estaba dominado por mujeres blancas que tenían actitudes racistas hacia las negras. Del mismo modo, afirmaba, la lucha por los derechos civiles de los negros estaba dominada por hombres que tenían actitudes machistas hacia las mujeres. «Es evidente que ningún otro movimiento supuestamente progresista ha considerado nuestra presión específica como una prioridad, o ha trabajado en serio para acabar con esa opresión —decía el manifiesto—. Nos damos cuenta de que las únicas personas que se preocupan por nosotras lo suficiente para trabajar de manera continua por nuestra liberación somos nosotras [...]. El hecho de centrarnos en nuestra opresión se materializa en el concepto de las políticas de la identidad. Creemos que la política más profunda y potencialmente más radical surge directamente de nuestra propia identidad». El manifiesto de Combahee River Collective insistía en que la intención de sus integrantes era ser solidarias con otros grupos que luchaban por liberarse de la opresión. Pero afirmaba que el suyo, en concreto, el de mujeres negras, lesbianas y de izquierdas, era objeto de discriminación por motivos raciales, sexuales y de clase —lo que más tarde se conceptualizaría de manera más compleja en la «interseccionalidad»—y, por lo tanto, tenía una identidad bien definida y debía trabajar en favor de su singularidad. 

Se trató de un giro interesante para la izquierda. A diferencia de muchos movimientos de emancipación tradicionales, las políticas de identidad no exigían la liberación de los oprimidos en nombre de la justicia, la equidad o la simple dignidad humana. Para esta nueva ola de activistas, cualquier sumisión era fruto de una desigual relación de poder entre los grupos opresores —normalmente, aunque no solo, formados por hombres blancos, heterosexuales, de clase media y alta— y los grupos oprimidos,  compuestos por minorías raciales, sexuales o con atributos físicos particulares, además de las clases bajas. El objetivo de las políticas identitarias era subvertir esa relación desigual. Para eso era necesario desmontar muchas de las ideas básicas que sustentaban la democracia liberal y el pensamiento ilustrado, que la teoría crítica consideraba meras construcciones de los opresores para defender sus intereses. Era mentira que la ciencia fuera una disciplina imparcial, que el liberalismo tuviera por fin la igualdad de derechos o que el lenguaje fuera una herramienta relativamente neutra para describir el mundo e interactuar con él. Todas esas convenciones, elaboradas por filósofos de la tradición ilustrada a lo largo de siglos, eran en realidad instrumentos que las clases favorecidas y burguesas habían concebido para someter a todo aquel que tuviera una identidad despreciable o potencialmente peligrosa. De hecho, dudaban incluso de que existiera la «razón» como algo objetivable: en muchos sentidos, se trataba de otro discurso opresor. Ningún hecho podía determinarse al margen de quien lo definía y de su identidad: lo que existían eran interpretaciones del mundo que emanaban de la clase o el grupo al que pertenecía quien las hacía. 

[...] El auge de esta nueva forma de izquierdismo no tardó en saltar a Europa. En realidad, no se trataba de una exportación, sino más bien de un regreso. Muchas de las ideas fundamentales sobre las que se había construido la teoría crítica habían surgido entre la década de 1920 y 1970 en universidades e instituciones europeas. La llamada escuela de Frankfurt, que alentó algunas de las teorías que afirmaban que el capitalismo no era un sistema político sustancialmente distinto del fascismo en cuanto al uso de la propaganda, la información y el sometimiento, había surgido en la Alemania de entreguerras. Más tarde, en las décadas de 1960 y 1970, las teorías de Michel Foucault sobre el poder y la biopolítica, las de Jacques Derrida sobre las formas de opresión inherentes al lenguaje occidental o las de Frantz Fanon sobre la descolonización y el racismo contra los negros habían viajado desde las universidades y las editoriales francesas hasta las estadounidenses. Y, sobre todo en las décadas más recientes, esa mezcla de teoría europea (que daba prestigio cultural y un contexto autóctono) y política estadounidense (que en realidad operaba con unas coordenadas históricas muy difíciles de trasladar a Europa) se habían ido incorporando a las facultades de literatura, arte, filosofía y humanidades. En España se replicó la experiencia estadounidense, y la universidad y los estudios de humanidades, que siempre habían estado dominados por la izquierda, se convirtieron en el caballo de batalla entre el viejo progresismo tradicional y las políticas de identidad. Los enfoques de género, la crítica cultural y las relecturas del marxismo en clave identiraria se popularizaron entre los profesores jóvenes y los alumnos, mientras en muchos casos los profesores que habían protagonizado la transformación de la universidad española en la década de 1960 y 1970 —introduciendo en ella ideas democráticas, cuando no subversivas— sentían que se traicionaba su legado. Por un lado, el legado intelectual, porque esa generación había llevado a la universidad algunos rasgos académicos de la modernidad europea y había liberado de muchos tics autoritarios y conservadores de la era franquista; por otro lado, esos profesores progresistas que habían llevado la Transición a la academia consideraban que se cuestionaba su legado político, que estaba abrumadoramente vinculado al PSOE y a la forma en que este había conformado la vida cultural, intelectual y periodística del país. Creían, además, buena parte de esa gran operación intelectual de las políticas identitarias no solo era un enorme error que desmontaba la gran tradición igualitaria de la izquierda socialdemócrata, sino una operación generacional para sustituir al establishment actual y ofrecer salidas laborales a una generación de estudiantes que, tras la crisis financiera, ya no tendría buenos puestos en la universidad, y difícilmente en el sector privado. Entre muchos lamentos más o menos melancólicos de viejos catedráticos de humanidades españoles, el filósofo José Luis Prado identificó este cambio en términos políticos y culturales, pero también biográficos y de pura supervivencia individual:

        Un gran número de estudiantes de Filosofía de la Complutense, a quienes [...] se amenazaba una y otra vez con el estigma de la «inempleabilidad» y la ausencia de futuro, vieron en el 15M y en el movimiento político generado a partir de él, al que muchos de sus profesores les invitaron, la ocasión de llevar a cabo ese cambio hacia una sociedad en la cual los filósofos tuvieran sentido y encontrasen empleo (aunque fuese como activistas revolucionarios), y cuando se percataron de que esos profesores (y algunos de sus compañeros), que eran sus héroes, habían entrado en el Congreso de los Diputados y en las asambleas autonómicas, estuvieron seguros de que estaban protagonizando una victoria política histórica a favor de ese cambio. 

Renata Salecl (La tiranía de la elección)

 Introducción

[...] ¿Por qué sucede entonces que, en el mundo desarrollado, la apertura individual a un mayor número de elecciones conlleva, en vez de una satisfacción por una supuesta vida más personalizada y ajustada de acuerdo con nuestras preferencias, a un sentimiento cada vez más grande de angustia y hasta de culpa e inadecuación? ¿Y cómo es que, para aliviar esa angustia, las personas aceptamos seguir los diversos consejos de horóscopos y especialistas en marketing o los consejos de belleza de los fabricantes de cosméticos, nos dejamos guiar por los pronósticos de consultores económicos y, en nuestras relaciones, por los libros de autoayuda? Dado que cada vez más gente hace caso de todos esos «expertos» que supuestamente piensan en nuestro bienestar, parecería ser que, en el fondo, lo que estamos reclamando es que nos quiten cuanto antes la carga de tener que elegir.

[...] La teoría de la elección racional presupone que la gente siempre piensa antes de actuar y que en todas situación persigue el máximo beneficio con el mínimo costo. Según las circunstancias imperantes y dado cierto manejo de información necesaria, se supone que la gente siempre habrá de elegir lo que más conviene a sus intereses. Sin embargo, los críticos de la teoría de la elección racional suelen remarcar el hecho de que los seres humanos no siempre actuamos según nuestros intereses, incluso cuando estos nos son conocidos. Muchas veces, por ejemplo, gobierna nuestros actos una expresión caritativa o altruista que no se lleva bien con el interés personal puro y duro. Desde el psicoanálisis también se ha señalado que a menudo actuamos de modos para nada afines a lo que sería maximizar el placer y minimizar el sufrimiento, y que existe incluso cierto extraño placer que surge de actuar en contra de nuestro propio bienestar. Una persona puede considerar que cuenta con toda la información necesaria para arribar a la mejor decisión posible, pero, aun así, sobre su decisión acabarán influyendo fuertemente factores externos, como la opinión ajena, e internos, como los propios deseos inconscientes.

En nuestra sociedad actual, que glorifica la elección y enarbola la idea de que siempre elegimos en favor de nuestros intereses, el problema no radica tan sólo en el abanico de opciones que tenemos a disposición sino también en el modo en que estas se nos representan. Las elecciones de vida se plantean como si fueran elecciones de consumo: pretendemos hallar la vida «correcta» como si se tratara de encontrar el tipo correcto de acondicionar para el pelo o el color adecuado para el cuarto de estar. Nuestra cultura publicitaria plantea la búsqueda de una persona con quien casarse de modo no muy distinto de lo que es la búsqueda de un auto cero kilómetros: primero hay que calcular las ventajas y desventajas, luego se establece un acuerdo prenupcial, si las cosas salen se añaden las enmiendas que hagan falta y, en última instancia, se cambia el modelo viejo por uno nuevo, para acabar finalmente dando de baja la idea misma de un compromiso a largo plazo en favor de un acuerdo de usufructo temporario. 

[...] Lo único crucial para cualquier ideología es que no haya personas explícitamente descreyéndola. Para que se acate la opinión mayoritaria, lo único que importa es que las personas crean que es verdad que la mayoría de la gente cree en tal o cual ideología. 

[...] En todo proceso de sentir culpa por ser quienes somos y trabajar constantemente para «mejorarnos», perdemos la perspectiva necesaria para instigar cualquier cambio social. Al poner tanta energía en nosotros mismos perdemos la fuerza y la habilidad para formar parte de cualquier construcción de cambio y asistimos de manera continua al espectáculo angustioso de sentir que estamos fracasando. 

[...] Cuanto más nos obsesionamos con nuestras elecciones individuales, más difícil se hace observar que no son para nada individuales, sino que están sumamente influenciadas por la sociedad en que vivimos. 

La elección y el gran otro

A comienzos de los años setenta, Lacan planteaba que en una sociedad capitalista desarrollada la gente piensa lo social de un modo distinto. En una conferencia sobre el "discurso del capitalismo", desplegó la idea de que el capitalismo nos lleva a pensarnos como amos y a creer no solo que tenemos el control de nuestras vidas, sino que también podemos recuperar de algún modo la joussance* perdida.

¿Qué significa esto? En primer lugar, que el capitalismo nos crea la ilusión de que ya no estamos sujetados a la historia y a la genealogía, que somos libres de todos los marcadores conocidos. Pensamos que podemos elegir los objetos que nos brindarán satisfacción y hasta la dirección que habrá de tomar nuestra vida. En segundo lugar, que actuamos como si, por el hecho de tomar las decisiones adecuadas, pudiéramos realmente acercarnos a esa joussance siempre perdida. Emerge así la percepción de que el sujeto es un ser todopoderoso capaz de direccionar su vida conforme a sus deseos y de ubicar la joussance en determinados objetos de deseo. La felicidad depende tan solo de que sepamos ubicarla a apresarla.

Lacan se preguntaba si ese "discurso del capitalismo" representa un rechazo —o, mejor dicho, una forclusión— de la castración. Es una forclusión que surge cuando la sociedad abandona todos los límites y se abalanza tras el goce ilimitado. Deja de haber un padre simbólico, una ley. La pulsión de joussance a cualquier precio conduce a todo tipo de excesos y manías (alcohol, drogas, consumismo, adicción al trabajo). El capitalismo libera al esclavo y lo convierte en consumidor, pero el consumo ilimitado termina haciendo que el consumidor se consuma a sí mismo. 

Este enfoque pesimista ha abierto un debate respecto del modo en que el capitalismo afecta a la subjetividad. Una de las preguntas que se plantean es si existen nuevos síntomas psicológicos en la experiencia individual actual. ¿Acaso estos cambios radicales en la naturaleza de las prohibiciones sociales y en nuestra percepción del orden social han contribuido a incrementar los niveles de psicosis en las sociedades capitalistas desarrolladas?


 * La palabra joussance suele traducirse como "goce"; sin embargo, se pierde así el significado del original francés, que designa no solo el placer sino también un placer en el displacer: esto es, un cierto dolor que no necesariamente es disfrutable para la persona, pero al que, aun así, no puede renunciar. Por su complejidad, en textos que hacen referencia al psicoanálisis lacaniano este concepto se deja a menudo sin traducir. 

Jaime Nubiola (Invitación a pensar)

 Entre la sociedad y la soledad

Sociedad y soledad es el título del memorable libro de ensayos que el pensador norteamericano Ralph Waldo Emerson publicó en 1870, cinco años después de la Guerra Civil, como su colaboración a la ingente tarea de reconstrucción nacional. Fue un libro de gran éxito en su tiempo. Se tradujo al español hacia 1915, pero no ha sido reimpreso luego y hoy en día sólo está accesible en inglés. La fuerza de su título se encuentra, por supuesto, en la conjunción copulativa «y» que une esos dos elementos opuestos que todos llevamos dentro: las ansias de estar con los demás, de comunicarnos, de colaborar y el íntimo anhelo de soledad y de paz. «La soledad sola, sin recurso a la sociedad —ha escrito Callaway en su reciente edición de Society and Solitude— magnifica todas las diferencias y amenaza con la pérdida del contexto más amplio que fija los problemas del individuo y sus objetivos, y los hace inteligibles. La sociedad es el correctivo de los dogmatismo de la soledad». 

El filósofo británico Ray Monk centró su autorizada biografía de Bertrand Russell precisamente en la permanente tensión entre los conflictos que inevitablemente genera la convivencia y el temor a enloquecer que tantas veces acompaña a la soledad. A todos se nos ha encogido el corazón cuando en las calles de las grandes ciudades nos topamos con hombres o mujeres que, sin estar borrachos ni llevar el teléfono móvil, van hablando en voz alta. Casi siempre se trata de esquizofrénicos que dialogan con sus imaginarios interlocutores, con sus voces interiores, o hablan a gritos con los viandantes. Todos necesitamos un saludable equilibrio entre sociedad y soledad. Si hubiera que escoger entre una de las dos, Emerson elegiría la soledad, pero me parece a mí que es mejor, más humano y más razonable, elegir la sociedad, la convivencia con los demás. Esto es lo que quiero poner de relieve, sugiriendo también algunas pautas concretas como la de aprender a escuchar.

El peligro de la soledad

«La soledad vivifica, el aislamiento mata»., escribió el abate Joseph Roux en 1886. El peligro no es la soledad, sino el aislamiento, el encerrarse uno sobre sí mismo, quizá como consecuencia de las heridas recibidas en el trato con los demás. No es infrecuente en al ámbito profesional encontrarse con personas «quemadas»; tienen —se dice ahora— el síndrome del burn-out. Se trata de ordinario de personas brillantes, que intentaron con su trabajo cambiar el mundo, pero que con el paso de los años se vinieron abajo sobre todo por la falta de reconocimiento a su esfuerzo. Algo parecido ocurre en las familias y en todo tipo de comunidades y organizaciones sociales. 

Necesitamos crear entornos domésticos y laborales en los que sea posible la actividad individual, pero en los que haya también abundante comunicación, puesta en común, trabajo en equipo. Hace muchos siglos escribió Aristóteles que «no es fácil en soledad estar continuamente activo; en cambio, es más fácil con otros y respeto a otros». A veces quienes se creen náufragos, solitarios y aislados, se consuelan con la idea de que esa soledad les hace más libres, pero se trata de un error, pues de ordinario el aislamiento es totalmente estéril. Lo que necesitamos no es aislarnos, sino más bien un espacio físico que permita una cierta soledad a la hora de trabajar, de rezar, de encontrarnos con nosotros mismos. La actividad más solitaria es probablemente la escritura, pero —al menos para mí— se trata de una actividad eminentemente comunicativa, y quizá por eso se parezca mucho a la oración. Me impresionó hace algunos años el comentario de Jiménez Lozano: «Maurice Blanchot, glosando a Kafka, dice que escribir es una forma de oración. Y los es. O, si no, es cacareo». 

No me resisto a copiar una historia sencilla que me hizo llegar una filósofa mexicana y que lleva el título «más cerca». Dice lo siguiente:

    Había sólo un colegio para varios pueblos de aquella selva. Y no había carreteras. Tanto los alumnos como los profesores venían andando por los cuatro puntos cardinales. Uno de los maestros notó que su nuevo compañero, en lugar de ir directamente a casa al acabar las clases, se adentraba en el bosque procurando no llamar la atención. Intrigado, decidió seguirlo de lejos un día.

Había una piedra plana en un claro del bosque. Sobre ella estaba sentado, con las manos sobre sus rodillas, los ojos cerrados y la cabeza un poco inclinada. Era obvio que estaba rezando.

Al día siguiente, en un descanso, lo llamó aparte y le dijo: 

—Tengo que confesar que sentí curiosidad por tus «escapadas» al bosque, y ayer te seguí al acabar el colegio, y vi lo que hacías

—Ah, bueno —respondió el otro—. Sí, me gusta pasar un poco de tiempo tranquilo y en paz con Dios.

—¿Y hace falta esconderse en un bosque para eso?

—Bueno, allí puedo encontrar a Dios.

—Pero, ¿es que Dios no puede encontrarse en cualquier sitio? Donde quiera que vayamos, Dios es el mismo.

—Dios es el mismo, claro, pero yo no.

La historia ilustra bien la búsqueda de esa soledad que vivifica. Todos necesitamos ese espacio interior en el que llegamos a ser nosotros mismo. 

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