A consecuencia de esto, existe la tentación de llamar a los bárbaros, o más bien a las personas que se suponen que son bárbaras en sus costumbres, para rejuvenecer las culturas que envejecen. Es una vieja tentación. Me topé con ella en la obra de Herder, quien torna la representación habitual de un Imperio romano puesto patas arriba por las invasiones bárbaras en la imagen positiva de sangre nueva que fluye en un cuerpo envejecido. Dado que los invasores eran alemanes, uno puede sospechar cierta defensa pro domo.
A propósito de esta idea, un compatriota de Herder, a saber, Martin Heidegger, incluye una ligada a ella en sus célebres Cuadernos negros. Para él, el mayor peligro no es la barbarie, sino el intento de rescatar los «valores culturales superiores» a bordo de la balsa del cristianismo. Considera que la «cultura» es la forma fundamental de la barbarie. La barbarie no consiste en que la gente sea primitiva y esté privada de cultura, sino en que se eduque al pueblo o, en palabras de un funcionario nazi, en que se les «eduque» sin dejar de ser vulgares. En una nota temprana de alrededor de 1934, llega a considerar el nacionalismo, o más bien la imagen del mismo con la que todavía soñaba, «un principio bárbaro», siendo aquí la barbarie la parte esencial del nacionalismo y la que otorga su grandeza.
Permítanme hacer dos observaciones. Ambas son históricas, pero guardan relación con la situación actual. La primera de ella trata sobre el efecto positivo de las invasiones bárbaras. Debemos aclarar las diferencias. Puede que las llamadas invasiones bárbaras tuvieran un efecto positivo en la cultura de la antigüedad tardía, ya que los pueblos germánicos querían ingresar al Imperio romano no para destruirlo, sino para ser partícipes de sus beneficios. Más concretamente, sus líderes querían formar parte de la nobleza romana. Esto implicaba que estos líderes renunciaban parcialmente a su «identidad», es decir, que sacrificaban algunas de sus costumbre. Mis antepasados, reales o supuestos, las tribus galas, abandonaron la encantadora costumbre de quemar vivas a las víctimas humanas como ofrenda a sus dioses. Hay que reconocerles el mérito de haber sentido que otra cultura era superior y haber decidido no aferrarse a la suya. Por otro lado, algunos bárbaros, realmente bárbaros por naturaleza, quieren destruir la cultura en la que son admitidos y reemplazarla por la suya propia. Difícilmente podríamos decir que los jinetes mongoles, que eran nómadas, cponstribuyiron al progreso de la civilización cuando quisieron convertir los campos de cultivo europeos en pastos para sus caballos.
La segunda observación tiene que ver con el origen mismo de la mentalidad europea. Dos corrientes corrían paralelas entre los griegos: una que defendía la superioridad de los griegos, y otra que admitía el valor de una barbaros philosophia, que supuestamente se daba entre indios y judíos. Si los griegos se tomaron esto realmente en serio o en broma es algo en lo que no me voy a detener aquí. En cualquier caso, sin embargo, el mismos hecho de que se plantearan hipótesis de su posible inferioridad puede ser la mejor prueba de la superioridad real de la cultura griega. Las personas civilizadas son aquellas que comprenden que, bajo la fina capa de su propia cultura, la barbarie sigue amenazándolos desde adentro y debe mantenerse constantemente a raya mediante un esfuerzo prolongado.
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