Sigmund Freud (Relatos clínicos)

ZAPATOS

Hace meses asistía  yo a una muchacha de dieciocho años, en cuya complicada neurosis correspondía a la histeria buena parte. Lo primero que supe de ella fue que sufría accesos de desesperación de dos distintos géneros. En los primeros sentía timidez y picazón extraordinarias en la parte inferior de la cara, desde las mejillas hasta la boca. En los segundos estiraba convulsivamente los dedos de los pies y los agitaba sin descanso. Al principio no me sentía inclinado a adscribir significación alguna a estos detalles, en los cuales hubieran visto otros observadores anteriores a mí una prueba de la excitación de centros corticales en el ataque histérico. Ignoramos, ciertamente, dónde se hallan los centros de tales parestesias, pero sabemos que estas últimas inician la epilepsia parcial y constituyen la epilepsia sensorial de Charcot. La agitación de los dedos de los pies quedó por fin explicada del modo siguiente: cuando mi confianza con la enferma se hizo mayor, le pregunté un día cuáles eran los pensamientos que surgían en ella durante sus accesos, invitándola a que me los comunicase sin reparos, pues seguramente podía darme una explicación de aquellos fenómenos. La enferma se ruborizó intensamente y, sin necesidad de recurrir a la hipnosis, me dio las explicaciones que siguen, cuya realidad me fue confirmada por la institutriz que veía acompañándola. La muchacha había padecido, a partir de la presentación de los menstruos, y durante varios años, accesos de cephalea adolescentium que le impedían toda ocupación prolongada, retrasando así su educación intelectual. Liberada por fin de este obstáculo, la muchacha, ambiciosa y algo ingenua, decidió trabajar con intensidad para alcanzar a sus hermanas y antiguas compañeras. Con este propósito realizó excesivos esfuerzos, que acabaron en violentas crisis de desesperación al darse cuenta de que había confiado demasiado en sus fuerzas. Naturalmente, también se comparaba, en lo físico, con otras muchachas, sintiéndose desgraciada cuando se descubría alguna inferioridad corporal.

Atormentada por su marcado prognatismo, tuvo la singular idea de corregirlo ejercitándose todos los días largos ratos en estirar el labio superior hasta cubrir por completo los dientes que sobresalían. La inutilidad de este pueril esfuerzo le produjo un acceso de desesperación y, a partir de este momento, la tirantez y la picazón de las mejillas pasaron a constituir el contenido de una de las dos clases de ataques que padecía.

No menos transparente era la determinación de los otros ataques en los que aparecía el síntoma motor, consistente en la extensión y agitación de los dedos de los pies. Los familiares de la sujeto me habían dicho que el primero de estos ataques se desarrolló a la vuelta de una excursión por la montaña. Pero la muchacha me relató lo siguiente: entre las hermanas era costumbre antigua burlarse unas de otras por el excesivo tamaño de los pies. Nuestra paciente, a quien atormentaba este defecto de estética, intentaba siempre usar el calzado más pequeño posible, pero su padre se oponía a ello, anteponiendo la higiene a la estética. Contrariada la muchacha por esta imposición paterna, pensaba constantemente en ella y adquirió la costumbre de estar moviendo siempre los dedos de los pies dentro del calzado, como se hace si se quiere comprobar si el mismo está grande, o demostrar a alguien que aún podría usarse otro más chico, etc.

Durante la excursión, que no le produjo fatiga alguna, surgió la broma habitual entre las hermanas sobre el tamaño de sus pies, y una de ellas le dijo: <<¡Hoy sí que te has puesto unas botas que te están grandes!>>. La muchacha probó a mover los dedos dentro de ellas, pues también tenía la idea de que podía llevar un calzado mucho menor, y, a partir de ese momento, no cesó en todo el día de pensar en su desgraciado defecto. Luego, al volver a casa, sufrió un ataque, en el que por primera vez extendió y agitó convulsivamente los dedos de los pies, como símbolo mnémico de toda la serie de pensamientos desagradables que habían ocupado su imaginación.

Hemos de observar que se trataba de ataques y no de síntomas duraderos. Añadiremos además que, después de esta confesión, cesaron los ataques de la primera clase, continuando, en cambio, los de la segunda, o sea aquellos en los que la paciente agitaba los pies. No debió, pues, de ser completa su confesión en este asunto.

Mucho después he sabido que la ingenua muchacha se preocupaba tanto por su estética porque quería agradar a un joven primo suyo.

Federico Campagna (La última noche) Anti-trabajo, ateísmo, aventura

LA ÚLTIMA NOCHE

Es de noche y me encuentro en la cama de un hospital. Me han atiborrado de morfina y las imágenes que me rodean se mueven casi sin sonido. Un médico entra y sale de la habitación con una radiografía en la mano, sin decir nada. La enfermera muestra una silenciosa sonrisa profesional. No sé qué me está pasando, no lo entiendo. Sea lo que sea, me está ocurriendo en este momento. Y me ocurre a mí.

¿Qué es esto? ¿El final?

Siempre he aceptado crédulamente la fábula que dice que cuando llega el final, la vida de uno discurre ante los propios ojos como un relámpago, como si se tratase de un filme condensado en un instante. Así que cierro los ojos y espero a que comience la proyección en la pantalla anestesiada de mis párpados. Pero ninguna imagen aflora para regalarme un momento de cine barato. Ninguna construcción sentimental de los primeros besos, ni una escena reconfortable de un olvidado abrazo de mi padre. No siento nostalgia, ni paz interior. Solo una rabia afilada, a pesar de los sedantes.

Rabia por las horas que de niño pasé en la escuela, por las madrugadas de camino al trabajo, en medio de la niebla somnolienta de los trenes de cercanías. Rabia por los días de verano que veía transcurrir desde la ventana de la oficina, por las horas de más en el trabajo, por las desganadas coktail parties, por la diversión obligatoria. Rabia por todo lo que no hice y por todo lo que hice en nombre de una imperdonable obediencia. He malgastado mucha vida esforzándome en creer en los <<valores superiores>> de lo que hacía. He sacrificado abundantes energías en los estudios académicos, en el trabajo, en la buena conducta.

¡Qué sentido tenía todo, si ahora mi vida llegaba a su fin sin un retorno?

El médico entra, murmulla algo sobre una operación y me introduce un tubo en el tórax. La enfermera me cambia el suero. Me adormezco. Al final no me toca morir. Me he dejado llevar por el pánico y el melodrama, lo admito, y al despertarme siento algo de vergüenza. Pero la sensación de estar al borde de la muerte fue auténtica, y la rabia que sentí todavía me invade.

En los días siguientes, la idea de que pueda sucederme otro momento parecido vuelve a obsesionarme. No quiero que se repita del mismo modo. No quiero tener que verme de viejo en una cama de hospital, temblando de rabia por los años malgastados, que serían mucho más numerosos entonces que ahora. Si todas las promesas de las abstracciones en las que creía han resultado vacías y fraudulentas, la urgencia de aquellos pensamientos permanece vivida en su honesta realidad. Puede que la revolución no ocurra jamás, que el progreso solo sea una línea trazada en la arena y el éxito nada más que una zanahoria colgada del extremo de un palo, pero aquella rabia y el sentimiento desesperado de haber quemado el poco tiempo de que disponía, eso sí es real. Es un terreno sólido sobre el que construir.

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Nada calienta tanto los corazones como la idea de la madre patria. Se trata de algo más que un simple sentimiento de pertenencia geográfica. La madre patria es el futuro al revés, el horizonte de un esplendor desconocido, tan lejos de nosotros como inalcanzable nos resulta la promesa del paraíso. En efecto, es el paraíso mismo lo que debe de haberse proyectado sobre la impronta de la madre patria -o quizá la Madre patria haya sido modelada a imagen del paraíso- . Junto al resto de nuestros sueños, el de la madre patria no cesa de susurrarnos al oído, contándonos historias de nostalgia y pertenencia, desenmarañando fábulas de guerra contra sus enemigos, que desde ese momento se convierten también, y para siempre, en enemigos nuestros.
Hoy en día es casi imposible pretender desafiar la idea de la madre patria, el concepto de nación o la idea de la pertenencia étnica. Estos discursos son sueños, pesadillas, fantasías infantiles que anidan en la oscuridad del cuarto de noche, detrás de una puerta entornada. Para poder acusar de irrealidad una entidad tal como la madre patria, deberíamos poder observarla desde un lugar de absoluta e incontrovertible realidad: un lugar que no encontramos y en el que jamás nos hallaremos, rodeados de sueños. Vivimos encerrados en un sueño, rodeados de sueños. Aun así, hay una gran diferencia entre las alucinaciones de un soñador crédulo -dispuesto a morir por el fantasma de la madre patria- y el práctico escepticismo del soñador lúcido.

Néstor García Canclini (El mundo entero como lugar extraño)

EL MÉTODO

Hablé, sin nombrarlo, de cómo se volvió insostenible el método deductivo: ¿dónde está la teoría social en este tiempo globalizado y disperso, o sea interdependiente y errático, que permite extraer consecuencias observacionales, explicar por qué los actores obran de maneras tan diferentes e inestables?

También el método inductivo es inconducente: ¿a dónde nos lleva la acumulación de datos o experiencias? ¿Cuándo tiene sentido detenerse para establecer cómo se organizan interacciones siempre variables, que sólo de a ratos perseveran?

Entre las iluminaciones de uno y otro método, que —no vamos a negarlo— produjeron conocimientos (insuficientes), me llama la atención la actitud epistemológica de poetas como Arnaldo Calveyra, tan sutiles para ver «la luz que milagrosamente se recupera de entre las cenizas de dos fuegos mal apagados». Un escritor español, José Ángel Cilleruelo, desconcertado por su modo de alternar, hasta en un mismo texto, poesía, narración y teatro, le preguntó:

—Qué límites internos cree usted que existen hoy entre los géneros?

—Ninguno, no existe ningún límite interno cuando uno lo que de veras busca es una suerte de incandescencia de la palabra que se vuelve palabra poética... En mi caso no veo discontinuidad entre escribir un cuento y escribir un poema o una pieza de teatro. Yo siempre digo en broma que llegué tarde al reparto de géneros...

Marina Mariasch y Santiago Llach lo entrevistaron sobre el método para el suplemento «Grandes Líneas» del periódico El Ciudadano:

—¿Después de tantos años de escribir fue encontrando técnicas o mecanismos para llenar una página en blanco?

—Si tuviera eso me dedicaría a otra cosa. La curiosidad es empezar de nuevo. Si uno supiera hacer las cosas sería aburrido. La escritura es una tarea de curiosidad con la lengua en máximo grado.

Alguien podría responder que en la ciencia no se trata de no aburrirse sino de conocer. Sería posible argumentar que las dos situaciones no están alejadas. Pero escuchemos a científicos sociales que también son artistas y hallaron en la creatividad claves para hacer ciencia.

En vez de la literatura, puede ser la música. Robert Faulkner y Howard Becker, jazzistas y sociólogos, quisieron entender cómo los músicos que trabajan en bares y fiestas —es decir, sitios donde descubren que tienen que tocar una variedad de piezas que no siempre conocen con anticipación— pueden tocar juntos con poco o ningún ensayo y con un mínimo de música escrita para orientarse. «Creíamos tener una respuesta simple, pero certera: son capaces de hacerlo porque saben la misma música, las mismas canciones. Pero eso no era cierto; no todos sabían las mismas canciones. Muchos de ellos conocían varios temas en común, pero muchos otros no sabían tal canción o tal otra, y el músico que confiara en que todos pueden tocar algo correría el riesgo de cometer un grave error».

¿Cómo crean los músicos una actuación si no pueden confiar en que todos sepan un repertorio común? La actuación proviene tanto de lo inventado como de lo ya sabido. «Prestamos atención al continuo proceso de ajuste mutuo a través del cual se comparten al pasar fragmentos de conocimiento, que se combinan para producir una actuación suficientemente buena para la ocasión y sus participantes. Al igual que cualquier otra actividad que varias personas emprenden juntas, lo que hacen los músicos de jazz no es aleatorio ni desarticulado, pero tampoco totalmente fijo y predecible. Las proporciones varían de un momento a otro y de un lugar a otro, pero las actuaciones siempre mezclan las dos cosas, y los términos de la mezcla no son una simple aplicación de maneras conocidas de llegar a un acuerdo, sino más bien una creación del momento». 

Faulkner y Becker no llegaron a esa certeza a través de un razonamiento teórico ni deduciéndola de compromisos estéticos, filosóficos o sociológicos anteriores. Fue mediante la observación directa. «Lo que hemos descrito no es lo que pensamos que los músicos deberían hacer, ni lo que desearíamos que hicieran, ni lo que harían si estuvieran haciendo cosas bien de acuerdo con algún criterio. En cambio, hemos descrito lo que hacen, según pudimos verlo, registrarlo y entenderlo. Por lo tanto, en última instancia, la pregunta que hemos respondido no es la que teníamos al principio, sino la que aprendimos a formular al avanzar en nuestro trabajo: ¿cómo hacen los músicos para combinar saberes parciales y lograr crear una actividad colectiva suficientemente buena para la variedad de gente involucrada en el evento?»

A través de esa observación, dispuesta a dejar lo que habían aprendido en corrientes sociológicas que ellos mismos enseñaban en universidades, llegaron a darse cuenta de que muchos no músicos, que se ocupan de otras prácticas —curar, robar, drogarse— en vez de actuar ejecutando rutinariamente un programa que todos sus colaboradores conocen a la perfección, están alertas cada día a lo que están haciendo otros y ajustan continuamente su acción según lo que van oyendo y viendo. Más que descubrir leyes que existirían antes de que los miembros de un grupo actúen, más que sociedad y cultura como algo ya instalado, encuentran «repertorios» para usar, complicaciones, conflictos, deslices, como ocurre cuando diversas personas tratan de hacer algo juntas.

Hans Jonas (Poder o impotencia de la subjetividad)

INTRODUCCIÓN A LA EDICIÓN ESPAÑOLA

[...] Podríamos decir que Jonas defiende una imagen del hombre como un ser imperfecto pero esencialmente libre y, en tanto que libre, sujeto moral. Sin embargo, al haberse convertido en objeto de su propio poder tecnológico, la imagen del hombre se encuentra amenazada. Ejemplo de ello lo encontramos en la medicina. Los grandes avances de esta disciplina han contribuido a alargar inusitadamente la esperanza de vida y a mejorar mucho el estado de salud. Sin embargo, las técnicas de prolongación de la vida y los nuevos tratamientos han planteado problemas éticos como la eutanasia, la renuncia voluntaria al tratamiento, etc, al extremo de imponer la necesidad de hablar de un «derecho a morir dignamente». Las investigaciones en el campo de la genética, por otra parte, amenazan con agredir directamente esa imagen del hombre y están planteando serias preguntas de índole moral: su conveniencia, si las aplicaciones médicas pueden justificar el uso de embriones humanos para la experimentación; y también muchas hipótesis que suscitan todavía dudas: la clonación humana, la sombra —que proviene de un pasado nada remoto— de la eugenesia y el paso de ésta a la tecnología genética, es decir, la aplicación de la capacidad creativa y transformadora del Homo faber aplicada a sus iguales. Cuestiones que hasta ahora eran tratadas en la literatura de ciencia ficción, con ejemplos ilustres, como Un mundo feliz, de Aldoux Huxley, o 1984, de George Orwell, deben ser recogidas con urgencia en la reflexión ética y hay que generar una casuística acorde con la problemática que plantean. 

Esa realidad nueva impone la necesidad de crear nuevos principios, y también una metodología desconocida, lo que Jonas denomina la «heurística del temor». La ética de la responsabilidad se dota de principios, los inventa o halla —eurísko— a partir de «aquello que hay que evitar». Es, pues, una metodología negativa, que parte del conocimiento del malum para establecer dónde radica el bonum, y generar entonces los principios que obliguen a su preservación. La filosofía moral «tiene que consultar antes a nuestros temores que a nuestros deseos». 

El saber de ese malum, aunque no puede aspirar más que a ser un saber probabilístico, se impone como el primer deber de la ética, y es suficiente «para los fines de la casuística heurística que se coloca al servicio de la doctrina de los principios éticos». La casuística clásica pone a prueba los principios ya conocidos; la casuística de la ética de la responsabilidad, a través de la heurística del temor, rastrea y descubre los todavía desconocidos. Los nuevos principios no pueden ser apodícticos, sino que se generan a partir de, y se basan en, probabilidades, pero no por ello dejan de tener valor moral y, dadas las circunstancias, se imponen como necesarios. 

En el ámbito de la experimentación científica la heurística del temor adopta la forma de un rotundo in dubia contra projectum, el imperativo fundamental para el cuerpo científico es la prudencia, y también la modestia en los fines: hay que dar mayor crédito a las profecías catastróficas que a las optimistas. El principio de responsabilidad exige en cierto modo una especie de «política científica» que va más allá de los valores propiamente científicos como el respeto al procedimiento, la neutralidad ante los resultados, el honor a la verdad. Jonas no se opone al progreso científico ni al tecnológico, pero advierte que éste debe ser responsable y rompe con los tópicos de la neutralidad, la inocencia y la independencia de la práctica científica. La investigación científica actual es subsidiaria en gran medida de los resultados que genere su aplicación práctica, y es desde esta perspectiva que se orienta la investigación, la dirección hacia la que debe buscar, además de que la financiación depende de inversiones públicas o privadas que se producen con la expectativa de algún beneficio posterior en forma de aplicación tecnológica. Al haber desaparecido la frontera entre teoría y práctica, cualquier investigación en el campo de la ciencia debe ser sometida a examen por parte de la ética. Esta reflexión se puede llevar a cabo desde una opinión pública bien informada, desde un humanismo científicamente informado y advertido de los peligros de ciertas orientaciones de la investigación. Es, no obstante, en el seno del cuerpo científico donde esta conciencia de la responsabilidad debería hacerse práctica habitual. Como decíamos más arriba, una buena guía de actuación podría ser el imperativo de mantener incólume la imagen del hombre.

[...] La propuesta jonasiana puede caracterizarse como una invitación a que la humanidad se imponga y persiga unos fines más modestos, tanto en lo tocante al control sobre la explotación del medio natural como hacia sí mismo y su ansiada perfección. Sin embargo en la obra de Jonas no hay lugar al pesimismo, todo lo contrario, esa admiración por la dignidad del hombre y esa esperanza, también modesta pero real, en su capacidad de ejercer un control sobre su propio saber, conmueven al lector, que acaba entendiendo que el afán prometeico del hombre tiene o se impone que tenga límites, y que el reto —éste nada modesto— es la construcción y la perpetuación de la dignidad humana dentro de ellos.

Illana Giner

Gilles Lipovetsky (Metamorfosis de la cultura liberal)

La ética de los negocios se me antoja una exigencia de fondo, un tipo de interrogación acerca del futuro en un momento en que triunfa el capitalismo liberal y en que se intensifican las peticiones de seguridad y de identidad. Sin embargo, eso no impide señalar los límites del fenómeno, los callejones sin salida y quizá incluso las contradicciones de la gestión de empresas a través de los valores. Conocemos las desafortunadas aventuras de esos proyectos más o menos impuestos por la dirección y que no se traducen en nada concreto en la realidad cotidiana de la empresa. El proyecto de empresa pone en primer plano los valores compartidos, la comunicación, la transparencia, la responsabilidad del todos. Pero, al mismo tiempo, el marco sigue siendo autoritario y las políticas de negociación desconocidas. De cara a la galería se enarbolan la comunicación y la cohesión de la comunidad, mas en realidad lo que prevalece son las prácticas de fusión y de adquisición salvajes de las empresas, las oleadas masivas de despidos, la ausencia de participación y de diálogo social. La empresa celebra los valores de la calidad y la responsabilidad, pero, por lo que se refiere a los hechos, hay que hacer números y contar con un margen de ganancias, obtener resultados a corto plazo, incluso en detrimento de la calidad de los servicios. Se despide al personal por razones de rentabilidad económica insuficiente, lo cual resulta a todas luces desastroso, tanto para la implicación de los trabajadores como para la imagen a largo plazo de la empresa. En todos esos casos, no podemos por menos que ver en esta preponderancia de los valores éticos una forma nueva de mistificación.

De hecho, la movilización de los hombres y de las mujeres requiere ante todo una nueva filosofía de la gestión de empresas, que permita ampliar la responsabilidad real de las personas a todos los niveles de la vida de la organización. Sin cambio efectivo que cumpla las condiciones de reconocimiento, de distribución, de formación, de responsabilidad, la gestión de empresas a través de los valores se reduce, en el mejor de los casos, a piadosas fórmulas, y en el peor, a manipulación. La exigencia ética clama por algo distinto de la liturgia de los valores. Pide cambios concretos y organizacionales, una nueva forma política de gestión basada en el compañerismo y la participación. Para decirlo de otro modo, sin ética la empresa moderna carece de legitimidad y de adhesión; ahora bien, la ética reducida a sí misma, sin una política social ambiciosa por parte de la empresa y sin reparto de responsabilidades, resulta impotente. Incluso corre el riesgo de aparecer como un nuevo medio de manipulación de las personas, un artilugio comunicacional que engendre escepticismo y desmovilización. 
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¿Fragilidad de las nuevas democracias liberales? En efecto, si ponemos el acento en el desinvestimiento individualista en la cosa pública, en el sentimiento creciente de ingobernabilidad del conjunto colectivo, en el descrédito de las élites estatales, en la penetración, limitada pero real, de la extrema derecha... Pero ¿cómo no subrayar, al mismo tiempo, la solidez de las democracias liberales, reconciliadas desde hace poco con sus principios fundacionales y que se ordenan en torno a los derechos del hombre, erigidos en centro de gravedad ideológica y en referente consensual? Por primera vez desde finales del siglo XVIII, las sociedades liberales ya no tienen otro proyecto político que la democracia. Ningún gran partido incluye ya en su programa la destrucción de las instituciones de la libertad, ningún gran partido reivindica ya el uso de la violencia política. Este dato histórico es radicalmente nuevo, y constituye una oportunidad fundamental para las sociedades liberales.

[...] En tiempos de liberalismo mediático, se observa, es cierto, una gran volubilidad de los electores, una adhesión más fluctuante, una identificación menos intensa con las familias políticas. ¿Fracaso de la ciudadanía democrática o mayor autonomía de los electores en relación con los partidos? En la actualidad, los ciudadanos que se manifiestan de acuerdo tan sólo con una parte de las ideas del partido al que tienen intención de votar son más numerosas que aquellos que se adhieren a la mayoría de esas mismas ideas. Al tiempo que la inestabilidad electoral se incrementa, un número creciente de ciudadanos se muestra vacilante, cada vez menos seguros de su elección definitiva en el momento de votar. Si bien tales comportamientos pueden expresar cierto consumismo electoral, atestiguan asimismo una mayor libertad de la opinión pública, un menor confinamiento ideológico y social de los electores.

En las democracias de partidos, en efecto, el voto expresaba ante todo una identidad de clase; los electores solían votar como sus padres, partido contra partido, y más en función de su posición social y económica que en razón de opciones personales. Así, tendían a votar durante largos períodos al mismo partido, reconocido como el instrumento de su interés de clase. La novedad estriba en el hecho de que los ciudadanos posmodernos ya no marchan como «tropas» disciplinadas; al haber dejado de estar «a la orden«, se orientan de manera más individual en función de los programas presentados por los líderes, y cambian de voto según la naturaleza y los envites de las elecciones. Volubilidad electoral que registra la dinámica de lo político. La deliberación pública no se ha volatilizado, se ha difractado en el cuerpo social a través del electorado flotante e informado, así como de los medios.

Stendhal (Rojo y negro)

En las reuniones, siempre que no se hablase con ligereza de Dios, del clero, o del rey, de las altas personalidades, de los artistas protegidos por la corte  de las instituciones, y no se hicieran observaciones favorables sobre Béranger, ni sobre la prensa de la oposición, ni sobre Voltaire ni sobre Rousseau y, sobre todo, siempre que ni de lejos se hablase de política, reinaba la más absoluta de las libertades, todo el mundo podía discutir lo que le viniera en gana.

Pese al buen tono, a la corrección perfecta, al deseo de agradar y a la libertad de que en los salones se gozaba, es lo cierto que el aburrimiento se destacaba en todos los frentes. Los hombres maduros medían sus palabras y los jóvenes, temiendo dejar traslucir su pensamiento, callaban después de haber pronunciado cuatro frases buscadas sobre Rossini o sobre el tiempo que hacía.

Observó Julián que solían mantener viva la conversación dos vizcondes y cinco barones, que el marqués conoció y trató durante la emigración. Los señores en cuestión gozaban de rentas que ni bajaban de seis mil francos ni pasaban de ocho mil. Cuatro eran partidarios del Seminario y tres de la Gaceta de Francia. Uno de ellos traía preparada todos los días una anécdota sobre Château, en cuya narración prodigaba hasta el infinito el adjetivo admirable.  Julián observó que tenía cinco cruces, al paso que los demás no poseían más que tres.

A cambio de estos inconvenientes, en la antecámara hacían guardia permanentemente diez lacayos, y de cuarto en cuarto de hora se servían helados o té, aparte de que, a las doce en punto de la noche, los contertulios se sentaban a la mesa para hacer los honores a una especie de cena, rociada con champaña.

Era ésta la causa que obligaba a Julián a permanecer en el salón hasta el fin, pues ni le interesaron nunca a él, ni pudo comprender que hubiese personas a quienes interesasen los rostros de los interlocutores, sospechando que ellos mismos se burlaban de lo que estaban diciendo.

Y no era Julián el único que echaba de ver aquella asfixia moral; la respiraban todos, pero unos se consolaban engullendo helados y más helados, y otros la daban por bien empleada a truque de poder decir más tarde: «Salgo del palacio de los marqueses de la Mole, donde he sabido que Rusia...»

Uno de los aduladores dijo a Julián que no hacía seis meses que la marquesa había premiado una asiduidad de más de veinte años haciendo prefecto al pobre barón Le Bourguignon, que era subprefecto desde la Restauración. El suceso encendió el celo de todos aquellos señores que, ni antes hubiesen necesitado causas muy poderosas para enojarse, después no se hubiesen enojado por nada. Muy contadas veces se hacía a nadie objeto de desatenciones directas, pero Julián había sorprendido en dos o tres ocasiones diálogos breves, entre el marqués y su mujer, muy crueles para algunas de las personas que frecuentaban la casa. No es de extrañar: personajes tan nobles no suelen tomarse la molestia de disimular el desdén sincero que les merecen las personas que no se sientan en las carrozas del rey. Observó Julián que sólo la palabra Cruzada daba a sus rostros una expresión de mezcla de seriedad profunda y de respeto. 

En medio de tanta magnificencia y de tanto aburrimiento, Julián no mostraba interés más que al marqués. Un día oyó decir a éste que no había tenido arte ni parte en el ascenso del pobre Le Bourguignon. Su frase envolvía una atención para la marquesa, pues Julián sabía la verdad del asunto por conducto del cura Pirard. 

Una mañana el ex rector trabajaba con Julián en la biblioteca. Les embargaba el pleito eterno del vicario general Frilair contra el marqués.

—¿Es obligación aneja al cargo que desempeño comer todos los días con la señora marquesa— preguntó de pronto Julián—, o es una bondad que tiene conmigo?

—¡Es un honor insigne que te dispensan! —contestó el cura, escandalizado—. Un honor que el académico señor N. no ha logrado obtener para su sobrino el señor Tanbeau, con quince años de asiduidades.

—Ese honor es para mí la obligación más penosa de mi cargo —replicó Julián—. Mucho me fastidiaba en el seminario, pero no tanto como aquí. ¿Pero no es natural que me fastidie yo, si más de una vez he visto bostezar a la señorita Matilde, que indudablemente debe de estar muy acostumbrada a las amabilidades de los amigos de la casa? Pienso con espanto que algún día voy a dormirme... ¿Porqué no me consigue usted permiso para que pueda irme a comer a cualquier modesta posada?

El ex rector, de humilde cuna, creía que es un honor insigne sentarse a la mesa de un gran señor. Mientras trataba de inculcar este sentimiento en el alma de Julián, oyó un rumor ligero que le obligó a volver la cabeza. Julián se encontró con la señorita Matilde, que lo había oído todo. Nuestro héroe se puso colorado como una amapola, pero tuvo el consuelo de ver que aquélla le trataba con consideración.

«Éste, al menos —pensaba Matilde—, no ha nacido de rodillas... ni es tan feo como el viejo»

En la mesa, Julián nos e atrevió a mirar a la señorita Matilde, pero ésta se dignó dirigirle la palabra. Aquel día esperaban en la casa a mucha gente, y como las jóvenes de París no gustan de la conversación de las personas de edad provecta, sobre todo si visten con cierto desaliño, indicó a Julián que no se fuese. Ya antes había observado aquél que los colegas del barón Le Bourguignon tenían el honor de ser tema ordinario de las chanzonetas de la señorita Matilde, pero en el día que nos ocupa, hubiese o no afectación de su parte, es lo cierto que estuvo cruel con los fastidiosos. 

La señorita de la Mole, era el centro de un grupito que casi todas las noches se formaba a retaguardia del inmenso que rodeaba a la marquesa, que componían el marqués de Croisenois, el conde de Caylues, el vizconde de Luz y dos o tres oficiales jóvenes, amigos de Norberto o de su hermana. Todos estos señores se sentaban en un gran canapé azul. Junto al canapé, y frente a la butaca que ocupaba la encantadora Matilde, se había sentado silenciosamente Julián, en una silla bastante baja. Todos los reunidos envidiaban aquel modesto puesto. Ordinariamente, Norberto dejaba en buen lugar al secretario de su padre, dirigiéndole la palabra o nombrándoles dos o tres veces cada noche, pero en la velada que nos referimos, Matilde le preguntó qué elevación podría tener la montaña cuya cumbre sirve de emplazamiento a la ciudadela de Besançon. No pudo decir Julián si la montaña en cuestión era más o menos alta que Montmartre, y así lo confesó, porque si es cierto que reía de todo lo que en el grupito se decía, no lo es menos que se sentía incapaz de imitar la inventiva de los que lo formaban. Para él, se hablaba allí una lengua extraña que comprendía, pero que no sabía hablar.

El grupo de Matilde, había declarado aquel día la guerra más encarnizada a cuantas personas entraban en el vasto salón. Como es natural, merecieron la preferencia los amigos de la casa, por lo mismos que se les conocía mejor. Comprenderá el lector que Julián fue todo oídos, porque si mucho le interesaba el fondo de las cosas, no le agradaba menos la manera de decirlas.

—¡Ah! ¡Ya tenemos allá al señor Doscoulis!— dijo Matilde—. Ha suprimido la peluca por artículo de lujo. ¿Querrá asaltar la prefectura sentando los pies sobre el genio? La antorcha de éste brilla con esplendor en su frente calva, llena de elevados pensamientos.

—Es un hombre que conoce toda la tierra—contestó el marqués de Croisenois—. También frecuenta los salones de mi tío el cardenal. Cultiva durante años enteros una mentira distinta con cada uno de sus amigos, y cuenta que sobre doscientos a trescientos. No hay quien le gane a alimentar la mistad: es su especialidad. Ahí donde ustedes le ven, más de una vez se le ha visto sentado a la puerta de la casa de uno de sus amigos a las siete de la mañana, en pleno invierno. Periódicamente regaña con éstos, para darse el gustazo de escribirles siete u ocho cartas con motivo de las diferencias: se reconcilia luego, y la reconciliación le da pie para escribir otras tantas epístolas rebosantes de cariño y pródigas en frases tiernas. No hay que culparle; inspira las cartas la expansión franca y sincera del hombre honrado, en cuyo corazón no caben los resentimientos. Sobre todo, siente la necesidad de expansionarse en esta forma cuando desea pedir algo. Uno de los vicarios generales de mi tío está graciosísimo cuando narra la historia de nuestro hombre a partir de la Restauración.

Josep M. Esquirol (El respeto o la mirada atenta) Una ética para la era de la ciencia y la tecnología

La salida del egoísmo

La visión no es cierto modo del pensamiento o presencia de sí mismo: es el medio que me es dado para ausentarme de mí mismo [... ]                                                                             Merleau-Ponty

El perfecto egoísta no respeta a nada ni a nadie, no conoce lo que es el respeto, porque sólo piensa en sí mismo, porque su alicorta mirada está demasiado distorsionada por sus omnipresentes intereses, porque la alargada sombra de su yo se proyecta por todas partes, porque son tales las dimensiones de su ego que no le queda ningún espacio para percibir realmente al otro o a lo otro.

Evidentemente, no hace falta repetir muy a menudo «yo» para ser egoísta; este modo de ser puede estar latente bajo formas mucho más sutiles y no por eso menos intensas. Por supuesto, hay maneras de detectarlo y también advertir cuándo no es el caso. De hecho, la verdadera admiración y el auténtico respeto son excelentes síntomas de una personalidad no egoísta. 

El egoísmo es analizable como característica que se da en un determinado tipo de sociedad —y, dese luego, la nuestra es una sociedad que lo promueve—, como cual tendencia que surge de lo más hondo del ser humano. Así, por ejemplo, y contra lo que a primera vista parece, incluso la «piedad» de Rousseau está subordinada, en cierto sentido, al egoísmo —como, por lo demás, el propio Rousseau lo reconoce—. Cuando el punto de partida es el individuo, da la impresión de que ya no hay manera de salir de su red de intereses. Por eso, al poner en relación el pensamiento occidental con el chino, se ha de notar que aun en autores que parece que hablen de lo mismo, la diferencia decisiva está en si en el punto de partida hay una visión individualista del ser humano o una visión holista en la que el ser humano se le presenta integrado en alguna unidad superior. Así, por ejemplo, en un sugerente estudio en el que F. Jullien compara a Rousseau con Mencio, se demuestra que en el pensador chino lo que funda la moral es la compresión «transindividual».

Pues bien, con la ética de la mirada atenta, o del respeto, para librarse del egoísmo no se requiere, ya de principio, una teoría metafísica que dé cuenta de una determinada unidad-totalidad de la que el ser humano forme parte, sino que en el mismo ejercicio de la atención se está logrando la superación del egoísmo. Porque cuando se atiende, el yo como que se anula fundiéndose con el objeto de la atención, rindiéndose ante la belleza y las exigencias de lo otro. La ética del respeto, pues, se enfrentaría al egoísmo con un planteamiento más epistemológio que metafísico, lo cual es una ventaja, por permitir que, a posteriori, pueda aliarse a concepciones del mundo de muy diversa índole.

Prestar atención es mirar de forma desinteresada, sin ceder al vértigo de la posesión ni de la presunción, y es, sin duda, el mejor antídoto contra la autocomplacencia. Con este ejercicio, las tendencias egoístas quedan desplazadas o aplazadas, y, puesto que estas tendencias se dan siempre, la moralidad podría definirse como un esfuerzo para aminorar o incluso superarlas. Determinadas así las cosas, la atención se mostraría una vez más como la esencia de la moralidad. Y, además, se explicaría también la proximidad entre la moral y el arte. El buen pintor es lo que él mira: su mano se mueve con el pincel en el extremo. El pintor está atento y admirado de aquello que quiere reproducir sobre la tela. Se parece al demiurgo de Platón, que, con la mirada puesta en las ideas o los modelos, daba forma, con sus manos, a la materia indeterminada.

El principal enemigo de la excelencia moral es la exacerbada fantasía personal: el tejido de autoagradecimiento y los consoladores deseos y sueños que le impiden al sujeto ver lo que hay fuera de él. La conducta mediocre es la continuada afirmación del yo, la distorsión de la mirada que el egoísmo implica. En cambio, la apreciación de lo realmente justo procede de un control del egoísmo que facilita el atenerse a lo que son las cosas. Aminoramos así nuestro ser con el fin de atender a la existencia de algo más. 

Contra lo que pueda parecer y tendemos a creernos, no estamos en modo alguno acostumbrados a mirar el mundo real. Nuestro acelerado ritmo de vida, las ocupaciones y, sobre todo, nuestro autocentramiento, nos lo alejan. La mirada sencilla y serena, nos lo acerca, nos lo hace presente. 

Reconstruyendo una hipotética situación: autocentrado en mí mismo, obsesionado por un proyecto frustrado y por el daño ocasionado a mi prestigio profesional, me encuentro en mi escritorio, ante la ventana abierta. De repente, mi mirada se dirige hacia fuera, atenta al color rojizo del cielo sobre las montañas. Ese color me fascina. Mi atención se ha desplazado. El centro ya no es mi propio ego, la atención está toda ella puesta en ese precioso atardecer. La belleza de la naturaleza, como la belleza del arte, paralizan mi autoconcentración y mi vanidad. No soy yo lo que importa, sino lo que tengo ante mí. El yo, dolido por su dañada vanidad ha desaparecido. En su lugar, un yo atento a la belleza del mundo. Es tan grande y tan infinito…el mundo…y son tan misteriosas y profundas algunas personas que me rodean… Luego, al dejar de prestar atención al cielo, es muy probable que la anterior preocupación sea percibida en su más justa medida. Puede que ya no le dé la misma importancia; es poca comparado con la infinitud del cielo y esa belleza cromática. Y, por supuesto, lo decisivo no son las inimaginables medidas espaciales del cielo; lo mismo podríamos decir si la atención, en lugar del cielo, se hubiera detenido en las lentas curvas de un camino campestre, o en el juego de los niños, o en la silueta de una vieja casa… Lo que sí es decisivo es el distanciamiento de uno con respecto a sí mismo; he ahí la bondad y las virtualidades de la atención.

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