Paolo Benanti (El colapso de Babel) El fin del sueño de internet

PSICOPOLÍTICA

EL «MEDIERO DIGITAL»

En los últimos años, frente a los desafíos de la digitalización primero y de la inteligencia artificial después, hemos comenzado a interrogarnos cada vez más sobre el significado de esta transformación. Algunos se han detenido en el papel de la información, entendida como clave interpretativa de lo que estaba ocurriendo, identificando en ella una verdadera galaxia de intereses organizados o una suerte de fuerza pseudo-metafísica que inevitablemente daría forma a la realidad. Otros han profundizado en las dinámicas capitalistas y de monetización de la vigilancia que ha acompañado el advenimiento de la datificación de lo real.

A pesar de lo interesantes y sugerentes que resulten estas perspectivas, si se examinan con detenimiento, revelan ser incompletas, por lo que parece oportuno enriquecer el análisis incorporando otro enfoque: el de los denominados estudios de software. Este término se acuñó siguiendo el modelo de los estudios de género, un campo de investigación académica interdisciplinar que pretende analizar las construcciones sociales, culturales y políticas asociadas a la concepción del género como elemento de poder. De manera análoga, los estudios de software examinan el software no solo como un artefacto técnico, sino también como un fenómeno socio-técnico con un impacto significativo en la sociedad y la cultura. Esta perspectiva busca demostrar que el software no es simplemente un componente técnico de una máquina programable, sino un auténtico dispositivo de poder que, partiendo de los aspectos técnicos, ejerce una influencia organizativa, legal y ética. De facto, debemos reconocer que es el software —y no la información o los datos— lo que cada vez más define y moldea nuestra realidad. Baste recordar los ejemplos mencionados anteriormente sobre los «extras» de Tesla y Audi (donde se activan ciertas funciones del vehículo solo si se desbloquea el software).

Tomar conciencia de este salto hacia una realidad definida más por el software que por la materia nos ayuda a comprender los desafíos a los que nos enfrentamos. Esta perspectiva también tiene implicaciones que podríamos calificar de metafísicas, ya que, en última instancia, altera el mismo decorado del mundo. Desde un punto de vista político-económico, este cambio conlleva importantes consecuencias. El software, de hecho, convierte la materialidad en casi una commdity de la ejecutabilidad y nos lleva a preguntarnos, al final, qué significa hoy en día poseer un objeto definido por un software: ¿somos realmente sus dueños o simplemente arrendatarios que debemos pagar una y otra vez?

Hemos visto, además, que la transformación llevada a cabo por las plataformas sociales digitales fue posible gracias a la difusión de los smartphones. Debemos preguntarnos qué implica este cambio en la realidad para el tema que estamos analizando. Poseer un smartphones pero tener el software que le permite activarse y contar con diversas funciones bajo licencia significa que, mientras el usuario es propietario del dispositivo físico, el software que lo hace funcionar no es de su propiedad: el usuario solo tiene derecho a utilizar el software según los términos establecidos en el contrato de licencia. Esto quiere decir que, aunque el usuario tenga el control completo sobre su smartphones, el software que lo hace funcionar está sujeto a los términos y condiciones establecidas por su creador, limitando lo que el usuario puede hacer con el dispositivo.

En el derecho romano, la propiedad se definía como el disfrute absoluto de un objeto o de una entidad corpórea. A esto se asociaban diversos elementos. El usus era el derecho que el poseedor tenía de usar el objeto según su destino o naturaleza; el fructus era el derecho de recibir los frutos, es decir, el aprovechamiento económico, y se refería a los frutos que podían recogerse periódicamente sin alterar la sustancia del bien mismo; el abusus era, en cambio, el derecho de disposición basado en el poder de modificar, vender o destruir el objeto o la entidad en cuestión.

Dado que lo que nos arrebata esta difusión del software como elemento clave de la realidad es el fructus, resulta evidente que se nos priva de la posibilidad de obtener beneficio económico del bien. En el caso de los smartphones, el derecho al fructus podría incluir la facultad de vender el dispositivo, alquilarlo o utilizar el software y las aplicaciones para generar ingresos: los usuarios no gozan del pleno derecho al fructus porque los fabricantes y desarrolladores de software conservan los derechos de propiedad intelectual y de explotación económica [...]

El hecho de que hoy vivamos en un contexto donde la realidad está cada vez más definida por el software—lo que he denominado Software Defined Reality— y la privación del fructus al usuario, nos plantea interrogantes sobre quién detenta el poder en el espacio público. Sin embargo, antes de abordar explícitamente esta cuestión —tarea que reservamos para la última parte de este recorrido—, debemos examinar cómo durante la segunda década de este siglo las plataformas sociales digitales asumieron de facto un rol político.

REDES SOCIALES Y POLÍTICA

En las primeras dos décadas de este siglo, el smartphones se ha erigido como símbolo e instrumento de una transformación socioeconómica más amplia. Greenfield, en su obra Tecnologías radicales, destaca cómo la evolución del smartphones, de objeto utilitario a mediador universal de la vida cotidiana, logró sustituir una miríada de objetos y prácticas preexistentes. Esta centralidad lo convierte, según Byung-Chul Han, en un «objeto de devoción de lo digital», análogo al rosario para las generaciones anteriores. La dependencias que genera lo transforma en instrumento de control, delegando en el individuo la responsabilidad de su propia vigilancia a través de selfis, geolocalización y compartición constante. 

Es Shoshana Zuboff quien muestra cómo el smartphones, con su capacidad para rastrear ubicaciones, hábitos y relaciones, ha representado la piedra angular de la «renderización del cuerpo» el individuo, constantemente localizado y perfilado a través de aplicaciones, sensores y datos recopilados, se convierte en una fuente inagotable de «excedente conductual». Este proceso, de hecho, ha erosionado la privacidad y ha alimentado, durante la segunda década del siglo, un sistema económico basado en la predicción y manipulación de los comportamientos humanos. 

La promesa de libertad y conexión ilimitada que inicialmente ofrecía Internet y sus dispositivos —el sueño de la torre de la primera década— se ha transformado, como ha destacado Han, en un sistema de control omnipresente: el smartphones y las aplicaciones de las plataformas sociales digitales que tejen nuestras relaciones, con su demanda constante de atención, participación y compartición, contribuyen a crear una dictadura de la transparencia donde el individuo es monitorizado, evaluado y presionado constantemente para conformarse a las normas dominantes. 

A lo largo de la segunda década del siglo, las grandes plataformas digitales —especialmente aquellas que Shoshana Zuboff denomina capitalistas de la vigilancia— desafiaron al sistema político de múltiples formas, acumulando cantidades masivas de datos sobre el comportamiento de los ciudadanos y de los electores. Este proceso, posibilitado por algoritmos complejos y tecnologías de aprendizaje automático, genera una forma de poder instrumentalizado que plantea un serio reto a la política tradicional: los gobiernos, en lugar de regular estas prácticas, con frecuencia han recurrido a estas empresas y a su poder instrumentalizador para alcanzar sus propios objetivos de seguridad y control ciudadano. La extracción indiscriminada de datos —posibilitada por la fractura entre usus y fructus que genera la separación entre la propiedad del dispositivo electrónico y la licencia del software que lo hace utilizableha erosionado la privacidad de los individuos, transformándolos en objetos de análisis y manipulación.  Este proceso, como explica Zuboff, constituye una amenaza constante para la autonomía y el derecho a la autodeterminación, dos pilares fundamentales de las sociedades democráticas.

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