Marina de la Torre (Autodestrucción woke) Auge y declive de los cultos posmodernos

Saturados de datos, vacíos de discernimiento

Ya hemos hablado del mito del votante ilustrado, pero en el contexto de una política identitaria y propagandística —que apela más a lo que somos que a lo que debe ser hecho en cada situación—, que el ciudadano tenga conocimiento sobre lo que vota no es suficiente, es más, puede ser un arma de doble filo.

El problema no la falta de información. Nunca en la historia de la humanidad hemos tenido tanto acceso al conocimiento como ahora. Nunca han existido tantas oportunidades educativas, tantos datos al alcance de cualquiera con un teléfono móvil. Y, si embargo, el resultado no ha sido un debate más informado y plural, sino una sociedad que tiende cada vez más a la polarización y al guerracivilismo.

La polarización no surge únicamente de la ignorancia, sino del exceso de información procesada de manera sesgada. El posmodernismo, ese parásito intelectual que ha contaminado la cultura contemporánea, no nació en los pueblos ni en los barrios obreros. No es obra de los incultos, sino de los ilustres ignorantes. Un campesino que gestiona sus propias cuentas, que negocia el precio de su cosecha y que se enfrenta a la cruda realidad del mercado no se traga cualquier farsa. Pero un estudiante de humanidades, que jamás ha pagado un recibo de luz y que ve la historia como una serie de injusticias estructurales que él, desde su iPhone y su manifiesto deconstruccionista, puede resolver, es carne de cañón para la ingeniería ideológica. 

El fenómeno no es nuevo, pero sí está más documentado que nunca. Taber y Lodge (2006) realizaron un estudio revelador sobre cómo procesamos la información. Lo llamaron «motivated reasoning», y demostraron que el ser humano no analiza los datos de forma neutral: los filtra y acomoda para reforzar lo que ya cree. En otras palabras, no es que la educación nos haga más objetivos, sino que nos vuelve más hábiles en la búsqueda de justificaciones para nuestras creencias previas. Esto explica por qué individuos con mayores conocimientos políticos no tienden a converger en posiciones comunes, sino que, al contrario, muestran mayores niveles de polarización (Kahan, 2013). El problema no es que sepamos más, sino que usamos ese conocimiento como una herramienta de guerra para confirmar nuestras posturas. Y, además, el acceso a la información no es uniforme ni neutro. Las redes sociales y los algoritmos han convertido la información en una mercancía a la carta, diseñada para confirmar en lugar de desafiar. El cara a cara prácticamente desaparece en la era de internet, y nuestra interacción con los otros se estrecha como en una mirilla virtual en la que nadie es del todo real; somos imágenes y texto en una pantalla.

La ciencia misma es víctima de este fenómeno. En lugar de ser una herramienta de descubrimiento, se ha convertido en un comodín que se usa de manera selectiva para validar ciertas agendas y descalificar otras. Si los datos favorecen la narrativa hegemónica, se presentan como pruebas incuestionables. Si la contradice, se minimizan, se reinterpretan o se atacan las fuentes.

El resultado es una sociedad dividida no por falta de conocimiento, sino por su manipulación o saturación. El problema no es el acceso o la falta de información, sino el modo en que la procesamos: como una herramienta para ganar debates y dar zascas, no para entender la realidad.

En resumen, el problema no es que la gente no lea, sino que lee solo lo que le da la razón. No es que no eduque, sino que se educa dentro de burbujas ideológicas donde el cuestionamiento es penalizado y la lealtad ideológica es recompensada. Si el mundo occidental está cada vez más polarizado no es porque la gente sea más ignorante, es porque se le ha enseñado que cambiar de opinión es perder y que reforzar su sesgo ganar, una enseñanza que algunos no estamos dispuestos a interiorizar, por muy conveniente que le resulte a nuestro ego. Todos tenemos sesgos, es natural, pero en la relación real con los otros emerge una humanidad común y un respeto que prevalecen sobre las ideologías; el refuerzo constante del sesgo es artificial y habla de un desgaste en las relaciones interpersonales. Hace años, casi nadie veía un problema en compartir su vida con una pareja más progresista o conservadora. Hoy, incluso el amor ha quedado relegado a un segundo plano, subordinado a la ideología. 

Eutanasia para un Occidente terminal

Los valores no son simplemente normas o costumbres de una sociedad: son guías culturales y morales que orientan la acción humana, ideales hacia los cuales aspiramos, aunque, por lo general, no se cumplan en la práctica. Funcionan como una brújula ética que nos permite juzgar lo correcto, lo justo o lo deseable en un contexto social determinado. Un valor no es una descripción de lo que es, sino una afirmación de lo que debería ser. Por ello, hablar de «valores occidentales» no implica que todos los individuos e instituciones occidentales los hayan respetado siempre, sino que forman parte de un horizonte cultural compartido que ha dado forma a las instituciones, las ideas y las luchas sociales en esta parte del mundo. 

La distinción entre Oriente y Occidente no es meramente geográfica, sino, sobre todo, cultural y espiritual. Esta separación comienza a delinearse con claridad en la Antigüedad clásica. Oriente tiende a conservar una estructura más radical, espiritualista y jerárquica, con énfasis en el orden y la comunidad, mientras que Occidente ha fomentado una visión más individualista, racionalista y cambiante, donde el conflicto de ideas ha sido una fuerza creadora. Mientras en Oriente (en rasgos generales) la armonía suele imponerse sobre la discrepancia, en Occidente se ha permitido —y en ocasiones se ha celebrado— la confrontación de visiones opuestas como motor de evolución. 

A lo largo de la historia, la civilización occidental ha sido el motor de algunas de las transformaciones más profundas y duraderas del mundo: desde la filosofía griega y el derecho romano hasta el cristianismo, la democracia liberal y la economía de mercado. Este legado articuló un sistema de valores que, con todas sus contradicciones y errores, ha posibilitado una calidad de vida y una expansión de libertades sin precedentes en la historia humana.  

Sin embargo, en el presente, Occidente parece haber renegado de sí mismo. Busca derribar los pilares que lo hicieron florecer, como si se avergonzara de su propia herencia. En ese gesto autodestructivo se revela algo más profundo: no una simple crisis cultural, sino una especie de enfermedad autoinmune. Un sistema que, al perder su sentido de propósito, comienza a atacarse desde dentro. Ese es, quizá, el gran desafío de nuestro tiempo: identificar con claridad esa dolencia y encontrar una cura que no pase por la negación de lo que somos, sino por una renovación lúcida de lo que valía la conservar [...]

Oriente y Occidente: hacía una nueva síntesis

[...] La deconstrucción contemporánea representa ese instante de vértigo en que la crítica deja de ser parto de nueva vida para volverse puro nihilismo. Se declara sospechoso todo valor heredado; no porque que se haya demostrado falso, sino por el mero hecho de haber nacido en otro siglo pasado. En nombre de liberar al individuo, se dinamita la noción misma de verdad, y con ella el armazón ético que hizo posible la libertad en primer término. El movimiento se vuelve luciferino —una rebelión sin causa última— porque invierte el eje cristiano: ya no es «la verdad me entregada a la libertad», sino «seré tan libre que llamaré verdad a mi deseo». 

El resultado es un espacio deshabitado: sin dignidad objetiva, la persona es apenas un agregado de pulsiones; sin razón orientada al bien, la inteligencia se reduce a herramientas de poder; sin autonomía anclada en la responsabilidad, la libertad degenera en atomización. Derribamos las columnas que sostenían el atrio —transcendencia, límite, deber— y nos sorprende encontrarnos a la i intemperie. 

La tarea urgente no es demoler más, sino pulir lo que se ha opacado. ¿Podemos mantener el dinamismo científico y al mismo tiempo reconocer un umbral que contenga la soberbia? Gobernar la técnica con mesura exige renunciar al mito de un progreso infinito que todo lo justifica: implica aceptar que la razón necesita disciplina y que la libertad florece dentro de un marco ético, no en su ausencia.

Reconstruir los pilares no es volver a un pasado idílico ni blindar privilegios caducos. Es asumir que la crítica auténtica no destruye sin proponer; renueva sin arrancar de raíz, talla la piedra, no la reduce a polvo. Solo así la verdad volverá a hacerse aliada de la libertad, y la razón, en vez de devorarse a sí misma, alumbrará un porvenir digno de quienes todavía creen que vivir es algo más que transitar ruinas. Este es un mandato casi celestial: gobernar nuestra técnica con mesura, no sucumbir al dios Apolo de la razón. 

China ha seguido un camino inverso al de Occidente. Durante siglos —especialmente bajo el confucionismo, el taoísmo y el budismo—, su centro de gravedad era más bien «espiritual-ético», armonía social, jerarquía familiar, autocultivo moral. La economía importaba, pero siempre subordinada al orden cósmico y a la estabilidad política. Sin embargo, en las últimas décadas China ha ido adoptando, a su manera, la lógica moderna del crecimiento material sin asumir la parte liberal que en Occidente acompañó ese desarrollo [...]

José Carlos Martín de la Hoz (Historia del humanismo) Del humanismo cristiano de Salamanca al nuevo humanismo global

INTRODUCCIÓN

Hace ya unos años en España, en los setenta del siglo XX, estábamos preparando las elecciones democráticas para elegir nuestro representantes en el nuevo parlamento, promover una nueva constitución y vivir, por fin, en democracia plena.

Recuerdo haber acudido, con un buen amigo, al Palacio de Congresos y Exposiciones de Madrid para escuchar la presentación de los diversos partidos políticos que concurrían a aquellas elecciones democráticas que se celebrarían el 15 de junio de 1977 donde votaron nada menos que el 78,83% de los españoles.

En aquella agradable maña del mes de junio pudimos escuchar en vivo y en directo a los nuevos líderes políticos que conocíamos por la prensa, radio y televisión: los liberales de Camuñas, los populares de Areilza y Pío Cabanillas, los demócratas de Fontán, la Federación de Partidos Demócratas y liberales de Garrigues Walker y un largo etc. Todos ellos decían, por escrito, en su programa político que se «fundamentaban en el humanismo cristiano».

Precisamente en este final de civilización occidental que estamos viviendo, tras la civilización liberal, las guerras mundiales y el final del Estado de bienestar, ahora estamos ante un cambio de ciclo que algunos ya apuntan como el que va a construir el nuevo humanismo.

Recordemos que las características de ese nuevo humanismo, estribarán en una nueva antropología que, como afirmaba el profesor Ricardo Yepes, vertebrará el pensamiento del siglo XXI en el mundo occidental y lo transmitirá al resto de las culturas y civilizaciones de nuestro entorno.

Es decir, de la misma manera que el humanismo de Vitoria y de los grandes pensadores de Salamanca en el siglo XVI transformaron el humanismo pagano en el siglo XVI, la celebración del V Centenario de la Escuela de Salamanca nos ayudará a alumbrar un nuevo humanismo que desatascará el bloqueo existencial y humano en el que vivimos y vivificará todos los partidos y las ideología actuales, así como trabajar juntos en una nueva sociedad, justa, solidaria y respetuosa con la dignidad de la persona humana. 

Así pues, en este breve trabajo, nos moveremos en el ámbito de la historia de las ideas y de la historia del humanismo para aprender a enriquecer la antropología actual y terminar de alumbrar un humanismo nuevo, emergente e ilusionaste.

En primer lugar, arrancaremos de la propuesta humanista del Cardenal Nicolás de Cusa (1401-1464), enviado del papa a Constantinopla para lograr la unión del mundo latino y oriental y evitar la caída del Imperio bizantino.

Inmediatamente, nos adentraremos en el humanismo clásico que llenó las cortes europeas incluso la de los papas del renacimiento, pues las lecturas de los autores clásicos griegos y latinos se hicieron «virales» y levantaron oleadas de entusiasmo, y finura en los modales.

También recayeron en los viejos errores y excesos del paganismo. Efectivamente, desoyeron, los sabios consejos de san Basilio (330-379) a los jóvenes cuando les aconsejaba tomar de los clásicos los textos que hermoseaban al hombre de acuerdo con la revelación cristiana y rechazar lo pagano, vulgar y falso de esos textos. 

De la lectura de los clásicos llegaremos a las propuestas de gobierno de los hombres y de los reinos del renacentista Maquiavelo (1469-1527) con sus artes del poder sin referente moral alguno o del placer por el placer de Giovanni Boccacio (Florencia 1313-1375). 

Precisamente Boccacio promovía el siguiente principio: «el deseo apenas se puede contener», es decir conviene llevar la debilidad de las pasiones a la normalidad moral de modo que los encantos del amor de Pedro Abelardo y Eloísa quedaban vulgarizados en los amores de la pasión sin freno, ni respeto a la dignidad de las persona humana. 

Pero los aspectos positivos del humanismo renacentista también fueron desarrollados por otros autores de gran talento y dominio de sí, como los humanistas Moro, Erasmo y Vives tres grandes colosos que llevaron a la importancia de la categoría humana, también aplicada a las pasiones: la integridad y belleza del hombre interior.

Precisamente, Lutero partía de la base pesimista de la total denegación del género humano por el pecado original: al confundir el acto del pecado con la debilidad humana, estaba eliminando en la práctica la libertad y, consecuentemente, el concepto de mérito y de obras virtuosas.

En ese clima de reforma de la Iglesia y de las costumbres que llevaron a cabo en España los Reyes Católicos y Francisco de Cisneros, cardenal de Toledo y confesor de la reina Isabel, se logró en pocos años la ansiada reforma de las órdenes religiosas, de los sacerdotes seculares e incluso de las Universidades de Salamaca y Alcalá.

Hace ahora quinientos años Francisco de Vitoria comenzó su magisterio como profesor de la Facultad de Teología de la Universidad de Salamanca. Con su talante humanista, su método teológico y su modo positivo de afrontar los problemas teológicos de su tiempo alumbró un nuevo modo de presentar la teología, la filosofía, el derecho y la economía sobre la base tomista de la dignidad de la persona humana.

Los grandes avances y la pléyade de discípulos que se formaron en Salamanca se difundieron por el mundo entero llevando el humanismo cristiano que fue sustituyendo al humanismo pagano renacentistas. 

Indudablemente, el Concilio de Trento logró ser el concilio del humanismo cristiano y sus pautas de unidad de la Iglesia, profundizaron en la Escritura y la Tradición, iluminaron los principios católicos y alumbraron un catecismo que revalorizó el cristianismo y que ha durado hasta el siglo XX.

El siglo XVII fue el siglo de las rupturas y tras el racionalismo cartesiano y la ruptura del Lutero se produjo la atomización de las Iglesias protestantes y la necesidad de elaborar un derecho positivo con el que gobernar el concierto de las naciones. En esa línea los positivistas jurídicos como Grocio extendieron los principios de la Escuela de Salamaca como el derecho de gentes y la dignidad de la persona como garante jurídico frente a la ley natural y la ley eterna.

La Ilustración francesa, inglesa y alemana contribuyeron al humanismo de la Escuela de Salamanca aportando diversas perspectivas que fueron produciendo un hombre dotado de dignidad, de autonomía y libre dentro del absolutismo ilustrado que se fue imponiendo.

La revolución francesa, con su nuevo humanismo concretado en los valores de la «fraternidad, libertad e igualdad», rompió la unidad europea y produjo una guerra mundial que terminaría por fracasar tras la derrota de Napoleón en Rusia y España y, finalmente, se llegará a la restauración monárquica del siglo XIX que intentará ordenar una Europa desconcertada y carente de unidad de fe y pensamiento.

El siglo XIX y XX vio nacer y morir las ideologías como intentos de ofrecer un nuevo humanismo: sistemas cerrados de pensamiento para explicar la realidad. En verdad esas ideologías terminaron en colisión y la fe en el progreso como el nuevo humanismo concluyó en dos guerras mundiales.

En la Europa de la segunda mitad del siglo XX y en Estados Unidos y Canadá volvió a renacer el humanismo cristiano que logró dar respuestas al problema del mal que planteó el holocausto judío en Auschwitz y el creciente secularismo mediante el mensaje evangélico de libertad, caridad y solidaridad.

El Concilio Vaticano II supuso la apertura del diálogo de la Iglesia y el mundo bajo el punto común de la dignidad de la persona humana y la declaración universal de derechos humanos y planteó una propuesta de una ética común. 

La civilización occidental del liberalismo, dio paso, después de la segunda guerra mundial a la del Estado de bienestar social demócrata que ha entrado en profunda decadencia en nuestros días por el crecimiento desmesurado del individualismo y del propio Estado que ha terminado por paralizar la sociedad civil con impuestos abrumadores.

El nuevo humanismo está en marcha y habrá de sustentar una civilización que surgirá de nuestra democracia y que, por ahora, solo sabemos que será un humanismo globalizado, feminista, digital, solidario e individualista, preocupado por una antropología de la dignidad de la persona humana que sea respetuoso con las raíces cristianas de Europa: abierto a la transcendencia, defensor de la libertad, de la propiedad privada y del libre mercado.

Indudablemente, como afirmaba Riemen: «el arte de ser humanos radica en la nobleza de espíritu», por eso conviene examinar nuestra conducta sobre la categoría de nuestras acciones y el trato dispensado a los demás y eso nos facilitará estar a la altura de los acontecimientos. 

Fabián C. Barrio (Los engranajes de occidente) Libro 2

 El engranaje de las minorías ruidosas

Una minoría organizada es más efectiva que un mayoría desorganizada 

Napoleón Bonaparte

Estamos ahora en la segunda mitad del siglo XX, cuando la Escuela de Frankfurt ya ha pasado por varias mutaciones. Axel Honneth, parte de la tercera generación de la Escuela, no se traga del todo el optimismo comunicativo total de sus precursores. En cambio, se centra en cómo las luchas sociales buscan algo más que mejores condiciones económicas: buscan reconocimiento, dignidad y autonomía. En este contexto, nace su teoría del reconocimiento. Su idea central es que la identidad personal y la dignidad no surgen en el vació, sino en un entramado de relaciones donde el reconocimiento es fundamental. 

Honneth distingue tres niveles de reconocimiento que todos los seres humanos necesitamos para ir tirando. El más importante, el amor y la amistad, que se cristaliza en nuestras relaciones íntimas. Nuestra identidad depende en gran medida de que alguien nos quiera. Por otro lado, está el reconocimiento legal, que nos garantiza ser tratados como iguales en sociedad. Es el paso del yo existo al yo valgo tanto como los demás. Cuando el Estado o las leyes excluyen a alguien, se le niega su plena humanidad. Finalmente, habla del reconocimiento social. El estatus. El respeto. La certeza de que tenemos un propósito en el complejo engranaje de la sociedad.

Traigo a colación a Honneth porque supo ver que, cuando el reconocimiento falla, lo que queda es la alienación y la injusticia. Para Honneth, las luchas sociales de su tiempo no se iniciaron necesariamente por los recursos materiales, sino por ocupar un lugar en el mundo: feminismo, movimientos antirracistas, reivindicaciones laborales... Todos han buscado ser vistos y valorados en su plena humanidad. Sin ese reconocimiento no hay autonomía, sin autonomía no hay sociedad justa. Así de crudo. 

Los pensamientos y las ideas son virus, están vivos. Las ideas respiran, son capaces de nacer, reproducirse, mezclarse con otros miembros de su misma especie, batallar por la supremacía de un territorio y morir. 

Cada idea que rige nuestro mundo tiene un origen concreto, un momento crucial en el que nació en el cerebro de un solo individuo. Puede ser la idea de que amamantar en público debería ser un derecho, que los animales sufren y, por lo tanto, no debemos comerlos o que los judíos son los responsables de la penuria de Occidente y deben ser destruidos. A alguien se le ocurrió esa idea primigenia, esa idea larvaria. La susurró a cuatro o cinco personas y, del mismo modo que se propaga un resfriado, la idea brotó en las mentes de otros y fue expandiéndose a lo largo y ancho de miles de conciencias. 

[...] Curiosamente, hay suficientes datos históricos para corroborar que son precisamente las ideas de la minoría las que más fácilmente se propagan y las que provocan los cambios sociales más radicales. Roma se volvió cristiana en menos de un siglo. El pensamiento nazi invadió Alemania en una década. El imperio Yuan e China cayó en tres años. Países profundamente religiosos en su origen como Francia, Italia o España, han acabado siendo ateos hasta el fanatismo en pocas décadas. 

¿Por qué es así?

El ensayista Nassim Taleb ha estudiado este fenómeno a fondo en su obra Jugarse la piel (2018).  Según su teoría, basta con que un 4 por ciento de la población insista en sus ideas con un  cierto nivel de intolerancia para que la sociedad entera acabe por admitirlas y adoptarlas.

[...] En la práctica, esto significa que no necesitas el apoyo de la mayoría para cambiar las reglas del juego, sólo necesitas hacer más ruido que los demás, ser un poco listo y aprovechar su apatía. La historia de la política moderna está llena de ejemplos: ideologías extremas, grupos de presión y lobbies de todo tipo han conseguido imponer cambios drásticos porque la mayoría, simplemente, se resigno a aceptarlo para evitar el conflicto.

En cierto modo, el polímata italiano Vifredo Pareto desarrolló este concepto también. Pareto será recordado por el principio que lleva su nombre y que dice así: «El 80 por ciento de los resultados provienen del 20 por ciento de los esfuerzo». Aplicado a la política y la sociedad, esto significa que una minoría activa, persistentes y decidida puede controlar la mayoría de las dinámicas son necesidad de contar con el respaldo de la mayoría. 

En su Tratado de sociología general (1916), Pareto describió cómo las élites —que siempre son minorías—imponen su visión sobre las masas mediante mecanismos sutiles de manipulación. La clave no radica en el número de seguidores, sino la intensidad con la que una idea es promovida y defendida. En Occidente, esas élites están conformadas por personas con conocimientos y estrategias para hacer sonar con más fuerza la máquina del ruido. Poco importa si el 90 por ciento de la gente no está de acuerdo con algo; si el 10 por ciento restante tiene control sobre los medios, las narrativas y las instituciones clave, pueden hacer que su visión parezca la única válida. No se trata de convencer a todos, sólo de marcar el ritmo y hacer que la inercia haga el resto. Pareto también tenía una visión cínica del papel de la mayoría: la gente corriente no busca ni la verdad ni el mejor resultado, busca que la dejen en paz. Y si someterse a una minoría agresiva y bulliciosa es el precio a pagar para que la vida siga son sobresaltos, lo pagarán sin dudarlo. 

Este mecanismo, que ha funcionado siempre, se está intensificando con el auge de las redes sociales. Es posible que el 3 o el 4 por ciento del que habla Taleb se reduzca aún más, haciendo que la mayoría flexible se rinda con mayor rapidez ante la minoría. 

Hay otro engranaje que hace que las ideas virales de las minorías sean especialmente peligrosas. Responde a un concepto desarrollado por el filósofo y antropólogo René Girard: el circo del deseo mimético. Girad tenía una teoría pavorosa: los seres humanos no deseamos por voluntad propia. Todo lo que creemos querer es porque lo hemos visto en otro. Es el deseo mimético. No deseas un coche caro porque sea bueno, sino porque otro lo tiene y tú no. No persigues la fama porque sea un objetivo racional, sino porque ves que otros la tienen y te corroe la envidia. No quieres que tu territorio sea independiente porque te ha brotado ese sentimiento de la nada, sino porque los ves en otros territorios a los que les ha ido bien. No quieres espontáneamente que tu país sea laico: envidias a los que lo son. Como no somos animales tan racionales como quisiéramos, es inevitable que surja en nosotros la envidia por ideas impulsadas por unos pocos que han terminado tiznando nuestro cerebro a peor.  

Girard también explicó que este proceso de imitación lleva inevitablemente a la violencia. Cuando un grupo de personas desean lo mismo, la competencia se vuelve feroz. Basta con mirar las guerras culturales en redes sociales, donde la gente se destroza por opiniones intercambiables. Todos creen estar peleando por principios, pero en realidad sólo están replicando un ciclo de deseos prestados, peleándose no por lo que es verdad, sino por lo que parece importante en ese momento.

Y la solución clásica a este caos: el chivo expiatorio. Se elige a alguien para cargar con la culpa de todo, y la masa se lanza a destruirlo con la misma pasión con la que antes lo ensalzaba. Hoy eres tendencia por hacer un vídeo gracioso, mañana te cancelan porque alguien descubrió un tuit tuyo de hace diez años. Girard nos dejó una verdad brutal, parida en los años setenta, pero brutalmente actual: en este mundo hiperconectado, no decidimos lo que queremos. Sólo seguimos la corriente, con la esperanza de no ser los últimos en enterarnos. 

¿Por qué es importante ser conscientes de este problema? Lo resumió con brillantez el pastor luterano alemán Martin Niemöller, con un simple poema:

Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comnunistas,
guardé silencio,
ya que no era comunista.

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guarde silencio,
ya que no era socialdemócrata.

Cuando vinieron a buscar a los sindicalista, 
no protesté,
ya que no era sindicalista.

Cuando vinieron a llevarse a los judíos,
no protesté,
ya que no era judío.

Cuando vinieron a buscarme,
no había nadie más que pudiera protestar.

La historia nos ha demostrado que la propagación explosiva de ideas siempre convierte a las sociedades en intransigentes e inflexibles. Los cambios para ayer que exige la minoría intransigente traerán consigo una mayoría inflexible. Y ahí sí que vamos a tener un problema muy gordo. Mi predicción es que Occidente, en las próximas décadas, será vegana, mestiza, feminazi, pansexual, transgénero y dividida en microrrepúblicas de taifas donde estará prohibido el gluten. 

Y si no sigues esos preceptos, te matarán, porque no quedará nadie más que pueda protestar.

Fabián C. Barrio (Los engranajes de occidente) Libro 1

El dinero no existe, pero algunos dineros existen más que otros

El dinero nunca hizo feliz al hombre, ni lo hará; no hay nada en su naturaleza que produzca felicidad. Cuanto más tienes, más deseas.

BERJAMIN FRANKLIN


[...] Imaginemos por un momento el futuro próximo: tienes en tu móvil una billetera oficial donde almacenas euros digitales emitidos por el confiable Banco Central Europeo. Tu nómina llega ahí puntualmente cada mes. Parece magia. Puedes pagar el café, el alquiler, el billete de autobús, todo con tu app, instantaneamente y sin comisiones. Ya no necesitas llevar efectivo; de hecho, cada vez se ven menos billetes y monedas en circulación. Todo es rápido, eficiente, trazable. ¿Suena cómodo? Seguramente. ¿Suena inquietante?. También.

Para la mastodóntica, paranoide y voraz Europa, la retórica es deslumbrante. Cualquiera puede disfrutar de una billetera, incluso quien no tenga una cuenta bancaria. Todo será eficiencia. Costes muy bajos. El fin del dinero negro. Qué maravilla.

Sin embargo, hablamos de Europa. Controladora, metomentodo, ineficiente, hiperrreguladora. Los incómodos y primitivos billetes tienen la virtud de que una vez que el Estado los emite, puedes usarlos de forma anónima. Nadie, salvo tú y quien recibió el pago, sabe en qué has decidido emplearlos. Son cheques al portador. Esa privacidad les proporciona un elemento de libertad: nos permiten gastar sin sentirnos observados. Con una CBDC, por defecto, cada transacción será apuntada meticulosamente, porque si cada euro digital es un registro en una base de datos del banco Central, cada vez que se mueve quedará constancia. Papá Pitufo podrá saber cuál es el café que más te gusta, qué libro lees, qué tamaño tienen tus consoladores y cuánto has donado a cierto partido que no puede ser nombrado.

En la actualidad vivimos en sociedades donde gran parte de nuestros pagos pasan por bancos y tarjetas, y, por tanto, todo queda registrado puntualmente. Pero una CBDC centraliza ese poder de vigilancia. Mientras usemos bancos privados y efectivo, la información está fragmentada, para acceder a ella el Estado tiene que poner en marcha un engorroso procedimiento administrativo, y aún existe la opción de la privacidad que nos brindan los billetes. Con un euro digital ubicuo, el Gobierno estaría a un clic de distancia de saber o decidir mucho sobre tu dinero. 

Otra característica inquietante es la idea del dinero programable. A diferencia de los billetes, que son inertes, los euros digitales podrían, teóricamente, programarse con condiciones. Imagina que Europa entra en recesión. Muy fácil: de repente, para incentivar el consumo, tus euros digitales tienen fecha de caducidad y te ves en la obligación de elegir entre gastarlos o que se pierdan en una nubecilla de humo digital. China ya experimentó con esa idea en su momento, poniéndole expiración a ciertos pagos de estímulo que, si no usas en unos cuantos meses, desaparecen. El dinero deja de ser tuyo y regresa a las arcas de Papá Pitufo. 

La pesadilla no termina aquí. Imaginemos por un momento que, poseído por el ritmo rakatanga, el Estado decide que has consumido demasiada gasolina un mes. Bastaría con impedir que tus euros digitales pudieran usarse para llenar el depósito. O que te han pillado rompiendo un semáforo con una melopea del quince: nada les impide bloquear tus euros digitales para que no puedas gastártelos en alcohol nunca más. ¿Y si viajas demasiado y has superado la huella de carbono que Papá Pitufo encuentra moralmente tolerable? Bloqueado para billetes de avión. Imagina también que los euros digitales que lleguen a tu cartera en forma de subsidio sólo se pueden emplear para comprar comida. Hostia, y qué fácil será cobrar las multas sin preguntar, ¿verdad? Basta con ejecutar una instrucción en la base de datos central. Las posibilidades son infinitas, no es de extrañar que Europa tenga la picha como el cuello de un pollo. Si yo fuera un burócrata europeo, estaría forzando la implantación y adelantando fechas a lo loco.

Como de hecho está ocurriendo.

En un escenario extremo distópico en el que se pueda implantar un crédito social, como el sistema de puntaje que China implementa en ciertas ciudades, uno podría imaginar una alerta en el móvil en plan: «Lo sentimos, pero tus tuits fangosos y plagados de bulos tienen como consecuencia la prohibición de emplear tus euros digitales en un radio de más de cinco kilómetros de tu casa durante un mes. Consulta la normativa 27B/6 para más información. Gobierno de España, el gobierno de la gente». Por eso, los conspiranoicos ultraliberales estamos aullando hasta desgañitarnos que una CBDC nunca debe existir, pero de ser inevitable, tiene que diseñarse con garantías robustas de privacidad y libertad, o podría convertirse en una herramienta peligrosa de vigilancia masiva y control social. Dudo mucho que una CBDC se diseñe así jamás.

La historia nos ha enseñado que la dictadura no es un pulsador que se apaga y se enciende de golpe, sino más bien un proceso, un reóstato, algo que se instala poco a poco, a veces sin que la gente se dé cuenta hasta que demasiado tarde. Hay una frase de José Saramago que lo expresa bien: «Creo que vivimos en una dictadura con apariencia de democracia. Una dictadura que no necesita de ejércitos en la calle, porque los ejércitos del capital ya ocupan todo». 

[...] Después de este recorrido, podríamos sentir que estamos entre la espada y la pared. Por un lado, las criptomonedas han demostrado ser una especie de jungla financiera: llena de oportunidades salvajes, pero también de trampas mortales. La promesa libertaria y democratizadora se ha visto más que empañada con fraudes monumentales, volatilidad que haría sudar frío a una estatua de mármol y una desconexión notable de la economía real. No cabe duda de que la tecnología blockchain ha traído innovación, y hay aplicaciones interesantes más allá de la especulación (contratos inteligentes, NFT —aunque estos últimos también han generado su propia burbuja—, etc). Pero para el ciudadano común, hasta ahora las criptos han sido más un casino o una curiosidad tecnológica, que una mejora tangible de su vida cotidiana. Pero aún, muchos ciudadanos comunes han sido presa de estafas por falta de regulación y exceso de credulidad.

Por otro lado, las CBDC —y en especial el euro digital que asoma su sospechosa y casposa cabecita en el horizonte— se presentan como la versión ordenada y segura de ese dinero digital, pero conllevan el peligro de un hipercontrol estatal sobre nuestras finanzas. La idea de un dinero totalmente programable y supervisable por el Gobierno enciende todas las alarmas de los defensores de la privacidad y las libertades civiles. Implementadas sin cuidado, o con exceso de entusiasmo regulador, podrían abrir la puerta a una sociedad de vigilancia financiera sin precedentes, donde cada transmisión queda registrada en los anales gubernamentales y donde nuestro acceso a nuestros propios fondos podría volverse condicional.

En cierto sentido, asistimos a una dialéctica curiosa: las criptomonedas nacieron para escapar del control de Estados y bancos y han derivado en un caos donde, ironía de ironías, muchas veces la gente clama por más regulación para protegerse de los abusos. Las CBDC, mientras tanto, se diseñan para reafirmar el control del Estado en el nuevo y fangoso terreno digital, prometiendo orden y confianza, pero generando a su vez desconfianza en la población que no quiere un Gran Hermano hocicando en su bolsillo. Debemos buscar un punto medio que sea capaz de ofrecer lo mejor de ambos mundos sin caer en sus extremos negativos, pero aún no lo hemos encontrado.

Pero, vamos, no te quepa la menor duda de que aquí se hará lo que diga papá Pitufo.

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