James Burke y Robert Ornstein (Del hacha al chip)

Actualmente, el seductor atractivo del mundo de los médicos, con sus batas blancas, sus instrumentos relucientes y sus dones salvavidas han conseguido <<medicalizar>> la sociedad, y la terminología y la ética del hospital se han introducido en la vida cotidiana. El médico es el nuevo chamán, estrechamente asociado a los valores materialista de la elevación continua del nivel de vida, la mejora de la salud individual y el crecimiento incesante de los cuidados médicos aportados a la comunidad. Sobre todo, el médico representa una forma <<científica>>, objetiva, de juzgar el comportamiento social (con términos que recuerdan el vocabulario de la medicina y la estadística) como <<sano>>, <<enfermo>> o <<anómalo>>.
Paradójicamente, aunque la medicina es la actividad especializada más estrechamente ligada a las preocupaciones personales del individuo, es quizá más isotérica y excluyente que cualquier otro ámbito científico, ya que los más preocupados por la salud (los pacientes) son los que menos poder de decisión tienen.
Gracias a la revolución bacteriológica y una concentración reduccionista en los fenómenos microscópicos, es mucha la gente que hoy día juzga las dimensiones humanas de la salud como incuantificables, y prácticamente ha desaparecido de la medicina. En las ciencias médicas no se dedica apenas atención al conjunto de lo humano, y menos aún a las culturas no occidentales y en su planteamiento no reduccionista de las relaciones entre la salud individual y el entorno, ya que los fabricantes de hachas occidentales han cortado casi del todo el vínculo que los une.

Enrique Lynch (Sobre la belleza)

El impulso creativo originario del llamado arte de vanguardia en cuanto proyecto de innovación y de búsqueda de nuevas formas expresivas está sin duda agotado, pero la voluntad de ironizar y de juzgar con las infinitas posibilidades del espíritu humano permanece tan vital y prolífica como nuestra inagotable capacidad de asombro, o nuestra curiosidad, la misma que, hace mucho tiempo, distinguió a un ser sensible entre otros en el momento de separar, entre todos los de su mundo, un objeto al que ese ser llamó bello.

Julián Marías (Mapa del mundo personal)


Lo que se llama <<cultura>> o <<culto>> del cuerpo suele ser primitivismo, reducción a lo infrapersonal. Lo más grave y destructor es la alianza de esta actitud con una supuesta visión <<científica>> de todo ello, porque esto da prestigio falso a lo que en rigor es una degradación de lo humano.
Imagínese lo que significa la reducción de la corporeidad a <<datos>>, por ejemplo medidas; o, por otra parte, a estadísticas como las que prodigan ahora, y que son directamente la anulación de la personalidad.

José Luis Pardo (Estética de lo peor)


Crear de la nada

... la apreciación estética de una obra de arte sólo se parece a la ingestión de un fármaco en esto: que la obra hace efecto o no lo hace, independientemente de que hayamos leído el prospecto). Miramos las obras de arte -tanto las contemporáneas como las antiguas- con la pretensión de ver -de imaginar- más allá de nuestro contexto, es decir, de ensanchar el alma. Y las juzgamos bellas si lo conseguimos, y solamente mediocres si no lo conseguimos.

La estética de lo peor

El desafío civilizatorio al que hoy nos enfrentamos, tanto en el terreno ético como en el estético, es, probablemente, el de hacer de esta Tierra desterritorializada un lugar de refugio y hospitalidad tan poco siniestro, excluyente y repulsivo como sea posible. Un hogar para la mera humanidad. Quizás, en este intento de abrir un terreno de juego intermedio entre las dos consignas contrapuestas con las que comenzábamos este texto, sería bueno abandonar la perniciosa idea de que la obra de arte tiene que simbolizar la verdad (que a menudo es solidaria de un mundo inhóspito y de una tierra inhabitable), para experimentar la otra vieja idea de la obra de arte: aquella que la describe como símbolo de libertad.

Debilidad y transparencia

Sirva esta referencia simplemente para hacer notar que, aunque la idea de un <<poder de los débiles>> esté periodísticamente asociada a organizaciones terroristas, paramilitares o fundamentalistas, es sin embargo la misma que domina lo que podríamos llamar <<las políticas de la globalización>>, es decir, las políticas de un poder -económico, tecnológico, etcétera- que, como ese fantasma al que no dejamos de referirnos, es irreductible a una estructura estatal y se encuentra a salvo del Derecho, y puede tomar decisiones que afectan a las vidas cotidianas de millones de personas sin tener que responder en absoluto de ellas ante tales personas, que su legitimidad es enteramente inmanente a su poder y no depende de confirmaciones exteriores.

* José Luis Pardo (Estudios del malestar) Políticas de la autenticidad...

A.C. Grayling (La elección de Hércules) El placer, el deber y la buena vida en el siglo XXI

La creencia anarquista de que la gente es capaz de vivir en una armonía mutua no regulada es tan conmovedora como ingenua. A esta psicología moral inadecuada añade una serie de ideas piadosas a cerca de la "libertad" como objetivo principal de la doctrina anarquista; pero no se da cuenta de que las libertades que vale la pena defender requieren protección porque son vulnerables, y que es precisamente para garantizar las libertades que la gente se congrega en forma de sociedad civil y conviene seguir determinadas reglas. El error anarquista es creer que por el hecho de que la tiranía sea algo aborrecible, el estado debería ser abolido. Una idea más racional sería la de abolir no el estado sino la tiranía haciendo que el estado fuera más justo y más libre y protegiendo de este modo a sus miembros de la depredación causada por los codiciosos y los malvados, que son demasiado numerosos entre nosotros para poder considerar a la anarquía como una opción ni remotamente seria.
Esto no equivale ni muchos menos a decir que este sistema de gobierno civil liberal que acabamos de imaginar sea fácil de concebir o de administrar, porque las razones que lo hacen deseable son las mismas que amenazan su existencia. Una sociedad así es por definición pluralista, y el pluralismo significa la coexistencia de valores a menudo irreconciliables y el conflicto. Es posible creer o confiar que dichos conflictos podrán resolverse mediante el ejercicio de una tolerancia razonada que hará posible la consecución de la armonía. Pero el conflicto y el daño resultante del mismo son casi con toda certeza inevitables.

Yirmiyahu Yovel (Spinoza, el marrano de la razón)

Con todo, la tolerancia tiene un sentido más profundo, significa que los hombres deben tener la libertad de equivocarse. En principio, la verdad es única: estrictamente hablando, el que carece o se aparta de ella cae en el error. Hasta aquí Spinoza parece un absolutista religioso. Pero Spinoza tolera el error. Se oponía a que la verdad fuese fuente de presión fanática o ideología del Estado. Pedía que se diera legitimidad política a todas las opiniones (es decir, a gran cantidad de errores) siempre que no se reivindicaran por encima del Estado soberano y la conducta de sus portadores se conformara a las leyes del país. El precio de la tolerancia, así, es una fisura entre las convicciones internas de muchas personas y las leyes que observan en la práctica. En otras palabras, en la teoría spinoziana de la tolerancia hay esenciales de rasgos marranos.
Estos rasgos tienen una dimensión todavía más amplia. La buena política se basa en el principio de semirracionalidad, por el cual se lleva a la multitud a someterse a las reglas de la razón mediante el uso de motivos irracionales como el miedo, la obediencia y el respeto a la autoridad. La esencia de la religión universal y el empleo adecuado de la autoridad del Estado consisten en reconducir de este modo los impulsos irracionales. Aunque incapaz por definición de vivir la vida de la razón, la multitud, en condiciones políticas apropiadas, se comporta como si lo hiciera.

Editorial Nueva Acrópolis (Los estoicos)

Frente al silencio del esceptico y la rebeldía del cinismo y epicureísmo, el estoicismo contrasta con todas ellas por la búsqueda de la felicidad en la sabiduría y la virtud. Los estoicos dividen el estudio de la filosofía en lógica, física y ética, fundamentalmente, si bien dedican la mayor parte de su esfuerzo a filosofar sobre la tercera.
Tanto epicúreos, como estoicos, escépticos y sus precursores cirenaicos y cínicos, no buscan sino una respuesta a la gran cuestión, ¿cual es la mejor forma de vivir?, ¿cómo conseguir la felicidad? Diecisiete siglos después, no hacemos sino buscar lo mismo que ellos, pero quizás nos apoyamos menos en la filosofía y más en el pragmatismo, para continuar desorientados en la eterna búsqueda.
Jesús Muñoz

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