TERRORISMO PURIFICADOR
[...] Para Lenin, la democracia era «el Estado que reconoce la subordinación de la minoría a la mayoría, es decir, una organización llamada a ejercer la violencia sistemática de una clase contra otra, de una parte de la población contra otra». En otras palabras, de lo aquí planteado se deduce que el Estado debe ser totalitario y dedicarse al exterminio de un grupo de la población supuestamente indeseable y responsable de las miserias que sufren la parte de la humanidad elegida.
La semejanza con la tesis nazi respecto a los judíos no puede ser más evidente. Cabe agregar que Lenin fue más sincero que Marx y Engels al señalar que los bolcheviques no creían en que por arte de magia iba a desaparecer el Estado. Lenin dijo que proponían «como meta final la destrucción del Estado, es decir, de toda violencia organizada y sistemática, de toda violencia sobre los hombres en general», pero que eso sólo ocurriría porque el socialismo se convertiría «gradualmente en comunismo», llevando a que desapareciera «toda necesidad de violencia de unos hombres a otros, de una parte de la población a otra», ya que los hombres se iban a habituar a «observar las reglas elementales de la convivencia social sin violencia y sin subordinación». En otras palabras, si ese horizonte utópico —e imposible— de comportamiento humano no llegaba, el terror debía continuar de manera indefinida.
Esta pasión por el terror explica por qué Lenin, polemizando con otros teóricos comunistas, llegará a afirmar en 104, que «un jacobino que se identifica totalmente con la organización del proletariado, un proletario consciente de sus intereses de clase, es un socialdemócrata revolucionario». No sorprende que el historiador francés François Furet señalara que «los bolcheviques tienen antepasados jacobinos, y los jacobinos anticipaciones de tipo comunista».
Vale la pena detenerse en este último punto, pues la idea propia del marxismo y del nacionalsocialismo según la cual debe hacerse una tabula rasa con todo lo existente para liberar a la humanidad del mal y comenzar con una hoja en blanco, ya la había anticipado Maximilien Robespierre en la Revolución francesa, proceso que abrió las puertas al primer genocidio de la modernidad. En su discurso de febrero de 1794, justificando el terror, el lider jacobino utilizaría directamente el concepto «purificar las costumbres» para explicar la esencia del proyecto de destrucción que se proponían los revolucionarios para conseguir la igualdad:
Dado que el alma de la República es la virtud, la igualdad [...] es evidente que la primera norma de vuestra conducta política debe ser dirigir todas las obras al mantenimiento de la igualdad y al desarrollo de la virtud [...]. Así pues, todas aquellas cosas que tiendan a aumentar el amor a la patria, a purificar las costumbres, a elevar los espíritus, deben ser adoptadas e instauradas. Mientras que que todas las cosas que tiendan a concentrar las pasiones en la abyección del yo personal, a resucitar el interés por las pequeñas causas y el desprecio por las grandes deben ser rechazadas o reprimidas.
Robespierre continuaría insistiendo en que «los resortes del gobierno popular en la revolución son a la vez virtud y el terror: la virtud, sin la cual el terror es funesto; el terror, sin el cual la virtud es impotente». Según Robespierre, «el terror no es otra cosas que la justicia pronta, severa, inflexible; es, por lo tanto, una emanación de la virtud; no es tanto un principio especial como una consecuencia del principio general de la democracia. aplicada a las necesidades más urgentes de nuestra patria». En otras palabras, la violencia masiva, sistemática, permanente y automática, se convierte en un fin en sí mismo, pues de lo contrario es imposible mantener la pureza moral de la nueva República. Robespierre diría que «la gran pureza de los fundamentos de la Revolución francesa, la sublime condición de su objeto» era precisamente lo que constituía su fuerza y su debilidad, pues, por un lado, le daba «la superioridad de la verdad sobre la impostura, y de los derechos del interés público sobre los del interés particular», pero, de otro, unía en su contra «a todos los hombres viciosos, a todos los que pretenden despojar al pueblo y a todos los que hubieran querido despojarlo impunemente». Por ello, advirtió que la revolución iba a estar amenazada y el terror sería necesario hasta que esa amenaza desapareciera, es decir, para siempre.
Como hemos visto, Herman Rauschning advertía el jacobinismo que los nacionalsocialistas compartían con los marxistas-leninistas. No sólo lo vio encarado en Goebbels, sino que advirtió que toda la revolución nazi se fundaba en el terror para demoler el orden antiguo, un terror que, como postulaba la ideología de Robespierre, jamás cesaría. Según Rauschning, lo que debía entenderse por revolución en Alemania no era «liberación, orden junto y elevación espiritual, sino falta de libertad, dominio de la violencia y sometimiento espiritual». En consecuencia no existía, añadió, esperanza de que alguna vez se superara el terror sistemático aplicando por el régimen. De hecho, Rauschning, el revolucionario nazi había imitado al comunista soviético hasta el punto de que el nacionalsocialismo había logrado «en un tiempo sorprendentemente corto producir un tipo revolucionario que, hasta en el más mínimo detalle, corresponde al tipo de los implacables grupos proletarios moscovitas de la sangrienta Revolución rusa» En efecto, pues sería Hitler, como Lenin, Marx, Engels y Robespierre antes que él, el primer nazi en abogar por el terror purificador, argumentando a favor de que se filtrara al público la información de lo que estaba ocurriendo en los campos de concentración. «El terror es el instrumento político más eficiente» dijo, agregando que debía aplicarlo de manera sistemática para preparar a los alemanes para la guerra que venía. Más importante aún era aterrorizar a los opositores al régimen, de decir, de la revolución. «Las así llamadas "atrocidades" —señaló Hitler— me ahorran cientos de miles de acciones individuales contra la desobediencia y descontento [...] Las personas lo pensarán dos veces antes de oponérsenos cuando oigan lo que les espera en los campos de concentración». Para Hitler, «la brutalidad« era «respetada», porque la gente necesitaba algo a lo que temer para ser sumisos. La revolución nacionalsocialista, agregó, se basaba en una doctrina de la «redención» fundada en la ciencia y que jamás terminaba. Así, el nazismo y su terror habrían de gobernar al mundo para siempre.
No es sorprendente a la luz de lo anterior que el filólogo y escritos judío alemán Victor Klemperer, uno de los intelectuales más destacados de Alemania en el siglo XX, haya descrito la revolución nazi como una que pretendía destruir el antiguo orden y que la califica como «jacobinismo alemán». En 1934, Klemperer predijo que, dado que los nazis eran como los jacobinos, no durarían mucho más tiempo de lo que éstos duraron en la Revolución francesa, e incluso pensó escribir un libro comparando los cambios del lenguaje bajo el nazismo y el fascismo con los que habría ocurrido bajo los jacobinos. Es más, Klemperer argumentó que, conscientemente o no, el modelo aplicado por Hitler había sido el propuesto por Rousseau quien, como vimos en un capítulo anterior, fue una de las principales influencias filosóficas sobre Robespierre y los jacobinos. Para Klemperer, era tambien claro que el comunismo y el nazismo eran ideologías esencialmente idénticas. «He subrayado una y otra vez que, al final, equiparo el nacionalsocialismo y el comunismo: ambos son materialistas y tiránicos, ambos ignoran y niegan la libertad del espíritu y del individuo», escribió en diciembre de 1933. Klemperer añadiría que el nazismo era nada más que una forma hipócrita de comunismo.

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