A.C. Grayling (La elección de Hércules) El placer, el deber y la buena vida en el siglo XXI

La creencia anarquista de que la gente es capaz de vivir en una armonía mutua no regulada es tan conmovedora como ingenua. A esta psicología moral inadecuada añade una serie de ideas piadosas a cerca de la "libertad" como objetivo principal de la doctrina anarquista; pero no se da cuenta de que las libertades que vale la pena defender requieren protección porque son vulnerables, y que es precisamente para garantizar las libertades que la gente se congrega en forma de sociedad civil y conviene seguir determinadas reglas. El error anarquista es creer que por el hecho de que la tiranía sea algo aborrecible, el estado debería ser abolido. Una idea más racional sería la de abolir no el estado sino la tiranía haciendo que el estado fuera más justo y más libre y protegiendo de este modo a sus miembros de la depredación causada por los codiciosos y los malvados, que son demasiado numerosos entre nosotros para poder considerar a la anarquía como una opción ni remotamente seria.
Esto no equivale ni muchos menos a decir que este sistema de gobierno civil liberal que acabamos de imaginar sea fácil de concebir o de administrar, porque las razones que lo hacen deseable son las mismas que amenazan su existencia. Una sociedad así es por definición pluralista, y el pluralismo significa la coexistencia de valores a menudo irreconciliables y el conflicto. Es posible creer o confiar que dichos conflictos podrán resolverse mediante el ejercicio de una tolerancia razonada que hará posible la consecución de la armonía. Pero el conflicto y el daño resultante del mismo son casi con toda certeza inevitables.

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