Santiago Alba Rico (Todo el pasado por delante)

LA CONDICIÓN POSLETRADA

Lo he dicho otras veces: el capitalismo va tan deprisa que ha dejado atrás al hombre mismo, el cual corre sin aliento, siempre rezagado, para acomodar su paso a una historia que ya no puede ser la suya. Un invento muy reciente, extraordinariamente poderoso, está a punto de desaparecer o quedar marginado sin haber agotado todas sus posibilidades internas: la escritura. Nació hace poco más de 4.000 años en Oriente Medio, Egipto y China y recibió un impulso decisivo hacia el año 900 a. C. en Grecia. cuyo alfabeto preciso, elegante y ligero ayudó a engendrar una mente nueva al mismo tiempo que un mundo susceptible -por primera vez- de orden y consenso. El alfabeto se convirtió en el umbral de lo que llamaré la condición letrada, un molde de percepción -maldito y venturoso- inseparable de todos esos hallazgos que identificamos con la historia misma del hombre: la objetividad, la división verdad/error, la ciencia y el derecho, el cuestionamiento de la fuerza y la autoridad personal, el carácter público de las leyes, el tiempo narrativo, la posibilidad misma de pensar de dentro afuera, al margen de las tradiciones colectivas y las inercias tribales. Hace poco más de 500 años la condición letrada encontró un potente vehículo de expansión en la imprenta de Gutemberg, gracias a la cual conseguimos robar la fabulosa técnica de Tor a los sacerdotes, gobernantes y burócratas para devolvérselas a los hombre.

De la Revolución francesa a la rusa, de las luchas anticoloniales al socialismo cubano, se comprendió enseguida que la condición letrada era, de algún modo -valga la redundancia-, la condición misma de la emancipación: es decir, de la igualdad, la democracia y la justicia o, lo que es lo mismo, de una auténtica condición humana. Para la izquierda fue siempre una cuestión de vida o muerte la alfabetización de esa mayoría planetaria sumergida en la miseria e intencionadamente separada de su propia conciencia, de manera que la escuela se convirtió -y sigue siendo- objetivo prioritario de todas las revoluciones victoriosas, tal y como vimos, a principios de este siglo, en Venezuela y Bolivia. Pero los progresos son lentos y allí donde se producen llegan demasiado tarde. Apenas 4.000 años después la condición letrada no solo no se ha generalizado, sino que retrocede en todo el mundo: antes de haber aprendido realmente a leer, se exige que nos adaptemos a un nuevo paradigma tecnológico y gneseológico.

La insistencia socialista en la educación letrada era desesperadamente certera. El problema es que la técnica de Tot es muy difícil; y la paradoja es que es esta misma dificultad la que proporciona a la escritura una ventaja incomparable que ningún otro medio posee. La dificultat de las letras estriba en que integran orgánicamente actividad y pasividad: no se puede aprender a leer sin aprender al mismo tiempo a escribir, y todos los lectores, por el simple hecho de serlo, son al mismo tiempo escritores. En realidad el solfeo, la programación informática o la manufacturación de imágenes -por citar algunas- son técnicas mucho más complicadas que la escritura. Pero, al contrario de lo que ocurre con la lectura, uno puede disfrutar de Beethoven sin saber armonía, contemplar y entender una película de Kurosawa sin aprender dirección cinematográfica y chatear y navegar por internet sin estar familiarizado con la informática. La paradoja es que si hace falta promocionar heroicamente la lectura, si hay que dedicar dinero y esfuerzo a hacer campañas en favor de la condición letrada, si es tan difícil conquistar un nuevo lector -mientras la televisión y el ordenador se imponen solos- es justamente por su superior calidad democrática. Por decirlo con Pitágoras, los lectores son matemáticos -activos, productivos, creativos- mientras que los espectadores e internautas, a merced de opacos programadores, son solo acusmáticos.

No sabemos aún qué son exactamente las nuevas tecnologías ni qué nueva mente están engendrando. No sabemos si internet es una técnica como la escritura, una herramienta como la imprenta, un nuevo continente como América o un órgano como nuestro riñón derecho. Lo que sí podemos decir es que nos introduce -nos está introduciendo ya- en una condición posletrada; en una condición en la que lo decisivo, como nuevo marco de percepción, no es ya la letra pública ni, como a menudo suele creerse, el dígito oculto, sino la pantalla encendida. La expresión no es elegante, pero a la espera de forjar una mejor podríamos hablar de condición pantállica. 

El papel está condenado a desaparecer no porque sea ecológicamente insostenible o caro, sino porque está muerto: recibe la luz de nuestro ojos y exige por lo tanto una atención intensa y disciplinada. Por eso la filosofía está orgánicamente atada a la madera y no sobrevivirá a su muerte. En su lugar, la pantalla está viva: emite su propia luz y, si resulta por ello más atractiva, demanda una atención mucho más débil y superficial; una atención dispersa, fugitiva, vaporizada, si se quiere, en la simultaniedad de las muchas pantallas abiertas al mismo tiempo antes nuestros ojos. Ningún cerebro finito estará jamás a la altura de la infinita potencia tecnológica de la red; ninguna razón finita podrá encontrar ahí la linealidad y sucesión que le proporcionan la frase y la hoja de papel -que solo se puede pasar despacio-.

Nunca fuimos realmente letrados, nunca llegamos a ser letrados, y ya no podemos serlo. La población mundial está cada vez más dividida entre analfabetos y posletrados. La franja propiamente letrada se encoge cada vez más y con ella todas las posibilidades entrevistas hace 4.000 años y nunca desplegadas por completo. ¿También el socialismo? Frente al entusiasmo acrítico de tantos internautas, la izquierda debe atreverse quizás a reconocer que también tecnológicamente está perdiendo la partida. Enseñar a leer ya no sirve. Y es a partir de este hecho desnudo -la condición posletrada y tal vez poshumana de la historia - que debe replantearse todas sus estrategias.

Manuel Cruz (La flecha (sin blanco) de la historia)

El resultado global, desde el punto de vista de la experiencia del individuo, es que el mundo en su conjunto se ha endurecido de manera extraordinaria. Dicho resultado se podría vincular—hasta el punto de que incluso podría ser considerado un desarrollo de ello— con lo que planteaba el novelista francés Michel Houellebecq acerca de la sociedad actual como ampliación del campo de batalla en la novela del mismo título (aunque bien podría afirmarse que hace lo propio en el resto de sus obras), ampliación en la que la lógica de la competitividad, del antagonismo, del darwinismo social habría impregnado absolutamente todas las regiones de la experiencia humana.

A nadie se le escapa que, con toda probabilidad, un gramsciano sostendría que nos encontramos en una situación que permite visibilizar de manera casi perfecta el concepto de «hegemonía», que viene a significar el dominio absoluto de un sector o clase social en todas las esferas de lo real. Tal vez, pero ello no impide señalar alguna diferencia, como la de que Gramsci todavía parecía pensar en términos de heterogeneidad de esferas, controladas por un mismo y solo poder, mientras que el problema en la actualidad es que todas las esferas han quedado homogeneizadas bajo el modelo de la esfera económica. Ahí está, por si hiciera falta a estas alturas algún ejemplo, la deriva sufrida por algunas ideas, cuyo significado también ha sido empapándose de determinaciones economicistas. Sin ir más lejos, la venerable idea de progreso ha dejado de plantearse como un instrumento teórico que daría cuenta del aumento del bienestar de los individuos y de las sociedades, o que describiría la mejoría de sus dimensiones espirituales, para pasar a referirse, casi en exclusiva, a indicadores macroeconómicos (prima de riesgo, PIB, costo de la deuda soberana, etc), ajenos por completo a las personas e incluso a los grupos. 

En realidad, puestos a buscar antecedentes que nos proporcionen las claves mayores para la inteligibilidad de lo que nos está ocurriendo, probablemente resultaría de mayor utilidad remontarse (de nuevo) a Marx, y evocar su clásica tesis según la cual las relaciones humanas han terminado por convertirse bajo el capitalismo en relaciones económicas, tesis presente desde bien temprano en sus textos de Marx, pero rotundamente expuesta en el Manifiesto comunista. El matiz fundamental que correspondería ahora introducir, y que marcaría en cierto modo la diferencia específica de nuestro presente, es que esa determinación por parte de lo económico, subyacente en cierto modo desde siempre en la historia, había emergido en esta fase del capitalismo a la superficie de la conciencia y de las relaciones humanas. De ser cierta esta hipótesis, se les estaría dando la razón a quienes describen nuestra época como una nueva Edad Media. En un aspecto al menos al menos el paralelismo estaría justificado: también hoy la ideología ha dejado de cumplir la función, en la que anduvo ocupada prioritariamente en las fases anteriores del capitalismo, de oscurecer la auténtica naturaleza de las relaciones de producción. Hoy, su tarea es más bien la de proporcionar a los individuos los argumentos ya no para legitimar el sistema económico sino para hacerlo soportable, de manera análoga a como la religión en el Medievo convertía en llevadera una vida de explotación e injusticia a base de considerarlas, toda ella, como un transitorio valle de lágrimas.

En cualquier caso, el matiz de que la esfera económica ha alcanzado una hegemonía casi absoluta en todas las regiones de lo real resulta completamente imprescindible para no interpretar que nuestra afirmación inicial acerca del endurecimiento del mundo aludía tan solo al endurecimiento de las condiciones materiales de la vida de los ciudadanos. En este sentido, cabría afirmar que lo característico de la sociedad actual sería que, más allá de lo planteado por el calvinismo (o, en su versión filosófica, por el kantinismo), que instaba a la interiorización de la ley moral, ahora lo que el individuo estaría interiorizando sería el entero orden del mundo (esto es, campo de batalla, ampliado en la forma que acabamos de señalar), sintiéndose responsable también de su ineficiencia en cualquier ámbito a través de la falacia del empresario de sí mismo, antes mencionado.

Pero el caso es que la creciente complejidad y agresividad de las nuevas realidades sociales, unida a la imagen deformada que de ella nos transmiten los mass media y a la pobreza de los dispositivos que esta sociedad proporciona para relacionarse con las mencionadas realidades, provocan que, sin grandes resistencia, los ciudadanos acaben, efectivamente, por responsabilizarse de prácticamente todo: de sus enfermedades, por no haberse cuidado lo suficiente; del cambio climático, por su escasa preocupación por el reciclaje de los residuos domésticos; de las exclusiones, por su falta de empatía con los diferentes; de la crisis económica, por haber vivido supuestamente por encima de sus posibilidades, y así hasta el infinito.

Marta García Aller (El fin del mundo tal y como no conocemos) Las grandes innovaciones que van a cambiar tu vida

FILTRO BURBUJA

El nacionalismo económico que quiere cerrar las fronteras ha resurgido al tiempo que se han hundido el prestigio y la credibilidad de las élites de los países occidentales a raíz de la crisis financiera. Paradójicamente, también internet y las redes sociales han jugado un papel crucial en construir esos nuevos muros mentales, ayudando al auge de los nacionalismos xenófobos y el populismo. No por tener más información que nunca estamos mejor informados.

La cobertura de noticias internacionales ha decrecido radicalmente. Aunque internet es una red mundial, se utiliza sobre todo para transmitir información local. Y las noticias que llegan de otros países son básicamente negativas. En Estados Unidos, solo el 11 por ciento de las noticias se ocupan de los asuntos exteriores y se reducen básicamente a Afganistán e Irak. En Francia y Alemania el porcentaje es aún menor. El volumen de la cobertura de noticias internacionales ha disminuido del 27 por ciento en 1987 al 11 por ciento en 2010. Y las redes sociales no son tan globales. Sólo el 4 por ciento de las amistades de Facebook están fuera de las fronteras nacionales.

«Cuantas más interacciones se tienen con el exterior, menos se percibe como una amenaza —explica Ghemawat—. Y hay una fuerte correlación entre no saber mucho de los demás países y tenerles miedo. Los países que están profundamente conectados a los flujos internacionales de información son menos propensos a ver sus culturas con una superioridad nacional. 

En los tres meses previos a la victoria de Trump, tuvieron más difusión las veinte noticias falsas más compartidas sobre la campaña estadounidense que las verdaderas. No. El papa no apoya a Donald Trump, ni Hillary Clinton le había vendido armas al ISIS. Pero tampoco nuestras vacaciones en Tailandia fueron perfectas, la paella nos quedó tan rica, ni el niño está siempre tan mono. Que la criatura también llora, vomita y se desvela por las noches. Pero esos no son los videos que compartimos. Lo que se comparte en el escaparate global es local y sesgado.

En España, las tres noticias más leídas en las redes sociales en 2016 eran falsas. En internet arrasan las mentiras. También las nuestras. Y que sean o no ciertas las noticias que se comparten es secundario para mucha gente al lado de lo que verdaderamente importa: que nos den la razón. Así que la era global de la comunicación nos está haciendo, paradójicamente, más tribales y aislacionistas. Y más manipulables.

Vivimos en burbujas informativas con la ilusión de globalidad, porque podemos rodearnos de personas repartidas por todo el planeta con ideas afines a las nuestras. Y como en las redes no buscamos noticias, sino que nos den la razón, la verdad es la gran damnificada. Esta zona de confort virtual crea votantes vulnerables y desinformados.

Zygmunt Bauman, el filósofo que bautizó nuestro tiempo como el de la modernidad líquida, se lo explicaba así al periodista Gonzalo Suárez en una de las últimas entrevistas que dio antes de su muerte a los 91 años:

Yo recuerdo los años en los que no había ni televisión. Así que imagina el optimismo que sintió la gente cuando salió de sus pueblos y abrió los ojos ante la World Wide Web. Internet aportaba los cimientos para crear una humanidad en la que todas las piezas estuvieran en contacto y se entendieran mutuamente. Sin embargo, los estudios sociales indican lo contrario: esta maravilla tecnológica no solo no te abre la mente, sino que es un instrumento fabuloso para cerrarte los ojos. Hay algo que no puedes hacer offline, pero sí online: blindarte de los enfrentamientos con los conflictos. En internet puedes barrerlos bajo la alfombra y pasar todo tu tiempo con gente que piensa igual que tú. Eso no pasaba en la vida real: en cuanto sales a la calle y llevas a tus hijos al colegio, te encuentras con una multiplicidad de seres distintos, con sus fricciones y sus conflictos. No puedes crear escondites artificiales. 

En un mundo saturado de información global, el cerebro opta por quedarse con lo que mejor comprende y más se parece a lo que piensa. Y el algoritmo, que filtra la información por afinidad, puede romper las barreras geográficas, pero no los prejuicios ideológicos. Es lo que Eli Pariser, activista y fundadora de la web Upworthy, bautizó con acierto como «filtro burbuja» en 2011.

La consecuencia de recibir solo noticias que le dan a uno la razón es la polarización de una opinión pública cada vez más encantada de conocerse. De ello se aprovechan estos nacionalismos xenófobos de nuevo cuño, tanto en Europa como en Estados Unidos, que están haciendo tambalearse la ilusión del cosmopolitismo de las últimas dos décadas. Había un sentimiento racista que ha salido del armario y ha vuelto con fuerza una búsqueda de la identidad nacional de la vieja mayoría.

Daniele Giglioli (Crítica de la víctima)

La víctima es el héroe de nuestro tiempo. Ser víctima otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derechos, de autoestima.  Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable. ¿Cómo podría la víctima ser culpable, o responder de algo? La víctima no ha hecho, le han hecho; no actúa, padece. En la víctima se articulan carencia y reivindicación, debilidad y pretensión, deseo de tener y deser de ser. No somos lo que hacemos, sino lo que hemos padecido, lo que podemos perder, lo que nos han quitado.

Es una palinodia de la modernidad, caracterizada por sus onerosos preceptos: ¡anda erguido, abandona la minoría de edad! (lo cual rige para todos; véase Kant, Qué es la Ilustración, 1784). Con la víctima rige más bien el lema contrario: en efecto, la minoría de edad, la pasividad y la impotencia son cosas buenas, y tanto peor para quien actúe. Si el criterio para distingir lo justo de los injusto es necesariamente ambiguo, quien está con la víctima no se equivoca nunca. En una época en la que todas las identidades se hallan en crisis, o son manifiestamente postizas, ser víctima da lugar a un suplemento de sí mismo.

Solo en la forma hueca de la víctima encontramos hoy una imagen verosímil, aunque invertida, de la plenitud a la que aspiramos, una <<máquina mitológica>> que, a partir del centro vacío de una falta, carencia o ausencia, genera incesantemente un repertorio de figuras capaz de satisfacer una necsidad que tiene su orgine precisamente en ese vacío. Lo indeseado se torna deseable. 

Pero, como ha explicado Furio Jesi, quien controla una máquina mitológica tiene en su mano la palanca del poder. La ideología victimista es hoy el primer disfraz de las razones de los fuertes, como vemos en la fábula de Fedro: <<Superior stabat lupus...>>. Si solo tiene valor la víctima, si esta solo es un valor, la posibilidad de declararse tal es una casamata, un fortín, una posición estratégica para ser ocupada a toda costa. La víctima es irresponsable, no responde de nada, no tiene necesidad de justificarse: es el suelo de cualquier tipo de poder. En su erigirse como una identidad indiscutida, absoluta, en su reducir el ser a una propiedad que nada pueda disputarle, realiza paródicamente la promesa imposible del individualismo propietario. No en vano es objeto de guerras, so protexto de establecer quién es más víctima, quién lo ha sido antes y quién durante más tiempo. Las guerras necesitan de ejércitos, y los ejércitos de jefes. La víctima general liderazgo. ¿Quién habla en su nombre, quién tiene derecho a hacerlo, quién la representa, quién transforma la impotencia en poder? ¿Puede realmente hablar el subalterno? se preguntó Gayatri Spivak en un ensayo famoso. El subalterno que sube a la tribuna en nombre de sus semjantes, ¿Sigue siendo tal o ha pasado ya a la otra parte?

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Inalienable

En primer lugar, la víctima promete identidad. Es algo real, es cierta, tiene un origen, unos documentos, se funda en un acontecimiento, es demostrable. Interpela con seguridad y autoridad. ¿Quién soy? Una víctima, algo que no puede negarse y que nadie podría quitarme nunca. Encuadra al ser con el perfil de tener, reduce al sujeto a portador de propiedades (que no de acciones), le pide seguir siendo, dolorosa pero orgullosamente lo que es. No pretende transformaciones, renuncias, sacrificios. El sacrificio ya se ha producido, no se necesitan más. Ya hemos dado, ahora nos espera descansar de nosotros mismos. Objetivo deseable para quien cree que no se puede cambiar, sobre todo si unas agencias potentes tienen interés en confirmar este escepticismo, es decir, dejar el mundo tal y como está, es decir, de nuevo, en sus manos. La condición de víctima castra la egency en todos los sentidos del término. La víctima real es tal porque es impotente. La víctima imaginaria motiva con eso su impotencia y, si no es impotente, su aspiración a seguir siendo lo que es por derecho propio: un propietario inalienable.

Inalienable o, si se quiere también, espectral, fantasmático. Los derechos inalienlanes no existen in natura, son prestaciones de la polis, como había comprendido bien, antes que nadie, Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo:  nada más abstracto que los derechos humanos, que no en balde emergen como problemas solo en el momento en que son negados los derechos políticos, porque son estos los que fundan aquellos, y no al revés. Pero la espectralidad es plástica, adaptable, ausente de verificaciones, hasta el punto de que sabotea la pertenencia de la barrera, de por sí ya porosa, entre victimización real y victimización imaginaria. ¿No explica el psicoanálisis que precisamente eso de lo que más nos enorgullecemos, eso que creemos más nuestro, más cierto, más auténtico, nuestro Yo, es en realidad fruto de un reflejo, de una proyección (así como de la rivalidad y de la aversión: la fase del espejo, el cual es eso que se comporta como yo), en una palabra, lo más imaginario que haber pueda?

Solo un largo periodo de 30 años de ideología individualista sin oposición podía conferir al concepto de identidad el énfasis del que se ha beneficiado, consiguiendo incluso hacerlo penetrar en las ciudadelas de un pensamiento que se pretendería crítico: milagros de la hegemonía. Basta para comprobarlo la fortuna de la que gozan en la academia anglosajona los departmento pensados para grupos sociales golpeados por algún estigma [...]

Oriol Quintana (Filosofía para una vida peor) Brevario del pesimismo filosófico del siglo XX

Unos cuantos millones de cadáveres

LA LITERATURA DE AUTOAYUDA, ¿UNA ANOMALÍA HISTÓRICA?

Todo libro de autoayuda parte siempre de una premisa básica: uno puede mejorar.  La vida, ciertamente, está llena de obstáculos, pero se puede triunfar sobre ellos. En realidad, no existen las dificultades, existen los retos. Desde el Usted puede sanar su vida hasta los esfuerzos por Un mundo sin quejas, una riada casi infinita de títulos pretenden calmar nuestra angustia vital a base de inundar de títulos cada rincón de la existencia con un recacitante optimismo. Este dice que alguna fuerza cósmica empuja las cosas hacia lo mejor, y que el individuo sufriente e inseguro le bastaría con dejarse llevar por esas fuerzas benevolentes para salir de su situación.

Recalcitrante es el abjetivo justo. La doctrina que dice que todo está providencialmente dispuesto para que el bien triunfe debería haberse extinguido hacia finales del siglo XX, justo cuando los regímenes dictatoriales del este de Europa comenzaron a desmoronarse de manera casi incruenta: morían de puro cansancio, porque su inercia se había agotado. ¿Quién iba a tener ganas de encabezar una revolución por un futuro mejor, cuando justamente por este eslogan y otros imilares se instaló una presión escandalosa y duradera? Lo cierto es que se celebró el fin de las dictaduras con cierto alivio pero sin mucha alharaca. Si uno presta atención al repasar los vídeos de la época, verá cómo los martillazos que la gente propinaba al muro de Berlín en el año 1989 se daban con cierta desgana. Faltaba la ira, la furia, la dterminación del que cree que está salvando al mundo, que abre el camino de la libertad y deja por fin atrás el sufrimiento. Faltaba el empuje de las masas. Pero es que nadie que conociera mínimamente los hechos transcurridos entre 1914 y el mismo año 1989, no digamos lo que directa o inderectamente sufrieron sus consecuencias, podría creer que las cosas, algún día, llegarían a estar bien.

Y es que incluso una mirada superficial, estadística, a la historia del siglo XX revela que los niveles de sufrimiento y las pérdidas de vidas humanas que se dieron a lo largo del siglo son de tal dimensión que casi constituyen un novum histórico. Es evidente que el siglo XX no inventó la guerra ni la tortura, pero sí es cierto que la cantidad supone una transformación en la calidad, por lo menos, a partir de ciertas cifras astronómicas. Entonces sí estamos ante lo nunca visto. ¿Cuánta gente murió en la Primera Guerra Mundial? Algunas fuentes dicen que en total se llegó a los diecisiete millones de personas, la mayoría de las cuales fueron soldados en el frente. En la Segunda Guerra Mundial, Alemania perdió tres millones de soldados; la URSS, ocho millones. Otros ejercitos, algo menos. Estados Unidos solo trescientos mil; Gran Bretaña, menos de medio millón; Francia, doscientos mil. Y en cuanto a las víctimas civiles, ni que decir tiene que los años de la Segunda Guerra Mundial constituyen un macabro récord imbatible. Los nazis asesinaron alrededor de seis millones de judíos: el número de víctimas civiles del conflicto asciende a catorce millones de personas en solo doce años. Esos años, además, supusieron la resurrección de fenómenos sociales que no se veían desde la Edad Media, como los encarcelamientos sin juicio ni acusación formal, las cazas de brujas y las torturas para extraer falsas confesiones; aunque, de nuevo, a una escala que haría parecer a los antiguos inquisidores como simples aficionados (George Orwell dixit). Por no mencionar las deportaciones forzosas, lo que antes se llamaba el destiero, que, curisosamente, hasta entonces había tenido una especie de aura romántica.

Algunos historiadores se han empeñado en recordar a sus lectores que los tristemente famosos métodos industriales de exterminio, que tanto han impresionado nuestras mentes, en realidad fueron menos usuales que el tradicional método de dejar morir de hambre a los enemigos, largamente practicado en los antiguos asedios de ciudades. Entre Hitler y Stalin mataron de hambre a siete millones de personas, ya fueran civiles que no mostraron el suficiente entusiasmo en las colectivizaciones de tierras, presioneros de guerra, ciudadanos sitiados en los cercos a ciudades o en los guetos. Esto hizo resucitar el canibalismo.

[...] Y a pesar de todo ello, a pesar de los millones de cadáveres, hay una miríada de libros que crecen sobre un humus optimista que no debería existir. ¿Se trata de una anomalía histórica? Lo cierto es que no: hubo otras épocas en que la imposibilidad de diseñar un proyecto histórico optimista era algo patente. Tras el desmebramiento del imperio de Alejandro Magno proliferaron las escuelas de filosofía que proponían una suerte de salvación individual, de las que conocemos el estoicismo y el epicureísmo. Es de estas escuelas la idea según la cual la filosofía debía dedicarse únicamente a la sanación del alma. Un antiguo fragmento atribuido a Epicuro lo afirmaba con rotundidad [Epicúrea,221]:

<<Vana es la palabra de aquel filósofo que no remedia alguna dolencia del hombre. Pues así como ningún beneficio hay en la medicina que no expulsa las enfermedades del cuerpo, tampoco lo hay en la filosofía si no expulsa la dolencia del alma>>.

[...] No es nuestra intención poner en el mismo saco a la literatura de autoayuda y a esa consagradísima escuela filosófica de la antigüedad. Solo queremos señalar cómo ambas surgieron a la sombra de los desastres (los imperios, que construyen y se destruyen siempre con sangre, son invariablemente una forma de desastre). Por lo demás hay muchas diferecias y la más importante es la que los separa como a dos universos lejanos: el antiguo estoicismo quería enseñar a sus seguidores a aceptar su dolor y su condición desgraciada. Los libros de autoayuda, en mayor o menor medida, se empeñan en negar el dolor, en ocultar la condición desgraciada del ser humano y más bien se empeñan en afirmar que siempre se puede mejorar.

Mauricio-José Schwarz (La izquierda Feng-Shui) Cuando la ciencia y la razón dejaron de ser progres


FENG-SHIU CON POCO HIELO

El feng-shui —que, por cierto, se pronuncia fung-shuei, lo que suele dar igual— es una creencia china (o, según sus adeptos, un sistema filosófico) que pretende armonizar la vida de la gente con los elementos energéticos y telúricos de la naturaleza. 

Dicho de otro modo, el feng-shui es la idea de que por poner tus muebles y elementos de decoración donde no debes puede matarte y destruir tu vida, y no precisamente porque se te haya olvidado anclar tu librería de Ikea y caiga sobre ti con todo el aterrador peso de la obra completa de Paulo Coelho encuadernada en piel de rinoceronte. 

O en otras palabras, el feng-shui es la decoración de interiores llevada al absurdo con unos precios más altos que los de cualquier decorador de interiores que haya estudiado arquitectura e historia del arte. Con la ventaja añadida de que uno puede ser «consultor feng-shui», nombre que impresiona con gran contundencia, sin estudiar prácticamente nada. Basta con leer cuatro o cinco páginas web y está usted listo.

Pero esta creencia/sistema filosófico/decoración de interiores incorpora muchos de los conceptos esenciales para las creencias que adopta la izquierda feng-shui.

Aquí conviene hacer una confesión: cuando llamé «izquierda feng-shui» a la vertiente esotérica de esta tendencia, ni siquiera estaba pensando en las características de esta disciplina, simplemente resultaba eufórico. Pero el nombre tuvo cierto éxito y, además, resulta descriptivo, sin excesos. Otros la han llamado izquierda new age, kumbayá (por la canción espiritual que los scouts solían cantar en torno a sus fogatas y que el folk y la canción protesta rescataron como canto de unidad hippy en la década de 1960), posmo —por su identificación con el relativismo posmoderno—, mística o magufa —una combinación de «manga « y «ufóloga»—, mientras que algunos se refieren a ella como la sección esotérica de la izquierda regresiva o reaccionaria. 

[...] Los principios básicos del feng-shui son la base de todas las creencias místicas de la antigua China y de su refrito occidental del último medio siglo, y un buen ejemplo del esquema esotérico y divorciado de los datos que caracteriza al pensamiento de esa parte de la izquierda. 

[...] Con la preocupación creciente sobre la contaminación ambiental, el pánico a las antenas de telefonía móvil, la salud amenazada incesantemente e ideas como la sostenibilidad y armonía con el medio ambiente, el feng-shui empezó a difundirse ampliamente desde que, en la década de 1950, el médico y estudioso británico Joseph Needham publicó su serie de libros titulada Ciencia y civilización en China. Aunque el propio Needham señaló que el feng-shui era una seudociencia, consideró que tenía alguna influencia en el diseño de los espacios estéticamente placenteros de la cultura china. De hecho, la serie Needham no sólo llevó la idea del feng-shui a Occidente, sino que reavivó el interés por la práctica en la propia China. Y ayudó al resurgimiento de una práctica similar de arquitectura sagrada en la India, el vastu. 

Los practicantes de vastu compiten ferozmente hoy en día con los del feng-shui para hacerse con los contratos de diseño de interiores para los ricos despistados, como la elite de   Hollywood. 

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EL MISMO POSMODERNISMO

Más vale no emplear el adjetivo posmoderno en los alrededores de los filósofos, ya que no es una categoría que reconozcan como propia y, de hecho, pueden hacer amplias argumentaciones si se imponen como objetivo demostrar que alguien, algún texto o alguna idea no son «posmodernos». La definición de la palabra, como ocurre con el término natural, depende de quién la maneje y, siendo justos, es bastante vaga y está sujeta a debate entre los profesionales de la filosofía. Pero para la gente común y corriente, sin las sutilezas que lo deshilachan todo hasta que desaparece como una paloma en manos de un hábil prestidigitador (sí, el ave está en realidad oculta en el algún bolsillo disimulado del chaleco del mago) y sin pretensión de extensivamente en el tema, el pensamiento posmoderno se identifica como una tendencia filosófica relacionada con el posestructuralismo que rechaza, esencialmente, los valores de la Ilustración y de la Revolución científica. Más o menos como hizo el abate Barruel, pero con más pompa y boato. 

Una de las ideas centrales que el pensamiento posmoderno propone es que la realidad objetiva no existe, sino que es producto del «discurso». En término muy resumidos, la palabra crea la realidad. Cuando usted recibe un balonazo y sufre dolor, no está recibiendo un golpe ni sufriendo dolor medible o real, sino que es víctima del discurso con el que lo han adoctrinado de modo que crea en los balones, en la fuerza de los golpes y en la necesidad de sentir dolor cuando recibe un balonazo. Igualmente, por tanto, se le podría enseñar otro discurso distinto según el cual los balones no son duros y tienen la textura del algodón de azúcar, de modo que cuando lo golpeen apenas sentirá nada.

Suena absurdo y se me podría acusar de caracterizar este aspecto del pensamiento posmoderno con una enorme mala fe. Así que acudamos a uno de sus máximos exponentes, el galardonado filósofo francés Bruno Latour. En uno de sus más celebrados ensayos, Latour afirma que no es razonable decir que Ramsés II murió de tuberculosis, porque el bacilo responsable de esta enfermedad no fue descubierto hasta el siglo XIX, precisamente por Robert Koch, el creador, junto con Louis Pasteur, de la teoría de los gérmenes patógenos, la primera explicación científica de la enfermedad que se consiguió en la historia humana. Para Latour decir que a Ramsés lo mató ese bacilo exigiría creer en que el bichillo viajó en el tiempo hasta el verano del año 1213 a.C. para dar cuenta del poderoso emperador egipcio. Latour deja la duda de si Koch descubrió o inventó el bacilo en cuestión. En definitiva, que antes de que se le diera nombre, se lo caracterizara, no se puede decir que el bacilo de Koch existiera. 

Ese razonamiento equivale a decir, por supuesto, que los rayos no estuvieron formados por electricidad hasta junio de 1752, cuando Benjamin Franklin descubrió (o inventó) que los relámpagos constaban de la misma energía a la que Willian Gilbert puso nombre. O que el agua no estaba hecha de dos moléculas de hidrógeno y una de oxígeno, hasta que Henry Cavendish la descompuso. Y así, cuantos ejemplos se deseen. 

Fuera como fuere, la idea es ésa: El pensamiento humano o la narrativa del pensamiento, las palabras, la realidad no tiene por qué ser lógica ni poder analizarse con la razón, pues éstos son inventos que no tienen validez universal. Del mismo modo, para el posmodernismo la naturaleza humana no existe, no hay determinantes ni condicionantes genéticos, evolutivos o fisiológicos, sino que somos lo que somos porque nos han convencido (la sociedad nos ha convencido) de que lo seamos. Y, por lo mismo, no hay ni valores morales objetivos ni nada más que el poder de implantar una ideología que da forma a nuestro pensamiento. Todo es relativo. 

Olalla Castro Hernández (Entre-lugares de la Modernidad) Filosofía, literatura y Terceros Espacios

EL GRAN RELATO DEL CAPITALISMO NEOLIBERAL Y LA NUEVA UTOPÍA DEL MERCADO TOTAL

[...] ¿Cómo se enmarcara, al fin, un proyecto tan inhumano como lo es el neoliberal y se hace pasar, a ojos vista de la sociedad, por un proyecto que sigue teniendo al ser humano como centro?

La respuesta es sencilla y, a la vez, tremendamente retorcida: cambiando el propio concepto de sujeto y haciendo que sus objetivos, creencias y valores no sean ya los que proponían las utopías marxista, positivista e ilustrada. El bien común, la justicia social, la colectivización de los bienes, el progreso dirigido a una humanidad hermanada, la igual de los seres humanos, la pertenencia a una clse proletaria internacionalista, los lazos universales entre las personas..., son sustituidos por un concepto hedonista y neonarcisita de lo humano, donde se procura aislar al sujeto en la inmediatez de su mundo cotidiano, creándole la sensación de estar conectado con el mundo a través de la pantalla, de intercesores que contribuyen a generar la suficiente distancia psicológica y emocional para que realmente no se produzcan los procesos empáticos necesarios para considerar al otro parte de nosotros mismos, proponiendo toda una seria de divertimentos y entretenimientos encaminados a ala felicidad individual (que se cifra ya en el terreno de lo puramente libidinal, en el ámbito de los deseos satisfechos). Este proceso de individualización, que Lipovetsky denomina proceso de personalización, es una de las consecuencias del triunfo del metarrelato neoliberal y supone uno de los cambios más profundos en esta nueva etapa posmoderna de la Modernidad:  

El ideal moderno de subordinación de lo individual a las reglas racionales colectivas ha sido pulverizado. El proceso de personalización ha promovido y encarnado masivamente un valor fundamental, el de la realización personal, el respeto a la singularidad subjetiva, a la personalidad incomparable sean cuales sean por lo demás las nuevas formas de control y de homogeneización que se realizan simultáneamente (Lipovetsky, 2006:7).

La felicidad y la libertad dejan de de ser aspiraciones globales, valores deseables para el común de una especie, la humana (como pretendía supuestamente la utopía ilustrada), o para la clase obrera incluida por el capitalismo (como pretendía la utopía marxista). En un mundo donde la categoría de clase social está supuestamente desfasada o donde la existencia no posee un sentido humanista, pretende romper los lazos que antes nos mantenían unidos. No nos sentimos profundamente vinculados ya, como ocurría en anteriores etapas de la Modernidad, a una abstracción tan «tangible» como lo es la pertenencia a una clase social. El sujeto social se sustituye por el individuo, que decide «libremente», sin filias y fobias, sus empatías, en función de factores emparentados directamente con el Mercado (gustos, modas, aficiones, filiaciones a equipos de deportivos o idolatrías a estrellas del rock). No somos una especie que esté comprometida ya, como lo estaba (al menos en el ámbito puramente discursivo) en etapas anteriores de la Modernidad, con el resto. Así, la utopía del mercado total consigue que su lógica se imponga en la vida cotidiana del sujeto, convenciendo al mismos de que se es más feliz y más libre en tanto se poseen más bienes y en tanto los impulsos y deseos materiales e intelectuales se satisfacen con la mayor inmediatez. La separación que la Modernidad hace de una razón instrumental, una razón estética y una razón ética «tiende crecientemente a ser reabsorbida por una sola lógica que construye el bien y el mal, lo verdadero y lo falso, lo bello y lo feo, a partir de la lógica expansiva de la eficacia y el rendimiento del capital» (Lancer, 2002:55).

La utopía del mercado total genera, como lo hicieron las utopías precedentes, su propia mitología. Algunos de los mitos funcionales de esta nueva utopía, que Lancer recorre uno a uno magistralmente, son: el mito del crecimiento ilimitado (al Mercado no le importa si los bienes están en manos de unos pocos; no le incomodan al revés, precisa de ellos— sus excluidos, como no le importa acabar con los recursos naturales del planeta, mientras el crecimiento de la producción y el consumo de bienes sean exponenciales); el mito de corte hobbesiano de la egoísta naturaleza humana (que resulta ser un mito tan esencialista como lo eran los mitos más plenamente modernos y que está basado igualmente en la creencia en la universalidad de ciertos rasgos de lo humano; a través de este mito se justifica la existencia de un Estado de control, sancionador y profundamente burocratizado); el mito del desarrollo lineal y progresivo de la tecnología; el mito de la tolerancia y de la diversidad cultural (bajo un clima de eclecticismo superficial y enfocado hacia el mercado, sus productos y sus potenciales consumidores), el mito de una sociedad sin intereses, sin estrategias, sin relaciones de poder y sin sujetos, bajo el que se oculta el poder oligopólico del mercado, etcétera.  

Lo que hemos aceptado denominar como Posmodernidad (en su versión triunfal) se caracteriza al fin, por una exacerbación de lo moderno, un movimiento que lleva al límite los presupuestos de la Modernidad, en cuyo camino han ido mutando, cambiando su sentido, que no creyendo, los más importantes conceptos modernos, hasta el punto de quedar completamente desvirtuados en muchas ocasiones, incluso de llegar a ocupar sus nuevas posiciones totalmente vacíos de contenido (la reapropiación de todos los grandes conceptos y valores modernos por parte del lenguaje publicitario han convertido a la belleza, la verdad, la revolución, la libertad..., en hueros eslóganes que pululan por los anuncios de productos cosméticos, vehículos y perfumes, tristemente vacíos de significado y de historia). 

Alexander von Schönburg (Historia portátil del mundo)


EL PROBLEMA DE HUMPTY-DUMPTY
(¿Se puede reparar el mundo? Y, si es así, ¿cómo?
Las ideas más importantes hasta el momento)

Ningún ejercito puede detener una idea a la que le ha llegado su momento (Victor Hugo)

El director de cine francés Jean Luc Godard tiene una idea simpática para hacer remontar la economía nacional griega: siempre que alguien hable o debata utilizando ideas de los antiguos griegos deberá transferir 10 euros a Atenas. Únicamente con los derechos de autor sobre los términos «democracia» o «lógica» quedaría saneado de golpe el producto nacional bruto de Grecia. Con la palabra «sensatez», probablemente no podría ganarse tanto dinero y eso que sofrosina es, en realidad, la idea central y con creces la más bella de la Antigüedad. Por ello también es el momento central del teatro griego. En él siempre ocurre lo mismo. Siempre sale a la palestra un personaje que somete al mundo con un acto heroico... y acaba cayéndose de bruces. Pero esta moraleja bastante transparente del «no te pases» nos llega a través de un murmullo misterioso lleno de reverencia ante las casi infinitas capacidades del hombre. Haga el favor de imaginarse aquí el coro en Antígona de Sófocles que susurra al fondo: «Muchas cosas hay portentosas, pero ninguna tan portentosa como el hombre... (ara la tierra las 24 horas del día y así sucesivamente) Con sus trampas captura a la tribu de los pájaros... y al pueblo de los animales salvajes... A veces los encamina hacia el mal, otras veces hacia el bien».

El hombre es capaz de las obras más grandiosas. Y de lo más miserable. De ambas cosas es capaz. Sus posibilidades son tan inmensas que la capacidad de limitarse a sí mismo y de no hacer todo lo que podría hacer es la forma más elegante de libertad. Lo dicho: sofrosina, la sensata autorrepresión. Dominar el mundo, como canta el coro, y aun así encontrar la justa medida... Sí, si esto fuera posible. Si hubiera que resumir la moraleja de todas las historias de Homero, la frase acabaría siendo esta: «Haz de tripas corazón, contrólate». Para Homero, lo bueno, lo virtuoso no solo es correcto desde el punto de vista moral, sino que además es la opción más hermosa. Allí donde el hombre se contiene a sí mismo —así la esencia de la sofrosina—, reina la armonía. La fidelidad, la bravura, la honestidad, la justicia, todas estas cualidades irradian belleza y armonía. La traición, el robo, la infidelidad y todo lo que está encaminado a la ventaja propia y no conoce esta contención, según Homero, sobre todo es lisa y llanamente feo. El hombre tiene la posibilidad de elegir entre lo bueno y lo malo, lo feo y lo bello.

Si bien Homero y la Antigüedad son un punto de partida cómodo para formarse una idea acerca de la historia de nuestro pensamiento, quedarse ahí sería demasiado cómodo. Hay que empezar más atrás cuando se habla de la historia de las ideas. 

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En Suecia se practicó la esterilización forzosa de discapacitados intelectuales hasta 1975; en Holanda hubo debates relativamente desapasionados acerca de si el dinero que se gasta en medidas para mantener con vida a pacientes mayores en los hospitales no estaría mejor emplearlo en hacer posible el sueño de familias jóvenes de tener un hogar propio. En clínicas de fertilidad se realiza a diario una selección de embriones, mediante el llamado screening, cuyo genotipo indica problemas o riesgos. Cada año se descartan cientos de miles de embriones en la investigación. El debate acerca de vidas dignas o indignas no es pues exclusivo del nacionalsocialismo, ni tampoco ha sido zanjado. Más allá de la época nazi, en el mundo occidental también se han considerado científicas las diferencias raciales. En Estados Unidos la «superioridad de la raza blanca» era innegable hasta 1960. La detención de Rosa Parks que se negó a cederle el sitio a un blanco en un autobús sucedió en 1955. La segregación racial no fue abolida hasta 1964 tras la muerte de Kennedy por su sucesor Lyndon B. Johnson. En Australia existió la política «White Australia», con la cual se limitó la inmigración de personas no blancas hasta 1973. 

Cuando en enero de 1933, en las primeras semanas después de la toma de poder de Hitler, las tropas de la policía de Göring asaltaron redacciones de prensa y emitieron órdenes de detención, los tribunales alemanes, conforme a su deber, intervinieron y ordenaron liberaciones de personas que estaban siendo retenidas sin que mediara la correspondiente sentencia judicial. Pero luego, cuando entraron en vigor los decretos de emergencia y a partir del 24 de marzo, el Parlamento adoptó la ley de plenos poderes; esto fue suficiente para eliminar todos los instintos ético-legales. La crueldad, igual que en el experimento de Milgram, fue entonces política, jurídica y socialmente autorizada. ¿Qué otra cosa podía hacer una persona con un cargo en un ministerio o un sargento de la policía de Berlín que hacer lo que siempre se había hecho? Según el profesor Haller, desde el punto de vista forense a la pregunta de quién era Hitler, quiénes eran esos miles que actuaron como verdugos, aquellos que cometieron todas esas atrocidades sistemáticas, no hay más que una respuesta: gente común. Andrzej Szczypiorski, un superviviente del campo de concentración de Sachenhausen, lo formuló una vez de la siguiente manera: «En el campo de concentración he conocido a agente que, con aplicación y espíritu de sacrificio, asesinó a otros, gente que sin ánimo de obtener beneficio propio, por conciencia del deber y con puntualidad, denunció a su prójimo, lo torturó honesta y aplicadamente mostrando una impecabilidad y meticulosidad ejemplares». Un Hitler, un Napoleón, un Jan van Leiden, un Idi Amin, un Pol Pot no son seres anómalos. No son la excepción. La excepción son las personas que en los momentos decisivos defienden la dignidad del hombre contra la opinión general.

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¿FUE LA ESCLAVITUD UNA CUESTIÓN CLAVE EN LA GUERRA CIVIL ESTADOUNIDENSE?

¿Quiénes eran los «buenos» en la Guerra de Secesión estadounidense? Los de los los uniformes azules, claro. ¡Qué pregunta más tonta! Los que liberaron a los esclavos. Charles Dickens no compartía esta opinión. Según Dickens, en esta guerra no se trataba de la abolición de la esclavitud, sino de recabar impuestos. En cualquier caso, Abraham Lincoln, el republicano que fue elegido presidente de Estados Unidos en 1860 e impidió con la guerra contra los estados del sur la división del país, no era contrario a la esclavitud. En su discurso de posesión dijo expresamente: «No tengo intención de intervenir, de forma directa ni indirecta, en la institución de la esclavitud en los estados en que exista».

La vida de aquellos que no eran blancos no contaba mucho para Lincoln; tanto él como los generales del ejército estadounidense cercano a él (de joven se alistó en la campaña contra la tribu de los sauk) ya lo habían demostrado durante el genocidio perpetrado contra los indígenas. Era un gran maestro de la política de pactos y supo ganarse a los estados dispuestos a jurar la secesión, mediante leyes que consentían la tenencia de esclavos. La Guerra de Secesión es históricamente interesante por dos motivos: se cobró la vida de 600.000 soldados y 50.000 civiles —nunca en ninguna otra guerra ha muerto un número tan elevado de ciudadanos estadounidenses— únicamente y exclusivamente con el fin de preservar la «Unión», como subrayó el mismo Lincoln en varias ocasiones. Esto, a su vez, la hace interesante desde el punto de vista histórico-constitucional: Lincoln negó a los estados del sur el derecho a eso, precisamente, a la secesión, a la separación, que había dado origen pocas décadas antes a la fundación de Estados Unidos. 

En realidad, el hecho de que ni la gran Revolución Americana ni la Revolución Francesa se hayan ocupado de la liberación de los esclavos tendría que dar que pensar. Se sabe, por ejemplo, que a los esclavos de las islas caribeñas los liberó el invento de la obtención de azúcar a partir de la remolacha azucarera. Este método permitió la producción de grandes cantidades de azúcar barato en Europa, por lo que la importación de azúcar de caña de Jamaica y Cuba dejó de ser rentable.

Ambrose Bierce (Diccionario del Diablo)

Academia, s. Escuela antigua donde se enseñaba moral y filosofía. Escuela moderna donde se enseña el fútbol.

Boticario, s. Cómplice del médico, benefactor del sepulturero, proveedor de los gusanos del cementerio.

Celoso, adj. Indebidamente preocupado por conservar lo que sólo se puede perder cuando no vale la pena conservarlo.

Deuda, s. Ingenioso sustituto de la cadena y el látigo del negrero.

Excentricidad, s. Método de distinción tan vulgar que los tontos lo usan para acentuar su incapacidad.

Gota, s. Nombre que da el médico al reumatismo de un paciente rico.

Historia, s. Relato casi siempre falso de hechos casi siempre nimios producidos por gobernantes casi siempre pillos o por militares casi siempre necios.

Independiente, adj. En política, enfermo de autorrespeto. Es término despectivo.

Justicia, s. Artículo más o menos adulterado que el Estado vende al ciudadano a cambio de su lealtad, sus impuestos y sus servicios personales.

Longevidad, s. Prolongación poco común del temor a la muerte.

Mamíferos, s. Familia de vertebrados cuyas hembras, en estado natural, amamantan a su cría, pero cuando se vuelven civilizadas e inteligentes la dan a la nodriza o usan el biberón.

Nepotismo, s. Práctica que consiste en designar a la propia abuela para un cargo público, por el bien del partido.

Odio, s. Sentimiento cuya intensidad es proporcional a la superioridad que lo provoca.

Plebiscito, s. Votación popular para establecer la voluntad del amo.

Referéndum, s. Ley que se somete a voto popular para establecer el consenso de la insensatez pública.

Sepulcro, s. Lugar en que se coloca a los muertos hasta que llegue el estudiante de medicina.

Tumulto, s. Entretenimiento popular ofrecido a los militares por espectadores inocentes.

Urraca, s. Ave cuya inclinación al robo ha sugerido a algunos la posibilidad de enseñarle a hablar.

Viejo, adj. Estado de uso que no se contradice con una incapacidad general, v.gr. “hombre viejo”. Desacreditado por el paso del tiempo y ofensivo para el gusto popular, v.gr. “libro viejo”.

Wall Street, s. Símbolo de pecado expuesto a la execración de todos los demonios. Que Wall Street sea una cueva de ladrones, es una creencia con que todo ladrón fracasado sustituye su esperanza de ir al cielo.

Mark Lilla (Pensadores temerarios) Los intelectuales en la política

La seducción de Siracusa

[...] Dionisio es nuestro contemporáneo. A lo largo del último siglo ha tomado muchos nombres: Lenin y Stalin, Hitler y Mussolini, Mao o Ho, Castro y Trujillo, Amin y Bokassa, Sadan y Jomeini, Ceaucescu y Milosevic; la lista podría se mucho más larga. La almas optimistas del siglo XIX, creían que la tiranía era una cosa del pasado. Después de todo, Europa había entrado en la modernidad y todos sabían que las complejas sociedades de este período, asociadas a los seculares valores democráticos, no podían ser gobernadas según los antiguos medios despóticos. Las sociedades modernas podrían ser autoritarias, controladas por frías burocracias y crueles condiciones de trabajo, pero no se convertirían en dictaduras en el sentido en que lo fue Siracusa. La modernización podría volver obsoleto el concepto de tiranía e incluso las naciones extraeuropeas, también modernizadas, superarían en el futuro a estos regímenes. Hoy sabemos que era una idea errónea. Han desaparecido tanto el harén como el esclavo que probaba alimentos antes de que llegaran al rey, pero los sustituyeron los ministros de propaganda y los guardias revolucionarios, los magnates de la droga y los banqueros suizos. La tiranía ha sobrevivido.

El problema de Dionisio es tan viejo como la creación. El de sus partidarios intelectuales es nuevo. La Europa continental alumbró dos grandes sistemas dictatoriales durante el siglo XX: el comunismo y el fascismo. Del mismo modo, también creó un nuevo tipo social para el que necesitamos un nuevo nombre: el del intelectual filotiránico. Algunos de los grandes pensadores de este período, cuya producción sigue vigente para nosotros, se atrevieron a servir a modernos Dionisios, tanto de palabra como de obra. Sus historias son infames: Martin Heidegger y Carl Schmitt en la Alemania nazi; György Lukács en Hungría; quizá algunos otros. Muchos, sin correr grandes riesgos, se adhirieron a los partidos fascistas y comunistas en ambos lados del Telón de Acero, ya fuese por afinidades electivas o ambiciones profesionales; algunos lucharon episódicamente en selvas o desiertos del tercer mundo. Un número sorprendentemente elevado se convirtió en peregrino de las nuevas Siracusas erigidas en Moscú, Berlín, Hanoi o La Habana. Como observadores políticos coreografiaron cuidadosamente sus viajes por los caminos de los tiranos, con billetes de regreso en la mano, admiraban las granjas colectivistas, las fábricas de tractores, las plantaciones de caña de azúcar o las escuelas, aunque por una u otra razón nunca visitaron las prisiones.

En su mayoría, los intelectuales europeos se parapetaron detrás de sus escritorios, visitando Siracusa solo con la imaginación, desarrollando interesantes y a veces brillantes ideas con las que explicar los sufrimientos de personas a las que nunca mirarían a los ojos. Distinguidos profesores, talentosos poetas y periodistas influyentes unieron sus capacidades para convencer a todo el mundo de que los regímenes dictatoriales modernos eran liberadores y de que sus crímenes y excesos eran nobles, observados desde la óptica apropiada. Necesitará un estómago verdaderamente fuerte cualquiera que hoy asuma la empresa de escribir una historia intelectual honesta del siglo XX en Europa.

Quien lo haga necesitará además otra cosa: vencer su repugnancia para poder meditar sobre las raíces de este extraño e indescifrable fenómeno. ¿Qué ocurre en la mente humana que la hace capaz de proclamar la defensa intelectual de un régimen dictatorial en pleno siglo XX? ¿Cómo la tradición del pensamiento político occidental —iniciado con la crítica de la tiranía que hace Platón en La República y con sus fracasados viajes a Siracusa— ha llegado al este punto en el que se ha vuelto aceptable argumentar que la tiranía es algo bueno, incluso hermoso? Nuestro historiador necesitará plantear estas grandes cuestiones, porque se encontrará enfrentado a un fenómeno general y no a casos aislados de comportamientos extravagantes. En el siglo XX, el caso de Heidegger es el más dramático ejemplo de cómo la memoria viva de la tradición, la filosofía o el amor a la sabiduría se transformaron en amor a la tiranía.

¿Por dónde empezar? El primer impulso de nuestros historiadores es detenerse en la historia de las ideas, a partir de la convicción de que existen raíces intelectuales comunes tanto a la filotiranía intelectual como a las modernas prácticas despóticas. Se encontrarán numerosas y sólidas investigaciones sobre los fundamentos de muchas opiniones políticas modernas que comparten esta presunción e incluso esta aproximación, que consiste en dividir la tradición intelectual europea en dos tendencias rivales y atribuir sentimientos filotiránicos a una de ellas. Uno de los objetivos recurrentes de estas investigaciones es la Ilustración; desde el siglo XIX se la describe como un desgajamiento de las profundas raíces de la sociedad europea —que no son otras que la tradición religiosa cristiana— y la subsiguiente puesta en marcha de nobles experiencias para reformar la sociedad de acuerdo con sencillas nociones de orden racional. 

Según esta perspectiva, la Ilustración no solo engendró tiranías, sino que fue propiamente despótica en sus métodos intelectuales: absolutismo, determinista, inflexible, intolerante, insensible, arrogante, ciega. Esta retahíla de adjetivos está tomada de los escritos de Isaiah Berlin, que en una serie de brillantes y sugerentes ensayos sobre la historia intelectual publicados durante los decenios que siguieron a la posguerra ha desarrollado esta acusación de modo muy sofisticado: los filósofos de la Ilustración son los responsables de la teoría y la práctica de la tiranía moderna. Berlin sostiene que el rechazo a la diversidad y el pluralismo encontró su principal alimento en las más importantes corrientes de la tradición intelectual occidental que comienza con Platón y termina con la Ilustración, antes de dar sus frutos políticos en el totalitarismo del siglo XX. Los supuestos fundamentales de esta trayectoria vendrían a confluir en que todos los interrogantes morales y políticos, tienen una sola respuesta verdadera, que todas esas respuestas son accesibles a través de la razón y que todas esas verdades son necesariamente compatibles unas con otras. Sobre estos supuestos se edificaron y defendieron los gulags y los campos de exterminio. En palabras de Berlin, la Ilustración brindó ese ideal «en cuyo nombre quizá se haya sacrificado más seres humanos que por cualquier otra causa en la historia de la humanidad».

* Mark Lilla (La mente naufragada) Reacción política y nostalgia moderna

José María Lassalle (Contra el populismo) Cartografía de un totalitarismo posmoderno

[...] Teorizada, entre otros, por Hardt y Negri, la nueva izquierda que rebrotó de la caída del Muro dio la espalda a la Modernidad de forma radical. Esgrimió una «rebelión de las dignidades« y cuestionó las jerarquías racionalizadoras de Occidente por considerarlas instrumentos de colonización intelectual que empleaban la supuesta objetividad del conocimiento y la ciencia como mecanismos represivos. La resurrección simbólica de Lacan practicada por Žižek y la lucha contra el neocolonialismo defendida por De Sousa introdujeron un arsenal dialéctico que pronto fue puesto al servicio de una dinámica revolucionaría que cobró carta de naturaleza en Chiapas y, poco después, en la famosa batalla urbana librada en las calle de Seattle durante la conferencia de la Organización Mundial del Comercio de 1999.

A partir de entonces, tras la caída en desgracia del comunismo, comenzó el cuestionamiento del orden mundial, con armas que recurrirían a la sospecha de que la globalización era una estrategia del neoliberalismo para instaurar una conceptualidad secretamente totalitaria que colonizaba el planeta mediante una racionalidad monotizable que hacía todo consumible. Para ello apelaban primariamente a los sentimientos, siendo estos una respuesta indignada al capitalismo vencedor de la Guerra Fría. Con su gesta de indignación multitudinaria, el altermundialismo empleó una estrategia de guerrilla sentimental contra la militarización neoconservadora y la voracidad neoliberal de sus oponentes después del 11-S. Lo hizo abriéndose a una lógica populista que combinó la ocupación de la calle con la movilización por primera vez en la historia de multitudes digitales. Propuso una contrahegemonía que defendía que el capitalismo fuera enjuiciado por los tribunales, que se diluyera la propiedad bajo claves de solidaridad globales y que se atribuyeran derechos a la naturaleza y a las generaciones futuras. 

El objetivo final era autodeterminar asambleariamente y de forma global la democracia, eximirla de su enfoque liberal mediante la descolonización de sus jerarquías modernas y racionales. Para ello adoptó la fisonomía de una épica romántica que fue el reverso de la que asumieron sus enemigos neocons. Y todo ello después de constatar ideológicamente el fracaso del utopismo marxista desde que la caída del Muro berlinés despojó a la izquierda de toda ambición planificadora, no solo para vislumbrar un futuro, sino también para confiar racionalmente en las posibilidades de gestionarlo a través de la idea de progreso. 

La implosión de la izquierda y su repudio de la Ilustración han hecho que, a partir de sus cenizas emocionales, se haya transformado en populista. En el proceso ha contribuido su apertura a las experiencias vividas en Latinoamérica con el auge del zapatismo, los indigenismo, el chavismo, el peronismo y el aprismo. Esta «latinoamericanización» ha llevado a la izquierda occidental a perder musculatura intelectual e ideológica y a renunciar al reformismo en medio de un inquietante debilitamiento de la socialdemocracia. Convertida en un relato de indignación organizada, ha dejado atrás toda lógica institucional, canalizando su acción política hacia arrebatos que cuestionan sin tapujos el mercado y la democracia representativa, ámbitos que perpetúan su poder mediante un elitismo clasista y profesionalizado, lo cual la crisis económica ha evidenciado a la luz de la corrupción.

La evolución final de la izquierda hacia el populismo ha incorporado un planteamiento transversal de nuevo cuño inspirado en la aplicación estratégica del pensamiento de Gramsci, un sesgo que renuncia a Marx para echarse en brazos de ese Maquiavelo posmarxista que fue el autor de los famosos Carnets. El objetivo es claro: desbaratar la democracia como estructura política de las sociedades abiertas y romper la conexión entre aquella, como instrumento de legitimación política, y estas últimas, como soporte epistemológico y moral de la civilización liberal.

El horizonte del populismo es conseguir la desconexión entre la democracia y la racionalidad legal que la hace posible u necesaria. Por eso, el populismo no ha dudado en invocar una forma de racionalidad que difiere de la moderna y que viene de abajo, de esa estructura de reflexión transversal que, inspirada en la docta ignorancia de la plebe, reclama una especie de ecología igualitaria de saberes y una racionalidad populista en la que el pueblo, según Laclau, define el conocimiento político a partir de la frontera abismal que separa a los de abajo de los poderosos. Una frontera donde el significante «pueblo» es el producto de una cadena de equivalencias de rechazo y agravios en la que el miedo y el resentimiento aspiran a ser el activo políticamente mayoritario del cambio. En fin, una frontera que aspira a ser una combinación estratégica de trinchera y barricada, que divida al pueblo de sus contrarios, los parapete frente a ellos y así los pueda combatir dentro de un dispositivo de comunidad que haga homogénea a la plebe mediante un estado de guerra permanente contra sus enemigos. 

Mark Lilla (La mente naufragada) Reacción política y nostalgia moderna

DE MAO A SAN PABLO
De las tareas que el pensamiento tiene por delante, no es la última la de poner todos los argumentos reaccionarios al servicio de la ilustración progresista.
                                   
                        THEODOR W. ADORNO, Mínima moralia

[...] El antisemitismo como otros ejemplos de fabricación de un chivo expiatorio, se alimenta del pesimismo histórico. Cierto tipo de izquierda europea, que tiene simpatizantes en las universidades estadounidenses, nunca han superado el colapso de las expectativas políticas revolucionarias que surgieron en las décadas de 1960 y 1970. Algunos movimientos anticoloniales se convirtieron en dictaduras de partido único, el modelo soviético desapareció, los estudiantes dejaron la política para desarrollar careras empresariales, los sistemas de partidos de las democracias occidentales se mantenían intactos, las economías han producido riqueza (compartida de manera desigual) y todo el mundo está fascinado por la conectividad. Hubo una revolución cultural exitosa -el feminismo, los derechos de los homosexuales, el declive de la autoridad de los padres- e incluso ha empezado a extenderse fuera de Occidente. Pero no hubo revolución política y no hay perspectiva de que se vaya a producir ahora. ¿Cuál sería el objetivo? ¿Quién la dirigiría? ¿Qué ocurriría después? Nadie tiene respuestas a estas preguntas y apenas nadie piensa en volver a plantearlas. Lo único que uno encuentra es la (casi exclusivamente académica) izquierda es una forma paradójica de nostalgia histórica, una nostalgia <<del futuro>>.

De ahí la búsqueda un tanto desesperada de recursos intelectuales para alimentarla. Primero estuvo el abrazo al <<judío coronado>> de Hitler, Carl Schmitt, un mariage contre nature si es que alguna vez hubo uno. Su idea de una <<decisión soberana>> oculta fue tomada para argumentar que las ideas liberales -incluidas las de <<neutralidad>> y <<tolerancia>>- son constructos arbitrarios que dan una estructura a las fuerzas de la dominación, ayudadas por instituciones como los colegios y la prensa. La crítica de la ideología de Marx alcanzó la misma conclusión en el siglo XIX. Pero tenía un punto débil fatídico: dependía de una teoría materialista de la historia que podía falsearse por medio de lo que ocurre o no ocurre en el mundo. Después de que la izquierda perdiera confianza en esa teoría, buscó apoyo en lo que Marx habría llamado (y correctamente desdeñado como) <<idealismo>>: un relato de la dominación política que dependía de lo que no era evidente para el ojo desnudo. La teoría de Michel Foucault acerca de un <<poder>> que, como el éter, es invisible pero omnipresente, era un primer paso a esa dirección. La rehabilitación de Schmitt era el siguiente; su descarada defensa de la distinción entre amigo y enemigo como la esencia de <<lo político>> ayudó a recuperar la convicción de que la política es lucha, no deliberación, consulta y acuerdo. Si añades a esas ideas la escalotogía medio comprendida en san Pablo, la fe en una revelación milagrosamente redentora vuelve a parecer posible. Una revolución llega cuando menos la esperas, como un ladrón en la noche.

Es dudoso que los nuevos entusiastas posmodernos de san Pablo reconozcan esa alusión a la Primera Epístola de los Tesalonicenses. El estudio de la Biblia es difícil y requiere dedicación, y los nuevos paulinos quieren que las cosas sean fáciles y excitantes. Y, mientras uno está sentado en un sillón, leer una defensa ingeniosa de Lenin, Mao o Pol Pot provoca un innegable escalofrío, y hallar razones sofisticadas para señalar a los judíos produce satisfacción. Uno puede incluso volver a sentirse activo al firmar una petición en internet que pida un boicot contra los universitarios israelíes y sus instituciones. Provocan un romanticismo político muy viejo que anhela vivir en términos más dramáticos que los que ofrecen las sociedades burguesas, romper y sentir el pulso caliente de la pasión, trastocar las leyes y convenciones banales que aplastan el espíritu humano y pagan el alquiler. Reconocemos este anhelo y sabemos cómo ha dado forma a la conciencia y la política moderna, a menudo a un elevado coste. Pero su santo patrón no es Pablo de Tarso. Es Emma Bovary.

* Mark Lilla (Pensadores temerarios) Los intelectuales en la política

Carmen Pardo (En el silencio de la cultura)

Los hombres del siglo XXI  se presentan como magos de sí mismos, tanto en el plano individual como en el colectivo que, liderados por la biología y la tecnología, piensa incidir en la cadena evolutiva del ser. Biopolítica y estetización van de la mano y, a menudo, en algunos ámbitos, como el del cuidado de sí mismo, son difícilmente discernibles. 

Los futuros seres humanos podrían ser diseñados, como Pentti Malaska vaticina, dando lugar a diferentes etapas de la evolución. Esta cadena a menudo es nombrada con la expresión «cadena de producción de la evolución». Los seres humanos serán producidos, tal vez también reproducidos, como las obras de arte en la época de la reproducibilidad técnica. No obstante, en la cadena de producción de la evolución es la idea de progreso la que sigue manteniendo una teleología que se ausentó de la obra de arte reproducida. Por doquier se alude a la producción de un hombre mejorado que, se llega a afirmar, no se parecerá a los humanos.

Se podría pensar que futuribles como éstos forman parte, todavía, del universo conocido en la ciencia ficción. De hecho, las semejanzas que se ofrecen a nuestro imaginario no dejan de llamar la atención. Sin embargo, más allá de que la cadena de producción de la evolución dé lugar a diferentes tipos de cyborg, lo que parece de modo claro es que este viaje llamado progreso es imparable, aunque ello suponga la destrucción de la especie. El mismo Stephen Hawking se ha referido públicamente a los cambios que las biotecnologías y la informática van a producir en la cadena evolutiva afirmando que, si es posible, simplemente se hará. Y todo ello será regido por el deseo de mejoramiento, como se evidencia en la celebración de encuentros tales como «Jornada sobre cómo mejorar al ser humano» (H2.O de humanos 2.0), organizada por el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), en Cambridge (EE.UU) en 2007.

Estas predicciones de perfeccionamiento recuerdan ese otro proyecto de mejora de la raza que, desde finales del siglo XIX y hasta la primera mitad del siglo XX, contó con actores entusiastas. Y, en medio, las dos guerras mundiales. ¿Incidieron ellas en este perfeccionamiento?

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Los hombres que volvían en silencio con sus cuerpos fragmentados habían sido seleccionados.

Antes de la Gran Guerra, aquellos que tenían el rostro desfigurado eran rechazados durante el reclutamiento, para que no influyeran en el resto. Después de la guerra, los rostros destrozados de los combatientes se verán sometidos a un proceso de ocultamiento; se impondrá la máscara. A su silencio se añade la negación del rostro herido y deformado.

A la tecnología, que durante la Gran Guerra condujo a la fragmentación de los cuerpos, le siguió el auge de la medicina orientada hacia las prótesis. Al trabajo de los médicos se sumó el de los artistas. Escultores franceses y británicos se pusieron a trabajar en las máscaras. Los escultores basaban su trabajo en fotografías anteriores a la guerra que pudieran hacer identificables a los portadores de estas máscaras. El resultado eran máscaras que no se correspondían con lo vivido por esos hombres. Las máscaras reproducían, en el mejor de los casos, una expresión congelada de un momento de su vida anterior a la guerra. Sus máscaras no adoptan estados de ánimo ni envejecen; sólo ocultan la desfiguración. Este ocultamiento del rostro tiene como objetivo prioritario que esas personas no sean dependientes del Estado y puedan incorporarse a la vida laboral.

La inserción de los mutilados de guerra pasa por la formación de grupos de orquestas de jazz, vodeviles u otras representaciones en los hospitales donde se llevaba a cabo su recuperación. Los más famosos en EE.UU. eran The Amputettes, seis soldados, con una pierna apuntada cada uno, que, emulando el estilo Carmen Miranda, mostraban sus prótesis mientras bailaban. Después, vendrá el mercado del cuerpo. Se venderán la sangre, los óvulos, el semen, un riñón, las partes de un feto... Todo es susceptible de ser reutilizado. 

Se podría pensar la Gran Guerra y las siguientes como el cumplimiento fiel de la llegada de ese hombre que Marinetti anunciaba: el hombre de partes cambiables. A la mirada a los cuerpos fragmentados le acompañaría entonces la de los cuerpos protésicos. Se está asistiendo a los albores de la medicina estética.

Del camuflaje de guerra al ocultamiento del rostro, pasando por la selección de individuos y palabras, se podría trazar un recorrido posible que encontraría en la desaparición de eso llamado real, es decir, del mundo como había sido entendido. Esta desaparición no significaría una ausencia, pues ésta sería cubierta, a su vez, por las múltiples presentaciones por las que ha sido trocada. Lo real no es solamente una cuestión de perspectiva, de hermenéutica, sino que ahora tiene que ver, además, con la superposición y con la creación de los grandes decorados cinematográficos. Lo real, como los seres humanos, debe ser modificado, mejorado, optimizado, en definitiva, estandarizado.

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¿Es realmente un camino prometeico?

Ciertamente, las propuestas de mejora moral con medios biomédicos presentan virtualidades y límites que conviene considerar. Empezaremos por las virtualidades, que, a mu juicio, se sitúan sobre todo en el nivel del diagnóstico

1) Es importante descubrir que nuestras disposiciones morales tienen también bases biológicas, cuyo sentido consiste en lograr la eficacia adaptativa de los individuos. Por una parte porque es posible influir en ellas, pero sobre todo porque si las personas reaccionamos instintivamente desinteresándonos de los lejanos e incluso rechazándolos, porque así lo «mandan» los códigos inscritos en el cerebro, lo que importa es preguntar si ésos son los códigos que queremos reforzar o, por el contrario, queremos orientar nuestras actuaciones en otra dirección. 

2) Esas bases biológicas están preparadas para responder a un entorno social y físico periclitado, la situación actual es muy distinta. Esta constatación es ya un topos de la neuroética. 

3) La evolución de nuestras disposiciones biológicas, que nos preparan para sobrevivir en unas situaciones determinadas, no coinciden con el progreso moral en el nivel cultural. Como hemos mencionado, parece que la especie humana ha permanecido esencialmente igual a nivel biológico y genético durante los últimos cuarenta mil años, mientras se producía el desarrollo cultural, gracias sobre todo al desarrollo del lenguaje oral y escrito. 

Aunque Habermas hable de una «teoría de la evolución social», adaptando el proceso ontogenético del que trata Kohlberg al filogenético, es en realidad una teoría del progreso en la conciencia moral social, entendida en relación con la formación de juicios acerca de la justicia. Una cosa es la evolución biológica, otra, el progreso en la cultura y el juicio moral. Por eso, el progreso queda en el ámbito del razonamiento y no cala en las motivaciones. 

Tal vez este desajuste entre convicción racional, argumentada, y motivación enraizada en emociones acuñadas en el cerebro de forma milenaria esté en la base del «desconcierto moral» del que habla Jonathan Haidt, cuando asegura que las gentes formulan sus principios morales de forma intuitiva, automática y emocional, y por eso cuando se les pregunta por las razones de su juicio a menudo son incapaces de encontrarlas. Y tal vez estuviera en la base del dictum latino del que ya hemos hablado video meliora proboque, deteriosa sequor, que recoge el desconcierto de Medea «pero me arrastra involuntariamente una nueva fuerza, y una cosa deseo, la mente de otra me persuade. Veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor», y el de San Pablo: «No hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero».

4) La pregunta por las disposiciones que es preciso reforzar saca a la luz una cuestión de fondo: qué entendemos por «moral» y si la respuesta es preciso buscarla sólo en el mecanismo evolutivo. Si la moral consiste únicamente en el juego de la cooperación, entonces la mejora debe intentar reforzar el mecanismo evolutivo formateándola. 

Así lo reconocen una gran cantidad de autores, entre ellos, Haidt, quien entiende que la moral no busca maximizar la utilidad de forma individualista, sino que pretende maximizar el bien teniendo en cuenta nuestro ser en sociedad. Se trataría entonces de un utilitarismo durkheimiano, como él mismo aclara en el siguiente texto que ya citamos anteriormente: «Los sistemas morales son conjuntos engranados de valores, virtudes, normas, prácticas, identidades, instituciones, tecnologías y mecanismos psicológicos evolucionados, que trabajan conjuntamente para suprimir o regular el autointerés y hacer sociedades lo más cooperativas posibles». Solo los grupos capaces de crear compromiso pueden suprimir a los polizones y crecer. 

Si entendemos así la moralidad, las modificaciones biomédicas la refuerzan, como en el caso de la oxitocina. «La oxitocina —dirá Haidt— liga a la gente selectivamente a sus grupos, no a la humanidad. Las neuronas espejo ayudan a empatizar con otros, pero particularmente con los que comparten la misma matriz moral. Sería hermoso que los seres humanos estuviéramos diseñados para amar a todos incondicionalmente. Hermoso, pero improbable desde una perspectiva evolutiva. El amor parroquial, disparado por la competición con otros grupos y ampliado por la semejanza, un sentido compartido y la supresión de los polizones puede ser lo máximo que podamos conseguir. La moralidad une y ciega. 

A mi juicio, sin embargo, como hemos ido defendiendo en este libro y señalaremos de nuevo más adelante, el progreso moral alcanzado por la conciencia social en nuestro tiempo no exige sólo favorecer la cooperación en el seno de cada grupo, haciendo posible la selección de grupos, sino que se entiende por «disposiciones morales» las que llevan a tener en cuenta a cada uno de los seres humanos, sin exclusiones grupales. Y es en esa dirección en la que habría que cultivar las emociones mediante virtudes cordiales.

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