George Orwell (Dentro de la ballena) Escritos sobre política y literatura (1936-1946)

 Derramando las habas españolas (1937)

La guerra española ha producido probablemente una cosecha más rica de mentiras que cualquier acontecimiento desde la Gran Guerra de 1914-1918, pero honestamente dudo, a pesar de todas esas hecatombes de monjas que han sido violadas y crucificadas ante los ojos de los reporteros del Daily Mail, que sean los periódicos profascistas los que han hecho el mayor daño. Son los periódicos de izquierda, el News Chronicle y el Daily Worker, con sus métodos de distorsión mucho más sutiles, los que han impedido que el público británico capte la verdadera naturaleza de la lucha.

El hecho que estos periódicos han ocultado tan cuidadosamente es que el Gobierno español (incluido el Gobierno semiautónomico catalán) teme mucho más a la revolución que a los fascistas. Ahora es casi seguro que la guerra terminará con algún tipo de compromiso, e incluso hay razones para dudar de si el Gobierno, que dejó que Bilbao fracasara sin levantar un dedo, desea ser demasiado victorioso; pero no hay ninguna duda sobre la minuciosidad con la que está aplastando a sus propios revolucionarios. Desde hace algún tiempo está en marcha un reino de terror: supresión por la fuerza de los partidos políticos, censura asfixiante de la prensa, espionaje incesante y encarcelamiento masivo sin juicio. Cuando salí de Barcelona a finales de junio, las cárceles estaban abarrotadas; de hecho, las cárceles normales se habían desbordado hacia tiempo y los prisioneros estaban siendo hacinados en tiendas vacías y en cualquier otro vertedero temporal que pudiera encontrarse para ellos. Pero el punto a destacar es que las personas que están en prisión ahora no son fascistas, sino revolucionarios; están allí no porque sus opiniones estén demasiado a la derecha, sino porque están demasiado a la izquierda. Y los responsables de ponerlos allí son esos terribles revolucionarios ante cuyo mero nombre Garvin tiembla en sus botas de agua: los comunistas.

Mientras tanto, la guerra contra Franco continúa, pero, salvo los pobres diablos de las trincheras del frente, nadie en la España gubernamental piensa en ella como la verdadera guerra. La verdadera lucha es entre la revolución y la contrarrevolución; entre los trabajadores que tratan vanamente de conservar un poco de lo que ganaron en 1936, y el bloque liberal-comunista que se lo está arrebatando con tanto éxito. Es lamentable que tan poca gente en Inglaterra se haya dado cuenta todavía de que el comunismo es ahora una fuerza contrarrevolucionaria; que los comunistas en todas partes están aliados con el reformismo burgués y utilizan toda su poderosa maquinaria para aplastar o desacreditar a cualquier partido que muestre signos de tenencias revolucionarias. De ahí el grotesco espectáculo de los comunistas atacados como malvados «rojos» por intelectuales de derechas que están esencialmente de acuerdo con ellos. Wyndham Lewis, por ejemplo, debería amar a los comunistas, al menos temporalmente. En España, la alianza comunista-liberal ha sido completamente victoriosa. De todo lo que los trabajadores españoles ganaron para sí en 1936, no queda nada sólido, excepto algunas granjas colectivas y una cierta cantidad de tierra incautada por los campesinos el año pasado; y presumiblemente incluso los campesinos serán sacrificados más tarde cuando ya no haya necesidad de aplacarlos. Para ver cómo surgió la situación actual, hay que remontarse a los orígenes de la Guerra Civil. 

La apuesta de Franco por el poder se diferenciació de las de Hitler y Mussolini en que se trataba de una insurrección militar, comparable a una invasión extranjera, y, por lo tanto, no contaba con mucho apoyo de masas, aunque desde entonces Franco ha estado intentado conseguirlo. Sus principales partidarios, aparte de ciertos sectores del Gran Capital, fueron la aristocracia terrateniente y la enorme y parasitaria Iglesia. Obviamente, un levantamiento de este tipo enfrentará a varias fuerzas que no están de acuerdo en ningún otro punto. El campesino y el obrero odian el burgués «liberal», que no se opone en absoluto a una versión más moderna del fascismo, al menos mientras no se llame fascismo. El burgués «liberal» es genuinamente liberal hasta el punto en que sus propios intereses se detienen. Representa el grado de progreso implícito en la frase la carrière ouverte aux talents ( "una carrera abierta al talento"). Es evidente que no tiene ninguna posibilidad de desarrollarse en una sociedad feudal en la que el obrero y el campesino son demasiado pobres para comprar bienes, en la que la industria está gravada con enormes impuestos para pagar las vestimentas de los obispos y en la que todo trabajo lucrativo se da por supuesto al amigo de la matamita del hijo ilegítimo del duque. De ahí que, frente a una reaccionario tan descarado como Franco, se obtenga durante un tiempo una situación en la que el obrero y el burgués, en realidad enemigos mortales, luchan codo con codo. Esta incómoda alianza se conoce como Frente Popular (o, en la prensa comunista, para darle un atractivo espuriamente democrático, Frente del Pueblo). Es una combinación con tanta vitalidad y tanto derecho a existir como un cerdo con dos cabezas o cualquier otra monstruosidad de Barnum y Bailey. 

En cualquier emergencia seria, la contradicción implícita en el Frente Popular está destinada a hacerse sentir. Porque incluso cuando el obrero y el burgués luchan ambos contra el fascismo, no luchan por las mismas cosas; el burgués lucha por la democracia burguesa, es decir, por el capitalismo; y el obrero, en la medida en que entiende la cuestión, por el socialismo. Y en los primeros días de la revolución los obreros españoles entendieron muy bien la cuestión. En las zonas en las que el fascismo fue derrotado, no se contentaron con expulsar a las tropas rebeldes de la ciudades; también aprovecharon la oportunidad para apoderarse de tierras y fábricas y establecer los comienzos aproximados de un gobierno obrero mediante comités locales, milicias obreras, fuerzas policiales, etc. Sin embargo, cometieron el error (posiblemente porque la mayoría de los revolucionarios activos eran anarquistas que desconfiaban de todos los parlamentos) de dejar al Gobierno republicano en control nominal. Y, a pesar de los diversos cambios de personal, todos los Gobiernos posteriores habían tenido aproximadamente el mismo carácter burgués-reformista. Al principio esto parecía no importar, porque el Gobierno, especialmente en Catalunya, era casi impotente y la burguesía tenía que pasar desapercibida o incluso (esto seguía ocurriendo cuando llegué a España, en diciembre) disfrazarse de obreros. Más tarde, cuando el poder se deslizó de las manos de los anarquistas a las de los comunistas y los socialistas de derecha, el Gobierno pudo reafirmarse, la burguesía salió de su escondite y la vieja división de la sociedad en ricos y pobres reapareció, no muy modificada. A partir de entonces, todos los movimientos, excepto algunos dictados por la emergencia militar, se dirigieron a deshacer el trabajo de los primeros meses de revolución. De los muchos ejemplos que podría elegir, solo citaré uno: la disolución de las antiguas milicias obreras, que estaban organizadas según un sistema genuinamente democrático, con oficiales y hombres recibiendo la misma paga y mezclándose en términos de completa igualdad, y la sustitución por el Ejército  Popular (una vez más, en la jerga comunista, «Ejército del Pueblo»), modelando en la medida de lo posible sobre un ejército burgués ordinario, con una casta de oficiales privilegiada, inmensas diferencias de paga, etcétera. Huelga decir que esto se presenta como una necesidad militar, y es casi seguro que contribuye a la eficacia militar, al menos durante un corto periodo. Pero el propósito indudable del cambio era asestar un golpe al igualitarismo. En todos los departamentos se ha seguido la misma política, con el resultado de que solo un año después del estadillo de la guerra y la revolución se obtiene lo que en realidad es un Estado burgués ordinario, con, además, un reino del terror para preservar el statu quo

Orwell, George (1984)
Orwell, George (Rebelión de la granja)

Samuel Fitoussi (Por qué los intelectuales se equivocan)

¿MENOSPRECIO HACIA LOS SERES HUMANOS CORRIENTES?

Raymond Boudon afirma que los intelectuales se sienten atraídos por la idea según la cual el ser humano ordinario es víctima de lo que se ha dado en llamar la «falsa conciencia»: desea cosas malas, no es libre ni autónomo en realidad. Eso magnifica su papel y su estatus: los intelectuales, por oposición a los seres humanos corrientes, han salido de la caverna. Boudon menciona numerosas corrientes de pensamiento que han seducido a los intelectuales debido a esta idea: el psicoanálisis (el sujeto es la marioneta del inconsciente que amaga sus artimañas); el marxismo (el individuo está siendo manipulado por la ideología burguesa); el nietzcheanismo (el resentimiento y el afán de poder son quienes mueven al ser humano, aunque no sea consciente de ello); los estructuralistas (el lenguaje, los sistemas sensoriales, organizan y limitan el pensamiento); la criminología (la delincuencia, como fruto de los determinismos sociales más que de la responsabilidad individual). Roger Scruton observa que la vida cotidiana de los ciudadanos está en gran medida ausente de los textos de los intelectuales de izquierda de la segunda mitad del siglo XX, debido a que se contentaban con representar a los individuos como abstracciones atravesadas por fuerzas terminadas en «ismo». En la actualidad, el neofeminismo sostiene que las mujeres, atravesadas (sin saberlo) por fuerzas patriarcales, eligen mal los sectores profesionales en los que invierten su energía; la sociología difunde la idea de que los miembros de determinadas minorías, afectados por heridas psicológicas derivadas del «racismo sistémico», han interiorizado su inferioridad y no son por tanto directamente responsables de su destino individual. Como consecuencia del éxito de todas estas teorías, las ciencias sociales se alinean en contra del ser humano ordinario: deben reeducarlo, enseñarle a ser feliz, a hacer un buen uso de su libertad, a zafarse de las fuerzas que lo condicionan y le ofrecen la ilusión de ser un sujeto autónomo. No pueden valorar al ser humano normal y corriente tal como es, sino que fantasean con la idea de lo que debería ser. Boudon advierte que «las ciencias sociales han acabado siendo consideradas [...] como si persiguieran un objetivo primordial: sacar a la luz y denunciar los extravíos del sentido común». El sentido común se convierte así en un pensamiento erróneo que el intelectual debe corregir. De acuerdo con ese punto de vista, cabría cuestionarse si «el abandono» de las clases populares por parte de la izquierda no era inevitable: los intelectuales versados en las ciencias sociales no pueden sentirse satisfechos limitándose a promover las políticas públicas deseadas por dichas clases; sienten la necesidad de enseñarles qué es lo que realmente quieren, o lo que deberían querer si no estuvieran sometidas a un lavado de cerebro (con ideología burguesa o, por decirlo de forma más prosaica, por las cadenas de información ininterrumpidas). En otras palabras, el intelectual que suscribe una de las teorías de la falsa conciencia no puede estar de acuerdo con el ser humano ordinario, a menos que admita que a él mismo también le han lavado el cerebro.

De hecho, numerosos intelectuales y dirigentes comunistas o de izquierda ocultaron su desprecio por los obreros a los que decían representar. Che Guevara dijo por ejemplo: «El grupo de vanguardia [los intelectuales marxistas] está ideológicamente más avanzado que la masa. Las masas solo ven las cosas a medias, y se las deben incitar [a conducirse de manera correcta] y someter a presiones. La dictadura debe ejercerse sobre la clase derrotada, pero también sobre cada individuo de la clase victoriosa». En 1867, Engels, enfurecido al ver que los obreros de las fábricas no votaban mayoritariamente a la izquierda, escribí a Marx: Una vez más, el proletariado inglés es una causa de deshonra». Un siglo después, el dirigente comunista húngaro János Kádár declaraba ante el parlamento: «La tarea de los dirigentes no es ejecutar la voluntad y los deseos de las masas, sino realizar lo que va en interés de las masas. ¿Por qué diferenciar entre la voluntad y el interés de las masas? Porque en el pasado hemos visto que algunos obreros actúan contra sus propios intereses». En cuanto a Simone de Beauvoir, juzgaba «necesaria» la prohibición de la prensa de oposición en China, puesto que le parecía que el pluralismo ideológico podía causar confusión en el seno del pueblo, demasiado estúpido como para demostrar capacidad de discernimiento: «Presentar al público tesis contradictorias, cuando no cuenta con la base necesaria como para poder juzgar por sí mismos, es sumirlos en la confusión». Y añadía: «Solo el conocimiento "dirigido" es capaz de disipar las tinieblas». (Dirigido por quién? Únicamente por las personas capaces de «disipar las tinieblas», es decir, aquellas que contaban con la aprobación de Beauvoir desde el punto de vista ideológico: por ejemplo Fidel Castro, Mao Zedong o Iósif Stalin). Años antes, el socialista George Bernard Shaw describía a sus contemporáneos como gente «detestable», cuya «aniquilación esperaba con impaciencia». Confesaba: «Me desespero al no tener la reconfortante certeza de que todos van a morir». George Orwell relata con ironía su «sentimiento de horror» cuando asistió por primera vez a una reunión del Partido Laborista en los años treinta y se encontró con algunos de sus miembros, «unas pequeñas criaturas mezquinas». Cada uno de ellos, escribió, «hacía gala de los peores estigmas de la altanería de la clase media. Si un verdadero obrero, por ejemplo, un minero todavía cubierto por la suciedad de la mina, se hubiera presentado ante ellos, se habrían sentido avergonzados, enfurecidos y asqueados; creo que algunos incluso se habrían escabullido tapándose la nariz». (Asimismo, cabe recordar que Rousseau comparaba a las masas con «enfermos estúpidos sin valentía que tiemblan ante el médico —a buen seguro los médicos eran intelectuales reformadores como él—, o que el filósofo progresista William Godwin reprochara a los campesinos tener «la insensibilidad de una ostra»). 

De acuerdo con Boudon, el éxito de las diversas teorías de la falsa consciencia explica por qué los intelectualistas no les gusta el liberalismo. Eso se debería, en efecto, a que la filosofía liberal se basa en el concepto de que los individuos son adultos autónomos y responsables, cuyas elecciones y anhelos poseen una legitimidad intrínseca. Desde este punto de vista, no hay ninguna razón para destruir a un adulto de su libertad de elección, y ponerla en manos de otro adulto. Por el contrario, si se considera que los ciudadanos están ciegos, agazapados en la oscuridad de la caverna, y que una élite iluminada tiene acceso a un conocimiento ininteligible para el común de los mortales, resulta lógico desear que dicha élite imponga sus normas al conjunto de la población. Aquellos que saben qué es lo que constituye una buena vida deben llevar de la mano a quienes no lo saben, tratarles maternalmente, salvarles del mal uso de su libertad. De ese modo se puede comprender además la hostilidad de los intelectuales hacia los mecanismos del mercado, que incitan a las empresas a producir los bienes y los servicios que agradan a los ciudadanos (es decir, aquellos por los que están dispuestos a gastar su dinero). En una economía de mercado, la evolución de la sociedad es en gran parte el resultado de las preferencias de las masas, y no de la élite. Cuando un intelectual afirma que un sector económico debe protegerse del mercado y ser regido por un sistema de subvenciones (o dominado por un monopolio público), tal vez esté expresando su desconfianza hacia los gustos del ciudadano ordinario, al que pretende obligar a financiar las inclinaciones de la intelligentsia.

Si forzamos la lógica de la falsa conciencia hasta sus últimas consecuencias, puede comprenderse de otro modo la tiranofilia de los intelectuales. Así pues, más que poner en entredicho el liberalismo, la «sospecha de principio» contra el sentido común, afirma Boudon, «desemboca inevitablemente en el cuestionamiento de la democracia».

Vanessa Kaiser (El progresismo frente al deseo de vivir) Cómo la nueva izquierda impone la cultura de la muerte

LA JUSTICIA CLIMÁTICA Y EL HUMANO PLAGA

La justicia climática implica que la equidad y los derechos humanos ocupen un lugar central en la toma de decisiones y las acciones en materia de cambio climático.
  PNUD*

En Los orígenes del totalitarismo, Arendt, describe el «mal radical» o «mal absoluto» —expresiones que emplea como sinónimas— como un mal desconocido hasta el momento, sin paralelo alguno en la historia y que apareció en las fases finales del totalitarismo. Se trata de un fenómeno completamente nuevo, sin precedentes, que «nos enfrenta con su abrumadora realidad y destruye todas las normas que conocemos», ante el cual la tradición filosófica occidental carecía de las categorías y del aparato conceptual necesario para abordarlo de un modo teóricos, situación que enfrentamos hoy con la agenda progresista. La pensadora afirma que dicho mal absoluto solo puede ser entendido si analizamos los «elementos» que cristalizan en el totalitarismo, tales como la explosión demográfica, la expansión y superfluidad económica, el desarraigo social y el deteriodo de la vida política. Se trata de una manifestación del mal que, por una parte no se ajusta a las nociones tradicionales que teníamos de él —que explicaban sus formas extremas como perversiones de los sentimientos humanaos— y, por otra, responde a objetivos inéditos que se resumen en la destrucción de la naturaleza humana. Analicemos el diseño de los ingenieros sociales progresistas desde la óptica que Arendt nos aporta a partir de su concepción del mal radical.

¿Qué pensaría usted si yo le dijera que «el tipo de vida sostenible enarbolado como el ideal de la Agenda 2030 es absolutamente insostenible? Imagino que me preguntaría de inmediato qué entiendo por «insostenible. Una vida insostenible será aquella que no cumpla con los preceptos de la nueva religión ecocéntrica sobre cuya base se edifica la gran obra de ingeniería social que se ha propuesto para el 2030: educación climática y ciudadanía universal (ODS 4**), ideología de género (ODS 5), industralización «inclusiva» (ODS9), y la igualdad de todos los países (ODS 10), por mencionar algunas de las maravillas que nos esperan. La contracara de dicha «maravilla» es la creación de una nueva categoría de personas —todos los opositores al NOM***— que se calificarán como «individuos no aptos para la vida. Arendt aborda este asunto en detalle:

        Es este movimiento el que singulariza a los enemigos de la humanidad contra los cuales se desata el terror, y no puede permitirse que ninguna acción u oposición libres puedan obstaculizar la eliminación del «enemigo objetivo» de la historia o de la naturaleza, de la clase o de la raza. La culpa y la inocencia se convierten en nociones sin sentido; «culpable» es quien se alza en el camino del proceso natural o histórico que ha formulado ya un juicio sobre las «razas inferiores», sobre los «individuos no aptos para la vida», sobre las «clases moribundas, y ante los pueblos decadentes. El terror ejecuta estos juicios, y ante su tribunal los implicados son subjetivamente inocentes; los asesinados nada hicieron contra el sistema, y los asesinos porque realmente no asesina, sino que ejecutan una sentencia de muerte pronunciada por algún tribunal. Los mismos dominadores no afirman ser justos o sabios, sino solo que ejecutan un movimiento conforme a su ley inherente. El terror es legalidad sin la ley es la ley del movimiento de alguna fuerza supranatural, la naturaleza o la historia. 

¿Quiénes integran, de modo incipiente, las clases moribundas bajo los nuevos parámetros morales inspirados en La Carta de la Tierra, la ideología de género y la ciudadania universal? Para saberlo necesitamos clarificar cuáles son los fundamentos de la moral ecocéntrica de los globalistas. Sobre la base de dichos fundamentos se avanza la cultura de la muerte denunciada por san Juan Pablo II en su Evangelium Vitae: «Con las nuevas perspectivas abiertas por el progreso científico y tecnológico surgen nuevas formas de agresión contra la dignidad del ser humano, a la vez que se va delineando y consolidado una nueva situación cultural, que confiere a los atentados contra la vida un aspecto inédito ypodría decirseaún más inicuo ocasionado ulteriores y graves preocupaciones: amplios sectores de la opinión pública justifican algunos tentados contra la vida en nombre de los derechos de la libertad individual, y sobre este presupuesto pretenden no solo la impunidad, sino incluso la autorización por parte del Estado, con el fin de practicarlos con absoluta libertad y además con la intervención gratuita de las estructuras sanitarias». Estamos ante el avance de una teología del exterminio, base fundamental del ecocentrismo globalista neomalthusiano explicado en El libro negro del ecologismo:

        En particular, su trabajo [se refiere al de William Vogt] constituyó «lo que la investigadora de población del Hampshire College Betsy Hartmann ha llamado "ambientalismo apocalíptico": la creencia de que a menos que la humanidad reduzca drásticamente el consumo y limite la población, devastará los ecosistemas globales. En los libros más vendidos y los poderosos discursos, Vogt argumentó que la opulencia no es nuestro mayor logro, sino nuestra mayor problema, Si continuamos tomando más de lo que la Tierra puede dar, dijo, el resultado inevitable será la devastación a escala global. ¡Reducir! ¡Reducir! era su mantra». La conclusión lógica de la obra está asociada con una visión del ser humano como una especie depredadora que, en su afán de mejorar sus condiciones, agota los recursos que le son dados por la naturaleza. Por demás está aclarar que Vogt veía en el sistema capitalista la causa última de la mayoría de los problemas ecológicos del mundo. 

En una conversación entre Jordan Peterson y Niall Ferguson, encontramos varias claves psicopolíticas para entender la obsesión de los ecologistas neomalthusianos con el fin del mundo. Destacan el afán o pasión por el carácter trágico y apocalíptico de la vida. Peterson afirma: «El apocalipsis es atractivo porque es mucho más excitante que la salida utópica del cielo». Este carácter empapa la agenda progresista, reforzando nuestra tesis sobre que se está intentando imponer una cultura de la muerte y una religión ecocéntrica que reemplace al cristianismo. Es decir, estamos en un plano teológico-político para el cual el mundo secularizado de la democracia representativa no tiene herramientas de compresión. Esa es una de la razones por la cual el NOM avanza sin encontrar mayores resistencias. Nadie entiende lo que está pasando porque hay que analizarlo desde la perspectiva psicopolítica en el marco de una teología política. El primer paso es, entender que la agenda progresista es una agenda ideológica-religiosa.

La angustia apocalíptica, presente en todos los tiempos, es la médula que comparten los cinco caballos de Troya: desde el fin del mundo por el alza de las temperaturas hasta el suicidio de un hijo si no sigue las terapias afirmativas de hormonación y mutilación genital. Peterson explica que abrazar causas de este tipo da a la personas la sensación de ser moralmente superior y provee de una infinidad de excusas para no hacerse cargo de sí mismo o de problemas que sí podrían ser solucionados por una mente aplicada a ellos. 

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*PNUD: Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Es la principal agencia de la ONU dedicada a erradicar la pobreza, reducir las desigualdades y promover el desarrollo sostenible y la resiliencia en más de 170 países.

**ODS: Objetivos de Desarrollo Sostenible. Conjunto de 17 metas globales y 169 objetivos específicos adoptados por las Naciones Unidas en 2015. Conocidos como la Agenda 2030, que buscan erradicar la pobreza, proteger el planeta y asegurar la paz y la prosperidad para todas las personas.

***NOM: Es una teoría que afirma la existencia de un plan deliberado, orquestado por élites financieras y corporativas, para instaurar un Gobierno Mundial Único. 

Carlos Granés (El rugido de nuestro tiempo) Batallas culturales, trifulcas políticas

 DE VISIONARIOS A VÍCTIMAS: LA MALDICIÓN HISPANA

Hoy en día, cuando se acusa a la civilización occidental de portar en su seno la maligna semilla del colonialismo, del racismo y del heteropatriarcado, buena parte de la humanidad puede considerarse víctima de alguna opresión o discriminación. Llevamos instalados en el tiempo de las víctimas tres décadas. Desde los años noventa han cobrado relevancia pública las identidades victimizadas y el arte de las identidades imaginadas. Y no es del todo extraño que así haya sido, pues, quien por una u otra razón ha padecido sufrimientos que desbordan la simple ficción con la vida, despierta una sensibilidad especial hacia a quien, por una u otra razón, ha padecido sufrimientos que desbordan la simple fricción con la vida. 

La víctima ocupa un lugar importante en nuestras sociedades porque recuerda que ciertos cataclismos políticos o sociales no deben repetirse. La víctima simboliza una línea roja que jamás debe cruzarse de nuevo, y para asegurarnos de que así sea creamos museos de la memoria o monumentos, realizamos homenajes periódicos a los caídos o sobrevivientes, y les damos voz a quienes han sufrido para que no se olviden los crímenes y las monstruosidades que padecieron. La fuerza moral de este personaje, de la víctima real, genera consenso. Hace que aflore la común humanidad, que todos acordemos que por ahí no podemos volver a pasar. Ningún ser humano, sea quien sea, puede ser sometido al trato que recibió la víctima, y por eso valoramos su testimonio.

Lo sorprendente es que la merecida importancia que tiene la víctima en nuestra sociedad, su visibilidad y el efecto que produce su voz, se han convertido en un capital codiciado. Una inesperada mutación de valores ha transformado la aborrecible condición de víctima en una opción atractiva. Personas que no han pasado por situaciones extremas quieren ahora gozar de las prerrogativas que se le dan a quienes sí lo han hecho. Son las víctimas profesionales de nuestro tiempo, personajes como Rodrigo Rojas Vade, el joven anónimo que logró hacerse elegir para la Constituyente chilena con una historia de padecimientos y de lucha contra el injusto sistema de salud de su país, que resultó ser falsa. 

[...] El victimismo lo explica todo. Exonera de responsabilidades y protege la imagen que se tiene de sí mismo. Es autoindulgente, una manera de ganar la batalla moral fracasando en la labor de gobierno, de seguir teniendo la razón repartiendo culpas y aprobios entre sus opositores. La epidemia de victimismo entre los políticos contemporáneos es bochornosa. El 15 de noviembre de 2022, delante de un auditorio que había ido a oírlo presentar su candidatura para las elecciones de 2024, Donald Trump aseguró se víctima. Dijo que la mayor amenaza para Estados Unidos no venía de fuera, sino de dentro: de la instrumentalización de la justicia, del FBI y del Departamento de Justicia, que él mismo había sufrido en carne propia. «Os lo diré, soy una víctima» repitió. Y ni hablar de Estados Unidos, que en su visión de mártir aparecía como una nación estafada por el mundo entero, con el derecho a desquitarse imponiendo aranceles a lo loco y expulsando a los extranjeros de sus calles y de sus universidades. 

Otra víctima es Pedro Sánchez. El presidente español se siente perseguido por la «fachosfera», el lawfare y los bulos informativos. La capacidad de Sánchez —en realidad la de sus asesores— para inventar peligros, amenazas, fuerzas oscuras, enemigos que lo victimizan a diario es superior a la de los redentores latinoamericanos. El supuesto acoso injustificado de estos agentes perversos lo llevó a realizar su estrafalaria performance y a desaparecer de la escena pública durante cinco días. Tomó la pluma y le abrió su corazón a la ciudadanía, redactando una carta en la que se declaraba, igual que Trump, víctima de una persecución injusta lanzada por poderes aberrantes. «Se trata de una operación de acoso y derribo por tierra, mar y aire, para intentar hacerme desfallecer en lo político y en lo personal atacando a mi esposa», protestaba Sánchez. ¿Por qué estaba sufriendo ese acoso? La respuesta es obvia: «Soy también plenamente consciente de que los ataques que sufro no son a mi persona sino a lo que represento: una opción política progresista, respaldada elección tras elección, por millones de españoles, basada en el avance económico, la justicia social y la regeneración democrática». A veces el rugido de nuestro tiempo es un lamento autocomplaciente y cínico.

Porque la historia que estaba vendiendo Sánchez era la de un hombre intachable y virtuoso que se e enfrentaba a «una galaxia digital ultraderechista» y a «una máquina del fango». Sánchez era una víctima inocente que se inmolaba por España. «¿Merece la pena todo esto? —se preguntaba al final de su comunicado—. Sinceramente, no lo sé. Este ataque no tiene precedentes, es tan grave y tan burdo que necesito parar y reflexionar con mi esposa. Muchas veces se nos olvida que tras los políticos hay personas. Y yo, no me causa rubor decirlo, soy un hombre profundamente enamorado de mi mujer que vive con  impotencia el fango que sobre ella esparcen día sí y día también». 

No contento con esta exhibición de cursilería, unos meses después reincidió sin pudor en el género epistolar con una segunda carta a la ciudadanía, otra joya. En ella mencionaba la deriva reaccionaria por la que se habrían despeñado sus rivales políticos, Alberto Nuñez Feijoó y Santiago Abascal, para quebrarlo en el plano político y personal. Usando un eufemismo, Sánchez daba a entender que lo querían tumbar con medios fraudulentos o inmorales. «Lo que no logran en las urnas, pretenden alcanzarlo de manera espuria», decía, y sus palabras lo hermanaban con los caudillos latinoamericanos que denuncian golpes blandos y el lawfare de los jueces corruptos. Ni siquiera el desvelamiento de los casos de corrupción en su partido, ni la evidencia del agitado comercio carnal en el que se le iba su mano derecha, lo bajaron de su rol de víctima. Todo eso no se lo habían hecho su partido y su gobierno a los españoles. Se lo habían hecho a él. El pobre Sánchez era la víctima engañada, el alma en pena que con voz afectada y maquillaje en el rostro comparecía para reafirmar sus ganas de seguir en el poder. 

[...] Tanto Trump como Kirchner, Sánchez o Petro son presidentes víctimas que creen padecer la ignominia de enemigo mil veces más poderoso que ellos. Deep State, lawfare, fake news media, máquina del fango, cada cual construye su fantasma y luego convence a sus votantes de que ese monstruo no va a por él sino a por ellos. A los malos no les interesa que el pueblo progrese ni que tenga derechos, no quieren que la patria recupere su grandeza nacional, odian que las clases populares conquisten lugares de poder. El presidente víctima crea una realidad donde todo encaja: él encarna la virtud y quien lo cuestiona, el vicio. No solo erosiona la idea de una realidad compartida donde hay hechos verificables, sino que la reemplaza con un mundo sensiblero poblado de ángeles y demonios. 

«El lider que se comporta como víctima propone a sus gregarios un pacto efectivo implícito —a veces también explícito—, una identificación mediante la potente palanca del resentimiento. Es la clave de todo populismo», decía Daniele Gigliogli, el filósofo que más ha reflexionado sobre el victimismo contemporáneo, dando otra de las claves que explican el poderoso encanto que tiene entre los gobernantes el papel de víctima: permite odiar con total impunidad. Incluso vender el odio como causa noble, como una cruzada moral purificadora o emancipadora. En España, no estar de acuerdo con algunas políticas o prácticas de Sánchez supone descarrilarse, sucumbir a una deriva reaccionaria, cometer un crimen moral que se paga con el sambenito de la ultraderecha. 

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