El movimiento que condensa todo el planteamiento «filosófico» de Nick Land es el aceleracionismo, una corriente que postula que la única vía de superar el capitalismo no es resistirse a él o frenarlo mediante leyes, sino llevar sus lógicas (tecnología, mercado y desregularización) hasta extremos insostenibles —e «incomprensibles para la lógica humana»— para provocar su colapso y su posterior transmutación. Es decir, el sistema capitalista ha dejado de ser una herramienta controlada por las personas para adquirir una dinámica propia: las absorbe como recursos para alimentar un crecimiento constante. La solución consistiría en acelerar ese proceso hasta provocar una caída definitiva. En otras palabras: acelerar el tecnocapitalismo para «salir» de la humanidad, como si esta fuera un estorbo.
Land no propone destruir la máquina capitalista, sino pisar el acelerador hasta que la máquina escape definitivamente a nuestro control. Y, repito, él no plantea su profecía en términos de inevitabilidad, sino como algo que debe ocurrir, pues solo así la especie humana (reducida a unos cuantos elegidos) seguirá existiendo y reinando sobre los seres «vivos» que queden, incluidas las máquinas superinteligentes, que reemplazarán a la inmensa mayoría de las personas y se habrán «fusionado» con la pequeña élite tecnológica que dominará el mundo.
La idea básica de esta distopía revestida de filosofía (con tintes nihilistas) es que no hay marcha atrás, pues no es posible volver a formas de vida precapitalistas o de decrecimiento. Por tanto, aceleremos el proceso hasta que se produzca el colapso (Land lo llama «singularidad capitalista» para después... Esa es la pregunta: ¿qué viene después? Para responderla, ese filósofo del abismo acuña un nuevo término, hiperstición, que serían todas esas ideas sacadas de la ciencia ficción que se vuelven reales porque las sociedades comienzan a actuar como si ya lo fueran, como una especie de profecía autocumplida o como si nos condenaran, sin darnos cuenta, a vivir en una realidad imaginada por otros. Esas fantasías impuestas como realidad en ningún caso contemplan la posibilidad de un mundo más justo o más libre. Por el contrario, lo que se propone es una caída en el abismo, una deshumanización total (el cataclismo civilizatorio) y, en última instancia, el final del ser humano como agente social y moral.
Es decir, según Land, intentar frenar el sistema mediante leyes, controles o protestas resulta inútil. Por tanto, hay que hacer justamente lo contrario: darle más velocidad, más tecnología, más automatización y más libertad de mercado, hasta que alcance un punto que la sociedad actual ya no pueda sostener. Ahora bien, Land no espera que de se proceso nazca necesariamente un mundo más junto. Al contrario, lo que imagina es una realidad dominada por la inteligencia tecnológica, liberada incluso de las necesidades y limitaciones humanas. Por eso habla de «salir» de la humanidad, porque de ese modo el ser humano dejaría de ocupar el centro y podría terminar siendo sustituido, superado o convertido en un elemento secundario.
Este planteamiento ha sido adoptado por la tecno-oligarquía de Silicon Valley porque, en realidad, es lo que viene haciendo desde que comenzaron a acumular poder. Como dijimos más arriba, lo que hace Land es construir un aparato «filosófico» que justifique el rumbo que las élites tecnológicas siguen desde hace años. Ni más i menos. Ni hay marcha atrás ni nadie puede frenar el desarrollo de la tecnociencia, convertida en la «palabra de Dios» de la era de la inteligencia artificial.
Aunque Nick Land y Perter Thiel operan en continentes distintos y no comparten espacios privados, la filosofía del aceleracionismo tecnológico se ha convertido en la matriz ideológica del Thielverse (universo Thiel). Empresas fundadas por el «caballero oscuro» de Silicon Valley, como Palantir Technologies, son vistas por críticos y seguidores como la encarnación física y corporativa del futuro hipervigilante y posdemocrático que Land ha descrito en sus obras.
Hombres como Perter Thiel o Alex Karp llevan años demostrando que la IA no está al servicio de las personas, ni siquiera de los Gobiernos que financian sus proyectos de vigilancia y control masivos. Por el contrario, son los gobiernos y las persona quienes «sirven» a la IA y a las empresas belicistas creadas a su alrededor. Es el tecnofeudalismo (o tecnofascismo) al que parece que nos vemos abocados. Pero a los tecno-oligarcas se les olvida algo fundamental, y es que nos necesitan para crecer y «acelerar», porque sin consumidores de tecnología no ellos ni sus compañías existirían y, por tanto, no habría nada que acelerar.
A estas alturas, nadie duda de que la inteligencia artificial está transformando el mundo que conocemos a una velocidad de vértigo. Tampoco hay dudas respecto al uso bélico que las élites tecnológicas le están dando a la IA. Lo estamos viendo todos los días en Irán, Gaza, Líbano, Ucrania y también en los sistemas de control y vigilancia que empresas como Palantir Technologies —encarnación en la práctica de todo este constructo pseudofilofófico y psedomístico propuesto por Nick Land— están implantando en todo Occidente. Parecería que la profecía distópica de este gurú del abismo se está haciendo realidad y que nadie puede detenerla.
Que a las élites —de antes y de ahora— les molesta la democracia real es algo que sabemos muchos y que hemos denunciado en multitud de ocasiones. Lo que sí es novedoso es este afán por liquidarla —y cuanto antes— para construir un sistema en el que la tecnología y la tecnociencia dominen todos los ámbitos de la vida. En ese sistema, el ser humano —que les molesta aún más que la democracia— se ve relegado a ocupar un espacio residual, irrelevante, como si las sociedades dejaran de necesitar a los humanos para existir. Parece una contradicción, pero es hacía donde se dirigen los magos de la Ilustración Oscura con sus farragosos y confusos planteamientos sobre el final de los tiempos y el advenimiento de una nueva era que «escapa» a la lógica humana [...]

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