Byung-Chul Han (Hiperculturalidad)

CULTURA COMO PATRIA

Nuestro Dasein histórico experimenta con aflicción espiritual y claridad que su futuro equivale a la desnuda disyunción exclusiva entre la salvación de Europa o su destrucción. La posibilidad de la salvación exige, sin embargo, dos cosas:

I. La preservación de los pueblos europeos ante el asiático;
II. La superación de su propio desarraigo y fragmentación.

                                                                          MARTIN HEIDEGGER

En las Lecciones sobre la filosofía de la historia universal de Hegel señala, respecto de la génesis de la cultura griega, que «es sabido que los comienzos de la cultura coinciden con la llegada de los extranjeros a Gracia. Es constitutivo del origen de la cultura griega la «llegada de los extranjeros» Los griegos conservarían «agradecidos el recuerdo» de esta llegada a su mitología. De aquí que Prometeo provenga del Cáucaso. El mismo pueblo griego se ha desarrollado a partir de una colluvies, que significa originalmente, barro, inmundicia, mezcolanza, desorden y barullo. 

Según Hegel, un «prejuicio corriente sostiene que una vida hermosa, libre y feliz ha de surgir mediante el simple desarrollo de un primitivo parentesco familiar, de una raza, desde su origen, está unida por naturaleza. Sin embargo, es «su propia heterogeneidad mediante la cual [el espíritu] consigue la fuerza bastante para existir como espíritu». La heterogeneidad en sí no crea ningún «espíritu griego hermoso y libre» para ello es necesario también una «superación» de la heterogeneidad. No obstante, la necesidad de esa superación no la convierte al algo negativo, que podría haber estado ausente sin más, ya que la heterogeneidad en sí misma es un «elemento [constitutivo] del espíritu griego». La presencia de los extranjeros, vista de este modo, es necesaria para la formación de lo propio. 

Para la descripción de la génesis del mundo griego, Hegel, se esmera claramente en resaltar el efecto constitutivo de lo extraño, de la heterogeneidad en sí misma. Sin embargo, con respecto a la identidad de la cultura europea, utiliza un tono del todo distinto. Aquí evoca enérgicamente la «patria». Si bien es cierto que Europa ha recibido su religión de Oriente, Hegel sostiene que todo aquello que satisface «nuestra vida espiritual» Europa lo ha obtenido de Gracia. « El nombre de Grecia tiene para el europeo culto, sobre todo para el alemán, una resonancia familiar. En este caso, deja de tratarse de la heterogeneidad en sí. Lo extraño es ahora degradado a mera «materia». Hasta hace un momento, la extrañeza había sido un elemento espiritual, una forma. Sin embargo, después de que «la humanidad europea se instaló dentro de sí como en su «casa» abandonó definitivamente lo «histórico», «lo recibido de afuera. Es satisfactorio este estar en casa: «Así como en la vida corriente ocurre que nos sintamos a gusto entre las gentes y las familias que viven contentas y satisfechas en su casa, sin querer salir de ella y buscar nuevos horizontes, así nos sentimos a gusto con los griegos» La felicidad es, en este contexto, un fenómeno de la familia, de la patria y de la casa. Esto tiene su origen en el «no salir hacia afuera, hacia otro lado», en el lugar, que vendría a ser sinónimo de «espíritu». 


UMBRAL

El ojo de la cerradura en el umbral
     
                                                                            PETER HANDKE

El mundo de Heidegger sigue siendo, en gran parte, dialectal. La hipercultura sería para él el fin de la cultura por antonomasia. Heidegger lamenta una y otra vez la pérdida de la patria. Él le atribuye también a los medios la responsabilidad por su desaparición y, en definitiva, también la desaparición del mundo. Estos transforman a los hombres en turistas: 

¿Y los que permanecieron [en su tierra natal]? En muchos aspectos están más desarraigados que los exiliados. Cada día, a todas horas están hechizados por la radio y la televisión. Semana tras semana las películas los arrebatan a ámbitos insólitos para el común sentir, pero que con frecuencia son bien ordinarios y simulan un mundo que no es mundo alguno. 

Los medios, aparentan, simulan solo un mundo «que no es mundo alguno» ¿Qué hace al mundo ser como es? ¿Dónde bebería encontrarse al mundo si no es en la representación? ¿Existe un ámbito del ser que sea más originarios, más mundano que ese «común sentir»? Heidegger tiene en mente un estar-en-el-mundo que se revelaría frente al mundo de las representaciones y de las imágenes. Con el término «facticidad» Heidegger también caracteriza un en-el-ser que se encuentra de este lado de la representación. Las imágenes mediales, al parecer, no expresan de modo adecuado este estar-en-el-mundo originario. Según Heidegger, el peligro de los medios residiría en que ellos también, en ese aspecto, desfactifizan al mundo, es decir, eliminan la mundanidad del mundo, el estar-en-el-mundo de este lado de las imágenes y de la información. En la famosa conferencia, con el significativo título ¿Por qué permanecer en la provincia?, que debería ser leída en todas sus formas como un escrito contra la globalización, se encuentra una interesante referencia al mundo heideggeriano. El mundo solo es «cuando el propio Dasein se encuentra en su trabajo. Para los espectadores de una película o para los turistas, que no trabajan sino que solamente contemplan, el mundo no es. El mundo es allí en 

lo pesado de las montañas y la dureza de su espíritu destructivo, al crecer mesurado de los abetos, el simple esplendor luminoso de la pradera floreciente, el crujir del torrente de la montaña en la larga noche de otoño, la simplicidad austera de las superficies totalmente cubiertas de nieve

allí donde «todo esto» «se arrastra» y «se superpone». El Heidegger es el lugar, que ofrece una cercanía dialectal, campesina e incluso material. Pobre de mundo sería esa hipercultura en la que ante todos los signos y las imágenes desespacializados se arrastrarían y acumularían unos al lado de los otros. La hipercultura desfactifiza, desmaterializa, desespacializa al mundo y elimina su aura. La simultaneidad hipercuntural de lo diferente también le quita al mundo esa «simplicidad austera» y el vacío de esas «superficies totalmente cubiertas de nieve» cesa ante el hiperespacio de signos, formas e imágenes.

Byung-Chul Han (La sociedad de la transparencia)
Byung-Chul Han (La sociedad del cansancio)
Byung-Chul Han (Psicolopítica)
Byung-Chul Han (La agonía de Eros)
Byung-Chul Han (En el enjambre)
Byung-Chul Han (El aroma del tiempo) Un ensayo filosófico sobre…
Byung-Chul Han (La salvación de lo bello)
Byung-Chul Han (Topología de la violencia)
Byung-Chul Han (Sobre el poder)

Salvador de Madariaga (España) Ensayo de historía contemporánea

¿Por qué ganaron la guerra los rebeldes? Porque les ayudaron Alemania e Italia. Esta contestación es falsa. Por importante que fuera, y lo fue, el auxilio de las naciones nazi-fascistas no fue decisivo ni con mucho. No sería sensato dogmatizar sobre lo que pudo haber ocurrido de no haber recibido algún auxilio exterior. La verdadera causa del fracaso de los revolucionarios fue la misma revolución. Cuando se sublevaron los rebeldes, los revolucionarios se encontraron con todos los resortes del poder político en manos del adversario. Quedaban dos alternativas a los dirigentes de la República; o quitarse de en medio dejando que los militares se encargasen de gobernar; o amar al <<pueblo>>. La primera hubiera sido semejante a la que Alfonso XIII adoptó en 1931 cuando ante el fracaso de sus candidatos en las elecciones municipales del 12 de abril tuvo la prudencia y el patriotismo de preferir el propio destierro a la guerra civil que pudo haber provocado con más probabilidades de ganarla de las que el Gobierno republicano tenía en 1936. Pero el caso es que los dirigentes de la República tomaron por el otro camino, armando al <<pueblo>>, concepto extravagante y romántico que data de la Revolución francesa, y que en la realidad española de aquel día vino a resolver en armas a cierto número de organismos obreros en furibunda rivalidad, a una cantidad ignota pero considerable de criminales, de envidiosos, de desaprensivos y de malandrines, y al caos. 

Desde aquel momento, la guerra civil degeneró en un duelo desigual entre un ejército bien en mano de su jefe como un Estado regido por una disciplina militar, frente a una turba de tribus malavenidas, la U.G.T., la C.N.T., la F.A.I., el P.O.U.M., el P.S.U.C., el Partido Comunista, el Partido Socialista partido por gala en dos, La Generalitat, Euzkadi y otros que olvido, cada uno tirando por su lado. Esta multitud de multitudes no podía aspirar ni de lejos al nombre de alianza, porque vivían en guerra civil endémica. Y no se crea nadie que estas palabras <<guerra civil>> vengan aquí como metáfora. Trátese por el contrario de una descripción exacta de la realidad, con sus batallas, planes de campaña, bajas y victorias y derrotas. Lo que estas tribus se proponían no era ganar la guerra contra los rebeldes. Para las más de estas tribus, de lo que se trataba era de llevar a buen fin una revolución proletaria, aunque no la misma, pues eran mutuamente incompatibles las revoluciones proletarias a las que aspiraban U.G.T, C.N.T, P.S.U.C, P.O.U.M, y Partido comunista, al punto de que en la lucha solía caer tal o cual cabecilla de una u otra de estas sectas; otras de ellas, como la de los catalanes o los vascos, aspiraban a separarse de los <<castellanos>>, en pleno olvido de la creación superior -aquella España todavía no plenamente realizada, de que ya casi ni se hablaba y que yacía desangrada e inerme entre unos y otros.

De cuando en cuando pasaba sobre tal o cual tribu un aura suave y luminosa de sabiduría. Se revestían de prudencia los comunistas, dando consejos de moderación y paciencia; la C.N.T, sindicalista, sacudiéndose el dominio de la anarquista F.A.I, entraba por el sendero de la responsabilidad hasta tomar parte en el Gobierno político del país;  hacían las paces entre sí las diferentes facciones que desgarraban al Partido Socialista (no pequeña hazaña); daban generosamente los catalanes sus hombres y sus municiones, y con magnanimidad poco común soportaban las tendencias centralistas y dictatoriales de Negrin en pro de la España integral que deseaban construir los mejores de entre ellos; demostraban los vascos admirable sentido de colaboración volviendo a mandar a Catalunya al gobierno de Euskadi desterrado de su propio territorio por los rebeldes, y haciendo que permaneciera en suelo español hasta la última hora de la lucha; procuraba el gobierno central dar norma, orden y concierto al desorden y a la anarquía que el vigor espontáneo del pueblo español tiende siempre a crear. Pero estos aires de sabiduría venían a tocar la frente de tal o cual partido o fuerza política en distintos momentos de la guerra civil, y pro breves períodos nada más, o tan sólo en aspectos limitados de los problemas candentes, de modo que durante toda la lucha la nota dominante siguió siendo el caos. 

Esta y no otra es la causa del desastre de la República: la incapacidad de que ha dado prueba para coordinar y armonizar las tendencias dispersivas del español; el fracaso que ha demostrado en crear y fomentar una alta pasión nacional bastante fuerte para absorber en una unidad superior las dos pasiones negativas del español: la dictadura y el separatismo.

Guy Debord (Comentarios sobre la sociedad del espectáculo)

Cuando la sociedad que se reclama democrática ha llegado al estadio de lo espectacular integrado, parece que se la acepta en todas partes como realización de una frágil perfección. Así que ya no se la debe atacar porque es frágil; ya no es posible atacarla, porque es tan perfecta como jamás hubo otra. Es una sociedad frágil porque le cuesta dominar su peligrosa expansión tecnológica. Pero es una sociedad perfecta para gobernarla; la prueba es que todos cuantos aspiran a gobernar quieren gobernar precisamente esta sociedad, con los mismos procedimientos, y conservarla casi exactamente tal como está. Por primera vez en la Europa contemporánea, ningún partido ni fragmento de partido intenta ya ni siquiera fingir que pretende cambiar algo importante. Nadie puede ya criticar la mercancía: ni en cuanto a sistema general, ni tan sólo como baratija determinada que a los jefes de empresa les haya convencido lanzar al mercado en ese momento. 

En todas partes donde reina el espectáculo, las únicas fuerzas organizadas son las que quieren el espectáculo. Ninguna de ella puede ser ya, por tanto, enemiga de lo que existe ni transgredir la omertá que afecta a todos. Se ha acabado con aquella inquietante concepción, que había prevalecido durante más de doscientos años, según la cual una sociedad podía se criticable y transformable, reformada o revolucionaria. Y eso no se ha conseguido gracias a la parición de nuevos argumentos, sino simplemente porque los argumentos se han vuelto inútiles. Por el resultado se medirá, más que la felicidad general, la fuerza formidable de la redes de la tiranía. 

Jamás hubo censura tan perfecta. Jamás la opinión de aquellos a quienes en algunos países se les hace creer todavía que siguen siendo ciudadanos libres ha estado menos autorizada a darse a conocer cuando se trata de decisiones que afectan a su vida real. Jamás estuvo permitido mentirles con tan perfecta impunidad. Se cree que el espectador lo ignora todo y no merece nada. Quien siempre mira para saber cómo continúa, no actuará jamás: Así debe ser el espectador. 

[...] Esta democracia tan perfecta fabrica ella misma su inconcebible enemigo, el terrorismo. En efecto, prefiere que se la juzgue por sus enemigos más que por resultados. La historia del terrorismo la escribe el Estado; por tanto, es educativa. Las poblaciones espectadoras, no pueden, por cierto, saberlo todo acerca del terrorismo, pero siempre pueden saber lo bastante como para dejarse persuadir de que, en comparación con ese terrorismo, todo lo demás les habrá de parecer más bien aceptable o, en todo caso, más racional y más democrático.

[...] Incluso el propio McLuhan, el primer apologeta del espectáculo, que parecía el imbécil más convencido del siglo, ha cambiado de parecer al descubrir, por fin, en 1976, que «la presión de los mas media empuja hacia lo irracional» y que sería hora de moderar su empleo. El pensador de Toronto había pasado con anterioridad varios decenios maravillándose de las múltiples libertades que aportaba esa «aldea planetaria» tan instantáneamente accesible a todos y sin esfuerzo. A diferencia de las ciudades, las aldeas siempre han estado dominadas por el conformismo, el aislamiento, la vigilancia mezquina, el aburrimiento y los chismes una y otra vez repetidos sobre las mismas familias. Exactamente así se presenta a estas alturas la vulgaridad del planeta espectacular, donde ya no hay manera de distinguir a la dinastía de los Grimaldo-Mónaco o de los Borbón-Franco de la que había reemplazado a los Estuardo. Hay, sin embargo, discípulos ingratos que hoy en día intentan hacer olvidar a McLuhan y remozar sus primeros descubrimientos, aspirando a sus vez a hacer carrera en el elogio mediático de todas esas nuevas libertades que se pueden «elegir» aleatoriamente dentro de lo efímero. Probablemente tardarán menos en retractarse que su inspirador. 

[...] Se dice que hoy en día la ciencia se halla sometida a imperativos de rentabilidad económica; eso ha sido cierto siempre. Lo novedoso es que la economía haya llegado a entrar en guerra abierta contra los humanos, y no ya tan sólo contra sus posibilidades de vida sino también contra las de su mera supervivencia. Desde entonces el pensamiento científico ha decidido ponerse al servicio de la dominación espectacular, renegando de buena parte de su pasado antiesclavista. Antes de llegar a este punto, la ciencia poseía una relativa autonomía. Era capaz, por tanto, de pensar su parcela de la realidad, y así pudo contribuir sobremanera a incrementar los medios de la economía. Cuando la economía todopoderosa ha enloquecido, y los tiempos espectaculares no son otra cosa que eso, ha eliminado los últimos vestigios de la autonomía científica, lo mismo en el plano metodológico que en el de las condiciones prácticas en que se desarrolla la actividad de los «investigadores», que son inseparables uno del otro. No se pide ya a la ciencia que comprenda el mundo ni que lo mejore en algo. Se le pide que justifique al instante todo lo que se está haciendo. Tan estúpida en este terreno como en todos los demás que explota con la más devastadora irreflexión, la dominación espectacular ha mandado derribar el gigantesco árbol del conocimiento científico sólo para hacer tallar un garrote. Para obedecer a esta nueva demanda social de una justificación manifiestamente imposible, más vale nos saber pensar demasiado sino estar, por el contrario, bien adiestrado en las comodidades del discurso espectacular. En tal carrera, en efecto, la ciencia prostituida de estos tiempos despreciables ha encontrado prontamente y de buena gana su especialización más reciente. 

La ciencia de la justificación mentirosa había hecho su aparición, naturalmente, desde los primeros síntomas de decadencia de la sociedad burguesa, con la proliferación cancerosa de las seudociencias llamadas «humanas»; pero la medicina moderna, por ejemplo, podía pasar por útil, y los que vencieron a la viruela y la lepra no fueron los mismos que capitularon vilmente ante la radiación nuclear y la química agroalimentaria. Se nota enseguida que hoy en día la medicina no tiene ya, desde luego, derecho alguno a defender la salud de la población contra un entorno patógeno,  pues eso significaría oponerse al estado o, cuando menos, a la industria farmacéutica.

Roberto Calasso (La actualidad innombrable)

Turistas y terroristas

La sensación más precisa y más aguda, para quien vive en este momento, es la de no saber dónde se pisa a cada momento. El terreno es poco firme, las líneas se desdoblan, los tejidos se deshacen, las perspectivas oscilan. Entonces se advierte con mayor evidencia que nos encontramos en «la actualidad innombrable».

Entre los años 1933 y 1945, el mundo llevó a cabo un intento de autoliquidación parcialmente exitoso. Lo que vino después fue informe, tosco y extraordinariamente poderosos. Evasivo en cada una de sus partes, es lo opuesto del mundo al Hegel que creyó apretar en la prensa del concepto. Es un mundo que está hecho trizas, incluso para los científicos. Un mundo que carece de un estilo propio y que usa todos los estilos.

Este estado de cosas podría parecer apasionante. Pero los únicos que se apasionan son los sectarios, convencidos de tener la clave de lo que sucede. Los demás —la mayoría— simplemente se adapta. Siguen la publicidad. La fluidez taoísta es la virtud menos difundida. Por todas partes chocan con las aristas de un objeto que nadie ha conseguido ver por entero. Este es el mundo normal
Auden tituló «La edad de la ansiedad» un poema a varias voces ambientando en un bar de Nueva York hacia finales de la Segunda Guerra Mundial. Hoy esas voces suenan remotas, como si vinieran de otro valle. La ansiedad continúa, pero ya no predomina. Lo que predomina es la inconsistencia, una inconsistencia asesina. Estamos en la era de la inconsciencia. 

El fundamento del terror es la idea de que solo la matanza ofrece garantía de significado. Todo lo demás parece débil, incierto e inadecuado. A ese fundamento se agregan, después, las diversas motivaciones que reivindican el acto. Con ese fundamento se conecta, el sacrificio cruento. Como si, de época en época y en los lugares más diversos, se impusiese una necesidad insoslayable de matanza, que puede incluso parecer gratuita e irracional. Ominoso carácter especular entre los orígenes y el presente. Un espejo hechizado.

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Stuart Mill contó: «Desde el invierno de 1821, cuando leí a Bentham por primera vez, y especialmente desde los comienzos de la Westminster Review, yo había tenido lo que con verdad podría llamarse una meta en la vida: ser el reformador del mundo. Mi concepción de mi propia felicidad estaba completamente identificada con ese objeto […..]. Solía felicitarme por la certeza de haber encontrado un modo feliz de vivir, por haber situado mi ideal de felicidad en algo duradero y distante, en el que siempre cabía realizar algún progreso, sin llegar nunca a agotarlo por haberlo conseguido por completo». Esta situación se mantuvo durante cinco años, «a lo largo de los cuales la mejoría general que tenía lugar en el mundo y la idea de que otros y yo estábamos entregados a la lucha por promover esa mejoría, me parecía suficiente para llenar de interés y animación mi existencia». Hasta que un día, continúa Stuart Mill, «desperté de todo eso como de un sueño». ¿Qué había pasado? Había llegado el momento de realizarme una pregunta: «Suponte que todas las metas de tu vida se hubiesen realizado: que todas las transformaciones que tú persigues en las instituciones y en las opiniones pudieran efectuarse en este mismo instante: ¿sería eso un motivo de gran alegría y felicidad para ti? Apesadumbrado, Stuart Mill cobró conciencia de que su decidida respuesta a esa pregunta era: «No». Entonces experimentó una sensación desconocida y aguda: «Los fundamentos sobre lo que había construido mi vida se desmoronaron». De pronto, todo era «insípido e indiferente». Siguieron meses de una profunda depresión, que abarcó el invierno de 1826-1827. Visto desde fuera, nada había cambiado. Stuart Mill seguía llevando una vida plena de actividad: «durante ese período no dejé de dedicarme a las ocupaciones usuales [...]. Estaba tan habituado a cierto tipo de ejercicio mental que podía seguir en esa línea incluso cuando el espíritu se había desvanecido. Compuse y pronuncié algunos discursos para la Sociedad de Debates. Cómo pude hacerlo, y con qué resultado, son cosas que ignoro».

Stuart Mill es considerado todavía hoy una de las luminarias del progresismo. El hecho es que a los progresistas de todas las especies —laicas y religiosas— les faltó siempre la capacidad de la lúcida audacia para hacerse la pregunta que se formuló Stuart Mill en su íntegra honradez, y que lo precipitó a un estado que solo Coleridge supo describir: «Un dolor sin espasmos, vacío, oscuro y desolado».

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No se trata de recuerdos sino de palabras escritas, publicadas, dichas, registradas en los días entre principios de enero de 1933 y mayo de 1945. Incluso sin quererlo, todas tienen un aire de familia. Todas las imágenes de aquellos años, de cualquier procedencia, emanan algo de hipnótico. Fue el punto álgido del blanco y negro, en el cine y en la vida. Cuando apareció el tecnicolor pareció una alucinación. Era como si el tiempo hubiera formado una espiral cada vez más estrecha, que terminaba en un estrangulamiento. 

30 de enero de 1933. Klaus Mann parte de Berlín por la mañana temprano, «como impulsado por un mal presentimiento». Calles vacías, ciudad dormida. «Iba a ser mi última mirada a Berlín, la despedida». Parada en Leipzig. En la estación aparece su amigo Erich Ebermayer. pálido, nervioso. «"Qué pasa?, le pregunté. Pareció sorprendido. "¿Cómo? ¿No lo sabes? El viejo lo ha nombrado hace una hora". "¿El viejo?.... ¿Ha nombrado a quién?" "A Hitler. Es canciller"».

20 de marzo de 1933. Benjamín le cuenta a Scholem que el impulso último para abandonar Alemania le vino de la «simultaneidad casi matemática con que prácticamente todas las editoriales con las que estaba en contacto han devuelto los manuscritos, interrumpiendo las negociaciones en curso y casi listas para la conclusión». Alemania se había convertido en el país «en que, al mirar a cualquiera, los ojos se fijan en las solapas de la chaqueta, prefiriendo no mirar ya nadie a la cara». 

Verano de 1941. Hans Carossa: «A partir del verano de 1942 circularon de boca en boca extrañas voces, a las que al principio nadie daba crédito pero poco a poco se vieron confirmadas: el gran poseído había decidido matar a los pobres pequeños locos. Esta vez no dudé de la exactitud de lo que oía decir: ciertos problemas de aritmética que estaban en el nuevo libro de nuestra hija pequeña me habían puesto en disposición. "Un enfermo mental˝, decía, "le cuesta al Estado cada año una suma tal: ¿cuánto cuestan tres enfermos mentales? ? Cuánto cuestan treinta? Etc.»

5 de septiembre de 1944. En sus peregrinaciones alemanas, junto a su mujer Lucette, al gato Bébert y a su amigo Le Vigan, Céline llega a Berlín desde Baden-Baden y escribe a Paul Bonny: «Después de nuestra partida de Baño Baño hemos vivido una pesadilla, no bombardeos sino visiones. ¡Que pesadilla! Berlín embrujada hasta el suicidio. El lugar es irresistible. Cualquier cementerio, después de todo, es un lugar ameno, una carcajada en comparación con este horror increíble.»

Mark Lilla (El regreso liberal) Más allá de la política de identidad

DEL «NOSOTROS» AL «MÍ»

Entre lo más memorables eslóganes románticos de la década de 1960 está «Lo personal es político». Expresa un sentimiento que surge de que los románticos siempre han visto como la necesidad urgente de reconciliar el ser y el mundo y de lo que los antirrománticos entienden como una incapacidad adolescente para vivir con la diferencia. Estados Unidos siempre ha sido un terreno fértil para los románticos, aunque, durante los primeros doscientos años de su existencia, tendió a gravitar hacia la poesía o hacia lo evangélico, fuera del tipo cristiano o emersoniano. El romanticismo político que había enturbiado la política europea desde la Revolución francesa, era difícil de encontrar. (Sin duda, esa es la razón por la que en Europa tenemos la reputación, totalmente falsa de base, de ser un pueblo pragmático.) Su repentino brote a principios de los años sesenta era totalmente inédito. 

[...]   El romanticismo político es fácil de ver, pero difícil de definir. Es más un estado de ánimo que un conjunto de ideas, una sensibilidad que colorea la forma en que la gente piensa sobre sí misma y sobre su relación con la sociedad. Los románticos contemplan la sociedad como algo dudoso, como un sacrificio impuesto que aliena al ser individual de sí mismo, trazando líneas arbitrarias, creando cercados y obligándonos a meternos en disfraces que nosotros no hemos hecho. («En todas partes la sociedad está conspirando contra la virilidad de cada uno de sus miembros», escribió el tedioso Emerson). Hace que olvidemos quiénes somos y nos inhibe a la hora de explorar aquello en lo que nos podríamos convertir. Lo que buscan los románticos es más difícil de definir o de articular. Sus nombres son legión: «autenticidad», «transparencia», «espontaneidad», «plenitud», «liberación». Que el mundo sea uno. Y, cuando el mundo rechaza educadamente esta oferta, el romántico queda desgarrado entre impulsos opuestos. Está el impulso de huir para seguir siendo un ser auténtico y autónomo; y el impulso de transformar la sociedad de manera que parezca una extensión del ser. El romántico quiere crear un mundo en el que poseerá una identidad totalmente integrada y sin conflicto, en donde las respuestas a las preguntas: «¿Quién soy yo?« y «¿Qué somos?» sean la misma. 

Cuando esta sensibilidad romántica tomó forma política a principios de los años sesenta, los liberales y los socialistas más viejos no podían entender de ninguna manera de qué hablaban los jóvenes. Los derechos civiles, la guerra de Vietnam, el desarme, la pobreza, el colonialismo: esos eran asuntos políticos, por lo que, sin duda, merecía la pena protestar. Pero ¿por qué todo tenía que ver con faltar al respeto a los padres, tomar drogas, escuchar música alta, el amor libre, el vegetarianismo y el misticismo oriental? Sí, el capitalismo era el enemigo del pueblo. Pero ¿era el peine el enemigo del alma? Para una época anterior, la retórica de la época era un guiso espantoso que combinaba lo personal, lo cultural y lo político. 

[...] Para los jóvenes seducidos por la nueva izquierda tenía sentido porque, como saben los románticos, todo está relacionado. Tenía sentido que no hubiera objetivos estrictamente políticos divorciados de las luchas por la libertad, por la justicia y por la autenticidad en todos los aspectos de nuestras vidas: las relaciones sexuales, la familia, las reuniones, las escuelas, la tienda. Y en todo el mundo. La opresión era polimorfa y la resistencia también debía serlo. Por eso ir a una manifestación contra la guerra del Vietnam por la mañana, trabajar en una cooperativa alimentaria al mediodía, asistir a un taller feminista por la tarde y después acampar al aire libre para liberar mi alma era completamente coherente. Se trataba de política del tipo más elevado y urgente. ¿Qué eran, en comparación, las elecciones al Congreso a mitad del mandato?

La nueva izquierda interpretó originalmente el eslogan «Lo personal es político» de una manera algo marxista: todo lo que parece personal es, en realidad, político, no existen esferas de la vida exentas de la lucha por el poder. Eso es lo que forjaba simpatizantes tan radicales y electrizantes y lo que aterrorizaba a todos los demás. Pero también se podía interpretar la frase en sentido opuesto: que lo que consideramos acción política no es sino una actividad personal, una expresión de mí y de cómo me defino. Como diríamos hoy, es un reflejo de mi identidad. Al principio, la tensión entre las dos interpretaciones del eslogan no era evidente para aquellos impulsados por las pasiones del momento. «El aborto legal, la igualdad salarial y la educación infantil me afectan personalmente como mujer, pero también afectan a todas las demás mujeres. Esto no es narcisismo; es necesidad». Aun así, con el tiempo la tensión resultó demasiado evidente y arruinó las perspectivas a corto plazo de la nueva izquierda y, al final, también las del liberalismo estadounidense. 

La nueva izquierda quedó desgarrada por todas las dinámicas intelectuales y personales que asaltan a las izquierdas más una: la identidad. Las divisiones raciales no tardaron en aparecer. Los negros se quejaban de que la mayoría de los líderes eran blancos, lo que resultaba cierto. Las feministas se quejaban del hecho de que la mayoría eran hombres, lo que también era cierto. Pronto las mujeres negras se quejaban tanto del sexismo de los hombres negros radicales como del racismo implícito de las feministas blancas, que, a su vez, eran criticadas por lesbianas que las acusaban de asumir que «lo natural« era la familia heterosexual. Lo que todos esos grupos buscaban en la política era algo más que la justicia social y el final de la guerra, aunque también querían eso. Además, deseaban que no hubiera espacio entre lo que sentían en su interior y lo que hacían en el mundo. Querían sentirse unidos a los movimientos políticos que reflejaban cómo se entendían y definían a sí mismos como individuos. Y deseaban que se reconociera su autodefinición. El movimiento socialista no había prometido ni entregado ningún reconocimiento: dividía el mundo entre capitalistas y explotadores y trabajadores explotados de cualquier origen. Tampoco lo había hecho el liberalismo de la Guerra Fría, que defendía la igualdad de derechos y la igualdad de amparo social para todos. Y, sin duda, no llegaba ningún reconocimiento de identidad personal o de grupo desde el Partido Demócrata, que en esa época dominaban racistas segregacionistas y sindicalistas blancos de cuestionable rectitud.

Claudio Naranjo (La raíz ignorada de los males del alma y del mundo) De cómo la invención política del mal nos ha vuelto inmaduros y destructivos

PRÓLOGO

ACERCA DE LA NATURALEZA Y ACTUALIDAD DE «LA GRAN BESTIA» Y DE LO QUE NO SE DICE SOBRE EL PECADO ORIGINAL

Los cristianos apocalípticos veían en Roma una personificación de la mítica Gran Bestia, pero Roma no fue tan diferente de lo que Babilonia había sido para los judíos después de la destrucción del templo en Jerusalén y su forzado exilio: ni tampoco Babilonia había sido tan diferente de Egipto, donde los judíos fueron esclavizados. Representan estas ciudades, para la estirpe de Abraham y luego para los cristianos perseguidos, lo que podríamos llamar el «espíritu de la civilización», a la que alude el relato bíblico de la torre de Babel y que se vino a manifestar plenamente en los grandes imperios, pero ya había nacido en esa época lo que la arqueología y la historia llaman la «revolución urbana» —cuando la tierra vio el nacimiento de grandes ciudades y sus templos monumentales.

Planteo en este libro que la civilización, lejos de haber constituido el mayor triunfo de la evolución de la humanidad, ha sido más bien la causa de ese conjunto de problemas colectivos a los que apuntaron sucesivamente Rousseau, Nietzsche, la escuela de Frankfurt, el Club de Roma y los muchos comentaristas de la crisis cada vez más profunda y evidente de la humanidad contemporánea, que hoy en día destruye nuestro medio ambiente, nuestras culturas, personas y valores, y que esta crisis no es el resultado de algo agregado a la civilización, como una complicación de esta, sino más bien el resultado de la obsolescencia de su estructura fundamental. 

Pero ¿cuál es esta estructura central que comparten todas las civilizaciones? Podríamos decir simplemente que «el patriarcado», si no fuese porque ni los antropólogos ni la comunidad han denunciado al espíritu patriarcal como el mal fundamental de la civilización. Debemos, entonces, ser más específicos o explícitos en la explicación de lo que queremos decir por «patriarcado». 

Así, por ejemplo, Freud, en su libro El malestar de la civilización, formula la idea de que sufrimos de una neurosis universal que constituye la consecuencia trágica de una necesidad de haber instituido una sociedad represiva o policial. Dudaba Freud que los humanos fuésemos intrínsecamente buenos, por lo que pensaba que, siendo mitad buenos y mitad malos, precisamos de un sistema social que nos proteja de nuestro potencial maligno; a la vez, planteaba que hemos perdido nuestra salud mental a causa de un trágico sacrificio de nuestra espontaneidad animal.

Pero ¿es verdad que debemos controlar nuestra naturaleza animal, potencialmente maligna? Hoy en día hay estudios de neurociencias que sostienen que el cerebro humano es altruista, y el progreso de la psicoterapia nos dice que muchas veces lo que parecía un mal intrínseco es solo una reacción al dolor de la infancia y, además, va entrando en la cultura occidental la visión oriental (tanto la budista como taoísta) de una bondad fundamental de la naturaleza humana. 

A la luz de estas consideraciones, entonces, podemos decir que tal vez Freud fue demasiado pesimista al no llegar a poner en cuestión la vieja concepción cristiana del pecado original que nos declara culpables del pecado de nuestros ancestros, que transgredieron la prohibición divina de comer el fruto prohibido. 

«Seréis como dioses» conocedores del bien y del mal, les dice la serpiente a Adán y Eva como si se tratase solo de la adquisición de un nuevo conocimiento; y cuando Dios, paseando por su jardín, ve que la pareja avergonzada se ha cubierto los genitales con hojas de higuera, comprende que ahora han desobedecido su prohibición, y se nos da a entender a los lectores de ese texto que el bien y el mal siempre han existido, pero que solo después de comer el fruto prohibido los primeros humanos perdieron la inocencia de la ignorancia.

Así como Freud no cuestiona el que hayamos instituido una civilización policial, el redactor del mito del Génesis parece esconder el hecho de que no se trata de que los humanos hayan aprendido en algún momento a avergonzarse de sus cuerpos desnudos, sino que ha aparecido en el mundo una autoridad que dicta lo que está bien y lo que está mal y que con ello nace en nuestra evolución social la ética normativa —usualmente llamada «moral», que además ha criminalizado el placer, que biológicamente sirve en el mundo animal a los dictados de una sabiduría instintiva. 

Digamos entonces que en algún momento de la historia nacen la autoridad y los dictados de la autoridad; y que antes de ello no le parecía inmoral a la gente andar desnuda —como tantos vemos aún en África o en los trópicos, o en los pueblos indígenas sudamericanos. Y ha sido además una característica de lo que llamamos la civilización el que la autoridad que criminalizó el principio del placer le atribuyó su juicio criminalizante a un dios autoritario. 

[...] He afirmado que la civilización no es algo diferente de la sociedad patriarcal, y sugerido que al hablar de patriarcado debemos considerar un conjunto de fenómenos íntimamente relacionados, de los cuales uno es la subordinación del «principio del placer» a lo que Freud llamó el «principio de realidad» —que no es tanto una exigencia de la realidad sino una exigencia de la autoridad patriarcal, condición necesaria para tal vuelta contra los impulsos naturales y que se apoya necesariamente en el poder del castigo y de las amenazas, así como en el caso de uno que domestica leones para el espectáculo del circo debe usar no solo el látigo sino el castigo del hambre antes de conseguir que salten a través de aros en llamas.

Pero no solo implica el patriarcado una autoridad violenta y una vuelta contra lo instintivo, sino que, como bien sabemos, una desvaloración, subordinación y explotación de la mujer; que a su vez ha entrañado el que los niños se eduquen en la dureza, como cabe a un propósito de formar guerreros; y, además, ha creado el dominio masculino una situación casi universal de maternaje insuficiente, pues cuando la mujer le pertenece a su marido ello implica una entrega a su autoridad exigente y punitiva, y una traición a su espíritu materno protector. De ahí, a su vez, la dificultad de que hayamos podido desarrollar una civilización verdaderamente cristiana, caracterizada por la capacidad de las personas de amarse así mismas y al prójimo, y que sin el fundamento de estos amores no seamos siquiera capaces de un profundo amor a lo divino.

Epicteto (Manual de vida) Pasajes escogidos

Para comer uvas o higos, hay que dar tiempo a los árboles, dejar que el árbol florezca, que dé frutos y que maduren.

El hombre en la vida

Recuerda que has de comportarte como en un banquete. Llega a ti algo que va pasando: extiende la mano y sírvete moderadamente. Pasa de largo: no lo retengas. Aún no viene: no exhibas tu deseo y espera hasta que llegue a ti.
Así con tus hijos, con tu mujer, con los cargos, con la riqueza. Y algún día serás digno de participar en el banquete de los dioses.
Y si no te sirves de lo que te ofrecen, sino que lo desprecias, entonces no sólo participarás del banquete de los dioses, sino también de su poder. Así obraban Diógenes y Heráclito y los que se les parecían, y merecidamente eran y se les llamaba «divinos».

La misión del ciudadano

¿Cuál es la misión del ciudadano? No tener ningún interés personal, no deliberar nada como un ser independiente, sino del mismo modo que si la mano o el pie tuvieran y comprendieran la disposición natural, que nunca se moverían o tendrían apetencias de otro modo más que con referencia a todo. 

En él se funda nuestra serenidad

Estas dos cosas hay que tener a mano: que fuera del albedrío no hay nada ni bueno ni malo y que no hay que adelantarse a los acontecimientos, sino seguirlos.

Ocúpate de desempeñar tu papel....

Recuerda que eres actor de un drama, con el papel que quiera el director: si quieres uno corto, corto; si uno largo, largo; si quiere que representen a un pobre, represéntalo con nobleza; como a un cojo, a un gobernante, un particular. Eso es lo tuyo: representar bien el papel que te han dado, pero elegirlo es cosa de Otro. 

Más sobre la muerte

Si un joven muere, reclama uno a los dioses porque ha sido arrebatado antes de tiempo; si se retrasa en morir un anciano, también reclama a los dioses porque aún pasa trabajos cuando ya le convenía descansar; mas cuando la muerte se acerca, no quiere menos vivir y manda a buscar al médico y le pide que no omita ningún afán ni cuidado. Y decía: «Admirables los hombres, que no quieren ni vivir ni morir». 

Si quieres filosofar....

Si ansías la filosofía, prepárate desde ahora mismo para ser objeto de risas, para ser objeto de burlas de muchos que te dirán: «De pronto se nos ha vuelto filósofo» y «¿Cómo es que nos viene con este gesto altivo». Así que tú no pongas gesto altivo y aférrate a lo que parece que es lo mejor como quien ha sido destinado por la divinidad a ese puesto. Recuerda que si te mantienes en ello, los que al principio se reían de ti te admirarán al final, mientras que si te dejas vencer por ellos, les ofrecerás un doble motivo para la risa.

Mostramos nuestra valía en la adversidad

Las circunstancias difíciles son las que muestran a los hombres. Por tanto, cuando des con una dificultad, recuerda que la divinidad, como un maestro de gimnasia, te ha enfrentado a un duro contrincante.
—¿Para qué? —pregunta.
—Para que llegues a ser un vencedor olímpico.
Pero no se llega a ello sin sudores.

El secreto de la serenidad

No pretendas que los sucesos sucedan como quieres, sino quiere los sucesos como suceden y vivirás sereno.

El camino a la serenidad

Hay un camino para la serenidad —tenlo a mano al alba y durante el día y por la noche—; el apartamiento de lo que no depende del albedrío, el no considerar nada como propio, el entregar todo al Genio, a la Fortuna, poner a éstos por cuidadores de tales cosas, como ya los puso Zeus, y estarte tú a una sola cosa, a lo particular, a lo libre de impedimentos, a leer refiriendo a esto la lectura, y lo mismo escribir y escuchar. 

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