Hannah Arendt (La última entrevista) y otras conversaciones


PENSAMIENTOS SOBRE POLÍTICA Y REVOLUCIÓN

Entrevista con Adelbert Reif
Crisis de la República
Verano de 1970

A.R.: Los filósofos y los historiadores marxistas, en un sentido amplio del adjetivo, opinan que en esta fase del desarrollo histórico solo existen dos posibles alternativas para el futuro: capitalismo y socialismo. Según su punto de vista, ¿existe otra alternativa?

H.A: No veo tal alternativa en la historia ni sé lo que esta nos depara. Dejemos de hablar de cuestiones altisonantes como <<el desarrollo histórico de la humanidad>>. Lo más probable es que la historia tome un camino que no corresponda a ninguna de esas dos opciones, y esperemos que nos sorprenda.

Pero contemplemos por un momento sus dos alternativas, desde un punto de vista histórico. El realidad todo comenzó con el capitalismo, un sistema económico que nadie había planeado ni previsto. Este sistema, como es sabido, debe su inicio a un enorme proceso de expropiación que nunca a lo largo de la historia había tenido lugar de ese modo, es decir, sin conquista militar. La expropiación, la acumulación inicial de capital, fue la ley conforme a la cual el capitalismo surgió y ha avanzado paso a paso.  Ahora bien, no sé cómo se imaginaba la gente el socialismo. Si nos fijamos en lo que realmente la ocurrido en Rusia, vemos que el proceso de expropiación se ha llevado más lejos; y podemos observar que algo parecido está ocurriendo en los modernos países capitalistas, donde parece que el viejo proceso de expropiación ha vuelto a desatarse. Impuestos excesivo, devaluación de facto de la moneda, inflación emparejada con recisión: ¿qué son sino formas relativamente suaves de expropiación?

Solo en los países occidentales existen obstáculos políticos y legales que constantemente impiden que este proceso de expropiación alcance un punto en el que la vida resultaría insoportable. En Rusia, por supuesto, no hay socialismo, sino socialismo de Estado, que viene a ser lo mismo que tendríamos si hubiese capitalismo de Estado; es decir, la expropiación total, la cual emerge cuando todas las garantías políticas y legales de la propiedad privada han desaparecido. En Rusia, por ejemplo, ciertos grupos disfrutan de un altísimo nivel de vida: disponen de coches, casas de campo, muebles caros, limusinas con chófer, etcétera. El único problema reside en que nada de lo que tienen a su disposición les pertenece: el gobierno puede quitártelo todo en cualquier momento. 

[...] A diferencia de las teorías y las ideologías, todas nuestras experiencias nos indican que el proceso de expropiación, que comenzó con el auge del capitalismo, no se detiene en la expropiación de los medios de producción: solo las instituciones legales y políticas que son independientes de las fuerzas económicas y sus automatismos pueden controlar y poner freno a las enormes potencialidades inherentes a este proceso. Estos controles políticos parecen funcionar mejor en los denominados Estados del bienestar, ya se llamen a si mismos socialistas o capitalistas. Lo que protege la libertad es la división entre el poder gubernamental y el económico, o dicho en lenguaje marxista, el hecho de que el Estado y su constitución no sean superestructuras.

Lo que nos protege en los llamados países capitalistas de Occidente no es el capitalismo, sino un sistema legal que evita que se realice la fantasía de la dirección de las grandes empresas de penetrar en la esfera privada de sus empleados. Pero estos sueños se hacen realidad dondequiera que el propio gobierno se convierte en empleador. 

[...] Si yo tuviese que juzgar esta evolución desde un punto de vista marxista, diría que quizás la expropiación está, en efecto, en la naturaleza misma de la producción moderna, y que el socialismo, tal como Marx creía, no es más que el resultado inevitable de la sociedad industrial iniciada por el capitalismo. Así pues, la cuestión es cómo podemos mantener este proceso bajo control y evitar que degenere, bajo un nombre u otro, en las monstruosidades en las cuales ha caído en los países del Este. 

[...] Fundamentalmente, es una cuestión de cuánta propiedad y cuántos derechos podemos permitir que una persona posea incluso bajo las muy inhumanas condiciones de gran parte de la economía moderna. Pero que nadie hable de la <<propiedad de las fábricas por parte de los trabajadores>>. Si reflexionamos un poco, veremos que la propiedad colectiva es una contradicción en términos. La propiedad es lo que me pertenece, por definición, hace referencia a lo que es mío. Evidentemente, los medios de producción de otras personas no deberían pertenecerme; quizás podrían ser controlados por una tercera autoridad, lo cual significaría que no pertenecen a nadie. Y el peor propietario posible sería el gobierno, a menos que sus poderes en esta esfera económica estén estrictamente controlados y frenados por un poder judicial verdaderamente independiente. Hoy en día, nuestro problema no consiste en cómo expropiar a los expropiadores, sino más bien en cómo actuar para que las masas puedan recuperar la propiedad que la sociedad industrial les ha quitado en los sistemas capitalistas y socialistas. Esta es razón más que suficiente para mostrar que la alternativa entre capitalismo y socialismo es falsa -ninguno de los dos existen en ningún sitio en su estado puro, y además se trata de gemelos con distintos sombrero.

[...] Entonces, ¿qué ha hecho el socialismo o comunismo, tomado en su forma pura? También ha destruido a esta clase, sus instituciones, los sindicatos y partidos obreros, y sus derechos: la negociación colectiva, la huelga, el seguro de desempleo, la seguridad social. En su lugar, esos regímenes ofrecieron la ilusión de que las fábricas eran propiedad de la clase trabajadora -la cual había sido abolida precisamente como clase- y la atroz mentira de que el desempleo ya no existía, una mentira basada tan solo en la verdadera inexistencia del seguro de desempleo. En esencia, el socialismo simplemente ha continuado y llevado al extremo lo que el capitalismo comenzó. ¿Por qué debería ser el remedio?

* Hannah Arendt (Los hombres y el terror) y otros ensayos
Hannah Arendt (En el presente) Ensayos políticos

Roger-Pol Droit (La filosofía no da la felicidad... ni falta que le hace)


¡Sé sumiso!

Cuando una vida pregunta cómo lograr ser feliz, cuando pide un método para conseguirlo, es que esa vida ya está enferma, desquiciada, y por lo tanto en cierto sentido ya es un poco despreciable, por no decir abyecta. Si se expresa esa desazón, lo más urgente que hay que hacer es no responder a dicha llamada. ¿Esa vida desquiciada quiere saber cómo ser feliz? ¡Sobre todo, no hay que ayudarla! Sería caritativo incluso desanimarla, decirle que se equivoca, que la felicidad, si es que existe, no es cuestión de método, de reflexión, de filosofía, sino de locura, de desmesura, de puro azar.
¿Pero no! Nuestros filósofos de la felicidad se revisten con sus hábitos de sacerdotes y se ajustan las estolas. Se ponen a explicar de cabo a rabo a quien quiera oírlos cómo ser feliz siempre y en todas partes: «Así es como puedes conocer la felicidad en el trabajo y en el tiempo libre, en la cocina, en el cuarto de baño, en la oficina, en el dormitorio, en el coche y durante las vacaciones... Así estarás siempre realizado, conocerás la plenitud, la alegría y la beatitud. ¡Por fin tu vida tendrá sentido!»

En esta homilía de una euforia nauseabunda, yo oigo una sola cosa: «Sé sumiso, haz lo que te dicen, añade solamente un hilillo de filosofía de primera presión en frío para que todo vaya como una seda y se perpetúe».

En esos discursos para ser feliz y serlo siempre no logro ver nada más que una inmensa empresa de normalización, de dominación, de vasallaje. Cuando oigo «¡sé feliz!», entiendo «¡sé esclavo!» por eso me avergüenza que haya filósofos participando de este totalitarismo de rostro radiante, ya sea deliberadamente o por inadvertencia.

Comprendo que estas palabras puedan parecer abruptas e incluso elípticas. Requieren alguna explicación, que seguramente las harán más precisas, si no más aceptables. Vamos allá.


¿Cómo se explica que el sabio haya vuelto?

El recorrido que hemos descrito a grandes rasgos permite comprender el carácter ambiguo de este retorno de la figura del sabio en la actual filosofía de la felicidad. Tras los Treinta Años Gloriosos, después de mayo del 68, la caída del muro de Berlín y el auge de la ecología, se ha instaurado cierta sensación de fracaso de la razón; fracaso de las ciencias, de las técnicas, de la sociedad de consumo, pero también del comunismo, de las revoluciones que querían crear un hombre nuevo. Esta toma de conciencia, a veces, conflictiva y dolorosa, pero también variopinta y desordenada, ha engendrado una desafección multiforme de la confianza en el saber. Los poderes concedidos a la teoría, a las ciencias e incluso a la verdad se han ido erosionando.
La figura del científico liberando a la humanidad de sus cadenas se ha desvanecido. El científico se ha convertido en el aprendiz de brujo capaz de desencadenar el apocalipsis. La figura del filósofo docto, del teórico puro, también se ha erosionado. Esas transformaciones —multiformes y multifactoriales—han ido arrinconando la figura del sabio y la del filósofo como sabio. 

Hemos asistido al retorno de unas migajas de esa figura del sabio antiguo, revisada y corregida, reinterpretada, con uno nuevo look. Puesto que la figura del santo —«folclorizada» y exangüe— ya no interesa a nadie, y ante la desafección hacia las ciencias y las religiones tradicionales, el viejo sabio parece haber resurgido. La filofelicidad lo saca de la tumba, lo revitaliza, le pone una camiseta y un pantalón corto e intenta pasearlo por un nuevo paisaje. 

No importa que el entorno en el que se quiere aclimatar a unos sabios a la antigua usanza para servir de coachs de la felicidad sea infinitamente diferente del que fue su ecosistema histórico. No importa que las preocupaciones que nos atormentan —cambio climático, clonación humana, máquinas pensantes, superpoblación mundial, etcétera— sean temas que los pensadores antiguos no podían ni siquiera empezar a intuir.

Lo único que constatamos es que —como diríamos de un tejido— las ideas de verdad, de vida colectiva, de emancipación y de progreso a través del saber se han descolorido. ¡Ahora toca replegarse en la felicidad individual! ¿Viva el abandono de los horizontes de la historia de los grandes ideales! Ya no se trata de asaltar los cielos, de partir en dos la historia de la humanidad, de creer en unas migajas de absoluto.

Lo único que está a la orden del día es cómo pasarlo lo mejor posible sin sufrir demasiado. Cómo eliminar por arte de magia los esfuerzos, lo negativo y la desdicha. Cómo flotar por fin en un presente eterno, donde no subsista ninguna verdadera dificultad para nuestra existencia. Estas preocupaciones dibujan un totalitarismo radiante. Ya lo he descrito en Votre vie sera parfaite: nuestra época se limita a consumir sabiduría bajo una forma liofilizada, directamente asimilable, accesible, preferentemente barata o gratuita. Esa sabiduría con su nuevo envase pretende proporcionar los medios para conquistar la felicidad sin esfuerzo, conservarla sin dificultad y descubrir la manera de aumentarla aún más.

Como si nada exigiese contrapartida, todo fuera fácil, rápido y estuviera garantizado con solo elegir la formación personalizada que a cada uno le convenga. Bastaría encontrar el pseudo-nuevo-sabio de turno, dar con el buen seminario de filosofía-felicidad-garantizada, comprar el buen método de filoterapia. Esa transformación radical del paisaje se basa en un truco de magia que, para terminar, hay que intentar descubrir.

* Roger-Pol Droit (Vivir hoy) Con Sócrates, Epicuro, Séneca y todos...

Norbert Bilbeny (La vida avanza en espiral) Conversaciones sobre ética con mi nieto

Llego el día de tener que abandonar mi consultorio. Casi medio siglo dedicado a la neurología. Y más de treinta años en aquel hospital que ya era mi casa. Era el día de mi jubilación. Triste día. Nunca más volvería a ver un solo paciente. Mi cuerpo, envejecido, marcaba mi destino. No lo decía mi voluntad.

Porque yo habría continuado trabajando veinte años más. Como aquel colega que conocí en Chicago, quien a sus noventa y dos años, jorobado y arrastrando los pies, iba todavía a diario a su consulta.

-¿Cuándo te vas a jubilar? -le pregunté, desviando mis ojos hacia su bata recién planchada.

-Y tú? -respondió molesto.

-Veras, cuando mi cabeza ya no funcione...-dije. Soltó una risa sarcástica, retorciendo su huesudo dedo índice en la sien como si yo estuviera loco.

-Yo me retiraré -dijo, serio- cuando mi aparato sexual no funcione.-Y estalló en una carcajada.

Dicen que jubilarse viene de júbilo, pero yo sentía lo contrario. Una enorme tristeza. Dicen también que estar jubilado no es en realidad estar retirado. Pero eso, ¿quién se lo cree? Por mi parte: adiós epilepsias, esclerosis, parkinsons, cefaleas, meningitis, vértigo, insomnios, demencias, alzeheimers, distrofias, tumores, amnesias, agnosias, apraxias, afasias, impotencias, comas, tartamudeos, mutismos, niños hiperactivos. Adultos que aún sienten dolor en aquel brazo o en aquella pierna que se les amputó hace tiempo. O jóvenes que perdieron la vista, o ensordecieron, por un trauma, el estrés, la depresión. Muchas veces calmé; a veces curé. Pero, siempre, escuché.

Adiós a todo esto. Mi agenda, mi archivo, mi despacho. Y, lo más triste: adiós a la gente. Porqué, aún sin proponérmelo, no he tenido que tratar enfermedades, sino enfermos. Un compañero pesimista dice que sólo somos un trozo de carne con una pequeña carga de electricidad que se agota. Pero yo sólo veo ojos. O mejor: miradas. Y una fragilidad infinita tras ellas. El tiempo huye, todos acabaremos igual. Ser felices es lo mínimo que podemos esperar. En cambio, la mayoría de mis colegas lo primero que tratan de descartar cuando examinan a sus visitas es precisamente eso: la parte humana de la enfermedad.

Ser neurólogo es un trabajo delicado. Hay que seleccionar entre cuerpo y alma, fibras y sentimiento. Y yo, durante mucho tiempo, hice también más caso al cuerpo que a aquello que lo hace vivir y vibrar. Seguir el rígido protocolo clínico le ganó la partida a escuchar al paciente y a seguir lo que me parecía más evidente. Quizás me equivoqué. Pude ser un médico impersonal.

Pero, con los años, me he acostumbrado, al revés, a descartar antes que nada las cosas físicas de cualquier caso que se me presente. El alma, las personas, están casi siempre detrás de una enfermedad. Aunque he tardado en reconocerlo. No hay enfermedades, pero tampoco enfermos: en cada caso hay una persona. El alma es un tema médico. Cuando alguien de pronto, ya no sabe caminar, o de la noche a la mañana pierde el reflejo de tragar, hay detrás de ello una historia, una biografía, una mente. Para curarle, debemos atrapar esta historia o la enfermedad se nos escapa.

Sin embargo, ahora que ya lo sé, debo abandonar mi oficio. Por eso no me dolía que ya no tuviera que tratar ninguna enfermedad más. Ni siquiera no poder volver a curar. Otros lo harían. Me dolía, en especial, el hecho de ya no poder estar en contacto con los pacientes. Aunque ese día de mi jubilación no sentía que los abandonaba, sino que ellos me abandonaban a mí. Incluso con sus historias personales, a veces aburridas, a veces increíbles, truculentas. La verdad es que estas ya no me afectaban, excepto en casos de niños y adolescentes. Pero ese día empecé a sentirme huérfano de todos ellos..

Docenas de cajas de cartón aguardaban en el suelo de mi consultorio para ser llenadas con todas mis pertenencias. El consultorio olía a puro cartón, como desmintiendo que alguna ves se hubiera ejercido allí mi profesión, siempre con olor a hospital. Hasta esas cajas desparramadas, como símbolo de dispersión, quizás de algo que se disuelve, parecían querer acabar de una vez con mi largo pasado en aquella amplia sala. Mientras, un tímido sol de marzo entraba por el ventanal y se veían los chopos inclinarse por el fuerte viento. ¿Por qué marcharse en primavera, cuando todo es tiempo de comienzo.

* Norbert Bilbeny (La justicia como cuidado de la existencia)

William Morris (La era del sucedáneo) y otros ensayos contra la civilización moderna


LA ERA DEL SUCEDÁNEO
(Conferencia pronunciada el 18 de noviembre de 1894 en el New Islington Hall, en el popular barrio de Ancoats, Mánchester)

ASÍ COMO OTRAS ÉPOCAS se conocen con el nombre de Era del Conocimiento, de la Caballería, de la Fe, etc., la nuestra puede llamarse Era del Sucedáneo. En otros momentos de la historia del mundo, si no podía poseer un objeto en particular, la gente se las arreglaba sin él y eso era todo. Es más, casi nunca era consciente de la ausencia de ese objeto. Pero hoy estamos tan bien informados que sabemos que existen muchísimas cosas que deberíamos poseer y no poseemos, y como no nos apetece aceptar su simple carencia, creamos un sucedáneo para suplirlas; y, así, esta proliferación de sucedáneos, así como -me temo- el hecho de que nos contentemos con ellos, constituyen la esencia misma de lo que se ha dado en llamar civilización.

Quiero repasar aquí algunos de estos sucedáneos, y mostrar qué tienen de maligno y qué de bueno y de esperanzador para el futuro; porque debo decir que he venido aquí a criticar algo, pero me parecería inútil hacerlo sin buscar un remedio al mismo tiempo.

Ustedes pensarán que muchos de estos sucedáneos tienen una importancia menor, pero en realidad están tan integrados en el tejido de la sociedad actual y son tan abundantes que deberé limitarme a unos pocos ejemplos en los que sé algo de primera mano; aunque pienso que al final podré mostrarles que la suma de todos estos casos supone ya un problema bastante grave, dado que la vida civilizada no es más que un sucedáneo de lo que podría ser la vida del hombre en la tierra.

Empezaré por lo más bajo de la escala: por ese asunto tan ordinario y terrenal que es comer y beber. ¿Es que hay sucedáneos en este terreno? Demasiados, por desgracia. Habrán oído hablar ustedes de eso que se llama pan, pero sospecho que solo unos pocos de los presentes han comido alguna vez pan de verdad, aunque estarán familiarizados con su sucedáneo, que por lo demás existe hace mucho tiempo. En mi juventud, en el campo solía comerse pan verdadero, pero en las ciudades apenas se conocía; ahora, el que hacen los panaderos de los pueblos es peor que el de las ciudades, pues la gente del campo -o por lo menos la que yo conozco- han dejado de hacerse en pan en casa y lo compran en la tahona local. Hace sólo veinte años solía cocerse el pan ella misma, y en casi todas las cabañas de los alrededores (Oxfordshire, Gloucestershire) podía verse desde lejos un horno pequeño y redondo detrás de la chimenea. Pero, como he dicho esta costumbre se ha perdido. Se dirán ustedes que quien quiera sigue pudiendo hacerse el pan en casa. Pues no, no puede, porque para cocer una buena hogaza de pan hace falta harina de calidad, que es algo prohibitivo. El ideal del molinero moderno (si no me equivoco importado de América, ese paraíso del sucedáneo) parece reducirse convertir los ricos granos de trigo en un polvo blanco característico semejante a la tiza. Lo que se busca ante todo es blancura y fineza, en detrimento de esas cualidades que solo el paladar puede reconocer.

[...] No creo que las distracciones públicas sean cosa de broma. Al contrario, me parece muy grave que la calidad de los teatros sea tan baja y que se nos impongan algunos penosos sucedáneos aun a costa del esfuerzo de muchas personas honradas y a menudo brillantes. Digo que es grave porque conozco la triste explicación de este declive; la mayor parte de los ciudadanos lleva unas vidas tan tristes, desempeñan labores tan mecánicas y aburridas y sus momentos de reposo son tan vacuos y casi siempre tan agotadores por culpa del exceso de trabajo que cualquier cosa que se presente como entretenimiento servirá para atraer su atención. Si conozco bien este lúgubre sucedáneo es porque soy uno de los pocos afortunados cuyo trabajo constituye un placer permanente; razón por la cual no me atrae demasiado eso que suele llamarse diversión, aunque aprecio sinceramente las bondades del descanso. Pero, en honor a la verdad, lo que más me divierte es disponer de un momento de silencio y sin apremios urgentes para poder dedicarme a mi trabajo sin incordios. Y estoy convencido de que podría ser así para casi todo el mundo. Solo cuando eso ocurra las diversiones dejarán de ser lamentables sucedáneos. 

Luis Racionero (El pecado original)


-El ser humano no es el resultado ni de una evolución natural, ni de una evolución sana. El hombre se ha hecho a sí mismo en contra de todas las reglas de la evolución y de la naturaleza, mediante la manipulación de su propio cerebro. Su trayectoria desde mono hasta ser humano constituye una serie de actos delictivos contra las leyes de la naturaleza.

Lucas se puso en plan de estar más de vuelta que él:

-También estamos manipulando ahora con pastillas o electrodos el cerebro y todo lo demás. No veo qué hay de malo en ello. El proyecto Genoma en que trabajo va a manipular los genes para alterar las características del cuerpo humano, y poder elegir los rasgos a voluntad.

-¡El proyecto Genoma! -se excitó Kraft-; lo que yo puedo decirle es tan demencial como su proyecto Genoma, que me parece peligroso y debería estar controlado. ¿Estás seguro de querer saber?; a veces es peor que ignorar. 

Lucas asintió en silencio, animándolo a continuar.

-El hombre comienza a aparecer hace un millón de años; en el 400000, el ser humano ya tenía un aspecto externo semejante al del hombre actual. Esto significa que el proceso evolutivo de mono a hombre tuvo lugar en tiempo de extraordinaria brevedad. ¿Dónde están los restos óseos de aquellos monos, de los que más tarde surgió el hombre? No se han encontrado. Hay un eslabón perdido; hace ya demasiado tiempo que se habla de él. La mayor parte de los hallazgos de huesos de seres con rasgos humanos y fabricadores de utensilios proceden del sureste de África, del desfiladero de Oldowai. En aquel mismo lugar se encontraron restos de monos que todavía no habían iniciado el proceso de hominización, porque no fabricaban utensilios. La sorpresa fue mayúscula cuando hubo que admitir que tanto los seres productores de utensilios como sus supuestos antepasados, que todavía no los fabricaban, habían vivido en el mismo lugar y al mismo tiempo. Porque si una raza de monos inicia por un motivo natural un proceso evolutivo en dirección al hombre, entonces todos los miembros de esa raza, que en determinado momento viven en el mismo proceso. No concuerda con la evolución natural que una parte de esta raza se hagan hombres y los demás continúen siendo monos.

Kraft se movía por el templo mientras hablaba, daba órdenes a los obreros, señalaba las piedras. No podía estarse quieto. El calor dentro de la montaña no era menor que en el exterior. Lucas comenzó a sentir agobio.

-Sabemos también que, hace un millón de años, todas las razas de monos antropomorfos poseían aproximadamente el mismo contenido craneal, de 400 a 500 cm3. No existía entre ellos ninguna raza superior con capacidades extraordinarias. El grado de inteligencia era casi el mismos en todas ellas.

>>Todas la razas de monos antropomorfos que todavía viven en la actualidad (chimpancés, gorilas y orangutanes) siguen detenidos en el mismo estadio evolutivo en el que se encontraban hace un millón de años. En el marco de la evolución natural han estado sujetos a un proceso tan lento como el de los precedentes veinte millones de años. Desde hace un millón de años, el contenido de sus cráneos sólo ha aumentado un 5%, y los mismo podría afirmarse de su inteligencia.

>>Sólo ha habido una excepción, inexplicable hasta el momento: hace un millón de años, una especie de mono antropomorfo, cuya identidad no ha podido ser establecida, emprendió un rápido camino de avance. El cerebro y la inteligencia de esos simios aumentaron con una velocidad única e incomparable en toda la historia natural, su capacidad craneal pasó en el último millón de años de 400 a 1400 cm3, su inteligencia y memoria se incrementaron cien o quizás mil veces. ¿Por qué?

-Hay una teoría científica sobre el tema -aventuró Lucas tímidamente.

Kraft se encogió de hombros y lo dejó hablar con aire de saber lo que iba a decir.

-La teoría sobre el origen del hombre es que sus antepasados eran monos antropomorfos que vivían en la selva. Debido a un cambio climático se vieron expuestos a peligros nuevos. Entre los matorrales acechaban las fieras, y su diario alimento estaba oculto por las hierbas. Esto les obligó a alzarse sobre sus patas traseras y caminar erguidos, con lo cual les quedaban libres las manos. Ello les confirió la posibilidad de agarrar las cosas, examinarlas y observarlas, además de manipularlas. Aprendieron el pensamiento abstracto y comenzaron a transformar los objetos para adecuarlos a sus necesidades. De esta forma, elaboraron los primeros utensilios y armas, que les confirieron una superioridad frente a los animales. Se transformaron en cazadores. La utilización de herramientas y armas les dio nuevas ideas, incremento su capacidad mental.

Lucas se paró como quien acaba de recitar la lección y espera nota.

-Conozco todas esas bobadas -cortó Kraft, impaciente-; ¿no ve usted que si la selva hubiera desaparecido por razones climatológicas, no sólo habría desaparecido para aquello simios que luego se transformaron en humanos, sino también para todas las demás razas de monos que vivían allí? Todos ellos, incluidos los chimpancés, gorilas y orangutanes, se encontrarían trasplantados a la estepa. Y si una raza de simios se hubiera visto obligada a erguirse sobre las patas traseras, ¿por qué no hicieron lo mismo las demás? Si el caminar era una forma de movimiento de importancia vital, no aprendida por los demás monos, ¿por qué no fueron exterminados éstos por las fieras?

Ernst Jünger (Los titanes venideros) Ideario último

-¿Qué definición da usted del éxito literario?

-Por un lado está el éxito de público, que ciertamente es importante, más aún, decisivo. Pero para mí lo esencial del éxito literario es inmanente a la literatura misma. Es, por ejemplo, la sensación de haber concebido y formulado una frase perfecta.

-¿Y qué es para usted el fracaso?

-Exactamente lo contrario. En cualquier caso, no es mesurable según los favores del público.

-Sostiene usted que el deber del escritor no es de naturaleza social. Suponiendo que tenga alguna finalidad que no sea solamente escribir, ¿cuál es?

-El verdadero escritor, como la verdadera riqueza, se reconoce no por los tesoros que posee, sino por su capacidad para hacer que se vuelvan preciosas las cosas que toca. Por lo tanto, es como una luz que, invisible en sí misma, calienta y hace visible el mundo.

-Es una definición muy bella. Pero quizá corresponda poco a este final de siglo, tan arrebatador que a algunos les parece confuso y a otros desprovisto de esperanza. Hay quienes sostienen que la música de un milenio que se cierra exige orquestas apocalípticas.

-Pero la política de un escritor reside precisamente en esto: en desconfiar de la confusión y en no dejarse arrebatar por la atmósfera apocalíptica. Evitar o atenuar la catástrofe es deber del político, que merece ayuda. En este campo, incluso las fuerzas espirituales más excelsas no pueden cambiar nada. Su intervención puede ser, acaso, de naturaleza censoria. Pero, como es sabido, apostar por su éxito es aleatorio: hay desarrollos que son condenados únicamente desde un punto de vista moral y que hasta contradicen la lógica -y sin embargo toman su curso.

-Parece usted escuchar la lección de Maquiavelo o la otra, más tardía y pretenciosa, de Hegel. ¿Qué piensa usted del realismo político?

-Aunque en el ámbito político la frontera entre realismo y cinismo es a veces difícil de establecer, una visión desencantada de la política y de la historia no puede prescindir del reconocimiento de la inevitable dinámica intrínseca del político, que implica lucha y conflictividad.

-Volvamos al deber del escritor. ¿Que ha de hacer ante el desmoronamiento espiritual?

-El autor capta la decadencia en su dimensión global, en su significado trágico. Eso es lo que hace. En este aspecto, no está lejos de los grandes profetas o de Heráclito. En el fondo, la decadencia es la única cosa normal, y la relación que el escritor establece con ella es de naturaleza particular solo en tanto que se configura en la obra. La superación del miedo a la muerte es el deber de un escritor que se entrega: su obra ha de irradiarla.

-Radiaciones es también el título de un libro suyo. ¿Es una palabra que le seduce?

-Sí, porque es una palabra casi metafísica, como <<emancipación>>: indica un modo de transmitirse de la energía, tanto en sentido material como en sentido espiritual.

-¿Qué opina de la asociación que habitualmente se establece entre usted, Heidegger y Carl Schmitt, figuras carismáticas del siglo XX alemán que irradian una particular energía espiritual?

-Me siento en excelente compañía, porque en efecto emanan un aura completamente particular. Pero sé que suele proponerse esta asociación en sentido negativo, para etiquetarnos como representantes de la intelectualidad nacionalsocialista. Al respecto, si se observan las cosas mejor, más de cerca, son indispensables algunas aclaraciones, dado que nuestras biografías son muy diferentes.
No frecuenté a Heidegger en los años del nazismo, y por tanto no sé qué importancia podía tener él para los nacionalsocialistas. En en fondo, era un profesor de filosofía de una pequeña universidad de provincias, lejos de Berlín, y para las jerarquías del partido no se trataba con certeza de un hombre importante. Es probable que en realidad nunca lo tomaran en consideración y que jamás llegase a controlar algún resorte importante del poder. Queda en pie el hecho de que, por lo menos en el primer momento, él y, sobre todo, su mujer Elfride, simpatizaron con Hitler.

Distinto es el caso de Carl Schmitt. Por aquel entonces él era consejero de Estado, de modo que tenía un papel institucional importante. Recuerdo que en Berlín, cuando paseábamos juntos, a veces pasábamos ante algún centinela o nos topábamos con alguno de los frecuentes controles de la policía. En tales casos, invariablemente, era reconocido por el distintivo de consejero de Estado que llevaba, y todos reaccionaban poniéndose en posición de firmes. Esto no significa que se identificase con el régimen. Recuerdo que cierto día, justo en los años en que Hitler gozaba del mayor consenso, antes de la guerra, me dijo durante un paseo: <<Escuchó ayer el discurso de Hitler? Nada más que tópicos>>

En cuanto a mí mismo, gracias a mi posición de pluricondecorado de la Primera Guerra Mundial y a las simpatías de que gozaba por el éxito de Tempestades de acero, puede permitirme permanecer apartado de los nacionalsocialistas y rehusar los honores y privilegios que se me ofrecían.

Gabriel Albiac (Alá en París)


VOLTAIRE, QUE FUE CHARLIE
(Lunes, 19 de enero)

Desde el mediodía del jueves 8 de enero, los ejemplares de la edición de bolsillo del Tratado sobre la tolerancia de Voltaire se han agotado en toda Francia. Sin ningún tipo de acuerdo ni llamado, los ciudadanos han tratado de buscar consuelo en ese libro. Dice mucho —dice todo— de la República Francesa el hecho de que el libro consolador elegido haya sido esta reivindicación que un pensador del siglo XVIII hiciera de la libertad de pensar contra todo fanatismo. Voltaire es el subsuelo hondo de la República. Aquello en lo cual buscar abrigo a la hora de las tempestades. Aquello en lo cual poner el criterio último de lo que es y no es tolerable. 

A mí, que he andado persiguiendo ese libro durante los cinco días que tardó el editor Gallimard en reimprimir y distribuir el volumen agotado, me ha dado vueltas, bajo el París bello y dolorido de esta semana helada de enero, la grandeza del General de Gaulle tras la aparición, el 6 de septiembre de 1960, del «Manifiesto de los 121 contra la guerra de Argelia», aquel llamamiento a la insumisión y a desertar del ejército. Una parte del gobierno pide que sobre los insurrectos, que encabeza Jean Paul Sartre, caiga el peso de la ley. De Gaule replica secamente: «No se encarcela a Voltaire» La democracia era, para un General que no carecía precisamente de vocación autoritaria, eso que Voltaire ya anciano formulaba en 1763: que «debe ser permitido a cada ciudadano no creer más que en su razón y pensar lo que esta razón, luminosa o errónea, le dicte».

Las fotos de la manifestación del domingo 11 en París dan signo de una mutación que exige ser muy finamente analizada. Ninguno de los viejos signos, de los símbolos en diversa medida épicos que marcaron las manifestaciones parisinas del último medio siglo, estuvo presente. Ni pancartas grandilocuentes, ni cantos, ni ficción de apopeya. El ciudadano francés se veía súbitamente confrontado a algo que no había querido ver durante decenios: que la República ha parido en su interior una Contra-República, que esa Contra-República posee sus territorios liberados, sus doctrinarios, sus clérigo, sus mitologías y hasta su lengua propia y que esas mitologías son inocultablemente incompatibles con los mitos fundacionales de la República misma. Y que esa inestabilidad entre dos »naciones«superpuestas no puede prolongarse, sin que la una destruya a la otra. 

El Tratado sobre la tolerancia de Voltaire, que los manifestantes enarbolan el día 11 por las calles de París, es el anti-Corán ilustrado, la respuesta republicana al uso genocida de los textos que así mismos se llaman sagrados y exentos de cualquier obediencia a las leyes humanas. Esos textos que convierten a los hombres en bestias peligrosas. El «derecho a la intolerancia» que algunos locos pretenden reivindicar como garantía frente a los excesos del ser libre, es definido implacablemente por Voltaire como «absurdo y bárbaro: es el derecho de los tigres, aún más horrible, pues los tigres no despedazan más que para comer, y nosotros somos exterminados por párrafos de escrituras».

[…] De esta abominación concreta, Voltaire ha tratado de extraer las grandes lecciones para el siglo: si la ilustración no vence a los fanatismos, los fanatismos harán imposible la convivencia humana. «La superstición es a la religión» —escribe— lo que la astrología a la astronomía. la hija loca de una madre sabia». Y el fanatismo conduce necesariamente a la superstición hasta la raya del crimen. «El fanatismo es a la superstición lo que el delirio es a la fiebre, lo que el furor es a la cólera. Aquel que tiene éxtasis y visiones, que toma sueños por realidades y sus imaginaciones por profecías es un entusiasta; el que sostiene su locura por medio del asesinato, es un fanático... Y una vez que el fanatismo ha gangrenado un cerebro, la enfermedad es casi incurable... Las leyes y la religión no bastan contra las epidemias de las almas; la religión, lejos de ser un alimento favorable, se vuelve veneno en los cerebros infectados... También las leyes son importantes contra estos ataques de rabia; es como si le leyerais un dictamen del consejo a un frenético. Los fanáticos están convencidos de que el espíritu que los penetra está por encima de las leyes, que su entusiasmo es la única ley. ¿Qué responder a quien os dice que prefiere obedecer a Dios que a los hombres, y que, por consiguiente, está seguro de merecer el cielo degollándoos?».

Llegado el fanatismo a un punto así, no hay más defensa que la de atrincherarse en la sensatez, en el peso irrenunciable de la razón, en la primacía de la ley común sobre las alucinaciones privadas. A eso llama Voltaire filosofía. Al último consuelo. Al único sabio. «Porque el efecto de la filosofía es sosegar el alma, y el fanatismo es incompatible con el sosiego». 

¿Que no es Voltaire un metafísico técnicamente elaborado? En efecto, Pero Voltaire no está usando el término «filosofía» en el sentido clásico. Filosofía, en el siglo de las luces, y especialmente en Francia, es agitación de los espíritus frente a la injusticia, arma de combate para la liberación de los hombres esclavos. Y no, no son Tratados, lo que Voltaire o Diderot —o más aún Meslier— escriben. Son libelos, panfletos si se quiere, ese género mayor que hace del conocimiento arma de lucha en la legítima defensa de la dignidad humana. «El filósofo» que define Voltaire en su Diccionario «no es entusiasta, no se erige en profeta, no se dice inspirado de los dioses... Los que se decían hijos de los dioses eran los padres de la impostura... no eran filósofo, eran todo lo más unos prudentísimos embusteros». 

[...] París sigue siendo la ciudad sabía que todos los hombres libres amamos. Ciudadanía que es consciente de que «el fanatismo es una locura religiosa» a la cual es necesario «hacer la guerra». Dice Voltaire. Dijo, ante la Asamblea Francesa, el primer ministro Valls hace diez días. Porque Voltaire, burlón y sabio, no hubiera vacilado un segundo en entender que él, sólo él era, en realidad, el verdadero Charlie.

* Gabriel Albiac (Sumisiones voluntarias) La invención del sujeto...

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