Peter Neumann (El largo siglo de las utopías) De Nietzsche a Susan Sontag

Locarno, 1917
Afán de libertad
Ernst Bloch y Max Weber
proclaman la república.

Ese verano de 1914 Max Weber intuía ya el inicio de la guerra. En su opinión, era solo una cuestión de tiempo hasta que estallasen las tensiones que se habían acumulado desde el atentado contra el heredero austriaco el 28 de junio. Y ahora la guerra ya estaba ahí.

Desde hacía mese Weber observaba con preocupación cómo Alemania se iba adentrando, más y más, en un conflicto en el que militarmente solo podía perder. Los imperios entre los que se encontraba aplastada eran demasiado poderosos. Y aunque había esperado hasta el último momento que la guerra pudiese evitarse, ahora no quedaba más remedio que afrontarla, aunque con ello, por el momento, parezca inalcanzable un proyecto de democratización interna en el país.

Y, pese a todo, también él, Weber, preferiría ir a la batalla. Adornado con flores, despedido por mujeres y niños. En las primeras horas de la guerra, sintió lo grande y maravilloso que era el destino al que el país se enfrentaba en ese momento histórico. Por fin, había llegado la hora de decidir. Católicos o protestantes, conservadores o socialistas, monárquicos o democráticos: no importa cuál fuera la ideología, lo único que importaba ahora era el bien común.

Pero, ahora, también se da cuenta de que no es nada fácil convertirse en soldado. Los cuarteles están abarrotados de voluntarios. Y él, a sus cincuenta años, al parecer, es demasiado viejo para que lo acepten junto a aquellos que quieren defender su patria. Le molesta profundamente, casi araña su honor, que solo se le haya confiado la supervisión del lazareto de Heidelberg. Mientras el mundo entero se ve atenazado por un sentimiento oscuro y opresivo, él debe contentarse con servir como teniente en la reserva.

Hay una tradición que Weber quiere mantener, incluso en estos días de guerra que nunca se olvidarán: las reuniones semanales con amigos, colegas y estudiantes, a los que desde hace años invita todos los domingos a las cinco de la tarde a Villa Fallenstein. Frente a la casa discurre, reluciente, el río Neckar; detrás, se extiende el exuberante jardín en el que los árboles centenarios abrazan con sus brazos imponentes la propiedad.

No hay nada que no se discuta y debata en su casa. El ambiente es liberal, ninguna palabra puede ser silenciada. Al círculo pertenecen buenos amigos como Karl Jaspers, discípulos como el crítico literario húngaro Georg Lukács, pero también compañeros, como Friedrich Gundolf, muy cercano a Stefan George y para quien que no cabe exageración cuando se habla de los grandes genios de la historia, de las personas inspiradas por el universo, de los sujetos heroicos como Goethe, Hölderlin, Napoleón, Nietzsche y, por supuesto, Stefan George. Incluso a quienes venían de lejos, como Georg Simmel, el sociólogo de la metrópolis que residía en Berlín, no los amilanaba el largo viaje al sur si se trataba de participar en la tertulia dominical de Weber.

Heideberg ya no es aquel lugar soporífero sobre el que se escuchaba alatear el espíritu de los antepasados. Max Weber ha convertido la ciudad en el baluarte de la sociología moderna, una nueva disciplina que trata de explicar las causas y los efectos del comportamiento social. En un mundo completamente racionalizado, la filosofía y las historias sobre un Welgeist preso de la angustia ya no sirven de orientación. La sociología, capaz de diseccionar con mayor precisión la sociedad de la burocracia y del capital con sus herramientas, debe ocupar su lugar.

[...] Max Weber, como el reconocido y prestigioso que es, observa con atención los acontecimientos políticos. Y es enormemente crítico con el káiser. La arrogancia de Guillermo II le repugna. No falta mucho —de eso está seguro— para que Alemania se pregunte si quiere soportar esta sometida un día más a la autoridad de ese mequetrefe o prefiere reformar el sistema electoral prusiano de tres clases e iniciar el camino hacia una democracia parlamentaria. Es insoportable.

Weber se enteró de que los alemanes habían invadido Bélgica. Y también de hechos criminales de los que la historia no había sido testigo ni en sus momentos más sangrientos. Durante todo el mes de agosto el ejército alemán había desatado su ira sobre la población, asolado ciudades, incendiado la biblioteca de la Universidad de Lovaina. Ira, impotencia, vergüenza. Todo al mismo tiempo. Ahora es necesario tomar partido. Muy pronto ser alemán significará no tener patria ni, por supuesto, dignidad, sino únicamente tener una lista en la que figurarán los crímenes de los soldados alemanes. Por ese motivo, Weber se negaba a incluir su firma en el manifiesto «Aufruf auf die Kulturwelt!» [Llamamiento al mundo de la cultura],  que apareció el día 4 de octubre de 1914 en los principales periódicos de Alemania, y que destilaba únicamente sentimentalismo patriótico.

Aunque siente un profundo amor por su patria, lo que ha sucedido en Bélgica no tiene nada que ver con el país con el que lo une un vínculo tan cercano. Los promotores de esta carta abierta cuestionan los reproches que los pacifistas hacen a Alemania. Según ellos, no es cierto que el país sea responsable del conflicto. No es verdad que Alemania haya violado la posición neutral de Bélgica —Francia e Inglaterra habrían hecho lo mismo si Alemania no se hubiera anticipado—. Ningún soldado alemán ha tocado la vida o la propiedad de un solo belga, a no ser que haya sido en defensa propia. Y, por cierto, la lucha contra la nación alemana es en gran medida una lucha contra la cultura alemana. 

«Creednos, creed que lucharemos hasta el final y lo haremos como una nación cultural, para que el legado de un Goethe, de un Beethoven, de un Kant es tan sagrado como su ganado y su tierra»: así termina el panfleto que han firmado noventa y tres científicos, artistas y escritores, entre ellos nombres tan notables como el nobel de literatura Gerhart Hauptmann, el director del Festival de Bayreuth Siegfried Wagner, el biólogo Ernst Haeckel y el físico Max Planck. Las mejores cabezas de Alemania. Y él, Weber, ¿debe ser condenado a supervisar los hospitales y apoyar así, esta guerra un día más? 

Neumann, Peter (La república de los espíritus libres) 

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