Pascal Bruckner (La tentación de la inocencia)

El cansancio de ser uno mismo

Una doble tarea esperaba antaño a quienes aspiraban al hermoso título de hombres y mujeres libres: tenían que aislarse de la muchedumbre aborregada y que esforzarse para llegar a convertirse en lo que querían llegar a ser. Al desertar de los territorios trillados, se daban de frente con los poderes establecidos y se exponían a sus represalias, se moldeaban luchando contra la preponderancia de una forma de vida, de una fe, de un valor. Nada de eso sucede hoy en día: el estado del individuo en Occidente no constituye únicamente un fenómeno colectivo, sino que es algo que se le otorga a cada cual antes incluso de haber empezado a vivir. Soy así en cierto modo antes de haber hecho cualquier cosa, y este privilegio lo comparto con millones de otros seres en pie de igualdad. Esta libertad concedida y no conquistada cae sobre nuestras cabezas como una ducha helada: estamos condenados a ser individuos, en el sentido que Sartre decía de que estamos condenados a la libertad. Y puesto que este estatuto es tanto un derecho como un deber, el individuo tenderá a olvidar sus deberes, y a esgrimir sus derechos, no parará hasta pisotear esta libertad que le exalta tanto como le estorba. Vano, vago y vulnerable: así se descubre, mientras que todo el mundo le asegura que es el nuevo monarca de este fin de siglo. Y su dificultad de ser sigue siendo constitutiva del ideal que es el suyo.

Último vuelco: el sujeto triunfante, tras haber eliminado los obstáculos que se levantaban en su camino, se ve a sí mismo a partir de ahora como la víctima de su propio éxito. Ese valiente condotiero que se había alzado contra los poderes establecidos y que proclamaba a los cuatro vientos su derecho de hacer lo que le viniera en gana acaba desesperando por haber ganado. Ayer denunciaba las intromisiones intolerables del contrato social; ahora acusa a la sociedad de abandonarlo a sus suerte. Lo que ocurre es que está en falso: su triunfo parece una derrota. La rebelión del Ser Único contra la muchedumbre, los burgueses, los filisteos no carecía de ambigüedad: estos colectivos denostados le conferían también, a través de su presión, una cierta entidad. El impedimento era un coadyuvante, el obstáculo una fuente de fuerza, una incitación a la resistencia. Ahora el Ser Único está resentido con el mundo entero por autorizarle a ser él mismo, por haber dejado de interferir en sus decisiones, y anhela una dosis de prohibición, algunos tabúes. 

Una vez Rousseau anunció genialmente esta tendencia cuando, llegado a una edad avanzada, el pesar por no haber gozado de todos los placeres que ansiaba su corazón le dicta las frases siguientes: <<Me parecía que el destino me debía algo que no me había dado. ¿Con qué fin haberme traído al mundo con unas facultades exquisitas para dejarlas hasta el final sin emplear? El sentimiento de mi valor interno, haciéndome consciente de esta injusticia, en cierto modo me compensa de ella y me hacía derramar unas lágrimas que complacido dejaba fluir>>. Hay en la aspiración a ser uno mismo tanto anhelo de felicidad y de plenitud que la existencia genera inevitablemente la decepción. 

Las mujeres-flores y los pornócratas

Todo es violación, la violación está en todas partes: en la mirada de los transeúntes, en su manera de caminar, en sus ademanes y hasta en el aire que se respira. Planea sobre cada mujer una amenaza inmensa y permanente. Éste es el mensaje que nos llega de Estados Unidos (cuyo relevo en Europa asumen Alemania y Inglaterra), donde la solicitud conjugada de las ultrafeministas y de los conservadores permiten colocar nuevamente el sexo bajo vigilancia. Puesto que la violación, según los nuevos cánones, se divide a partir de ahora en cuatro formas: la legal entre cónyuges, la violación de proximidad, la violación en la cita y la violación callejera, tienen cada vez más a identificarse con cualquier forma de actividad sexual. Mientras en Francia el legislador ha tenido la sensatez de limitar el delito de acoso sexual únicamente a las actividades profesionales para sancionar más que nada el abuso de poder, en Estados Unidos la misma sanción se extiende a los actos cotidianos más nimios. Compañero de la violación a la que precede, el acoso surgiría en el <<entorno hostil>>, esa zona gris, así llamada por la jurista Catherine McKinon, pasionaria de la lucha contra la pornografía. En el extenso catálogo de las actitudes humanas todo comportamiento equívoco, gesto fuera de lugar, chiste verde, mirada demasiado insistente merece ser incriminado. Nada de miradas demasiado insistentes hacia las espaldas ondulantes, a las mujeres que pasean su esbelta figura, a las criaturas de labios perfectos, todo eso sería un aborrecible racismo, el lookism, afición patológica a las apariencias. Los silbidos callejeros de los obreros al paso de una hermosa muchacha también deberían estar prohibidos o sancionados, Sin olvidar a los párvulos: fastidiar a las niñas, pellizcarlas, tirarles del pelo se convertirá en una violación de pantalón corto, pero en violación al fin y al cabo. La más mínima vibración o impulso hacia una persona de sexo opuesto ya contiene el germen de una segunda intención maligna que hay que ofuscar de raíz. Hay incluso algunas obras de arte que ofuscan la mirada, que constituyen actos de agresión y merecen ser ocultadas a la vista de todos. En pocas palabras, el enemigo en este caso es el deseo, violento y bestial, puesto que es masculino. Naturalmente, el acoso sexual es de sentido único, pensar que las mujeres podrían ejercerlo hacia los hombres sólo puede ser obra de una mente enferma o más exactamente de una nazi potencial. Así, al reseñar el libro de Michael Crichton, Acoso, publicado en 1994, que narra el acoso sexual que una ejecutiva de empresa ejerce sobre uno de los subordinados, una periodista del Sunday Telegraph, Jessica Manu, no vacila en escribir: <<Acoso es un libro malévolo que se apoya en la corriente antifeminista que está tan de moda. Leyéndolo, me he imaginado en la piel de un judío leyendo un libro antisemita durante la república de Weimar>>.

No es preciso insistir sobre las posibilidades de extorsión y chantaje que abre esta noción de acoso. Pero lo más grave en toda esta caza sin cuartel a los violadores de todo pelaje -prácticamente el sexo llamado fuerte en su totalidad- es que empieza por exonerar a los auténticos violadores. Criminalizar el pequeño acercamiento, la insinuación más leve significa minimizar e incluso anular la violación real, anegarla en una indignación tan general que resulta ya imposible localizarla cuando se produce. Poco les importa por lo demás a nuestras zelotas, puesto que lo esencial para ellas no estriba en castigar tal o cual delito sino en denunciar una actitud antropológica fundamental: la relación sexual corriente. Ése es el monstruo que hay que erradicar, el crimen abominable que hay que borrar para siempre de la faz de la tierra: <<Comparen las palabras de una víctima de una violación con las de una mujer que acaba de hacer el amor. Se parecen mucho>>, dice  Catherine McKinon. <<A la luz de este hecho, la distinción principal entre el acto normal y la violación anormal estriba en que la normal se produce tan a menudo que no se encuentra a nadie que tenga algo que oponer al respecto>>. <<Físicamente, añade Andrea Dworkin, <<la mujer es en la relación sexual un espacio invadido, un territorio literalmente ocupado, ocupado aunque no haya habido resistencia, aunque la mujer ocupada haya dicho: ¡Sí!, por favor, venga, quiero más>>. ¿Y cómo calificar a una mujer que consiente tales cosas? ¡Colaboracionista, por supuesto, ya que ha introducido al enemigo en la plaza! Conclusión: la heterosexualidad es una mala costumbre que hay que erradicar. De este modo se puede sostener sin rubor que la mayoría de mujeres son violadas sin darse cuenta y considerar como violador a todo hombre que hubiera hecho el amor con una mujer <<que en el fondo no tenía realmente ganas aunque no se le hubiera comunicado a su pareja>>. El acoplamiento es pues siempre una violación incluso cuando la mujer da su consentimiento: para rebajarse a un acto de semejante ignominia hay que haber sido adoctrinada, descerebrada y por decirlo de algún modo mentalmente violada. La que le dice sí al déspota testiculado es en efecto una esclava puesto que el esclavo es incitado por el amor a desear su servidumbre. 

La finalidad de una reflexión de este tipo es pedir a las mujeres que suspendan durante un tiempo fijado sus relaciones heterosexuales, acabar con un tipo de relaciones eróticas que no corresponden a su sensibilidad profunda: en definitiva, iniciar progresivamente una disidencia total con los hombres. Es imperativo desintoxicarse de la cultura masculina desacreditando su pilar más sólido: la fornicación corriente que perpetúa el vasallaje so pretexto de prodigar el placer.

Bertrand Russell (Ensayos impopulares)

El temor colectivo estimula el instinto del rebaño, y tiende a producir ferocidad hacia los que no son considerados miembros del rebaño. Así sucedió en la Revolución Francesa, cuando el miedo a los ejércitos extranjeros produjo el reino del terror. El gobierno soviético habría sido menos feroz si hubiese encontrado menos hostilidad en sus primeros años. El miedo engendra impulsos de crueldad, y, por lo tanto, provoca las creencias supersticiosas que parecen justificar la crueldad. No se puede confiar en que un hombre, una muchedumbre o una nación obren humanamente o piensen cuerdamente bajo la influencia de un gran temor. Y por eso los cobardes son más propensos a la superstición. Cuando digo esto, pienso en los hombres que son valientes en todos los sentidos, y no sólo en el de arrostrar la muerte. Muchos hombres tienen el arrojo de morir heroicamente, pero no tendrían la bravura de decir, a aun de pensar, que la causa por la que se les pide que mueran es indigna de ellos. La deshonra es, para muchos hombres, más dolorosa que la muerte; éste es uno de los motivos de que, en tiempos de excitación colectiva, tan pocos hombres se arriesguen a disentir de la opinión prevaleciente. Ningún cartaginés negó a Moloch, porque hacerlo habría exigido más valor que el necesario para correr el peligro de muerte en el combate.

Pero nos estamos poniendo demasiado solemnes. Las supersticiones no son siempre negras y crueles; a  menudo añaden alegría a la vida. En una ocasión recibí una comunicación del dios Osiris, dándome su número de teléfono; él vivía, en esa época, en un suburbio de Boston. Aunque no me incorporé a sus adoradores, su carta de causó placer. Frecuentemente he recibido cartas de hombres que se anuncian como el Mesías y me instan a no dejar de mencionar ese importante hecho en mis disertaciones. Durante la prohibición en Estados Unidos, había una secta que sostenía que el servicio de la comunión tendría que ser celebrado con whiski, no con vino, este dogma les dio derecho legal a un suministro de licor alcohólico, y la secta creció rápidamente. Existe en Inglaterra una secta que afirma que los ingleses son las diez tribus perdidas; y hay otra secta más estricta que afirma que los ingleses son solamente las tribus de Efraím y Manassh. Cada vez que encuentro a un miembro de cualquiera de estas dos sectas, me confieso adherente de la otra, de lo que surgen muchas y agradables discusiones. También me gustan los hombres que estudian la Gran Pirámide con vistas a descifrar su sabiduría mística. Muchos grandes libros han sido escritos sobre este tema, y algunos me fueron obsequiados por sus autores. Es un hecho curioso que la Gran Pirámide prodiga siempre la historia del mundo con exactitud hasta la fecha de la publicación del libro en cuestión, pero después de tal fecha se vuelve menos digna de crédito. Por lo general, el autor espera, para muy pronto, guerras en Egipto, seguidas de Armagedón y de advenimientos del Anticristo, pero hasta la fecha existen tantas personas que han sido reconocidas como el Anticristo que el lector, sin quererlo, es inducido al escepticismo.

Admiro especialmente a cierta profetisa que vivía junto a un lago, en la parte septentrional del estado de Nueva York, hacia el año 1820. Anunció a sus numerosos discípulos que poseía el pode de caminar sobre el agua y que se proponía demostrar a las once en punto de cierta mañana. A la hora indicada, los fieles se reunieron por millares a la orilla del lago. Y ella les habló, diciendo: <<¿Estáis todos plenamente convencidos de que puedo caminar sobre el agua?>>. A una, todos respondieron: <<Lo estamos>>. <<En este caso -anunció ella-, no hay necesidad de que lo haga>>. Y todos se volvieron a sus hogares, sumamente edificados. 

Quizá el mundo perdería parte de su interés y variedad si tales creencias fuesen completamente reemplazadas por la fría ciencia. Quizá podamos permitirnos alegrarnos por los abecedaristas, así llamados porque habiendo rechazado todo conocimiento profano, consideran perverso enseñar el abecé. Y podemos regocijarnos con el asombro del jesuita sudamericano que se preguntó cómo podía el gusano haber viajado, después del Diluvio, desde el monte Ararat al Perú, viaje que su extrema lentitud de locomoción hacía casi increíble. Un hombre sabio gozará con las cosas buenas, de las que existe abundante provisión, y encontrará una abundante dieta de disparates intelectuales, en nuestra época, como en cualquier otra.

Friedrich Nietzsche ( Crepúsculo de los ídolos) o cómo se filosofa con el martillo

Los «mejoradores» de la humanidad

Es conocida mi exigencia al filósofo de que se ponga más allá del bien y del mal, -de que tenga la ilusión del juicio moral debajo de sí. Esta exigencia se sigue de la noción que yo fui el primero en formular: que no hay en modo alguno hechos morales. El juicio moral tiene esto en común con lo religioso, que cree en realidades que no lo son. La moral es sólo una interpretación de ciertos fenómenos, más concretamente, una falsa interpretación. Al juicio moral le pertenece, al igual que a lo religioso, un nivel de ignorancia en el que ni siquiera existe el concepto de lo real, la diferencia entre real e imaginario: de modo que <<verdad>> en este nivel designa cosas diversas que hoy denominamos <<quimeras>>. El juicio moral, por tanto, nunca debe ser tomado literalmente: como tal sólo contiene el absurdo. Pero como semiótica es inestimable: pone de manifiesto, al menos para los entendidos, las realidades más valiosas de culturas y interioridades que no sabían lo bastante para <<comprenderse>> a sí mismas. La moral no es otra cosa que un lenguaje simbólico, mera sintomatología: hay que saber previamente de qué trata para extraer alguna utilidad de ella.

Un primer ejemplo muy provisional. En todas las épocas se ha querido <<mejorar>> a los hombres: éste era sobre todo el significado de la moral. Pero bajo la misma palabra se ocultan las tendencias más dispares. Tanto la domesticación de la bestia hombre, como la cría de un determinado género humano, han sido denominadas <<mejoras>>: sólo estos términos zoológicos expresan realidades -realidades, es cierto, de las que el típico <<mejorador>>, el sacerdote, no sabe nada- no quiere saber nada... Decir que la domesticación de un animal es su <<mejora>> suena a nuestros oídos casi como un chiste. Quien sabe lo que sucede con las fieras en cautividad, duda de que de este modo la bestia sea <<mejorada>>. Es debilitada, cada vez es menos dañina, deviene una bestia enfermiza mediante el afecto depresivo del miedo, mediante el dolor, mediante heridas, mediante el hambre. -No es distinta la situación del hombre domesticado, que el sacerdote a <<mejorado>>.En la alta Edad Media, en la que en efecto la Iglesia era sobre todo una jaula de animales en cautividad, se iba por doquier a la caza de los ejemplares más bellos de la <<bestia rubia>>, -por ejemplo, se <<mejoró>> a los nobles germanos. Pero ¿qué aspecto ofrecía después un tal germano <<mejorado>> que había atraído al interior del monasterio? Una caricatura del hombre, un monstruo: había devenido un pecador, estaba encerrado en la jaula, se le había encerrado entre un montón de conceptos terribles... Ahí yace, enfermo, miserable, malévolo consigo mismo; lleno de odio a los impulsos vitales, lleno de sospecha contra todo lo que aún es vigoroso y feliz. En pocas palabras, un <<cristiano>>. Dicho fisiológicamente: en la lucha contra la bestia, hacerla enfermar puede ser el único medio para debilitarla. La Iglesia lo entendió: llevó al hombre a la ruina, lo debilitó, -pero pretendió haberlo <<mejorado>>...

Tomemos otro caso de la llamada moral, el caso de la cría de una raza y de un tipo determinado. El más grandioso ejemplo de esto lo ofrece la moral india, elevada a religión como <<Ley de Manú>>. La tarea aquí propuesta consiste nada menos que en criar cuatro razas de una sola vez: una sacerdotal, una guerrera, una de negociantes y de agricultores, y finalmente una raza de sirvientes. Es evidente que aquí ya no nos encontramos entre domadores de fieras: el requisito imprescindible para poder concebir siquiera el plan de esta cría es un tipo de hombre cien veces más apacible y racional. Se vuelve a respirar cuando se sale del aire cristiano, enfermizo y carcelario, y se entra en este mundo más sano, superior, más amplio. ¡Qué miserable es el <<Nuevo Testamento>> comparado con el Manú! ¡Cómo apesta! Pero esta organización también estaba obligada a ser terrible, -esta vez no en la lucha con la bestia, sino con su concepto opuesto, el hombre no criado, el hombre mezclado, el chandala. Y de nuevo no encontró otro medio de volverlo inocuo, débil, que hacerlo enfermar - era la lucha con el <<gran número>>. Tal vez no haya nada que se contradiga tanto con nuestros sentimientos como estas medidas de protección de la moral india. Por ejemplo, el tercer edicto, <<sobre las verduras impuras>>, dispone que el único alimento que le está permitido al chandala deben ser el ajo y las cebollas, teniendo en cuenta que la sagrada escritura prohíbe que se les dé grano o frutas que llevan grano, o agua, o fuego. El mismo edicto establece que el agua que necesitan no puede ser tomada ni de los ríos, ni de las fuentes, ni de los estanques, sino sólo de las entradas de los pantanos y de los hoyos que se originan por las huellas de los animales. Igualmente se les prohíbe que laven su ropa y que se laven, puesto que el agua que por compasión se les permite, sólo puede ser utilizada para apagar la sed. Finalmente, se prohíbe que las mujeres sudra atiendan a las mujeres chandala en sus partos, e igualmente se prohíbe que estas últimas se asistan mutuamente en el parto... -El éxito de tal policía sanitaria no tardó en llegar: pestes mortíferas, terribles enfermedades sexuales, y frente a esto de nuevo <<la ley del cuchillo>> que dispone la circuncisión de los niños y la extirpación de los labios interiores de la vulva en las niñas. Manú mismo dice: <<los chandala son la fruta del adulterio, del incesto y del crimen (esta es la consecuencia necesaria del concepto de cría). Sus ropas sólo pueden ser harapos de los cadáveres, su vajilla ollas rotas, sus joyas hierro viejo, en su misa sólo malos espíritus; han de errar sin descanso de un lugar a otro. Les está prohibido escribir de izquierda a derecha y usar la mano derecha para escribir, el uso de la mano derecha y de la escritura de izquierda a derecha es exclusivo de los virtuosos, la gente de raza>>.-

George Prochnik (El exilio imposible) Stefan Zweig en el fin del mundo

¡Al café!

Una privación a la que nunca pudo acostumbrarse Zweig en Nueva York fue la ausencia de cafés adecuados. Había algunos sitios que se llamaban cafeterías, donde te ponían una taza de café, desde luego, pero no tenía nada que ver con la definición de una auténtica cafetería. El clásico café vienés era una institución única en el planeta, según mantenía Zweig: a la vez oficina, hogar fuera del hogar y club democrático, abierto a todos por el precio de una taza de café. <<No comprendo por qué no hay cafés en América, cuando por lo demás son tan civilizados>>, lamentaba otro refugiado austríaco. No existía en Estados Unidos nada parecido al clásico <<parroquiano de café>> europeo, que podía permanecer todo el día en una mesita contemplando a los demás clientes y el universo en su conjunto. 

Se podría dibujar un mapa de toda Europa situando <<los Stammcafés [cafeterías favoritas] donde, en un momento u otro, se podía encontrar a Stefan Zweig, leyendo el periódico o jugando al ajedrez, y siempre dispuesto, incluso ansioso de reunirse con amigos y desconocidos>>, decía Otto Zarek. <<El Beethoven y el Herrenhof de Viena, o el Hangli en el Danubio, en Budapest, el Terrace en Zúrich o el Café du Dôme en París>>. Incluso en Londres Zweig consiguió transformar uno de los tranquilos cafés en los alrededores de Regent Street en su cuartel general en el exilio. <<Se sentaba allí y esperaba a aquellos a quienes la ola de la emigración había arrojado a las costas de este país libre>>, recordaba Zarek. Hombres que Zweig pensaba que estaban muertos o prisioneros en campos de concentración, aparecían de repente en su <<mesa redonda>> frente al teatro Palladium. En su huida de Dachau y Buchenwald, habían sabido cómo encontrar a Zweig. Los cafés se convirtieron para él, desde el principio del exilio, en oasis transnacionales, más importantes que nunca. Y no era el único. <<Si uno vive en el exilio>>, observaba su amigo Hermann Kester, <<el café se convierte a la vez en hogar familiar, nación, iglesia o parlamento, desierto y lugar de peregrinaje, cuna de ilusiones y cementerio al mismo tiempo... En el exilio, el café es el único lugar donde la vida continúa>>

Pero en Nueva York no se pudo crear un refugio semejante. Nada en aquella ciudad estaba organizado para la tranquilidad ni para la atención. Incluso cuando comía la gente de Nueva York invariablemente estaba haciendo otra cosa al mismo tiempo: leyendo el periódico, concertando tratos de negocios. <<En Nueva York, el vagabundo no tiene derecho a existir... ¡se ve zarandeado por el flujo constante de la ciudad como un trozo de madera en una corriente!>>, aseguraba Zweig. Incluso las mujeres ociosas y ricas estaban ocupadas todo el tiempo. Los deportes y la moda las llevaban sin cesar de aquí para allá. En los museos la actividad era incesante: se daban conferencias, no había espacio para la contemplación tranquila. En barcos y trenes se veía a los hombres sufrir terriblemente por verse obligados a permanecer inactivos durante un par de horas. Todos parecían completamente inexpertos en el arte de no hacer nada, y corrían en todas las estaciones a comprar un periódico, jugar, fumar, hacer algo, cualquier cosa, antes que quedarse quieto tomando una taza de <<fuego negro>>, en la clásica pose del intelectual de café.

El psicoanalista Fritz Wittels, observaba que los cafés vieneses nunca podrían prosperar en América. <<Dicen que aquí no saldrían las cuentas, y tienen razón>>, afirmaba. <<No se puede transplantar el espíritu del café que viene de Oriente Próximo y es el espíritu del bazar oriental. Allí un hombre hace negocios, se reúne con sus amigos, oye cotilleos, cuentos y música, se sienta a tomar sus innumerables tacitas de café negro. El encanto indescriptible e inimitable del café debe vincularse con Las mil y una noches. El paso de la oca prusiano y los cafés vieneses son mutuamente excluyentes>>

Cuando se hicieron planes para la Exposición Universal de 1939 en Nueva York, un comité propuso un <<Pabellón de la Libertad>> para celebrar la cultura prenazi bajo el nombre de <<Alemania ayer y mañana>>. Allí se mostrarían las obras de Stefan Zweig en un lugar preferente, junto con obras de figuras como Thomas Mann, Albert Einstein y Sigmund Freud.

En el momento en que los nazis se enteraron del proyecto, llevaron a cabo una enorme campaña de propaganda contra lo que describían como <<el pabellón de la libertad de los desechos judíos>>. El proyecto acabó descartado, en parte porque, a pesar del fuerte apoyo de muchos de los organizadores de la exposición y del Departamento de Estado, el asunto se vio tan <<cargado de dinamita>> que podían correr el riesgo de involucrar a Estados Unidos en la guerra con Hitler. 

Sin embargo, y a pesar de toda la controversia, había consenso entre los organizadores de que para conseguir su objetivo de <<reafirmar todo el espíritu libre alemán>> el pabellón tendría que mostrar un café vienés escrupulosamente reproducido, todo entero, con su café mélange (una especie de capuchino), los camareros vestidos al modo vienés y quizá incluso una orquesta tocando valses y todo. El clásico café vienés se consideraba un compendio de todos los valores de la cultura austríaca y alemana puestos en peligro por los nacionalsocialistas.

Byung-Chul Han (La agonía del Eros)

En tiempos recientes se ha proclamado con frecuencia el final del amor. Se piensa que hoy el amor perece por la ilimitada libertad de elección, por las numerosas opciones y la coacción de lo óptimo y que, en un mundo de posibilidades ilimitadas, no es posible el amor. También se denuncia el enfriamiento de la pasión. Eva Illouz, en su obra ¿Por qué duele el amor?, atribuye este enfriamiento a la racionalización del amor y a la ampliación de la tecnología de la elección. Pero estas teorías sociológicas desconocen que hoy está en marcha algo que ataca al amor más que la libertad sin fin o las posibilidades ilimitadas. No solo el exceso de oferta de otros conduce a la crisis del amor, sino también la erosión del otro, que tiene lugar en todos los ámbitos de la vida y va unida a un excesivo narcisismo de la propia mismidad. En realidad, el hecho de que el otro desaparezca es un proceso dramático, pero se trata de un proceso que progresa sin que, por desgracia, muchos lo adviertan.

El Eros se dirige al otro en sentido enfático, que no puede alcanzarse bajo el régimen del yo. Por eso, en el infierno de lo igual, al que la sociedad actual se asemeja cada vez más, no hay ninguna experiencia erótica. Esta presupone la asimetría y experiencia del otro. No es casual que Sócrates, como amado, se llame atopos. El otro, que yo deseo y que me fascina, carece de lugar. Se sustrae al lenguaje de lo igual: <<Atópico, el otro hace temblar el lenguaje: no se puede hablar de él, sobre él; todo atributo es falso, doloroso, torpe, mortificante>>. La cultura actual del constante igualar no permite ninguna negatividad del atopos. Comparamos de manera continua todo y con todo, y así lo nivelamos para hacerlo igual, puesto que hemos perdido precisamente la atopía del otro. La negatividad del otro atópico se sustrae al consumo. Así, la sociedad del consumo aspira a eliminar la alteridad atópica a favor de diferencias consumibles, heterotópicas. La diferencia es una positividad, en contraposición a la alteridad. Hoy la negatividad desaparece por todas partes. Todo es aplanado para convertirse en objeto de consumo.

Vivimos en una sociedad que se hace cada vez más narcisista. La libido se invierte sobre todo en la propia subjetividad. El narcisismo no es ningún amor propio. El sujeto del amor propio emprende una delimitación negativa frente al otro, a favor de sí mismo. En cambio, el sujeto narcisista no puede fijar claramente sus límites. De esta forma, se diluye el límite entre él y el otro. El mundo se le presenta solo como proyección de sí mismo. No es capaz de conocer al otro en su alteridad y de reconocerlo en esta alteridad. Solo hay significaciones allí donde él se reconoce a sí mismo de algún modo. Deambula por todas partes como una sombra de sí mismo, hasta que se ahoga en sí mismo.

La depresión es una enfermedad narcisista. Conduce a ella una relación consigo mismo exagerada y patológicamente recargada. El sujeto narcisista-depresivo está agotado y fatigado de sí mismo. Carece de mundo y está abandonado por el otro. Eros y depresión son opuestos entre sí. El Eros arranca al sujeto de sí mismo y lo conduce fuera, hacia el otro. En cambio, la depresión hace que se derrumbe en sí mismo. El actual sujeto narcisista del rendimiento está abocado, sobre todo, al éxito. Los éxitos llevan consigo una confirmación del uno por el otro. Ahora bien, el otro, despojado de su alteridad, queda degradado a la condición de espejo de uno, al que confirma en su ego. Esta lógica el reconocimiento atrapa a su ego, aún más profundamente, al sujeto narcisista del rendimiento. Con ello se desarrolla una depresión del éxito. El sujeto depresivo del rendimiento se hunde y ahoga en sí mismo. En cambio, el Eros hace posible una experiencia del otro en su alteridad, que saca al uno de su infierno narcisista. El Eros pone en marcha una voluntario desrecocimiento de sí mismo, un voluntario vaciamiento de sí mismo. Una especial debilidad se apodera del sujeto del amor, acompañada, a la vez, por un sentimiento de fortaleza que de todos modos no es la realización propia del uno, sino el don del otro. En el infierno de lo igual, la llegada del otro atópico puede asumir una forma apocalíptica. Formulado de otro modo: hoy solo un apocalipsis puede liberarnos, es más, redimirnos, del infierno de lo igual hacia el otro.

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La sociedad del rendimiento está dominada en su totalidad por el verbo modal poder, en contraposición a la sociedad de la disciplina, que formula prohibiciones y utiliza el verbo deber. A partir de un determinado punto de productividad, la palabra deber se topa pronto con su límite. Para el incremento de la producción es sustituida por el vocablo poder. La llamada a la motivación, a la iniciativa, al proyecto, es más eficaz para la explotación que el látigo y el mandato. El sujeto del rendimiento, como empresario de sí mismo, sin duda es libre en cuanto que no está sometido a ningún otro que lo mande y lo explote: pero no es realmente libre, pues se explota a sí mismo, por más que lo haga con entera libertad. El explotador es el explotado. Uno es actor y víctima a la vez. La explotación de sí mismo es más eficaz que la ajena, porque va unida al sentimiento de libertad. Con ello la explotación también es posible sin dominio.

Foucault señala que el homo oeconomicus neoliberal no mora en la sociedad disciplinaria, que, como empresario de sí mismo, ya no es un sujeto obediente, pero queda oculto para dicho autor que este empresario por cuenta propia en realidad no es libre, sino que simplemente cree serlo, cuando en verdad se explota a sí mismo. Foucault adopta un tono afirmativo frente al neoliberalismo. Acepta sin crítica que el régimen neoliberal, como <sistema del Estado mínimo>>, posibilita la libertad del ciudadano. Se le escapa por completo la estructura de poder y coacción que hay en la proclamación neoliberal de la libertad. De esta forma, la interpreta como libertad para la libertad: <<Voy a producir para ti lo que se requiera para que seas libre. Voy a procurar que tengas la libertad de ser libre>>. La proclamación neoliberal de la libertad se manifiesta, en realidad, como un imperativo paradójico: sé libre. Precipita al sujeto del rendimiento a la depresión y al agotamiento. En Foucault, la <<ética de sí mismo>> ciertamente se opone al poder político represivo, así como a la explotación por parte de otros, pero es ciega ante aquella violencia de la libertad que está en el fondo de la explotación de sí mismo.
Byung-Chul Han (Psicolopítica)
Byung-Chul Han (En el enjambre)
Byung-Chul Han (El aroma del tiempo) Un ensayo filosófico sobre…
Byung-Chul Han (La salvación de lo bello)
Byung-Chul Han (Topología de la violencia)
Byung-Chul Han (Sobre el poder)
Byung-Chul Han (Hiperculturalidad)
Byung-Chul Han (Buen entretenimiento)

David Harvey (Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo)

PRÓLOGO
LA CRISIS DEL CAPITALISMO QUE TOCA AHORA

Las crisis son esenciales para la reproducción del capitalismo y en ellas sus desequilibrios son confrontados, remodelados y reorganizados para crear una nueva versión de su núcleo dinámico. Mucho es lo que se derriba y se deshecha para hacer sitio a lo nuevo. Los espacios que fueron productivos se convierten en eriales industriales, las viejas fábricas se derriban o se reconvierten para nuevos usos, los barrios obreros se gentrifican. En otros lugares, las pequeñas granjas y las explotaciones campesinas son desplazadas por la agricultura industrial a gran escala o por nuevas e impolutas fábricas. Los parques empresariales, los laboratorios de I+D y los centros de distribución y almacenaje al por mayor se extienden por todas partes mezclándose con las urbanizaciones periféricas conectadas por autopistas con enlaces en forma de trébol. Los centros metropolitanos compiten por la altura y el glamour de sus torres de oficinas y de sus edificios culturales icónicos, los megacentros comerciales proliferan a discreción tanto en la ciudad como en los barrios periféricos, algunos incluso con aeropuerto incorporado por el que pasan sin cesar hordas de turistas y ejecutivos en un mundo ineluctablemente cosmopolita. Los campos de golf y las urbanizaciones cerradas, que comenzaron en Estados Unidos, pueden verse ahora en China, Chile e India, en marcado contraste con los extensos asentamientos ocupados ilegalmente y autoconstruidos por sus moradores oficialmente denominados slums (áreas urbanas hiperdegradadas), favelas y barrios pobres.

Pero lo más llamativo de la crisis no es tanto la transformación total de los espacios físicos, sino los cambios espectaculares que se producen en los modos de pensamiento y de comprensión, en las instituciones y en las ideologías dominantes, en las alianzas y en los procesos políticos, en las subjetividades políticas, en las tecnologías y las formas organizativas, en las relaciones sociales, en las costumbres y los gustos culturales que conforman la vida cotidiana. Las crisis sacuden hasta la médula nuestras concepciones mentales y nuestra posición en el mundo. Y todos nosotros, participantes inquietos y habitantes de este mundo nuevo que emerge, tenemos que adaptarnos al nuevo estado de cosas mediante la coerción o el consentimiento, aunque añadamos nuestro granito de arena al estado calamitoso del mundo por mor de lo que hacemos y de cómo pensamos y nos comportamos [...].

[...] No son sólo las elites capitalistas y sus acólitos académicos e intelectuales los que parecen incapaces de romper de manera radical con su pasado o de concretar una salida viable de la intolerante crisis de bajo crecimiento, estancamiento, desempleo elevado y pérdida de soberanía del Estado ante el poder de los propietarios de los bonos de deuda pública.  Las fuerzas de la izquierda tradicional (partidos políticos y sindicatos) son claramente incapaces de organizar una oposición sólida contra el poder del capital. Han sido derrotadas tras treinta años de ataques ideológicos y políticos, por parte de la derecha, mientras el socialismo democrático está desacreditado. El colapso estigmatizado del comunismo realmente existente está desacreditado y la <<muerte del marxismo>> después de 1989 pusieron las cosas peor todavía. Lo que queda de la izquierda radical actúa ahora mayoritariamente fuera de los canales de la oposición organizada o institucional, esperando que las acciones a pequeña escala y el activismo local puedan a la larga converger en algún tipo de gran alternativa satisfactoria. Esta izquierda, que por extraño que parezca acoge una ética de antiestatismo libertaria e incluso neoliberal, está alimentada intelectualmente por pensadores como Michael Foucault y todos los que han vuelto a juntar los fragmentos posmodernos bajo el estandarte de un posestructualismo en gran medida incomprensible que favorece las políticas identitarias y se abstiene de los análisis de clase. Los puntos de vista y acciones autónomos, anarquistas y localistas abundan por doquier, pero dado que esta izquierda quiere cambiar el mundo sin tomar el poder, la clase capitalista plutócrata, cada vez más consolidada, se mantiene sin que se desafíe su capacidad de dominar el mundo ilimitadamente. Esta nueva clase gobernante se apoya en un Estado de seguridad y vigilancia que no duda en la utilización de sus poderes de policía para aplastar cualquier tipo de disidencia en nombre de la lucha antiterrorista. 

Este libro está escrito en este contexto. El planteamiento que he adoptado es bastante poco convencional, ya que sigue el método marxista, pero no necesariamente sus prescripciones, y es de temer que los lectores desistan por ello de seguir resueltamente los razonamientos que aquí se exponen. Pero es evidente que necesitamos algo diferente en cuanto a métodos de investigación y concepciones mentales en estos tiempos intelectualmente estériles si deseamos escapar del paréntesis actual en el que se hallan inmersos el pensamiento económico, la aplicación de las políticas públicas y la política tout court. Después de todo, es evidente que el motor económico del capitalismo está pasando por dificultades graves. Avanza a bandazos entre chisporroteos que amenazan con una parada en seco o explosiones episódicas sin previo aviso aquí y allá. Las señales de peligro aparecen a cada paso junto con los pronósticos de una vida plena para todos en algún punto del camino. Nadie parece comprender de manera coherente el cómo, no digamos ya el porqué, de que el capitalismo esté en un momento tan malo. Pero siempre ha sido así. Las crisis mundiales han sido siempre, como Marx dijo una vez: <<La concentración real y ajuste forzoso de todas las contradicciones de la economía burguesa>>. Desentrañar esas contradicciones debería revelarnos mucho sobre los problemas económicos que tanto nos aquejan. Con toda seguridad merece la pena intentarlo en serio.

También parecía correcto dibujar los resultados probables y las consecuencias políticas posibles que se derivan de la aplicación de este modo distintivo de pensamiento a la comprensión de la economía política del capitalismo. Estas consecuencias pueden no parecer realistas a primera vista, no digamos ya practicables o políticamente digeribles. Pero es vital que se lancen alternativas, por muy extrañas que parezcan, y si fuera necesario, que se adopten si las condiciones así lo indica. De esta manera se puede abrir una ventana a todo un campo de posibilidades sin explotar y sin reconocimiento. Necesitamos un foro abierto -una asamblea global, por así decirlo- para analizar en qué punto se halla el capital, hacía dónde se encamina y qué debe hacerse al respecto. Espero que este libro contribuya de algún modo al debate.

Nueva York, enero de 2014.

Gilles Lipovetsky y Sébastien Charles (Los tiempos hipermodenos)

Sébastien Charles
Hipermodernidad: a saber, una sociedad liberal, caracterizada por el movimiento, la fluidez, la flexibilidad, más desligada que nunca de los grandes principios estructurales de la modernidad, que han tenido que adaptarse al ritmo hipermoderno para no desaparecer. E hipernarcisismo, época de un Narciso que se tiene por maduro, responsable, organizado y eficaz, adaptable, y que rompe así con el Narciso de los años posmodernos, amante del placer y las libertades. <<La responsabilidad ha reemplazado a la utopía festiva y la gestión a la protesta: es como si no nos reconociéramos ya más que en la ética y en la competencia, en las reglas sensatas y en el éxito profesional>>.*

Sólo que esta vez las paradojas de la hipermodernidad se presentan a la luz del día. ¿Narciso Maduro? Pero si no deja de invadir los dominios de la infancia y la adolescencia como si se negara a asumir la edad adulta que es la suya. ¿Narciso responsable? ¿Se puede pensar así realmente cuando se multiplican las conductas irresponsables, cuando las declaraciones de intenciones ya no tienen efecto? ¿Qué decir de esas empresas que hablan de códigos deontológicos y al mismo tiempo recurren al despido colectivo porque han falseado las cifras, de esos navieros que alegan respetar la ecología mientras sus buques practican vertidos salvajes, de esos contratistas que alardean de la calidad de unos productos que se vienen abajo a la menor sacudida sísmica, de esos conductores que en teoría han de respetar el código de circulación y hablan por teléfono mientras están al volante? ¿Narciso eficaz? Es posible, pero al precio de tener problemas psicosomáticos con frecuencia, de sufrir depresiones típicas y de acabar quemado. ¿Narciso gestor? Hay que dudarlo cuando se observa la espiral del endeudamiento de las familias. ¿Narciso adaptable? Pero si es la crispación lo que lo caracteriza a nivel social cuando llega el momento de renunciar a ciertas ventajas adquiridas. La lógica posmoderna de la conquista social se ha reemplazado por una lógica gremial de defensa de las ventajas sociales. Esto no es más que una muestra de las paradojas que caracterizan la hipermodernidad: cuanto más progresan los comportamientos responsables, más irresponsabilidad. Los individuos hipermodernos están a la vez más informados y más desestructurados, son más adultos y más inestables, están menos ideologizados y son más deudores de las modas, son más abiertos y más influenciables, más críticos y más superficiales, más escépticos y menos profundos.

Lo que ha cambiado sobre todo es el clima social y la relación con el presente. La disgregación del mundo de la tradición no se vive ya bajo el lema de la emancipación, sino bajo el de la crispación.  Es el miedo lo que lo arrastra y domina ante la incertidumbre del porvenir, ante la lógica de la globalización que se ejerce independientemente de los individuos, la competencia liberal exacerbada, el desarrollo desenfrenado de las tecnologías de la información, la precarización del empleo y el inquietante estancamiento de los elevados índices del paro. ¿Quién imaginaría a un joven Narciso echándose a la calle en los años sesenta y setenta para defender su jubilación cuarenta años antes de poder cobrarla? Lo que en el contexto posmoderno habría podido parecer chocante, hoy nos parece totalmente normal. Narciso vive atormentado por la inquietud; el temor se ha impuesto al goce, la angustia a la liberación: <<En la actualidad, la obsesión por uno mismo no se manifiesta tanto en la fiebre del goce como en el miedo a la enfermedad y a la vejez, en la medicalización de la vida. Narciso no está tanto enamorado de sí mismo como aterrorizado por la vida cotidiana, por su cuerpo y por un entorno social que se le antoja agresivo>>.* Todo le inquieta y asusta. 

A nivel internacional, el terrorismo y las catástrofes, la lógica neoliberal y sus efectos sobre el empleo; a nivel local, la contaminación urbana, la violencia de los barrios periféricos; a nivel personal, todo lo que debilita el equilibrio corporal y psíquico. En pocas palabras, la consigna no es ya <<Gozad sin trabas>>, sino <<Temblad toda la vida>>, y el Rémy Girard obsesionado por la enfermedad y la muerte de la película Las invasiones bárbaras, de Denys Arcand, ha ocupado lógicamente, quince años después, el lugar del delirante Rémy Girard de El declive del imperio americano. 

G. Lipovetsky

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¿Y qué es de la filosofía en este mundo hipermoderno? ¡Cómo puede desempeñar su papel de discurso racional ante individuos más inclinados a la emotividad que a la reflexión?

Gilles Lipovetsky
Yo recordaría para empezar que la hipermodernidad no se reduce al consumismo, la diversión y el zapping generalizado. En realidad no ha abolido la voluntad de superarse, de crear, de inventar, de buscar, de enfrentarse a las dificultades de la vida y el pensamiento. La <<voluntad de poder>> no deja de funcionar ni siquiera con el turboconsumidor contemporáneo. Si tenemos esto en cuenta, la filosofía como disciplina de la razón y la investigación de la verdad no está amenazada. No hay ninguna razón para que desaparezcan las personas con ambición de ponerse por encima de los prejuicios y embarcarse en las difíciles rutas de la posesión del mundo por el concepto. Pero ya no hay motivos para creer que esta actitud pueda democratizarse y llegar a la mayoría. En compensación, lo que tiene probabilidad de difundirse es el consumo de masas de ciertas obras, bien de iniciación a la filosofía, bien de <<meditaciones>> de corte eudemonológico. En una época de self-service individualista, Séneca y Montaigne aparecen en el campo del consumo al lado del Prozac, pues existe todo un público que busca en la filosofía consuelo, recetas empíricas e inmediatas que procuren la felicidad. Buena suerte al hiperconsumidor, pero me cuesta expresar mi mayor escepticismo, ese tipo de lecturas producen todo menos el efecto deseado: la filosofía no es el camino más fácil hacia la felicidad. Es verdad que la lectura de las grandes obras pueden maravillar, apasionar, dar satisfacciones concretas: no hay que despreciar este detalle, pero es poco para alcanzar la vida virtuosa. Quien ha meditado a los grandes maestros no está mejor pertrechado que los demás para vivir feliz, ya que ningún filósofo puede impedir que sintamos tristeza, desesperación, dolor y miedo. A este respecto me siento hegeliano: la misión de la filosofía es hacer que lo real sea inteligible y nada más, su papel es aportar un poco de luz, no unas claves de la felicidad que nadie tiene.

Otro punto. La importancia del papel de la filosofía en la historia de las ideas, de la cultura, de la racionalidad, de la modernidad ya no es constatable. La filosofía ha inventado las grandes preguntas metafísicas, la idea de una humanidad cosmopolita, el valor de la individualidad y la libertad; han nutrido durante siglos el trabajo de los artistas, de los poetas y de los prosistas, ha contribuido a forjar los principios del universo democrático, ha inspirado a cambiar el mundo social, político y económico. Esta fuerza milenaria se ha agotado en la actualidad. Nos faltan obras de calidad, pero ya no consiguen influir en el pensamiento de los artistas y los intelectuales, exceptuando a los mismos filósofos <<profesionales>>. Un signo de los tiempos: ya no hay <<ismos>> ni grandes escuelas filosóficas. No hay más remedio que reconocer que su papel histórico y <<prometeico>> ha quedado atrás. Son las ciencias y la tecnología lo que más horizontes abre hoy, lo que inventa el porvenir, cambia el presente y la vida, inspira a los creadores. Todo el Renacimiento se alimentó del saber antiguo y el estoicismo, el epicureísmo y el pirronismo ejercieron una influencia mayor en los espíritus hasta bien entrado el siglo XVIII. No creo que nuestros filósofos lleguen a tener un destino análogo. La filosofía podrá estar de moda: pero no volverá al statu quo ante, nada detendrá el proceso que reduce su influencia en la vida de la cultura. Por otro lado, democratización del acceso a las obras fundamentales; por el otro, un espacio filosófico que se concentra de manera creciente en la universidad; por un lado, obras que lee un reducido número de eruditos o que no lee nadie; por el otro, multitud de bestsellers cuya influencia es cada vez más <<de consumo>>, breve y superficial, ya que la filosofía no escapa al predominio de la lógica de lo efímero. Los futuros posibles de la filosofía en los tiempos hipermodernos no son ni dramáticos ni para entusiasmarse.

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