Zygmunt Bauman - Carlo Bordoni (Estado de crisis)

Carlo Bordoni
La ideología es hija de la Ilustración. Introducida en su momento como una vía de consolidación de las ideas, socava la conducta humana por inferencia y facilita la interpretación acrítica de la realidad. En 1796, el filósofo francés Antoine-Louis Claude Destutt, marqués de Tracy, dijo concebir la ideología como un análisis científico de la facultad de pensar, diferenciado de la metafísica o de la psicología. Y es que, según la lógica ilustrada seguida por Destutt de Tracy, si el hombre es lo que piensa, es posible crear una sociedad diferente si se introducen nuevas ideas. Por consiguiente, la ideología se convierte así en una metaciencia —la ciencia de las ideas, la ciencia de todas las ciencias—, pero también en una rígida pauta en la que todos podemos quedar atrapados.

La estabilidad es imprescindible para la ideología; es la que le proporciona seguridad, la clave para una interpretación inequívoca de una realidad verdadera, inmutable y perfecta que lo es porque se opone a todas las otras variantes injustas de dicha realidad a las que combate y de las que tiene que defenderse constantemente para evitar caer en el oscurantismo. La estabilidad entraña inmutabilidad. La ideología en en sí conservadora, ya que cualquier cambio podría minar la estabilidad y las certezas obtenidas.

Libre de toda lectura codificada, de toda representación sesgada, la ideología lo ha guiado y explicado todo, desde la lucha de clases hasta el autoritarismo. En su furia ciega, ha reemplazado a las guerras de religión y se ha erigido e instrumento «justificado» de muerte, presión, destrucción y aniquilación del hombre, todo ello en nombre de un presunto beneficio futuro para la comunidad, beneficio que, sin embargo, a menudo ha terminado perdiéndose por el camino.

Los peores crímenes de la modernidad se han cometido en nombre de la ideología: desde las purgas estalinistas hasta los campos de concentración nazis. En la década de 1950, tras la muerte de Stalin, había quienes seguían defendiendo la determinación y el rigor ideológico de las decisiones políticas de aquel hombre frente a otras ideologías, occidentales y capitalistas, que se disponían a tomar el relevo.

La violencia basada en la ideología siempre se justifica desde el argumento de que puede resultar necesaria para defenderse de una amenaza peor (el estalinismo consiguió perdurar porque había que impedir a toda costa la posibilidad de regreso del nazismo-fascismo o del resurgimiento de la extrema derecha). El mismo razonamiento sirve para aquellos otros sistemas que han recurrido a toda clase de limitaciones de la libertad, a la agresión y a la provocación bélica con el fin de cortar de raíz la amenaza comunista.

Zygmunt Bauman

El nacimiento de la idea de «Progreso», un trayecto esencialmente lineal, recto, predeterminado e imparable de avance de la condición humana, desde el salvajismo hacia la civilización a través de la barbarie, desde la servidumbre hacia la libertad, desde la ignorancia hacia el conocimiento, desde la sumisión hacia el poder sobre ella y, en definitiva, desde lo malo hacia lo bueno, y desde lo bueno hacia lo mejor, desde lo penoso hasta lo confortable y -por condensar todas esas esperanzas/convicciones/expectativas en una sola idea- desde los imperfecto hacia lo perfecto, fue el núcleo central de la Weltanschauung de la entonces incipiente clase media ese tercer estado que, según la memorable formulación del mismo que hiciera Sieyès no era nada, pero se convirtió en todo.

El «Progreso» fue la fe de Europa durante el culmen de su poder, es decir, durante la Europa del imperialismo, la conquista del mundo y el colonialismo, cuando era metrópolis de imperios en los que nunca se ponía el sol. La idea de progreso alcanzó el cenit de su dominio sobre la mentalidad europea justo antes de que el sol empezara a declinar por el horizonte de la larga edad oscura (treinta años de duración) que la guerra entre europeos que pugnaban por la redistribución de sus posesiones de ultramar estaba a punto de infligir al mundo, convertido en campo de batalla de las animadversiones particulares de aquellos.

Como ya he mencionado antes, John Gray califica de mito el concepto de «progreso» en su libro El silencio de los animales. Concretamente, ha escrito:

             Para aquellos que viven dentro de un mito, este parece un hecho obvio. El progreso humano es un hecho obvio. Si uno lo acepta, se hace un lugar en la gran marcha de la humanidad. Pero la humanidad, por supuesto, no marcha hacia ninguna parte. «La humanidad» es una ficción compuesta a partir de miles de millones de individuos para los cuales la vida es singular y definitiva. Aun así, el mito del progreso es extremadamente potente. Cuando pierde su poder, los que han vivido de acuerdo con él pasan a ser —como planteó Conrad al describir a Kayerts y a Carlier—«como esos condenados a perpetuidad que, liberados después de muchos años, no saben qué hacer con su libertad». Cuando se les arrebata la fe en el futuro, se les quita también la imagen que tenían de sí mismos. 

Deambulando entre las ruinas del imperialismo, el colonialismo y la arrogancia de nuestro continente, los europeos nos hallamos (como colectivo, que no siempre como individuos) en la posición de Kayerts y de Carlier, personajes de Conrad que «llevaban más de dos años [en el Congo] sirviendo a la causa del progreso». Es decir, que nos vemos bruscamente liberados (por las malas) de la prisión del mito, aunque encaminados por (o arrojados a) otra ruta, que es la que nos encontramos ahora. El resultado de todos modos, es más o menos el mismo, fuera cual fuere la ruta que hubiéramos tomado. No sabemos qué hacer con esa libertad que no habíamos perdido; ni siquiera sabemos qué es la libertad (uno sabe muy bien lo que quiere decir libertad cuando es algo que todavía no tiene y por lo que aún está luchando pero ya está) y tampoco estamos seguros de que valga la pena defenderla (solo se está seguro de que merece la pena reivindicarla hasta el momento en que se consigue). Esto provoca confusión, desorientación; la vida rebanada en episodios independientes que vagan a la deriva y se apartan unos de otros siguiendo caminos impredecibles. Todos esos sentimientos, impresiones y experiencias se combinan en un «síndrome de incertidumbre», acompañado de un «síndrome de incomprensión». Desde dentro del mito del progreso en el que estaban, nuestros antepasados miraban el futuro con esperanza; nosotros lo miramos atemorizados. Si la palabra progreso surge en nuestro pensamiento o en nuestra conversación, suele ser en un contexto en el que aparece, inextricablemente ligada a la amenaza de ser arrojados (o de caer) de un vehículo en marcha que acelera muy deprisa y que no obedece a ningún horario fijo o fiable, ni tiene ningún indicativo estable de ruta o destino. De promesa de dicha, la palabra progreso pasó a ser el nombre de una amenaza, de esas que son famosas por su fea costumbre de golpear sin aviso y desde el lugar más imprevisible. Puede afirmarse que la pérdida de la confianza en lo que debería ser un avanzar predeterminado (y, por lo tanto, asegurado) en la «dirección definida y deseable» que Bury señaló como la esencia misma de nuestro breve y tempestuoso romance con el «progreso» subyace a todas las demás crisis que afectan a la herencia que las generaciones que vivieron «dentro de» ese mito nos llegaron a nosotros, condenados a vivir fuera de él.

Entre esas «demás crisis», la que afecta a las instituciones democráticas heredadas es posiblemente la más grave de todas, pues ataca a los únicos instrumentos de acción colectiva con arreglo a fines determinados de que disponemos actualmente. Ya hemos comentado esa cuestión bajo el paraguas temático de la «crisis de la agencia»: la democracia representativa dentro del marco de una unidad política territorial soberana tiene primordial importancia entre las agencias a las que estamos acostumbrados a recurrir cuando necesitamos llevar a cabo una acción colectiva con un fin (lo que viene a ser a diario). Por razones que también hemos mencionado ya, esa agencia en particular ha dejado de ser capaz (o de tener interés en) cumplir su promesa de seguir la voluntad del electorado que la nombró como representante/plenipotenciaria suya.

Terry Eagleton (Cómo leer literatura)

El dramaturgo marxista Bertolt Brecht, que escribió durante la época de Hitler, pensaba que empatizar con los personajes que estaban en el escenario implicaba el riesgo de ver mermada nuestra capacidad crítica, y consideraba que eso era precisamente lo que pretendían los poderosos. La empatía elevaría el sentimiento por encima de la razón crítica. Como marxista, Brecht también creía que la existencia social estaba formada por contradicciones, y que esas contradicciones llegaban al núcleo de la identidad personal. Mostrar a los hombres y a las mujeres como realmente son es mostrarlos mutables, contradictorios y enfrentados consigo mismos. A Brecht, la idea de personaje unificado y coherente no le parecía más que una ilusión. Suponía reprimir los conflictos internos del yo que podían encauzarse en favor del cambio social. En uno de sus relatos, Hern Keuner, que ha pasado muchos años fuera del pueblo, vuelve a casa y sus vecinos le dicen con alegría que no le ven nada cambiado. «El señor Keuner —escribe Brecht—palideció. Tras la idea de personaje que tiene Scott  o Balzac hay una especie de política; tras la de Brecht hay otra distinta. Es el único hombre de la historia que tiene el honor de haber sido expulsado del Partido Comunista danés antes de presentar la solicitud de ingreso. 

Si bien la compasión por medio de la imaginación sólo es una manera de acercarnos a los personajes, también tiene otras limitaciones más generales. A casi todo el mundo le parece inequívocamente positiva la expresión «imaginación creativa», igual que ocurre con otras expresiones como «mañana nos marchamos a Marrakech» o «tómate otra Guinness». Los asesinatos en serie requieren bastante más imaginación. Del mismo modo que puede servir para proyectar situaciones positivas, la imaginación también es capaz de proyectar coyunturas lúgubres y morbosas. Todas y cada una de las armas letales que se han inventado fueron en su momento el resultado de un acto imaginativo. La imaginación se considera una de las facultades más nobles, pero también resulta inquietante lo cerca que se encuentra de la fantasía, que en general se ubica en el otro extremo, en el fondo del pozo.

En cualquier caso, intentar sentir lo que siente otra persona no mejora necesariamente mi naturaleza moral. A un sádico le gusta saber lo que siente su víctima. Alguien puede interesarse por saber lo que siente otra persona para aprovecharse de ella más fácilmente. Los nazis no mataban judíos porque no pudieran identificarse con lo que éstos sentían, sino porque no les importaba en absoluto lo que sintieran. Yo no puedo experimentar los dolores del parto, pero eso no significa que sea despiadadamente indiferente al dolor de quien sí los sufra. En cualquier caso, la moralidad tiene muy poco que ver con la capacidad de sentir. El hecho de que sientas náuseas al ver a alguien a quien acaban de volarle media cabeza de un disparo no significa nada, ni bueno ni malo, siempre y cuando intentes ayudar a esa persona. Y al contrario: sentir una intensa compasión por alguien que acaba de caer por el hueco de una alcantarilla mientras doblas la esquina para dar un rodeo y evitar tener que ayudarle a salir no es una conducta digna de recibir muchos premios humanitarios.

La literatura en ocasiones se considera una manera «indirecta» de experiencia. Yo no puedo saber lo que implica ser una mofeta, pero un relato corto fascinante como una mofeta como protagonista puede permitirme superar mis limitaciones al respecto. Sin embargo, saber lo que se siente al ser una mofeta no tiene ningún valor. Los actos de imaginación no son valioso por sí mismo. No dice mucho acerca de mi sublime creatividad el hecho de que pase la mayor parte del día intentando imaginar qué sentiría siendo una aspiradora. Como tampoco debe preferirse siempre lo imaginario a lo real. Suponer que debería ser así, como hacen muchos románticos, implica una actitud curiosamente negativa respecto a la realidad cotidiana. Esto sugiere que lo que no existe siempre tiene más glamur o resulta más seductor que lo que sí existe, lo que podría ser cierto en el caso de Donald Trump, pero no si pensamos en Nelson Mandela.

Sin duda podemos ampliar nuestra experiencia de forma provechosa leyendo obras literarias, pero porque también puede ser una manera de compensar las deficiencias que encontramos en el mundo real. Los que tienen el tiempo y el dinero suficientes, por ejemplo, pueden explorar la región montañosa entre Pakistán y Afganistán. A la mayoría de la gente del planeta nos faltan los recursos para gozar de esa experiencia y no deseamos enrolarnos en Al Qaeda para disfrutarla gratis. Pero nos queda la posibilidad de leer libros de viajes. Si la riqueza estuviera repartida de un modo más equitativo, no obstante, podría reunirse mucha más gente por aquella zona, siempre que estuviera dispuesta a correr el riesgo de recibir algún disparo que otro. Una ventaja de la guía de Lonely Planet sobre el lugar es que a nadie se le ocurriría llenarte de plomo por leerla. En el siglo XIX, la literatura se recomendaba a menudo a la gente de clase obrera como una manera de experimentar vivencias como la caza del zorro o el matrimonio con un vizconde, puesto que no podían hacer ese tipo de cosas en la vida real. Aunque hay argumentos más persuasivos acerca de por qué vale la pena leer poemas y novelas.

* Terry Eagleton (La idea de cultura) Una mirada política sobre los...
Terry Eagleton (Esperanza sin optimismo)
Terry Eagleton (Sobre el mal)
Terry Eagleton (Cultura)
* Terry Eagleton (Materialismo) 
Eagleton, Terry (Humor) 

Svetlana Aleksiévich (El fin del «Homo sovieticus»)

En los años noventa fuimos felices, sí, pero jamás recobraremos la ingenuidad de entonces... Nos parecía que la elección ya estaba hecha y que el comunismo había perdido la batalla para siempre... En realidad, todo no hacía más que comenzar...

Han transcurrido veinte años desde entonces. Hoy los hijos les dicen a sus padres: «No nos metáis miedo con vuestros socialismo». 

Un profesor universitario que conozco me contó: «A finales de los años noventa, los estudiantes se mofaban de mis alusiones a la Unión Soviética. Entonces estaban seguros de que ante ellos se abría un nuevo futuro. Ahora las cosas han cambiado... Los estudiantes de hoy ya han conocido el capitalismo, lo han probado en sus propias carnes. Conocen la desigualdad, la pobreza y la riqueza ostentosa, mientras observan las vidas de sus padres, a quienes nada les devolvió un país arrasado por el pillaje. Son jóvenes con un pensamiento radical y visten camisetas rojas con las imágenes de Lenin o el Che Guevara»

Una fuerte nostalgia de la Unión Soviética se ha ido extendiendo por toda la sociedad. El culto a Stalin a vuelto. La mitad de los jóvenes entre diecinueve y treinta años considera que Stalin fue «un gran dirigente político». El país donde Stalin mató a tantas personas como Hitler ve resurgir ahora un nuevo culto a su figura. Todo lo soviético vuelve a estar de moda. Las cafeterías «soviéticas», por ejemplo, donde tanto los establecimientos como los platos que en ellos se sirven llevan nombres soviéticos. Han aparecido bombones «soviéticos» y embutidos «soviéticos» con el olor y el sabor que conocemos desde la infancia. Y, naturalmente. ha vuelto el vodka «soviético». Hay decenas de programas de televisión y portales en internet dedicados a alimentar la nostalgia de los tiempos soviéticos. Los campos de trabajo de Stalin en Solovki y Magadán se han convertido en destinos turísticos. El anuncio de la empresa que organiza los viajes promete que a cada turista se le proporcionará un uniforme de preso y un pico para garantizarle así una experiencia llena de sensaciones genuinas. También podrán visitar los barracones reformados. Para concluir el viaje, todos los turistas se irán juntos de pesca...

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¿Que por qué salí a la calle a defender a Yeltsin? Uno solo de sus discursos, aquel en el que llamó a retirar los privilegios de la Nomenklatura, le granjeó millones de apoyos. Yo estaba dispuesto a empuñar un fusil y matar a tiros a los comunistas. Me había convencido de que era necesario hacerlo... No teníamos idea de la que nos estaban preparando. Del timo que venía. ¡Nos la jugaron bien! Yeltsin se posicionó contra los «rojos»  se puso del lado de los «blancos». Aquello fue una catástrofe... ¿Sabe qué anhelábamos realmente? Un socialismo light, un socialismo con rostro humano... ¿Y qué es lo que tenemos ahora? El capitalismo salvaje. Tiroteos, ajustes de cuentas. Se lo disputan todo, desde los tenderetes hasta la fábricas. Los bandidos han escalado hasta la cúspide del poder... Ahora el poder lo ejerce una banda de farsantes y chaqueteros. ¿Auténticos chacales! (Pausa). Jamás olvidaré el día que pasamos frente a la Casa Blanca... ¡No puedo olvidarlo! ¿A quién le estábamos sacando las castañas del fuego entonces? (Blasfema). Mi padre era un comunista de verdad. Un comunista honesto, veterano de la guerra. Trabajaba en na fábrica. Era el delegado del Partido. Le dije: «¿Seremos libres? Tendremos un país normal, civilizado». Y él me contestó: «Tus hijos servirán a algún ricachón. ¿Es eso lo que quieres?». Yo era joven entonces... Era un idiota... Me reía de él... ¡Éramos tan ingenuos! No sé cómo hemos podido acabar así. No lo entiendo. Esto no es lo que queríamos. Había algo sublime en la perestroika... (Pausa). Pero apenas un año más tarde cerraron la oficina de proyectos en la que trabajábamos. Mi mujer y yo nos quedamos en la calle. ¿Sabe cómo nos las apañamos? Cogimos todos los objetos de valor que teníamos y los llevamos a un mercadillo. Los adornos de cristal, las piezas de oro y los libros, nuestras posesiones más queridas. Pasamos semanas enteras alimentándonos sólo de puré de patatas. Me convertí en un hombre de negocios. En mi caso, consistía en la venta de colillas. Vendía tarros de uno o tres litros llenos de colillas. Mis suegros, ambos profesores universitarios, se dedicaban a recogerlos por las calles y yo me ocupaba de la venta... Las compraban. Se las fumaban. Yo también me las fumaba. Mi mujer se puso a limpiar oficinas. En otro momento nos asociamos con un tayiko para vender pelmeri. Hemos pagado cara nuestra ingenuidad. Todos... Ahora nos dedicamos a la cría de pollos. Mi mujer no para de llorar. Ay, si pudiéramos recuperar el pasado... ¡Y que no me venga nadie con sermones! No es la nostalgia por los grisáceos embutidos a dos rublos y veinte kopeks el kilo la que me hace añorar lo que fuimos...

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Soy un hombre de negocios...
Los comunistas son todos unos cabrones y unos matones... Odio a los comunistas. La historia de la Unión Soviética es la historia del NKVD, el Gulag y la represión a todos aquellos que el poder tildaba de traidores... El color rojo me produce náuseas. Los claveles rojos también. Hace poco mi mujer se compró una blusa de color rojo. Le pregunté si se había vuelto loca... Para mí Hitler y Stalin son lo mismo. Y exijo que los hijos de puta de los comunistas sean llevados ante un nuevo Núremberg. ¡Paredón para todos los perros comunistas!

Estamos rodeados de estrellas de cinco puntas. Los ídolos de los bolcheviques continúan llenando todas las plazas como antes. Paseo con mi hijo por la calle y no deja de señalarme las estatuas y preguntarme quién es éste y quién aquél. La estatua de Rosalia Zemliachka, por ejemplo, la misma que dejó Crimea anegada en sangre, la que gozaba fusilando a los oficiales blancos... ¿Qué puedo contarle a mi hijo cuando paseamos por Moscú? 

Mientras la momia del faraón soviético permanezca en la Plaza Roja dentro de su Mausoleo, nada habrá cambiado aquí y la maldición permanecerá sobre nosotros...

Pascal Quignard (El odio a la música)

El conocimiento de la luz, el conocimiento del aire atmosférico: estos conocimientos tienen la misma edad que nosotros. En nuestras sociedades, esta edad no se indica a partir de la concepción sino del parto, en el orden familiar, simbólico, lingüístico, social, histórico.
El conocimiento de un mundo sonoro sin retroalimentación expresiva, sin capacidad de aprehensión o de réplica verbal, e incluso el oído de la lengua en la que vamos a nacer: estos conocimientos nos preceden en varios meses.
De dos a tres estaciones.
Los Sonoros preceden nuestro nacimiento. Preceden nuestra edad. Estos sonidos preceden incluso el sonido del nombre que todavía no llevamos, y que sólo llevaremos bastante después de que haya resonado en torno de nuestra ausencia, en el aire y en el día que aun no contienen nuestro rostro e ignoran todavía la naturaleza de nuestro sexo.                                               
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Sobre mi muerte 

Nada de música ni antes, ni durante, ni después de la incineración.
Ni siquiera una cigarra suspendida en una jaula.
Si entre los asistentes alguno llora o se suena la nariz, todos se sentirán molestos, y la molestia será tanto mayor al no estar disimulada por la música. Me disculpo entre quienes me sobrevivan por la incomodidad en que los habré colocado, pero prefiero esta molestia a la música.
Ningún tarabustis.
No se observará ningún rito. No se elevará ningún canto. No se pronunciará palabra alguna. Ninguna reproducción electrónica de lo que sea o de quien sea. Nada de abrazos, de gallos desplumados, de religión, de moral. Ni siquiera los gestos convencionales.
Me habrán dicho adiós sólo quienes callen.

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Me sorprende que algunos hombres se sorprendan de que aquellos que aman la música más refinada y compleja, y que son capaces de llorar escuchándola, sean a la vez capaces de ferocidad. El arte no es lo contrario de la barbarie. La razón no es contradictoria de la violencia. No se puede oponer lo arbitrario al Estado, la paz a la guerra, la sangre vertida al fruir del pensamiento, porque ni lo arbitrario, ni la muerte, ni la violencia, ni la sangre, ni el pensamiento son ajenos a una lógica que permanece lógica aun cuando rebase la razón.
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La música es la única entre todas las artes que colaboró en el exterminio de los judíos organizado por los alemanes entre 1933 y 1945. La única solicitada como tal por la administración de los Konzentrationlager. Hay que subrayar, en detrimento suyo, que es la única que pudo avenirse con la organización de los campos, del hambre, de la miseria, del trabajo, del dolor, de la humillación y de la muerte.
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¿Por qué la palabra sirena, que designaba a los pájaros fabulosos del relato épico de Homero, pasó a denotar la llamada chillona y espantosa de las fábricas industriales en el siglo XIX y luego la convocatoria al lugar del siniestro de los camiones de bomberos, de la policía municipal y de las ambulancias?

E. Krieg Bertin Claude (Mao Tse-tung) El emperador rojo de Pekín

Primero en la capital, y luego en todo lo ancho del país, se escenificaron unos monstruosos procesos públicos, en los campos de deporte y en las plazas públicas, en las grandes ciudades y en los villorrios insignificantes. En toda China reinaba una atmósfera exaltada, compuesta por partes iguales de entusiasmo, de soplonería, de terror, y de iniquidad. En Pekín, veinte mil personas fueron detenidas y juzgadas en un sola noche. Millares de desgraciados eran entregados al populacho, que se encargaba de ejecutarlos, después de haberlos «juzgado», Chu En-lai afirma en una declaración pública que sólo se llegaba a ejecutar al 16 por ciento de los así sometidos a «juicio». Los más prudentes cálculos sitúan entre uno y tres millones el número de las víctimas de aquella campaña de terror. Cifra enorme, aún comparada con los 500 ó 600 millones de la población.

Cuando en el mes de octubre comenzó a ceder el ritmo de los fusilamientos, llegó el turno de sentarse en el banquillo a los intelectuales que habían logrado salir con bien de la campaña del terror. El escritor Kuo Mo-jo, que goza de la confianza de Mao, es el encargado de la «línea» del partido, que en el mejor de los casos se ven obligados, para evitar males mayores, a hacer la propia autocrítica. Kuo-Mo-jo, es un afiliado de última hora procedente del antiguo régimen. Como buen neófito, pone un exagerado celo en el cumplimiento de la misión que se le ha encomendado.

Mao también decide reformar totalmente los métodos de enseñanza. Los maestros al estilo clásico son obligados a abandonar el cultivo de las artes y a la filosofía. En adelante, el profesorado deberá prestar una atención preferente a las ciencias exactas y a las distintas técnicas, procurando extremar la especialización de los estudiantes.

Habiendo hecho de este modo tabla rasa de todos los compromisos contraídos en los primeros años del régimen, Mao Tse-tung la emprende con las estructuras del sistema, con los métodos de trabajo, e incluso con las costumbres y hábitos, públicos y privados, de los funcionarios; el número de éstos ha crecido desmesuradamente, y Mao cree que se impone su depuración. 
Es la campaña de los «tres antis».

- anticorrupción
- antidespilfarro y
- antiburocracia.

A los «tres antis» sigue otra campaña: La de los «cinco antis», que apunta contra lo poco que queda de «capitalismo nacional», burguesía y comercio privado:

- antisoborno de los funcionarios,
- antifraude fiscal,
- antidespilfarro de los bienes públicos,
- antifraude comercial y
- antiuso abusivo de información en perjuicio del Estado.

Esta campaña de los «cinco antis» prepara el terreno para la total liquidación de los restos de influencia que aún pudieran conservar «burguesas» que supervivieron a la revolución y al terror. El objetivo final era la transferencia de todas las empresas al Estado. La totalidad de la industria pesada y más de la mitad de la industria de bienes de consumo se hallaba ya integrada en empresas estatales. 

Las campañas de los tres y de los cinco «antis» provocó un nuevo movimiento de locura colectiva: Las denuncias, los continuos mítines de propaganda y por encima de todo, el miedo, acabaron por trastocar totalmente el trabajo en las oficinas y en los organismos públicos, y por desbaratar definitivamete los circuitos de producción y de distribución. El puño de hierro de Mao Tse-tung consiguió restablecer el orden. En el sector de la agricultura, el presidente estimula la constitución en los pueblos de «equipos de ayuda mutua». Era la colectivización que asomaba la oreja.

Peter Sloterdijk (El desprecio de las masas) Ensayo sobre las luchas culturales de la sociedad moderna

Es una venganza de la historia en nosotros, los igualitaristas, que también tengamos que vérnoslas con la obligación de distinguir. Un aprendizaje obligado que no puede mantenerse al margen de la lección político-antropológica de los hombres modernos; esto es, la de vivir su desigualdad de un modo diferente. Tras la revolución constructivista, como ha quedado ya apuntado, todas las distinciones que eran objeto de descubrimiento han de ser transformadas en distinciones fabricadas. Las viejas distinciones, a las que uno antes se sometía, retroceden ante el avance de las nuevas que uno mismo produce —y que revisan a las primeras con tanta frecuencia como es posible.

El proyecto de desarrollar la masa como sujeto alcanza su estadio crítico tan pronto como sus reglas ponen de manifiesto que todas las distinciones han de ser ejecutadas como distinciones de la masa. Resulta evidente que la masa no va a realizar o dar como válidas distinciones que puedan hacerla caer en desventaja. Una vez que se arroga la completa potestad de hacer diferencias, las hace siempre y sin ambages a su favor. De ahí que excluya todo vocabulario o criterio cuyo uso deje traslucir sus posibles limitaciones; deslegitima así todos los juegos lingüísticos en los que no obtiene alguna ventaja. Rompe en pedazos todos los espejos que no aseguren que ella es la más bella del reino. Su situación normal es la de un continuo plebiscito encaminado a prolongar la huelga general contra toda arrogación superior. En este sentido puede afirmarse que el proyecto de la cultura de masas es —de un modo radicalmente antinietzscheano— nietzscheano: su máxima no es otra que la transmutación de todos los valores como transformación de toda diferencia vertical en diferencia horizontal. 

Ahora bien, dado que, como hemos visto, todas las distinciones son concebidas sobre la base de la igualdad, a la luz, por tanto, de un estado de indistinción determinado de antemano, sobre todas las distinciones modernas se cierne, en mayor o menor medida, la acuciante amenaza de la indiferencia. El culto a la diferencia imperante en la sociedad moderna actual, tal como se ha extendido del marco de la moda y la filosofía, tiene su razón de ser en que percibimos que todas las diferencias horizontales tienen derecho en tanto constituyen diferencias débiles, provisionales y construidas. Llamando poderosamente la atención, ellas salen a la luz haciendo ruido, como si ahora también para las distinciones rigiera la ley de supervivencia de los más aptos. Pero todas estas maniobras no tienen en realidad ninguna consecuencia: todos estos magníficos diseñadores y pensadores de la diferencia en ningún momento se arriesgan a hacer una distinción, abogan más bien por una patética distinción; dicho de otro modo, por ese axioma igualitario que pretende que toda distinción procede de la mssa, la cual, por su parte —en la medida que ella está compuesta de partículas homogéneas que supuestamente se toman el mismo esfuerzo a la hora de nacer—, constituye per definitionem una masa indistinta. Desde este ángulo de visión, el principio de identidad sobre el que se asentaba toda la filosofía clásica sigue existiendo de manera indiscutible, incluso consiguiendo más autoridad que toda instancia de validez: tan sólo ha cambiado su nombre y toma partido por una dimensión más secundaria, más negativa y reflexiva. Donde antes había identidad, ahora debe existir indiferencia y se expresa en realidad la indiferencia diferente. La diferencia que no hace distinciones, he aquí el título lógico que define a la masa. A partir de ahora identidad e indiferencia se entienden necesariamente como sinónimos. 

De nuevo, a la luz de las premisas aquí analizadas, ser masa significa distinguirse sin hacer distinción alguna. La indiferencia diferenciada es, así pues, el misterio formal de la masa y de su cultura, la cual organiza una zona media de alcance total. De ahí que su jerga no pueda ser otra que la propia de un individualismo aplanado. Cuando estamos seguros de que todo lo que hacemos para ser diferentes en realidad carece de sentido, podemos hacer lo que se nos antoja. "Hoy en día, la cultura marca todo con el signo de la semejanza". Sólo por esto en el transcurso del pasado medio siglo hemos pasado de ser una masa densa o molar a una bigarrada y molecular. La masa abigarrada es la que sabe hasta dónde se puede llegar... hasta el umbral de la distinción vertical. Puesto que al encontrarnos en un marco igualitario no estamos provocándonos unos a otros en términos objetivos, somos espectadores recíprocos de nuestras tentativas de hacernos interesantes, más o menos divertidos o despreciables. La cultura de masas presupone el fracaso de todo intento de hacer de uno alguien interesante, lo que significa hacerse mejor que los otros. Y esto lo hace de manera legítima, habida cuenta de que su dogma determina que sólo nos podemos distinguir de los demás bajo la condición de que nuestros modos de distinguirnos no supongan ninguna distinción real. Masa obliga.

Sloterdijk, Peter (Gris) El color de la contemporaneidad

David Graeber (De la tecnología, la estupidez y los secretos placeres de la burocracia)

Síntesis

Acerca del movimiento de tecnologías poéticas a tecnologías burocráticas

Toda la maquinaria para ahorrar mano de obra que se ha construido hasta ahora no ha aliviado el trabajo de un solo ser humano.
                                       John Stuart Mill

La premisa de este libro es que vivimos en una sociedad profundamente burocrática. Si no nos damos cuenta de ello, es en gran medida porque las prácticas y requerimientos burocráticos se han vuelto tan ubicuos que apenas podemos verlos, o peor: no nos imaginamos haciendo las mismas cosas de otra manera.

Los ordenadores han tenido un papel crucial en todo esto. Así como la invención de nuevas formas de automatismos industriales en los siglos XVIII y XIX tuvieron el paradójico efecto de convertir a cada vez más personas del mundo en trabajadores a jornada completa, el software que debía librarnos de las responsabilidades administrativas en décadas recientes nos ha acabado convirtiendo en administradores a tiempo parcial o total. Así como los profesores universitarios parecen creer que es inevitable pasar cada vez más tiempo gestionando becas, los padres sencillamente aceptan que tendrán que pasar semanas enteras, cada año, rellenando formularios online de cuarenta páginas para conseguir escuelas aceptables para sus hijos, y los dependientes de tiendas se dan cuenta de que emplearán cada vez porciones mayores de sus vidas introduciendo claves de acceso en sus teléfonos para gestionar sus varias cuentas bancarias y de crédito, y casi todo el mundo comprende que ha de aprender a realizar tareas antaño relegadas a los agentes de viajes, brokers y contables. 

Alguien cifró una vez en seis meses la cantidad de tiempo de su vida que un estadounidense medio pasa esperando que cambie la luz del semáforo. No sé si hay cifras similares para el tiempo que pasará rellenando formularios, pero ha de ser al menos otro tanto. Como mínimo me parece sensato decir que ninguna población en la historia de este planeta ha pasado jamás tanto tiempo dedicada al papeleo.

Y sin embargo todo esto se supone que está pasando tras haber derrocado al terrorífico, pasado de moda y burocrático socialismo, y el triunfo de la libertad y el mercado. Evidentemente ésta es una de las paradojas de la vida contemporánea, muy a pesar de, como en el caso de las promesas incumplidas de la tecnología, parecemos haber creado una profunda aversión a hablar del tema.

Estos problemas están claramente relacionados: por muchas razones diría que son el mismo problema. Tampoco es un problema de que las sensibilidades burocráticas (o, más específicamente, de tipo gestor) hayan asfixiado todo tipo de visión creativa e ingenio colaborativo. Lo que en realidad ha traído es una extraña inversión entre medios y fines, en que la creatividad se pone al servicio de la administración en lugar de ser al revés.

Yo lo expresaría así: en esta fase final y embrutecedora del capitalismo, estamos pasando de tecnologías poéticas a tecnologías burocráticas.

[…] Así pues, cuáles son las implicaciones políticas?

En primer lugar, me parece que tenemos que repensar radicalmente algunas de nuestras nociones más básicas acerca de la naturaleza del capitalismo. Una de ellas es que el capitalismo es, de algún modo, igual al mercado, y que ambos son, por lo tanto, hostiles a la burocracia que es una criatura del Estado. La segunda es que el capitalismo es, por naturaleza, esencialmente progresista. Parecería que Marx y Engels, en su atolondrado entusiasmo por las revoluciones industriales de su época, sencillamente estuvieran equivocados a este respecto. O, para ser más precisos: tenían razón al insistir en que la mecanización de la producción industrial acabaría destruyendo el capitalismo; erraban al afirmar que la competencia del mercado obligaría a los propietarios a seguir, en cualquier caso, con la mecanización. Si no ocurrió así es porque la competencia mercantil no es, en realidad, tan crucial para la naturaleza del capitalismo como ellos habían predicho. Como mínimo la actual forma del capitalismo, en la que gran parte de la competencia parece tomar forma de mercadotecnia interna dentro de las estructuras burocráticas de grandes empresas en casi monopolio, les habría resultado seguramente sorprendente. 

En general, los defensores del capitalismo efectúan tres grandes aseveraciones históricas: la primera, que ha impulsado un rápido desarrollo científico y tecnológico; la segunda, que aunque pueda arrojar enormes riquezas a una minoría, lo hace de tal manera que genera prosperidad para todo el mudo, y la tercera, que al hacerlo crea un mundo más seguro y más democrático. Es bastante evidente que en el siglo XXI el capitalismo no está haciendo ninguna de estas tres cosas. De hecho, sus partidarios están cada vez más abandonando la aseveración de que se trata de un sistema especialmente bueno, y se apoyan, en lugar de ello, en la que que es el único sistema posible, o al menos el único posible para una sociedad compleja y tecnológicamente sofisticada como la nuestra.

Como antropólogo, me enfrento a esta argumentación continuamente.

ESCÉPTICO: Puedes tener todos los sueños utópicos que quieras, pero estoy hablando de un sistema político o económico que realmente funcione. Y la experiencia nos ha demostrado que lo que tenemos es la única opción, en realidad.

YO. ¿Nuestra forma particular de gobierno de representación limitada (o capitalismo corporativo) es la única forma posible de sistema económico o político? La experiencia no demuestra eso. Si analizas la historia de la humanidad, puedes hallar cientos, incluso miles de sistemas políticos y económicos diferentes. Muchos de ellos son completamente diferentes a lo que tenemos ahora.

ESCÉPTICO: Evidentemente, pero tú hablas de sociedades a una escala más pequeña y sencilla, o con una base tecnológica mucho más sencilla. Yo hablo de sociedades modernas, complejas, tecnológicamente avanzadas. Así que tus contraejemplos son irrelevantes.

YO: Un momento. ¿Estás diciendo que el progreso tecnológico en realidad ha limitado nuestras posibilidades sociales? ¡Pensaba que era más bien al revés!

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