GUERRA DE BANDAS CON SALSA LACRIMAL
Todas las categorías se pueden beneficiar de la unción victimista: hasta los saqueadores durante los disturbios de junio-julio de 2023* fueron repintados por los progresistas como víctimas del racismo sistémico. El argumento no se sostiene y no cuajó en la mayoría de la población. ¿Qué pasó durante esas noches de rebelión? Una dramaturgia perfectamente coordinada en la que los alborotadores respondieron a un guion ya escrito, al menos desde 2005. Los narcotraficantes, aprovechando la muerte trágica del joven Nahel por la policía, declararon la guerra al Estado francés lanzando a sus esbirros al asalto de las prefecturas, alcaldías, escuelas, guarderías, mediatecas, etc. Los saqueos estuvieron perfectamente organizados y nada pudo resistir al ataque de los salteadores. Había que destrozar todo lo que podía mejorar la vida de la gente para mantenerla bajo el dominio de las bandas. La policía y sus controles perturban el tráfico procedente de Marruecos y de América Latina. Es una guerra de negocios más que de religión. Todos los imanes declararon su impotencia para capturar a los jóvenes dispuestos a enfrentarse con las fuerzas del orden, aunque se quemara los coches al grito de «Allahu akbar». No hay más que un paso del caidato al califato, pero no todos lo dan. Los jefazos se pudieron beneficiar del ejército de reserva de chavales, muchos procedentes de familias monoparentales pobres, contentos de participar en lo que se parecía a una gran razia. ¿Qué es un alborotador? Un consumidor apresurado que no tiene tiempo de pasar por caja. A cambio de su participación, los saqueadores han sido recompensados con numerosos bienes de consumo, algunos lujosos, móviles o joyas. Los barrios no han sido abandonados. Al contrario: si las mafias se han despertado es porque el Estado ha inaugurado una renovación muy costosa de los edificios.
En 2005 los insurgentes, hijos de la televisión y del supermercado, reclaman, como dijo uno de ellos, «guita y chavalas». No querían la revolución proletaria, sino aprovecharse del sueño consumista. Nacidos franceses, deseaban serlo, pero se sentían bloqueados por el color de su piel y sobre todo por su origen social, su domicilio. Como hoy, no eran portadores de proyecto alguno salvo quemar todos los edificios oficiales en un proceso suicida que los apartaba aún más del resto de la nación. Se trataba de un ritual iniciático, una forma de integración negativa en la que el combate contra la policía hace las veces de una revuelta adolescente imposible contra un padre ausente o inexistente. Francia los ignora y los desprecia y su rabia podría interpretarse como un grito de amor frustrado, como una manera de decir: estamos aquí, existimos.
De la película de Mathieu Kassovitz, La Haine [El odio], estrenada en 1995, se puede ver hasta qué punto el salvajismo del hampón fascina a la industria del espectáculo y a tantos intelectuales de izquierda. Este lumpenproletariado, «esa escoria de individuos corrompidos de toda clase» como decía Engels en 1870, seduce a sociólogos, actores, cineastas, periodistas. La violencia para ellos, como para Marx, es la gran partera de la historia. Todos los pretextos son buenos para justificar la brutalidad y, sobre todo, la coartada del «racismo sistémico», aunque el Estado francés sea antirracista por constitución y numerosos estudios hayan rechazado la existencia de una xenofobia estructural de la policía. Paradoja de estas erupciones populares: penalizan en primer lugar al pueblo del que agravan las condiciones de vida y aceleran el aislamiento de cierto número de municipios aislados de la nación. Error simétrico de la izquierda y la derecha: reducir los manifestantes a su color de piel. Racializados para unos, bárbaros étnicos de origen magrebí o africano perfectamente integrados y que pasan desapercibidos por lo presentes que están en todos los escalones de la sociedad.
¿Qué es una banda? Un mundo a lo Hobbes donde la desobediencia se castiga con la muerte y la tortura, donde las rivalidades se arreglan a golpe de kalasnikov y no conocen más que un dialecto, el de la violencia. Por falta de ver esta realidad, los políticos se pierden entre la constricción y la acusación y llenan el vacío mediante viejas tablas sinópticas. La gran novedad de estos amotinamiento en 2023 fue la transposición al Hexágono de una situación ya presente en Marsella, en Holanda y en Suecia: la omnipotencia de los narcos son sus niños soldados y sus asesinos en serie. No son los barios desheredados contra el Estado racista y policial, sino las mafias de la droga contra la República. Y si los levantamientos han cesado al cabo de cinco días, es porque los capos lo habían decidido: el negocio debía volver a ponerse en marcha. Fue una advertencia.
Para sacar a los territorios perdidos de la República de esta situación, el dinero no resolverá nada. Es inútil reconstruir edificios que arderán en la siguiente insurrección. Será necesaria una alianza de intransigencia y de generosidad. Reprimir a los criminales más endurecidos, tender la mano a los otros para arrancarlos de los ciclos del fracaso y de la muerte segura. No hay mucho en común entre los Chalecos Amarillos, los alborotadores de extrema izquierda, los bloques negros, zadistas, ecoterroristas y los vándalos de los suburbios salvo el uso indiscriminado de la violencia, el desplazamiento instantáneo a los extremos. Es la ronda de los bárbaros que dan vueltas como los indios en los wésterns alrededor del carro de la República para acabar con ella. Eso es lo inquietante. Cuanto más débil es el Estado, más se lo acusa de ser brutal porque ya no es el depositario legítimo de la fuerza. Está desnudo, no controla ya nada y el presidente de la República parece desamparado, pusilánime, incapaz de tranquilizar o de congregar. Se espera un faro o al menos una roca, y tenemos como mucho una veleta. Autoritario por falta de autoridad, charlatán por falta de elocuencia. Francia siempre ha tenido una tradición de violencia, pero de violencia contenida a través de las instituciones y personalidades carismáticas. Es difícil decir si el actual presidente está aquejado de una maldición particular o si es un catalizador de catástrofes. Lo cierto es que este caos permanecerá asociado a su nombre.
* Los disturbios en Francia de junio de 2023 se desataron a partir del 27 de junio a raíz de la muerte de Nahel Merzouk, un joven de 17 años que falleció tras recibir un disparo de un oficial de policía durante un control de tráfico en la ciudad de Nanterre. Este acontecimiento provocó una oleada de indignación social que derivó en fuertes protestas, incendios provocados y saqueos en múltiples ciudades francesas durante varios días.
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