Carlos Granés (El rugido de nuestro tiempo) Batallas culturales, trifulcas políticas

 DE VISIONARIOS A VÍCTIMAS: LA MALDICIÓN HISPANA

Hoy en día, cuando se acusa a la civilización occidental de portar en su seno la maligna semilla del colonialismo, del racismo y del heteropatriarcado, buena parte de la humanidad puede considerarse víctima de alguna opresión o discriminación. Llevamos instalados en el tiempo de las víctimas tres décadas. Desde los años noventa han cobrado relevancia pública las identidades victimizadas y el arte de las identidades imaginadas. Y no es del todo extraño que así haya sido, pues, quien por una u otra razón ha padecido sufrimientos que desbordan la simple ficción con la vida, despierta una sensibilidad especial hacia a quien, por una u otra razón, ha padecido sufrimientos que desbordan la simple fricción con la vida. 

La víctima ocupa un lugar importante en nuestras sociedades porque recuerda que ciertos cataclismos políticos o sociales no deben repetirse. La víctima simboliza una línea roja que jamás debe cruzarse de nuevo, y para asegurarnos de que así sea creamos museos de la memoria o monumentos, realizamos homenajes periódicos a los caídos o sobrevivientes, y les damos voz a quienes han sufrido para que no se olviden los crímenes y las monstruosidades que padecieron. La fuerza moral de este personaje, de la víctima real, genera consenso. Hace que aflore la común humanidad, que todos acordemos que por ahí no podemos volver a pasar. Ningún ser humano, sea quien sea, puede ser sometido al trato que recibió la víctima, y por eso valoramos su testimonio.

Lo sorprendente es que la merecida importancia que tiene la víctima en nuestra sociedad, su visibilidad y el efecto que produce su voz, se han convertido en un capital codiciado. Una inesperada mutación de valores ha transformado la aborrecible condición de víctima en una opción atractiva. Personas que no han pasado por situaciones extremas quieren ahora gozar de las prerrogativas que se le dan a quienes sí lo han hecho. Son las víctimas profesionales de nuestro tiempo, personajes como Rodrigo Rojas Vade, el joven anónimo que logró hacerse elegir para la Constituyente chilena con una historia de padecimientos y de lucha contra el injusto sistema de salud de su país, que resultó ser falsa. 

[...] El victimismo lo explica todo. Exonera de responsabilidades y protege la imagen que se tiene de sí mismo. Es autoindulgente, una manera de ganar la batalla moral fracasando en la labor de gobierno, de seguir teniendo la razón repartiendo culpas y aprobios entre sus opositores. La epidemia de victimismo entre los políticos contemporáneos es bochornosa. El 15 de noviembre de 2022, delante de un auditorio que había ido a oírlo presentar su candidatura para las elecciones de 2024, Donald Trump aseguró se víctima. Dijo que la mayor amenaza para Estados Unidos no venía de fuera, sino de dentro: de la instrumentalización de la justicia, del FBI y del Departamento de Justicia, que él mismo había sufrido en carne propia. «Os lo diré, soy una víctima» repitió. Y ni hablar de Estados Unidos, que en su visión de mártir aparecía como una nación estafada por el mundo entero, con el derecho a desquitarse imponiendo aranceles a lo loco y expulsando a los extranjeros de sus calles y de sus universidades. 

Otra víctima es Pedro Sánchez. El presidente español se siente perseguido por la «fachosfera», el lawfare y los bulos informativos. La capacidad de Sánchez —en realidad la de sus asesores— para inventar peligros, amenazas, fuerzas oscuras, enemigos que lo victimizan a diario es superior a la de los redentores latinoamericanos. El supuesto acoso injustificado de estos agentes perversos lo llevó a realizar su estrafalaria performance y a desaparecer de la escena pública durante cinco días. Tomó la pluma y le abrió su corazón a la ciudadanía, redactando una carta en la que se declaraba, igual que Trump, víctima de una persecución injusta lanzada por poderes aberrantes. «Se trata de una operación de acoso y derribo por tierra, mar y aire, para intentar hacerme desfallecer en lo político y en lo personal atacando a mi esposa», protestaba Sánchez. ¿Por qué estaba sufriendo ese acoso? La respuesta es obvia: «Soy también plenamente consciente de que los ataques que sufro no son a mi persona sino a lo que represento: una opción política progresista, respaldada elección tras elección, por millones de españoles, basada en el avance económico, la justicia social y la regeneración democrática». A veces el rugido de nuestro tiempo es un lamento autocomplaciente y cínico.

Porque la historia que estaba vendiendo Sánchez era la de un hombre intachable y virtuoso que se e enfrentaba a «una galaxia digital ultraderechista» y a «una máquina del fango». Sánchez era una víctima inocente que se inmolaba por España. «¿Merece la pena todo esto? —se preguntaba al final de su comunicado—. Sinceramente, no lo sé. Este ataque no tiene precedentes, es tan grave y tan burdo que necesito parar y reflexionar con mi esposa. Muchas veces se nos olvida que tras los políticos hay personas. Y yo, no me causa rubor decirlo, soy un hombre profundamente enamorado de mi mujer que vive con  impotencia el fango que sobre ella esparcen día sí y día también». 

No contento con esta exhibición de cursilería, unos meses después reincidió sin pudor en el género epistolar con una segunda carta a la ciudadanía, otra joya. En ella mencionaba la deriva reaccionaria por la que se habrían despeñado sus rivales políticos, Alberto Nuñez Feijoó y Santiago Abascal, para quebrarlo en el plano político y personal. Usando un eufemismo, Sánchez daba a entender que lo querían tumbar con medios fraudulentos o inmorales. «Lo que no logran en las urnas, pretenden alcanzarlo de manera espuria», decía, y sus palabras lo hermanaban con los caudillos latinoamericanos que denuncian golpes blandos y el lawfare de los jueces corruptos. Ni siquiera el desvelamiento de los casos de corrupción en su partido, ni la evidencia del agitado comercio carnal en el que se le iba su mano derecha, lo bajaron de su rol de víctima. Todo eso no se lo habían hecho su partido y su gobierno a los españoles. Se lo habían hecho a él. El pobre Sánchez era la víctima engañada, el alma en pena que con voz afectada y maquillaje en el rostro comparecía para reafirmar sus ganas de seguir en el poder. 

[...] Tanto Trump como Kirchner, Sánchez o Petro son presidentes víctimas que creen padecer la ignominia de enemigo mil veces más poderoso que ellos. Deep State, lawfare, fake news media, máquina del fango, cada cual construye su fantasma y luego convence a sus votantes de que ese monstruo no va a por él sino a por ellos. A los malos no les interesa que el pueblo progrese ni que tenga derechos, no quieren que la patria recupere su grandeza nacional, odian que las clases populares conquisten lugares de poder. El presidente víctima crea una realidad donde todo encaja: él encarna la virtud y quien lo cuestiona, el vicio. No solo erosiona la idea de una realidad compartida donde hay hechos verificables, sino que la reemplaza con un mundo sensiblero poblado de ángeles y demonios. 

«El lider que se comporta como víctima propone a sus gregarios un pacto efectivo implícito —a veces también explícito—, una identificación mediante la potente palanca del resentimiento. Es la clave de todo populismo», decía Daniele Gigliogli, el filósofo que más ha reflexionado sobre el victimismo contemporáneo, dando otra de las claves que explican el poderoso encanto que tiene entre los gobernantes el papel de víctima: permite odiar con total impunidad. Incluso vender el odio como causa noble, como una cruzada moral purificadora o emancipadora. En España, no estar de acuerdo con algunas políticas o prácticas de Sánchez supone descarrilarse, sucumbir a una deriva reaccionaria, cometer un crimen moral que se paga con el sambenito de la ultraderecha. 

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