Marina de la Torre (Autodestrucción woke) Auge y declive de los cultos posmodernos

Saturados de datos, vacíos de discernimiento

Ya hemos hablado del mito del votante ilustrado, pero en el contexto de una política identitaria y propagandística —que apela más a lo que somos que a lo que debe ser hecho en cada situación—, que el ciudadano tenga conocimiento sobre lo que vota no es suficiente, es más, puede ser un arma de doble filo.

El problema no la falta de información. Nunca en la historia de la humanidad hemos tenido tanto acceso al conocimiento como ahora. Nunca han existido tantas oportunidades educativas, tantos datos al alcance de cualquiera con un teléfono móvil. Y, si embargo, el resultado no ha sido un debate más informado y plural, sino una sociedad que tiende cada vez más a la polarización y al guerracivilismo.

La polarización no surge únicamente de la ignorancia, sino del exceso de información procesada de manera sesgada. El posmodernismo, ese parásito intelectual que ha contaminado la cultura contemporánea, no nació en los pueblos ni en los barrios obreros. No es obra de los incultos, sino de los ilustres ignorantes. Un campesino que gestiona sus propias cuentas, que negocia el precio de su cosecha y que se enfrenta a la cruda realidad del mercado no se traga cualquier farsa. Pero un estudiante de humanidades, que jamás ha pagado un recibo de luz y que ve la historia como una serie de injusticias estructurales que él, desde su iPhone y su manifiesto deconstruccionista, puede resolver, es carne de cañón para la ingeniería ideológica. 

El fenómeno no es nuevo, pero sí está más documentado que nunca. Taber y Lodge (2006) realizaron un estudio revelador sobre cómo procesamos la información. Lo llamaron «motivated reasoning», y demostraron que el ser humano no analiza los datos de forma neutral: los filtra y acomoda para reforzar lo que ya cree. En otras palabras, no es que la educación nos haga más objetivos, sino que nos vuelve más hábiles en la búsqueda de justificaciones para nuestras creencias previas. Esto explica por qué individuos con mayores conocimientos políticos no tienden a converger en posiciones comunes, sino que, al contrario, muestran mayores niveles de polarización (Kahan, 2013). El problema no es que sepamos más, sino que usamos ese conocimiento como una herramienta de guerra para confirmar nuestras posturas. Y, además, el acceso a la información no es uniforme ni neutro. Las redes sociales y los algoritmos han convertido la información en una mercancía a la carta, diseñada para confirmar en lugar de desafiar. El cara a cara prácticamente desaparece en la era de internet, y nuestra interacción con los otros se estrecha como en una mirilla virtual en la que nadie es del todo real; somos imágenes y texto en una pantalla.

La ciencia misma es víctima de este fenómeno. En lugar de ser una herramienta de descubrimiento, se ha convertido en un comodín que se usa de manera selectiva para validar ciertas agendas y descalificar otras. Si los datos favorecen la narrativa hegemónica, se presentan como pruebas incuestionables. Si la contradice, se minimizan, se reinterpretan o se atacan las fuentes.

El resultado es una sociedad dividida no por falta de conocimiento, sino por su manipulación o saturación. El problema no es el acceso o la falta de información, sino el modo en que la procesamos: como una herramienta para ganar debates y dar zascas, no para entender la realidad.

En resumen, el problema no es que la gente no lea, sino que lee solo lo que le da la razón. No es que no eduque, sino que se educa dentro de burbujas ideológicas donde el cuestionamiento es penalizado y la lealtad ideológica es recompensada. Si el mundo occidental está cada vez más polarizado no es porque la gente sea más ignorante, es porque se le ha enseñado que cambiar de opinión es perder y que reforzar su sesgo ganar, una enseñanza que algunos no estamos dispuestos a interiorizar, por muy conveniente que le resulte a nuestro ego. Todos tenemos sesgos, es natural, pero en la relación real con los otros emerge una humanidad común y un respeto que prevalecen sobre las ideologías; el refuerzo constante del sesgo es artificial y habla de un desgaste en las relaciones interpersonales. Hace años, casi nadie veía un problema en compartir su vida con una pareja más progresista o conservadora. Hoy, incluso el amor ha quedado relegado a un segundo plano, subordinado a la ideología. 

Eutanasia para un Occidente terminal

Los valores no son simplemente normas o costumbres de una sociedad: son guías culturales y morales que orientan la acción humana, ideales hacia los cuales aspiramos, aunque, por lo general, no se cumplan en la práctica. Funcionan como una brújula ética que nos permite juzgar lo correcto, lo justo o lo deseable en un contexto social determinado. Un valor no es una descripción de lo que es, sino una afirmación de lo que debería ser. Por ello, hablar de «valores occidentales» no implica que todos los individuos e instituciones occidentales los hayan respetado siempre, sino que forman parte de un horizonte cultural compartido que ha dado forma a las instituciones, las ideas y las luchas sociales en esta parte del mundo. 

La distinción entre Oriente y Occidente no es meramente geográfica, sino, sobre todo, cultural y espiritual. Esta separación comienza a delinearse con claridad en la Antigüedad clásica. Oriente tiende a conservar una estructura más radical, espiritualista y jerárquica, con énfasis en el orden y la comunidad, mientras que Occidente ha fomentado una visión más individualista, racionalista y cambiante, donde el conflicto de ideas ha sido una fuerza creadora. Mientras en Oriente (en rasgos generales) la armonía suele imponerse sobre la discrepancia, en Occidente se ha permitido —y en ocasiones se ha celebrado— la confrontación de visiones opuestas como motor de evolución. 

A lo largo de la historia, la civilización occidental ha sido el motor de algunas de las transformaciones más profundas y duraderas del mundo: desde la filosofía griega y el derecho romano hasta el cristianismo, la democracia liberal y la economía de mercado. Este legado articuló un sistema de valores que, con todas sus contradicciones y errores, ha posibilitado una calidad de vida y una expansión de libertades sin precedentes en la historia humana.  

Sin embargo, en el presente, Occidente parece haber renegado de sí mismo. Busca derribar los pilares que lo hicieron florecer, como si se avergonzara de su propia herencia. En ese gesto autodestructivo se revela algo más profundo: no una simple crisis cultural, sino una especie de enfermedad autoinmune. Un sistema que, al perder su sentido de propósito, comienza a atacarse desde dentro. Ese es, quizá, el gran desafío de nuestro tiempo: identificar con claridad esa dolencia y encontrar una cura que no pase por la negación de lo que somos, sino por una renovación lúcida de lo que valía la conservar [...]

Oriente y Occidente: hacía una nueva síntesis

[...] La deconstrucción contemporánea representa ese instante de vértigo en que la crítica deja de ser parto de nueva vida para volverse puro nihilismo. Se declara sospechoso todo valor heredado; no porque que se haya demostrado falso, sino por el mero hecho de haber nacido en otro siglo pasado. En nombre de liberar al individuo, se dinamita la noción misma de verdad, y con ella el armazón ético que hizo posible la libertad en primer término. El movimiento se vuelve luciferino —una rebelión sin causa última— porque invierte el eje cristiano: ya no es «la verdad me entregada a la libertad», sino «seré tan libre que llamaré verdad a mi deseo». 

El resultado es un espacio deshabitado: sin dignidad objetiva, la persona es apenas un agregado de pulsiones; sin razón orientada al bien, la inteligencia se reduce a herramientas de poder; sin autonomía anclada en la responsabilidad, la libertad degenera en atomización. Derribamos las columnas que sostenían el atrio —transcendencia, límite, deber— y nos sorprende encontrarnos a la i intemperie. 

La tarea urgente no es demoler más, sino pulir lo que se ha opacado. ¿Podemos mantener el dinamismo científico y al mismo tiempo reconocer un umbral que contenga la soberbia? Gobernar la técnica con mesura exige renunciar al mito de un progreso infinito que todo lo justifica: implica aceptar que la razón necesita disciplina y que la libertad florece dentro de un marco ético, no en su ausencia.

Reconstruir los pilares no es volver a un pasado idílico ni blindar privilegios caducos. Es asumir que la crítica auténtica no destruye sin proponer; renueva sin arrancar de raíz, talla la piedra, no la reduce a polvo. Solo así la verdad volverá a hacerse aliada de la libertad, y la razón, en vez de devorarse a sí misma, alumbrará un porvenir digno de quienes todavía creen que vivir es algo más que transitar ruinas. Este es un mandato casi celestial: gobernar nuestra técnica con mesura, no sucumbir al dios Apolo de la razón. 

China ha seguido un camino inverso al de Occidente. Durante siglos —especialmente bajo el confucionismo, el taoísmo y el budismo—, su centro de gravedad era más bien «espiritual-ético», armonía social, jerarquía familiar, autocultivo moral. La economía importaba, pero siempre subordinada al orden cósmico y a la estabilidad política. Sin embargo, en las últimas décadas China ha ido adoptando, a su manera, la lógica moderna del crecimiento material sin asumir la parte liberal que en Occidente acompañó ese desarrollo [...]

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