Voltaire (Así va el mundo) Cuentos orientales

La noche había extendido sus velos sobre el horizonte y ocultaba con su sombra la verdadera dicha de Mesrur y las preguntas desgraciadas de Melinade; Mesrur saboreaba los placeres de los perfectos amantes, y los saboreaba como mozo de cuerda, es decir, -para vergüenza de la humanidad- de la forma más perfecta; los desmayos de Melinade le ganaban a cada instante, y a cada instante su amante recuperaba fuerzas, <<Poderoso Mahoma, dijo una vez, como hombre fuera de sí, pero como mal católico, a mi felicidad sólo le falta que la sienta también quien la causa; mientras estoy en tu paraíso, divino profeta, concédeme otro favor, ser a los ojos de Melinade lo que ella sería a mi ojo si fuera de día>> Acabó de rezar, y siguió gozando. La aurora, siempre demasiado diligente para los amantes, sorprendió a Mesrur y a Melinade en la actitud en que ella misma habría podido ser sorprendida, un momento antes, con Titono. Mas, ¡cuál no sería el asombro de Melinade cuando, al abrir los ojos a los primeros rayos de la aurora, se vio en un lugar encantado con un joven de noble porte cuyo rostro se parecía al astro cuyo retorno esperaba la tierra! Tenía unas mejillas de color de rosa y labios de coral; sus grandes ojos, tiernos y vivos a un tiempo, expresaban e inspiraban la voluptuosidad; su aljaba de oro, adornada de pedrerías, colgaba de sus hombros, y sólo el placer hacía resonar sus flechas; su larga cabellera, retenida por un lazo de diamantes, flotaba libre sobre sus caderas, y un paño transparante, bordado de perlas, le servía de ropa sin ocultar nada de la belleza de su cuerpo.

Voltaire (Cándido o el optimismo)

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