Johann Paul Friedrich Richter (Elogio de la estupidez) Y otros textos sobre idiotas

La arrogancia ocupa en el estúpido el espacio que deja la razón. Este microscopio con el cual su amor propio observa sus perfecciones aumenta hasta el infinito cada una de sus buenas cualidades, infla cosas insignificantes y las convierte en virtudes, y hace que en la escoria de los disparates repetidos sin reflexionar vea el oro de una verdad profundamente meditada. Tanto tiempo dirige la mirada a sus perfecciones que no se ve ya los defectos, y, cegado por el brillo de la luz, advierte destellos hasta en los objetos más oscuros. Por eso mide cualquier cuerpo titánico según su Yo, por eso solo aprecia de los demás el parecido que pueden guardar consigo y prodiga la mayor parte de sus elogios a quien tiene las mismas...orejas que él. Es el primero en reírse de las locuras que cometen los demás, en censurar los errores que no han aprendido de él, pero siempre es el último en decir algo bueno sobre las virtudes de las que él carece, y en dedicar al hombre célebre elogios que así mismo se debe negar. Cualquier acto para el cual él no haya servido de modelo, cualquier opinión que no salga de su taller, cualquier persona que no sea su amiga, cualquier lugar que no santifique con su presencia, cualquier país que no sea el suyo, todo eso merece su desprecio. Frente a quines tienen más entendimiento que él, adopta una actitud altanera, es decir, expresa su arrogancia mediante el desprecio a los demás. Rehuye al sabio como el mono al espejo que le recuerda su monstruosidad. Enmudece en compañía de hombres ilustrados, salvo que el uniforme o la condecoración le hayan concedido el derecho a hablar. Se resarce del aburrimiento que le aflige el saber de otros teniendo una alta opinión de sí mismo, que él va engrandeciendo conforme aumenta la resistencia exterior. Desdeña al vulgo, que no tiene su entendimiento, y le merece una opinión demasiado baja para predicarle el saber que solo es apto para...determinados oídos. Tenemos propensión a considerar poco importantes los elogios de quines no nos los prodigan; como el zorro, despreciamos las uvas a las que no tenemos acceso; por eso el estúpido parece querer prescindir del honor que el sabio le niega; por eso se muestra altanero con este. El memo gusta de la compañía de los memos; con ella trata de dar salida al afán de cosechar honores, y de coronar sus ideas con un laurel inmarcesible. 

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